

“Pozo salió de la comandancia general, donde, a su llegada, Barrera le había asignado una amplia habitación, vestido de uniforme coronado por el tricornio y rematado por las tres estrellas de seis puntas propias de capitán. Era el primer sábado que pasaba en Larache y le apetecía tener un primer contacto relajado con la ciudad.
Muy madrugador, las primeras horas del día le revitalizaban y le disponían a dar lo mejor de sí. En aquel plácido día, cuyo sol empezaba a ahuyentar los cendales mañaneros que trepaban desde el Lucus, su cuerpo y su mente le pedían sosiego.
Dejó atrás el cuartel de la policía indígena donde se alojó en su anterior estancia larachense, atravesó un Zoco Chico que se desperezaba de su letargo nocturno, y acabó plantándose en la explanada que lucía todavía con más ruido que nueces el nombre de plaza de España. Allí observó cómo los destartalados barracones que salpicaban aquel espacio llamado a mayor gloria arquitectónica estaban siendo barridos a marchas forzadas, en primera línea por edificios de equilibrada arquitectura hispano-nazarí y a lo lejos por edificaciones más modestas de dos plantas, que empezaban a ser ocupadas por la despuntante burguesía, principalmente española, que tendía a abandonar la medina en busca de viviendas dotadas de comodidades. Embocó lo que en su día fue arranque del camino de Alcazarquivir. Allí la transformación era ya notable. La superficie polvorienta había sido desplazada por una pista con firme de asfalto, y reemplazada más arriba, en lo que ya era conocido por los Cuatro Caminos, por una carretera bien asfaltada que se prolongaba algunos kilómetros. Todavía desparramados y sin continuidad, varios hotelitos de dos alturas, que recordaban algo a los de las colonias que surgían en aquellas fechas alrededor de Madrid, surcaban el panorama.
En los primeros metros de la antigua pista de salida hacia Alcazarquivir, que había abandonado tan imprecisa denominación por la pomposa de avenida de la Reina Victoria, a la derecha, según se subía desde la plaza de España, reparó en dos edificios ya terminados y un tercero en construcción anunciadores de lo que acabaría siendo un notable conjunto arquitectónico donde los rasgos del estilo neonazarí se mezclarían con incrustaciones de racionalismo e incluso modernismo.
Se sentó para desayunar tranquilamente en la terraza del hotel España situado en el primer tramo de la avenida de la Reina Victoria, mientras aguardaba su instalación definitiva en la popularmente conocida como calle Chinguiti, Canalejas con más propiedad.
La misma propietaria, la respetada doña Amparo Mas, lo atendió con el esmero que haría leyenda en la ciudad del Lucus. Presumía ella de que en su establecimiento se podían disfrutar de las mismas exquisiteces que en los mejores de Tánger.
Doña Amparo, satisfecha por la atención que Pozo prestaba a su negocio, le sirvió ella misma el café con leche que había pedido acompañado por tostadas de pan con aceite y sal. Aprovechó la oportunidad para interesarse por si era recién llegado a Larache, y apostillar con el conocimiento de las personas que le singularizaba que .
Cuando la propietaria se fue, dio un sorbo del café que todavía humeaba. Con la vista perdida en el horizonte, empezó a dar rienda suelta a sus recuerdos atraídos por el silencio y el adormilamiento de una ciudad que no acababa de sacudirse el sueño…”


«…Chukri te ha contado que tus padres los conocieron y, aunque ellos jamás te hablaron de los Bowles, tú sabes que los dos eran, digamos, bisexuales.
No es ningún secreto que a Paul Bowles le encantaba descubrir jóvenes talentos artísticos que no tardaba en convertir en amantes, como si mecenazgo y cama fueran una misma cosa para él. El pintor Ahmed Yacoubi fue uno de ellos, quizá el más importante para Paul. En 1947 lo descubrió en Fez y, dos años después, ya se lo había llevado a Tánger. Durante los tres lustros siguientes, Yacoubi sería el gran amor del autor de El cielo protector. Eso también está en los libros.
¿Y Jane Bowles? ¿Cómo llevaba la escritora de nariz respingona la cohabitación con el guapo, viril y simpático amigo de su esposo? Por lo que has leído, Jane se quejaba de que Yacoubi siempre le estaba sacando dinero a Paul, pero de ahí no pasaba. A ella le gustaban las mujeres y tenía sus propios líos. El más notorio, la relación casi sadomasoquista con Cherifa, su ama de llaves.
Cotorrito, el loro de los Bowles, era testigo de este ménage à quatre. ¿A cuatro? ¿Qué dices, Sepúlveda? Y a cinco y a seis también.
A mediados de la década de 1950, el pintor Francis Bacon desembarcó en Tánger tras los pasos de su gran amor Peter Lacy, un piloto de caza de la RAF durante la Segunda Guerra Mundial. Paul Bowles le dio la bienvenida, le ayudó a acomodarse, le presentó a Yacoubi y le pidió que enseñara a su protégé a pintar al óleo. Yacoubi no tardaría en convertirse en un visitante asiduo del taller que Bacon abrió en la medina.
Una fotografía en blanco y negro fechada en 1956 muestra a Bacon, con camisa blanca, pantalón largo y sandalias de cuero, poniendo cariñosamente la mano izquierda encima de los hombros de un Yacoubi que sólo viste un bañador a cuadros y exhibe un torso musculoso. La leyenda tangerina cuenta que Bacon compaginó su aventura con Yacoubi, que seguía viviendo en casa de los Bowles, con su pasión con Peter Lacy.
Al veterano piloto de guerra podía vérsele en el Dean´s Bar, donde se ganaba la vida tocando el piano desde el atardecer hasta el amanecer. Conocía un amplio repertorio de temas de jazz que desgranaba mientras iba vaciando botellas de ginebra. De cabello largo, muy claro y peinado hacia atrás, y rostro pálido y bien proporcionado, solía vestir un traje ligero con camisa blanca y pajarita negra.
En 1962, cuando Peter Lacy murió, Bacon pintaría en Tánger un lienzo llamado Paisaje cerca de Malabata como homenaje al torturado amor que habían sostenido. Es uno de los más sombríos y dramáticos de su carrera: un paisaje abstracto, borrascoso, iluminado por relámpagos.”


“La editorial Algazara, desaparecida hace varios años, editó por primera vez en 1998 este estudio fundamental sobre la figura de Muley Ahmed El Raisuni, escrito por don Carlos Tessainer y Tomasich y que corresponde a la tesis doctoral que, a principios de los noventa, concluyó el autor sobre dicho personaje.
Agotado el libro hace bastante tiempo, sigue despertando enorme interés, motivado por su contenido, imprescindible, por su rigor intelectual y su bagaje de datos, para conocer con detalle todo lo relativo al Cherif.
Librería Hispania Ediciones, consciente de la importancia de la obra, ha considerado oportuna una segunda edición que colme las expectativas de todos aquellos que, ávidos, desean tener entre sus manos un ejemplar de la misma”