
Este fin de semana lo he pasado en Larache. De camino al hotel, vi la fachada del antiguo edificio del Café Central medio cubierta con un cartel anunciando la presentación de un libro de Hassan Tribak. Ya no está el café desde hace mucho tiempo. Y había una silla vacía abandonada junto al portal del edificio.
Este fin de semana lo he pasado en Larache. Ha sido una escapada corta pero, como siempre, intensa. En cuanto llegué, pasé por la casa de Sibari y di el pésame a la familia. Ya han pasado nueve días desde su pérdida. Su hija María me invitó a subir al salón en el que su padre solía recibirme, nos sentamos y hablamos de él. El hermano de Sibari estaba a su lado, muy callado, asintiendo con la cabeza cada vez que yo le decía a María cuánto íbamos a echarlo en falta.
Me contó que murió al amanecer, y que esa noche Sibari comenzó a decir cosas sin sentido y también que se notaba muy cansado. Le pesaba la vida. Hablamos de los tiempos en los que estuvo con mi abuelo, y de los tiempos en los que estuvo con mis padres, especialmente con mi madre, y de los tiempos en los que estuvo conmigo. María asentía, y susurraba un “lo sé” suave y dulce.
Me contó que después de editar su nuevo libro, su padre iba a dedicárselo, como con cada una de sus anteriores publicaciones, pero que cuando iba a hacerlo no encontró un bolígrafo a mano y lo dejaron para más tarde, y ahora tiene su novela sin las palabras que iban a ser solo para ella, y había en su voz un leve reproche dirigido a sí misma por no haber buscado en aquel momento ese bolígrafo. Y noté en María una congoja, una pena profunda, como si hubiera perdido lo último que Sibari podía regalarle.
Le conté entonces que tres días antes de fallecer, su padre me había enviado un mensaje para pedirme mi dirección de correo postal porque la había perdido, quería enviarme su última novela.
-Es un libro sibarístico –me escribió con su guasa habitual.
Le contesté en seguida, pero no tuvo tiempo de hacerlo.
María se levantó, entró en la habitación de su padre y me trajo un ejemplar. Le dije que no se preocupara, que lo compraría, pero ella insistió diciéndome que Sibari, como siempre había hecho, me lo habría regalado. Solo dijo eso, pero fue como si me confesara lo mucho que me había querido su padre. Ahora tengo el libro aquí, junto al teclado de mi ordenador mientras escribo este texto, y noto la cercanía de Sibari.
Le di las gracias a María, que estaba muy emocionada, y nos despedimos, y luego hice lo mismo con el resto de la familia que estaba en la casa. Yassín ya se había marchado hacía pocos días, así que no pude verlo.
Este fin de semana lo he pasado en Larache. Había algo extraño, una invisible niebla amarga en el aire y que se respiraba por sus calles, un aroma de ausencia.
En cada conversación surgía inevitablemente el nombre de Mohamed Sibari. Los que me conocen, sabían de nuestra estrecha relación y me hablaban de él y de que ya no lo veremos nunca más. Es raro imaginar Larache sin Mohamed Sibari. Es como si hubiesen derribado un edificio emblemático y ahora solo quedara un solar vacío en el que fuera imposible construir de nuevo.
Este fin de semana lo he pasado en Larache. Desde el Balcón del Atlántico miré al balcón de su casa, pero no había nadie. Mohamed Sibari ya no se asomará a él para ver el mar, ni tampoco nos verá llegar como antes, ni nos saludará desde allí agitando un brazo al pasar bajo su casa, y eso hará que nos convirtamos en forasteros al cruzar la calle de la Plaza.
Asistimos por la tarde al concierto que daba el grupo flamenco del Conservatorio de Córdoba en el Cine Avenida, y en el que también actuaron los músicos del Conservatorio de Larache. Fusionaron “La Tarara” y resultó electrizante. Ernesto Blanco, director del Conservatorio cordobés, y nacido en Larache, dedicó el concierto a Mohamed Sibari. Luego, hablamos de él. Nos parecía mentira que ya no estuviera allí.
Me encontré en la platea a Mohamed Laabi, y Sibari ocupó parte de nuestra conversación.
-Laabísticamente hablando –solía decir Sibari cuando Laabi comentaba algo, durante aquellos días en los que solíamos vernos en el Café Central.
Este fin de semana lo he pasado en Larache. Qué extraño imaginarla sin Sibari. Ahora pienso que se ha ido despidiendo lentamente, que a causa de su enfermedad optó por una retirada silenciosa y humilde. Primero abandonó la terraza del Central, donde siempre lo encontrábamos al llegar de regreso, charlando, riendo, tomando su té con azahar. Y aunque resistió cuanto pudo, primero con sus muletas, luego con la silla, acudiendo puntual a su cita diaria, en cuanto cerraron el Café todo cambió. Fue como si le impidieran el paso con un muro infranqueable. Luego, dejó de ir a la Casa de España, y sus salidas se fueron espaciando, hasta que en los últimos tiempos apenas abandonaba su casa. Facebook se convirtió para Sibari en su ventana al mundo y en su balcón privado que se comunicaba con los balcones de sus amigos.
Este fin de semana lo he pasado en Larache. Y ya no he visto a ese hombre que antes caminaba a paso ágil y rápido pulcramente vestido con su chaqueta azul marino de doble pecho y botones dorados, camisa blanca inmaculada y corbata oscura, pantalón gris, zapatos negros, y su gorra a cuadros y su bufanda. La sonrisa brillante en medio de su rostro, los ojos achinados cuando reía, tras la montura dorada de sus gafas, y una broma preparada en los labios.
-Si vienes y no me ves, es que estoy del revés.
El Café Central de la plaza de la Liberación sigue cerrado. Ya no hay mesas alrededor de su fachada. Tampoco hay voces pidiendo a Hamid té, café o una botella de agua Sidi Alí. Ya no hay nadie que pida permiso para sentarse al lado de Sibari, ni de ninguno de los parroquianos habituales. Ya no se escuchan sus frases al saludar a un amigo que pasa.
-Perdóneme que no me levante, joven –le decía a un hombre mayor que le estrechaba la mano, Sibari sentado en su silla de ruedas, sonriendo.
Este fin de semana lo he pasado en Larache. Solo hay recuerdos vagando alrededor, y una sola silla junto al portal del edificio del Café Central. Una silla abandonada que nadie ocupará jamás.
Este fin de semana lo he pasado en Larache. Y Sibari ya no estaba.
Sergio Barce, 9 de diciembre de 2013
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LA ÚLTIMA OBRA DE MOHAMED SIBARI YA ESTÁ EN LAS LIBRERÍAS
El escritor larachense Mohamed Sibari recién fallecido, a los 68 años, el pasado miércoles 28 de noviembre en su ciudad, Larache tiene ya lista una nueva novela en español ´Tres orillas y dos mares´.
La obra ´Tres orillas y dos mares´ es una novela de 109 páginas y cuenta la historia de un tangerino llamado Loutfi Merchani que trabajaba en un barco, que hacía la travesía de Tánger a Gibraltar y viceversa.
El marinero entabló una relación amorosa con su compañera de trabajo, una inglesa llamada Mery. El padre de Loutfi no quiere que su hijo se casara con una cristiana sino con una musulmana tangerina.
En paralelo, la novela ´Tres orillas y dos mares´ cuenta, además de la historia de Loutfi, hechos históricos tales como: el cierre de la verja entre España y Gibraltar, la independencia de Marruecos y el fin del estatuto de Tánger como ciudad internacional.
El libro ha sido editado por la editorial Slaiki Fréres (Hermanos Slaiki) 2013, mientras tanto, la portada fue diseñada por Rachid Hanbali y la poeta española Paloma Fernández Gomá ha escrito el prólogo de la novela abordando el tema de ´La mujer en la obra literaria de Mohamed Sibari´.
El escritor marroquí Mohamed Sibari tenía previsto presentar su libro en Algeciras este año y en Larache en febrero de 2014. Este es un de los correos que me mandó el escritor larachense el 25 de octubre de 2013 sobre la presentación de su última novela: “El lunes mandaré algunos libros a Paloma Fernández Gomá y Nuria Ruiz. Ellas harán la presentación en Algeciras en noviembre y yo la haré en Larache en febrero. Por el momento no podré ir a España”.
En otro de sus mensajes decía: “Estas invitado desde ahora tú y Nuria. Se hará en la Delegación de Cultura en Larache, Inchalah” y sobre su última novela afirma: “Bien y el último libro ha sido un éxito”.
Hay que señalar que las obras del escritor Mohamed Sibari, incluida la última, se venden en la editorial Hermanos Slaiki, la librería Des Colonnes y la librería Les insolites, en Tánger y en la propia casa-museo de Mohamed Sibari en Larache.
Texto y foto: Abdelkhalak Najmi
http://www.diariocalledeagua.com/noticias_detalle.asp?id=5955&c=1