Os facilito el enlace para poder acceder a la entrevista que Héctor Márquez me ha realizado para Ediciones del Genal, con motivo de la concesión del Premio Andalucía de la Crítica a mi libro
No sé si la cercanía de mi cumpleaños me hace pensar más de lo habitual en el paso del tiempo, o sea esa otra sensación, cada día más acusada, de que los días transcurren ya sin rozarnos. El caso es que comienza a obsesionarme el correr de los años, este vivir a contrarreloj, y ahora, de pronto, todo lo que leo o todo lo que veo parece abordar este asunto, aunque sea tangencialmente.
Asisto al concierto en directo de Iggy Pop. Un espectáculo. Lleno de vitalidad, de fuerza, de ganas de transmitir energía positiva a los asistentes. Se entregó al público. Pero verlo ahí, como siempre con el torso desnudo, a sus 76 años, es también contemplar su deterioro físico que se acrecentaba aún más en las dos grandes pantallas que flanqueaban el escenario. Producía un extraño efecto que movía, por un lado, a la admiración por su testarudez al continuar en la brecha y, por otro, a una especie de congoja o de conmiseración (entendida en el buen sentido) que, curiosamente, fue desapareciendo a medida que transcurría el concierto. El carisma de Iggy Pop y su simpatía borró de un plumazo cualquier atisbo de duda. Pero lo cierto es que, los referentes de nuestra generación, nuestros ídolos musicales o literarios, si no han desaparecido lo harán en los próximos años.
Veo un western excelente: Old Henry (2021), dirigida por Potsy Ponciroli, con un sobrio Tim Blake Nelson, que interpreta a un viejo pistolero que vive ya retirado en una granja con su hijo pero que, por un hecho fortuito, después de muchos años, se verá obligado a usar de nuevo el revólver. Con evidentes influencias de Sam Peckinpah, homenajes visuales a John Ford y huellas de Sin perdón (Unforgiven) de Clint Eastwood. Se disfruta.
También leo a un veterano, Michel Houellebecq, en concreto su novela El mapa y el territorio (La carte et le territoire, 2010), con traducción del francés de Jaime Zulaika, editada por Anagrama.
Una novela que se divide en tres partes, pero que, a mi parecer, contiene dos novelas en una. Como es habitual en Houellebecq, se adentra en el epicentro de nuestra sociedad para desentrañar sus miserias. En esta ocasión, él mismo es uno de los personajes y se convierte en coprotagonista también involuntario. La vejez y la edad también juegan un papel importante en este libro. Escribe:
“…Pues tiene razón: mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud. Ha habido momentos interesantes, pero siempre difíciles, siempre arrancados al límite de mis fuerzas, nunca he recibido algo como un don y ahora estoy harto, sólo quisiera que todo termine sin sufrimientos excesivos, sin una enfermedad anuladora, sin dolencias.”
La novela, como decía, tiene una primera parte en la que se adentra en el mundo del arte, su mercadería y las motivaciones por las que, de pronto, la obra de un pintor o un fotógrafo se convierte en un éxito o en un producto sólo al alcance de ciertas élites, precisamente las mismas que deciden quién accede a esa categoría. El poder del dinero lo abarca todo. Y también analiza acertadamente la relación paterno filial del protagonista.
“…Su padre había prometido llegar a las seis.
Llamó abajo a las seis y un minuto. Jed le abrió por el interfono y respiró lenta, profundamente, repetidas veces, durante el trayecto del ascensor.
Rozó rápidamente las mejillas ásperas de su padre, que se plantó inmóvil en el centro de la habitación. <Siéntate, siéntate…>, dijo. Su padre le obedeció al instante, se sentó en el borde extremo de una silla y lanzó miradas tímidas a su alrededor. Nunca ha venido, se percató de pronto Jed, nunca ha venido a mi apartamento. También tuvo que decirle que se quitara el abrigo. El padre intentaba sonreír, un poco como un hombre que trata de mostrar que sobrelleva valientemente una amputación. Jed quiso abrir el champán, las manos le temblaban un poco, estuvo a punto de dejar caer la botella de vino blanco que acababa de sacar del congelador: estaba sudando. El padre seguía sonriendo, con una sonrisa un tanto fija. Allí estaba un hombre que había dirigido con dinamismo, y en ocasiones con dureza, una empresa de unas cincuenta personas, que había tenido que despedir y contratar; que había negociado contratos por valor de decenas y a veces centenares de millones de euros. Pero la cercanía de la muerte torna humilde a un hombre y esa noche parecía afanoso de que todo saliera lo mejor posible, parecía sobre todo deseoso de no causar ningún problema, era al parecer su única ambición ahora en la tierra…”
Luego, en el último tercio de la novela, Houellebecq se decanta por una trama de intriga en la que unos nuevos personajes, dos policías, ocupan varios capítulos tratando de desmadejar el misterioso asesinato de un escritor. Me quedo con la primera parte de este libro, que no obstante me ha sorprendido menos que Plataforma (Plateforme).
Lo contrario que Los años (Les années, 2008), de la gran Annie Ernaux, que regala otra obra redonda, vibrante e inteligente. Publicada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. En este libro, a la misma altura de El acontecimiento o El hombre joven, novelas que ya comenté en su momento, la escritora francesa disecciona con una agudeza envidiable cómo el transcurrir de los años va modificando nuestras aspiraciones, cómo los sueños se varan en la realidad, cómo nuestras ansias de libertad, las ganas por cambiar el mundo o de hacer girar el devenir se van torciendo hasta que todo se hace irreconocible y, mirar atrás, se torna fatigoso y desalentador.
A partir de varias fotografías de la propia escritora tomadas a lo largo de su vida, desde la infancia hasta su madurez, repasa su existencia y el entorno social, político e histórico de cada decenio. Una novela-ensayo enjundiosa, enriquecedora, en la que nos podemos reconocer en algunos instantes.
Escribe Annie Ernaux tras contemplar una fotografía fechada en 1980:
“…Hasta donde remontaban los recuerdos, nunca había habido tantas cosas concedidas en tan pocos meses (algo que en seguida olvidaríamos, incapaces de concebir una vuelta a la situación anterior). La pena de muerte abolida, el aborto gratuito, los inmigrantes clandestinos legalizados, la homosexualidad autorizada, una semana más de vacaciones al año, una hora menos a la semana de trabajo, etc. Pero la tranquilidad se alteraba. El gobierno reclamaba más dinero, nos lo pedía, devaluaba, impedía que la moneda saliera del país para controlar el cambio de divisas. La atmósfera se hacía adusta, el discurso (<rigor> y <austeridad>) se volvía punitivo, como si tener más tiempo, más dinero y más derechos fuera ilegítimo, como si tuviéramos que volver a un orden natural dictado por los economistas…”
Lo que relata lo sitúa en Francia, en los ochenta, pero, al leer estos párrafos, ¿no parece que nos habla de la España actual? Quizá porque los ciclos históricos se repiten y porque, como bien expresa ella, la memoria es muy corta. Las semejanzas con el tiempo que nos está tocando vivir resulta cuanto menos inquietante. Los derechos tan arduamente conquistados, en peligro por la sombra alargada de la nueva extrema derecha (que es la vieja extrema derecha que ha vivido agazapada durante años) y por los dictados restrictivos de Christine Lagarde & Co.
Y sentencia Ernaux al abordar su vejez:
“….constata con sorpresa que, cuando le hacían un dictado de Colette, la escritora aún vivía, y puede que su abuela, que tenía doce años cuando murió Víctor Hugo, disfrutara del día de fiesta con motivo de aquel funeral de Estado… (…) Y mientras crece la distancia que la separa de la desaparición de sus padres, veinte y cuarenta años, y cuando nada en su manera de vivir y pensar se parece a la de ellos (<se revolverían en su tumba>), tiene la impresión de acercarse a ellos. A medida que el tiempo disminuye objetivamente ante ella, este se extiende cada vez más, más allá de su nacimiento y de su muerte, cuando imagina que, dentro de treinta o cuarenta años, se dirá de ella que conoció la guerra de Argelia como se decía de sus bisabuelos <han visto la guerra de 1870>…”
Hablando de guerra. Espectacular la nueva cinta de Christopher Nolan. Oppenheimer es un alarde cinematográfico y narrativo. Obligatoria su visión en pantalla grande, donde es más apreciable su montaje, que en algunos tramos me recuerdan al adoptado por George Clooney como realizador en su memorable Buenas noches, y buena suerte (Good night, and Good luck, 2005), la excelente fotografía del suizo Hoyte Van Hoytema, la increíble banda sonora de Ludwig Göransson y un reparto en estado de gracia encabezado por Cillian Murphy, uno de los actores fetiches de Nolan que, en el papel protagonista, hace uno de sus mejores trabajos. Imborrable la pequeña pero esencial escena en la que Oppenheimer y Einstein intercambian unas palabras. La expresión del viejo científico ante lo que le revela el primero, su mutismo al cruzarse con Lewis Strauss (al que da vida Robert Downing jr.) resume a la perfección lo que significaba el resultado del descubrimiento al que acababa de llegarse.
Como igual de simple pero también inolvidable es la secuencia con la que finaliza Los Febelman (The Febelmans, 2022), la última película de Steven Spielberg. Un bellísimo homenaje al cine clásico, un tributo al maestro John Ford al que, curiosamente, da vida otro director de culto: David Lynch. Pocas veces, con tan poco, se ha hecho una declaración de amor al cine con tanta carga emocional.
Vuelvo a ver Atlantic City (1980), de Louis Malle. Lo hago por el simple placer de volver a regodearme en la insuperable interpretación de un Burt Lancaster ya viejo y cansado. Pero que da una lección magistral. Lancaster es en este film un matón de pequeña monta que se construye toda una fantasía para hacerse pasar por uno de los gánsteres más importantes de su época. Nos habla de las miserias humanas y de la redención. Pero también, de nuevo, del paso de los años y de la vejez.
Y también rescato otro clásico de Elia Kazan: Baby doll (1956), con los excelentes Karl Malden, Eli Wallach y Carroll Baker. Basada en una obra de Tennessee Williams, la historia transmite una tristeza y una soledad desasosegante. Y, como ocurre en otras obras teatrales de Williams, el personaje femenino está lleno de contradicciones, resulta a veces irritante y desquiciado, pero siempre despierta nuestra ternura ante tanto sinsabor como el que padece.
Sigo escribiendo, embarcado en una nueva novela que avanza y que crece. Lleno páginas que no sé si acabarán siendo definitivas o no. Eso nunca se sabe hasta que tienes la historia completa y comienzas a retocar, a pulir y a podar. Incluso el final al que me lleva su trama es probable que no sea el mismo que ahora intuyo. El tiempo lo dirá.
Problemas no sé. Supongo que debería decir que sí. Me despertaba en sitios extraños. Una vez me desperté en el coche de alguien y pensé: Tío, ¿y si un día te despiertas muerto? Creo que ahí fue cuando decidí plantarme. Digo yo, si te mueres borracho, ¿te da tiempo a volver a estar sobrio antes de enfrentarte a Dios?
Es una buena pregunta. No lo sé.
Lo estuve pensando. Me imaginé curda perdido delante de él. Y lo que él diría. Y lo que diría uno, ya puestos.
Bueno, a mí me parece que el alma no se emborracha.
Webb se quedó pensando en esas palabras. Ya, dijo. Puede que la tuya no.»
Fragmento de la novela El pasajero (The passenger – Stella Maris), editada por Random House, con traducción de Luis Murillo Fort.
Os recuerdo que este sábado, estaré en la Feria del Libro de Huelva, firmando ejemplares de mi libro El mirador de los perezosos, galardonado con el Premio Andalucía de la Critica, en la catengoría de libro de relatos. Será a partir de las 17:30 horas, en la Caseta de la Librería Siglo 21/Anadel.
El 14 de diciembre pasado, Susi Bonilla presentó mi libro El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal) en Valencia, acompañada de Mauro Guillén y organizada por Carlos Salazar, responsable de Cultura en el Colegio de Arquitectos de Valencia, y con la colaboración de Librería BiblioCafé.
Por circunstancias que no vienen al caso, Susi no ha podido enviarme el texto de su preciosa intervención hasta el día de hoy, y, aunque me fascinó ya al escucharla, leerla con tranquilidad me reafirma en mi sensación de entonces: sus palabras hacen mejor El mirador de los perezosos.
Os invito a leerla, porque merece la pena:
EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS, de Sergio Barce, por Susi Bonilla:
Me cuesta elegir cómo comenzar a hablar de este libro. Hay tantas propuestas valiosas en él que me he visto tentada a leerlo repetidas veces y, en cada una de esas lecturas, me ha llevado por caminos que me ha encantado transitar.
En el mundo en el que estamos inmersos donde prevalece la inmediatez y la celeridad, aparece Sergio y en sus 200 páginas agita nuestras neuronas y consigue que abandonemos nuestras prisas diarias y nos entreguemos a la pereza. No a esa pereza estéril del que procrastina o deja pasar el tiempo sin más. Sí a la pereza del que viaja a una ciudad sin coger el avión o del que camina por sus calles sin mover un solo pie. También la pereza del voyeur, del que observa y se observa en un juego de sentir y sentirse.
Como dice la abuela Latifa a sus nietos en uno de los relatos (Hafa): “Leer os hará viajar”.
Con la pericia de un experimentado piloto maneja la narrativa hasta que aterrizamos en Tánger y sin soltar nuestra mano nos hace partícipes de diez historias, con tal intensidad que al llegar al final sentimos como nuestro ánimo se rasga exactamente como cuando nos despedimos de donde no queremos irnos.
Es un libro de alquimia, agita y mezcla multitud de elementos que consiguen agitarte a ti. Y todo desde la más provocadora sensibilidad que caracteriza a la narrativa de Sergio.
Es una obra de detalles. Tratada con mimo de principio a fin. Comenzando por la cubierta con el óleo de la pintora Consuelo Hernández, la cuidada edición con tapa dura, el tamaño de letra amable con los ojos menos jóvenes, los títulos de los relatos que te guían por esa ciudad que te va a engullir, el poema de Isaak Begoña al comenzar el libro y los recuerdos que se van hilando a través de los relatos consiguiendo una atmósfera sensitiva inigualable al utilizar de modo impecable la memoria sensorial.
Es una de las líneas maestras de la obra. La memoria. Como nos configura lo vivido y el desasosiego de olvidar. No es casualidad que el autor dedique esta obra a la memoria de una persona que ya no pudo reconocerle.
Y tras esta dedicatoria, el primer relato nos traslada a Tánger en primavera y nos da la bienvenida a la ciudad adelantando lo que nos va a ofrecer este viaje. Los lugares que vamos a transitar, los guiños a otras obras del autor, en este caso a La emperatriz de Tánger, el proceso de crear y la sensualidad que va a ser una constante en cada página. Una sensualidad construida con ese detallismo tan personal que Sergio extrae cada vez que se arranca un pedacito de sí mismo.
Así llegamos a Tánger, somos acogidos y nos encontraremos con nosotros mismos. Ese ESTAR en Tánger nos va a posibilitar SER con mayúsculas y nos vamos a encontrar con esas inquietudes que todos tenemos, con las preguntas que nos hacemos al mirarnos al espejo, con las dudas que nos asaltan y nos roban el sueño y también con la nostalgia de lo perdido. Una nostalgia que Sergio consigue que sintamos con la misma habilidad que consigue que la sustituyamos por ilusión a través de una mirada, un guiño de ojo o un roce sutil. Porque, como se plasma en el segundo de los relatos, Tánger es la ciudad de las quimeras. Unos giros anímicos que son extraordinario ejemplo de gestión emocional.
Tánger es la gran protagonista femenina que planea sobre las diez historias y permite que sus personajes nos muestren sus luces y sombras. Tánger deja de ser ciudad y se convierte en la mujer amada, en esa amante que ha cambiado con el paso de los años pero que conserva el magnetismo de guardar tus secretos y que te hace volver a ella una y otra vez.
Si hay algo que me fascina de los libros de Sergio es su capacidad de hacerme sentir no solo durante su lectura sino también como efecto secundario a ella. Sus palabras y sus silencios te dejan sabores que no puedes evitar seguir paladeando.
Las mujeres de Sergio huelen a jazmín y a miel, a limón dulce y canela, a azahar, a espliego o a henna, chasquean la lengua, rozan con la cadera o dibujan miradas juguetonas. Las calles de Sergio huelen a pinchitos morunos, a salitre, a eucalipto, a especias o a humedad agria. Sus personajes no toman cualquier marca de cerveza o fuman un cigarrillo al azar. Toman una Flag o fuman un Soraya o un Tokat. No suena música en los locales de Sergio, Suena Elton John o KC & the Sunshine band. Ese es el detallismo genuino con el que nos seduce y nos lleva de la mano, como cuando narra el ritual que hacía en su niñez cuando iba a Tánger al oculista o al odontólogo con su padre mientras su madre iba a la peluquería. Una envolvente telaraña de vivencias personales que configuran uno de los grandes atractivos de las obras de Sergio.
Y así nos secuestra con su hechizo y sientes que su libro te ha encontrado cuando más lo necesitabas para recordarte que sigues siendo el niño o el adolescente que fuiste, aunque el paso del tiempo te mire desde el espejo. Y, sobre todo, te anima a que busques el juego y la ilusión en cualquier momento de tu vida.
Es una lectura de contrastes, cambio y permanencia, de nostalgia y búsqueda de identidad, nos habla de pérdidas (juventud, seres queridos, lugares que ya nos son lo que eran) y de reencuentros. Del miedo al SER y al dejar de SER. Un dejar de ser físico y mental. Una lectura de contrastes y de una profunda inteligencia emocional que nos recuerda el poder de la evocación y nos aviva la ilusión recordando que sentirnos atraídos y atractivos nos salva cuando sentimos anestesiado el corazón.
También habla de pertenencia, de la importancia del arraigo para dar sentido a nuestra vida, el valor de sentirse en el hogar tanto por el lugar en el que has vivido gran parte de tu vida como por la familia que te ha dado valores y amor incondicional.
“El hogar está en la tierra de tu niñez. No somos dueños de ella, pero envuelve para siempre con tibieza el corazón del niño que fuimos”
Y habla de personas, de las que nos acompañan y de las que ya no están pero siguen siendo un pilar fundamental en nuestra vida. La figura de la madre se muestra de un modo tan presente hasta en su ausencia que llama la atención que en una gran mayoría de los relatos se hace alusión a una madre que ya no está. Otro de los temas que me ha sobrecogido especialmente por lo identificada que me he sentido en muchos pasajes.
Junto a la figura materna también las mujeres sazonan los textos y los salpican con una sensualidad tan delicada como desgarradora pero sin perder en ningún momento la delicadeza. Como en otros libros de Sergio, he querido convertirme en una de esas protagonistas que tan solo con la fragancia que dejan al caminar son capaces de hacer posible lo que ya nos parece imposible.
A través de la edad de estas mujeres los protagonistas masculinos van desnudando sus miedos ante el paso del tiempo. Curiosamente todas las mujeres son mucho más jóvenes que sus compañeros de juegos a excepción de dos de ellas que le sirven al autor para mostrarnos otras dos líneas argumentales:
1.- La protagonista de Dar Niaba, uno de mis relatos favoritos, es 20 años mayor que su compañero. Un relato de erotismo que trabaja delicadamente la progresión desde la atracción hasta la pasión desatada y que nos habla de tentaciones y límites. Del deseo y la idealización de lo que no tenemos. Los límites nos hacen sentir prisioneros pero el castigo de rebasarlos mata la magia. Un relato magistral que nos convierte en una esponja henchida de deseo y nos escurre hasta sentir el vacío seco de la decepción.
“Con un arte milenario, se arremangó el borde del caftán y me dejó ver la pantorrilla derecha, tallada en marfil, antes de calzarse la babucha color azafrán. La artimaña la repitió con los siguientes modelos y, cada vez que introducía el pie en otra nueva babucha, mostraba algo más de su pierna interminable. Una torturadora.”
2.- La otra mujer que supera en edad a los protagonistas es la propia Tánger que personifica sueños e ilusiones.
Los relatos están plagados de guiños cómplices que salpimentan los párrafos en un juego metafórico que nos lleva a esos guiños de ojos inesperados que nos devuelven la sonrisa y la fantasía, guiños al cine, al arte, al proceso creativo, a la soledad del escritor y a su espíritu mirón, a las enseñanzas familiares, a personajes reales de la vida del autor, familia y amigos, y también a lugares frecuentados por él en muchos momentos de su vida.
No conforme Sergio con cumplir y superar las expectativas de los que conocemos su sensibilidad narrativa nos sorprende con tintes paranormales/oníricos al hacer que los personajes traspasen un cuadro e incluso a trabajar la intriga en el relato Hotel Rembrandt (otro de mis favoritos) en el que te invade desde el desasosiego hasta el horror de perder tu identidad y en donde aparece otro guiño a una obra del autor a través del libro del protagonista, Delio Blázquez, “Una ventana pintada de verde” (Una puerta pintada de azul).
Como veis, un libro que reivindica la memoria que da sentido a nuestra vida. Nuestros recuerdos. En palabras de uno de los personajes:
“Tener una memoria que lo guarda todo es como llevar un erizo en el bolsillo, cada vez que se remueve clava sus púas y te hace sangrar”
Yo no os recomiendo que leáis este libro, os lo receto por prescripción facultativa. Necesitamos sentirnos vivos en cualquier etapa vital en la que nos encontremos y estos relatos son píldoras que te despiertan los sentidos dormidos. Recorremos la piel de Tánger como ese amante del que gozamos en presencia y ausencia. Nos convertimos en adictos a su sensualidad hasta que nuestro ánimo se desgarra al separarnos hasta llegar a identificarnos con la voz del narrador que en uno de sus relatos (Beit Hahayim) dice lo siguiente:
“Me quedaría aquí unos días más. Necesito comprender por qué razón estar en esta tierra me transforma en otro, quizá en el que soy de verdad o en el que creo ser y no soy”
Una vez más, Sergio me ha hecho mimetizarme con sus personajes y convertirme en voyeur, en joven de piel canela, en la prostituta que huele a espliego y a locura y hasta en ese anciano de 86 años que se ha salvado de muchas adversidades, pero nada puede salvarlo de la muerte. Como siempre, me refuerza la creencia de que la magia existe.
Una magia que se debe a su generosidad. La generosidad de un escritor que se desnuda y comparte con los lectores su mundo interior. Algo no muy frecuente pero tremendamente atractivo.
Gracias, Sergio. Estoy recién llegada de Tánger y ya deseo que me invites a volver.