

“A veces notaba en algunas mujeres de mi edad el deseo de atraer su mirada según, pensé, una lógica simple: <Si le gusta a ella, es que prefiere a las mujeres maduras; entonces, ¿por qué no a mí?>. Conocían perfectamente su lugar en la realidad del mercado sexual, y que fuera transgredido por una de sus semejantes les daba esperanzas y audacia. Por irritante que fuera esa actitud de querer captar -discretamente en la mayoría de los casos- el deseo de mi compañero, no me molestaba tanto como el descaro con el que algunas chicas jóvenes coqueteaban con él delante de mí, como si la presencia a su lado de una mujer mayor fuera un obstáculo insignificante o incluso inexistente. Sin embargo, pensándolo bien, la mujer madura era más peligrosa que la joven, prueba de ello es que había dejado a una de veinte años por mí.”


“Calles, plazas, estanques, huertos, olivares y naranjales. El tío-abuelo sabía a quién pertenecían <aunque él no fuese el catastro>, aclaró con cierto regomello. Comerciantes, funcionarios, obreros, desocupados, ricos, pobres (éstos eran legión; la lista no se acababa nunca). También las que hacían negocio con lo que Alá les había puesto entre las piernas, debajo de las faldas. A quién debía de saludar el chico y con qué grado de deferencia; a quién decirle sólo <Alá te guarde>. Sin ir más lejos. <Y sin echarle demasiada fe a lo de Alá te guarde, intervino Fátima, no sea que el Señor te haga caso y tengamos hijo de puta para la eternidad>. <No se trata de un hijo de puta, mala lengua>, cortaba el tío-abuelo. Pero sin convicción. <¿Ah, no? Ese fulano te enreda todo lo que puede, habla mal de ti cuando le das la espalda, sus deudas duran más que las sequías, pero claro, para ti ese tío no es un hijo de la gran puta. ¡Pues a mí ya me lo parece!> <Mujer, para ser hijo de puta hay que tener una madre un poco rara…, como una perra movida. No es el caso de Alí>. (El interfecto se llamaba Alí, señal de identidad más bien imperfecta: ¡hay miles de interfectos que se llaman Alí!). <¿Y usted qué sabe? (Fátima empleaba el usted cuando su mala uva subía como espuma de leche.) Es cierto que yo no conocí a la madre de ese Alí de joven, cuando estábamos en Tánger, pero me tropecé mil veces con su tía, que hacía el puerto mañana, tarde y noche. ¿Quiere usted saber de lo que se quejaba? De que su querida hermanita la obligaba a trabajar en los peores cafetuchos. Mientras ella, la guapísima, madre del tal Alí, se reservaba para sí misma los salones de té del centro y los bares americanos de la colina. No, a mí el Alí no me las da con queso. ¡De tal palo tal astilla!>.”
«Morad empieza a sentir cierta inquietud. Algo le hierve por dentro. Su estómago ruge de hambre, se retuerce ante los efluvios dulces y calientes que emanan de todas las tazas. Una fuerza intangible y benévola dirige a Morad hacia la mujer. <¿No sabes que estamos en el mes de Ramadán?, ¿qué haces comiendo? Debería darte vergüenza>. A Morad parecen caerle las palabras del cielo. Siente la incomprensión de su gesto que surge de una forma tan fluida, tan sensata, tan llena de razón. Tiene la sensación de que todo proviene de un mundo inocente e imperturbable. Su tono y su velocidad mantienen el ritmo de una ceremonia iniciática de la que, por un breve instante, se cree maestro y artífice.
Morad permanece en silencio. La mujer lo mira sosteniendo la taza. Todo lo que viene después desencadena en él un sentimiento de caos que lo perseguirá todo el día. Ella esboza una ligera sonrisa, levanta la mano y dirige con impecable precisión la taza de café a su boca, tratándola como si fuera una ambrosía, ingiriendo su líquido sin apartar ni un segundo la mirada de los ojos de Morad.»
«…Domènech no dice nada. Parece estar ahí como quien pasea a solas. Morad se limpia las migas pegadas a sus labios enrojecidos y con la mirada pegada al suelo solo se le ocurre decir <es una mierda ser moro>. Domènech detiene el paso y Morad, que acaba de escuchar las palabras que han salido por su boca, es incapaz de articular un sonido más. Respira y levanta la vista hacia Domènech que lo mira con su calma particular. <Ser moro no es lo que hace que tu vida sea una mierda>. Morad asiente y en seguida se arrepiente de lo que ha dicho. Su pómulo derecho parece una pelota de papel de lija que pule su carne por dentro. <No pienses que por ser español las cosas te serían más fáciles>, sentencia Domènech que retoma el paso, <entre tú y yo no hay tanta diferencia. Eso es lo que mata al mundo, pensar que somos distintos.>