Archivo del Autor: sergiobarce

LA CUBIERTA DE MI NUEVO LIBRO

Ando atareado en la corrección y maquetación de mi nuevo libro de relatos con la ayuda de Nuria Ogalla (la mejor correctora y maquetadora, un portento y casi un prodigio; ahí está su trabajo en mi anterior obra Una puerta pintada de azul, que tanto se ha alabado por su exquisitez). Y ya tenemos la cubierta, que reproduce el maravilloso óleo Tres mujeres en cabo Malabata, cortesía de la pintora Consuelo Hernández, generosa con este detalle y, sobre todo, por regalarme su amistad. Creo que el resultado salta a la vista: una cubierta elegante y sobria, que combina esa imagen fascinante con un diseño de fuente en el título muy arriesgado y moderno. 

El libro se titula El mirador de los perezosos, y reúne un total de diez relatos, todos ellos ambientados en la ciudad de Tánger. Contiene además, como lema, unos hermosos versos de Isaak Begoña, igualmente generoso al permitirme utilizarlo. Sin olvidar la ayuda de Mercedes Dembo con la jaquetía.

Esperamos tener listo el libro en pocas semanas. Seguimos perfilando los últimos detalles.

Publica Ediciones del Genal.

 

 

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EN CÁDIZ FUE EL CAFÉ DE LA CITA

De nuevo mi primo Antonio me ha hecho llegar (hace tiempo ya) comentarios y recortes que fue encontrando sobre el café que arrendó mi bisabuelo Antonio Barce Fernández, que fuera portero de la plaza de toros de Cádiz. Los he ordenado para su comprensión, pero se puede ver mucho mejor en un extraordinario blog que dedica páginas a los cafés de Cádiz: Los fados de Pericón, cuyo enlace es   http://losfardos.blogspot.com/2014/01/los-cafes-de-cadiz-de-la-discusion.html

Y ahí está una parte de la historia de mis antepasados, rama paterna, de raíces gaditanas (la rama materna, que venían de Alicante y de Melilla, emigró mucho antes a Larache). Mi bisabuelo fue el arrendatario del famoso Café de la Cita (finales del siglo XIX y principios del XX) y aquí tenéis un poco de su historia:

 

ANTONIO BARCE FERNÁNDEZ
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LEYENDO A TÉLLEZ, CON PACO DE LUCÍA DE FONDO

Llevo aún pocas páginas del libro Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, biografía de Juan José Téllez. Pero lo estoy disfrutando, por ser un retrato tan hondo, tan humano y tan cercano. Siempre me ha gustado escuchar a Juan José Téllez cuando he tenido ocasión, porque aprendo con su rápido verbo y con las anécdotas inacabables con las que salpica sus intervenciones, pero también disfruto con sus artículos, con sus relatos (ahí está Profundo sur) y ahora con este libro sobre Paco de Lucía. Hago una parada en sus páginas para reproducir unos fragmentos que me han llamado la atención.

   “…<Nací con la guitarra en las manos>, zanjaba Paco.

No solo, sin embargo, fue instinto o genética. Algunos autores, como es el caso de Félix Grande, hablan de dos etapas primerizas en la relación de Paco con la guitarra. En un primer período, vería en ella una tabla de salvación para la modesta economía familiar, una suerte de aquel <sueño americano> a la española que, escribe Pohren, parecía reservado a los toreros y a los artistas. Pero, luego, Paco descubre la música, se erige en su sacerdote y convierte a su instrumento favorito en una suerte de médium para esa vieja alquimia de transmitir a terceras personas aquello que solo existe en las oscuras y personales regiones del espíritu.

Aunque cree que, al sacarlo del colegio, su padre solo hizo lo que le obligaban las circunstancias, hubo una época en que le acomplejaba el hecho de no haber completado estudios: <Hay situaciones donde echas de menos tener cultura, elocuencia en una conversación, estar al día en lo que sucede… Cada vez me pasa menos, con los años uno se acostumbra a ser y admitir lo que es. Cuando tienes dieciocho años quieres ser Supermán y, claro, de ahí vienen los complejos, los miedos y las timideces>.

Su padre, admirable, anacoreta y, en cierta medida, purista. Parece claro que nunca debieron de gustarle aquellos escarceos de su hijo por los paraderos del jazz y por los rumbos de otras heterodoxias musicales. <Cuando yo era niño todavía -confirma Paco, de viva voz- y empecé a componer mis falsetas, me acuerdo de que mi padre estaba medio en contra porque me veía un poco como un osado, como pretencioso. Pero, claro, ¿qué pasó? Había ya un orden preestablecido, una manera de tocar, unos esquemas para tocar la guitarra. Yo, de pronto, empecé a dudar de esos esquemas>.

Tampoco le gustaba a su hermano Ramón ese empeño suyo, esa búsqueda pertinaz, intuitiva y privada. Cuando Ramón de Algeciras le orientaba sobre las pautas que siempre le marcó el Niño Ricardo, Paco desobedecía: <Exacto, yo de pronto decía esto no es así, yo no lo veo así. Entonces, me llamaban chufla y me decían “este niño, ¿qué se ha creído?, este niño es pretencioso”. ¿Qué pasó? Que enseguida tuve un reconocimiento rápido. Mi primer disco solo, uno pequeño, lo hice con catorce años. Enseguida, los profesionales, la gente me lo reconocieron. Los guitarristas empezaban a hablar de mí y ellos veían que los demás empezaban a hablar bien de mí. Entonces ya dudaban de si lo estaba habiendo bien o no>.”

Sigo leyendo a Téllez, con la guitarra de Paco de Lucía de fondo.

Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, está editado por Planeta.

Sergio Barce, 29 de mayo de 2022  

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 7 – RAY, VIGGO, MADS Y PEPE, CUATRO ACTORES DE CINE

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GOODFELLAS: RAY LIOTTA junto a Robert de Niro, Paul Sorvino y Joe Pesci

Hoy ha muerto Ray Liotta, mientras dormía. Para quienes amamos el cine, su papel icónico en Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Martin Scorsese es inolvidable. Un gángster que se iba acelerando al ritmo frenético de la cinta, un tipo que, desde lo más bajo, llega a lo más alto para luego caer en picado. Un retrato de la mafia que es ya una obra de referencia. El problema de Liotta es que, junto a excelentes películas, rodaba verdaderas bazofias, y eso, al final, hace que su carrera se resienta y de que su nombre no ocupe el lugar que pudo haber alcanzado.

Le ocurría lo contrario de lo que han sabido hacer Mads Mikkelsen y Viggo Mortensen, que ayer aparecían juntos en el Festival de Cannes. Estos dos tipos, por el contrario, se han ido labrando una carrera impecable, cada vez más interesante. Mikkelsen, con inteligencia, tras despuntar en el cine danés, del que es el actor más sobresaliente, saltó al mercado internacional gracias a su papel del malvado Le Chiffre en Casino Royale (2006), uno de los mejores films de la saga Bond. A partir de ahí, Mads Mikkelsen ha interpretado buenos films en todos los países, pero nunca ha dejado de recalar en el cine de su país y ha seguido rodando con los mismos directores con los que comenzó, y eso se nota en los resultados que han dado paso a algunas obras maestras. Citaré solo dos: La caza (Jagten, 2012) y Otra ronda (Druk, 2020), ambas del gran Thomas Vinterberg. Luego están sus films dirigidos por Anders Thomas Jensen, que tanto me divierten, siendo además estupendas cintas.

Por su parte, Viggo Mortensen comenzó haciendo un cine ramplón, comercial, bastante malo, pero, poco a poco, tras muchos años de dificultades, fue girando hasta ser el impulsor de algunos proyectos fascinantes, como la maravillosa cinta Lejos de los hombres (Loin des hommes, 2014), de David Oelhoffen, una de mis películas de cabecera; la también sorprendente Captain Fantastic (2016) de Matt Ross o su excepcional interpretación en Green book (2018) de Peter Farrelly. También ha contribuido a esta escalada sus habituales colaboraciones con David Cronenberg, estando sobresaliente en Una historia de violencia (A history of violence, 2005).

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VIGGO MORTENSEN Y MADS MIKKELSEN en el Festival de Cannes 2022

Como decía antes, Ray Liotta, sin embargo, se embarcaba en proyectos que ni llegaban a las salas o directamente se editaban en vídeo, junto a cintas algo más interesantes como las rodadas para Guy Ritchie o Jonathan Demme. Todo un caos.

Ayer revisaba una vez más El cochecito (1960) de Marco Ferreri, ese extraordinario film que interpreta ese irrepetible actor que fue Pepe Isbert. Era una de las películas favoritas de mi madre. El guion de Rafael Azcona es un artefacto con muy mala leche. Su humor negro empapa cada escena y su final es tan seco y sorprendente que, aún hoy día, más de sesenta años después, sigue siendo de una crudeza áspera y temible. No le gustó nada esta cinta a la dictadura franquista y, claro, la censuraron.

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PEPE ISBERT en El cochecito

A Pepe Isbert también le ocurrió un poco como a Liotta, que hubo de trabajar en películas mediocres o directamente deleznables, pero la diferencia es que Isbert lo tenía que hacer para sobrevivir (como le ocurrió luego a Fernando Fernán Gómez y a tantos otros artistas españoles) y Liotta supongo que las rodaba porque le daba igual.

Ray, Viggo, Mads y Pepe. Cine.

Sergio Barce, 26 de mayo de 2022

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UNA FOTO DE FARID

Esta fotografía la colgó Farid Othman-Bentria Ramos, y en ella se entrelazan su bello poemario Rue des Scherezades, mi libro de relatos Una puerta pintada de azul, y la extraordinaria novela de Mohamed El Morabet, El invierno de los jilgueros. Nos unen a los tres muchas cosas: el estrecho, Marruecos, los recuerdos de infancias similares, el amor por la escritura, las risas, los paseos, las confidencias, la amistad. No es solo una simple foto de unas cubiertas. Tras ellas, hay mil historias como las que contaba Scherezade. Soy un privilegiado al compartir con ellos «…luz, mar y pasiones (por no hablar de sardinas)«, Farid dixit.

 

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