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EL LIBRO PREFERIDO

Aquí están casi todos mis títulos publicados. Y siempre me he preguntado cuál de ellos es el que ha gustado más a mis lectores, así que lo pregunto. Decidme cuál de mis novelas o libro de relatos es vuestro favorito. Necesito las respuestas antes del día 25 de diciembre.

Cuando se cierre el plazo, haré un sorteo con quienes hayáis contestado y el ganador recibirá un ejemplar gratuito del libro que desee. Este mensaje aparecerá en Instagram, Facebook y en mi blog. Felices fiestas a todos.

Los títulos por los que podéis votar son: Sombras en sepia, Paseando por el zoco chico, Una sirena se ahogó en Larache, Una puerta pintada de azul, El libro de las palabras robadas, Malabata, La emperatriz de Tánger y El laberinto de Max.

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«HORAS MUERTAS», UNA NOVELA DE JOSÉ A. GARRIGA VELA

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Galaxia Gutenberg ha publicado Horas muertas, la última novela de José Antonio Garriga Vela, uno de los autores que siempre menciono cuando me preguntan por alguna referencia de narrativa española actual. Fascinado siempre con sus historias y artículos, especialmente con Pacífico, que siempre recomiendo como novela modelo y de historia casi perfecta, me he sumergido ahora en esta nueva obra que, particularmente, me ha parecido una rara avis en su producción narrativa. Con evidentes puntos de conexión con otras de sus novelas, en especial con Muntaner, 38, a la que nos traslada cada vez que aparece el padre del narrador, también hay un salto al vacío y un arriesgadísimo ejercicio de estilo. La narrativa de Garriga Vela se reconoce desde los primeros párrafos (un arranque de novela fascinante y ejemplar), pero ha optado por un juego de espejos casi surrealistas a veces y eso requiere de una lectura atenta y concentrada, una complicidad con el lector que debe dejarse arrastrar por sus cambios temporales y espaciales.

Como decía, su primera página ya es un alarde de escritura cuidada y pulida:

«Me cruzo con Krauel por una  calle de Dublín siete años después de su muerte. Lleva una gabardina con el cuello levantado y anda cabizbajo sin fijarse en nada. Al oír su nombre levanta la mirada sin reconocerme, como si los fantasmas no tuviéramos memoria. Lo observo caminar despacio calle arriba con el cansancio del bañista que alcanza la orilla tras vencer la resaca y el vago deseo de dejarse arrastrar por la corriente. Quizá la pesada carga del olvido lo haya convertido en un hombre solitario que se obstina en buscar algo que hace tiempo perdió para siempre. El primer impulso es seguir sus pasos, pero me contengo. No quiero resucitar al amigo que desea permanecer muerto. Al afirmar que no me reconoce lo digo con la ingenua intención de justificar su conducta. No me siento ofendido por el hecho de que pase de largo, cuando existe complicidad entre dos personas no es necesario dar explicaciones ni siquiera en los momentos más delicados. Hay quien resuelve los problemas durmiendo, se acuesta y al día siguiente lo contempla todo de manera distinta. Krauel lleva más de siete años dormido y no está dispuesto a permitir que nadie le obligue a despertar de repente. La mañana que Sofía llamó por teléfono para comunicarme la noticia de su muerte intuí que el suicidio era un señuelo que él mismo había tramado para que lo dejáramos tranquilo…»  

La historia de unos guionistas de series televisivas que, en su día a día, mezclan sus historias inventadas con las de sus propias vidas y con las vidas de quienes han transitado en sus pasados. Y escribe:

«Me atrevería a decir que casi todo el mundo lleva una doble vida para no morir del todo»

Esta escueta frase en la página 71 es todo un resumen de esta novela a contracorriente, compleja sin duda, armada con varias <matrioskas> conectadas como vasos comunicantes y que se van abriendo una a una en cada uno de los pubs irlandeses en los que ubica cada uno de los capítulos, un acierto en su red de mentiras y verdades. Porque en eso consiste esta novela, en mezclar verdades y mentiras, personajes reales y ficticios, en historias que ocurrieron en el pasado y que se desarrollan en el presente junto a otras que solo existen en la imaginación de los protagonistas mientras afrontan sus vidas y las de sus creaciones televisivas. Guiños constantes al cine clásico y a James Joyce y a su Ulises y a Dublín. Hay mucha cerveza en sus páginas, y mucha literatura. Narrada al son de una música que bien pudiera haber compuesto Tom Waits, parece escrita en la barra del The Brazen Head con una pinta delante que nunca se acabara. Garriga Vela construye un mundo único, irreal, caótico a veces, hipnótico siempre. Ya sabemos que usa un viejo metrónomo para encadenar sus palabras, para atarnos a sus frases amansadas y pensadas al milímetro. Pero en esta ocasión, además, jugándosela contra todo pronóstico, aunque con un as guardado en la manga.

Sergio Barce, diciembre 2021

  

JOSE ANTONIO GARRIGA VELA & SERGIO BARCE
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EN EL DÍA DE LA INDEPENDENCIA DE MARRUECOS

Hoy se celebra el Día de la Independencia de Marruecos. Estoy leyendo, entre otros libros, la nueva El cónsul francés, novela de mi amiga y paisana Cristina Martínez, ambientada en su totalidad en Larache. Y con ocasión de la efemérides de hoy, me permito reproducir unos párrafos de su libro ya que hacen mención al origen de este día:

«Me tendí en el sofá del salón para no quedar por mentirosa y puse la radio para distraerme. Estaban hablando del nuevo sultán, llamado Mohamed Ben Arafa. Me acordé entonces de la charla con doña Mimí y me picó la curiosidad. Necesitaba enterarme de lo que estaba sucediendo. Fui donde doña Benita y ella me lo explicó.

-El sultán exiliado es Mohamed Ben Yusséf -me explicó doña Benita-, y le han obligado a marcharse de Marruecos.

-¿Por qué?

-Porque desde que sucedió en el trono a su padre, Muley Yusséf, ha sido díscolo con las autoridades francesas, y además por las repercusiones de su discurso.

-¿Qué discurso?

-El que pronunció en 1947 en Tánger pidiendo la independencia de Marruecos.

-De eso hace muchos años, ¿no?

-En efecto, hace ya seis años, no obstante, con ese discurso encendió la llama independentista y su demanda se está estudiando en la ONU con el apoyo de los Estados Unidos de América.

Nos quedamos pensativas.

-En fin -concluyó doña Benita-, con esa proclama y con su indocilidad ha colmado la paciencia de los franceses, quienes han terminado por derrocarlo y echarlo del país.

Me volví a mi casa mohína. ¿Qué tendría que ver mi profesor con todas esas maquinaciones?, me pregunté desconcertada…»

El cónsul francés ha sido publicada por Ediciones Alféizar.

 

 

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PORTADAS

Como hoy no tengo demasiadas ganas de escribir, haré uso de las fotos de las portadas de mis libros que mis amigos y lectores me envían con tanto afecto. Una manera de invitaros a leerlos.

 

FOTO DE MARÍA ORTEGA
FOTO DE CONSUELO HERNÁNDEZ
FOTO DE MARÍA SIBARI
FOTO DE NAIMA HAYAT
FOTO DE ISABEL FLUXA
FOTO DE SALVADOR LÓPEZ BECERRA
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«EL RENEGADO», UNA NOVELA DE ANTONIO ABAD

 

De nuevo una novela del escritor melillense afincado en Málaga, Antonio Abad, me ha sumergido en una trama original y distinta; ambientada en Marruecos, sí, pero con un conocimiento profundo de sus gentes y de su tierra, lo que hace más gozosa la lectura. Más gozosa y más real. Ya me ocurrió con su magnífica novela Quebdani, que siempre recomiendo, porque es de esos libros que se le quedan a uno en el interior y que rumiamos una y otra vez. Ahora, con este nuevo título, El renegado, ocurre algo parecido. Tarda uno en desprenderse de Dalmiro, su protagonista, un español, un cristiano, que huyendo de la pobreza en Melilla tras un hecho luctuoso acaba por vivir con unos rifeños y, durante años, tratará de convertirse en uno de ellos. Antoni Abad, sin embargo, no se muestra nada complaciente con su personaje, y con los pies en la tierra nos plantea la dificultad que supone para un rumi el tratar de ser admitido como un igual entre los rifeños.

“Una vez en Amarach asistí al sepelio de un pariente de Yilali. Yo no disponía de lienzos para envolver el cuerpo de Farid, ni tenía suficiente agua para lavarlo, ni aceites ni perfumes; solo tenía una manta y un poco de agua con la que primero rocié sus cabellos, luego su cara, su pecho, sus piernas, sus manos, hasta llegar a los pies. No me costó mucho cavar un agujero porque la tierra era blanda, aun así el dolor que sentía por la muerte de mi amigo me mermaba las fuerzas y a cada azada que golpeaba en la tierra (una azada que afortunadamente encontré) era un golpe que yo mismo me daba en mi corazón. Todo el tiempo estuve llorando y cuando al fin arrastré su cuerpo hasta el fondo, recostado sobre el lado derecho y con su rostro mirando hacia La Meca, el siguiente paso fue aún peor. La tierra que tenía que cubrirlo la iba echando poco a poco y caía con un sonido oscuro, como si cada paletada renunciara a servir de impacto sobre aquel cuerpo que tan vilmente había sido masacrado. Al terminar, tuve la sensación de haber estado plantando un árbol, un árbol sin tronco, sin ramas, sin hojas, solo sus raíces debían quedar sepultadas para siempre. Luego busqué una piedra y la hinqué a la altura de la cabecera. Era una piedra blanca, pesada, que recogí de los escombros del morabo; una piedra para señalar su tumba, sin flores, sin nombre, y junto a la piedra una lata vacía que llené con agua para que bebieran los pájaros.

Cuando al final, acepté reconocerme en su recuerdo, las palabras que tenía que pronunciar no me salían. Tampoco conocía ninguna plegaria en amazigh como despedida de este mundo. El pecho se me había encogido; en la garganta se me había hecho un nudo y no paraba, silenciosamente, de llorar.

No sé cuánto tiempo estuve en aquella situación, carcomido por el lamento y la compleja soledad que me embargaba. Era la segunda vez que me enfrentaba a la muerte, a esa desconocida noche que nos instala en una paz permanente cerrándonos los ojos sin misericordia para no abrirlos jamás.

Un silencio expectante escudriñaba las ramas de los árboles que ningún aire movía. El sol se había ocultado detrás de un grupo de nubes. Pasaron pájaros. Sin darme cuenta, cuando fui a despedirme de Farid, me santigüé. Fue un acto instintivo que troqué, rápidamente, con un Allahu Akbar (Dios es grande). <Descansa en paz>, también le dije. Pero su dolor era ahora mi dolor, y su rabia y su venganza tenía que hacerlas mías. No podía dejar que su aliento y su espíritu se quedaran allí, pudriéndose como él bajo la tierra. Tenía que llevármelos conmigo. El Rif me reclamaba para que sus sueños se cumplieran.

Fue lo que le prometí -ya sin llanto- delante de su tumba…”

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El protegido, además de una novela de aventuras, tanto personal como colectiva, plantea un recorrido histórico por los años inmediatos a la independencia de Marruecos y a la lucha del Rif por alcanzar su independencia, la represión de los llamados años de plomo llevaba a cabo por el rey Hassan II, la actuación de la guerrilla rifeña, las lealtades y las traiciones… Es como recorrer la historia del país durante esos años tristes y duros de la mano de un cronista que deambulara por los escenarios con una cámara de cine, grabándolo todo. Nos transmite además la miseria de esas tierras, la injusticia de un sistema corrupto, la desafección entre las tierras del Rif insurgente y rebelde y el desprecio de la élite gobernante de Rabat.

Pero esta novela también es un pequeño ajuste de cuentas de Antonio Abad con la Historia, en especial, del trato sufrido por esos españoles que, nacidos en Marruecos, pese a su amor y respeto por el país, nunca pudieron sentirse completamente integrados y aceptados. Un tema que Antonio y yo hemos hablado largamente y en el que coincidimos en muchas cosas.

“…Por qué con toda nueva gente con la que me tropezaba siempre me contaba alguna historia de todo lo malo que habíamos hecho los españoles por estas tierras. A qué venían tantos reproches. Ya se lo dije un día al propio Farid, ¿qué tenía que ver yo con todo aquello? Me encogí de hombros porque la duda o mi ignorancia no me permitían llegar a ninguna conclusión que no fuera mi continuada extrañeza ante su inesperado arrebato de acusarme con viejos agravios.

Ahmed volvió a cogerme del brazo esta vez con más fuerza, como si necesitara mi apoyo para no caerse, y me dijo:

-Aquel día el zoco, como siempre, estaba muy concurrido. De pronto, por el cielo surcaron tres aviones Bristol arrojándonos un buen número de bombas, e incluso hicieron uso de las ametralladoras cuando la gente intentaba refugiarse donde buenamente podía sin que les importara que fueran mujeres o niños. Eso fue un jueves de febrero de 1926.

Hace una pausa y calla como si el silencio le ayudara a poner en orden los resortes de la recordación. Observé entonces su cara como si fuera otra persona, con desánimo, calculando la medida de un tiempo que se obstinaba en permanecer invariable, y el hombre que fue y el que es ahora parecían estar mirándose en el mismo espejo como si entre ellos el único muro que los separaba fuera el de la lástima. No traté de hacerle ningún tipo de pregunta y dejé que él siguiera desahogándose por los otros aspectos de la historia.

-Es verdad -prosiguió- que Abdelkrim estaba perdiendo la guerra, por eso no se comprendía que se hubieran ensañado con una multitud inocente, a no ser que lo hicieran por pura venganza. Hubo muchos muertos y muchos heridos. Primero se oyó un rugido inmenso que atronaba los cielos y luego el estampido de las explosiones. Yo me encontraba en un puesto de carne y a poco todo el zoco olía a carne quemada. Espantado por lo que estaba sucediendo, perdido, ciego, corrí desesperado, apretando los dientes, entre gritos y derrumbes hasta que un impacto de metralla me impactó. Caí al suelo en medio de aquel desorden. Todo el mundo huía despavorido hacia ninguna parte, gritando como locos, buscando donde protegerse de las balas suicidas que tamborileaban sobre sus cabezas. Cuánta rabia sentí por lo que estaba ocurriendo. La desolación era total. Los muertos y los heridos fueron incontables. Muchos padres perdieron a sus hijos y muchos hijos perdieron a sus padres. Cuánta gente también, sin brazos, sin pernas, que quedaron mutilados para toda la vida. Bajo aquellas columnas de humo que ascendían desde los puestos calcinados de los vendedores, el zoco parecía la entrada del infierno. Recuerdo que no podía respirar. La sangre me brotaba, una sangre viscosa, caliente, sucia. Cuando los aviones se marcharon alguien me ayudó a levantarme, pero a poco perdí el conocimiento. Desperté en otro lugar lleno de vendajes. Con el tiempo aquellas heridas se curaron, pero no las de mi corazón.

Nada sabía yo de lo que acababa de contarme. En mi casa cuando se hablaba de la guerra con los moros solo se mencionaba la masacre que había hecho en monte Arruit cuando salieron huyendo del desastre de Annual y que por eso no nos tendríamos que fiar de ninguno, por criminales y traidores.

El rostro de Ahmed de repente palideció. Parecía que acababa de adivinar lo que yo estaba pensando, pero, precisamente por eso quise alejar de mí cualquier conjetura que me afectara. Quién era yo para juzgar esos hechos en uno u otro sentido. El mal era la guerra producida por el odio viniera de donde viniera. Se lo dije:

-No tendría que haber ninguna guerra.

Ahmed volvió a mirarme. Lo hizo recriminándome lo iluso de mi pronunciamiento, y mientras caminábamos, desprendiendo una sonrisa mustia, como si la urgente necesidad de apoyarse en mi brazo le fuera necesario, continuó:

-…pero quién lo iba a pensar. La historia volvió a repetirse. Esta vez no eran aviones españoles, sino aviones marroquíes. Que Alá los maldiga y castigue con las llamas del infierno. Sus bombas mataron a dos de mis hermanos. A uno de mis sobrinos la metralla le arrancó una pierna. Tiene ahora mas o menos tu edad. Él no puede huir a las montañas para unirse a la insurrección con el grupo de Izem, pero me ha jurado que hará todo lo posible para vengar la muerte de su padre.

Yo guardé silencio y al mismo tiempo miraba al cielo porque me parecía que los designios de la fatalidad podían repetirse por esos caprichos del destino que hace que los males siempre recaigan sobre los mismos. Afortunadamente por el cielo solo flotaban las nubes; y Ahmed, dándose cuenta de mis barruntos, esgrimiendo una disuelta sonrisa por mis posibles temores, me dio una palmadita en la espalda y me señaló uno de los puestos del zoco en donde tomar un buen vaso de té.

Estando sentados, el ajetreo y el bullicio que se expandía en nuestro entorno era incesante. Ahmed había venido al zoco a comprar, pero también a verse con alguien…”

Disfruto de las novelas ambientadas en Marruecos cuando percibo que su autor conoce a los marroquíes y conoce al país, mientras que me producen cierta urticaria esos otros que, con una breve visita, se convierten en especialistas de un país cuya cultura e idiosincrasia es muy difícil de asimilar y a veces de comprender. Se necesita una vida para ello. Y El renegado es de esos libros que te abren el país en canal.

También me ha parecido muy interesante y original cómo Antonio Abad ha sabido engarzar la trama de su historia y la vida de sus protagonistas con los atentados que ocurrieron en Tetuán y luego el de Sjirat en julio de 1971. Eso lo hace aún más verosímil, trenzando sabiamente realidad y ficción, alma mater de una buena novela histórica o ambientada en un período concreto.

Una excelente novela para revisitar toda esa época y entender algo más lo ocurrido en el Rif y los sentimientos de quienes luchaban por la independencia de ese territorio.

El renegado ha sido editado por la Consejería de Educación, Cultura, Festejos e Igualdad de la Ciudad Autónoma de Melilla.

Sergio Barce, agosto 2021

 

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