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MÁLAGA – 1 DE JUNIO – PRESENTACIÓN DE LA NOVELA «LA BELLEZA», DE MIGUEL TORRES LÓPEZ DE URALDE

La belleza

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Este próximo miércoles, 1 de Junio, tengo la suerte de presentar la novela de Miguel Torres López de Uralde, La belleza, reciente Premio de narrativa Francisco Ayala. La presentación será a las 20.00 horas, en el Centro Andaluz de la Letras, calle Álamos, 24, de Málaga.

«Veneraba la belleza desde joven y casi nunca tuvo escrúpulos en gozar de ella cuando las circunstancias se los permitieron. Sentía que la belleza iba irremediablemente unida a la juventud: No hay nada más soberbio que lo recién estrenado, había escrito. Por eso siempre había puesto sus ojos en mujeres mucho más jóvenes, tal y como le sucedió con Ada.»

 

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«EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», DE SERGIO BARCE

Aquí tenéis el primero capítulo de mi novela El libro de las palabras robadas (Punto de Vista Editores, 2016). Una historia que navega entre Málaga y Tánger, una historia en la que el pasado irrumpe en el presente y, lo que parecía inamovible, es dinamitado por los secretos que afloran de manera violenta e inesperada.

Espero que estas primeras páginas, os inciten a seguir leyendo la novela…

ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS

Moses Shemtov estaba de pie dándome la espalda con las manos metidas en los bolsillos y las piernas entreabiertas, su figura achaparrada silueteada contra el ventanal. Presumí que, desde la privilegiada atalaya de su consulta, sus ojos se perdían en el boulevard: el mirador con los viejos cañones vigilando el mar, la boca del puerto, su pasado glorioso. Apenas me había dirigido unas palabras, pero yo sabía que mi inesperado regreso le había alegrado.

−Dime, ¿quién era ese cuarto espectro que viste tras tu madre? −preguntó quedamente al girarse.

Nos miramos. No iba a decírselo y él lo sabía. Cuando sacó el móvil, dejé de respirar unos segundos como si mi sangre se hubiera congelado, y noté que algo en mi vida llegaba a su final, que ya no habría vuelta atrás. Pero hasta ese momento las cosas no habían sido tan fáciles.

Comencé a hablarle por primera vez del asunto varias semanas después de que Sara sugiriera que lo visitase, cuando ella comprendió que, pese al códice, si no hacía algo al respecto nuestro pequeño mundo podría llegar a quebrarse en cualquier momento. En esos instantes mi relación con Sara parecía naufragar sin remedio, y yo, por supuesto, no estaba dispuesto a que las circunstancias nos vencieran, quería luchar por ella, tenía que vencer por ella. Merecía la pena, era lo único que realmente merecía la pena porque ya sabía entonces que Sara lo significaba absolutamente todo para mí.

Las sesiones anteriores habían servido para tantearnos, para que Moses Shemtov se hiciera una idea de con quién bregaba. Le costó trabajo ganarse mi confianza, pero una vez que lo hubo logrado mi incontinencia verbal fue mi válvula de descompresión. Era un hombre listo, experimentado, aunque me resultaba extraño que siguiera ejerciendo en la ciudad. No había podido librarse de su embrujo, supongo, y con setenta y tres años seguía ahí, al pie del cañón, pese a las habladurías.

Le conté a Moses que había encontrado a mi madre recostada en un diván de cuero, con un vago aire de melancolía, vestida tan solo con unas enaguas blancas de encajes bordados a mano y con una fina medalla de oro al cuello. Y que también la había visto en ropa interior, arrebatadora. Le conté que siempre llevaba el cabello suelto y lacio sobre sus hombros desnudos, como una modelo de los sesenta que posara para David Hamilton. En las ocasiones en las que ella había aparecido, lo había hecho con no más de veinticuatro años, la edad con la que me tuvo. La sensación que me producía era como la de estar observándola mientras se movía en el interior de un diminuto acuario. Si me hablaba, jugueteaba con el pelo enredando las puntas entre sus dedos, que luego se deshacían solas. También le confesé que, en todas esas veces que la había descubierto en el interior del espejo de mi dormitorio, había tenido la sensación de que mi madre tenía la piel más blanca de como la recordaba, quizá porque ahí era más joven, y que sus labios irradiaban una sensualidad excesiva. Fuera como fuese, lo cierto es que, salvo la primera vez que sucedió, cuando terminábamos de hablar no me planteaba si podía tratarse de una alucinación o no, simplemente era algo que ocurría, sin más; y esos encuentros dejaban un sabor dulce en mi boca.

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Moses me miraba ahora sentado frente a mí, con las piernas cruzadas, sus ojos caídos protegidos por la montura de las gafas, moviendo entre los dedos su bolígrafo de oro. Hasta ese día no había conseguido nada en absoluto salvo mis confusas divagaciones, pero ahora todo era diferente.

−¿No crees que sería conveniente que comenzaras por el día en el que la viste por primera vez? Quiero decir por el día en el que te reencontraste con ella… −añadió frunciendo el ceño.

−Me parece bien –dije, asintiendo con la cabeza. Y me puse a hablar…

Ágata (nunca la llamamos mamá) resurgió el mismo día en el que su marido, mi padre, amenazó a una mujer con robarle el bolso y se presentaba mi tercera novela. Fue un día de enero, desapacible, con las nubes bajas y encapotadas en un cielo gris. Había una especie de tristeza natural que deslucía el color de los edificios, y las calles aparecían inusualmente solitarias. Recuerdo que habíamos llegado a la consulta del doctor Cascales cinco minutos antes de la cita fijada, aunque no entramos hasta una hora después. El tiempo se nos echaba encima.

Mi padre no paró de protestar desde que llegamos y se mostró especialmente inquieto con algo que yo no era capaz de adivinar. Cuando le preguntaba qué le ocurría, se limitaba a refunfuñar y a mirar para otro lado.

Yo tenía que estar a las ocho y media en la Librería Proteo, no podía fallar a la presentación de mi propia obra, así que también me pasé buena parte de la espera mirando al reloj. Damián no me acompañaría, no lo había hecho con las dos primeras novelas así que tampoco podía esperar un cambio a estas alturas. Mi padre no me perdonaba que para firmar mis libros hubiese eliminado su apellido… Él se llamaba Damián Urrea… En fin, yo prefería utilizar el de Ágata: Vázquez. Cuando comencé a hacerlo pensé que era un bonito homenaje a mi madre y a su mujer, pero él nunca supo apreciarlo.

La cita con el oculista la había concertado mi hermana Silvia mucho antes de que supiéramos que ese mismo día El libro de las palabras robadas comenzaría a dar sus primeros pasos, de manera que había decidido cumplir con el trámite del especialista y luego marcharme de inmediato al acto. A eso de las siete menos veinte llegó por fin nuestro turno.

Me incorporé, dejando la gabardina junto a mi padre, para seguir a la enfermera por el corredor. Damián vio cómo me alejaba alzando apenas los ojos de la revista de decoración que ojeaba sin interés desde hacía una hora. Me di cuenta de que él clavaba sus ojos en las piernas de la mujer que estaba sentada en el otro sillón de la sala de espera, con tal fijeza que ella se removió en el sillón. También intuí que le había dedicado alguna palabra entre dientes, pero lo vi hundir de nuevo su mirada en el mobiliario de las casas americanas de la Florida.

El caso es que, cuando el doctor Cascales terminaba de comprobar mi visión, y ya me guardaba en el bolsillo de la camisa la cartulina con mis nuevas dioptrías, la puerta se abrió de golpe y la enfermera asomó la cabeza visiblemente alterada.

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CELEBRANDO EL DÍA DEL LIBRO… Y LOS QUE VIENEN

Nada mejor que leyendo…

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PASEANDO con... HANANE HAYANI

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PASEANDO con... SONIA MORENO

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LA EMPERATRIZ con... SAFIA ABAHAJ

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Portada SOMBRAS EN SEPIA

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PASEANDO Y LA EMPERATRIZ con... ANGELA GARCIA SALAZAR

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UNA SIRENA con... MORAD EL JAOUHARI y MÓNICA LÓPEZ

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LA EMPERATRIZ con... SALVADOR LOPEZ BECERRA

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POR AMOR AL ARTE - portada

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EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS PVE

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PUNTO DE VISTA EDITORES PUBLICA «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS» DE SERGIO BARCE

Se acaba de reeditar mi novela El libro de las palabras robadas por Punto de Vista Editores. La nueva edición es en libro digital, en los dos formatos habituales: epub (para lector digital, e-reader, convencional) y mobi (para kindle).

Una nueva forma de acceder a mi obra. José Luis Ibáñez Salas ha hecho un trabajo de artesano.

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Tenéis toda la información en el siguiente enlace:

http://puntodevistaeditores.com/tienda/el-libro-de-las-palabras-robadas/

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«CUALQUIER VERANO», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Cualquier verano es el relato que escribí en mi primera colaboración con la «Generación Bibliocafé», para el libro de cuentos colectivo Sesión continua (Jam Ediciones – Valencia, 2013).

La orden de nuestro centurión, Mauro Guillén, fue que escribiésemos un relato relacionado con el cine, y que al final recomendásemos una película. Yo me incliné por Un profeta (Un prophète, 2009) de Audiard. 

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Os dejo con mi cuento, y con uno de aquellos veranos inolvidables de vacaciones, cuando viajaba de Larache a Málaga para ver a mis abuelos…

Sergio Barce, marzo 2014

CUALQUIER VERANO

   Pudo ser cualquier verano de aquellos años. Pongamos el del 71. Verano del 71 (casi el título de una película). Con el verano llegaban las vacaciones, y con las vacaciones el obligado viaje a Málaga para pasar unas semanas con mis abuelos. Cruzábamos el estrecho en el Ibn Battuta. Recuerdo que desembarcábamos en el puerto de Algeciras, tras una larga travesía desde Tánger. Entonces todo era más lento, y todo estaba más lejos. Me acuerdo que desde popa veía a los delfines dar saltos sobre las olas mientras perseguían a nuestro barco. Ya apenas hay delfines.

   El Renault 10 de mi padre, con matrícula marroquí y Sigue leyendo

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