FOTOS DE CINE – 32

Clark Gable y Burt Lancaster. Supongo que se tomó durante el rodaje de la película Torpedo (Run silent, run deep), dirigida por Robert Wise en 1958.

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Si Clark Gable fue el «rey,» Burt Lancaster ha sido quizá el actor con la mejor y más brillante carrera de la historia del cine. Décadas rodando buenas cintas y con excelentes trabajos de interpretación. Desde su primer largo Forajidos (The killers, 1947) de Robert Siodmak, que ya era una obra maestra, hasta su último trabajo en la muy interesante producción para televisión Enfrentados (Separate but equal, 1991) de George Stevens Jr., en un gran cara a cara con Sidney Poitier. Fue, además, productor independiente, arriesgándose a financiar cintas nada comerciales, como Chantaje en Broadway (Sweet smell of success, 1957) de Mackendrick, o Los que no perdonan (The unforgiven, 1960) de John Huston. Y ahí están sus papeles en cintas inolvidables: El temible burlón (The Crimson pirate, 1952), De aquí a la eternidad (From here to eternity, 1953), Veracruz (1954), Duelo de titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957), Mesas separadas (Separate tables, 1958), El fuego y la palabra (Elmer Gantry, 1960), Vencedores o vencidos (Judgment at Nuremberg, 1961), El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, 1962), El gatopardo (Il gattopardo, 1963), Los profesionales (The professionals, 1966), El nadador (The swimmer, 1968), La venganza de Ulzana (Ulzana´s raid, 1972), Novecento (1976), Atlantic City (1980) o Un tipo genial (Local hero, 1983). Y fue dirigido por maestros del cine que, en su mayoría, repitieron con él: Robert Siodmak, Jules Dassin, Fred Zinnemann, Robert Aldrich, John Sturges, Alexander Mackendrick, Richard Brooks, Johm Huston, Stanley Kramer, John Frankenheimer, John Cassavetes, Luchino Visconti, Sydney Pollack, Bernardo Bertolucci, Robert Altman, Louis Malle, Liliana Cavani…

 

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2ª EDICIÓN DE «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS»

Hace ya unas semanas que salió la 2ª edición de mi libro El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal). Mi agradecimiento a quienes me vienen siguiendo desde el comienzo y quienes se van incorporando como lectores de mis obras. 

 

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LOS ALAUÍTAS: MULAY ISMAIL, POR GUILLERMO GUSTAVINO

Entre los libros, revistas literarias, periódicos y planos antiguos que colecciono relacionados con Marruecos, tengo un ejemplar de la Breve Historia de Marruecos, escrita por el bibliotecario valenciano Guillermo Gustavino Gallent, que llegó a ser director de la Biblioteca Nacional. Antes de ostentar ese cargo, fue el encargado de organizar en Tetuán la Biblioteca General del Protectorado, el Archivo Histórico, el Archivo General, el Archivo Fotográfico, la Hemeroteca y la Oficina de Distribución e Intercambio de Publicaciones. También fue profesor de Geografría e Historia de Marruecos y del Mundo Islámico, en el Centro de Estudios Marroquíes de Tetuán, y de Historia del Arte, en la Escuela Preparatoria de Bellas Artes de la misma ciudad. (Datos obtenidos de la base página web de la Real Academia de la Historia).

El ejemplar de su Breve Historia de Marruecos que conservo, fue editada en Larache, por la Editora Marroquí, en el año 1944, con ilustraciones de Carlos Gallegos, siendo su precio de 7 pesetas.

En el capítulo titulado Los Alauítas, Guillermo Gustavino escribió acerca del sultán Mulay Ismail lo siguiente:

«Mientras Marruecos se debatía en las convulsiones políticas de los sucesores del sultán El-Mansur, vivían en Tafilete unos descendientes del Profeta, de la rama de Muley Hasan. Hacia el 1640 el jefe de esta familia, Muley Mohamed ben Ex-Xerif, asume la soberanía de aquellos territorios y extiende su dominio por parte del Marruecos oriental.

Muley Er-Raxid, hermano de Muley Mohamed, huye de Sichilmasa donde reinaba este último y, después de múltiples peripecias para allegar partidarios, vence a Muley Ex-Xerif el cual muere en la batalla (1664).

Dos años más tarde domina la región del Rif y penetra en Fez donde es proclamado sultán.

Prosigue sus campañas y derrota a Gailán que señoreaba la región del Lucus; más tarde vence a los Dalaítas, se apodera de Marraquex y destruye el poder de los jefes religiosos de la Región del Sus. También domina Salé y utiliza en provecho propio la organización martítima de los piratas de dciha ciudad. Al fin en 1672 muere víctima de un accidente.

Muley Ismail, hermano del difunto sultán, sube al trono y su reinado de cincuenta y cinco años, señala el momento cumbre de Marruecos como nación.

Dotado de una fuerte personalidad, unía a sus características de sensualidad y violencia (atestiguadas por su prole innumerable y por una larga serie de víctimas), un conjunto de buenas cualidades como eran viva inteligencia, indomable energía, piedad ardiente y un gran interés por la independencia y el desarrollo económico de su país.

Durante cinco años hubo de luchar por el dominio del territorio marroquí tomando por fin al asalto la ciudad de Marraquex que entregó al saqueo. Todavía duró unos años la tarea de sofocar ciertos núcleos de resistencia menores. Entonces Muley Ismail tuvo completamente bajo su mando todo el Imperio.

Como instrumento adecuado para mantener su poder creó el sultán la célebre <guardia negra> que, sin arraigo racial en el país, le permaneció siempre fiel, aunque en lo futuro habría de originar graves disturbios interiores prevalida de ser la única fuerza organizada de la nación.

Una de las empresas a las que se dedicó Muley Ismail, dueño ya de los resortes del Imperio, es la de reconquistar las plazas litorales todavía en poder de los europeos. Aunque en 1673 no puede evitar que los españoles tomen el Peñón de Alhucemas, al año siguiente dirige un ataque a la plaza de Ceuta sin lograr su objetivo.

En 1680 repite sus ataques contra la misma ciudad así como contra el Peñón de Vélez, sin obtener resultados positivos. Sin embargo al año siguiente consigue apoderarse de La Mamora que solamente contaba con 160 soldados útiles y la población civil ascendia a 273 personas contando a las mujeres.

Siguiendo su lucha contra los europeos, en 1684 los ingleses evacuan la ciudad de Tánger, que poseían desde 1662 por cesión de los portugueses. El abandono de la ciudad obedeció no sólo a los ataques que desde 1679 le venía dirigiendo Muley Ismail sino también a razones de política interior inglesa.

Cinco años después el sultán dirige dos ataques contra Larache que se defiende firmemente. Por fin las fuerzas españolas abandonan la plaza. También los portugueses se ven obligados a evacuar Arcila en 1691.

Pese a los anteriores fracasos del sultán ante Ceuta, en 1694 Mulay Ismail inicia contra dicha ciudad un sitio, que con períodos de simpe bloqueo, habría de durar treinta y tres años, o sea hasta un mes después de la muerte del enérgico soberano. Igualmente en 1695 dirige contra Melilla un infructuoso ataque.

Menos afortunado fue el sultán con los turcos, pues si bien neutralizó en Marruecos las actividades de éstos, se vio derrotado cuando emprendió ofensivas contra ellos.

En el terreno diplomático Mulay Ismail mantuvo relaciones con las principales potencias europeas, sosteniendo el prestigio del Imperio; y en el orden interior organizó el gobierno en forma que, en sus líneas generales, se ha mantenido hasta la época contemporánea. Fijó su capital en Mequinez donde utilizó más de treinta mil obreros en la construcción de murallas, fortalezas, palacios y diversas clases de edificios con los que (según algunos autores) pretendía emular el Versalles de Luis XIV.

En 1727 muere Muley Ismail y con él se cierra un período de esplendor en la Historia de Marruecos…»       

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«EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS», DE SERGIO BARCE, SEGÚN MOHAMED EL MORABET

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Cuando el pasado día 10 presentamos en la Librería Antonio Machado, de Madrid, mi libro El mirador de los perezosos, las palabras que leyó Consuelo Hernández al comienzo del acto (la autora del óleo que sirve de cubierta al libro era la más indicada para comenzar precisamente hablando de esa imagen y del cuento que se inspira en ella) y las que luego dedicó Mohamed El Morabet a cada uno de los relatos que arman este libro, sé que a los asistentes les hizo despertar las ganas por leerlo. A mí me causaron un cierto efecto de fascinación, porque siempre es curioso descubrir lo que otros hallan en mis creaciones, como si dieran con el reverso de mis palabras o con lo que se esconde en lo más recóndito tras las historias que narro.

En cualquier caso, lo pasamos bien, nos reímos y nos emocionamos, y el público disfrutó tanto de Consuelo como de Mohamed, y espero que de algunas de mis ocurrencias.

En esta crónica, reproduzco las impresiones de Mohamed El Morabet, en lo que él había titulado para la presentación como “Decálogo ético de Tánger”, y que desgranó a medida que dialogábamos. En el próximo post, os ofreceré el texto completo de Consuelo Hernández sobre la interrelación entre su óleo “Tres mujeres en cabo Malabata” y mi relato “Cabo Malabata”. Y así se cerrará el círculo a la perfección.

Sergio Barce, 17 de febrero de 2023 

Mohamed El Morabet dijo cosas como éstas:

“Tánger es un hoyo. Este aserto no hace justicia a la ciudad, lo sé, aunque cada vez que la visito me invade un miedo irracional. Por temor a que me engulla, supongo. Después de pensarlo mucho, sospecho que la verdadera razón por la que no me gusta Tánger es porque no la conozco. O, más bien, la desconozco mientras que muchas de mis amistades parece que la conocen al dedillo. Esto ya lo señaló Orhan Pamuk respecto a Estambul: «La ciudad no tiene otro centro sino nosotros mismos». Después de leer a Sergio Barce y su fascinante libro de relatos, El mirador de los perezosos, renuevo mi aseveración y me quedo un pelín reconciliado. Su decálogo ético sobre Tánger sacude mi pereza y me invita a que sienta la ciudad algo mía también.

9 de abril

9 de abril, el primer cuento, me suena a las sesiones de James Lord con Giacometti. Con el añadido de encontrar en el otro a sí mismo. De ahí la grandeza del relato. El arte por sí solo no sirve de nada. Su magia e influjo sucede cuando interviene en tu vida y te conecta con los que te rodean. En este caso, Joao solo sabe mirarse a través de Saloua. El retrato que pinta es el punto de encuentro.

Boulevard Pasteur

Un cuento-paseo mediterráneo. Una road-movie urbana que transcurre en un día y en una vida. Empieza en el bulevar Pasteur y acaba en el mismo lugar. El autor se sumerge en la nostalgia de las pisadas del presente y del pasado. La ciudad es un decorado perfecto para la memoria y para espantar el olvido. La ciudad de las quimeras vista en un carrete de 24 de una cámara Leica.

Calle Josafat

Una historia de amor truncada en la adolescencia. Un juego hábil y sugerente de mezclar de forma simultánea, a veces, y alternándose, otras, el amor adolescente y el amor a una ciudad que ya no es. Muy logrado el diálogo con el viejo que confunde a Carlos con su padre Joaquín. «Los amigos van desapareciendo, sí», repite el anciano. Y es el tacto de Sergio Barce para decirnos que el amor, como los amigos, y como Tánger, también pueden desparecer si no los contamos.

Cabo Malabata

La maestría de Barce en este cuento reside en su capacidad de que todos los personajes de otros artistas se parezcan a él. Ahora matizo mis palabras. Las tres mujeres del cuadro de Consuelo Hernández podrían ser la cuna de un universo de historias posibles. Pero después de leer la vida que Sergio Barce ha otorgado a estas tres mujeres, y al volver a mirar el cuadro, descartamos el universo de posibilidades para quedarnos con esta versión como definitiva. El truco es sencillo: Barce imprime su amor a sus personajes. Después ya no hay manera de no amarlos. Pero tengo una duda seria: ¿Por qué elige sentarse en una silla de hierro oxidada cuando las tres mujeres están sentadas en una silla blanca Monobloc? (esta pregunta dio lugar a un divertido cambio de impresiones y de sugerencias)

Hafa

Un relato con una trama para una novela. Muchos personajes y bien construidos. El conflicto del padre ocultando su enfermedad. La madre sumisa con su hermano. Una hija adolescente que es el futuro de la familia. Un hijo bueno y fumeta, pero no buen estudiante y al parecer currante. La abuela entrañable en su relación con la amiga Raquel. El tío encarnando el mal como espejo del fracaso. Un tejido de conexiones familiares y de amistades estimulante. Una tensión narrativa muy sólida. Qué pena que necesite un desarrollo más amplio para dar cabida a todas las dimensiones de los conflictos que plantea. Y todos muy bien definidos. Qué gran primera frase, un comienzo de película.

Hotel Rembrandt

La sensación de desubicación que recorre el relato es perturbadora. Se traza una línea que separa el mundo interior, introspectivo, con la figura pública de un escritor reconocido y leído. Descubrir que la faceta de feriante de un escritor no es jauja y tiene su lado oscuro. Muy logrado el tono de la desmemoria solo con el lado expositivo del escritor, sin embargo, él sigue siendo él, sigue fijando su mirada curiosa en detalles que generalmente pasan desapercibidos. Y luego ocurre lo mágico: aparece Meriem, persona y personaje, la unión entre estos dos estados es el deseo. Porque el escritor que la ha creado, la ama y el escritor feriante no sabe por qué la ama, aunque intuye las razones. Meriem ejerce de faro o de luz al final del túnel, ayuda a sacar al escritor desmemoriado de su letargo e invitarle de nuevo al mundo real. Y lo maravilloso es que todo esto es ficción. ¡Grande, Delio! Perdón, ¡grande, Sergio!

Dar Niaba

Magistral la idea de empezar el deseo erótico con los pies de Amina. Más sabiendo que el protagonista se niega a ser un vendedor de babuchas. Los fetichismos siempre nacen de los monstruos que albergamos dentro. Lo demás, es una ducha caliente (ojalá hubiese sido fría) en el infierno. Ir en busca de los pasos del placer de gustarse mutuamente y encontrarse frente a una transacción gélida de decepciones. Contar las 238 zancadas de la pasión del principio se convierten en una factura de 200 dirhams del final. La desilusión en este cuento relámpago se cifra en una resta de 38 formas de no recordar momentos como lo vivido por el protagonista.

Beit Hahayim

Tengo la sensación de que Sergio Barce quiere que lo entierren en Marruecos. Al lado de Jean Genet y Juan Goytisolo, cerca del mar que lo vio nacer. «Los cementerios son el reverso del mundo», dice en este cuento. Y se adentra en el cementerio judío para no salir indemne. El regreso del escritor a Tánger, a Larache, a Marruecos, es una incursión en cómo vive la gente en este territorio que esculpió su modo de observar. Me transporta a una reflexión que hace Esther Bendahan en su novela Déjalo, ya volveremos: «Supo que uno es del lugar donde entierra a sus muertos». Estas reflexiones mejor desarrollarlas en una conversación regada con vino, querido Sergio. ¿Qué te parece? (Es lo que hicimos al acabar la presentación, que conste)

El mirador de los perezosos

Un relato tierno y duro. Resonancias respecto a la lucha contra la vejez de El viejo y el mar de Hemingway y respecto al hecho de aferrarse al primer amor de El amor en los tiempos del cólera de García Márquez. Un bildungsroman en trece páginas de infortunio que te hiela la sangre. Impagable la imagen de gloria fantasiosa con la mujer que ansía, poniéndose la bandera de la República del Rif como capa de superheroína. Al terminar de leer el cuento, te invade una rabia seca y ocre que solo se disipa al exclamar en voz alta, como Abdelkrim: ¡Hay que joderse, cojones!

Calle Siaghins

La salud mental en Marruecos, ese gran tabú. Siempre relegado al hogar y al cuidado de los familiares. La ausencia inclemente del Estado y la presencia amable de la camada de gatos. El amor fraternal entre Wydad y Omayma es sereno y silente. Siempre al borde de lo que no se verbaliza, siempre en el límite de las miradas esquivas, siempre en el abismo de las interpretaciones. Qué gran relato. Deja un sabor agridulce, entre melancólico y esperanzador, tejiendo una atmósfera del absurdo existencialista. Las dos hermanas por fin recuperan el sentido de la vida. Y tomando prestada la frase con que Albert Camus cierra su ensayo El mito de Sísifo diría: «Hay que imaginarse a Wydad Feliz».

Mohamed El Morabet

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CON MÁS LIBROS DE AMIGOS

Sigo colgando imágenes pertenecientes a mi biblioteca en las que alguna de mis obras acompaña a los títulos de buenos y queridos amigos escritores.

Hoy: mi novela El libro de las palabras robadasjunto a Larache. Poemas, de Mohamed Al Baki, y a Música andalusí, de Julio Rabadán. 

Mi libro de relatos Paseando por el zoco chico. Larachensemente, posando con Carta desde el Toubkal, de Pedro Delgado, y junto a Viajando por el Magreb Hispánico, de José Edery.

Y mi novela El laberinto de Max, junto a Miramar, de Carmen Enciso y Eloísa Navas; Yamna, de Said Jedidi, y Ras R´Mel, de Antonio Herráiz.

 

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