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LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 11

Página 11 de la historia de Larache en imágenes… Hoy comenzamos con algunos anuncios muy simpáticos: concursos para feos y para calvos. Os pido que leáis los carteles, y, sobre todo, atentos a los premios que se concedían.

Espero que volváis a disfrutar con estas viejas imágenes tomadas de las páginas de Radio Larache, Memoir Larache, HHH, y otros…

CONCURSO DE FEOS

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CALLE CHINGUITI

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CONCURSO DE CALVOS

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El gran escándalo de la ciudad, que ha hecho correr ríos de tinta: el famoso millón de Larache. Aquí tenéis algunas de las noticias publicadas en la época.

DESFALCO EN LARACHE

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LEGIONARIOS EN LARACHE 1

Legionarios en Larache

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EL MILLÓN DE LARACHE

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LEGIONARIOS EN LARACHE 3

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LA VOZ - EL MILLON DE LARACHE

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COCHE EN PLAZA ESPAÑA

en plaza de España

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JARDÍN DE LAS HESPERIDES

Jardín de las Hespérides

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ESTACIÓN DE AUTOBUSES

La estación de autobuses

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PLAZA DE LA ESTACIÓN

Fuente de la estación de la Valenciana

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Portada del nº 8 de la Revista Al-Motamid, editada en Larache. Una huella imborrable de los poetas Trina Mercader y Dris Diuri.

AL MOTAMID

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AVENIDA GENERALISIMO - MOHAMED V

avenida Mohamed V

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ZOCO CHICO 1

Zoco Chico

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ZOCO CHICO - FIESTA DE LOS ASSAOUIS

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Zoco Chico

Zoco Chico

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CRUZ ROJA DE LARACHE

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CAÑONES EN LARACHE

Batería de Cañones en Larache

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1911 - BATERIA DE CAÑONES

Cañones en Larache en 1911

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LARACHE 1925 - BARCAZAS

Larache, 1925 – cruzando en barcazas para desembarcar

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RIO LUKUS

El rio Lukus – Larache

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EL REY EN MARRUECOS

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SATUARIO LALLA MENNANA

Entrada al santuario de la patrona de Larache LALLA MENNANA

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LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 1

NAVEGANDO POR EL RIO LUCUS

NAVEGANDO POR EL RIO LUCUS

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TRABAJOS EN EL PUERTO DE LARACHE

TRABAJOS EN EL PUERTO DE LARACHE

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LARACHE 1928 - PUERTO

LARACHE 1928 – PUERTO

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LARACHE - PUENTE DE BARCAS

LARACHE – PUENTE DE BARCAS

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LARACHE

Al otro lado del Lucus

la orilla es verde y lleva azahar,

reposa entre naranjos esparciendo

el aroma del néctar

o la pulpa jugosa que habitó el fruto.

Sobre el mar el filamento gris

de las raíces rezuma

el óxido enmohecido.

La orilla se imanta de bronce

cercando el límite con eco de retorno,

el que condujo la sombra a pie de árbol.

En el limo resbalaría la tarde

que, aturdida, ha de buscar en el curso del agua

el eterno lamento de un tiempo deshabitado

vacío de cántaros,

hostil al recuerdo,

inacabado

que lejos de ausentarse

rememora épocas

de siembra.

Paloma Fernández Gomá

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PLAZA DE ESPAÑA DE LARACHE A PRINCIPIOS DE SIGLO XX

PLAZA DE ESPAÑA DE LARACHE A PRINCIPIOS DE SIGLO XX

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LARACHE - PLAZA DE ESPAÑA

LARACHE – PLAZA DE ESPAÑA

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PLAZA DE ESPAÑA DE LARACHE

PLAZA DE ESPAÑA DE LARACHE

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LARACHE - ENSANCHE PRINCIPIOS DE SIGLO XX

LARACHE – ENSANCHE PRINCIPIOS DE SIGLO XX

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LARACHE - PLAZA DEL MAJZÉN - COMANDANCIA MILITAR

LARACHE – PLAZA DEL MAJZÉN – COMANDANCIA MILITAR

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ZOCO CHICO DE LARACHE EN 1928

ZOCO CHICO DE LARACHE EN 1928

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LARACHE - PUERTA DE LA KASBAH

LARACHE – PUERTA DE LA KASBAH

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LARACHE EN 1928 - CALLE ALFONSO XIII

LARACHE EN 1928 – CALLE ALFONSO XIII

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1928 - CAMPAMENTO DE NADOR, LARACHE

1928 – CAMPAMENTO DE NADOR, LARACHE

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LARACHE - ROMERIA SANTUARIO EN 1928

LARACHE – ROMERIA SANTUARIO EN 1928

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LARACHE EN EL AÑO 1928

LARACHE EN EL AÑO 1928

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LARACHE

LARACHE

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LA MAYORÍA DE LAS IMÁGENES ESTÁN TOMADAS DE LA PÁGINA DE FACEBOOK DE RADIO LARACHE Y DE LA WEB DE JESÚS PÉREZ.

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LARACHE EN 13 FOTOS

En estas trece fotografías se encierra algo de la historia de Larache.

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Plaza de España - montaje H.Kelai

Plaza de España – montaje H.Kelai

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foto de E.Gallego

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Foto de E.Gallego

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foto de A.Ramírez

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foto de A.Lozano

foto de A.Lozano

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LOS DEL GUEBIBAT – Un relato de AHMED CHOUIRDI sobre el Barrio El Guebibat de LARACHE

He de confesar que, tanto Ahmed Chouirdi como Driss Sahraoui, se han convertido en un verdadero hallazgo, de pronto contamos con dos narradores excepcionales sobre el Larache de los últimos casi sesenta años, y eso, además de una suerte es un lujo para nosotros, especialmente para mí al contar con ellos ya como colaboradores habituales del blog.

Hoy toca otro de Chouirdi. Si <Ain Chakka> me pareció bueno, su elaborado relato del Barrio de El Guebibat, muy atinadamente titulado <Los del Guebibat>, me parece excepcional. Y digo que excepcional por la manera en que relata y por el rico entramado que cose entre los recuerdos de calles, familias y personajes, y, además, todo sazonado por esa pátina de respeto, añoranza y nostalgia por esa convivencia entre las tres culturas que en Larache fue tan especial.

Llamo la atención sobre las anécdotas de los personajes cuando eran niños, de esos otros que aparecen mientras los recitadores regalan sus cuentos a voz en grito –no tienen precio los retratos humanos que Chouirdi hace de quienes actuaban en el Zoco Chico-, ni tampoco otros detalles aparentemente menores que, a los que somos de allí, nos hacen revivir y recordar nuestra infancia, seamos de la generación que seamos, porque todo se repite cíclicamente en el tiempo en las calles de Larache…

No sé por qué hago una introducción tan extensa cuando lo que de veras merece la pena ser leído es lo que viene a continuación… Que disfrutéis con los del Guebibat…

Sergio Barce, noviembre 2012

Ahmed Chouirdi

Ahmed Chouirdi

LOS DEL GUEBIBAT

por Ahmed Chouirdi

El famoso barrio Lagbibat llevaba a lo largo del tiempo otros dos nombres: Calle Hospital, debido a su proximidad al antiguo hospital civil y Calle Gran Vizir Sidi Ahmed Ganmia, en relación con el segundo Gran Vizir (como Primer Ministro actual) del khalifa Moulay el Hassan Ben Mehdi, representante del Sultán en el Norte de Marruecos y que siguió al primer Gran Vizir Mohammed Ben Azouz en el año 1931.

El Guebibat comienza a partir de la puerta que lleva el mismo nombre, donde se conecta con el Zoco Chico y desciende hasta Sigue leyendo

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LARACHE vista por… LEÓN COHEN

Del libro de cuentos de León Cohen Mesonero, “La memoria blanqueada“, (Año 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones, Madrid) pertenece el siguiente relato que habla de Larache, su ciudad natal, y en el que recrea la memoria de los años 50 y principios de los 60.

El relato se titula sencillamente “LARACHE“, y dice así:

Larache, tierra de angulas, turmas y sábalos, pequeño puerto pesquero situado en la desembocadura del río Lukus, sobre un acantilado donde rompen las olas inmensas del Atlántico. Fenicia, romana, árabe, española (1610-1691), portuguesa y a partir de 1911 española de nuevo. A la antigua Lixus la formaban a principios del siglo XX, la Calle Real, sus aledaños y una pequeña medina que lindaba con la mencionada calle. Además del río, del mar y del sol, espléndidos. Una vez escribí:

“Larache, pueblo milenario, nacido entre arena y olas, donde río, mar y tierra concertaron sus nupcias estivales mientras Hércules era amamantado justo arriba, en la colina, junto al jardín de las Hespérides. Ningún hijo de aquel pueblo podrá nunca olvidar -incluso después de haber perdido la memoria- aquellos atardeceres del mes de Julio, cuando la brisa que subía desde el Atlántico sellaba una especie de pacto tácito entre sol y mar, trayendo consigo la vida a unas calles desiertas por el implacable sol del mediodía.”

El Larache de los años cincuenta, el de mi infancia, era un pueblo que pasados los años se me antoja peculiar, por su ambiente, por sus personajes.

LEÓN COHEN

Topográficamente, viniendo desde Tánger o desde Alcazarquivir, siempre se llegaba  a Cuatro Caminos y desde dicho cruce se entraba en Larache por la Avenida de las Palmeras, del Generalísimo o de Mohamed V según la época. Algunos de los lugares y edificios más emblemáticos a lo largo de su recorrido eran la casa del Raisuni, la Escuela Francesa de la Mission Universitaire et Culturelle Française. Luego un poco más abajo se hallaba el cementerio de Lalla Mennana, el Jardín de las Hespérides, la escuela de la Alianza Israelita, el  Comisariado y enfrente la Iglesia y al final  la Plaza de España.

Santuario de Lalla Mennana

La Plaza de España era un espacio amplio, con forma entre circular y ovalada, centro neurálgico de la ciudad que por aquel entonces podía tener cincuenta mil habitantes.

Estaba rodeada la plaza por una carretera y al margen de ésta edificios de estilo colonial, casi todos ellos separados por calles que hacían de la plaza una especie de centro distribuidor, desde el cual se podía tener acceso a cualquier punto de la ciudad. La Plaza de España estaba rodeada por una carretera flanqueada por un paseo jalonado por multitud de comercios de toda índole. Sobre la acera del paseo, unos soportales formados por arcos de estilo árabe,   además de decorar, hacían de puertas abiertas del paseo. Debajo de los arcos, uno podía disfrutar de sombra en pleno verano y resguardarse de la lluvia inoportuna en invierno. Además, allí estaban los Almacenes “Pulido”, Pepe el Indio, la Farmacia Amselem, y la Zapatería Bata, entre otros. Enfrente de “Pulido”, en la margen izquierda de la avenida del Generalísimo, la gente podía disfrutar de las terrazas de los bares Perico y Canaletas. Pero sobre todo, en mi memoria perdura el edificio cuya fachada se soportaba sobre aquellos arcos. Era como un laberinto formado por pasillos interminables, llenos de recodos, que mis amigos y yo recorríamos periódicamente, entrando por uno de sus numerosos portales y saliendo cada vez por uno distinto. Hermoso recuerdo de aquellos recorridos misteriosos que nuestra imaginación infantil poblaba de sucesos y fantasmas improbables y que más tarde, en varias ocasiones, he vuelto a recrear  en sueños.

La calle “Chinguiti”, una de las arterias que desembocaba en la Plaza de España (si no me equivoco eran siete) era el paseo nocturno, donde la gente deambulaba sin ningún otro propósito que el de recorrerla cuantas veces fueran necesarias.

calle Chinguiti – Hassan II

Saludos, sonrisas, miradas cómplices, aquel bullicio poblado por las personas que se paseaban, solas o en grupo, sin objeto o con el único objeto de mostrarse, de buscarse, de encontrarse ¿Quién sabe? Difícil olvidar su topografía y sus topónimos.

A la derecha, viniendo de la Plaza de España: el Hotel España, el Teatro España, el Yunque, la sastrería del Chato, la marquetería de Bohbot, la tienda de “Pesetilla”, el Cine Ideal (donde reinaban Clark Gable, Gary Cooper y Burt Lancaster entre otros ídolos de mi infancia), el bar Matías (donde todo Larache acudía los domingos por la noche para ver, apuntados en un pequeño panel,  los resultados de la jornada futbolística), la papelería de Damián (donde se cambiaban las novelas de Corín Tellado y los cuentos del Capitán Trueno),  finalmente, la Colonial, la tienda de ultramarinos de Gía en la que Carmelo con su bata gris era el dependiente .

Girándose y volviendo por la acera contraria: el bar La Marquesina, la mercería La Zamorana, una tienda de discos, el Bar Tropical, el patio de la Iglesia, la pastelería Montecatine, el almacén de Dolón (esas sandalias enormes que llevaba en verano y la sahariana celeste también enorme), la pastelería Ayuso, la imprenta Cremades (aquel hombre regordete con bigote y con una cojera sobresaliente), la Peluquería de Tomás, el Bar Cocodrilo, la tienda de ultramarinos de Antonio Español y por fin, el Bar Central, lugar de encuentro de todo el pueblo, entre ambos,  la calle de los limpiabotas, de Rosendo y de Casa Ros.

BAR LA MARQUESINA

Los domingos por la mañana, los niños más o menos “bien”, nos encontrábamos en la Sociedad Española, uno de los casinos del pueblo, los otros dos eran el Casino Militar y el Casino Israelita. En la biblioteca, nos pasábamos las horas leyendo “Hazañas Bélicas”, “El Capitán Trueno”, “Roberto Alcázar y Pedrín”, “El Guerrero del Antifaz” y tebeos de todo tipo, algunos de cuyos personajes siguen anclados en nuestra memoria, así: Carpanta, las Hermanas Gilda, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape… A mediodía, los militares y las militaras vestidos con sus mejores ropas, ellos con los guantes blancos y el fajín, ellas con la peineta, cruzaban la Plaza de España, para acercarse a la Iglesia que se encontraba frente al Comisariado Español, entre el Banco Exterior y el Central, en la avenida de Francisco Franco, originariamente la avenida de Las Palmeras. Por la tarde (“l’aprés midi”)  el cine, antes de entrar la visita obligada al carrillo de Driss para abastecernos de cacahuetes y caramelos, yo probaba únicamente los de coco. Por la  noche,  unos cuantos paseos por la calle Chinguiti.

El periódico del pueblo  “El Chivato”, estaba dirigido por un personaje singular, cuyo recuerdo borroso se hunde en las aguas profundas de mi primera infancia. El Abate Busoni era un hombre pequeño, vestido de oscuro, cuyo rasgo más destacado era una boina negra, amplia, casi una chapela, que nunca le abandonaba. Por el cargo, es de suponer que fuera un adicto al Régimen y que aquel diario por él comandado, se dedicara a loar al Caudillo y sus obras, además de traer los ecos de la sociedad larachense.

No puedo dejar de mencionar “El Balcón del Atlántico” esa ventana abierta al mar, donde parecían desembocar de manera natural las calles principales de la ciudad y a la que sus habitantes no podían evitar asomarse por lo menos una vez al día, como buscando salir y evadirse hacia el espacio infinito y el horizonte lejano que les ofrecía el mar majestuoso.

Desde el año 1909, como venida del cielo, residía en Larache por razones difíciles de explicar (aunque es sabido que una ley de la República Francesa de 1886 envío al exilio a la familia real), la princesa de la Casa de Orleáns, Isabelle Marie, Laure, Mercedes, Ferdinande,  Duquesa de Guisa, madre del Conde de París, heredero al trono que dejó vacante Luis XVIII, el último rey y el último Luis de Francia. Algunos larachenses pueden todavía recordarla bajando de su Chevrolet negro -con chofer- los domingos a primera hora para ir a misa. Moriría en la misma Larache en el año 1961.

La Duquesa de Guisa

En aquella Larache franquista, la miseria estaba en cualquier rincón, y la duquesa practicaba la caridad con los pobres, labor ésta que seguramente tranquilizaba su conciencia y le permitía estar a bien con su Dios. Cuentan que su marido, Juan III de Orleáns, Duque de Guisa, murió en un duelo por un asunto de faldas en 1940. El hecho cierto es que sus restos reposaban en el viejo cementerio junto a la playa del Matadero. Su hijo el Conde de Paris se dejó ver más de una vez por el pueblo y sus nietas cabalgaban frecuentemente desde su palacete hasta el hipódromo (la Hípica) situado cerca de los Viveros. 

Otro personaje relevante, al menos por el apellido, uno de los hermanos Rotschild, al que por cierto nunca nadie vio ni conoció. Se le atribuía la fundación de la compañía Lukus en 1926, dedicada a la explotación y comercialización de agrios. Más tarde sería adquirida por uno de sus ingenieros, de apellido Gomendio, quien con la mencionada duquesa serían el todo de la burguesía y la aristocracia del pueblo. Hace muy poco he sabido que Joan Crawford fue accionista de dicha compañía.

El Raisuni era el “baja”, una especie de alcalde impuesto por los españoles para reconducir conductas “indebidas” de los marroquíes. Aquel hombre, gordo inmenso, era un personaje temido que se dedicaba con mayor intensidad de la necesaria a imponer su ley marcial a través de sus guardias, dos esclavos negros de dos metros, que maltrataban hasta la muerte en ocasiones, a todo pobre indígena que violara su ley. El baja era además el padre de mi compañero “Jali” en el colegio Francés que estaba justo enfrente de su casa.

Avenida Mohamed V

“Era con seguridad la primavera del año 1956, eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Mlle Vermury estaba terminando de impartir la última clase de la semana, era Viernes. Llamaron a la puerta. Por la puerta entreabierta pude observar como uno de los guardaespaldas del “Raisuni” conversaba con nuestra profesora. Siempre recordaré su expresión de persona acostumbrada a obedecer. Era un hombre negro, muy alto, que siempre llevaba una jilaba o chilaba inmaculada, entre blanca y parda, de ese color amarillo que no acaba de ser blanco. Tenía aquel gigante un porte erguido y hasta distinguido a pesar de su presumible humildad. Desde muy pequeño, aquel hombre y su compañero de gran parecido físico con él, me inspiraban temor y admiración. Los mayores contaban historias de palizas de muerte propinadas por estos esbirros del Raisuni a pequeños delincuentes y borrachos. Mademoiselle Vermury entró de nuevo en clase y se dirigió en voz baja a nuestro compañero Jali, segundos después éste se marchó con el hombre negro. Dicen que se llamaba Rabah. Aquel día, quiero recordar que salimos antes y nos recomendaron que nos fuésemos directamente a nuestras casas. Del resto del transcurso de aquella tarde, no atino a asegurar si fue vivido o contado. Enfrente del cementerio de Lalla Mennana. Situado a medio camino en la avenida de las Palmeras, justo en la esquina de una bocacalle que une a ésta última con la calle Chinguiti, fueron quemados vivos los dos guardaespaldas por una pequeña horda enfurecida. El caíd de una kábila cercana a Larache fue colgado de un árbol en pleno centro de la Plaza de España, seguramente por haber sido colaborador de los españoles y para que sirviera de ejemplo. Era la Independencia. Pocos días después, mis amigos y yo pudimos visitar los restos de la casa del baja y constatar las huellas de la batalla. Todavía recuerdo el olor a quemado.”

Mr. John era el profesor de Inglés. Vivía con sus dos metros de altura en la Plaza de España. Todas las mañanas se dirigía con su bastón y una especie de sombrero tirolés al Bar Selva donde desayunaba. Mi padre solía decir que era un nazi disfrazado de inglés. Sin embargo, desde la distancia y la perspectiva de los años pasados, su porte elegante y su estilo refinado eran demasiado ingleses como para ser confundido con la tosquedad alemana. Era un hombre solitario y misterioso. Cuando acompañaba a mi prima a clase, Mr John sentado tras su bonita mesa de estudio, me obsequiaba con un caramelo. Nunca he olvidado esa extraña sensación de placer que me producía verle manejar el tarro de cristal desde donde extraía los caramelos con una parsimonia indescriptible, bajo la tenue luz de una lámpara de mesa. Siempre me pareció un mago metido en faena. Una mañana de la década de los sesenta, ya  anciano,  apareció muerto en su cama.

Rafael, “Machaco” (Pinocho, el Chaleco), así apodado porque le gustaba el anís, era un judío pobre, dicen que culto. Contaban que se había atrevido a escribir una misiva al Alto Comisario para que le arreglaran algún elemento doméstico y que recibió respuesta. Caminaba siempre ataviado con un sombrero y la colilla prendida en los labios. Usaba gafas de múltiples dioptrías. Pedía con disimulo tabaco y algún dinero para ir tirando. Por supuesto que recibía la ayuda de la Comunidad Judía.

Aunque un poco tartamudo, era  buen conversador, con gran sentido del humor  y un gran contador de anécdotas y de chistes. Había conseguido forjarse una pequeña leyenda y no defraudaba. Desapareció en una de las emigraciones hacía Israel, donde supongo que acabó sus días dominado por la nostalgia de su pueblo y por lo inhóspito y desconocido de aquel país nuevo y duro. La comunidad israelita estaba constituida por un entramado social relativamente complejo, donde predominaba la clase baja de aquella época: mecánicos, pescadores, cargadores, tenderos, empleados de banca etc… gente en suma que ganaban apenas para comer y medio vestir. Destacaban por su escaso número algunos profesionales como farmacéuticos, maestros y hombres de negocios. Hay que subrayar  que la clase social israelita no se distinguía mucho de la española.

Cine Avenida de Larache

No he de olvidar mencionar los cuatro cines de Larache: el Ideal, el Teatro España, el Coliseo María Cristina y el Avenida que pertenecían a personas diferentes como eran los señores Benasuli, Amarito y Gallego, no recuerdo si simultanea o sucesivamente.

La Escañuela, la Valenciana, el Pasaje Gallego, Pentodo, Ulzurrum, Bensason el sastre, Salomito el electricista, Pariente el boxeador, Don Carlos (Chalomico el cra), los taxistas: el Gafas, el Parra, el Trompeta, Timimi. Joaquín Hernández (el manco), Rubén el chofer, el fotógrafo Benguigui, Facundo, Bozambo.

Antonio Español y Carmelo Rosendo, los practicantes Saja y Benchluch, los Maristas, el Patronato, la Escuela Francesa y la Alianza Israelita, Federico y la Portuguesa, el cambista Amar, los chatarreros David Trojman y Belliti, el recepcionista del Hotel España, al que mi madre apodaba con cierta sorna no exenta de cariño “el poeta” Serfaty. Todos estos nombres  y muchos más a los que mi ingrata memoria no hace justicia, conforman el recuerdo de un pueblo y de una infancia sorprendente y entrañable a los que con este pequeño relato he tratado de rendir homenaje.

León Cohen, 2001

 

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