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EN SEPTIEMBRE, YA EN LA CALLE, «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS», UN NUEVO LIBRO DE RELATOS DE SERGIO BARCE

A primeros de septiembre, saldrá a la venta mi nuevo libro de relatos El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal). Diez relatos ambientados en Tánger, en los que muchos amigos, sin saberlo, son algunos de los personajes que habitan en sus páginas. Con una hermosa cubierta que reproduce uno de los cuadros de la pintora Consuelo Hernández, junto a un poema de Isaak Begoña como apertura del libro, cuenta con una magnífica maquetación de Nuria Ogalla.

 

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YA EN IMPRENTA

Tras las galeradas, mi nuevo libro de relatos El mirador de los perezosos, ya está en imprenta. Saldrá en tapa dura, como mi anterior título Una puerta pintada de azul. La maquetadora, Nuria Ogalla, ha vuelto a realizar un trabajo encomiable. Ahora, a esperar que la nueva criatura salga del horno. La cubierta es de la pintora Consuelo Hernández.

En cuanto la edición esté en la calle, lo comunicaré. Las presentaciones empezarán a partir del mes de septiembre.

 

 

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LA CUBIERTA DE MI NUEVO LIBRO

Ando atareado en la corrección y maquetación de mi nuevo libro de relatos con la ayuda de Nuria Ogalla (la mejor correctora y maquetadora, un portento y casi un prodigio; ahí está su trabajo en mi anterior obra Una puerta pintada de azul, que tanto se ha alabado por su exquisitez). Y ya tenemos la cubierta, que reproduce el maravilloso óleo Tres mujeres en cabo Malabata, cortesía de la pintora Consuelo Hernández, generosa con este detalle y, sobre todo, por regalarme su amistad. Creo que el resultado salta a la vista: una cubierta elegante y sobria, que combina esa imagen fascinante con un diseño de fuente en el título muy arriesgado y moderno. 

El libro se titula El mirador de los perezosos, y reúne un total de diez relatos, todos ellos ambientados en la ciudad de Tánger. Contiene además, como lema, unos hermosos versos de Isaak Begoña, igualmente generoso al permitirme utilizarlo. Sin olvidar la ayuda de Mercedes Dembo con la jaquetía.

Esperamos tener listo el libro en pocas semanas. Seguimos perfilando los últimos detalles.

Publica Ediciones del Genal.

 

 

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FRAGMENTO DE «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL»

Ya que el próximo día 11 de febrero, presentamos mi libro Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal) en Barcelona, y para quienes aún no los hayáis leído, os dejo un fragmento del relato titulado Las mujeres de mi padre:

(…) Junto a su arrojo y valentía, de las que carecían muchos hombres, mi abuela María Salud Cabeza era una mujer generosa. Cuando llegaba la fiesta del cordero, se ofrecía a las familias musulmanas del barrio de Las Navas y ayudaba a las mujeres a preparar unos tayines espectaculares.

   Pero era mi madre quien sabía sacarle más partido a esa festividad. Bueno, a esa y a todas, ya fuese el baile de Fin de Año, la fiesta del Pasad o la del Mulud. Ella se apuntaba a todo lo que se celebrase en Larache. Era algo que había heredado de mi abuelo Manuel, que no se perdía una. Si María Salud disfrutaba compartiendo la tarea de preparar suculentos platos, a mi madre lo que más le atraía era la romería al santuario de la patrona de la ciudad, Lalla Menana la Mesbahía, que se celebra al cuarto día del nacimiento del Profeta.

   Me gusta pronunciar el nombre de nuestra patrona: Lalla Menana la Mesbahía. Encierra en sus letras una musicalidad bellísima. Lalla Menana la Mesbahía, como el estribillo de una canción. En otros países musulmanes, ni se reza ni se venera a los santones, tampoco a los patronos y menos aún a una patrona, pero Marruecos es diferente en esto y en otras muchas cosas.

   Mi madre ha sido la persona que más historias familiares me ha contado, y la de aquella romería en concreto me la refirió en varias ocasiones, y siempre lo hizo con una añoranza evidente. Recuerdo que nos relató que un año, al llegar la gran fiesta, mi abuelo, que ya era por entonces policía de tráfico, junto a sus compañeros se habían quedado en Cuatro Caminos desviando el tráfico porque la avenida se había inundado de gente. La muchedumbre subía desde la plaza de España y bajaba desde el cruce. Mi madre, sabiéndose libre para hacer lo que le viniera en gana sin la vigilancia de su padre, también se había metido en medio del torbellino con unas amigas y con Mohamed Sibari. Eran jovencísimos e inconscientes. Tras varias tretas, lograron entrar en el recinto exterior del santuario, en la zona del cementerio. La veneración y el rigor presidían la romería. Algunos creyentes ya habían encendido velas en honor de Lalla Menana para conseguir de ella alguna petición concreta: su ayuda para mejorar sus vidas o la cura de algún familiar enfermo. Ninguno de esos fieles musulmanes mostraba rechazo por la asistencia de los cristianos o de los hebreos que se habían acercado a contemplar la celebración.

   El grueso de los creyentes llegaba del Zoco Chico, donde primero habían acudido a los alrededores de la Gran Mezquita, pero luego la procesión se atragantó en el propio santuario, donde era casi imposible moverse. El shrif, sobre una hermosa yegua blanca, presidía la ceremonia de ofrenda a la santa patrona, y a continuación los derviches, que pertenecían a la cofradía de los aixauas, iniciaron su danza. Comenzaron a hacerlo muy lentamente, pero, a medida que el ritmo de las chirimías, de los tambores y de las darbukas se aceleraba, el baile se hizo más y más histérico. Los bailarines cayeron en trance y algunos alcanzaron el paroxismo, con movimientos tan violentos que impresionaban a todos los asistentes. Mi madre me decía que causaba mucho respeto verlos tan de cerca, algo que ya sabía porque yo también los vi actuar. Pero allí estaba ella con sus amigas, paralizadas, sin atreverse a moverse del sitio. Sibari, por el contrario, palmeaba y daba pequeños saltos imitando a los derviches. Una de las chicas ya había coincidido con ellos en la Medina, y le había causado estupor verlos comer corderos y gallinas que les arrojaban desde las ventanas de las casas y que ellos mordían cuando los animales aún estaban vivos.

   Mi madre se acordaba muy bien de que uno de los aixauas se desmayó, y de que la muchedumbre se agolpó alrededor, arrastrándolas con ellos. Todo parecía descontrolarse, y entonces, sin haberse sobrepuesto del impacto por lo que acababan de presenciar, decidieron escabullirse y salir del santuario. Mi madre hubo de tirar de Mohamed Sibari para sacarlo de allí, hechizado por el espectáculo. Forcejearon, empujando a unos y a otros hasta que lograron alcanzar la avenida.

   Si Manuel Gallardo hubiese sabido que su hija y sus amigas se habían atrevido a ir a ver actuar a los aixauas, seguramente la habría castigado. Intuyo que, siendo policía de tráfico, y dado que Larache por entonces no era una ciudad demasiado grande, acabaría por enterarse. Pero ella era el ojito derecho de mi abuelo y le consentía todo. Incluso ya imaginaría que mi madre volvería a acudir a la misma celebración al año siguiente. Como ella me solía aclarar con aspavientos y muy resuelta: ¿Yo? ¡Claro que volvía! ¡Si me apuntaba a todo! Aunque me lo prohibiesen, yo me escapaba para ir a donde me llevara el cuerpo.

   Dicen que mi abuela paterna María Salud Cabeza era de esas gaditanas llenas de chispa que no paraban de canturrear y de bailar mientras trabajaban duramente, y cuentan que era una mujer de hierro, pero de corazón enorme. Ahora que reflexiono sobre estos detalles, advierto que mi madre era parecida. También le encantaba bailar, y viajar, y transpiraba una alegría contagiosa. Ella no era gaditana, había nacido en Alcazarquivir, pero era dueña de un gran sentido del humor. Las dos amaron Larache profundamente. María Salud descansa en su viejo cementerio cristiano, y mi madre en las aguas de su río Lucus. Y no hay un solo día en el que mi padre no las mencione por algún motivo, como si estuviesen a punto de aparecer por la puerta. Ni un solo día.

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 2 – CONTAR LAS CUARENTA, CON MORETA-LARA. EN EL HAMMAM, CON KILITO

En noviembre pasado, paseé por Tánger con Marta Cerezales Laforet, Rocío Rojas-Marcos y Miguel Ángel Moreta-Lara, ahí es nada (en uno de los cuentos que formarán parte de mi nuevo libro relato algún detalle de ese deambular). Hacía frío, pero el sol asomaba con cierta holgura y los perros y los gatos habían ocupado las zonas de las aceras donde más calentaba. A veces parecíamos extraños que nunca hubiesen vivido o estado en Marruecos, quizá porque los cuatro tratamos de embebernos de cuanto allí nos rodea. Fue un rato agradable, lleno de silencios, en especial cuando entramos en el cementerio judío, que nos sobrecogió por muchas cosas. Caminar por Tánger es viajar en el tiempo.

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Tras leerme sus poemas de su Dietario salvaje (que me ha deparado más de una sonrisa), ando con el otro libro que me regaló Miguel al despedirnos: Contar las cuarenta. Es incalificable, pero estoy aprendiendo muchísimas cosas con él. Hay notas de viajes, relatos, meditaciones (por así llamarlas) o más bien reflexiones, recuerdos, fogonazos de inspiración y textos nacidos porque sí. Me ha sorprendido conocer el destino de Miguel Hernández Torralbo, el dueño de un local mítico de Málaga: <El cantor de jazz>, por el que casi todos recalamos en nuestra juventud. Tal y como lo cuenta Miguel Ángel, lo cierto es que hay historias que son pura devastación.

Pero lo que me trae hoy aquí es que, Contar las cuarenta, publicado por El Desvelo Ediciones, me ha recordado un texto que leí hace tiempo de Abdelffatah Kilito. Cuando lo menciona en sus páginas, algo se ha encendido en mi cabeza, lo he buscado y he vuelto a leerlo. Se titula Una temporada en el hammam, y, como bien dice Miguel Ángel Moreta-Lara (que junto a Ahmed Ararou lo tradujeron del francés), es “un texto absolutamente perfecto”.

Extraigo un pequeño párrafo del relato:

“…El hamam es un descenso al otro mundo. No se sube al hamam, se baja; es difícil imaginar un hamam encaramado. Tan pronto como empujas la puerta para penetrar en la primera sala, hay que bajar un peldaño, por lo menos un peldaño. El hamam es un lugar crónico, situado en las profundidades de la tierra, en las entrañas subterráneas; como inframundo, es oscuro, sin estrellas ni sol, lejos del día y de la noche, fuera del calendario y de la cronología. El sol no tiene acceso a ese mundo de los muertos, a esa morada de las sombras de formas indecisas, que sólo reflejan de manera imperfecta las formas del mundo superior, del mundo bañado por el sol. El hamam es un espejo empañado, en cuya superficie se proyectan vagas siluetas, apariciones inciertas. Uno se transmuta en su propia sombra desde el instante en que baja a esta catacumba, fosa ahogada por un vapor espeso y sofocante…”

Sigo leyendo a Miguel Ángel a cuentagotas, para que no se acaben sus historias. Y, entre medio, se cuela alguna novela o algún diario. Esas cosas que hacemos los lectores impenitentes, que no dejamos de abrir los libros que tenemos a mano mientras miramos de soslayo los otros volúmenes que también nos esperan en una esquina del escritorio.

Sergio Barce, 25 de enero de 2022

 

ABDELFFATAH KILITO
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