
“Resulta un placer conocer <la ciudad ficcionada> a través de esta mirada literaria que la recrea con gran sensibilidad. Una geografía ya inexistente, con un nivel de detalle que parece fantasmagórica. Larache es, en cierto modo, un estado de ánimo. Y así se suma a otras ciudades literaturizadas (como Vetusta, Macondo, Comala, Liliput, el reino de Camelot…).
En la prosa de Sergio cobra especial relieve todo lo sensorial de Larache, adonde vuelve una y otra vez: los colores (la luz), los olores (la brisa), los sabores…. Es una rica manera de procesar la información <sensorial y sinestésica> (con una adjetivación rica y variada).
El lenguaje es singular, <barciano>: se crean términos como <larachensemente> (que viene de su libro Paseando por el Zoco Chico, pp. 189 y 198) que le gusta y retoma, se utilizan palabras como azaque, candora, anafe (horno portátil) y arabismos o términos en dariya (recogidos en un glosario al final).
En la obra de Sergio se aprecia no solo la influencia de sus lecturas sino también de todo el cine que ha visto y que sigue viendo sin cesar, como siempre cuenta en su blog y en sus conversaciones. De ahí el resultado de muy buenas imágenes literarias, como fotos fijas (en movimiento). También el tiempo está bien delineado: se fija. El manejo del tiempo es lentísimo, circular, a veces agobiante… Y percibo también un ritmo interno en el manejo de ese tiempo. Cómo retoma memorias y vuelve atrás, a lo que vivió de niño, es la sensación de un tiempo lento, parado, con detalles fugaces, congelados, de un tiempo detenido <larachensemente> que también conecta con la sensación de luces y sombras (de aspectos mejorables, de asuntos atávicos). Y lo hace de la mano de personajes sencillos, con vidas corrientes sin grandes proezas, que pasan la vida en el zoco chico o que desean conocer /sueñan con conocer el mar (qué bello), que resultan memorables enfundados en sus chilabas (en foto fija).
Son cuentos emotivos (los personajes, muy bien construidos, muestran sus emociones, lo que les mueve como humanos) y con ellos se idealiza el pasado hacia el que Sergio Barce se siente gran nostalgia. Con frecuencia son personajes vistos desde arriba, con tono agridulce y cierta compasión por su drama humano y su vida simple. Pero el afecto se aprecia sobre todo en los homenajes a su padre, a su madre, en sus declaraciones de amor a Marruecos donde vivió una infancia feliz, con la inocencia de un niño que vivió en un microcosmos donde existía todo lo necesario para ser feliz…”
LA OTRA IMAGEN
Brígida caminaba trabajosamente ayudándose del bastón que la sostenía a duras penas. Llevaba ya tres años con ese artilugio con el que mantener la verticalidad si no quería volver a partirse una pierna o, peor aún, la cadera, lo que sería su sentencia de muerte. Le parecía increíble, casi inverosímil, que ya la hubiesen condenado a depender del bastón, el anuncio de que, más pronto que tarde, habría de cambiarlo por un andador con cuatro ruedecitas, fácil de empujar y, sin duda, más seguro. Avanzó unos metros preguntándose dónde había abandonado a su juventud, cómo era posible que los años hubiesen huido de ella a tanta velocidad. Se detuvo jadeante a la entrada de una tienda de muebles, con una puerta escoltada por dos columnas y sus recargados capiteles, y Brígida miró al escaparate. Su figura encorvada se reflejaba en un espejo que allí se exponía. Parpadeó incrédula, y meneó la cabeza. No, esa no soy yo, masculló con rabia, y creyó dar una larga zancada para alejarse de esa imagen impertinente e insultante. No, esa no soy yo, repetía en una letanía de desasosiego clavando el bastón a cada nuevo paso.
Sergio Barce
