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LARACHE VISTA POR… LA ESCRITORA LARACHENSE SARA FERERES

Regreso una vez más al precioso libro <Larache, crónica nostálgica> de Sara Fereres de Moryoussef (Biblioteca Popular Sefardí, Caracas, 1996). Ocupa un lugar destacado en mi biblioteca de autores larachenses, como si de un pequeño tesoro se tratara, releerlo es un placer, y aunque tal vez sea osado al desvelar nuevas páginas de su relato, creo que se hace preciso reivindicarlo por su valor testimonial de alguien que vivió los primeros años de ese Larache mágico. He optado esta vez por escoger párrafos sueltos, entresacar del libro lo que me ha ido llamando la atención, aquellas partes que me hacen revivir los rincones de la ciudad que tanto significa en nuestras vidas. Estos son los párrafos escogidos, delicadezas de Sara.

Sergio Barce, febrero 2013 

Larache, crónica nostálgica

“ …Con el arribo de los españoles a Marruecos, la vida de los habitantes cambió totalmente. Fueron muchos los judíos del <pueblo> que dejaron éste para ir a vivir en la nueva Larache. Todo lo que antes era campo comenzó a poblarse. El Castillo estaba emplazado al lado del cementerio de La-la Mennana. Como fue la primera zona en urbanizarse, se construyó una carretera Sigue leyendo

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VIAJANDO POR EL MAGREB HISPÁNICO (2), del escritor larachense JOSÉ EDERY BENCHLUCH

VIAJANDO POR EL MAGREB HISPÁNICO  (2)

Segunda entrega. Pasada la página 400 de esta maravillosa enciclopedia, cumplo mi promesa en este intento por resumir y abarcar todo el valor del libro del Al Tebib Pepe Edery.

Me he encontrado en estas otras doscientas páginas de “Viajando por el Magreb Hispánico” con tal profusión de temas, anécdotas y detalles históricos que no tengo más remedio que volver a quitarme el sombrero: chapeau! Y aceptar que mi desconocimiento en tantas materias comienza a ser preocupante. ¿O será que Pepe Edery sabe más de lo que debiera? Seguro que mi pregunta le hace sonreír.

Pero lo cierto es que se aprende, y se aprende mucho en este libro de viajes, de memorias, de anecdotarios, de Historia, de historias… ¿cómo calificarlo? Imposible. Ya dije en la primera entrega que es una especie de Summa, y sin duda lo es. Pero también es un mosaico lleno de humanidad y de afecto hacia el Magreb, y en especial hacia Marruecos, y más exactamente hacia Larache, que es la debilidad de Pepe Edery.

La parte central de “Viajando por el Magreb Hispánico” arranca con la Independencia de Marruecos, que nos relata a través de sus propias experiencias personales y familiares y a través de lo protagonistas que han escrito la Historia de ese acontecimiento fundamental del país. Su admiración por la labor del rey Mohamed V es evidente.

Fantásticas son sus anécdotas personales, como la que vivió con el doctor Omar el Khatabi, que recomiendo. Y entre una cosa y otra, mi querido Pepe Edery me enseña, como el extraordinario hombre-enciclopedia que es, el significado y protocolo de los saludos y de las bendiciones en la cultura magrebí, como el beso (confieso que alguna vez he cometido alguna imprudencia o torpeza con alguna amiga marroquí en público, de lo que uno se da cuenta en el mismo instante del error), o la blasfemia, la muerte y el entierro y los ritos funerarios, la leyenda de los Siete Durmientes, o de la diferencia entre Barakallahu fik y Chukram, el significado de los diferentes números para cada una de las tres religiones –a Pepe García Gálvez le encantará la parte dedicada al número siete-, y nuestro Al Tebib Harofé nos hace viajar también por la Historia llevándonos desde los califas Alí y Abd al Rahman I hasta el actual monarca Mohamed VI mientras a la vez nos explica las diferencias entre los sunnitas y los chiítas, qué supuso la Marcha Verde sobre el Sahara, nos habla de las monedas en el Magreb, de la actividad del padre José Lerchundi en Marruecos, o el origen y el significado en la cultura marroquí de personajes reales, como el famoso General Mizián o la Duquesa de Guisa, y ficticios, como Yoha, que es tan popular en tantos relatos.

Santuario de Lalla Menana

Así como la leyenda de la patrona de Larache Lalla Menana… Porque hay además un extensísimo capítulo sobre los santos del Magreb, muy curioso y lleno de datos históricos y anecdóticos.

El capítulo de los rezos es amplio, curioso, aleccionador, pero es una buena enseñanza para acercarse a los pilares del Islam, a cómo se practican los rezos en cada lugar, a sus significados, cuáles son los rituales desde la ablución hasta el propio rezo; y muy detallista es también su relato sobre las manifestaciones públicas del Shavuot en Larache y los rezos de su padre, de Babá. Y también son curiosas sus explicaciones sobre la postergación, el acto de descalzarse antes de entrar en la mezquita o la Fatiha.

Hay una breve pincelada en esta parte del libro que me gustaría reproducir porque nos trae recuerdos a todos los larachenses, una imagen que está grabada en nuestra memoria, la del barquillero:

<En un local del Pasaje Moreno, Dris el Lahguar (el tuerto, pues debía tener una anomalía en un ojo) vendedor ambulante frente al Cine Ideal, con su carro de cuatro ruedas, de pipas, cacahuetes, camarones hervidos, almendras y demás comestibles, para entretenimiento durante la proyección cinematográfica, había instalad un depósito de chufas para preparar horchata. Con el tiempo instaló sucursales con sus carros ambulantes frente a los cines Teatro España, Cine Coliseo y Cine Avenida, y además junto al carro, un ayudante vendía barquillos. El barquillero es un personaje típico madrileño, con la venta o rifa de sus tradicionales barquillos de canela o de miel. En el Marruecos español del Protectorado, y en la región occidental de Argelia, se reflejaban y tenían su ubicación las mismas costumbres y actividades de las provincias españolas, en simbiosis con las tradiciones magrebíes.

Cine Coliseo

Y una era el barquillero, sobre todo a la puerta de los colegios y de los cines, con su coloreada y dibujada bombona metálica coronada por su ruleta, y la cesta de mimbre repleta de barquillos. La numeración de la ruleta, de entre 12 y 20 números repetidos del 1 al 4, iban intercalados por cuatro, seis o más espacios llamados clavos, en los que si la hoja al girar se paraba, se perdía. Se podía optar por comprar directamente el barquillo, lo que era más barato y seguro, o bien jugar, que es lo que hacíamos la mayoría, ya que, aunque la jugada era más cara, había posibilidad de ganar cuatro deliciosos y crujientes barquillos. Dris, a las horas de la oración, extendía una pequeña estera en la puerta, dificultando en ocasiones el paso de transeúntes, para hacer sus plegarias preceptivas.>

Nos lleva al interior de un Hammám en Larache, al cementerio judío, incluso a la Plaza de Toros que se montó en Larache.

<En Marruecos fueron efímeras las Plazas de Toros de Uxda, quizás la más antigua donde Romerito toreó en 1912, la de Villa Sanjurjo –Alhucemas- inaugurada en 1951 y la de Larache. Sobre todo ésta, que se construyó en ladrillo y piedra, sin chiqueros, en los terrenos lindando con la Hípica militar y los bosques de los Viveros municipales por iniciativa del Ingeniero de montes Mariano Jaquotot Uzurriaga, amigo del Alto Comisario el teniente general Orgaz, quien le había destinado a Larache en 1943. El ejército español del Protectorado ayudó en su construcción en un tiempo súper record para celebrar una sola corrida, en la que participaron los cuatro hermanos Bienvenida. Es decir, Pepe, Antonio, Luis y Juanito –éste, que era el pequeño, cumplía su servicio militar en la ciudad-, estando la plaza en la actualidad totalmente en ruinas.>

Construcción de la plaza de toros de Tánger

Y es que, para mi sorpresa, he descubierto que el padre de Pepe Edery fue socio de la Plaza de Toros de Tánger, un monumento único en África que languidece como tantas otras joyas arquitectónicas del pasado de Marruecos que se están perdiendo absurdamente, cuando podrían ser heredadas como parte de la historia y del patrimonio del país y dedicarlo a centro cultural, recinto para conciertos y teatro, en fin, un  monumento de incalculable valor.

Plaza de Toros de Tánger

Y aunque el libro es tan extenso como denso, cuando habla de Larache se detiene, toma aire y relata con parsimonia, casi acariciando las palabras. Sirva de ejemplo, una anécdota familiar de Pepe Edery, para mostrar su peculiar forma de explicar la forma de ser marroquí, en este caso el “conformismo” tan característico de nuestra idiosincrasia cultural:

<Recién terminada la Guerra Civil española, el que fue gran rabino sefardita de Haifa, en Israel, el entonces rabino principal de Meknes durante el Protectorado de Francia en Marruecos, Rebí Yusef Messas, visitó a su hermanastro Yamín <mi abuelo paterno> que residía en Larache, en la zona costera atlántica del Protectorado de España. Yamín llevaba una vida tranquila y sosegada, conformándose con las ganancias que obtenía de su tienda de ultramarinos en la calle Real y el arrendamiento de alguno de sus inmuebles. Por la mañana iba a su sinagoga, de la que era propietario, y luego unas pocas horas matinales las pasaba en la tienda charlando con los clientes; el almuerzo, la tradicional siesta, algunas lecturas de la Torá <había estudiado en un yechivá o seminario de Meknés>, breves paseos por el puerto, charlas con los amigos que se cruzaba, que eran muchos, otra vez sinagoga para rezos y charlas vespertinas, a cenar y a dormir. Su hermano, al observar lo exiguo de sus ganancias, y que de éstas gran parte se las llevaban los pobres y necesitados a los que solía vender de fiado y cuyos préstamos nunca cobraba, al igual que la mayoría de los alquileres de sus inmuebles, le aconsejó y propuso, con un inhabitual espíritu europeísta, quizá adquirido en Argelia, cómo aumentar las ganancia.

Rabí Yusef Messas

-Mira, Yamín, lo que tienes que hacer es trabajar por las tardes y muchas más horas. Con el tiempo ganarás más dinero, ahorrarás y podrás comprarte más casas, lo que a su vez te aumentará las ganancias y podrás continuar ampliando tus negocios. Así, cuando tengas sesenta años, es decir, dentro de unos veinte años, podrás vender todo y con los millones que has ahorrado y ganado podrás vivir como quisieras.

Mi abuelo Yamín le preguntó, al que acababa de dejar su puesto de gran rabino en Tlemcén en Argelia, para aceptar un puesto menor en su ciudad natal de Meknes.

-Jay (hermano) Yusef, y cuando tenga tantos millones, ¿qué haré?

A lo que le respondió su hermano, también pequeño de talla pero rubicundo y luciendo una abundante y prematura barba encanecida.

-Pues entonces pasearás cuando quieras, charlarás con tus amigos, podrás leer tranquilamente, alquilar tus casas, comprarte una sinagoga, dormir lo que se te apetezca, dar limosnas a todo el que te la pida, disfrutar de la familia y no preocuparte de nada de este holam (mundo).

Yamín, con su voz suave y tranquila, característica en todos los hermanos, pero con un pequeño fondo socarrón, le contestó:

-Ah, jay. ¿Para qué tanto trabajo, esfuerzos y ganancias? Y sobre todo, ¿por qué tengo que esperar veinte años para hacer lo que vengo haciendo todos los días?

Sorprendido Yusef ante esta lógica tan simple y conformista, muy propia del país donde ambos habían nacido y vivido, tras una espontánea carcajada, abrazó a su hermanastro y con expresiones cariñosas, mezcla de árabe y hebreo, le dijo entre otras frases de aprobación:

-¡Andek al hak, a jay la´aziz! -Tienes razón, mi querido hermano-.> 

También nos lleva a la Zauía Kadiria y a la procesión de los aixauas, recuperando escenas que parecen hundidas en el olvido.

Cuando Pepe Edery nos habla de la Fatiha, también explica las similitudes que existen entre los rezos musulmanes, hebreos y cristianos, y de aquí le robo cariñosamente las estrofas o rezo musulmán que prueban lo anterior, que demuestra la convivencia e intercambio cultural existente, y que me sirve además para poner punto y final a esta segunda entrega de mis impresiones sobre su libro. Las estrofas dicen: 

<Que los verdaderos creyentes, los creyentes de Al Kitab, el libro de las tres religiones, tanto ellas como ellos, son amigos los unos de los otros>.

Sergio Barce, julio 2012

 

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LARACHE vista por… LEÓN COHEN

Del libro de cuentos de León Cohen Mesonero, «La memoria blanqueada«, (Año 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones, Madrid) pertenece el siguiente relato que habla de Larache, su ciudad natal, y en el que recrea la memoria de los años 50 y principios de los 60.

El relato se titula sencillamente «LARACHE«, y dice así:

Larache, tierra de angulas, turmas y sábalos, pequeño puerto pesquero situado en la desembocadura del río Lukus, sobre un acantilado donde rompen las olas inmensas del Atlántico. Fenicia, romana, árabe, española (1610-1691), portuguesa y a partir de 1911 española de nuevo. A la antigua Lixus la formaban a principios del siglo XX, la Calle Real, sus aledaños y una pequeña medina que lindaba con la mencionada calle. Además del río, del mar y del sol, espléndidos. Una vez escribí:

“Larache, pueblo milenario, nacido entre arena y olas, donde río, mar y tierra concertaron sus nupcias estivales mientras Hércules era amamantado justo arriba, en la colina, junto al jardín de las Hespérides. Ningún hijo de aquel pueblo podrá nunca olvidar -incluso después de haber perdido la memoria- aquellos atardeceres del mes de Julio, cuando la brisa que subía desde el Atlántico sellaba una especie de pacto tácito entre sol y mar, trayendo consigo la vida a unas calles desiertas por el implacable sol del mediodía.”

El Larache de los años cincuenta, el de mi infancia, era un pueblo que pasados los años se me antoja peculiar, por su ambiente, por sus personajes.

LEÓN COHEN

Topográficamente, viniendo desde Tánger o desde Alcazarquivir, siempre se llegaba  a Cuatro Caminos y desde dicho cruce se entraba en Larache por la Avenida de las Palmeras, del Generalísimo o de Mohamed V según la época. Algunos de los lugares y edificios más emblemáticos a lo largo de su recorrido eran la casa del Raisuni, la Escuela Francesa de la Mission Universitaire et Culturelle Française. Luego un poco más abajo se hallaba el cementerio de Lalla Mennana, el Jardín de las Hespérides, la escuela de la Alianza Israelita, el  Comisariado y enfrente la Iglesia y al final  la Plaza de España.

Santuario de Lalla Mennana

La Plaza de España era un espacio amplio, con forma entre circular y ovalada, centro neurálgico de la ciudad que por aquel entonces podía tener cincuenta mil habitantes.

Estaba rodeada la plaza por una carretera y al margen de ésta edificios de estilo colonial, casi todos ellos separados por calles que hacían de la plaza una especie de centro distribuidor, desde el cual se podía tener acceso a cualquier punto de la ciudad. La Plaza de España estaba rodeada por una carretera flanqueada por un paseo jalonado por multitud de comercios de toda índole. Sobre la acera del paseo, unos soportales formados por arcos de estilo árabe,   además de decorar, hacían de puertas abiertas del paseo. Debajo de los arcos, uno podía disfrutar de sombra en pleno verano y resguardarse de la lluvia inoportuna en invierno. Además, allí estaban los Almacenes «Pulido», Pepe el Indio, la Farmacia Amselem, y la Zapatería Bata, entre otros. Enfrente de «Pulido», en la margen izquierda de la avenida del Generalísimo, la gente podía disfrutar de las terrazas de los bares Perico y Canaletas. Pero sobre todo, en mi memoria perdura el edificio cuya fachada se soportaba sobre aquellos arcos. Era como un laberinto formado por pasillos interminables, llenos de recodos, que mis amigos y yo recorríamos periódicamente, entrando por uno de sus numerosos portales y saliendo cada vez por uno distinto. Hermoso recuerdo de aquellos recorridos misteriosos que nuestra imaginación infantil poblaba de sucesos y fantasmas improbables y que más tarde, en varias ocasiones, he vuelto a recrear  en sueños.

La calle «Chinguiti», una de las arterias que desembocaba en la Plaza de España (si no me equivoco eran siete) era el paseo nocturno, donde la gente deambulaba sin ningún otro propósito que el de recorrerla cuantas veces fueran necesarias.

calle Chinguiti – Hassan II

Saludos, sonrisas, miradas cómplices, aquel bullicio poblado por las personas que se paseaban, solas o en grupo, sin objeto o con el único objeto de mostrarse, de buscarse, de encontrarse ¿Quién sabe? Difícil olvidar su topografía y sus topónimos.

A la derecha, viniendo de la Plaza de España: el Hotel España, el Teatro España, el Yunque, la sastrería del Chato, la marquetería de Bohbot, la tienda de «Pesetilla», el Cine Ideal (donde reinaban Clark Gable, Gary Cooper y Burt Lancaster entre otros ídolos de mi infancia), el bar Matías (donde todo Larache acudía los domingos por la noche para ver, apuntados en un pequeño panel,  los resultados de la jornada futbolística), la papelería de Damián (donde se cambiaban las novelas de Corín Tellado y los cuentos del Capitán Trueno),  finalmente, la Colonial, la tienda de ultramarinos de Gía en la que Carmelo con su bata gris era el dependiente .

Girándose y volviendo por la acera contraria: el bar La Marquesina, la mercería La Zamorana, una tienda de discos, el Bar Tropical, el patio de la Iglesia, la pastelería Montecatine, el almacén de Dolón (esas sandalias enormes que llevaba en verano y la sahariana celeste también enorme), la pastelería Ayuso, la imprenta Cremades (aquel hombre regordete con bigote y con una cojera sobresaliente), la Peluquería de Tomás, el Bar Cocodrilo, la tienda de ultramarinos de Antonio Español y por fin, el Bar Central, lugar de encuentro de todo el pueblo, entre ambos,  la calle de los limpiabotas, de Rosendo y de Casa Ros.

BAR LA MARQUESINA

Los domingos por la mañana, los niños más o menos «bien», nos encontrábamos en la Sociedad Española, uno de los casinos del pueblo, los otros dos eran el Casino Militar y el Casino Israelita. En la biblioteca, nos pasábamos las horas leyendo «Hazañas Bélicas», «El Capitán Trueno», «Roberto Alcázar y Pedrín», «El Guerrero del Antifaz» y tebeos de todo tipo, algunos de cuyos personajes siguen anclados en nuestra memoria, así: Carpanta, las Hermanas Gilda, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape… A mediodía, los militares y las militaras vestidos con sus mejores ropas, ellos con los guantes blancos y el fajín, ellas con la peineta, cruzaban la Plaza de España, para acercarse a la Iglesia que se encontraba frente al Comisariado Español, entre el Banco Exterior y el Central, en la avenida de Francisco Franco, originariamente la avenida de Las Palmeras. Por la tarde (“l’aprés midi”)  el cine, antes de entrar la visita obligada al carrillo de Driss para abastecernos de cacahuetes y caramelos, yo probaba únicamente los de coco. Por la  noche,  unos cuantos paseos por la calle Chinguiti.

El periódico del pueblo  «El Chivato», estaba dirigido por un personaje singular, cuyo recuerdo borroso se hunde en las aguas profundas de mi primera infancia. El Abate Busoni era un hombre pequeño, vestido de oscuro, cuyo rasgo más destacado era una boina negra, amplia, casi una chapela, que nunca le abandonaba. Por el cargo, es de suponer que fuera un adicto al Régimen y que aquel diario por él comandado, se dedicara a loar al Caudillo y sus obras, además de traer los ecos de la sociedad larachense.

No puedo dejar de mencionar «El Balcón del Atlántico» esa ventana abierta al mar, donde parecían desembocar de manera natural las calles principales de la ciudad y a la que sus habitantes no podían evitar asomarse por lo menos una vez al día, como buscando salir y evadirse hacia el espacio infinito y el horizonte lejano que les ofrecía el mar majestuoso.

Desde el año 1909, como venida del cielo, residía en Larache por razones difíciles de explicar (aunque es sabido que una ley de la República Francesa de 1886 envío al exilio a la familia real), la princesa de la Casa de Orleáns, Isabelle Marie, Laure, Mercedes, Ferdinande,  Duquesa de Guisa, madre del Conde de París, heredero al trono que dejó vacante Luis XVIII, el último rey y el último Luis de Francia. Algunos larachenses pueden todavía recordarla bajando de su Chevrolet negro -con chofer- los domingos a primera hora para ir a misa. Moriría en la misma Larache en el año 1961.

La Duquesa de Guisa

En aquella Larache franquista, la miseria estaba en cualquier rincón, y la duquesa practicaba la caridad con los pobres, labor ésta que seguramente tranquilizaba su conciencia y le permitía estar a bien con su Dios. Cuentan que su marido, Juan III de Orleáns, Duque de Guisa, murió en un duelo por un asunto de faldas en 1940. El hecho cierto es que sus restos reposaban en el viejo cementerio junto a la playa del Matadero. Su hijo el Conde de Paris se dejó ver más de una vez por el pueblo y sus nietas cabalgaban frecuentemente desde su palacete hasta el hipódromo (la Hípica) situado cerca de los Viveros. 

Otro personaje relevante, al menos por el apellido, uno de los hermanos Rotschild, al que por cierto nunca nadie vio ni conoció. Se le atribuía la fundación de la compañía Lukus en 1926, dedicada a la explotación y comercialización de agrios. Más tarde sería adquirida por uno de sus ingenieros, de apellido Gomendio, quien con la mencionada duquesa serían el todo de la burguesía y la aristocracia del pueblo. Hace muy poco he sabido que Joan Crawford fue accionista de dicha compañía.

El Raisuni era el «baja», una especie de alcalde impuesto por los españoles para reconducir conductas «indebidas» de los marroquíes. Aquel hombre, gordo inmenso, era un personaje temido que se dedicaba con mayor intensidad de la necesaria a imponer su ley marcial a través de sus guardias, dos esclavos negros de dos metros, que maltrataban hasta la muerte en ocasiones, a todo pobre indígena que violara su ley. El baja era además el padre de mi compañero «Jali» en el colegio Francés que estaba justo enfrente de su casa.

Avenida Mohamed V

“Era con seguridad la primavera del año 1956, eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Mlle Vermury estaba terminando de impartir la última clase de la semana, era Viernes. Llamaron a la puerta. Por la puerta entreabierta pude observar como uno de los guardaespaldas del «Raisuni» conversaba con nuestra profesora. Siempre recordaré su expresión de persona acostumbrada a obedecer. Era un hombre negro, muy alto, que siempre llevaba una jilaba o chilaba inmaculada, entre blanca y parda, de ese color amarillo que no acaba de ser blanco. Tenía aquel gigante un porte erguido y hasta distinguido a pesar de su presumible humildad. Desde muy pequeño, aquel hombre y su compañero de gran parecido físico con él, me inspiraban temor y admiración. Los mayores contaban historias de palizas de muerte propinadas por estos esbirros del Raisuni a pequeños delincuentes y borrachos. Mademoiselle Vermury entró de nuevo en clase y se dirigió en voz baja a nuestro compañero Jali, segundos después éste se marchó con el hombre negro. Dicen que se llamaba Rabah. Aquel día, quiero recordar que salimos antes y nos recomendaron que nos fuésemos directamente a nuestras casas. Del resto del transcurso de aquella tarde, no atino a asegurar si fue vivido o contado. Enfrente del cementerio de Lalla Mennana. Situado a medio camino en la avenida de las Palmeras, justo en la esquina de una bocacalle que une a ésta última con la calle Chinguiti, fueron quemados vivos los dos guardaespaldas por una pequeña horda enfurecida. El caíd de una kábila cercana a Larache fue colgado de un árbol en pleno centro de la Plaza de España, seguramente por haber sido colaborador de los españoles y para que sirviera de ejemplo. Era la Independencia. Pocos días después, mis amigos y yo pudimos visitar los restos de la casa del baja y constatar las huellas de la batalla. Todavía recuerdo el olor a quemado.”

Mr. John era el profesor de Inglés. Vivía con sus dos metros de altura en la Plaza de España. Todas las mañanas se dirigía con su bastón y una especie de sombrero tirolés al Bar Selva donde desayunaba. Mi padre solía decir que era un nazi disfrazado de inglés. Sin embargo, desde la distancia y la perspectiva de los años pasados, su porte elegante y su estilo refinado eran demasiado ingleses como para ser confundido con la tosquedad alemana. Era un hombre solitario y misterioso. Cuando acompañaba a mi prima a clase, Mr John sentado tras su bonita mesa de estudio, me obsequiaba con un caramelo. Nunca he olvidado esa extraña sensación de placer que me producía verle manejar el tarro de cristal desde donde extraía los caramelos con una parsimonia indescriptible, bajo la tenue luz de una lámpara de mesa. Siempre me pareció un mago metido en faena. Una mañana de la década de los sesenta, ya  anciano,  apareció muerto en su cama.

Rafael, “Machaco” (Pinocho, el Chaleco), así apodado porque le gustaba el anís, era un judío pobre, dicen que culto. Contaban que se había atrevido a escribir una misiva al Alto Comisario para que le arreglaran algún elemento doméstico y que recibió respuesta. Caminaba siempre ataviado con un sombrero y la colilla prendida en los labios. Usaba gafas de múltiples dioptrías. Pedía con disimulo tabaco y algún dinero para ir tirando. Por supuesto que recibía la ayuda de la Comunidad Judía.

Aunque un poco tartamudo, era  buen conversador, con gran sentido del humor  y un gran contador de anécdotas y de chistes. Había conseguido forjarse una pequeña leyenda y no defraudaba. Desapareció en una de las emigraciones hacía Israel, donde supongo que acabó sus días dominado por la nostalgia de su pueblo y por lo inhóspito y desconocido de aquel país nuevo y duro. La comunidad israelita estaba constituida por un entramado social relativamente complejo, donde predominaba la clase baja de aquella época: mecánicos, pescadores, cargadores, tenderos, empleados de banca etc… gente en suma que ganaban apenas para comer y medio vestir. Destacaban por su escaso número algunos profesionales como farmacéuticos, maestros y hombres de negocios. Hay que subrayar  que la clase social israelita no se distinguía mucho de la española.

Cine Avenida de Larache

No he de olvidar mencionar los cuatro cines de Larache: el Ideal, el Teatro España, el Coliseo María Cristina y el Avenida que pertenecían a personas diferentes como eran los señores Benasuli, Amarito y Gallego, no recuerdo si simultanea o sucesivamente.

La Escañuela, la Valenciana, el Pasaje Gallego, Pentodo, Ulzurrum, Bensason el sastre, Salomito el electricista, Pariente el boxeador, Don Carlos (Chalomico el cra), los taxistas: el Gafas, el Parra, el Trompeta, Timimi. Joaquín Hernández (el manco), Rubén el chofer, el fotógrafo Benguigui, Facundo, Bozambo.

Antonio Español y Carmelo Rosendo, los practicantes Saja y Benchluch, los Maristas, el Patronato, la Escuela Francesa y la Alianza Israelita, Federico y la Portuguesa, el cambista Amar, los chatarreros David Trojman y Belliti, el recepcionista del Hotel España, al que mi madre apodaba con cierta sorna no exenta de cariño “el poeta” Serfaty. Todos estos nombres  y muchos más a los que mi ingrata memoria no hace justicia, conforman el recuerdo de un pueblo y de una infancia sorprendente y entrañable a los que con este pequeño relato he tratado de rendir homenaje.

León Cohen, 2001

 

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LARACHE – ALBUM DE FOTOS 9

Página 9. ¿Y si vamos en barca? No sería mala idea irnos hasta la otra banda, coger una de las barcas, y que nos lleven hasta la escalerilla del embarcadero… Y, desde allí, cruzar el puerto, y subir por la calle Real… Mohamed Guennouni viene en nuestra barca, es un deportista nato, cada mañana os lo podéis encontrar corriendo, muy temprano. Le encanta correr maratones. Y Guennouni, qué buena gente es, le pide el barquero que le deje uno de los remos y aquí está, en plena acción, bogando para llevarnos al embarcadero…

Y ya en Larache, siempre en este juego malabárico de épocas que se cruzan y que van y vienen igual que las olas que lamen las escalerillas del puerto, comenzamos a reencontrarnos con otros paisanos, con viejos amigos, con rostros que hemos olvidado pasajeramente, pero que siguen en alguna parte de la memoria…  En las tres siguientes fotos, decubrimos, en la primera de ellas, a los empleados de Uniban echándose unas copas y un buen picoteo, de izquierda a derecha: Eusebio Garre, Manolo López Gambero, Rafael Subiza, Mauricio Matamala, Germán Núñez Mendoza, Francisco Ruiz Lagomazini, Domingo, Vicente Chapaprieta, Antonio Alberca, Jose Luis Amado, Julio de las Marinas, Antonio Barce (mi padre) y Luis Lladó. En la segunda foto, en los jardines del Balcón del Atlántico, mi hermana Marisol Barce flanqueada por Paqui y Juan Antonio Martín. Y en la tercera imagen: el fotógrafo Enrique Vázquez con Juan Manuel González, y atrás Joaquín Arriado Cardosa acompañdo de algún amigo.

Ya que he mencionado el fotógrafo Enrique Vázquez, esta bella imagen con el local en elque ocupaban los Estudios Vázquez. de fondo…

Hace unos años, en 2005, nos reunimos en Madrid una gran cantidad de larachenses al constituirse la aociación cultural Larache en el  Mundo. Aquí posamos juntos: Choni, Vindemial Aldea, María Gutiérrez, Abdul, Carmen Allué, José Luis Gómez, Pilar Ascaso, Antonio Mesa, Pepe Edery, José Manuel Galindo, Latifa, Sergio Barce, Victoria, Angeles Ramírez <Ange>, Abderrahman Lanjeri y Paco Muñoz.

Para los de más edad, supongo que ver algunos rótulos o nombres les traerá recuerdos imborrables. En la página de una revista gráfica del año 1940, se anunciaban los siguientes negocios de Larache:

Posiblemente en este pequeño viaje de paseo por la ciudad, volvamos una vez más a la Hípica. Y más en estos días, en los que nuestros paisanos, contra viento y marea, tratan de impedir que la vieja Hípica, el pequeño reducto de arbolado, lo que queda de aquel hermoso lugar, no se pierda irremediablemente. En esta fotografía, de 1952, Jacob Cohen con sus dos hijos: León y David Cohen Mesonero.

Me  gusta construir este album porque creo que supone un instrumento de unidad, de vínculo, una forma de reunir a cuantos larachenses conozco, directa o indirectamente. Aunque, por lo general, suelo traer a quienes trato o he tratado de manera personal. Por lo general, se construye un invisible vínculo de afecto. Por eso suelo traer los rostros de quienes actualmente están en Larache, una manera muy discreta de decir que Larache no es sólo el que vive en la memoria o en la nostalgia de muchos, sino, y sobre todo, el Larache actual. Por eso, al pensar en quienes suelo encontrarme por sus calles cuando regreso, me he acordado de Morad. No es difícil encontrarse por Larache con Morad Jah, que hace muy poco me enviaba un amable y cálido  mensaje. En esta fotografía, junto a su amigo Youssef Elaroubi.

La siguiente fotografía es muy curiosa. Parece una estampa de una época lejanísima en la que un grupo toma té. Lo curioso de la imagen es que, la chica que aparece a la derecha, es mi madre, Maruchi Gallardo Martínez. Siempre me ha encandilado esta fotosuya, tan marroquí.

Me encanta también insertar en el álbum a quienes guardo un cariño especial, como son José Luis Rodríguez y Emilia Souza. No quiero ser reiterativo, pero conocer a ciertas personas, como ellos, te demuestra que hay mucha gente de y en Larache que merecen la pena.

Desde que hemos desembarcado a las escaleras del puerto, hemos recorrido varias calles y lugares de la ciudad. Pero, al subir, al callejear por la Medina, nos hemos encontrado con curiosidades tan nuestras, tan larachenses, como los propios callejeros, algo único en Marruecos, como éste:

Otro de los larachenses que te marcan de verdad, que se convierten en un amigo para el resto de tu vida y a quien sabes que podrías acudir si fuera preciso, es José María López Cobos. Si hay alguien desprendido y generoso, es él.

Pasamos por el Balcón. Viajamos en el tiempo, muchos años atrás, y vemos a Ernesto Coloma con un grupo de amigos bajando las escalerillas…

Joaquín me envía esta instantánea. Después de muchos años, los viejos amigos se reencuentran una vez más, y recuerdan y se apasionan rememorando el Larache de su juventud… De izquierda a derecha: Vázquez, Calbo, Pepe García Gálvez, Pepe Edery, Joaquín García Camúñez, Ricardo Toledo y Antonio Úbeda.

En la imagen de la asamblea de Madrid de 2005, veíamos a Carmen Allué. Pero en esta otra, aparece también ella hace años, cuando era niña, junto a varios amigos. Detrás de ella, la esposa del doctor Dalebrok. Y la propia Carmen explica que es una fiesta de su cumpleños, y reconoce delante suya, en primera fila, a su hermano Kike, y detrás, señalada con una «x», Candidin y a su lado su hermana Mary Pepa Albarracin. Añade Adela Manso que, en primera fila al lado de Kike, están Jose luis y Carlitos, los hijos del Doctor Jose Pérez Azorin, médico militar, que vivían en el Balcón del Atlántico.

En las dos siguientes fotos, vemos, en la primera, a los hijos de José Luis Amado. Y en la segunda, a mis hermanas, Marisol y Mónica Barce, en el salón de casa, creo que en la última en la que residimos en Larache, en el edificio de Uniban, recién despertadas porque habían llegado los Reyes Magos para entregarles sus regalos… Qué recuerdos tan emotivos, tan especiales, tan diferentes… Lo que no sé, en este caso, quiénes eran Melchor y Gaspar…

Todo eso parece ahora tan lejano… Los recuerdos de la infancia, los días de cabalgata por las calles de Larache, los carnavales en el Casino, el tiro al plato en el Balcón, los partidos en Santa Bárbara, la fiesta del cordero, la romería de Lalla Mennana, el Purín, fin de año en el Palacio de la Duquesa de Guisa… Pero ya digo que esto es un continuo salto en el tiempo. Y aquí vemos a Abdeslam Soltani, fotografiado por Itziar Gorostiaga, que nos mira con esa ingenuidad suya, también son esa picardía socarrona. Abdeslam es otra persona fantástica de las que tengo la suerte de conocer.

Y Pepe y Elisa, aquí tan felices en medio de la Medina de Larache… Cómo se les nota que están disfrutando del pueblo… También son especiales, muy queridos.

Y a todos nos vigila Okyanus, el Dios del Océano, representado en las ruinas de Lixus… Como en esta máscara representativa del dios mitológico que parece vigilarnos, mirándonos desde el Olimpo o desde algún lugar no tan lejano, quizá lo haga con el rabillo del ojo, con cierto afecto… Eso espero.

Tal vez, Okyanus mire a tres bellezas larachenses paseando por la antigua Plaza de España… Maite, Maleni y Rafi...

Y quizá se crucen en su paseo con Joaquín García Camúñez, Rafael Andrés Ruz y Fernando Galeote Pérez.

Qué preciosidad de plaza que s eha ido marchitando con el tiempo, igual que las viejas fotografías en blanco y negro que se volvieron sepias…

Y si sales de la misma plaza, ahora de la Liberación, entras en la Avenida Hassan II y llegas en dos pasos al Café Valencia… Y allí te encuentras sentados, tomando su té verde, a Mari Carmen Revilla con su inseparable y querido Ahmed Argal. Por supuesto, Ahmed se levanta y se te acerca enseguida para saludarte, abrazarte y comenzar a contar mil anécdotas de sus años mozos… Qué buen hombre, Ahmed.

Como lo es mi amigo Oualid Alkhou, al que vi en Madrid, y luego en Larache, y otra vezen Larache, y con el que mi hijo Sergio se lo ha pasado tan bien.

Otra debilidad, imposible de soslayar para mí: Faris y Hanan Yakoubi. Aquí estábamos creo que en el salón de arriba del Café Atlántico… Ellos son familia. No sé cómo expresarlo de otra manera. Supongo que es así de simple.

Ya he hablado otras veces de la Galería de Are Lafnar de Larache… Pasamos por su puerta, camino del Zoco Chico. Y en su interior nos encontramos a tres amigos más: Abdelfetah, pintor delicado, del que guardo un precioso dibujo al carboncillo del Castillo de San Antonio, Mohamed, que dirige la galería, y Aziz Bouhdoud, que nos regala tantas imágenes incomparables de Larache…

Otra pareja muy entrañable para mí, y que también son increíbles. Supura Larache por todo el cuerpo. Emilia Vázquez y Alejandro Escoto. Se hacen querer muy fácilmente.

Es posible que nos encontremos en Santa Bárbara algún partido de fútbol… En esta ocasión en el equipo están, entre otros, Rafael Cárdenas, que es el portero, Daniel Calbo, Joaquin García, que es el tercero de arriba desde la izquierda… El resto, no lo sé.

Veo unas figuras correr y juguetear por el espigón… Parece que se han sentado en sus escalerillas, y ahora los distingo: son León Cohen y su hermano David…

El paseo va acabando. Llegamos en barca, con Guennouni remando… Nos marchamos de la misma manera. Y al montarme de nuevo en la barca, dejo todas estas imágenes en el aire, y me alejo en dirección de la otra banda, disfrutando de la brisa y del suave oleaje, oyendo el chapoteao de los remos al hundirse en el agua, pero lo disfruto como algo mágico porque ahora lo hago junto a mi hijo Pablo...

Pero volveremos… Sergio Barce, febrero 2012

 


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