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«UN SOLAR ABANDONADO», UNA NOVELA DE MOHAMED EL MORABET

Llevo una racha de lecturas excelente. Hace días acabada El pasado simple (Le passé simple) de Dris Chraibi, y mientras andaba con De mujeres con hombres (Women with men) de Richard Ford, se me ha colado Un solar abandonado, de Mohamed El Morabet. Además, he tenido la fortuna de conocer a Mohamed en persona y hemos conectado. Después de leer su libro he comprendido la razón: nos une el mismo alambique en el que se destilan los sentimientos.

UN SOLAR ABANDONADO portada

El estilo de Mohamed El Morabet es elegante y silencioso. Con algo de “vilamatense”. Sabe dosificar con inteligencia las distintas piezas con las que juega en esta novela: la vida diaria del protagonista, Ismael Atta, su obligado viaje de regreso a Alhucemas después de años de ausencia, los relatos que se cuentan en la Dekka sin dientes (feliz reunión de cuentistas), el desasosiego que crea ese solar abandonado que da título a la novela, los libros de la abuela…

Silencio.

Trato de escuchar con atención las palabras escritas por Mohamed El Morabet.

Largo silencio.

Y mientras nos pasamos la pipa, con boquilla de mármol blanco norteño, llena de kif, me llegan por fin algunas frases:

“…Mi abuela, ¿sabes Laia?, me cuidó desde que cumplí los cinco años. Era taciturna, igual que tú. Ya te dije que tuvo dos libros en su vida, aunque era analfabeta. No sabía leer ni escribir. Y amaba aquellos libros. Los ojeaba por las tardes, después de sus maratonianas mañanas de ama de casa atareada. Me pasé horas y horas mirándolos con ella. Los primeros años de nuestra convivencia, cuando la veía cogiéndolos del primer cajón de la estantería del salón, donde guardaba las servilletas, me acercaba y me acurrucaba a su lado, para disfrutar con ellos también. Ahora mismo que te estoy contando esto, me viene a la memoria el olor a alheña, con que se embadurnaba y teñía semanalmente el pelo para luego dejarlo bien cardado, y asimismo resucita en mí el aroma a especias, con que condimentaba todos los platos que cocinaba, tayines sobre todo. También me invade el olor del alcanfor que depositaba en las estanterías y que luego habitaba esos libros. No te puedes imaginar cómo me embriagaba de niño esa mezcla de perfumes, esa explosión de fragancias sigilosas. Ahora que lo pienso, creo que fue el olor de mi infancia por excelencia.

¿Qué por qué te estoy contando todo esto? Pues, porque así puedes llegar a conocerme, Laia. Estoy buscando algo, mi verdad supongo. Y si tú me vas a conocer, deseo que me estimes en mi esencia, con toda mi epifanía sembrada de una libertad absoluta. Sin mi abuela soy un espejismo, Laia. Ella hizo que mi vida tuviese un cuerpo y un destino. Pasábamos horas y horas juntos, sin decirnos nada. Nos mirábamos con amor. Sentía su fuerza, su cariño, sabía que sus miradas me cuidaban y que ella velaba por mí. Nunca me lo dijo y siempre lo supe. Su vida, después de haber muerto el abuelo, adquirió sentido cuando me fui a vivir con ella. Yo era la razón que retaba su soledad, su angustia, sus miedos…”

Un solar abandonado me ha llevado de regreso a mi tierra. Creo que de manera inevitable. Su abuela es mi abuelo. Alhucemas es Larache. Su niñez es mi niñez. Su solar abandonado es mi callejón sin salida. Su relato de un regreso es mi relato de otro regreso. Nos unen incontables hilos invisibles. Como si pudiésemos escribir a cuatro manos historias paralelas. Algo emocionante sin duda.

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SERGIO BARCE, ABDELLATIF BOUZIANE, MOHAMED EL MORABET Y PEPE SARRIA

Pero como ya adelantaba antes, además de esa hermosa historia entre el protagonista y su abuela, teñida sin embargo por una inesperada desilusión (que no desvelaré, por supuesto), Mohamed El Morabet apuntala su novela con otros elementos tan inesperados como enriquecedores: sus constantes remisiones a escritores a los que admira y a los que enhebra hábilmente en su propia historia, su cinefilia (que también me es tan próxima), su atracción por el jazz, los temas musicales que menciona o las canciones que acompañan a muchas de las escenas narradas, el propio viaje con Marta, los cigarrillos (parece que incluso en esto compartimos alguna obsesión narrativa), su fino humor, los cuentos que relatan los amigos reunidos alrededor del té y del kif… Esos amigos que, aunque no le explicite Mohamed El Morabet, acaban siendo los últimos halaiquís… (Tengo que hablar con Mohamed, porque incluso su encuentro con Juan Goytisolo es de un paralelismo casi borgiano con el que yo mantuve con él en Tánger).

Ya casi no quedan halaiquís, es verdad, pero El Morabet los recupera para nuestro deleite. Fascinantes todos los cuentos que inventa, o no inventa, para regalárnoslo en su novela. El primero, el que narra el “hereje” de Ismael, comienza así:

“…Un joven de unos veinte años, huérfano desde los seis, había nacido en una ciudad sin mar. Una ciudad sin mar, ni lago ni río. Un vagabundo la visitó por error y la bautizó Contraisla. Y son ese nombre se quedó. En Contraisla fue criado nuestro joven por su tío paterno soltero. Él sentía agradecimiento y cariño por su tío. Su tío sentía lástima y despecho por él. Algunos días, el joven se ponía feliz con lo mínimo que le rodeaba, y en esos días, Contraisla parecía una isla en medio de un inmenso océano. A los doce años, un día de esos de felicidad, pudo leer El viejo y el mar de Hemingway. No la entendió, pero anheló el mar y tuvo un deseo: llegar a pescar con caña alguna vez en su vida.

Era finales de verano. Un verano largo, duro y seco. Nunca antes había vivido un septiembre tan tórrido y denso como ese. Y se propuso cumplir su deseo después de ocho años. Fue al zoco y compró una caña de pescar con el dinero que había ahorrado.

Tenía todo. Tenía todo menos dónde pescar. Pensó. Suspiró. Se rascó la cabeza y, al final, decidió. Se le ocurrió pescar en el pozo del cementerio…”

Buen anzuelo el pozo del cementerio para encadenarnos a sus historias, a las que nos cuentan esos amigos entre largos silencios, bebiendo té y fumando kif con una pipa, con boquilla de mármol blanco norteño…

Me han embaucado muchos pasajes de esta novela, y los he disfrutado como si formaran parte de mi propia vida. Hay magia en las palabras de Mohamed El Morabet, como si fuese un cuentacuentos que escribiese poemas en medio de la plaza, y que los escribiera a voz en grito. Un solar abandonado es conmovedor y es agridulce, es cándido y es maduro, acaricia el alma, pero encoge el corazón.

Hay tanto en común en estas páginas con muchos de mis relatos y con algunas de mis novelas, que creo habitar en las páginas de esta novela. Me ha llegado profunda y sinceramente. Ha calado en mis sentimientos.

Mohamed, vayámonos a ese solar de Alhucemas (o a mi callejón sin salida de Larache) y volvamos a jugar al fútbol con una pelota vieja. Regresemos pese al dolor.

Sergio Barce, mayo 2019

Un solar abandonado, de Mohamed El Morabet, ha sido publicado por la editorial Sitara, dentro de la colección Fragua de Kulub, en 2018.

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MOHAMED EL MORABET

 

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«EL PASADO SIMPLE» (Le passé simple, 1954), UNA NOVELA DE DRIS CHRAIBI

A Dris Chraibi, nacido en El Yadida en 1926 y fallecido en Crest (Francia) en 2007, se le considera el padre de la literatura marroquí moderna (aunque escribía en francés, una de las ventajas de estos escritores que pueden narrar en árabe, francés o español, y no por ello pierden su condición de creadores marroquíes). Estudió química en París, pero posteriormente se interesó por la neuropsiquiatría, la literatura y el periodismo, y produjo programas de televisión y fue profesor de literatura del Magreb en la Universidad de Quebec.

El pasado simple cubierta

Su primera novela fue El pasado simple (Le passé simple) de 1954, novela que hoy traigo aquí. Se trata de un retrato duro y sin concesiones del Marruecos bajo el Protectorado francés. El protagonista, llamado Dris, como el propio autor, vive en un mundo lleno de contradicciones difíciles de arrostrar. Por un lado, la relación con su padre, el Hach Fatmi Ferdi, un déspota, autoritario e inflexible, que rige su vida bajo los dictados del Corán, y que somete, humilla y maltrata tanto a sus hijos como a su mujer. Por otro, el propio Dris, un joven que ha de enfrentarse a esa autoridad para sobrevivir, y que, sin embargo, es animado por su propio padre para que estudie y se forme en un colegio francés. Además, por su aspecto físico, es normalmente confundido con un cristiano. Este detalle que introduce Dris Chraibi en su alter ego es el que utiliza para mostrar esa lucha entre la tradición y la costumbre y el deseo de progresar y romper con el pasado. Además, le permite introducir un tema interesante cual es la de la relación entre los colonos y los nativos, la amistad entre los burgueses franceses y los marroquíes que aspiraban a salir de su entorno, y el encontronazo que se produce entre las dos sociedades.

Junto al padre y al hijo, los hermanos, el tío, la madre. Todos ellos personajes fundamentales para entender el proceder de uno y de otro. Y planeando sobre ellos la tragedia, que aparecerá de la manera más cruda y sangrante en sus vidas.

Dris Chraibi narra con un pulso endiablado. Con un vocabulario rico y con una estructura elaborada. Es sin duda un escritor fascinante. Es hábil al retratar a los personajes. El padre, al que siempre se le llama Señor, representa la peor cara del país. Usa el Corán para someter a los demás siempre usando su interpretación más intransigente y, sin embargo, es capaz de desviar el camino en su peregrinación a La Meca para estar con prostitutas y gastar el dinero de la familia.

Son extraordinarios los pasajes que dedica a los días de Ramadán en los que se desarrolla la historia, con descripciones ricas en detalles, como el siguiente:

“…Salí a la calle, llevando una alfombrilla verde, vestido con chilaba y tocado con un fez.

-La noche vigesimoséptima es una noche de revolución -me había dicho mi tío.

-Una noche de fe – añadió Kenza.

-La Noche del Poder ( N.del T.: Laylatû lqadr, la noche del destino o la noche del decreto divino. Se trata de la vigesimoséptima noche del Ramadán en la que, según la tradición, todos los deseos son otorgados) -dijo mi madre.

Estaba chupando un dátil, el último que le quedaba del kilo que había traído el Señor de Medina. Preguntaron a la vez:

-¿A dónde vas?

-No lo sé -contesté-, a dar una vuelta por ahí, a callejear, a fumar y a beber en una taberna, tal vez entrar en una mezquita y en ese caso rezar a quien se me ocurra. Los negocios paternos todavía se resienten, no lo olvidéis.

Era la Noche del Poder. Un ulema de los Karauin había encendido un cirio de cera virgen al atardecer, y cuarenta alminares rutilantes de bombillas azules, amarillas, rojas y verdes se habían iluminado, cuarenta gargantas habían gritado la llamada a la fe, el contenido de las tiendas se había vaciado precipitadamente en las calles, mercados y andrajos perfumados con sándalo e incienso, y los que no creían creyeron, los que se arrastraban echaron a andar, surgían petardos y bengalas, transformándose en hogueras de leña por encima de las cuales saltaban, como se salta a la comba, agarradas de la mano o en corro, chiquillas y viejas, sin acordarse ninguna de que habían tenido hambre, sed, frío, calor, dolor en el alma y miseria en el cuerpo, y que la vieja había sido la chiquilla, y que ésta a su vez sería la vieja, desdentada, ajada, oliendo a estiércol, a reclusión, a clavo y a orina, y los mendigos en hordas engrosadas con los que lo serían mañana, que atravesaban la muchedumbre como los narcisos de nieve, llevando serones, cestos de palmito y sacos de yute en los que normalmente la caridad islámica debía verterse en monedas, pero en los que solamente caían higos agusanados, nueces podridas, trapos, restos viscosos de las cazuelas, zapatos viejos, ropa vieja, vuelve el año que viene, ya han pasado veinte de tus hermanos; secuencias temporales: esas manos que -tendones blancos, hoyos azulados entre tendones, nerviosas y despavoridas- reciben un mendrugo de pan y luego se transforman -dignas de una dina y de un calor humano- cuando llevan ese mendrugo a otro mendigo, que carece de pan y que solo tiene muñones, o es un lisiado sin piernas atado a un mojón de la esquina por miedo a que se le antoje echarse a rodar como un tonel y se pierda como un niño en este cataclismo de ruidos y vidas; secuencias también en ese par de ojos de granuja clorótico, en los que se plantan y se injertan sobreexcitaciones, luces y estruendo, y los cierra, como mi madre había cerrado los suyos en el autocar de Julio César, y se pregunta si no será que Dios, a la luz del cirio de cera virgen, ha dado rienda suelta a todas las criaturas del infierno para que confraternicen con los ángeles en esta Noche del Poder…”

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No hay respiro en esta novela. Asistimos página a página a la evolución de Dris. Primero sumiso, aterrado ante la figura omnipresente del Señor, su padre, y luego, a medida que avanza la trama, rebelde y furioso con esa vida y con el destino que le ha tocado, enfrentándose al fin de manera violenta y vengativa a su padre. Algo que parecía inevitable desde la primera línea. Pero Dris Chraibi lo narra de manera que todo va in crescendo y la tensión se palpa en diversos momentos, como en la siguiente escena que se desarrolla entre padre e hijo y que parece desembocar en una segura tragedia:

“(…)

Apagué el cigarrillo.

-¿Ya no le gustan las metáforas?

-¿A dónde quieres ir a parar?

-Estamos en ello.

Mi colilla todavía se podía fumar. Tres o cuatro bocanadas le traen sin cuidado; y a mí me harán mucho bien. La vuelvo a encender.

-Aún podemos llegar a un acuerdo. Estoy dispuesto a olvidar todo lo que ha sucedido. ¿Qué digo?, ya lo he olvidado todo. Dispuesto a comerme las habas, a no dormir si le parece, a permitir a su esposa la transcendencia que está esperando -mírela: se ha engalanado- y mañana renacerá Dris, su hijo, y Dris, su esclavo. Con la condición…

-¿Condiciones? ¿A nosotros, condiciones? ¿Pero de quién se están burlando aquí?

Nos levantamos al mismo tiempo. Y mientras su tarbús rueda por el suelo, y yo apago el centímetro de colilla con los dedos, me pregunto si el mendigo se ha marchado, por qué el reloj no toca ya, qué hora puede ser, y si el gato ha decidido morirse.

-Con la condición…

-Nada de condiciones, ni de chantajes.

-¿Acaso va a soplarme encima y convertirme en cenizas? Ya no creo en las mil y una noches. Con la condición, digo, de que se resigne a cambiar su teocracia en paternidad. Necesito un padre, una madre y una familia. Y también indulgencia y libertad. Y si no, haber limitado mi enseñanza a la escuela coránica. Habas, esperas, oraciones, servilismo y mediocridad. Una ligera reforma que podría concederme, sin que por ello se atente contra soberanía puesto que sigo bajo su tutela. El borrico ha crecido y ahora necesita tres sacos de avena. Y no intente persuadirme de que precisamente usted no ha dejado de ser un padre fuera de serie, algo que yo no he dejado de ignorar. Porque le respondería que ese tarbús que nos separa es una calabaza. Bueno, ¿qué?

-¿Y si no?

-Si no, el segundo filo de la navaja. ¿Sentado o de pie?

-De pie, perro.

-Como usted quiera, un perro que lo va a morder. Pero antes reflexione. Confío en usted. Usted es inteligente, muy inteligente, inteligentísimo. Y sé que no tolera, no ya la idea de que me haya rebelado contra su autoridad (lo hice desde los cuatro años, usted lo sabía y lo aceptaba), sino que esta rebeldía haya podido alcanzar su objetivo. ¿La teocracia musulmana? La cuarta dimensión. Sin embargo, usted tiene que haber oído hablar de Atatürk. Si continúa revistiéndose con la toga de su intransigencia, habrá un segundo Atatürk. Aquí. Ahora mismo. ¿He sido claro?

He entrecortado las palabras, gritándolas o susurrándolas, me trae sin cuidado, y además eso no es lo esencial. Cincuenta y ocho años, barba negra, calvo, y buena presencia, reducido a sí mismo, lo quiero mucho. En Europa hubiese sido un mediocre tendero o un íntegro funcionario.

-¿Has terminado?

-Creo que sí.

-Sal.

Esa breve palabra arrojada con la punta de los labios: igual que un salivazo.”

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DRIS CHRAIBI

Es sorprendente comprobar la actualidad de esta novela. Publicada en 1954 sin embargo podría estar escrita hoy mismo. Dris Chraibi destila rabia en sus frases, elegantes y crudas a un tiempo. No hay censura en los temas que aborda: desde su denuncia a la hipocresía de la sociedad marroquí de la época hasta su revelación de la asfixia que causa la religión, desde su rechazo frontal a la autocracia y al patriarcado imperante hasta su crítica a la reprochable sumisión de la mujer, desde su acusación de la falta de libertad que vive Marruecos hasta su desprecio por los falsos santones, en fin, desde la crítica al colonialismo hasta su lamento por la vida miserable que soportan los más humildes… El abanico es amplio y denso.

Pero lo indudable es que El pasado simple es una novela magnífica, irreprochable, un grito de rebeldía contra la injusticia moral, política y religiosa. Una novela que hay que reivindicar.

Gracias, Alberto Mrteh.

Sergio Barce, mayo 2019

El pasado simple (Le passé simple) fue publicado en España por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo en 1994, con traducción del francés de Leonor Merino e Inmaculada Jiménez Morell.

El hombre del libro

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«CRÓNICA DE UN REENCUENTRO», PRÓXIMO LIBRO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

Próximamente saldrá a la calle el nuevo libro del escritor larachense León Cohen Mesonero: Crónica de un reencuentro. Como primicia, la cubierta.

Seguiremos informando… 

CRONICA... DE LEON COHEN

 

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«SEXO Y MENTIRAS. LA VIDA SEXUAL EN MARRUECOS», UN LIBRO DE LEILA SLIMANI

El sexo es un tema recurrente y fundamental en la narrativa de los escritores marroquíes. Hay están títulos como El pan a secas (Al jubz al-hafi, 1972) de Mohamed Chukri, Aixa, el cielo de Pandora (2007) de Mohamed Bouissef Rekab, El último patriarca (L´ultim patriarca, 2008) de Najat el Hachmi, Mi Marruecos (Mon Maroc, 2009) de Abdelá Taia, o No (2016) de Said El Kadaoui Moussaoui, por nombrar solo algunas de las novelas, diarios o relatos autobiográficos a los que he dedicado algún artículo.

El libro de Leila Slimani, Sexo y mentiras. La vida sexual en Marruecos (Sexe et mensonges. La vie sexuelle au Maroc, 2018) lo aborda sin embargo desde otra perspectiva con este interesante ensayo que nace de varias entrevistas que, a lo largo del tiempo, la autora realiza a mujeres marroquíes. Y el resultado es un retrato real y descarnado de la realidad sexual del país. Una realidad que se mueve en ese extraño y complicado equilibrio entre tradición,  religión, costumbres e hipocresía, y modernidad, libertad, ruptura y represión.

Sexo y mentiras portada

Nur, una de las mujeres entrevistadas por Leila Slimane, cuenta:

“…En mi oficina, por ejemplo, soy la única que no lleva hiyab. Trabajo rodeada de hombres. Un día me puse una falda corta, y tenía la impresión de ir desnuda. Fue horrible. No lo volveré a hacer jamás.

Antes, nos reuníamos las amigas en casa de alguna de nosotras y lo pasábamos bien. En un momento dado, la cosa cambió. Las reuniones se convirtieron en veladas religiosas, y todas me preguntaban las razones por las que yo no me cubría la cabeza. Había una especie de competencia, de rivalidad, para ver quién era la más piadosa. Me niego a que me impongan ese chisme en la cabeza. Mi madre lleva pañuelo, y no me molesta. Puede que llegue el momento en que yo me lo ponga, pero tiene que venir de mí.”

Leila Slimane no se limita a reproducir lo que le cuentan esas mujeres, algunas de ellas confesándose abiertamente por vez primera, sufriendo incluso al hacerlo, pero derrochando una sinceridad y un gran arrojo. Leila además analiza los gestos de sus interlocutoras, sus reacciones ante sus preguntas, interpretando sus silencios. El ejercicio resulta conmovedor en ocasiones.

La elección de los personajes entrevistados también es un acierto, porque abre el abanico desde las mujeres más humildes (simples amas de casa, una prostituta…) hasta profesionales o mujeres independientes (una administrativa, una doctora…). El espectro es amplio y eso hace que el retrato sea más contundente. Porque lo que rezuman estas páginas es la evidencia de que el patriarcado sigue campando a sus anchas en Marruecos, de que la vida diaria de la mujer marroquí sigue desarrollándose bajo normas y leyes pensadas para que la mujer continúe siendo un ser sumiso e invisible, de que pese a los evidentes avances de los últimos años aún estamos muy lejos de ver a las mujeres sentarse solas libremente en las terrazas de los cafetines o fumando mientras pasean o vistiendo faldas cortas o pantalones demasiado ceñidos… Las convenciones y la religión cayendo como losas sobre ellas.

En el capítulo titulado “Asma Lamrabet” (cada capítulo de este libro arranca con el nombre de la persona entrevistada o de la que Leila Slimane habla) leemos lo siguiente:

“…Los musulmanes cuentan con una larga tradición escrita, mantenida por los eruditos, que no ven incompatibilidad entre las necesidades del cuerpo y las exigencias de la fe. La literatura y el arte eróticos florecieron en el período que va de los siglos IX al XIII, mientras la civilización islámica estaba en su apogeo. Como me recuerda el escritor Tahar Ben Jelloun: <La mayoría de los adolescentes de hoy han leído El jardín perfumado del jeque Nefzaui, escrito en el siglo XIV a petición de un príncipe que quería saber cómo hacer el amor y obtener el máximo placer. No debemos olvidar que el texto comienza con la fórmula Bismillabi arrabman arrabim, es decir, En el nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo>.

(…) …Para el tunecino Abdelwahab Bouhdiba, que publicó en 1975 La Sexualité en Islam, una obra convertida en clásica, la visión severa, puritana y sombría de la sexualidad está en contradicción con el propio espíritu del islam. Para él: <Redescubrir el sentido de la sexualidad es redescubrir el sentido de Dios, y a la inversa. (…) Una sexualidad plena equivale a una libertad ganada>. En su libro, Bouhdiba recuerda una perspectiva olvidada de la sexualidad en el islam: la de una relación carnal jubilosa, placentera. Narra una cultura en la que el cuerpo no se niega ni se reprime y en la que el coito se asimila a un momento de oración. Según él, la solución no consiste en calcar el modelo occidental en las sociedades musulmanas. Hay que encontrar una tercera vía y liberar el sexo con la religión en lugar de contra esta.”

Leila Slimane

LEILA SLIMANE

Lo religioso lo impregna todo, y si la interpretación es estricta y restrictiva, la represión se hace casi insoportable. Leila Slimane no elude su posicionamiento y es crítica con esa sociedad machista que anula el desarrollo individual de la mujer marroquí. De entre esos personajes que retrata en su ensayo, quizá sea el de Malika el que más me ha conmovido. Malika le cuenta a Leila su dura lucha diaria por mantenerse como una mujer independiente, pero nada es fácil. Su soltería es ya un problema en sí misma. Relata Leila Slimane:

“…Si sigue soltera no es por casualidad. Malika parece haber sufrido muchos desengaños amorosos. <El tipo con quien yo salía, que estudió en el liceo francés, era muy abierto, muy comprensivo. Sin embargo, a la hora de casarse lo hará con una chica más joven que él, y virgen. Al mismo tiempo, se jactaba de acostarse habitualmente con prostitutas. Cuando me enfadé por su actitud, me dijo: “Eres una intolerante. Estoy en mi derecho de querer follar y a la hora de casarme elegir una novia virgen”. No lo consideraba como una esquizofrenia. Al igual que la de muchos hombres, su sexualidad es inmadura>. Malika ha repetido varias veces que los hombres tienen más oportunidades de elegir, aunque padezcan también esa hipocresía…

(…) En Marruecos es difícil para una mujer que no esté casada llevar una vida social; a partir de cierta edad, resulta imposible si no estás en pareja…”

Esta última frase de Leila Slimane es lapidaria, y me transmite una sensación de tristeza. Leer estas confesiones, sin embargo, nos devuelve la fe en la fuerza de estas mujeres. Mujeres que, en algunos casos, caminan a contracorriente, pero con una seguridad apabullante. Sin embargo, es evidente que queda mucho por recorrer y que el sendero está lleno de trampas y de peligros.

Sexo y mentiras abre una puerta que permanecía cerrada, y nos permite ser testigos de los sentimientos mas íntimos de estas mujeres a las que admiro profundamente.

Sergio Barce, mayo 2019

Sexo y mentiras. La vida sexual en Marruecos (Sexe et mensonges. La vie sexuelle au Maroc, 2018) está editado por Cabaret Voltaire, con traducción de Malika Embarek López.

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EN LA FERIA DEL LIBRO DE MÁLAGA

Dos jornadas estupendas en la Feria del Libro de Málaga 2019.

El sábado, presentación de  la novela Un solar abandonado, de Mohamed El Morabet. Un encuentro muy interesante, primero por la magnífica presentación que hizo del libro José Sarria, brillante como siempre, y por las explicaciones que nos dio Mohamed El Morabet, aleccionadoras para todos. Al comienzo del acto nos dio dos noticias, una buena y otra mala. La buena era que los ejemplares de su novela se habían agotado poco antes del comienzo del acto, la mala era que no había posibilidad de conseguir un ejemplar para quienes estábamos en la carpa para que el autor pudiera firmarlos. Pero lo cierto es que nos alegró a todos saber que su libro funciona y que volaba de las casetas de la feria. Deseando leer ya esa historia de un viaje de regreso de Madrid a Alhucemas. Prometo un detallado comentario de Un solar abandonado, en cuanto salga la segunda edición (esta misma semana).

Y el domingo, nos reunimos en la caseta de la Librería Proteo-Prometeo la mayoría de los autores que formamos parte del grupo de «manguteros», o sea, los que tenemos la fortuna de haber sido  llamados por Mitad Doble Ediciones y Ediciones del Genal para su colección de novelas cortas Manguta de Libros. Allí estuvimos Jes Lavado, Eloísa Navas, Herminia Luque, Presina Pereiro y yo. Y lo pasamos francamente bien, charlando de las elecciones, hablando de nuestros libros y firmando ejemplares.

Sergio Barce 

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Mohamed El Morabet y José Sarria (foto de la página de la Feria del Libro)

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Sergio Barce, Abdellatif Bouziane, Mohamed El Morabet y José Sarria

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Herminia Luque, Sergio Barce, Eloísa Navas, Presina Pereiro y Jes Lavado

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Nunca faltan los larachenses: Sergio Barce con Juan Picazo

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Herminia Luque firmando a otro narrador: José Luis Rosas

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Sergio Barce y José Luis Rosas

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