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HABLANDO / ESCRIBIENDO DE CINE

Hablar (mejor sería decir escribir) de cine para desconectar por un momento. Escapar del ruido que nos aturde estos días, estos meses, que ya son años interminables. Buscar asilo en la fantasía de las imágenes en movimiento.

Para eso, podría dedicarme a loar alguna de mis películas favoritas o recuperar alguna figura olvidada, pero prefiero ahora repasar los últimos títulos que he visto (obviando, por supuesto, las que no merezcan ser citadas) y que recomendaría a cualquiera.

Vuelvo a ver algunos que merecen ser revisitados. Ese placer íntimo por descubrir los detalles que no se apreciaron en anteriores proyecciones, relamerse con esas escenas que son nuestras favoritas, que nos conmovieron o nos excitaron en su momento. Mucho cine clásico, por supuesto, aunque lo de clásico ya es una etiqueta tan manoseada que no sé muy bien si abarca una época determinada o se va extiendo en el tiempo a medida que cumplimos años. Supongo que es lo segundo.

Pues, de ese cine “clásico”, por una u otra razón, he visto una vez más esa hermosa pero perturbadora cinta que es El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, 1947) de Edmund Goulding, con un ambiguo Tyrone Power como protagonista, que nos adentra en ese circo envuelto en una especie de irrealidad, lleno de oscuros rincones y secretos inconfesables, un inclemente retrato del alma humana en descomposición.

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También esa cinta de Wim Wenders, tan fascinante como magnética, que ya descubriera en su momento en un cine club, El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, 1987), que te deja suspendido en el aire igual que sus ángeles protagonistas. Y, junto a ésta, otras obras maestras que se resisten al paso del tiempo, más aún, creo que siguen siendo muy actuales tanto en los temas que abordan como en sus producciones artísticas. Hablo en concreto de El gran carnaval (Ace in the hole, 1951) de Billy Wilder, film descarnado que muestra a una sociedad ávida de noticias trágicas y de la ambición desmedida por la fama y el dinero (¿algo ha cambiado desde ese lejano 1951 al actual 2022? Rotundamente no), con un Kirk Douglas inconmensurable; y hablo de La semilla del diablo (Rosemary´s baby) de Roman Polanski, tan inquietante como entonces, llena de matices y de un ambiente insano que pocos realizadores han logrado como el polaco.

Me refugié en las imágenes de París, Texas (1984), de nuevo de Wenders, que se acompaña de la música de Ry Cooder, para deleitarme otra vez con la interpretación de Harry Dean Stanton; e hice lo mismo con La última sesión (The past picture show, 1971) de Peter Bogdanovich, para homenajearlo tras su muerte, deliciosa cinta llena de una ternura y pesimismo, pero que no deja de conmover.  

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Otra película por la que no pasa el tiempo es El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz) de John Frankenheimer, con un inolvidable Burt Lancaster. Magnífico retrato del efecto negativo del sistema penitenciario americano de la época que, me temo, podría rodarse en nuestros días. Y una cinta fresca y diferente, por su manera de estar rodada, por su ritmo, por su vitalidad, y que es otro clásico de los sesenta: Amores con un extraño (Love with the proper stranger, 1963) de Robert Mulligan. Pasados los años, me doy cuenta de que Natalie Wood era una actriz soberbia, como lo fue Anne Bancroft, de la que también he vuelto a ver Siempre estoy sola (The pumpkin eater, 1964) de Jack Clayton, film en el que la Bancroft muestra una vulnerabilidad pocas veces retratada en el cine.

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Los juicios de Oscar Wilde (The trials of Oscar Wilde, 1960) de Ken Hughes, es otra de esas cintas que merecen la pena ser recuperadas, por la interpretación de Peter Finch y por recordar el calvario por el que hubo de pasar un genio como Oscar Wilde por culpa de la mentalidad puritana y castrante de la época que le tocó vivir.

He de decir que las películas de esos años son más libres que muchas de las que se ruedan en la actualidad, pero también ocurre que, a veces, hay detalles, situaciones o diálogos que ahora nos chocan, cuando antes pasaban desapercibidas. Me ocurrió hace unos días viendo de nuevo La última noche de Boris Grushenko (Love and death) de Woody Allen, película con la que me reí en su momento y con la que he vuelto a desternillarme ahora. Woody es Woody, y, como decía, sí hay algún que otro chiste que, me temo, hoy no pasaría la censura de la sociedad represora y políticamente correcta en la que vivimos.

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Me zampé en una sentada de fin de semana la trilogía de El padrino (The Godfather I, II y III, 1972-1974 y 1990) de Francis Ford Coppola. La enésima vez que lo hago (cosa de frikis), la enésima vez que las disfruto, en especial las dos primeras partes, imperecederas.

Junto a los clásicos, he visto cine más reciente o que no había tenido la oportunidad de hacerlo, y que he de mencionar. Antes de que se iniciara esta ruin guerra de Putin, visioné Masacre: ven y mira (Idi I smotri, 1985) película rusa de Elen Klimov, que muestra la dureza y la crueldad de la guerra, y que, irónicamente, ahora vuelve a reproducirse muy cerca de donde se desarrolla esta historia desoladora. Una denuncia del dolor que causa una guerra rodada por un ruso. Ya digo, no deja de ser irónico en estas fechas.

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Otras cintas más recientes y muy recomendables son Sidney (Hard Eight, Sidney, 1996) de Paul Thomas Anderson,  El poder del perro (The power of the dog, 2021) de Jane Campion, Jinetes de la justicia (Reftaerdighedens ryttere, 2020) de Anders Thomas Jensen, la impresionante y dura cinta islandesa Déjame caer (Lof mér aô falla, 2018) de Baldvin Zophoniasson; Hierve (Boiling point, 2021) de Philip Barantini, esta última ya merece la pena solo por ver actuar a Stephen Graham. Otra buena cinta es una pequeña producción titulada Wind river (2017) de Taylor Sheridan. Grata sorpresa.

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Pero hay dos cintas que me han impresionado. La primera ha sido Fue la mano de Dios (È stata la mano di Dio, 2021) de Paolo Sorretino, película maravillosa, preciosista, humana y, como es habitual en Sorrentino, casi genial. De esas historias con las que uno se reconcilia con el mundo, con las que es fácil enamorarse del cine. Espero que se lleve el Óscar a la mejor cinta en lengua no inglesa de este año.

La segunda es Redención (Tyrannosaur, 2011) de Paddy Considine. Un film sin concesiones ni medias tintas sobre el maltrato a la mujer. Te corta el aliento. Sus intérpretes, claro, hacen que la cinta sea aún mejor, porque Olivia Colman, esa actriz que se come la pantalla en cuanto aparece, y Peter Mullan lo bordan.

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De las cintas españolas, destaco El olvido que seremos (2021) de Fernando Trueba, que llega a lo más hondo del alma, y en la que Javier Cámara, ese actor total, realiza un trabajo para quitarse el sombrero. Me emocionó. Lo contrario que Madres paralelas (2021) de Pedro Almodóvar. Yo soy de los que defienden el cine de Almodóvar, pero últimamente es muy inconstante, y en esta cinta el guion se resiente, me ha parecido fallida y, aunque esperaba más de esa parte que dedica a la memoria histórica, se queda en agua de borrajas, y no hay una conexión sólida entre las historias de las madres y ese drama, que acaban descolgándose una de otra. Pero me gustó mucho el trabajo de Aitana Sánchez-Gijón.

Las leyes de la frontera (2021) de Daniel Monzón, por contra, me sorprendió agradablemente. La novela de Javier Cercas me gustó y dudaba que se hubiera adaptado con solidez, pero sí, Monzón ha logrado rodar una buena cinta. Destacaría a la actriz Begoña Vargas y un banda sonora muy bien elegida con temas de los Chunguitos, Las Grecas y demás, que ayuda a transportarnos a aquella España del Torete y el Vaquilla en la que se desarrolla la trama.

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Al igual que El buen patrón (2021), otra excelente película dirigida por Fernando León de Aranoa, con un excepcional Javier Bardem, actorazo donde los haya. Muy recomendable.

Para terminar esta crónica, mencionaré alguna serie de TV. Para pasar buenos momentos, relajarse y dejarse llevar, historias sin grandes pretensiones pero que te hacen esbozar una sonrisa o te llegan a emocionar, mencionaría Us (2020) de Geoffrey Sax, y la serie escrita, dirigida e interpretada por Ricky Gervais: After life. Las dos contienen las dosis justas de drama, melodrama, comedia y mala leche para que cada capítulo invite a ver el siguiente.

Sergio Barce, marzo 2022.

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EL MARXISTA SARNOSO

Quienes me siguen en mi blog desde el comienzo saben que me declaro marxista-allenista, es decir, fervoroso seguidor de Groucho Marx y de Woody Allen (sí, de Woody Allen). He cogido hace un momento el libro Memorias de un amante sarnoso (Memoirs of  a mangy lover) que publicó Groucho hacia 1963. Por supuesto, es desternillante, aunque es un humor muy especial, no descubro nada al decirlo, escrito en una época que no es nuestra época, es decir, más libre y menos encorsetada por lo políticamente correcto, y es como un soplo de aire fresco. 

Sólo apuntaré, para aquellos que no conozcan este libro, lo que explica su genial autor a modo de pequeño prefacio o aclaración:

«Este libro fue escrito durante las prolongadas horas que pasé aguardando a que mi esposa acabara de vestirse para salir. En este sentido, si nunca se hubiera puesto nada encima, jamás se habría escrito este libro.»

Os invito a que reviséis esa maravillosa película de Groucho Marx «and brothers» titulada Sopa de ganso (Duck soup, 1933). Y, por supuesto, a leer estas memorias.

Sergio Barce, 2021

 

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«A PROPÓSITO DE NADA» (APROPOS OF NOTHING), AUTOBIOGRAFÍA DE WOODY ALLEN

A PROPÓSITO DE NADA portada

Como siempre, sumergirse en un texto de Woody Allen (al igual que en una de sus películas) es, en la mayoría de los casos, asegurarse pasar un buen rato, en este caso, un buen rato de lectura. Y su autobiografía A propósito de nada (Apropos of nothing, 2020) no desmerece esta afirmación. Como seguidor incondicional de su obra, temía, como los demás, que este libro no llegara a publicarse después de la irracional campaña orquestada en su contra. Pero Alianza ha salido a batirse el cobre por él, de lo que hemos de alegrarnos.

El libro es un relato ágil, rápido, fluido y, por supuesto, con sus dosis de humor, en el que Allen nos detalla su larga vida desde su nacimiento hasta el día de hoy. Me ha sorprendido la cantidad de personajes (escritores, actores, productores, músicos, cómicos, técnicos, dramaturgos…) que ha tenido la fortuna de tratar y de conocer. Y no me refiero a los años en los que Woody Allen ya goza de una fama merecida, sino a que, desde sus comienzos, por una u otra razón, ha ido coincidiendo con algunos de estos artistas que fueron marcando su trayectoria o su manera de encarar el trabajo. La lista es tremenda, y guarda algunas anécdotas sorprendentes.

WA

Curiosa su familia, y cómo habla de ellos. Y muy interesante sus opiniones sobre los actores y técnicos (directores de fotografía especialmente) con los que ha trabajado codo con codo.

Su relación con las mujeres ocupa un espacio importante, y a veces es desternillante al hablar de ellas. Pero sí queda claro que, en casi la práctica totalidad de sus relaciones sentimentales (su primera mujer Harlene, su segunda mujer Louise Lasser -que es un capítulo realmente sorprendente-, su vida con Diane Keaton…) siempre acabaron manteniendo un vínculo de afecto y cariño que ha perdurado en el tiempo. Algo que, claro, no ha sucedido con Mia Farrow.

Precioso su permanente homenaje y admiración hacia su esposa Soon-Yi.

WA y Soon Yi

WOODY ALLEN Y SOON YI

Hay quien achaca a este libro un defecto: el espacio tan amplio que dedica a las acusaciones y denuncias que Mia Farrow ha lanzado contra él durante estos años. Pero, aunque pueda ser cierto que sea algo extenso, no lo es menos que Woody Allen tiene sobrados motivos para hacerlo. ¿Cómo te defiendes si no es de esta manera frente a ese ataque furibundo de algunos medios azuzados por Mia Farrow y de los que azuzan aquellos que se embarcan en estas cruzadas sin conocer la realidad de lo ocurrido?

Una vez leído su libro, creo aún más en su inocencia, de la que no había dudado nunca porque no suelo dejarme arrastrar por olas de odio sin una base real que pueda palpar. Aún creo en la presunción de inocencia, y no en la presunción de culpabilidad que es el axioma imperante en nuestros días. A Woody Allen ningún tribunal lo ha condenado por abusos, pero el tribunal de la irracionalidad sí lo ha hecho. Llamativo, como decía más arriba, el hecho de que todas sus parejas le hayan apoyado sin fisuras. Me quito el sombrero ante su actitud y a su manera tan elegante y poco estridente de enfrentarse a toda esa jauría.

Lo que sí me ha parecido realmente patético es la actitud de muchos de los actores que han trabajado para él y que le han dado la espalda tras las acusaciones de abusos. Lo han hecho, en palabras de ellos, para no verse señalados y para no perder posibles futuros trabajos. En las palabras de Woody Allen al narrar estos hechos asoma, por supuesto, su decepción por esos artistas que no han querido creer en él.

En definitiva, que la autobiografía de Woody Allen merece la pena y que me lo he pasado francamente bien leyéndola, y que entrar en su universo es descubrir que vivimos en mundos muy, muy diferentes. Y, sinceramente, hay cosas que le envidio de una manera malsana.

Sergio Barce, junio 2020

A propósito de nada (Apropos of nothing, 2020) se ha publicado en España por Alianza Editorial, con traducción de Eduardo Hojman.

Como anzuelo para que leáis este libro, os transcribo la parte en la que explica por qué razón se cambió su nombre de nacimiento, Allan Stewart Konigsberg, por el de Woody Allen:

“…Ya podemos oír la voz del psicólogo diciendo: <Querías tanto ser famoso que el deseo te avergonzaba>. Una teoría plausible, pero, incluso si fuera cierta, ¿qué utilidad tiene?

Mientras tanto, seguía habiendo algunas frases con mi nombre en manos de columnistas y sentí que tenía que cambiármelo rápido. Cambiarme el nombre encajaba a la perfección con mi quimera de entrar en el mundo del espectáculo. En esa época lo hacían todos los artistas y algunos escritores y directores e incluso productores, y ese gesto me convertiría en uno de ellos. Con los años, mucha gente especuló sobre por qué me lo cambié a Woody Allen. Algunos decían que se debía al clarinetista Woody Herman. Woody Herman me gustaba, pero esa conexión jamás se me cruzó por la cabeza. Si uno puede creer lo estúpida que puede llegar a ser la gente, una de las hipótesis era que yo jugaba mucho al stick ball, un juego improvisado con palos de escoba y una pelota, en las calles de Brooklyn, y esos palos eran de madera, es decir, wooden. La verdad es que fue una decisión arbitraria. Yo quería mantener algo del nombre original, por lo que usé Allen de apellido. Jugueteé con J.C.Allen, pero me pareció que terminarían llamándome Jay, que es como se pronuncia la <J> en inglés. Coqueteé con Mel, pero había un famoso comentarista radiofónico de los Yankees que se llamaba Mel Allen. Finalmente, mi TDAH se impuso y Woody se me ocurrió de la nada. Era corto, quedaba bien con Allen y tenía un toque ligero y vagamente cómico, a diferencia de, por ejemplo, Zoltan o Ludovico. El nombre me ha dado buen resultado, aunque en algunas ocasiones, como los dos tocamos el mismo instrumento, me han llamado señor Herman; y una vez una vendedora de Bloomingdale´s, que me había reconocido por mi aparición en The Tonigh show y que se había puesto muy nerviosa mientras me atendía, dijo: <¿Eso es todo, señor Woodpecker?>. (Referencia al personaje de animación Pájaro Loco, cuyo nombre original en inglés es Woody Woodpecker. N. del T.)

En muy escasas ocasiones me he arrepentido de haberme cambiado el nombre y he pensado, en cambio, que el original ya estaba bien. Konigsberg tenía un tono germánico serio. Kant era de Konigsberg. Hoy en día en Konigsberg hay un monumento en mi honor (a menos que algunos airados ciudadanos ya lo hayan derribado con una cuerda, como ocurrió con el de Sadam Husein) y no hay ninguna razón para hacerme un homenaje en Konigsberg. No provengo de allí, jamás he estado y desde luego no he hecho nada para mejorar la vida de sus habitantes, pero mi apellido es Konigsberg y tal vez tengan una gran necesidad de héroes. La escultura en cuestión la escogí yo, de entre las muchas opciones que se postularon en un concurso. Me sorprendió lo buenas e inteligentes que eran todas y terminé decidiéndome por la más sencilla y modesta, que consistía en un par de gafas sobre una vara. En la realidad es mejor que lo que acabo de describir. También en la adorable ciudad española de Oviedo hay una estatua de mi figura que es un retrato fiel. Nunca me solicitaron mi opinión y ni siquiera me informaron de que iban a instalarla. Simplemente, erigieron una estatua de mí en la ciudad, una verdadera estatua de bronce de esas sobre las que les gusta posarse a las palomas. También en este caso, a menos que una muchedumbre enfurecida la haya arrancado, sigue allí. Desde el momento que la instalaron unos vándalos robaron de la estatua unas gafas iguales a las mías. Esas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño real, por lo que hace falta un soplete para sacarlas. Pero no importa cuántas veces vuelvan a colocarlas, siempre hay alguien que las roba. Me gustaría decir que realicé algo noble y valiente en Oviedo para merecer ese honor, pero, además de ir de visita, filmar un poco en esa ciudad, pasearme por sus calles y disfrutar de su hermoso clima (al igual que Londres, en pleno verano está fresco y gris y cambia todo el tiempo), no hice ningún mérito que justifique un retrato escultórico, salvo dejar que ahorcaran un muñeco igual a mí. Oviedo es un pequeño paraíso, solo estropeado por la antinatural presencia de una imagen en bronce de un pobre infeliz…”

WA Y AM

WOODY ALLEN Y ARTHUR MILLER recogiendo el Premio Príncipe de Asturias de las Artes

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CONVERSACIONES CON WOODY ALLEN

Estoy leyendo Conversaciones con Woody Allen (Conversations with Woody Allen) de Eric Lax, publicado por Lumen y con traducción del inglés de Ángeles Leiva. Un libro muy bien editado, interesante y divertido. Y me encuentro con la siguiente anécdota que le relata el genial Woody Allen al entrevistador en abril de 2005 y que no me resisto a reproducir:

«…Eric Lax: ¿Sigue escribiendo a mano?

Woody Allen: Sigo escribiendo como siempre, a mano y luego con la máquina de escribir de toda la vida. Lo escribo a máquina porque nadie entiende mi letra. Luego lo repaso otra vez y como la mayoría de las veces lo destrozo tengo que volver a mecanografiarlo. Me quejo de tener que escribir a máquina, pero en el fondo no me importa tanto. Me pongo música y aprovecho para escuchar mis discos de Jelly Roll Morton.

A mis dos hijas les encanta jugar con la máquina de escribir. Siempre me preguntan: <¿Podemos escribir? ¿Podemos escribir?>. El otro día me estaba acordando de cuando la compré por cuarenta dólares; tenía dieciséis años y ahora tengo casi setenta, y ahí están mis hijas, enredando con la máquina de escribir; una Olympia manual portátil. No tiene ni un solo rasguño. Está reluciente como el primer día.

(Durante sus primeros años como escritor, Woody no sabía cambiar la cinta de la máquina de escribir, así que invitaba a cenar a alguien que sí sabía y durante la velada decía como quien no quiere la cosa: <Ah, por cierto, ¿podrías echarme una mano con esto?>.)» 

Conversaciones con Woody Allen

 

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ARTISTAS, CREADORES E INTÉRPRETES, NACIDOS EN MARRUECOS – 4

 

Cuarta entrega de artistas, creadores e intérpretes nacidos en Marruecos:

ALBERTO NEGRÍN

(Casablanca, 1940)

ALBERTO NEGRÍN

ALBERTO NEGRÍN

Realizador de cine y televisión, es también director de teatro, productor y fotógrafo. Sus padres, de origen italiano, se establecieron, como en las buenas películas, en Casablanca huyendo de la dictadura de Mussolini.

Alberto Negrín comenzó en teatro, entrando a formar parte del Pequeño Teatro, en 1962.

Como realizador, ha cosechado numerosos éxitos, especialmente con series y films para la televisión. Entre sus trabajos destacan: La quinta mujer, Mussolini y yo (Mussolini and I, 1985) que protagonizaron Bob Hoskins, Susan Sarandon y Anthony Hopkins; El secreto del Sáhara (Il segreto del Sahara, 1987) con Michael York, Ben Kingsley y Andie McDowell; El viaje del terror: la verdadera historia del Achille Lauro (Voyage of terror: The Achille Lauro affair, 1990) que protagonizaron Burt Lancaster, Eva Marie Saint y Dominique Sanda; Naná (1999) con Francesca Dellera, Perlasca (Perlasca, un eroe italiano, 2002), La torre de la soledad, El corazón en el pozo (2005), El último de los Corleonesi (2007) o Mi ricordo Anna Frank (2009) .

También dirigió una versión de Platero y yo, en 1968. Su último trabajo para televisión, hasta ahora, ha sido la mini serie Tango per la libertá (2015).

En su faceta de fotógrafo, sus obras aparecen en publicaciones tan prestigiosas como Historia Ilustrada o El Europeo.

Mussolini e io

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SANDRA MOZAROWSKY

(Tánger, 1958 – Madrid, 1977)

SANDRA MOZAROWSKY

SANDRA MOZAROWSKY

Actriz famosa por los films eróticos que protagonizó en los años setenta, su verdadero nombre era Alexandra Elena Mozarowsky Ruiz de Frías. Nacida en Tánger, su padre era un diplomático ruso.

Entró en el cine como actriz infantil de la mano del realizador Pedro Lazaga en la película El otro árbol de Guernica (1969). Entre su filmografía, se podría destacar films tan emblemáticos del cine de “destape” como Lo verde empieza en los Pirineos (1973) de Vicente Escrivá, Manolo la nuit (1973) de Mariano Ozores, Cuando el cuerno suena (1975) de Luis M. Delgado o Sensualidad (1975) de Germán Lorente, película que reunía, en torno al gran Fernando Fernán Gómez, a varias de las actrices más eróticas del momento: Amparo Muñoz, Blanca Estrada, Pilar Velázquez y la propia Sandra Mozarowsky. Otras películas en las que intervino fueron El mariscal del infierno (1974) de León Klimovsky, La noche de las gaviotas (1975) de Amando de Ossorio o Beatriz (1976) de Gonzalo Suárez. También hizo televisión, en series como Curro Jiménez.

Su carrera y su vida acabaron trágicamente al caer desde la terraza de su domicilio en 1977, con apenas diecinueve años.

ANGEL NEGRO

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LUIS ALVAREZ

(Arcila, 1929 – Masmoléne, 1997)

LUIS ALVAREZ

LUIS ALVAREZ

Pintor y artista plástico. Vivió en Larache y Tánger hasta 1951, año en el que llegó a París. Estudió en la Escuela del Louvre y elaboró decorados para películas de la Paramount.

En 1955 llegó a Villeneuve-lès-Avignon, donde trabajó creando decorados para el Festival de Avignon y de Villeneuve-lès-Avignon. En esta localidad, donde vivió muchos años, hay una placa en su honor con uno de sus cuadros como fondo.

Su obra fue reconocida internacionalmente: obtuvo el Primer premio de pintura de Villeneuve-lès-Avignon en 1961, el Primer premio de pintura de las Chorégies d’Orange en 1962 y la Medalla de Oro de la exposición de Montsauve en Sauveterre. Y expuso sucesivamente en el Palacio de los Papas de Avignon, Estrasburgo, Niza, Marsella, París, Tolosa y, por fin, en el Castillo de Lascours en Laudun, donde una sala lleva su nombre.

Muy inspirado por los paisajes gardonienses, se instaló en 1982 en el pueblo de Masmolène, cerca de Uzès, donde realizó numerosos cuadros de esta región, de la cual se había enamorado.

TANGERINA de Luis Alvarez

TANGERINA – obra de Luis Alvarez

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GAD ELMALEH

(Casablanca, 1971)

GAD ELMALEH

GAD ELMALEH

Actor, director, humorista y guionista. Tiene ascendencia judía marroquí. Vivió en Canadá, donde estudió ciencias políticas. Famoso por sus monólogos, siempre ha hecho gala de un fino sentido del humor sobre su origen marroquí, y algunos de sus espectáculos teatrales han retratado acertadamente este aspecto de su personalidad.

Ha trabajado en radio y night clubs. Reconocido actor de cine, especialmente por varios éxitos en Francia, su popularidad se disparó a raíz de su relación sentimental con Carlota Casiraghi.

Entre sus films más conocidos: El tren de la vida (Train de vie, 1998) de Radu Mihaileanu, Chouchou (2003) del realizador argelino Merzak Allouache, El juego de los idiotas (La doublure, 2006) de Francis Veber, Un engaño de lujo (Hors de prix, 2006) de Pierre Salvadori, junto a Audrey Tautou; la deliciosa La felicidad nunca viene sola (Un bonheur n´arrive jamais seul, 2012) de James Huth, que protagonizó con Sophie Marceau o El capital (Le capital, 2012) del gran Costa Gravras.

También ha intervenido en Midnight in Paris (2011) de Woody Allen, La espuma de los días (L´ecume des jours, 2013) de Michel Gondry, y ha prestado su voz a uno de los personajes del film de Steven Spielberg Las aventuras de Tintín (The adventures of Tintin, 2011).

UN BONHEUR...

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JOSÉ LUIS DEL BARCO

(Tetuán, 1941)

Director artístico, ha trabajado en los equipos de decoración y arte de películas tan conocidas como Los nuevos españoles (1974) de Roberto Bodegas, Parranda (1977) de Gonzalo Suárez, Vota a Gundisalvo (1977) de Pedro Lazaga, Solos en la madrugada (1978) de José Luis Garci, La colmena (1982) de Mario Camus, 1492: la conquista del paraíso (1942: conquest of Paradise, 1992) y Gladiator (2000) ambas de Ridley Scott.

También, para televisión, ha sido el responsable del diseño de producción de la serie Las nuevas aventuras del Zorro (1990-1993), dirigida por Richard C. Sarafian o Ray Austin, entre otros.

ZORRO

 

 

 

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