Archivo del Autor: sergiobarce

«PACO DE LUCÍA. EL HIJO DE LA PORTUGUESA», UN LIBRO DE JUAN JOSÉ TÉLLEZ

Juan José Téllez, el autor de esta profunda biografía, confiesa al final del libro que, cuando estaba acabando el texto de despedida que leyó en el entierro de Paco de Lucía, “llevaba encogida ya el alma y la garganta”. No me extraña. Porque yo, que no conocí a Paco de Lucía, también me he emocionado con esas palabras de Téllez dedicada al amigo muerto. Y es que, gracias a esta obra, uno acaba por conocer al maestro, por apreciarlo, por admirarlo ya no solo como artista sino como persona.

Juanjo Téllez, al enfrentarse a esta biografía, tenía la ventaja de haber sido amigo de Paco de Lucía, pero imagino que, por esa misma razón, el peso de la responsabilidad debió de abrir un profundo abismo, el lógico temor a defraudar su memoria o a la posibilidad de que no transmitiera todo lo que Paco de Lucía ha significado y significa. Sin embargo, lo ha logrado con creces. Disecciona toda una vida, desde su niñez hasta su muerte, con una franqueza y detallismo impresionantes, y nos sumerge de lleno en toda su labor creativa e interpretativa.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es paco-1.jpg

Paco admiraba a Sabicas, uno de los grandes guitarristas de todos los tiempos, pero por supuesto él fue a más. Sabicas vio actuar a Paco de Lucía siendo aún muy joven, y Téllez cuenta:

“….En julio de 1967, Sabicas decidió volver a España durante una temporada. Había sido invitado a participar en la IV Semana de Estudios Flamencos, celebrado en Málaga, donde se rinde homenaje a Manolo Caracol y Pastora Imperio. Acompañado de esta última, el 6 de agosto, Sabicas asiste a un concierto que ofrece allí Paco de Lucía. A lo largo del recital, según Eusebio Rioja, Sabicas <no dejó de removerse y gesticular de asombro y satisfacción mientras tocaba Paco. Al finalizar, espontáneamente subió al escenario y abrazó y felicitó con toda efusividad a un Paco de Lucía rojo de emoción y de azoramiento por tan inesperada y sorprendente reacción de quien era justamente considerado el mejor guitarrista flamenco de la época. Fue allí donde Sabicas dio el espaldarazo público y definitivo a Paco de Lucía>.

(…) José Díaz González, de sobrenombre Rebolo, quien trató a Paco desde muy niño, recordaba que conoció <al difunto Sabicas> una vez en Madrid: <Cuando a Sabicas se le mentaba a Paco, preguntaba: ¿Tú te imaginas a un niño de cuatro años que tenga cuarto y reválida? ¿A que es imposible? Pues ese es Paco con la guitarra.

José Luis Marín fue a verle actuar una vez a Málaga y estaba Sabicas sentado junto a su esposa, en la fila delantera: <Y yo veía a Sabicas dando botes en el sillón mientras Paco tocaba. Hasta que se levantó diciendo: Esto no hay ya quien lo aguante, y se salió, de tanto como le gustaba y le asombraba lo que estaba haciendo Paco.

<Claro -añadió Rebolo- que he visto reacciones parecidas, en otras ocasiones. Una vez, en Madrid, estaba Paco probando una guitarra en Esteso y hubo un guitarrista que entró, que escuchó a Paco tocar la guitarra, se pegó dos guantadas él mismo en la cara, y cogió y se fue>.”

El retrato es de un miniaturista. Gracias a este libro he conocido a Paco de Lucía. Su manera de tocar, su obsesión por la perfección, su amor y defensa del flamenco, su arrojo al buscar nuevas formas de expresión musical, su aliento vital, su parte más humana, llena de dudas, su timidez personal, su valentía artística, su posicionamiento político, sus mujeres, su relación con sus hijos y con sus nietos, su manera de ver la vida. Y junto a todo eso, que va conformando ante nuestros ojos al hombre privado y al personaje público, su relación con los otros artistas que han marcado su carrera, desde su padre y hermanos hasta Chick Corea, desde Camarón hasta Alejandro Sanz, desde Al di Meola a Vicente Amigo, toda una existencia pegada a una guitarra.

Y cómo lo admiraban los otros intérpretes. Basta este botón de muestra que recoge Téllez entre otros muchos para confirmarlo:

“Tomate recuerda al dedillo cómo y cuándo conoció a Paco: <Yo estaba trabajando en la Taberna Gitana, un tablao de Málaga, con trece años. Por entonces, Paco iba allí con Pepe el Marismeño y con Camarón. En una feria, lo vi. Toda mi generación, cuando le escuchamos, nos quedamos pillados todos. En aquellos entonces era una cosa tan grande, cuando empecé a conocerlo y venía tocándole a Camarón a Coín y alguien le preguntó por su ímpetu, si había dos guitarras en vez de una. Escucharle a él era una forma de escuchar la guitarra distinta, y de ahí para adelante todo el mundo nos enganchamos a Paco, el mejor de todos los tiempos. Entre todos no hacemos un Paco de Lucía. Tenía flamencura, melodía, ritmo y un don natural porque Dios lo hizo así para que lo tuviera todo junto>.  

<Lo cierto es que me incorporé a La leyenda del tiempo porque Paco tuvo que hacer una gira y Ricardo Pachón quería hacer el disco. Así que Camarón me dijo: <Venga, Tomate>. A mí me resultaba extraño, pero era tan joven que con el hambre que tenía no me di cuenta de lo que aquello supuso hasta que fui más mayor. Cuando terminamos el disco, yo le decía a Camarón: <Yo quiero tocar con Paco, José>. Entonces fue cuando empezamos a hacerlo, a partir de Como el agua. Cuando toqué con Paco fue un sueño pendiente que se hizo realidad y que no me lo esperaba yo en la vida. Ya puedo morir tranquilo porque le toqué al mejor de todos los tiempos y con el mejor de todos los tiempos, de mi generación y de las que vienen. Paco fue todos los guitarristas en uno.”

Me gusta especialmente cómo Téllez relata sus años de infancia, los comienzos, la relación con su madre, Luzia, la portuguesa, y la que mantuvo con su padre; la vida humilde llena de privaciones de su niñez, las estrecheces familiares, su lento caminar hasta despuntar y acabar siendo uno de los más grandes guitarristas de la historia, sus primeros viajes al extranjero. También me fascina la cantidad de anécdotas que ha sido capaz de recoger en este libro, los detalles de sus giras, los desengaños, en especial, el que se produce tras la muerte de Camarón o las críticas injustas que recibió de Andrés Segovia o de Narciso Yepes, la paliza que le dieron unos fascistas… Su defensa a ultranza del flamenco, su búsqueda incansable del sonido perfecto, su miedo a la vejez a la que no le dio tiempo a llegar.

La documentación que maneja Juanjo Téllez es impresionante. Se nota que ha puesto la carne en el asador con este libro, que es una obra que deseaba rematar de manera brillante, estar a la altura del biografiado, y vaya si lo logra.

Y se aprende mucho de la filosofía de Paco de Lucía. Téllez ha sido capaz de extraer sus mejores sentencias, de confesiones llenas de humanidad, de sensatez y de realismo:

“Hay días -le declaraba a Téllez- en los que uno se hunde. Tú sabes la ansiedad, el desasosiego y la angustia que produce la creación, y a veces piensas que no sabes nada, que no sabes tocar, que no merece la pena.”

“Soy una persona tímida, no nací para estar en el escenario, sino sentado en el patio de butacas. Tocar es tan difícil, tan complejo que necesitas estar concentrado. Además, si abres los ojos y ves a uno de la primera fila que se le abre la boca bostezando, ya te ha jodío el concierto.”

“Si te anclas en el pasado, cada día te vas muriendo un poquito más.”

“Yo no hago música para mayorías, sino para quien entiende lo que hago. La verdad, cuando hago un disco pienso en los guitarristas, no en el público.”

Me admira la defensa a ultranza que hacía Paco de Lucía del flamenco, y ahí no cedía ante nada ni ante nadie. Hay una anécdota, que Juanjo Téllez relata con detalle, que dice mucho de su compromiso artístico con el arte que le vio nacer y con su tierra. Sucedió en el concierto Soñadores de España, que se celebró en Sevilla el 12 de octubre de 1989, en el que sin embargo Paco de Lucía no intervino. Narra Téllez:

“…su nombre, en los carteles, aparecía en letra más pequeña que el de los otros artistas que tenían previsto intervenir. Entonces, se acordó de su padre, con la guitarra rota por un señorito, y decidió que el dinero no era razón suficiente para actuar. (…) …el cartel anunciaba la presencia de Paco, de Plácido Domingo y de Julio Iglesias, junto a la guitarra de Ernesto Bitetti, la mezzosoprano estadounidense Julia Migenes-Johnson, la soprano Guadalupe Sánchez y el compositor Manuel Alejandro. El contrato especificaba que Paco habría de cobrar cinco millones de pesetas por una actuación de veinte minutos, que incluía un dúo con Plácido Domingo…”

En efecto, tal y como le avisó su hermano por teléfono, su nombre aparecía en letra pequeña junto a los precios. Paco pensó que eso era un desprecio al flamenco, no a él, y se acordó de su padre.

“De nuevo -cuenta Téllez- la vieja queja de Paco, el reproche justo, el airado rencor con fundamento. (…) Hubo quien escribió que Paco no había actuado por un exceso de vanidad, pero él insistió siempre en que no era cierta tal acusación: <Yo me rebelé por una cuestión histórica, el flamenco siempre ha estado muy mal tratado y lo sigue estando sin motivo, deberíamos estar orgullosos del flamenco porque es nuestro, y porque es una de las músicas más importantes del mundo. Si yo, que soy una figura dentro del flamenco, estoy arriba y me anuncian de esta manera, ¿cómo anunciarían a otro? Y además, lo más indignante es que esto pase en Sevilla…>.

(…) Toda esa rebeldía se le pasó por la cabeza cuando le llamó su hermano Pepe al hotel de Sevilla: <En ese momento, me estaba esperando el chófer en la puerta del hotel para ir al ensayo, y le dije: Dígale a la organización que yo no iré a tocar. Me fui a mi habitación y tal como esperaba sonó el teléfono enseguida: Que me ha dicho el chófer que usted no viene al ensayo, y le dije: No, no, al ensayo no, a tocar, que no toco mañana, y no me llamen más porque es una decisión irrevocable. Cogí el avión a la mañana y me fui a casa a ver a mis hijos, que hacía dos meses que no los veía y me lo pasé mucho mejor.”

Sus giras, como el tabaco, hicieron mella en su salud. Viajaba durante meses recorriendo distintos países, y Paco de Lucía notaba que su cuerpo cada vez aguantaba menos. Poco a poco, comenzó a distanciar sus actuaciones.

Téllez también nos recrea sus actuaciones junto a Carlos Santana, John McLaughlin, Chick Corea, Chano Domínguez, Al Di Meola, Camarón y tantos otros. Hace un recorrido por sus colaboraciones cinematográficas, para películas de Carlos Saura, Stephen Frears, José Luis Borau o Wes Anderson. Siempre dejando su huella, porque, como señala Juanjo Téllez, influyó más en los demás guitarristas que ellos en él, incluso con los músicos de jazz con los que compartió escenario.

Como decía más arriba, uno acaba por admirar mucho más a Paco, el de Lucía la portuguesa, después de leer este magnífico libro.

Para acabar, no me resisto a transcribir otro fragmento más, otra anécdota que me ha hecho reír y que Juanjo Téllez reproduce así:

“En la música popular de aquellos días, se sucedían relámpagos de talento, desde el flamenco al rock and roll, desde la canción de autor al jazz. A la sombra de Diego el del Gastor no se acercaron los gringos de la base aérea, tal y como confirma Estela Zarania. Sin embargo, a través de dicho enclave o el de la base de Rota y la de Gibraltar, el rock and roll penetraría en Andalucía. Y surgían movimientos mestizos, etiquetados de tarde en tarde con afanes comerciales como rock andaluz o sonido Caño Roto, a la manera de la Motown o del Philadelphia Sound que había inundado el mundo con melodías de Barry White. Así ocurría con Las Grecas, que apasionaron a José Monge y a Paco de Lucía, hasta el punto de que hay un claro eco del <Te estoy amando locamente> en la invencible rumba <Entre dos aguas>.

Lo cierto es que Paco, por aquella época, rulaba a veces con su viejo amigo Felipe Campuzano, el pianista gaditano que había crecido en Algeciras y con quien coincidía de pascuas a ramos en uno o en otro lugar o en las noches de farra en Madrid.

-A ver, la documentación -le exigió a Paco un guardia civil.

-Si sirve de algo, me gustaría decirle, con todo respeto, que soy Paco de Lucía.

-Sí, hombre, o Felipe Campuzano -remachó el agente.

-No. Felipe Campuzano soy yo -asomó la cabeza el copiloto del auto…”

Leyendo Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, suena de fondo su guitarra, y la voz de Juanjo Téllez se transforma en la de un cantaor que lo acompaña con la voz rota por su ausencia.

Sergio Barce, junio 2022

 

JUAN JOSÉ TÉLLEZ Y PACO DE LUCÍA
Etiquetado , , , , , , , , , , ,

28 DE JUNIO – TALLER DE ESCRITURA CON «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER»

Este próximo martes, 28 de Junio, el escritor y profesor de escritura Augusto López ha organizado en la Librería Proteo, de Málaga, un encuentro en el Taller de Escritura para hablar y debatir sobre mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal). Sé que ya hay un buen número de lectores que van a participar y solo espero que disfrutemos y nos divirtamos todos descuartizando el libro. Deseando que llegue el momento.

 

Etiquetado , , , , , ,

VASCO NÚÑEZ DE BALBOA Y STEFAN ZWEIG

 

En su magnífico (otro más) libro Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas (Sternstunden der Menschheit), del maestro Stefan Zweig, tras los capítulos dedicados a Cicerón y a la conquista de Bizancio, se adentra una vez más en la mar océano. Ya lo disfruté en esa maravilla que es su biografía sobre Magallanes. En esta ocasión, ese tercer capítulo titulado Huida hacia la inmortalidad, lo centra en la figura de Vasco Núñez de Balboa y el descubrimiento del Pacífico.

Como es habitual en Zweig, logra con su pluma hacernos revivir esa aventura, experimentar los sentimientos del protagonista y asombrarnos y emocionarnos con la empresa. Como botón de muestra, estos hermosos párrafos que nos hacen vibrar:

“…El gesto grandioso de Balboa consiste en lo siguiente. Por la noche, justo después del baño de sangre, un indígena le ha indicado una cercana cumbre desde cuya altura se puede contemplar ya el mar, el desconocido Mar del Sur. Enseguida Balboa toma sus medidas. Deja a los heridos y extenuados en la población saqueada y ordena que aquellos que aún son capaces de avanzar, sesenta y siete en total, de los ciento noventa con los que partió de Darién, ascienden esa montaña. Hacia las diez de la mañana están cerca de la cima. Solo queda escalar una pequeña y pelada cumbre. Después, la vista se extenderá en la inmensidad.

En ese momento, Balboa ordena a sus hombres que se detengan. Nadie debe seguirle, pues esa primera vista del océano desconocido no quiere compartirla con ninguno. Quiere ser el único por toda la eternidad, el primer español, el primer europeo, el primer cristiano que, después de haber atravesado ese otro océano enorme de nuestro universo, el Atlántico, haya divisado por fin éste, aún desconocido, el Pacífico. Despacio, con el corazón palpitante, profundamente imbuido del significado del momento, con la bandera en la mano izquierda y la espada en la derecha, una silueta solitaria asciende en medio del orden inmenso. Asciende lentamente, sin prisa, pues la verdadera empresa ya ha sido realizada. Solo un par de pasos más, cada vez menos. Y en efecto, cuando llega a la cumbre, ante él se abre una enorme vista. Tras las montañas en declive, tras las verdes colinas cubiertas de bosque, yace inacabable un gigantesco disco de metal reluciente: el mar, el mar, el nuevo, el desconocido, hasta ahora únicamente soñado y jamás visto, el legendario, el mar buscado en vano desde hace años y años por Colón y por todos sus sucesores, cuyas olas bañan las costas de América, de la India y de China. Vasco Núñez de Balboa mira y mira, ufano y feliz, disfrutando al saber que sus ojos son los primeros de un europeo en los que se refleja el infinito azul de esas aguas.

Vasco Núñez de Balboa contempla largo y tendido en la distancia. Solo después llama a sus camaradas para que compartan su alegría, su orgullo…” 

Leo a Zweig entre libro y libro, como si fuera un gotero que tuviese inyectado a las venas y que abriese cuando necesito una dosis de buena lectura. Momentos estelares de la humanidad, Catorce miniaturas históricas (Sternstunden der Menschheit), está publicado por Acantilado, con traducción de Berta Vías Mahou.

Sergio Barce, junio 2022.

 

Etiquetado , , , , ,

«LOS OJOS PINTADOS Y DESLUMBRANTES DE LA SERPIENTE», UN LIBRO DE HERMINIA LUQUE

Asistí hace unas semanas a la presentación de Los ojos pintados y relumbrantes de la serpiente, un ensayo de mi querida y admirada Herminia Luque, publicado por Pre-Textos, con el que ha obtenido el Premio Celia Amorós (XXXIX Premios Ciutat de València), en el que intervino nuestra también amiga y compañera de letras Carmen Enciso. Un estudio curioso y llamativo sobre la evolución que se ha ido produciendo respecto al concepto de belleza femenina a través de los textos y de distintos autores. Cuanto comentaban Carmen y Herminia acerca del contenido de este estudio, despertaba aún más mi interés por leerlo, y, al hacerlo, no defrauda en absoluto. Te das cuenta de que aquella idea primera del cristianismo de la belleza de la mujer como origen del pecado se ancló en nuestra cultura y enraizó de una manera profunda. Luego, se produjeron cambios, pero siempre hay un poso extraño tras esos avances, porque, a fin de cuenta, los pensadores siempre la situaron en un plano de inferioridad. Uno de esos cambios respecto del concepto de belleza femenino, se produce a partir de Rousseau. Escribe Herminia Luque lo siguiente:

“Editado en una prestigiosa editorial barcelonesa en 1907, en el libro La mujer moderna en la familia (un manual de comportamiento y educación femeninos escrito por una hipotética <condesa de A.>) se acude a la autoridad de Rousseau para dar solidez a sus argumentaciones: <La primera obligación de la mujer es agradar>, dijo Rousseau. El empeño de la mujer en hermosear su exterior y en hacerse digna de ser amada, no es coquetería sino legítimo deseo de agradar, deseo que el hombre aprecia y al que corresponde a veces con su afecto. La mujer que renuncia deliberadamente a embellecerse se hace antipática a los ojos de las demás mujeres, que la acusan de querer diferenciarse de ellas, y se hace sospechosa a los hombres, que recelan de la influencia de su ejemplo sobre las otras. El párrafo no tiene desperdicio. Si la invocación al filósofo ginebrino es pertinente, también lo es el hecho de señalar que el querer gustar no es coquetería, sino un <derecho legítimo>. La coquetería y el gusto por la indumentaria son las bestias pardas del discurso eclesiástico, como hemos visto en los capítulos precedentes. Pero en el siglo XVIII se abre una brecha en su legitimación al considerárselo como constitutivo de la esencia del sexo femenino…”

Sorprende en este libro lo que escribían algunos de nuestros más influyentes filósofos europeos o de los grandes novelistas y poetas. Herminia Luque, entre otros muchos, cita a Baudelaire:

“Baudeliare abomina del mundo natural, en cuanto imperfecto y antiartístico. Pero también deriva de ello su ambigua posición ante las mujeres, a las que considera más cercanas a la naturaleza que los hombres. Literalmente dice: <Tienen hambre y quieren comer; tienen sed y quieren beber; están en celo y quieren follar. ¡Vaya mérito! Las mujeres son naturales, o sea, abominables. De modo que son siempre vulgares, o sea, lo contrario del dandi.>

Ni que decir tiene que esa concepción también la plasmó en sus versos, de los que Herminia selecciona alguna “perla”. Pero antes de llegar a este punto, el recorrido que la autora hace desde la antigüedad y por los siglos anteriores a Rousseau es aún más demoledor. Solo mencionaré uno de los ejemplos a los que alude la escritora:

“En la Roma republicana, también Plauto (ca. 254-184 a.C.) hará en sus comedias una crítica a las mujeres centrada en aspectos de adorno y cosméticos. El blanco de sus diatribas serán tanto matronas como meretrices. En El cartaginés es precisamente una meretriz, Adelfasio, quien se burle de la manía de las mujeres de bañarse tanto y dedicar tanto tiempo a su aseo personal: <…desde que amaneció hasta ahora no hemos parado las dos de bañarnos, darnos masaje, secarnos, vestirnos, pulirnos y repulirnos, pintarnos y componernos; y al mismo tiempo las dos esclavas que estaban de servicio de cada una de nosotras nos han ayudado a bañarnos y lavarnos, aparte de los dos hombres, que han quedado agotados a fuerza de acarrear agua. Quita, por favor, hay que ver lo que da que hacer una mujer. Pero lo que es dos, tengo por seguro que son capaces de dar más trabajo de lo necesario a un pueblo entero, por grande que sea: de noche y de día, la vida entera nada más que acicalarse, bañarse, secarse, pulirse. En fin, que las mujeres no nos vemos nunca hartas: no sabemos poner fin a los lavatorios y masajes. Y es que, aunque estés aseada, si no se cuida una de todos los detalles en el arreglo, en mi opinión es como si no lo estuvieras.> Ya resulta curioso que se ponga un parlamento así en boca de una mujer. Pero lo que le resta, sin duda, verosimilitud es la comparación que precede a esta crítica: Adelfasio dice que quien quiera complicaciones que se agencie una mujer y una embarcación. Generalización con carácter de máxima que debía funcionar muy bien como chiste en la Roma republicana (y aún en sociedades no muy lejanas a la nuestra), si bien como autoacusación por parte de una mujer extraña bastante. No obstante, la utilización de meretrices como personajes en la comedia permitía crear situaciones donde se visualizaban muy bien las críticas misóginas del autor…”

En fin, que desde tiempos inmemoriales y hasta la actualidad, la mujer siempre ha sido objeto de atención y no siempre para alabarla sino para todo lo contrario. Como colofón, me ha llamado la atención el siguiente párrafo que Herminia Luque ha extraído de la prensa del siglo XIX, en concreto de un artículo del Semanario Pintoresco, en el que uno de sus periodistas escribió lo siguiente:

<Una mujer fea es una negación, un error de la naturaleza, una flor abortada, un hermoso fruto quemado por el hielo, un árbol que se ha encorvado al crecer, es en fin una anomalía>.

No se puede ser más energúmeno, y creo que sobran los comentarios.

Los ojos pintados y relumbrantes de la serpiente es un entretenido y aleccionador ensayo que le hace a uno reflexionar sobre la concepción que el mundo patriarcal y occidental ha ido construyendo sobre la mujer, y que sorprende por tanta barbaridad misógina. Admirable el trabajo de investigación de Herminia. Muy recomendable.

Sergio Barce, junio 2022

 

Etiquetado , , , , ,

FOTOS DE CINE – 27

En la foto: Faye Dunaway, Jack Nicholson y Roman Polanski, en un descanso durante el rodaje de la mítica película Chinatown (1974).

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es fd-jn-y-rp.png

Cuenta Peter Biskind en su libro Moteros tranquilos, toros salvajes (Easy riders, raging Bulls, 1998) acerca de lo que acontecía en el set:

“El rodaje de Chinatown comenzó en otoño de 1973. La relación entre Polanski y Town se había deteriorado hasta tal punto que el guionista sabía que no era bien venido en el plató. Veía los copiones por la noche con Evans, en la sala de proyecciones de éste, después de que Evans los viese con Polanski. El primer día, Evans se hizo llevar en coche hasta el lugar del rodaje -un naranjal-, tumbado de espaldas en una furgoneta familiar. Polanski, estresado y sintiéndose enfermo, iba echado a su lado. Cuando llegaron al plató, Nicholson y Dick Sylbert los esperaban apoyados en un árbol. Polanski bajó del coche, se les acercó y vomitó. >Así empezó nuestra película>, dice Sylbert. <A partir de ese momento, no hicimos más que ir cuesta abajo>.

Los actores estaban habituados a la <suave> escuela de directores americana, es decir, a un trabajo de equipo con mucho cariño y atenciones del director. Ése no era el estilo de Polanski. <Roman, con los actores, se comporta como Napoleón: <<Harán lo que yo les diga>>, cuenta Evans. <Solía decir: <<En Polonia, nadie se metía en mis películas, joder>>. Era un dictador, lo controlaba todo, y le dio a Nicholson tantas indicaciones de diálogo que Anthea Sylbert, la diseñadora de vestuario, llegó a creer que Jack terminaría hablando con acento polaco.

Pero Nicholson y Polanski eran buenos amigos, y Jack más bien se divertía con las excentricidades de Roman. Dice Anthea: <Jack siempre se divertía>. Por el contrario, Dunaway no le encontraba maldita la gracia a nada. En el papel de Evelyn Mulwray, se consideraba una <estrella>, y no hizo nada para congraciarse con el director ni con el equipo. Los actores tenían unos camerinos pequeños en el plató, y también caravanas. Según diversas fuentes, Dunaway tenía la costumbre de hacer pis en las papeleras para no tener que tomarse la molestia de ir caminando hasta su caravana. (Preguntada por sus hábitos urinarios, Dunaway dijo que <no recordaba> haberse comportado así.) Sin embargo, cuando usaba el servicio en su Winnebago, no se dignaba tirar de la cadena, y llamaba a un chófer para que lo hiciera por ella. Resultado: varios chóferes dejaron el trabajo…”

Moteros tranquilos, toros salvajes (Easy riders, raging Bulls, 1998), de Peter Biskind, está publicado por Editorial Anagrama. Con traducción de Daniel Najmías.

Sergio Barce, junio 2022

Etiquetado , , , , , , ,