SIBARI, AKALAY, BARCE Y GALEA

Dicho así, Sibari, Akalay, Barce y Galea, pudiera parecer que se está anunciando la defensa o la delantera (según el planteamiento del entrenador) de un equipo de fútbol. Suena hasta bien: Sibari, Akalay, Barce y Galea. Pero en realidad éramos cuatro larachenses reunidos en Ámbito Cultural de El Corte Inglés, de Málaga, para hablar de Larache en nuestro libros, un acto que organizó la Asociación Larache en el Mundo. Cuando compruebo la fecha se me hace un mundo: 2007. Ya han pasado catorce años, ni más ni menos. Y Mohamed Akalay y Carlos Galea ya han muerto. También hace años que le perdí la pista a Mohamed Akalay, y eso que he tratado de localizarlo, pero nada. Fue aquélla una jornada memorable: el salón a reventar de público, la emoción del reencuentro en el aire, los recuerdos compartidos entre nosotros y el público (abrumadoramente larachense) que transformaron el evento en un momento mágico. Y pensar que ya han pasado catorce años. Y pensar que ya ni Sibari ni Galea podrán repetir en la alineación. A veces, el pasado nos asalta por sorpresa y nos obliga a esbozar una sonrisa al rememorar los buenos instantes, los momentos preñados de magia. Sibari, Akalay, Barce y Galea. Larache en Málaga. 2007. 

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A VUELTAS CON «EL NADADOR» TRAS LOS SUCESOS DE CEUTA

Tras los sucesos de Ceuta, sobre los que estoy escribiendo un pequeño texto, y que publicaré en estos días, he pensado mucho en mi relato El nadador, que con tanta fortuna llevara al cine mi hijo Pablo. Y aunque su trama se desarrolla en Larache, bien podría trasladarse a otras ciudades marroquíes.

Lo que pretendíamos con mi historia y con el cortometraje, era demostrar que la felicidad, en la mayoría de las ocasiones, por no decir siempre, no se encuentra al otro lado, donde creemos que nos espera un futuro mejor (puede que a veces suceda, pero en la mayoría de los casos solo causa dolor, desarraigo y desesperanza, además de frustración y hasta de marginación), sino en el lugar donde están los nuestros. Yo, que no creo en las banderas, ni en las fronteras, ni en los políticos, ni en los nacionalismos del tipo que sean, me aferro a la ciudadanía, a la gente, a las personas.   

Para los que no conocéis mi cuento ni el argumento de la película, os traigo mi relato que inspiró el guion que escribimos entre Pablo y yo. Una experiencia que ya hemos repetido y que, si todo va bien, pronto dará sus frutos.

Os dejo pues mi historia y el enlace donde poder ver el corto.

El nadador forma parte de mi libro de cuentos Paseando por el zoco chico. Larachensemente (2ª edición – Edic. del Genal – Málaga, 2015).

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PABLO BARCE recogiendo el Premio Forqué al Mejor Corto de Ficción por «El nadador», junto a los productores César Martínez y Antonio Hens

Enlace de El nadador, dirigido por Pablo Barce: 

http://www.dexiderius.com/p02.html

EL NADADOR

Los brazos se hundían fabricando una espuma salada que se diluía a su espalda tras una existencia efímera. Igual ocurría con la pequeña estela de ondas dispersas que abandonaba atrás. Todo el movimiento era de una armonía impecable: los brazos, las piernas, el giro de la cabeza al tomar aire, sumergirla y expulsar ese mismo aire por la boca, bajo el agua. En ningún instante cerraba los ojos. Hakim veía en el fondo primero la arena y las algas desvalidas, luego sólo arena y, más tarde, el verde azulado del océano.

Oía el chapoteo que él mismo provocaba avanzando sin descanso. Nada de parar, seguir, seguir, seguir adelante. Detenerse podía significar la rendición, perder el equilibrio, agotarse en medio del vacío. Había recorrido al menos doscientos metros, y oía el bombeo de su corazón, distinto al del comienzo, y cómo los brazos golpeaban la superficie esmeralda, cómo sus pies pateaban igualmente para ayudarlo a avanzar. Trataba de no perder la concentración en su respiración acompasada, obsesionado ante la idea de perder el ritmo y sucumbir, verse humillado. Pensó de pronto en Haddu y en Abdelilah, riéndose de su estrepitoso fracaso. Le lanzarían el balón de cuero contra la espalda, mofándose, como solían hacer cuando le colaban un gol por debajo de las piernas.

-Eres tonto, Hakim. ¿A dónde crees que vas? ¿A las Canarias?

Pensar en sus posibles burlas lo espoleó, e insufló un desesperado ardor a su empeño.

Calculó que ya estaría a medio camino. No quería comprobarlo porque el hecho de intentarlo siquiera podía agobiarlo, tragaría agua y entonces solo podría agitar los brazos sin encontrar nada. Ya le había ocurrido meses antes y se juró no repetir la experiencia. En aquel momento, creyó que moría, pero la providencia quiso que alguien, desde uno de los pesqueros, se percatara. Lo sacaron medio ahogado y estuvo un buen rato vomitando y tosiendo en la cubierta. Recordaba que olía mucho a salazón y a redes mojadas.

Hoy se había lanzado desde el faro del espigón. Dejó a la derecha la playa peligrosa y se esforzó por alejarse de la otra banda, de la entrada al puerto, de la desembocadura del Lucus. Ahí no corría el riesgo de verse arrastrado por la marea. Eran ya doce años nadando frente a los acantilados de Larache, su pueblo, y se conocía los vericuetos y las trampas que las aguas habían trazado desde los siglos.

A Hakim le gustaba nadar tras los barcos que arribaban a la almadraba. A veces lo hacía con Haddu y con Abdelilah, pero ellos se aburrían enseguida y regresaban a la playa. Preferían jugar a la pelota sobre la dura arena de la bajamar. También le gustaba a Hakim sentarse más tarde al borde del dique, inundado por el olor dulzón de los atunes muertos que, colgados a popa, reluciendo con el reflejo del sol anaranjado, parecían armaduras despojadas al enemigo y que se exhibían al pueblo como trofeos de victoria. Solía hacer incursiones por la boca del puerto, por entre las pateras que cruzaban a la gente hasta la otra orilla, ésas que iban a la playa y regresaban como agotadas tortugas. Los niños asomaban entonces los bracitos por encima de la borda de las barcas de remo. Hakim los perseguía asumiendo, con gozosa jovialidad, su papel de tiburón de guiñol. Disfrutaba con las risas nerviosas de los niños que, dando gritos, risueños, excitados, escondían sus bracitos resguardados en la patera mientras él se impulsaba con las piernas en un pequeño salto para dar un mordisco al aire.

-¡Ñam, ñam! –abría la boca con exageración.

Hakim soñaba con llegar a Europa, embarcarse en algún mercante o en uno de los pesqueros que fondeaban a unos cientos de metros frente al castillo de San Antonio. Los observaba desde el Balcón del Atlántico. Por la noche eran como diminutas luciérnagas que se mantuviesen paradas aleteando en un punto indeterminado. Hakim soñaba también con cruzar el océano, desembarcar en España y llegar a Madrid, poder ver jugar al Real en el Bernabeu. Desde muy pequeño suspiraba por sentarse en las gradas del estadio, pedirle un autógrafo a Roberto Carlos.

A Haddu se le abrían los ojos, brillando con excitación, al imaginarse también en los graderíos. Se morían de risa, de puro nerviosismo, cuando pensaban en todo aquello, cuando se veían vitoreados por la afición o corriendo por la banda hasta llegar al balón y abrir al área donde Zidane cabecearía al fondo de las mallas. Haddu se tumbaba boca arriba con una sonrisa atolondrada en los labios.

Hakim seguía nadando. Las burbujas subían casi rozando su cara, esquivándola, y formaban una espuma escuálida que se mezclaba con la que producían sus brazos. No quería mirar al frente, sólo al fondo del agua. Calculaba que aún debía de nadar otros veinte minutos más.

Durante las mañanas, Hakim ayudaba a su padre a montar el puesto de orfebrería que tenían en la calle Real. Estaba bien situado, pero su padre no era precisamente un hombre agradable, ni tenía dotes de comerciante. Si hubiese sido de otra manera, como Yebari, seguramente se habría labrado una buena posición. Pero como solía decir, en realidad sólo se había propuesto una cosa en su vida: pasar desapercibido, no molestar a nadie y no ser molestado. A Hakim lo sacaba de sus casillas ese carácter pusilánime de su padre y, en cuanto tenía oportunidad, se escabullía de la tienda. Entonces era cuando bajaba por la calle Real hasta las escalinatas del puerto, dejaba sus ropas en la patera de Abdussalam, se lanzaba al agua y nadaba. Se sentía entonces bien consigo mismo, como si la desembocadura del río, el mismo puerto y las playas de Larache fuesen el mejor lugar del mundo, el único en el que se sentía realmente libre y sin ninguna obligación.

Había descubierto el placer de nadar adentrándose en dirección al inalcanzable horizonte, evitando las corrientes, alejándose de la playa peligrosa cuanto sus brazos y sus piernas le permitían. Desoía a Abdelilah que, siempre temeroso, le gritaba desde la orilla, casi persiguiéndolo hasta que el agua le llegaba a la cintura.

Ayi, Hakim! ¡No seas loco! ¡Vuelve, por Dios!

Pero él se entregaba a las caricias del océano, dejándose llevar por su propio entusiasmo.

La playa peligrosa encerraba sus propias leyendas, viejas historias que contaban los ancianos del barrio de Las Navas y los ciegos del Zoco Chico. También Hakim había sido testigo del poder devorador de esa playa estigmatizada, siempre agitada, seria, con salvajes dibujos de crestas hambrientas rompiendo en un rugir atronador. Cuando estaba sentado, al borde de su orilla amenazadora, sentía que Aixa Candixa nadaba en sus aguas. Allí vio llegar un cuerpo hinchado, deforme e irreconocible, un hombre al que mordisquearon peces embriagados y que seguramente trató de mantenerse a flote creyendo poder doblegar a su propio destino. Vio ese cuerpo maltratado, con algas podridas asomando de una boca corrompida, oscura, y sintió que aquello era una advertencia.

-Ten cuidado –musitó Abdelilah a su lado, sin poder apartar la mirada de ese cuerpo desnudo.

Al anochecer, Hakim se quedaba sentado en la balaustrada del Balcón y seguía con sus ojos almíbar al sol, que caía lenta, pausada, lacónicamente. Haddu y Abdelilah le pasaban un pitillo, que compartían en silencio. La silueta del castillo de San Antonio, recortado contra el rojizo firmamento, avanzaba entonces como si con la noche le fuese permitido navegar sobre las aguas. Hakim lo observaba con atención y sentía un viejo palpitar en el interior del edificio, algo así como un alma agotada por sus recuerdos. Allí sentado, Hakim era capaz de llegar al borde del horizonte, nadando sin desmayo, ayudado por Lalla Menana, y algunas veces hasta se veía ya sentado en la tribuna del Santiago Bernabeu animando a su equipo.

Soltó el aire bajo el agua, notando cómo los pulmones quedaban vacíos, y vio las burbujas ascendiendo igual que diminutas bolas de cristal. No necesitaba levantar la cabeza para saber que se encontraba muy cerca del casco del pesquero español que había divisado desde el espigón. Su cercanía aumentaba sus pulsaciones. De pronto, la sombra de la silueta metálica le cubrió como un nubarrón sorprendente y dejó de nadar. Flotaba dejando el cuerpo lacio, haciéndose el muerto, con la cara resplandeciente y la vista vagando por el azul plano del cielo. Al poco, unas voces lo animaron a acercarse al barco. Hakim dio una brazada y alargó una mano al vacío. Sintió cómo lo asían con fuerza. Tiraron de él y lo entraron en la cubierta, empujado por varias manos de dueños diferentes y de ánimos encontrados.

Apenas pudo abrir los ojos. Se sintió tan agotado que las piernas no lo sostenían y lo dejaron descansar sobre los aparejos. Las gaviotas planeaban por encima de su cabeza. Las oyó graznar, como si exigiesen que se les sirviese el almuerzo a una hora convenida. Hakim apoyó los codos en las redes, el olor a pescado se le colaba por las fosas nasales con cierta virulencia. Una mano desconocida, encallecida y ruda, le ofreció una taza de caldo. Lo bebió con parsimonia, y le supo caliente y reconfortante. Cuando se sintió recuperado del todo, se incorporó, acercándose a los hombres que charlaban distraídamente en la sentina.

-Cómo se te ocurre venir nadando, chaval… –los tres hombres lo miraron con curiosidad, dibujando sonrisas indulgentes.

Anna ir a lispania… –dijo Hakim.

Sintió ese bocado que le aprisionaba el estómago cuando se aventuraba a pedir que le ayudaran a cruzar al otro continente, una extraña sensación de miedo a lo desconocido, a verse solo lejos de sus padres y de su hermano, de Haddu y de Abdelilah. Su bañador descolorido, que alguna vez fue negro, le daba un aspecto desangelado. O quizás fuese su delgadez extrema la que movía a compadecerse de su aparente fragilidad.

-Nos ha jodido bien… –refunfuñó el mayor de los tres marineros-. Éste lo que quiere es que lo llevemos de polizón…

Jay, io no molesta, lo juro. Taiudo… limpia, trabaja… –Hakim se llevó una mano nerviosa a la boca–. No coma mucho… no molesta.

Se mordió el labio. En el fondo, temía que lo ayudaran, que le dijesen que se escondiera en la bodega.

-Lo siento, colega. Hay demasiadas patrulleras.

Las gaviotas se acercaban a la cabina de manera un tanto suicida y sus graznidos parecían tornarse paulatinamente en alaridos desconsolados. A Hakim lo intimidaban, y de vez en cuando les dedicaba una mirada torva. Nunca se había fiado de ellas.

-…io no molesta, jay… Io ver Raúl y Roberto Carlos…

-¡Cagonlaputa! Éste es del Madrid, macho –el marinero más joven escupió en el suelo–. La has cagado, tío. El capitán es del Barsa… Joder, nos ha confundido con un barco de recreo…

El mayor de los marineros se quitó la gorra que le cubría medio rostro y la sacudió contra la pernera de su pantalón. Guardó silencio unos segundos, mirando a Hakim como sopesando la situación; luego, chasqueó la lengua y, poco después, meneando la cabeza de un lado a otro, señaló con la gorra a la costa.

-Vuelve a tu casa, chaval… Vete antes de que el capitán te dé una patada en el culo.

Io bueno, jay…

-Venga, paisa, no jodas la marrana…

Hakim apenas insistió. Y su exigua protesta la hizo además sin pizca de entereza. Era la misma historia que se repetía, como en las anteriores ocasiones en las que nadó hasta otros pesqueros. Sabía que ninguno correría el riesgo de llevarlo, pero siempre lo intentaba. Era como jugar con el azar. Presentía que Lalla Menana le tenía reservada una sorpresa, que su vida no podía ser como la de los otros niños de la calle Real. Y rezaba porque así fuese, rogando a la patrona que lo ayudara, y, si además, también lo hacía con sus padres y con su hermano mucho mejor.

Volvió a vigilar a las gaviotas y comprobó que estaban más interesadas en la cabina del barco que en él, de manera que aprovechó ese momento para lanzarse de nuevo al agua. Oyó vagamente las voces de los marineros, más débiles a cada brazada, hasta que se apagaron, al igual que los graznidos enfermizos y lastimeros de las aves. Se esforzó entonces por concentrarse en la respiración, en los movimientos de los brazos y de las piernas. No les contaría nada a sus amigos. Sólo les diría que había estado nadando un rato, como las otras veces. Sólo eso.

Volvió a sentirse tranquilo, libre de todos. Sin saber por qué, se atrevió a levantar la cabeza y vio la costa, el faro del espigón, el castillo de San Antonio irguiéndose con los restos de su orgullo resquebrajado, las rocas de Ain Chakka, bajo los jardines del Balcón, el cementerio viejo, también las casas apiñadas, como colgadas sobre el acantilado. Una ojeada rápida, subrepticia, y, pese a ello, Hakim se sorprendió de cuánto había podido abarcar con tan liviano gesto. Fue capaz de verlo todo y eso le hizo sentirse seguro de sí mismo. Supo que alcanzaría la playa sin demasiado esfuerzo, supo que eso era sin la menor duda lo que deseaba: llegar a la arena, pisarla, sentir la cercanía de su pueblo, correr hasta la tienda de su padre, abrazarlo, abrazarlo estrechamente.

Sergio Barce

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ESCRIBIENDO MÁS DE TÁNGER

Segunda entrega de la imagen de varios de los libros con Tánger de protagonista que ocupan un lugar especial en mi biblioteca.

Tánger, puerta de África, de Abdellah Djbilou; Tánger 1916-1924, de Francisco de Asís Serrat; Hijo del siglo, de Eduardo Haro Tecglen; El frente de Tánger (1936-1940), de Bernabé López García; La letra y la ciudad: su trama en Tánger, de Randa Jebrouni; Si Tánger le fuese contado…, de Tomás Ramírez Ortiz; Tánger, de Eduardo Jordá o Ángel Vázquez en los papeles, de Sonia García Soubriet.

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UN POEMA DE ÁNGEL GONZÁLEZ

 

El poema titulado La verdad de la mentira, de Ángel González, es de una belleza extraordinaria. El domingo pasado, en la lectura dramatizada organizada por el Colectivo Cultural Maynake en solidaridad con la Librería Proteo-Prometeo, lo escuché en la voz de la actriz Mercedes León y sonó aún más hermoso. Reconozco que se me hizo un nudo en la garganta, y que la emoción se desparramó con el resto de poemas y lecturas que interpretaron la propia Mercedes León junto a Adelfa Calvo, Laura Baena, Joaquín Núñez, Juanma Lara y Pedro Casablanc.

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
—¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
—Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.

Ángel González

ÁNGEL GONZÁLEZ
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EL RAISUNI, VISTO POR EL HISTORIADOR LARACHENSE CARLOS TESSAINER

El Raisuni, aliado y enemigo de España, es un completísimo y muy intenso estudio sobre el siempre singular y atractivo personaje del Cherif Muley Ahmed El Raisuni, escrito por el historiador larachense Carlos Tessainer y Tomasich, que se reeditó felizmente en 2015 por Librería Hispania Ediciones, y que ampliaba y completaba la anterior del año 1998 de la editorial Algazara.

Carlos me dedicaba mi ejemplar en ese 2015 con estas palabras: “Para Sergio, al que le hace tanta ilusión como a mí esta nueva edición sobre El-Raisuni. Con un fuerte abrazo, el autor. Carlos Tessainer”. Y es verdad que lo celebramos sabiendo cuánto esfuerzo le había supuesto este trabajo. Por esa razón, vuelvo a traer a mi blog este magnífico libro.

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Reproduzco unos párrafos del capítulo titulado Colaboración del Cherif en el repliegue de Yebala. Muley Ahmed y Abd el Krim: enfrentamiento entre sus nacionalismos (1924-1925). Son un botón de muestra de la calidad y hondura del trabajo de investigación llevado a cabo por Carlos Tessainer, a lo que se une su narrativa que hace la lectura amena y fresca:

“…El 23 de agosto de 1924, tuvo lugar una conferencia en Tazarut entre el intérprete Cerdeira, Muley Sadic Raisuni (entonces Ministro de Hacienda del Majzen de la zona norte) y el Cherif. Cuando Clemente Cerdeira remitió al Alto Comisario un comunicado <personal y reservado> en el que resumía lo tratado en la entrevista, hizo constar que Muley Ahmed se encontraba en cama desde hacía un año, aquejado de grave enfermedad.

El Raisuni expuso que no dudaba en que recobraría el prestigio que por culpa de su enfermedad había disminuido. Valiéndose de él y de su fuerza, sometería la insubordinación de los cabileños sublevados ante lo que simbolizaba orden y gobierno.

Opinaba el Cherif que a los yebalas no les guiaba sentimiento patriótico ni religioso alguno, solo su ambición, por la cual había que ganarles. Para ello necesitaba dinero, pero no queriendo que España corriera con los gastos, pedía un empréstito por un año, que se lo hiciese el Estado español o una Compañía; él respondería con la hipoteca de sus fincas. La suma no debían entregársela en su totalidad, sino que fuera depositada en un Banco, de donde se extraerían las cantidades conforme las fuese necesitando. Una vez dominadas las cabilas, ellas pagarían la deuda.

Con este dinero pretendía ganarse a su causa a los cabecillas más relevantes y eliminar a otros. También crear una milicia voluntaria y limitada de cabileños, puestos al servicio del Majzen y que se impusieran a los rebeldes que quedasen.

Bajo su punto de vista, la pacificación consistía en un desarme general, dejando en cada cabila el menor número posible de hombres armados, constituidos en guardia permanente de sus respectivos territorios, bajo su responsabilidad personal y colectiva. El Mando militar español se quedaría en lugares estratégicos, estableciéndose en ellos fuertes destacamentos de manera permanente.

(…) A principios de septiembre de 1924, y siguiendo el plan de <semi abandono>, comenzó el repliegue de Yebala. A partir de entonces, puede afirmarse que la suerte de El Raisuni estaba echada. Como más adelante será expuesto, su alineamiento con los intereses españoles y sus negativas a las llamadas de Abd el Krim para la sublevación, fueron su pérdida.

(…) Los cierto es que El Raisuni no vio con buenos ojos el repliegue español. Tal vez porque lo creyó un error, pero también porque comprendió que se quedaba solo ante el enemigo…

(…) Desde comienzos de 1924, Abd el Krim logró formar un poderoso ejército con el que se proponía, no ya solo la independencia del Rif, sino adueñarse de todo Marruecos. El repliegue del ejército español hizo parecer que España renunciaba a su lucha contra los rebeldes. El sometimiento de las cabilas del Rif y Gomara, era algo que el jefe rifeño había conseguido. Ya hacía bastante tiempo que inició una activa propaganda sobre Yebala: ahora, la deserción de la mayoría de los seguidores de El Raisuni (cansados de su tiranía y contrarios a su colaboración con los españoles) y el repliegue español, motivaron que la mayoría de Yebala se uniese a la causa de Jattabi.

En este punto, cabe preguntar: ¿hubo algún tipo de relación entre los dos jefes marroquíes?, ¿existió algún intento para que el Cherif se sumase al levantamiento generalizado contra España?

Puede afirmarse sin lugar a dudas que Abd el Krim intentó por todos los medios conseguir que El Raisuni se sumara a su lucha contra la ocupación española. Todas las fuentes consultadas hablan de la correspondencia que en aquellos momentos ambos mantuvieron. Los originales de la misma no han sido hallados.

En un informe titulado <Ataque a Tazarut por las huestes rifeñas enviadas por el cabecilla Abdelkrim el Jatabi en 1 de Rayab año 1343 (27 de enero 1925) contra el Xerif Muley Ahmed Ben Mohamed El Raisuni, redactado según se afirma en el mismo por un familiar suyo (y recogido en septiembre de 1928 en un informe de la Central de Intervenciones de Larache), el mencionado pariente cita textualmente algunas de las cartas intercambiadas entre ambos, que evidencian la tirantez de relaciones.

Cuando Abd el Krim comprendió que el Cherif no se sumaría a la revuelta, le amenazó con atacar Tazarut, <Madrid de Yebala>, como lo llamaba. Según el mencionado informe, El Raisuni trató de convencer al rifeño de que depusiera su actitud:

<<Cierra tus ojos oh Fakih y recapacita y considera que este es un mar imposible de vadear. Tu norma de hacer la guerra no es la más legal, para hacerla como Dios aconseja, es preciso primero, respetar a tus hermanos en Dios, segundo respetar las leyes, respetar los bienes Habus. De esta forma podrás hacer la guerra al cristiano y Dios clemente te ayudará, además la pintura desaparece y no queda más que la realidad>>.

Abd el Krim le contestó:

<<Sabed oh Xerif Muley Ahmed que nos hemos dado cuenta de que vos solo aspiráis a la grandeza, arrojando a vuestros hermanos sobre el lodo inmundo de los cristianos. Vuestro amor a ellos es público, el olvido que habéis hecho de vuestra religión musulmana es público y notorio también para grandes y chicos, habéis arrojado a los musulmanes que creían que vos erais como ellos a los mares de las desdichas. En pago a ello, pronto, muy pronto iremos contra vos y contra aquellos cristianos que intenten defenderos. Este es nuestro último escrito a vos>>.

El Cherif indignado le contestó:

<<Nada puedo decirte, oh Fakih El Jatabi. Para nadie se oculta mi valía y mi poder, para nadie se oculta también tu proceder y tu ascendencia (…). El tiempo será el encargado de demostrarte que tu proceder es inhumano>>

(…).”

Como decía más arriba, libro intenso, detallista y revelador de quién fue, cómo actuó y qué motivaciones hicieron del Cherif Muley Ahmed Ben Mohamed El Raisuni uno de los personajes más polémicos y a la vez más sugerentes de la Historia de Marruecos.

Sergio Barce, mayo 2021

Sobre este mismo libro (y sobre su edición primera) ya escribí sendos artículos en su momento, cuyos enlaces os dejo por si fuese de vuestro interés:

https://sergiobarce.blog/2015/05/09/el-raisuni-aliado-y-enemigo-de-espana-un-libro-del-escritor-larachense-carlos-tessainer-y-tomasich/

https://sergiobarce.blog/2012/03/20/el-raisuni-aliado-y-enemigo-de-espana-un-libro-del-escritor-larachense-carlos-tessainer/

 

 

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