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Y AHORA… UNOS MINUTOS DE PUBLICIDAD

Cuando descubro uno de mis libros entre las manos de un posible (o de un seguro) lector, creo haber logrado poner una pica en Flandes, y siento una especie de orgullo porque esa persona se haya interesado en mi obra, pero también la responsabilidad ante la incertidumbre de saber si mis palabras lograrán convencerlo de que ha acertado con su elección.

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PABLO CANTOS, HABLANDO DE MI NOVELA «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE»

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UNA SIRENA con MORAD Y MÓNICA

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Sergio, Julio y Pilar

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Sergio & Monica

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MALAGA - PRESENTACION DE UNA SIRENA SE AHOGO EN LARACHE

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MALAGA - FERIA DEL LIBRO

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MADRID FERIA DEL LIBRO 2013

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MADRID - CON EL ESCRITOR LUIS CAZORLA

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idea de carlos nieto

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A CONTINUACIÓN, MÁS IMÁGENES…

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«VIBRANTE HOMENAJE A ABDELLAH DJBILOU», POR LEONOR MERINO

 VIBRANTE HOMENAJE A ABDELLAH DJBILOU

Por Leonor Merino

(Drª Universidad Autónoma de Madrid, especialista en Literaturas del Magreb, traductora y ensayista)

LEONOR MERINO

LEONOR MERINO

Publicado: Tres Orillas, Algeciras (Cádiz), nº 13-14, Septiembre, 2009, pp. 177-179.

 

Este homenaje no es un libro in memoriam con artículos científicos, al que estamos habituados en el ámbito universitario, sino que está engarzado con narraciones, que se convierten en confesiones amistosas, de las vivencias -anécdotas compartidas-, con el añorado y destacado hispanista marroquí Abdellah Djbilou: su etapa de estudiante de doctorado en Madrid, su docencia en la Facultad de Letras de Tetuán de la que fue también vicedecano, su docencia luego en la Universidad del rey Saud de Riad y en la Escuela de Traducción de Tánger de la que fue director adjunto y, por fin, el retorno a su querido Madrid, como profesor jubilado y traductor de la embajada de Emiratos Árabes Unidos.

Éste es el recorrido que he efectuado -en alerta mi alma-, por las líneas de los textos que le han brindado quienes se han quedado en el desconsuelo de su ausencia repentina, pero también con el recuerdo del Amigo en las pupilas, para siempre.

Abre el estupendo libro -maquetado, diseñado e ilustrado por la probada sensibilidad de Saíd Messari-, los testimonios elegíacos de Fernando de Ágreda: “Lloro por tu pérdida/ Y por tanto silencio […] Lloro ahora por lo que fue/ Y por no haberlo cambiado […] Bailes y risas sin parar/ Que no he podido evocar/ Hasta hoy, cuando solo es/ Tiempo de llorar”. Rico en recuerdos permanece este arabista que, en su soledad y espontánea generosidad, desgrana una pléyade de profesores y lugares de las “dos orillas”, salpicada de acontecimientos al hilo de la evocación del Amigo perdido, instantes de juventud compartida, por tierras fasíes.

Alí Menufi, esforzado hispanista en la Universidad cairota de Al-Azhar -la más prestigiosa del Islam suní-, evoca el tiempo compartido con el amigo-colega, en la pionera programación académica de traducción e interpretación en la Facultad de Letras de Riad, traduciendo ambos al árabe La enseñanza de la traducción, bajo la dirección de Amparo Hurtado Albir de la Universidad Autónoma de Barcelona. Djbilou (Yeblí, Montañés o Montesinos como él decía), sólo permaneció allí tres cursos: “se salvó de la máquina infernal de hacer dinero”. Sus aspiraciones intelectuales eran otras.

Alberto Gómez Font, Coordinador General de la Fundéu, revive de la mano del amigo desaparecido las correrías y andanzas nocturnas por uno de los barrios más castizos de Madrid -Chamberí-, mostrando al mismo tiempo campechanía y desinhibición en su relato fraterno. Alberto conoció bien a Abdellah: el sueño perseguido largamente por ser padre -su culminación en Aimán; el regreso a la capital de España, viviendo en un piso, próximo al del amigo de aventuras, precisamente en el mismo viejo barrio donde había sido estudiante, cuando era un vitalista soltero; el Café Comercial -“su oficina”-, donde se inspiraba y escribía, donde veía pasar la vida, fumando, tras los ventanales del vetusto café-refugio. Sí, Madrid sin Abdellah no es lo mismo, para Alberto.

Mª Jesús Viguera Molins, reconocida arabista, hace referencia al porte apuesto, dinámico, y al amor tranquilo por las dos orillas del amigo ausente, al mismo tiempo que va destacando sus obras admirables. Y a él van dedicados tres poemas sobre Ixbiliya: la Sevilla andalusí por excelencia, tan amada por la dinastía taifa de los ‘Abbadíes, y “por todos envidiada”, como cantó y lloró, en su desesperación mortal, el rey-poeta al Mu‘tamid, ante tanta pérdida.

Precisamente una profesora de la universidad de Sevilla y hoy directora del Instituto Cervantes de Marrakech, Mª Dolores López Enamorado, festeja el valor de la memoria: “rescatar uno a uno los instantes vividos, hacerlos presentes y evitar así que el olvido borre el recuerdo a las personas con las que hemos recorrido una parte del camino”. Así, vuelven las imágenes de cuando era estudiante y fue generosamente recibida por Djbilou, por entonces vicerrector en la Universidad de Tetuán. Mas tarde, los trabajos mutuos compartidos y, siempre, su sonrisa, en la mirada, en sus gestos, en su mesura, que le delataba…

El insigne arabista Pedro Martínez Montávez, cabalmente, se refiere a que “no era sólo su sonrisa”… En un no muy lejano encuentro casual con Abdellah, por el barrio de Huertas en Madrid -cogollo intelectual del Siglo de Oro y corazón bohemio del Romanticismo-, el intuitivo arabista -zahorí del alma hispana y árabe- atisba un rictus entristecido en aquella sonrisa abierta, generosa, que siempre precedía al hispanista amigo. Entristecido, el arabista se pregunta si quienes dedicamos nuestro empeño y parte de nuestra existencia a “traducir” estamos capacitados para interpretar, descifrar, el dolor del Otro, que acalla por pudor o por evitar pesadumbre, desconsuelo, al Amigo. La sensibilidad, la ponderación en los trabajos de Abdellah Djbilou ya fueron loadas por su maestro, sobre todo en orientalismo modernista.

Si Mohamed El Madkouri -dinámico profesor del departamento de Lingüística de  la Universidad Autónoma de Madrid-, sentado en el seddari azul dorado de Abdellah y a su lado, se hubiera percatado de que el amigo compatriota se estaba yendo, hubiera “leído en vez de libros muertos en la biblioteca y que están siempre allí, uno vivo, sin ejemplar, que se estaba consumiendo…”. Djbilou, perteneciente a la generación del hispanismo marroquí de formación universitaria española y no francesa como sucedía hasta casi finales de los años setenta -como corrobora El Madkouri en su extenso y ponderado texto-, estaba dotado de una formación sólida, de una personalidad crítica, que se hallaba en su producción intelectual, como escritor, como antólogo, como traductor e intérprete profesional “que valora positivamente al Otro y lo hace dueño de su propio discurso”.

En el verano de 2004, atento y risueño, “sentado entre los alumnos como uno más”, permaneció este tangerino hispanista ante la conferencia de la profesora Maribel Lázaro Durán, originaria de Ceuta: una de las cautivas -junto a Melilla- en Al Ándalus wa I asîrâtâni fî I ibdâ´ al magribî al hadîza. Mujtârât chi`iriyya, obra de Abdellah Djbilou a la que trasladó uno de sus mayores anhelos: “el diálogo de la conciliación y el acuerdo, en el espacio común que nos aproxima a marroquíes y españoles”, en esos lazos que unen, que deberían servir a España de alqantara con el mundo árabe, desde hace largo tiempo. Anhelo del que se ha hecho portavoz esta profesora del departamento de semíticas de la Universidad de Granada que, en sus clases de Literatura Árabe Comparada, inculca a los alumnos el acercamiento a las obras de Djbilou -apellido algo difícil de pronunciar para ellos-, y a sus textos escogidos, “brillantemente”.

Sí, verdaderamente tenía una sonrisa contagiosa y un oído atento en la imitación de las entonaciones, de los dejes, de “los tangerinos populacheros”, para Malika Embarek López -excelente conocedora de la obra de Tahar Ben Jelloun-. Esta marroquí, traductora, fue testigo de la propuesta, “irrechazable”, que hizo Juan Goytisolo a Abdellah Djibilou para que tradujera Al jubz al hafi de Mohammed Choukri. Todo sucedió en Torrentbó, en la terraza de la masía -hoy inexistente- del escritor catalán: recuerdo lejano, brumoso, “tan impactante que a veces sospecho que lo he inventado”.

Y durante un Congreso sobre el Magreb que tuvo lugar en Sevilla, Rodolfo Benumeya Grimau -arabista y escritor que se nos fue sin llegar a ver publicado este homenaje- iba anotando los sentires surgidos entre él mismo y el amigo tangerino y marroquí, en definitiva andalusí. Ahora, era el momento de hacerlos públicos, aunque se inicien de “modo inconexo y terminen bruscamente”. Así, al hilo del escrito referido a las democracias, “control de los medios de comunicación” de Chomsky, o bien ante el titular “Árabes e Islam”, se van desgranando una visión del mundo y una esperanza también de Abdellah, “intelectual humano que, entre bromas y veras, se integraba por entero en las reflexiones sobre la humanidad y el tiempo que vivía”.

Del año 2001 data el encuentro de Paloma Fernández Gomá con el “hispanista que siempre estuvo cerca de la otra orilla que une el estrecho de Gibraltar”. Para dar prueba de ello, le envía su aportación manuscrita, Cien años de la visita de Pío Baroja y Rubén Darío a Tánger (1909-2003), para la revista cultural de ámbito internacional, Tres culturas, que iniciaba por entonces su andadura y de la que es directora esta escritora y poeta madrileña. Luego, muchos proyectos quedaron en suspenso: “Se fue en el mejor momento”.

Otro encuentro fortuito con el amigo Abdellah o Abdallah (“que sabe de las glorias e insuficiencias de la/s cultura/s hispánica/s”), por un barrio de Madrid, rico en esencia y costumbres -que pronto elegiría para vivir, soñar, pasear por sus aceras y parques asido a la manita de su único hijo-, da pie, a la exquisita sensibilidad de la conocida arabista y generosa editora, Carmen Ruiz Bravo, para volver a la Antología sobre Tánger en la literatura hispánica contemporánea, Tánger. Puerta de África, que ella misma editó, así como ofrece la ocasión para esbozar la semblanza de este ser, “solidario y solitario, sociable e intimista, observador atento y ensimismado vuelto hacia lo interior, esteta y vitalista quizá tanto como hombre de profunda dimensión trascendente, a través del arte y del espíritu”.

En 1998, hojeando las novedades literarias en una librería madrileña, Waleed Saleh compró la obra de Djbilou, Diwan Modernista. Una visión de Oriente que reseñó, largamente, en el periódico Al Sharq Al Awsat, en el que, por entonces, colaboraba este gran arabista iraquí de la Universidad Autónoma de Madrid. Sabedor de esta publicación, Abdellah le responde con diligencia, agradecido. Pasados los años, se conocen en Valencia, donde recorren la Albufera y Játiva, topónimos significativos, llenos de vínculos y vestigios árabes. El azar los une de nuevo en la Feria del Libro del Retiro madrileño, muy poco antes de marcharse para siempre, Abdellah: Recuerdos evocados con serena tristeza.

Un homenaje colmado de sentimiento profundo es el de Aziz Amahjour a su profesor-amigo: “tejedor de lazos entre lo árabe y lo hispánico”. En la Facultad de Tetuán-Río Martil y durante el curso 1985-86, un joven Abdellah -“sereno, profundo y preciso”- impartía clases de Literatura Española estableciendo comparaciones poéticas con la Literatura Árabe, al mismo tiempo que evocaba versículos coránicos, “nunca de forma gratuita y siempre con un escrupuloso rigor de método”. Aziz Amahjour, hispanista y poeta, nos recuerda el año de la publicación del Diwan modernista. Una visión de Oriente, coincidente con nuestra entrada en la Comunidad Europea -proclamada a bombo y platillo por nuestra televisión: “por fin somos europeos”-, como si Djbilou nos recordara que no debemos “volver la espalda” a una geografía compartida, “y a un pasado común que grandes monumentos (y muchos elementos no tan visibles) evocan y hacen presentes”. Como si, también, nos abriera de par en par una puerta desde Tánger, con “un quehacer y un arte en el que Abdellah va a destacar con gran maestría”. Emocionada despedida e infinito agradecimiento de quien fuera su alumno, por haber encontrado no sólo ayuda y apoyo en la orientación científica, universitaria, sino Amistad wa trahhumáti ‘alaica.

Finalmente, Jaime Sánchez Ratia -escritor y traductor en las sedes de la ONU- describe con soltura y gracejo las largas caminatas compartidas con el colega-traductor marroquí por Nueva York -camino y vuelta del trabajo-, incapaces de adentrarse en los túneles del metro -“antesala del Averno”-. La brasa ígnea de su cigarro impenitente, parece ser que siempre delataba y antecedía a Abdellah. Esa manera de fumar característica de los marroquíes: “actividad que muchos de ellos consideran tan sólo compatible con ingerir ese café negro como la antracita, hipertenso e infartante que acostumbran a trasegar, de Ceuta para abajo, como si fuera agüita de la India”. Y, a veces, también llamaba la atención ese aire, como ausente, ensimismado en su propio mundo, “muy a pesar suyo”. Pero la sorna rifeña de Abdellah todo lo trastocaba con su risa abierta, contagiosa, que hacia darse la vuelta a los solitarios y madrugadores transeúntes neyorquinos, “todos provistos de sus bolsas de estraza, en las que transportan sus cafés resudados y sus bollos pringosos”. Durante una comida, en el inhóspito comedor de la ONU, mientras Abdellah recita de un tirón los versos de una elegía del ciego sirio Al-Maari, Jaime se percata de que “con lo que en él había de árabe se podían hacer al menos una docena de arabistas”, a pesar de ser hispanista.

Abdellah Djbilou, que contribuyó a cultivar semillas de comprensión y entendimiento entre los seres humanos con destreza y generosidad, mereció este sentido homenaje.

Un homenaje a la Amistad, un recorrido por la Memoria, una despedida que no quiere dejar lugar para el Olvido.

Un homenaje, para volver, ahora, a su obra. Descansa en paz, sadiki. Rahmat-Al-lah ‘alaica.

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, ABDELLAH DJBILOU, Mohamed Akalay y León Cohen, en Larache

Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, ABDELLAH DJBILOU, Mohamed Akalay y León Cohen, en Larache

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SERGIO BARCE, NOUREDDINE BETTIOUL Y LEONOR MERINO

SERGIO BARCE, NOUREDDINE BETTIOUL Y LEONOR MERINO

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RAMADAN MUBARAK

LARACHE (foto de la página Radio Larache)

LARACHE (foto de la página Radio Larache)

Un año más, al comienzo del sagrado mes del Ramadán, envío mi felicitación a mis amigos musulmanes, especialmente a los paisanos larachenses.

RAMADAN MUBARAK

RAMADAN MUBARAK

 

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FRAGMENTO DE «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», NOVELA DE SERGIO BARCE

MATADERO - LARACHE

Fragmento de mi novela Una sirena se ahogó en Larache (2011), Finalista del Premio de la Crítica de Andalucía 2012.

Baja al Matadero. Bennani lo espera impaciente con ganas de ir al cementerio cristiano donde suelen buscar cigarrones. Saltan la tapia y corren por entre las tumbas, a las que siempre vigilan con recelo, temiendo algún sobresalto inimaginable. Tami se detiene en algunas de ellas para leer el nombre de los muertos y las fechas cinceladas en los mármoles gélidos. Domina perfectamente el castellano, una de las obsesiones de su abuelo que consiguió matricularlo en el Luís Vives, pese a la inicial oposición de Mohammed. En septiembre comenzará el nuevo curso, su segundo año en el colegio español. El Hach sabe lo que supone dominar otro idioma, cómo se abren las puertas cuando buscas trabajo. Ha fracasado con Ahmed, un caso perdido, pero no quiere que le ocurra lo mismo con su nieto menor. Ahmed se negó a estudiar y ahora vaguea por las terrazas de los restaurantes y por los cafetines; el abuelo le augura un futuro complicado. No quiere esa vida para Tami, en el que atisba una inteligencia innata superior a la de otros chicos de su edad; posee, por otro lado, una memoria precisa que le permite recordar todos los relatos y cuentos que él le deposita generosamente. Y, además de todo eso, tiene sus mismos ojos, que no es nada.

   Continúan su deambular por entre las tumbas, y a Tami le impresiona descubrir que, al fallecer, algunos de los que reposan en el cementerio apenas tenían su misma edad. Eso le hace pensar que él mismo podría morir en cualquier momento. Sabe que es débil, que está enfermo; se lo ha escuchado decir a menudo a su madre, a su abuelo, al médico, y la idea de sucumbir tan pronto le aterra. Bennani también anda de hospital en hospital, pero él sufre ataques de epilepsia que son cada vez más frecuentes. Sus enfermedades los unen de una manera fraternal, aunque no hablen de ello.

   Llegan al borde del acantilado, a la última de las hileras que conforma una larga fila de blancos sepulcros. Bennani se ha agachado y Tami lo imita. Tiene entre los dedos de la mano derecha un hermoso ejemplar, tal vez el cigarrón más impresionante que ha visto nunca.

   -Es el rey de los cigarrones –sentencia Bennani levantando la mano.

   Entre sus dedos, el enorme insecto agita encabritado las patas y las antenas, y los ojos saltones se remueven igualmente buscando la manera de huir de esas garras que le tienen aprisionado. La cabeza es verde oscuro y el resto del cuerpo de un amarillo pálido y vegetal. Sin saber la razón, Tami se acuerda de Amin cuando lo acorrala en los callejones de la Medina para robarle o burlarse de él. Mira al cigarrón con condescendencia, como si ahora fuese él quien ocupara el lugar del insecto, y siente compasión.

   -¿Los cigarrones tienen reyes? –Le pregunta con el ceño fruncido después de un rato en el que ambos se han mantenido en silencio, uno estudiando a tan singular insecto y el otro con sus dudas sobre si el cigarrón se sentirá desdichado o no.

   -¡Claro, jae! –Dice Bennani con autosuficiencia-. El rey es el único cigarrón que vive cien años.

   -Cien años –musita Tami sin ser capaz de calcular cuánto tiempo son cien años.

   -Toma.

   Lo ase con cuidado de no aplastarlo, mientras el cigarrón se remueve sin cesar plantando cara a esos gigantes que le han capturado. Eso le convence de que efectivamente debe de tratarse del rey, un rey guerrero que lucha hasta el último aliento.

   -¿Qué hago con él? –Le pregunta.

   -Te lo regalo, jae -con el sol, la piel oscura de Bennani brilla y parece que fuera de plomo. El ojo ocular también destaca en su cara, de frente despejada y facciones marcadas por unos huesos definidos.

   Bennani se lo regala todo. Cualquier cosa que se encuentra en la calle se la da, aunque para él sea valiosa o pueda venderla en el zoco y sacarse unos dirhams. Una vez incluso le entregó un billete de cincuenta francos, pero su padre se lo quitó en cuanto lo descubrió en el bolsillo de sus pantalones creyendo que los había robado.

   Van a la casa de Tami. Suben las escaleras estrechas, empinadas, con la barandilla de hierro oxidada que aún se sujeta milagrosamente. Allí está el abuelo, en su dormitorio, arreglando una tostadora. Unas veces repara viejos cacharros, electrodomésticos, aparatos de radio y televisores, que consigue en Sidi el Yamani o en Asilah y los trae para que Mohammed los venda en su puesto del Zoco Chico y otras los que la gente le acerca para ver si tienen alguna solución o, en caso contrario, si han de tirarlos definitivamente; unas veces trabaja en la terraza y otras en ese rincón de su cuarto, pero sólo cuando siente el relente en la espalda. El anciano recibe una pensión exigua con la que ayuda a su hija y a su yerno a pagar el colegio del niño. Muchas veces dice que si no pudiera ayudarles se marcharía de Larache para no ser ninguna carga, y la madre de Tami se pone a llorar.

   Cuando entran Bennani y su nieto, el abuelo levanta la cabeza y los mira con sus ojos acuosos, con el azul amansado después de un día de faena. El coche está en un rincón, como un detenido al que hubiesen puesto contra la pared. El niño se queda observando el juguete, pero El Hach simula no haberse dado cuenta.

   -¿Qué llevas ahí?

   -Un cigarrón –replica olvidándose del coche, y se lo enseña.

   -Vaya… Es majestuoso.

   Tami mira a Bennani que, ufano, asiente a las palabras de su abuelo.

   -Bennani dice que es el rey de los cigarrones.

   El viejo sonríe, se echa el flequillo gris a un lado, un gesto que es casi una manía, igual que secarse la lágrima perenne de su ojo derecho, y coge con dos dedos al insecto.

   Cuidadosamente, lo deposita en la mesa donde apila otros cacharros. Ha cogido un carrete de hilo azul marino del costurero de su hija y, con una sola mano, lo va desenredando. Rodea luego el cuerpo del cigarrón con el hilo, le hace un diminuto lazo y lo suelta.

   Tami y Bennani dan un respingo cuando el rey de los cigarrones salta de pronto y extiende las alas. Sin embargo, no llega demasiado lejos. El hilo le permite volar sólo hasta donde el abuelo le ha concedido su permiso.

   Con paciencia, vuelve a cogerlo entre los dedos y se dirigen al cuarto de Tami y de su hermano. Ninguno de los dos niños se separa del viejo, pegados a la tela liviana de su candora. Pasa entonces el hilo por la contraventana y allí hace otro pequeño nudo. Luego, suelta al cigarrón que se queda muy quieto en el suelo. Los tres aguardan un rato, pero esta vez no se mueve, ni intenta volar, quizás intuye que ahora no es más que un cautivo en territorio enemigo.

   -Ahora tu cigarrón no se escapará –dice el abuelo saliendo del cuarto.

   El sol se proyecta por la ventana, cayendo en perpendicular sobre la solería. El cigarrón está justo en esa zona más cálida y no parece que le apetezca abandonar el lugar. Hierático, parece una figurita de plástico. Los dos niños aguardan unos minutos, ya con cierta impaciencia, hasta que, aburridos, dejan al cigarrón ahí en el rectángulo soleado, y salen para ir en busca de alguna mujer que, tras la compra, necesite ayuda para llevar las talegas hasta su casa. Una buena manera de sacarse una propina.

   Cuando un par de horas después Tami regresa, ve que el hilo azul se mantiene colgado aún de la contraventana, pero el cigarrón ha desaparecido. El niño recoge el débil lazo, deshecho, y lo busca por el cuarto, levantando las esteras, la manta, la ropa. El insecto no aparece por ninguna parte. Mira de nuevo el extremo del hilo, desgarrado, es como si lo hubieran cortado con brusquedad, de un tirón violento. Se da cuenta entonces de que la ventana está entreabierta. Saca la cabeza. Del lateral, varios cigarrones saltan y levantan el vuelo igual que una bandada de verdes pájaros minúsculos. Tami se sobrecoge y da un paso atrás a causa de la impresión inicial. En seguida se recupera y vuelve a asomarse. Apenas distingue al compacto grupo que se ha dado a la fuga, confundidos ya al cobijo de las primeras sombras del atardecer. No duda un instante en pensar que esos soldados alados han venido hasta la casa con intención de rescatar a su rey y de que, arrojados, valientes, se han conjurado para liberar al monarca. Tami siente admiración al imaginar el recibimiento de sus súbditos al ver a su rey de regreso al cementerio, a su territorio.

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   Fatigado, se sienta en su estera y se cubre con la manta. Súbitamente un frío intenso se ha ido deslizando por sus extremidades, igual que un hormigueo, hasta llegar a su vientre y luego al pecho. Comienza a tiritar, castañeteándole los dientes. Ya conoce esos síntomas y sabe que está a punto de sufrir una crisis, que empezará a toser y a respirar con dificultad.

   -¡Inmá!

   Llama a su madre varias veces, con un hilo de voz que va debilitándose hasta no ser más que un silbido del pecho, igual que un graznido de cría. Se acurruca bajo la manta, pensando en el cigarrón, en su cohorte rindiéndole pleitesía. El sudor asoma por la frente, pero se extiende en segundos por todo el cuerpo. Incómodo, se revuelve en el jergón, cada vez más agotado, y tose, una, dos, tres veces, ya no puede remediarlo, y se le saltan las lágrimas por el esfuerzo. No le llega el aire, atrapado en sus bronquios de alambre. Lentamente, siente cómo va ahogándose y cómo se aturde hasta casi perder el sentido. Pero, de pronto, baja la colina hasta detenerse justo a la puerta de la Iglesia. Sólo le siguen dos hombres, que sabe que le serán fieles hasta el final. Tami se gira, bajo su armadura negra con ribetes de plata, y sus dos acompañantes lo imitan. Clava los pies en la tierra y, muy lentamente, mientras un grupo de soldados con aspecto fiero se acercan a su posición dispuestos a pasar por encima de ellos tres, desenvaina su sable y lo levanta, la punta desafiando a ese escuadrón descontrolado.

   -¡Capitán! –Le increpa el que parece encabezar el grupo. Se han detenido frente a ellos, con ansias de venganza.- ¡Apártese de ahí! Venimos a hacer justicia…

   -Tengo orden de Salah al-Din de defender el templo…

   -¡Es una Iglesia! ¡Es un templo infiel que ha de ser pasto de las llamas, capitán! ¡Apártese o no respondo de lo que pueda ocurrir!

    Tami mira de soslayo a derecha e izquierda. Sus dos únicos aliados no se han inmutado ante esas amenazas e imitan a su capitán, levantando la hoja reluciente de sus sables que señalan el cielo, como si provocaran a los ángeles. No van a dar un paso atrás y los hombres del batallón lo saben. Dudan. Algunos bajan sus armas, sin saber qué hacer, pues tienen enfrente a hombres que pertenecen a su mismo ejército.

   -Sí, es una iglesia cristiana… La Iglesia del Santo Sepulcro. Pero Salah al-Din ha dado orden de que sea respetada –Tami señala a sus lugartenientes-. Y nosotros haremos cumplir la orden dada, aun a costa de nuestras vidas. Aquí os esperamos…

   De pronto, el batallón se desgaja y un estrecho sendero se abre, dejando paso a un caballo que avanza majestuoso. Tiene el pecho ancho, la crin reluciente, negro azabache, las bridas de oro. Salah al-Din lo monta. Su figura provoca admiración y temor. A pocos metros de Tami, el caballo relincha, se detiene al sentir un leve tirón de su jinete y se gira en una cabriola, elegante, para encarar al batallón que permanece en silencio.

   -¿Quién osará en atacar a mis tres hombres más valientes? –Grita Saladino con voz de trueno-. ¿Quién osará?

   Hay un eco tras sus palabras y su pregunta se convierte en una amenaza y en un reto. El viento ha cesado, el día se ha parado definitivamente.

   Tami entreabre los ojos, a duras penas, y ve a su madre, con la tez lívida, pasándole una esponja húmeda por la frente.

   -Delirabas, hijo mío… ¿Me oyes? Decías unas cosas tan extrañas que me has asustado…

   Le pesan los párpados como si se los empujaran para que se cerraran para siempre, pero Tami se resiste y trata de izar una sonrisa con la que tranquilizar a Rachida.

   -No te preocupes, madre, él ha venido en mi ayuda…

 

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VALENCIA – 27, 28 Y 29 DE MAYO – MIS LIBROS EN «PUBLISHING CIRCUS»

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El próximo fin de semana, 27, 28 y 29 de mayo, llega a los jardines de Viveros de Valencia la primera edición del PALO MARKET FEST, un evento que combina la venta de ropa y objetos decorativos, con la gastronomía o las actuaciones musicales, y que contará también con el Publishing Circus, un gran espacio destinado a difundir el trabajo creativo de pequeñas editoriales y autores autoeditados: narrativa, cómic, fanzine, ilustración, publicaciones de música, arte, fotografía, moda, arquitectura, infantil…

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Allí estará también la Generación BiblioCafé, y, por eso, también mis libros. Paseando por el Zoco Chico y La emperatriz de Tánger, compartirán espacio con los compañeros escritores de GB, y estarán también algunos de los libros en los que la misma Generación hemos participado: Por amor al arte, Último encuentro en BiblioCafé, Sesión continua…   

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PROGRAMA DE PALO MARKET FEST:

 http://palomarketfest.com/es/home

Publishing-Circus

 

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