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“EL OLIVO DE LARACHE”, NUEVA NOVELA DE CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

el olivo de larache portada

“…-¡Sidi, qué viejo estoy!

-¡Qué viejos estamos amigo! Debemos tener más o menos la misma edad.

-Sí, es posible; quizá dos o tres años de diferencia. Pero mira, para remover este trocito de tierra, llevo no sé cuánto tiempo. ¡Y estoy que no puedo más!

-¡Ven! Vamos a sentarnos junto a tu casa. Dile a Farida que nos prepare un té. Y aunque no me dejan, dame un cigarrillo de picadura de los que tanto me gustan. ¡Espero que Eli no me vea! -Ahmed se echó a reír mientras iba a decirle a su mujer que les hiciera un té.

Ya sentados uno junto al otro, no lejos de la mesa de mármol en que hacía tanto tiempo Rudolf le había operado y que continuaba repleta de macetas, este le preguntó:

-Ahmed, ¿tú que piensas de los lihudis (en dariya, judíos)?

-¿Y qué quieres que piense? -Ahmed lo miró estupefacto-. No entiendo tu pregunta.

-Sí, que ¿qué piensas de ellos?

-Sidi, ya estás con tus preguntas raras. ¿A dónde querrás llegar? No pienso nada en especial. Son personas como tú y yo; son infieles, igual que tú, pero <gentes del Libro>. Tienen su Libro sagrado y eso es muy importante. Llevan en el Magreb al-Aksa viviendo desde tiempos remotos; luego llegaron los que echaron los reyes cristianos de España, que conservan hasta la lengua del país que los expulsó. Pero el sultán los tiene bajo su tutela y protección y, sin su permiso, nadie puede ni tan siquiera juzgarlos. Son como todos: ya te lo he dicho, como tú o como yo. Los hay buenos y malos; los hay inmensamente ricos, pues son astutos para los negocios. Pero también los hay pobres; algunos tienen que vivir de la beneficencia de su comunidad. ¿Qué más quieres que te diga?

-Pero tú, tus amigos o a quienes conoces, ¿tenéis algo contra ellos?

-¿Por qué íbamos a tenerlo? He oído que hace mucho tiempo, en épocas de hambre o subida de impuestos, hubo persecuciones o asesinatos contra estas personas, pero eso ocurrió en el pasado.

-¿Y crees que son diferentes a los musulmanes o a los cristianos?

-¿Y por qué? Tú y yo somos distintos, pues nuestras religiones son distintas. Pero vosotros sois también <gentes del Libro> y debemos respetarnos, así lo dice el sagrado Corán, nuestro Libro. Lo mismo ocurre con ellos: nacen, viven y mueren. Y tienen su Libro como camino para llegar a Dios; el que quiera lo seguirá y el que no, sabrá lo que hace. Pero ¿por qué me preguntas esto? Lo único que tengo claro es que soy musulmán y marroquí; que aunque a estas alturas puedo decirte que los españoles no nos están tratando mal del todo, luchamos contra ellos en el pasado para conservar nuestra independencia, lo que como bien sabes, no fue posible conseguir. Y que con el favor de Al-lah, algún día recobraremos tanto la de la parte de nuestro país ocupada por España, como la ocupada por los franceses, que esos sí que nos tratan peor… ¡Pues Marruecos es solo uno!”

Este párrafo pertenece a El olivo de Larache (La historia de un cónsul alemán) que publica la editorial Avant (Barcelona, 2018), la nueva novela del escritor larachense Carlos Tessainer y Tomasich. Con la que, junto a los anteriores títulos Los pájaros del cielo (Sarriá – Málaga, 2001) y El árbol del acantilado (Sarriá – Málaga, 2006), cierra su trilogía sobre Larache.

En esta ocasión, Carlos centra su novela, además de en el olivo al que hace mención el título y que tiene un importante significado espiritual en la trama, en un personaje que, gracias a su nobleza y a su humanidad, ocupa un importante papel en la pequeña historia de esta ciudad marroquí: el que fuera penúltimo cónsul de Alemania en Larache.

Este hombre está enterrado en el nuevo cementerio cristiano de Larache, situado junto a los cementerios hebreo y musulmán, y en la lápida de su tumba puede leerse lo siguiente:

“Ruhe in Frieden in der von Dir so geliebten marokkanischen Erde”, que significa: “Descansa en paz en tu tierra, en tu querida tierra marroquí”.

Y es que Renschhausen amó con toda el alma a la ciudad de Larache y a su gente, pero, como ha ocurrido tantas veces en la historia, al morir el olvido fue su recompensa.

Carlos Tessainer me ha hablado muchas veces del cónsul alemán de Larache, pero al leer su novela me doy cuenta de la gigantesca talla personal y moral de este personaje. Con la profusión de datos a los que nos tiene acostumbrados ya Carlos Tessainer en sus diferentes obras, ya se trate de las novelas antes mencionadas o en sus ensayos, como el dedicado al Raisuni, teje la historia de Renschhausen desde su juventud hasta su muerte. Historia personal y profesional que conoce, además de por su condición de historiador, por la relación personal que mantuvo Renschhausen con su familia, el austríaco Ferdinand Tessainer y su mujer Anna, cuando se veían en Auámmara, que es donde vivían por entonces los abuelos de Carlos.

Y así, en su novela, nos lleva de la Alemania en la que Renschhausen creció y donde conoció a quien fuera su amor, su mujer y su amiga, al Marruecos en el que, desde finales del siglo XIX, se instaló como hombre de negocios y luego como representante de su país en Larache. Todo ese largo periplo le sirve al autor para que conozcamos en profundidad a su personaje y cuáles fueron los resortes que impulsaron su vida posterior.

Cuando la novela se adentra ya en la época de la Segunda Guerra Mundial, es cuando el ritmo de la narración cobra un vigor más intenso y emotivo. Éste es el núcleo central de la trama. Para muchos lectores, y también para muchos larachenses, será una sorpresa conocer qué ocurrió en Larache en esos años de oscuridad. Tras el alzamiento contra la República, la represión se hizo evidente y es desde ese mismo instante que la personalidad llena de humanidad del cónsul Renschhausen crece y se convierte en alguien providencial. Y así conocemos sus artimañas para poner a salvo a republicanos que, sin su ayuda, habrían perecido por el solo hecho de pensar distinto. Y luego, con el estallido de la II Guerra Mundial, sus ardides para poner también a salvo a miles de hebreos marroquíes. Obviamente no voy a desvelar en este pequeño artículo qué es lo que hizo Renschhausen para, jugándosela ante las autoridades nazis, sortearlos y hacerles creer que colaboraba con ellos cuando en realidad ayudaba a quienes podían ser perseguidos, detenidos y deportados a campos de concentración.

Los hechos históricos que relata y narra Carlos Tessainer acaecidos en diciembre de 1941 son una muestra de la valentía y del coraje de unos hombres que se jugaron la vida por salvar la de otros. Y todo eso sucedió en una pequeña ciudad de Marruecos: Larache. Y es algo que personalmente me emociona.

Tal y como deja entrever esta novela, las injusticias a veces se cometen por ignorancia. Quizá sea tiempo para, a partir de este libro, reivindicar la figura del penúltimo cónsul alemán. Y con él, el ejemplo de convivencia entre las tres culturas que dio Larache al mundo. Porque, como también deja bien claro Carlos Tessainer, para salvar la vida de esos miles de hebreos en estos acontecimientos intervinieron tanto judíos como cristianos y musulmanes. Un trozo de historia por la que Carlos nos guía con conocimiento de causa y con la pasión de su narrativa.

Una novela que hay que leer para conocer de verdad nuestra historia y las pequeñas grandes gestas protagonizadas por quienes ya nadie recuerda.

Sergio Barce, enero 2019

Más información sobre esta novela y cómo adquirirla, en el siguiente enlace:

https://www.avanteditorial.com/libro/el-olivo-de-larache-obra-en-papel/

carlos tessainer y tomasich

CARLOS TESSAINER

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LA CALLE MULAY ISMAIL, un relato/crónica de SERGIO BARCE y de CARLOS TESSAINER

LARACHE -foto de Emilio Gallego-

El siguiente escrito, relato o crónica, como queráis llamarlo, ha sido un reto. Ya que Driss Sahraoui, León Cohen, Ahmed Chouirdi, Pepe García Gálvez, Carlos Galea o mi tía Maruja Burgos, entre otros, han descrito las calles y lugares de Larache donde vivieron o crecieron, Carlos Tessainer y yo, que vivimos en el mismo edificio en la calle Mulay Ismail, sinceramente, nos hemos “picado”, y lo que comenzó siendo la idea de recordar conjuntamente a los vecinos de nuestro inmueble, se ha transformado en algo más complejo, más tupido y más hermoso, al menos eso creo. Porque al final, nos hemos recorrido toda la calle de una punta a la otra y por ambas aceras, y hemos tratado de no olvidar a nadie de quienes conocimos y que residían allí mientras nosotros vivimos en Larache. Como el texto es muy extenso, esta introducción es muy breve, pero quería hacerla para hacer constar expresamente que la mayor parte de los datos que se aportan provienen de la privilegiada cabeza de Carlos, que es un archivo completo de nombres, fechas y lugares, y que el texto, aunque de ambos, debe mucho más a su mano que a la mía. En cualquier caso, ha sido un divertido placer cruzarme con él el borrador que iba creciendo día a día y la búsqueda de las fotos que pudieran acompañarlo. Gracias, Carlos, por tu generosidad y tu amistad.

Sergio Barce, Noviembre de 2012

Sergio Barce

A manera de aclaración previa: los recuerdos de los que se os va a hacer partícipes, se centran en un espacio físico determinado;  y en una etapa cronológica que abarca desde aproximadamente 1959 a 1974, aunque en ocasiones, y por conocimiento de sus autores, puedan remontarse a bastante tiempo atrás.  En cualquier caso, son la remembranza de quienes lo han escrito, por lo que es muy posible que cualquier larachense de nacimiento o adopción que los lea, no se vea reflejado en ellos. Los recuerdos se fundamentan en la memoria, y ésta, no es infinita. Sin duda, y teniendo siempre en cuenta la fechas citadas, quien no se viera mencionado en ellos debiendo estarlo, podrá subsanar mediante sus comentarios toda omisión que, en cualquier caso, ha sido involuntaria.

Carlos Tessainer

 LA CALLE MULAY ISMAIL

una crónica de Sergio Barce & Carlos Tessainer

calle Mulay Ismail, de Larache -foto de Javi Lobo-

Existe en Larache una larga calle que todo el que haya nacido o vivido en la ciudad conoce. Y si es así es por el hecho de que arrancando en la antigua Plaza de España,  discurre en dirección al faro de la ciudad –el situado en Punta Nador- atravesando el lugar que para todo larachense, tal vez sea el más emblemático de la ciudad: “El Balcón del Atlántico”. Esta calle se llamó “General Primo de Rivera”, desde que en 1936 triunfó el levantamiento franquista en la zona del Protectorado español sobre el norte marroquí. Debió ser hacia 1967, cuando los residentes en la misma comenzaron a oír fuertes golpes en las fachadas de sus casas: estaban fijando las placas donde en árabe y francés aparecía el nuevo nombre de la calle, a la vez que también cambiaba toda la numeración de la misma: pasó a llamarse Mulay Ismail.

En ella, y ocupando los números 19 y 21, aún existe un antiguo edificio con planta baja, una altura y dos viviendas en la azotea que no asoman a la fachada principal, en las que vivieron Carlos Tessainer y Sergio Barce. Carlos residió allí algo más de tiempo, pues es cuatro años y medio mayor que Sergio, y porque además, la familia Barce se mudó de domicilio unos tres años antes de que la familia Tessainer se marchara a vivir a España.

Balcón del Atlántico -postal tomada de la web de Houssam Kelai-

Sergio y Carlos se sienten larachenses hasta la médula, están enamorados de su pueblo, de sus raíces; y por extensión sienten un especial apego por las casas en las que transcurrieron los primeros años de sus vidas, aquellos que te marcan para toda ella, sobre todo si fueron felices. Y para Sergio, tiene un significado aun más especial porque en el citado edificio se halla la primera vivienda que habitaron sus padres tras casarse (por lo cual el vecindario les conocía cariñosamente como ”los recién casados”), y porque en ella “estuvo” aun antes de nacer.

Casino – Casa de España

Pero volvamos a la calle Mulay Ismail. Comenzaba, según ha quedado dicho, en la Plaza de España (actualmente Plaza de la Liberación). Caminando desde su inicio, en la acera de la derecha existía un edificio grande, con dos alturas y ático, que hacía chaflán con la citada plaza, prolongándose por la calle en que se hallaba el antiguo “Casino Militar”, luego simplemente “Casino” y, antes de ser demolido, “Casa de España”.

Este gran edificio, era conocido como “las casas Escriña”. Junto con el edificio del “Casino” y el del “Café Bar Central”, es el más antiguo de los construidos en aquel lugar, lo que puede comprobarse por las fotografías de la época. En él, en su primer piso y abriéndose hacia la Plaza de España en el chaflán, se hallaba el “Hotel Cervantes”.

Hotel Cervantes

Ya en la calle Mulay Ismail, en la planta baja se encontraba el despacho del abogado José Torca Domínguez y, más adelante, la “Carpintería Franco”. Junto a ella, se abría un portal, en el que en el piso bajo vivía la familia Franco, cuyo nieto Luis Miguel (al que todos llamaban Cholo) fue amigo de niñez de Carlos. En el primer piso residía la familia La Guardia con sus dos hijas: María Dolores y Matilde. En el segundo piso, y donde un día estuvo la “Academia Madrid” (en la que Maru Gallardo, la madre de Sergio, cursó estudios de mecanografía), vivía la familia compuesta por Andrés Tenorio, Paquita Espejo y sus dos hijas: María José y Pilar, amigas también de Carlos. En la misma planta, residía asimismo el matrimonio Ramírez con sus hijos: Benito y Adela. Y en el tercer piso, vivía la familia del relojero Galeote y la Maestra Sara Moreira Marín, que impartía docencia en el antiguo Patronato (actualmente colegio “Luis Vives”).

Las casas Escriña

Cuando acababa el edificio “Escriña”, se hallaba el chalet “Villasinda”, así llamado porque había sido mandado construir por el marqués de Villasinda, representante de España en Tánger, que fue su primer propietario y residente; posteriormente, y durante décadas, residió en él la familia Gomendio. Haciendo esquina con “El Balcón del Atlántico”, ocupaba un lugar privilegiado, estando sus muros cubiertos por buganvillas moradas y hiedra. El pequeño jardín que lo rodeaba en dos de sus fachadas, estaba bordeado por una tapia con esquina redondeada que se situaba en diagonal frente al edificio en que vivían Sergio y Carlos. Y allí, en aquel jardincillo, se erguía una gigantesca araucaria, más alta aún que la de la Plaza de España y las del “Jardín de las Hespérides”, y que aunque en la parte orientada hacia el mar lucía menos frondosa, resistía de manera sorprendente los fuertes temporales procedentes del océano; ninguno pudo con ella: sólo el ser humano dictó su sentencia de muerte y fue el brazo ejecutor que la hizo desaparecer, como años después decidió el derribo de “Villasinda”,  uno de los chalets más bonitos de nuestra ciudad, e igual que el edificio en el que Carlos y Sergio vivían, con unas vistas incomparables.

Chalet Villasinda, de la familia Gomendio -foto de Carlos Tessainer, 1984-

Ambos coinciden en que, de pequeños, cuando el viento azotaba con fuerza, se quedaban embelesados tras los cristales de las ventanas de sus casas observando el mecerse de aquel gigantesco árbol contra el que nada  pudo la naturaleza durante décadas.

Desde el chalet de “Villasinda”, se cruzaba hacia los jardines de “El Balcón del Atlántico”, situados frente al edificio en que Sergio y Carlos vivían, y para ellos el mejor jardín del mundo, con el mirador más espectacular que nadie pueda imaginar.

Éstos, que se abren al océano, quedan separados del barranco que allí se inicia hasta el mar por una ancha balaustrada de obra, que se levanta sobre un pequeño basamento y que, separada en tramos por una especie de pilares, aparece toda ella calada por estrechos arquitos. El eje del jardín lo constituía un kiosco de música de planta octogonal  alzado sobre una plataforma a la que se accedía tras subir dos o tres escalones. Era conocido por todos como el “redondel” o la “redondela”. Estaba bordeado por una balaustrada semejante a la que separaba los jardines del barranco, aunque de mucha menos anchura. Aquel redondel se hallaba en medio de una especie de placita, de la que salían cuatro amplios caminos de arena, bordeados por jardines limitados por bordillos de ladrillo visto (que luego pintaron en color terracota) en los que era posible sentarse con cierta comodidad. Había a ambos lados de estos caminos ocho columnas en cada uno, más otras cuatro en la placita también de arena que rodeaba el “redondel”. Como quiera que al pie de cada una de las columnas había  plantadas buganvillas, éstas se enredaban por las pérgolas de madera que cubrían tanto el “redondel” como los pequeños paseos. En este lugar y en una arena que ya no existe, transcurrieron los primeros juegos de Sergio y de Carlos.

A Sergio le llevaba su abuelo paterno Manolo Barce, quien había trabajado muchos años en “La Bandera Española”, la tienda  en la que ahora El Hachmi Yebari tiene su bazar, en la Avenida Mohamed V. Él recuerda a su abuelo vigilante de lo que el nieto, provisto de su cubito y pala, hacía con la arena en la que tantos larachenses hemos jugado; lo tiene grabado en su mente con unos ojos ya cansados escondidos tras gafas de pasta, con su boina calada y un pitillo siempre en los labios. Aunque probablemente son incluso más vívidos para Sergio los recuerdos que aún conserva de cuando se ponía a capturar renacuajos en los charcos que se formaban en los caminos de arena, mientras oían el croar de las ranas.

En los jardines del Balcón:  Sergio Barce, junto a Juan Antonio Martín, y su abuelo Manuel Barce a la derecha -con gafas-

A Carlos, le llevaba su tía Concha: era especialista en conseguir jugar junto a cualquier boca de riego en la que hubiese algo de agua: así, mezclando la arena con ella e introduciéndola en el cubito, conseguía hacer flanes como si estuviese en la playa; cuando su tía le descubría en la faena, era ya demasiado tarde como para evitar que el niño estuviese literalmente empapado y rebozado de tierra. Hubo otra época en la que, siempre acompañado por su tía y provisto de una caja de zapatos, se dedicaba a buscar caracoles, aquellos que por allí había en abundancia y que sin duda recordaréis: relativamente grandes y con una concha color marfil en la que se dibujaba una espiral de color marrón oscuro. Conseguía que su tía aceptara el llevarlos a casa, donde le hacían a la caja agujeritos y ponían unas cuantas hojas de lechuga para que los animales pudiesen comer. Esta práctica duró hasta que un día la tapa de la caja no debió quedar bien cerrada, los caracoles se escaparon, y su madre y la criada, estuvieron toda una mañana subidas en una escalera intentando coger los caracoles que andaban a sus anchas por los altos techos de la casa…

En los jardines del Balcón:  Carlos Tessainer entre su hermana y sus padres. Al fondo, el Fiat 1500 de su padre. 11 de septiembre de 1967

Cuando ambos niños fueron creciendo, aquellos jardines y el barranco aledaño, conocido como ”Ain Chaka” (“la fuente que mana de una brecha”, la que aún sigue existiendo, y que con tanto detalle nos ha descrito Ahmed Chouirdi) se convirtieron en un lugar idílico para cometer travesuras ya más subidas de tono, a veces auténticas gamberradas, con el aliciente de ser compartidas con los amigos que ya tenían.

Ain Chaka

Sergio recuerda aquella época de su todavía niñez acompañado por Luisito Velasco, Lotfi Barrada, Juan Carlos Fernández Hidalgo, Nourdine, Pablo Serrano, Amina Zaher, Javier Ruiz, Juan Yankovich, José Gabriel Martínez, Taha y alguno más como el “Sardina”. Con todo aquel equipo o parte de él, se dedicaban a actividades tan variopintas como coger lombrices de tierra del jardín y hacer con ellas montañas viscosas a la entrada del portal de la casa de Sergio, para ver cómo reaccionaban las mujeres que entraban o salían; o a poner petardos en los innumerables excrementos (hay que especificarlo: ¡humanos!) que siempre había tras la balaustrada que separaba los jardines del barranco, para que al estallar, se produjese una auténtica lluvia de…   

En los jardines del Balcón:  Sergio Barce, Juan Carlos Fernández Hidalgo y Javier Ruiz

En la época de niñez de Carlos y Sergio, poner petardos, era práctica habitual, sobre todo durante las largas vacaciones del verano, en las que había tiempo para todo. En otra ocasión, la cosa fue más allá, armándose un pequeño jaleo: a Sergio se le ocurrió introducir un montón de papeles y cartones por los arquitos de la base del redondel, que era amplia y a la que, como no se tenía acceso, en ella se había acumulado basura desde tiempo ancestral. Y tras introducir papeles y cartones, les prendió fuego. El caso es que para sofocarlo, tuvieron que venir los bomberos…  ¡y el enfado de su padre fue monumental!

Carlos recuerda de aquella época de niñez a sus mejores amigos: Eduardo Espinosa, Maite Sánchez y Pili García, primos hermanos y de segundo apellido Román. A Luis Miguel Franco (“Cholo”), Miguel Castro, Paco y Pepe Martín-Romo, Manuel Álvarez (el “Rubio”, que solía venir acompañado de su hermano Miguel, y que luego serían vecinos de Sergio cuando los Barce se mudaron al edificio de Uniban), Mari Carmen Aledo, Maribel Rebollo y a otros que ocasionalmente se unían a ellos. Pero para hacer de las suyas por “El Balcón del Atlántico”, y salvo alguna excepción, las niñas no participaban. El barranco de la “Ain Chaka” era el campo de acción preferido. Alguno se inventaba que por allí había tesoros enterrados, pero como nada encontraban, a Carlos se le ocurrió estar vigilante para ver cuando alguien descendía por el barranco a hacer sus necesidades. Y mientras cualquier pobre hombre que para ello bajaba se hallaba en lo más comprometido, ellos, agazapados en la parte alta, hacían rodar por el barranco grandes piedras, con gran espanto de la víctima de la “broma” que sin haber terminado sus necesidades y tras reaccionar ante un susto de muerte, corría barranco arriba maldiciendo, en un vano intento de alcanzar a quienes tal cosa habían hecho. También tiraban algún que otro petardo, aunque en vez de la opción elegida por Sergio y sus amigos, solían hacerlo por las ventanas de las plantas bajas que se encontraban abiertas; la casa de Isabel y José Miguel López, vecinos de Carlos, no escapó a tal “divertimento”…  En otra ocasión, un policía sorprendió al grupo desinflando las ruedas de un coche que se hallaba estacionado junto a los jardines.  Los niños se habían inventado el meter en las ruedas trocitos de palillos de dientes a presión, consiguiendo así que las ruedas fueran desinflándose poco a poco… Cuando apareció el policía, todos echaron a correr, pero uno de ellos fue pillado y “cantó”. El agente fue a casa de Carlos, que pocas veces vio a su padre tan enfadado con él, tanto, que fue aquella la única ocasión en que le castigaron sin poder salir un día entero.

Carlos Tessainer y sus padres. el día de su comunión. 9 de mayo de 1964

Los jardines de “El Balcón del Atlántico”, continuaban en dirección norte hacia el viejo castillo de San Antonio. La zona ajardinada propiamente dicha, finalizaba donde acababa la calle del “Casino”, iniciándose a partir de allí un paseo pavimentado, con columnas y pérgolas de madera, semejantes a las situadas en el redondel y en los cuatro caminos que de él salían; al pie de cada una de las columnas, había plantadas buganvillas moradas que llegaron a enredarse por ellas y cubrir amplios tramos de la citada pérgola. Ésta discurría paralela a las traseras del “Casino”, donde se hallaban las canchas de baloncesto y al edificio del Consulado de España, situados en la acera de enfrente. En aquel entonces, “El Balcón del Atlántico” finalizaba justo enfrente a la puerta principal del referido Consulado. Sería necesario añadir que frente a donde desembocaba la calle del “Casino”, y en la acera de los jardines, existió una edificación con un café y terraza, que en verano era frecuentemente visitado, y que en el pasado, había sido regentado por el marido de Paquita Rubio, del que pronto enviudó.

Balcón del Atlántico de Larache -imagen tomada de la web de Houssam Kelai-

La construcción fue derribada hacia 1964, y  su lugar fue ocupado por dos pequeños jardines bordeados de idéntica manera que el resto del entorno. Partiendo del “redondel”, y frente al edificio en el que Sergio y Carlos vivían, los jardines continuaban  la calle Mulay Ismail camino del Mercado. Era precisamente por ahí y por el mismo Balcón, por donde Mohamed Sibari llevaba de paseo a Sergio metido en el cochecito cuando era aún pequeño y no sabía andar.

Curiosamente, y al borde del barranco, los jardines quedaban interrumpidos por tres edificaciones, dos de las cuales, y con gran acierto, fueron demolidas posteriormente. La primera de ellas era un pequeño edificio situado cerca de donde ellos residían. Tenía planta baja y una altura. Carlos recuerda que en la planta baja vivía una señora que se llamaba Isabel con su hijo, de nombre  Salvador, que trabajaba como marmolista en un taller que se dedicaba a ello, y que se llamaba “De Cózar”, situado en un lateral del edificio del Viceconsulado de Gran Bretaña. En aquella planta baja, vivían también dos familias de pescadores. En la planta alta, vivía Maribel Rebolo, cuya madre tenía una carbonería en la calle lateral izquierda del Mercado; y también Carmelo Cordero y su mujer María, padres de Mari Tere y Miguel.

A escasos metros y también al borde del barranco, había una casa con tan solo una planta; destacaba en ella y en el centro de su fachada principal, una puerta de doble hoja, en la que se abrían dos ventanas con cristales multicolores. Era una edificación muy antigua, como lo prueba el hecho de que en ella naciese en 1915 Eduardo Espinosa Tavera, padre del amigo de Carlos: Eduardo Espinosa Román. Hay otro dato curioso para esta edificación que ya no existe: en 1936, vivía en ella la familia Mula, cuya tienda de comestibles estaba situada frente al Mercado. Al estallar la Guerra Civil en España, la marina de guerra republicana procedió al bombardeo de Larache, justo en el momento en que la mujer de Mula se ponía de parto. Ante el temor por las consecuencias de lo que pudiese ocurrir, la mujer fue trasladada con toda urgencia a la tienda de comestibles, que al quedar algo más alejada de “El Balcón del Atlántico”, se suponía quedaba más resguardada. Y en esa tienda de comestibles, que raro será en larachense que no recuerde, y en los bajos de un bonito edificio que ya no existe, pues en su lugar hace unos años ha sido construido un hotel, nació en aquel año Andrés Mula Luque, uno de los pocos españoles que aún siguen viviendo en Larache, y que siempre recibe con los brazos abiertos a Sergio o a su madre cuando pasan por allí cada vez que vuelven de visita. Andrés Mula, ocupa un lugar muy especial en el recuerdo y los sentimientos de la familia Tessainer; Carlos, le hace aparecer al final de su novela “Los pájaros del cielo”.

Las dos edificaciones mencionadas, al estar construidas sobre el primer tramo del barranco, contaban con viviendas o almacenes a los que se accedía por su parte trasera.

La tercera de las edificaciones que se levantaban al borde del barranco, y por tanto interrumpiendo parcialmente la continuación de los jardines, era una casa grande de una sola planta: es la única situada en aquel lugar que no ha sido demolida, quizás porque su construcción fuese más sólida. Se situaba prácticamente enfrente del Viceconsulado de Gran Bretaña (“El Consulado inglés”, nombre con el que todos los larachenses lo conocían) y de la fachada lateral de la panadería “El Milagro”. 

Edificio donde residía la familia Nieto, y el fotógrafo que se menciona

En esta tercera edificación, vivían entre otros la familia Nieto y un fotógrafo que compaginaba esta profesión con la de cámara en el cine “Coliseo María Cristina”: era padre de una niña que se llamaba Mari Carmen, rubia como el sol y con unos ojos tan azules como el mar que tan cerca estaba de su casa; como ese mar en un día de verano; fue compañera de juegos de Carlos, junto a Paquito y Mari Carmen Aledo. Aquellas familias, pronto se marcharían a vivir a España. Detrás de este edificio, recorriendo unas decenas de metros hacia el barranco, estaban las cloacas de buena parte de la ciudad, cuyas aguas contaminadas, cayendo por el precipicio hasta la playa allí existente, eran generosamente engullidas por el Atlántico. A partir de aquel lugar, camino del faro, y hasta una hilera de casitas de una sola planta adosadas a la tapia lateral del cementerio musulmán, continuaba una zona sin ajardinar, aunque con la balaustrada que la separaba del barranco, ya construida desde época del Protectorado.

Fue hacia 1971, cuando la municipalidad de Larache, aún sin haber sido demolidos los dos edificios antes citados, llevó a cabo la finalización de los jardines de “El Balcón del Atlántico”, que acababan por tanto en la explanada en la que finalizaba la calle del  Mercado. Fueron estos unos buenos años para la ciudad de Carlos, Sergio y de todos los paisanos que aún entonces allí vivían y convivían, en un Marruecos hacía ya muchos años independiente, pero en el que las autoridades locales se ocupaban con esmero por mantener Larache en condiciones óptimas.

Debe no obstante hacerse mención, para un mayor conocimiento y recuerdo de la “pequeña historia “ de la ciudad, al hecho de que en los primeros años de la década de 1960, parte de los jardines de “El Balcón del Atlántico”, estuvieron a punto de ser literalmente engullidos por este océano. Todo larachense recuerda que cuando la marea estaba baja, eran numerosas las personas que en verano descendían por el barranco de la “Ain Chaka” para disfrutar de la playa que la retirada del mar dejaba libre de agua por unas horas. Lo cierto es que las autoridades municipales o quizás gubernamentales (Larache era aún provincia de Tetuán) de aquel entonces, concibieron la idea de hacer posible la existencia de una playa permanente, que la pleamar no hiciera desaparecer.

El encargado de “crear” la mencionada playa incluso en horas de marea alta, fue el Contratista de Obras Bendayán. Corría el año 1962, y con las que se consideró pertinentes cargas de dinamita, la manera de convertir en  realidad el proyecto, consistió en hacer explosionar las rocas existentes bajo el acantilado. Carlos recuerda cómo siendo muy niño, la explosión de una de aquellas cargas, realizadas sin previo aviso, impactó en la cristalera situada bajo el mirador del chalet de Gomendio, haciéndolo añicos. Y también, de cómo estando en la zona del “Casino” destinada a terraza de verano y que daba hacia la Plaza de España, cayeron  varias piedras de considerable tamaño, una tarde mientras numerosas madres acompañando a sus hijos, vigilaban sus juegos. Pero no fue esto lo que hizo desistir a las autoridades de la época de su empeño. Una mañana de 1963, dos gigantescos socavones alertaron a los larachenses que parte de la zona ajardinada de “El Balcón del Atlántico”, se había precipitado hacia el océano. Un primer socavón, casi frente a la casa en la que Sergio y Carlos vivían. Otro, enorme y peligroso, frente a donde finalizaba la calle del “Casino”. El barranco de la “Ain Chaka”, privado de sus cimientos naturales, había cedido de manera irremisible. Fue necesario esperar algunos años durante los que, cientos y cientos de camiones cargados de tierra rojiza descargados en las zonas afectadas,  acabaron por restañar las heridas causadas por la acción humana.

Feria de Larache

En verano, la calle Mulay  Ismail, contaba con el aliciente de que durante la primera quincena del mes de agosto y en parte de ella, comenzando justo delante del edificio en el que Sergio y Carlos vivían, descendiendo hasta la entrada del Consulado de España y ocupando también la calle del “Casino”, se instalaba la feria de la ciudad.  Ello ocurrió desde que aproximadamente hacia 1970, las autoridades municipales decidieron instalar en aquel lugar las atracciones de la misma. Se iniciaban éstas debajo de sus casas, con un local en el que una pequeña orquesta compuesta por varones tocaba música marroquí, a veces solos, otras  acompañando a una o dos bailarinas que ataviadas con la vestimenta propia para la ocasión, contorsionaban sensualmente sus cuerpos al ritmo de la música. Continuaban con unos columpios giratorios que alcanzaban una considerable velocidad, tanta que llegaban a ponerse casi en posición vertical. Siguiendo hacia el citado consulado, dos tiovivos uno más grande que el otro; y frente a donde finalizaba la calle del “Casino”, los coches de choque. La última de las atracciones con las que en aquellos primeros años de la década de los setenta contaba la feria, era un coso alzado, de madera, a cuya parte alta se accedía por unas escalerillas para desde allí poder ver a un motorista que dando vueltas al mismo, alcanzaba tal velocidad, que conseguía circular por sus paredes.

Feria de Larache, en agosto de 1973: Pilar Tenorio. Molly Melul, Carlos Tessainer, Bilal y María José Tenorio

Y diseminados por todo aquel espacio, pequeños puestos en que se vendían porciones de coco, siempre regadas por el pertinente chorrito de agua; algodón azucarado, garrapiñadas, caramelos, peladillas, pipas de girasol y calabaza, cacahuetes, garbanzos tostados y todo lo que en aquella época, cualquier visitante de una feria pudiese y quisiera encontrar en ella. La semana de Larache finalizaba con unos fuegos artificiales que, lanzados desde la azotea del “Casino”, causaban la admiración del gentío que acudía a presenciarlos. Cuando estos acababan, de nuevo el cielo larachense de las noches claras, pintado por infinitas estrellas, se convertía en el “techo” habitual de la ciudad.

Una vez finalizada la zona ajardinada y por tanto “El Balcón del Atlántico”, la calle Mulay Ismail continuaba en dirección al faro, como con anterioridad ha sido mencionado, constituyendo además el acceso natural,  entre otros,  a los barrios de “Las Navas” y “Nador”.

Era ya una zona alejada de donde Carlos y Sergio vivían, por lo que poco recuerdan de ella, salvo algún dato o hecho esporádico; y sobre todo, bastante retirada del centro de la ciudad, que era el lugar en que se desarrollaba la vida social durante aquellos años. Además, poco a poco, había ido despoblándose de familias españolas, que se trasladaron a residir a otros barrios, y raramente se iba por aquella parte de la calle, donde en su acera izquierda se hallaba el “Grupo Escolar España” y viviendas, en su mayor parte de una sola planta; y en su acera derecha, el cementerio musulmán y el viejo cementerio cristiano, conocido con el nombre de “La Marina”, el matadero y la cárcel. En esa zona, justo en la esquina entre el Mercado y el camino a “Las Navas” hay un edificio en el que vive Mohamed Sibari, y es corriente verle allí asomado a su balcón, con su gorra calada hasta los ojos, leyendo, escribiendo y vigilando la ciudad.

Foto de Itziar Gorostiaga

Por eso, estos recuerdos sobre la calle Mulay Ismail, abarcarán sólo hasta la explanada en la que terminaba la calle Cervantes, aquella que naciendo en la Avenida Mohamed V y frente al jardín de “Las Hespérides”, finalizaba en el Mercado.

Debe volverse por ello de nuevo a la Plaza de España para reiniciar el recorrido de la calle, pero ahora por su acera izquierda. Antes del “desembarco” español de 1911, y aún años después, Larache estaba cercada por un cinturón de murallas cuyas puertas se cerraban por la noche. La zona a la que se accedía desde el Zoco Chico al exterior por la llamada “Puerta de la Medina”, donde actualmente se halla la Plaza de la Liberación, era conocida como el Zoco Grande. Una vez finalizada la explanada en la que el mismo se celebraba, comenzaba una extensa finca conocida con el nombre de “El Jardín del Zoco”, iniciándose aproximadamente donde en la actualidad está el “Café Lixus” y que abarcando las actuales construcciones situadas en la acera izquierda de la calle Mulay  Ismail, así como la totalidad de la acera derecha de la calle Mohamed Zerktouni y parte de la izquierda, llegaba hasta el Mercado.

calle Mohamed Zerktouni

Esta gran propiedad, que por uno de sus laterales se extendía también hacia la zona donde con posterioridad se construyó el Palacio de los Duques de Guisa, era toda ella propiedad de la familia belga Clarembaux  (entre los españoles, siempre fueron conocidos como “los Clarambó”). En concreto de Emmanuel Clarembaux, Agente Consular del Reino de Bélgica en Larache, nacido en aquel país en 1835 y fallecido en Larache el 15 de febrero del año 1900.

Por ello, cuando ahora se inicie el recorrido por la acera izquierda de la calle Mulay Ismail, en más de una ocasión deberá hacerse referencia a la mencionada familia europea, que habiendo llegado a la ciudad en época tan temprana, sus descendientes residieron en ella hasta comienzos de la década de 1970. Los últimos en marcharse fueron Manolo, Giselle y Teté Clarembaux.

Partiendo pues de la Plaza de España y donde con posterioridad se ubicó el “Café Lixus”, abriendo su fachada principal hacia la misma, se hallaba y halla un edificio de viviendas, construido entre 1923-1926, cuyo estilo según los arquitectos Guillermo Duclos Bautista y Pedro Campos Jara, es de “arquitectura tradicional con elementos islámicos”. Es posiblemente el más emblemático y bello de toda la plaza, siendo característica la ornamentación de su fachada mediante azulejos de color verde. Carlos recuerda en los bajos del mismo los “Almacenes Martínez”, que en la parte que hacían esquina con la calle Mohamed Zerktouni (antiguamente llamada 17 de Julio) estaban destinados a tienda de telas y confección, mientras que la zona que formaba esquina con la calle Mulay Ismail era tienda de muebles, siendo ambos establecimientos del mismo propietario. Estos almacenes cerraron sus puertas a finales de la década de 1960 y hacia 1970-1971, en ellos se ubicó el “Café Lixus”. Como dato curioso, señalar que este edificio de dos alturas era de los poquísimos en la ciudad de Larache que contaban con portera. La de éste, se llamaba Polonia; era una mujer viuda y sin hijos, que vivía junto a su hermana Leonor en una vivienda ubicada en la azotea. Cuidaba el portal y las escaleras con esmero, poniendo especial cuidado en que los niños no bajasen dando saltos, ya que los peldaños eran de mármol blanco, ya muy desgastados, y temía que pudiesen ser dañados.

Esquina Café Lixus – en la viviendadel chaflán, primer piso, vivía Mr. Jörn

Este edificio que hacía esquina con la calle Mulay Ismail, contaba también con algo digno de ser recordado. En el primer piso, y abriendo parte de sus ventanas y balcones a la calle en la que Sergio y Carlos vivían, habitaba un personaje singular de la ciudad: “Mister John”. A comienzos de la década de 1960, era una persona de edad ya avanzada, que “oficialmente” vivía de impartir clases particulares de inglés a los numerosos alumnos que a su residencia acudían. No era británico; se decía que había sido un antiguo nazi huido tras la derrota alemana, que acabó encontrando refugio en Larache… ¡se dijeron muchas cosas! Su verdadero apellido no era “John”, sino JÖRN, y su nacionalidad era danesa, aunque dominara el inglés a la perfección. Su esbelta y enjuta figura, provisto de bastón, visera y gafas pequeñas y redondeadas, que cuando hacía sol cambiaba por otras semejantes con cristales totalmente oscuros, permanece en la memoria de muchos larachenses, que le recuerdan paseando de manera apacible y saludando ceremoniosamente a las señoras con ademán de descubrirse y mediante una ligera inclinación de cabeza; y forma para siempre parte de la pequeña historia de la ciudad. En ella falleció hacia 1963-1964.

Desde la Plaza de la Liberación, antes de España, vista de la casa de Mr. Jörn y casas Escriña

En este inmueble, y también en el en el primer piso, dando sus balcones y ventanas hacia la calle Mulay Ismail, vinieron a vivir hacia 1970, procedentes de Alcazarquivir, la familia formada por Luis Jiménez Partal y Dolores Peñuelas con sus dos hijos. De ellos, Loli fue compañera de Bachillerato de Carlos.

Continuando la calle por su acera izquierda, una vez finalizado el mencionado edificio y caminando hacia “El Balcón del Atlántico”, existía una de las construcciones más hermosas desde el punto de vista arquitectónico de la calle Mulay  Ismail, y que hacía esquina con la actual calle Tarudant. Contaba el edificio con dos alturas, y en su esquina, con una airosa torre de tres plantas y un tejado a cuatro aguas cubierto por tejas vidriadas en color amarillo intenso. En su planta baja, estaban las sastrerías “Moya” y “Saavedra” y todos los vanos de los locales, excepto el portal de acceso a las viviendas, estaban flanqueados por columnas de granito negro: estrechas en su parte alta y baja, y engrosadas de manera considerable en el centro. En la segunda planta, vivieron durante algunos años dos familias muy entrañables para Carlos: las compuestas por el ebanista Joaquín de la Vega (que era quien entre a otros muchos clientes hacía los muebles por encargo a la Duquesa de Guisa) junto a su mujer Amelia Pérez Govea y su hija Victoria; y la del Hadch Mohamed Yebari y su mujer Badía. El edificio del que se habla, estaba adosado en la pequeña calle anteriormente citada a otro también espléndido, con un espectacular mirador de madera tallada dando a la callecita y hoy en día inexistente. La torre del edificio, con cierta similitud con la anteriormente descrita, estaba cubierta por tejas vidriadas en color azul marino. Había sido mandado construir por el Contratista de Obras Blas Bustamante, y en él residía su viuda, Lucrecia Ibergallartu Ibergallartu: fueron padres de quien se convirtió por su matrimonio en segundas nupcias en mujer del bajá de la ciudad, Lucrecia Bustamante Ibergallartu, casada con Mohamed-Jalid Raisuni. Lamentablemente, el actual propietario de esta joya arquitectónica, ha anunciado su intención de derribar el inmueble, pese a la oposición de las asociaciones culturales locales.

Atravesando esta pequeña calle y siempre caminando hacia “El Balcón del Atlántico”,  existía un viejo y casi abandonado edificio de una sola altura propiedad de una de las ramas de la familia Clarembaux, que poco se ocupaban de él, pues ya no residían en la ciudad. Sus gruesos muros, indicaban que en un pasado se tuvo la intención de construir sobre él un inmueble de más plantas. En la parte que daba a la pequeña calle anteriormente citada y en un pequeño local, a finales de los años 1960 se abrió un negocio con el nombre de “Ebanistería Barroco”. El ebanista era un marroquí joven, bien formado en su profesión y con mucha ilusión, casado con una profesora de gimnasia del que fue “Grupo Escolar España”. Realizó “por amor al arte” un regio sillón  a la manera de trono, de tal calidad que Mohamed Yebari estuvo tentado en contactar con la Casa Real de Marruecos para, de acuerdo con el ebanista, hacer donación de él al rey Hassán II. El resto de este viejo edificio hoy inexistente, estaba ocupado como dependencias del garaje de los autocares “La Escañuela”, junto al que se encontraba; salvo un pequeñísimo local, en el que un hebreo ya de cierta edad y en cuyo rostro refulgían unos ojos de un azul tan intenso como el océano cercano, se dedicaba a hacer y vender dulce de membrillo.

Finalizado el viejo edificio, se iniciaba un gran inmueble mandado construir por su propietario: el Contratista de Obras y empresario Francisco Román Quiñones. Eran en realidad dos edificios adosados, que en su parte superior albergaban los domicilios  tanto del citado contratista y su mujer Amalia Fuertes, como el de las tres hijas del matrimonio con sus familias: Angelina, Pilar y Mercedes. La edificación en su conjunto, hacía esquina tanto con la calle Mulay Ismail como con Mohamed Zerktouni, teniendo su portal de acceso por la antigua calle Renschhausen (así llamada en honor del que fue Cónsul de Alemania en Larache durante largos años), actualmente llamada calle Taza. La parte baja del edificio que daba hacia “El Balcón del Atlántico”, se hallaba ocupada casi en su totalidad por el garaje de la empresa de autocares “La Escañuela”, así como por almacenes donde se guardaba diverso material de los negocios que la familia Román poseía. Esta parte del inmueble, de una sola altura, ha sido catalogada por los arquitectos Guillermo Duclos Bautista y Pedro Campos Jara (anteriormente citados) como perteneciente a una “Arquitectura de base compositiva tradicional, aunque empleando elementos del lenguaje nacionalista”, siendo datada en la segunda mitad de la década de 1930. La parte baja del resto de la edificación, estaba ocupada por la droguería “La América”, que hacía esquina con la calle Mohamed Zerktouni. Se llamaba así porque Francisco Román, antes de llegar a Larache en 1912, había estado unos años en Cuba, donde había emigrado intentando hacer fortuna, naciendo así en La Habana su hija mayor: Angelina. A continuación de la droguería, estaba una tienda de comestibles llamada “Los Tres Hermanos”, pues eran tres hermanos de la familia Rosendo los propietarios del negocio: se llamaban Paco, Manolo y Carmelo. A la vez que tienda, por una de sus puertas laterales se accedía a un amplio mostrador de madera que hacía las veces de bar.

Calle Mohamed Zerktouni, antes 17 de julio

Sergio y Carlos recuerdan ambos establecimientos, a los que sus madres les enviaban a hacer mandados de última hora, de los que casi siempre obtenían como recompensa el poderse comprar un chicle que en aquel entonces valía 0,50 francos (dos reales, se decía comúnmente). Ambos tienen grabado en algún lugar de sus cerebros el aroma especial, tanto de la droguería como sobre todo el de la tienda de ultramarinos: olores de infancia que el paso del tiempo no logra borrar, y que a veces se cree percibir de repente y ya en la madurez, en el lugar más insospechado.

En este edificio, el de la familia Román, Carlos tuvo a sus tres primeros amigos de infancia, a los que se siente orgulloso de seguir conservando: Eduardo, Pili y Maite; y sus familias, fueron en realidad su segunda familia, y sus casas, una prolongación de la suya.

Fiesta del Trono en marzo de 1974, celebración en La Escañuela (de izquierda a derecha): Antonio Peral, Antonia Osuna, Maite Sánchez Román, Carlos Tessainer, Angelina Román, Fatima, Mercedes Román y Eduardo Espinosa.

Atravesando la pequeña calle Renschhausen o Taza, se llega al inmueble en el que Carlos y Sergio vivían.  Para ambos, la calle Mulay Ismail era y es “El Balcón del Atlántico”, tomando como eje del mismo la parte sin duda más hermosa de los jardines, la situada en torno al “redondel”;  y el edificio en el que habitaron durante varios años, del que cerrando los ojos, pueden aún percibir la textura del pasamanos de las escaleras, el olor del portal, el sonido de las puertas de las habitaciones de sus casas al cerrarse, el dibujo de las solerías, el  ruido de la lluvia cayendo sobre la azotea en las noches de temporal,  y tantas y tantas cosas  que llenan sus recuerdos y sus corazones…

Es por eso oportuno saltarse transitoriamente la descripción del mismo y de quienes en él moraron, dejarla para el final, pues merece un apartado de excepción;  tanto para el que en él prácticamente nació (Sergio), como para el que abandonó Larache camino de España llorando desconsoladamente mientras descendía por las escaleras de “su casa” (Carlos).

Así pues tras el edificio “arrinconado” en este relato transitoriamente por cariño, se abría lo que parecía un chalet, y en realidad no lo era. Se situaba en la parte trasera del inmueble que la familia Clarembaux tenía en la calle Mohamed Zerktouni, y en el que residía. Era una primera planta que, mientras en su fachada principal contaba con dos viviendas que daban a la citada calle, por su parte trasera constituía una única vivienda a la que se accedía por una larga escalinata a la que se llegaba atravesando un amplio jardín. En ella vivió el Doctor Antonio Mayor (médico personal de la Duquesa de Guisa), hasta que en 1963, se marchó a vivir a España. Frente a la entrada del “chalet”, el único árbol existente en la calle Mulay Ismail: un cinamomo que había sido mandado plantar hacía muchos años por el Doctor para que al aparcar su coche, éste tuviese sombra. Para los niños que en aquella zona de la calle vivían, “el árbol de Mayor”, era un punto de referencia, ya para echar una carrera, ya para quedar, ya para escalar a él…

Se sucedían después varios locales con solo planta baja, también propiedad de la citada familia belga, en uno de los cuales estaba la carpintería de Carlos Martín (hermano de “Paquito el Calvo”), en el que tras marcharse éste, se estableció un pequeño obrador artesano propiedad de un marroquí, donde se hacían los helados y limonadas que en verano vendían los “carritos” en la ciudad. Después, existían una serie de construcciones con similares características a las anteriormente citadas. En una de ellas, vivía una marroquí ya anciana, de nombre Henía. Era alta como una torre e iba siempre ataviada con una chilaba color gris claro y la cabeza cubierta con pañuelo blanco; la buena mujer se enfrentaba a los niños que montando en bicicleta, corrían por la acera cuesta abajo en dirección al Mercado, mientras ella barría y fregaba con esmero la parte de acera situada junto a la puerta de su casa. ¡”Ninio, antina wualo jachuma! ¡Yo no quiri la bascleta por cera, tu pillando a mí! ¡Yo jabla con padre dialik!”, eran el grito de guerra con el que hacía salir a la carrera a aquellos por los que temía ser atropellada. En muchas ocasiones, iba personalmente a la casa de Sergio para decirle a Maru que le dijera a su hijo y a  sus amigos que dejaran de molestarla con sus bicicletas. Las noches de verano, Henía sacaba su silla a la acera y, junto con una o dos amigas de su misma edad, hacían tertulia con sus vecinos españoles.

Balcón Atlántico y calle Mulay Ismail – foto de Itziar Gorostiaga

Puerta con puerta a la casa de Henía, vivía la familia de quien tenía la churrería bajo los arcos de la Plaza de España: Antonio Jiménez; su hijo se llamaba Manuel. Había tenido la desgracia de quedar huérfano de madre siendo muy pequeño; ésta falleció porque estando en la churrería, tuvo el infortunio de presenciar los violentos sucesos que se produjeron en Larache con la proclamación de la Independencia, y que culminaron con la quema de los guardias negros del bajá Mohamed-Jalid Raisuni. Aquella mujer aterrada, falleció de un ataque cardiaco. Manuel vivía en esta casa en compañía de su padre, de sus abuelos maternos y de un tío, que tenía un taller de fontanería justo al lado de la vivienda. Era un chico bueno y entrañable, que adoraba a su abuela, que fue quien lo crió. Cuando Manuel tenía aproximadamente once años, su abuela falleció: desgarró a quien acudió al cortejo fúnebre la escena de aquel niño llorando amargamente por la pérdida de quien en realidad había sido su segunda madre.

Continuando la calle Mulay Ismail, había un conjunto de pequeñas edificaciones y garajes ocupados como dependencias de los autocares “La Escañuela”. Se llegaba así a una casa de una sola planta, donde durante un tiempo vivió uno de los hermanos Osuna con su familia, y que hacía esquina con la calle Teniente de las Heras. Pegada a la citada construcción, y en esta calle, se hallaba el domicilio de la familia Paz González, donde residían Antonio, Juan (conocido por los larachenses como “el canario”), Maruca, Julia, Paqui y Puri, esta última madrina de bautismo de Marisol Barce, hermana de Sergio. La casa la formaba una planta baja, y a la vivienda se entraba por un portal con puertas de madera, que se hallaban abiertas permanentemente, atravesando las cuales  se accedía a un zaguán; en el mismo cinco o seis peldaños ascendían hasta una puerta con cristales esmerilados de colores. Como quiera que a ambos lados en vez de pasamanos había dos especies de poyetes de piedra artificial color rosáceo imitando granito, de considerable inclinación, era frecuente el que los niños entrasen allí para deslizarse por ellos como si fuesen toboganes. A veces, el jaleo que se armaba era tal, que salían de la casa para que se marchasen. Uno de esos niños era Sergio que recuerda con claridad cómo, mientras sus padres y hermana estaban con la familia en el interior de la casa, él se quedaba con sus amigos deslizándose por los poyetes del portal.

portal de acceso de la que fuera representación de Gran Brataña -foto de Carlos Tessainer, año 1996

En la citada calle, en el tramo que discurría entre Mulay Ismail y Mohamed Zerktouni, y en la acera opuesta donde vivía la familia Paz, se hallaba un pequeño callejón, que daba acceso a la entrada de servicio del inmueble donde tenía su sede el Viceconsulado de Gran Bretaña, en el que  en lo más alto del mismo, ondeaba desde 1917 la bandera de este país. Junto al callejón, se situaba el taller del marmolista Salvador De Cózar.

Es difícil hablar de Larache durante la segunda mitad del siglo XIX y hasta  comienzos de la década de los años setenta del XX, sin hacer referencia a la familia británica Forde, originaria de Manchester, y que fueron los representantes británicos en ella durante tres generaciones, a partir de 1894.

Tras el establecimiento del Protectorado español en el norte de Marruecos en 1912, hubo inicialmente cierto recelo por parte de la población en general de expandirse fuera de las murallas de la medina, a partir de la antigua Plaza de España. La primera familia en construir su vivienda extra-muros fue la de los Guagnino, representantes de Italia y de otros países europeos; posteriormente los Clarembaux, representantes de Bélgica, y prácticamente a la par los Forde (merece destacarse el hecho de que las tres edificaciones aún existen). Estas familias estaban emparentadas entre sí, como lo estaban con los De Cuevas, de la que don Teodoro era el representante de España.

calle Mulay Ismail: inmueble donde se encontraba el Viceconsulado de Gran Bretaña -foto de Carlos Tessainer, año 1984

El edificio de la familia Forde, en el que tenía su sede la representación británica, fue construido en 1917. El terreno era propiedad de la familia Clarembaux, pero acabó en manos de los Forde cuando Denise Clarembaux De Cuevas, hija de Emmanuel Clarembaux y nieta materna de Teodoro De Cuevas y Espinach, casada con Lewis Forde Guagnino, vicecónsul de Gran Bretaña en la ciudad, lo recibió como herencia. Era un amplio edificio, que daba a las calles Mohamed Zerktouni, a la antigua calle Teniente de las Heras y a la calle Mulay Ismail, a la que se abría su fachada principal. La parte de vivienda y sede diplomática, contaba con planta baja y dos alturas en alguna de sus zonas. Eran en realidad dos edificaciones adosadas, a la que a una de ellas, se accedía por un callejón de arena que daba a la calle Mohamed Zerktouni, pero que internamente estaban unidas. Toda la parte baja del edificio, estaba ocupada por locales comerciales, algunos de los cuales habían servido en el pasado como almacenes en los que los Forde, depositaban los numerosos productos con los que comerciaban. El último miembro de la familia Forde que falleció en Larache, fue la anciana Doreen Forde Guagnino, hacia 1970-1971. En la familia se la conocía como “titi Dori”.

Cuando en junio de 1974 falleció Archibald Forde Clarembaux, poco tiempo después se desplazó a Larache un representante de la Embajada británica en Rabat, para hacerse cargo de los sellos oficiales y demás símbolos de la legación. Fueron Andrés Mula Luque y Mohamed Filali (empleado de “El Hostal”), los que ayudaron a este señor a desmontar el escudo metálico que con el emblema de Gran Bretaña se hallaba colocado en la terraza principal del edificio, tras lo que también le hicieron entrega de la bandera del país. Con ello, desapareció la representación consular (tenía la categoría de Viceconsulado) británica en la ciudad, cuya historia había sido más que centenaria.

foto de Carlos Nieto

Tras el edificio de la familia Forde, se alzaba uno de tan solo planta baja, y que hacía esquina con el final de la calle Cervantes, y por tanto con la explanada del Mercado. En el mismo, se encontraba el obrador de pan y panadería “El Milagro”, propiedad de la familia Ramos. En la parte trasera de la tienda propiamente dicha, estaba la vivienda de la familia, cuya puerta de acceso daba a la calle Mulay Ismail. Allí vivían Manuel Ramos y Carmen Romero con los hijos que aún estaban solteros. Pero también el matrimonio formado por su hija Loli, su marido Francisco Aledo y los hijos de ambos: Mari Carmen y Paquito. Aunque tenían casa propia, la hija, el yerno y los nietos habían preferido vivir allí haciendo compañía a los abuelos.

Los recuerdos de la calle Mulay Ismail de los que Carlos y Sergio quieren haceros partícipes, como anteriormente ha quedado dicho, acabarían en este lugar. Pero antes de regresar al edificio en el que vivieron, que dejaron transitoriamente relegado a propósito, sería imposible para ellos el hablar de su calle sin hacer referencia al Mercado, en el que por proximidad a sus casas, tantas veces estuvieron: de pequeños, acompañando a sus madres, ya más mayorcitos, para hacer algún “mandado”.

Mercado Central de Larache, más conocido como “la plaza”

Remembranzas de infancia y primera adolescencia, impregnadas por el olor a hierbabuena, cilantro (culantro, se le llamaba allí), melones maduros y aceitunas morunas aliñadas en sus innumerables variedades. Recordar a algunos de los vendedores: el “Moreno”, que según decían era el que mejor pescado ofrecía; la “Morena”, que nada más entrar al Mercado -a la izquierda- vendía flores. A Mochito, el carnicero hebreo; o el puesto de Revilla, donde trabajó Ahmed Argal, y a Jamuda cuya carne de vacuno tenía fama por su calidad. También Joselito regentaba otra de las carnicerías, tenía una hija llamada Mari Loli, huérfana de madre pues murió al nacer ella. Y a Mennana, que vendía huevos; a un vendedor de verdura marroquí al que todos conocían como “Luisito”; a Alí el pollero; a Agapito, que vendía morcillas… Por entonces, Fernando García era ya el único carnicero que a comienzo de los años 1970 vendía cerdo. También a un vendedor de pescado al que apodaban “el Elefante”, y Sergio en concreto se acuerda de cómo Mustapha, el chico que a veces le hacía la compra a su madre, le traía el pescado del puesto de Abdellah. Y junto al puesto de Fernando García, la tienda de comestibles de Paco Mula… Y una vez a la semana, el zoco que se establecía en la parte trasera del edificio, con gran afluencia de público.

Ahmed Argal, en el Marcado, con la hija de Revilla, Mari Carmen

El inmueble en el que Sergio y Carlos vivieron, ocupaba y ocupa un lugar privilegiado si se toma como lugar de referencia la zona en la que los jardines de “El Balcón del Atlántico” tienen una mayor anchura, la situada en torno al antiguo kiosco de música: el “redondel”. La vista desde las ventanas y balcones de la primera planta es excepcional. Asomados a una de ellas, aparecen Maru Gallardo y su hijo Sergio: es la que sirve de cabecera a este blog.

Sergio Barce con su madre Maria Eduarda Gallardo “Maru” asomados a la ventana de su casa sobre el Balcón

Desde la azotea del edificio, la vista es aun más completa, pues puede contemplarse desde el faro de la ciudad, situado al sur, hasta la “Playa Peligrosa” al norte. Existe una  hermosa postal de Larache de comienzo de los años 1970 cuya imagen fue tomada precisamente desde la azotea a que se hace referencia.

El edificio tiene una historia casi centenaria, al menos en lo que a su planta baja se refiere. Construido por la familia Clarembaux en un solar de la amplia finca de la que eran propietarios, y a la que ya se ha hecho mención, la construcción inicial se remonta a finales de la década de 1910. Ello aún puede atestiguarlo el considerable grosor de sus muros y lo elevado de los techos de la citada planta, en los que eran visibles las estrechas vigas de hierro que en pequeños tramos sujetaban las distintas partes del techo, ligeramente abovedado entre ellas.

Desde el principio el edificio contó con dos portales. Mirándolo desde la acera de los jardines, en el portal de la izquierda había dos viviendas; una y un local en el de la derecha. Fue a finales de la década de 1940 y comienzos de la de 1950, cuando el entonces propietario del inmueble, Jean Emmanuel Clarembaux, que lo había heredado, decidió aprovechar la buena cimentación de lo ya construido para, respetándolo, levantar sobre ello una planta. Quedó así en buena medida configurado todo él, aunque hubo todavía algún cambio posterior.

El edificio donde vivían Carlos y Sergio -foto tomada en 1984 por Carlos Tessainer

El inmueble tenía y tiene su fachada principal a la calle Mulay Ismail, frente a la zona principal de los jardines de “El Balcón del Atlántico”, como ya ha quedado citado.  Clarembaux, intentó armonizar la planta baja con la recién construida, consiguiendo así un conjunto cohesionado. Según los arquitectos Guillermo Duclos Bautista y Pedro Campos Jara, anteriormente mencionados, y por similitud con el edificio en cuyos bajos se hallaba el garaje de “La Escañuela”, se caracteriza por ser un inmueble de “arquitectura de base compositiva tradicional, aunque empleando elementos del lenguaje nacionalista”. Una de sus fachadas laterales, se abría hacia la antigua calle Renschhausen (actual calle Taza) y la otra, hacia el jardín de la casa donde vivía el Doctor Antonio Mayor, y propiedad de la familia Clarembaux. Durante algunos años, la calle Renschhausen fue lugar de estacionamiento de tres o cuatro caballos destinados con sus correspondientes carros a hacer portes. Lo cierto es que el olor era francamente desagradable, por las deposiciones y orines de los animales. La pequeña calle, era conocida como “el callejón de los caballos”, siendo un gran alivio cuando hacia 1963, las autoridades municipales decidieron retirarlos de aquel lugar.

calle Mohamed Zerktouni, antiguamente 17 de Julio

La parte trasera, lindaba inicialmente con un solar también propiedad de la mencionada familia belga, que poco tiempo después pasó por venta a la familia Córdoba, donde construyeron un moderno edificio en cuya parte baja estaban los “Almacenes Córdoba”; pero éste, se abría casi en su totalidad a la calle Mohamed Zerktouni. Es el edificio en cuyos bajos está aún “La Casa de España”. Este  inmueble tenía no obstante su portal de acceso a las viviendas en la calle Taza; era casi “desproporcionadamente” grande en relación al edificio en sí. Junto al barranco de la “Ain Chaka”, era el lugar preferido en el que Sergio y sus amigos solían poner petardos, pues en un espacio tan amplio, el enorme retumbar estaba asegurado…

El origen y posterior historia del edificio, hasta conseguir su configuración casi definitiva, ya ha sido expuesta. Pero hay otro hecho singular que marcará su devenir y que tiene buena parte de rocambolesco. Corría el año 1958, cuando Nazario García Cabrera, casado con Pilar Román Fuertes (hija del Contratista de Obras Francisco Román Quiñones), recibió en su cristalería de la calle Mohamed Zerktouni la visita del vendedor de lotería, a la que era muy aficionado a jugar. Sin que se diesen cuenta, su hija Pili, que contaba con algo más de dos años de edad, se las amañó para cogerle un décimo al vendedor, arrugándolo a conciencia. El lotero no dijo nada, pero Nazario, se sintió en la obligación moral de comprar un décimo que al estar deteriorado, sin duda nadie iba a comprar. ¡Para colmo acababa en cero! Y él tenía la manía de no jugar nunca a un número con esa terminación. ¡Qué se le iba a hacer! A Nazario García Cabrera le tocaron ¡1.250.000 pesetas de la época!, toda una fortuna. Con ellas adquirió el inmueble en el que Carlos y Sergio vivieron. Y Nazario fue para ellos siempre “el casero”.

Maru (María Eduarda Gallardo), la madre de Sergio, en la azotea -al fondo, el Balcón y los chalets- foto de Antonio Barce

Pero una casa con vecinos, un inmueble destinado en su totalidad a viviendas de alquiler, nada dice por sí mismo. Son los inquilinos, los moradores de sus pisos, los que le dan vida. Muchas familias se fueron sucediendo en el tiempo en los mismos. Era frecuente que cuando alguien se mudaba (casi siempre porque se marchaba a España), cualquiera de los que allí residían, decidiera trasladarse a la vivienda que había quedado vacía, porque era más espaciosa que la suya o porque simplemente le gustaba más; o bien venía a habitarla cualquier familia procedente de otro lugar de la ciudad. Con el fin de que la “historia humana” del edificio en el que Carlos y Sergio vivieron no se convierta en un tremendo lío para quien quiera enterarse de ella, es preciso centrarse en determinadas familias, en aquellas que por su tiempo de permanencia en las viviendas o su relación con quienes entonces eran niños o adolescentes, dejaron en ellos un recuerdo especial. No por ello se olvidan de otros vecinos que tuvieron y de los que se acuerdan, pero resulta obligado realizar una simplificación encaminada, como ha quedado dicho, a una mejor comprensión.

Guido Tessainer Sprenger, padre de Carlos, en el Balcón
Al fondo, dos ventanas arriba a la derecha de la casa de Sergio, abajo a la izquierda la de Francisco Martín y María Ara, y a la derecha la de Juanito – año 1967

Situándose en los jardines de “El Balcón del Atlántico” y mirando hacia el edificio, se abrían los dos portales anteriormente citados. En el de la izquierda, en el número 19, existían dos viviendas en la planta baja, dos en la primera y una en la azotea, que se asomaba parcialmente a la calle Taza mediante un balcón. En la planta baja, en la puerta izquierda, existió un obrador de pastelería, negocio propiedad de la familia Nieto. Vendían sus productos, depositados en grandes cestas de forma alargada por las calles de Larache, al grito de “¡Que voy!” Esta familia tenía también allí su residencia. La casa tenía un gran sótano, que compartimentado, uno de ellos servía como almacén de leña para el horno; y el otro, alicatado con azulejos blancos, como gigantesco depósito de aceite. Se marcharon hacia 1960-1961. Como el piso era muy amplio, el dueño del edificio decidió dividirlo en dos, a la vez que se rellenaron los mencionados sótanos con material de derribo. A uno de los pisos resultantes se accedía por una puerta que se abría a la calle Taza, mientras que el otro continuó teniendo su puerta de entrada por el portal. En este último piso, y tras sucederse varios inquilinos, acabaron residiendo Isabel López, su hermano José Miguel y José, el padre de ambos; Isabel era muy conocida en Larache, pues era la cajera de la ferretería “El Yunque”.

Nini Cabrera, Emilio Morales, Manuel Cabrera y su mujer María, y los padres de Sergio: Maru Gallardo y Antonio Barce

En la misma planta baja y en la puerta derecha, vivía Manuel Cabrera (que trabajó como chófer personal de José Gomendio Ochoa hasta su jubilación, siempre con su uniforme y su gorra, y del que Sergio recuerda que a veces le dejaba sentarse al volante del flamante coche para que imaginase que lo conducía) junto a su mujer María. Durante algún tiempo vivieron con ellos dos de los hijos que les quedaban solteros, entre ellos Nini, que se casó con Emilio Morales (primo hermano de Maru, la madre de Sergio); el hijo, se casó con Paqui Rivero, hermana de Mariqui, de la que posteriormente se hablará. El matrimonio Cabrera era ya mayor. Carlos los recuerda como los vecinos más antiguos de todo el inmueble, pues en aquel piso vivían desde la época en que el mismo tenía tan solo planta baja, antes de que Jean Emmanuel Clarembaux decidiese construir una primera altura.

En el primer piso, en la puerta de la izquierda, había vivido la locutora de radio Matilde Vilariño. En esta vivienda, acabaron residiendo José Castro y Mari Carmen Salaverría, inicialmente con sus hijos Kiko, Mari Emi, Miguel (gran amigo de Carlos durante la niñez) y Mamen; posteriormente, en 1967, nacería Silvia.

La familia Tessainer, en 1957

En la puerta de la derecha, vivía el matrimonio formado por Guido Tessainer, su mujer Cari y tres de sus cuatro hijos: Guido, Ana María y Carlos; el mayor de los hermanos, Fernando, cuando los Tessainer se mudaron a aquel piso en 1959, cursaba ya sus estudios en España, por lo que sólo regresaba a Larache en vacaciones. Era una casa espaciosa, que tenía unos ciento cincuenta metros cuadrados, con un salón-comedor enorme, y alguno de sus dormitorios, casi tan grande como él. La fachada del edificio, que entre las calles Mulay Ismail y Taza acababa en esquina en su parte baja, en esta primera planta, formaba un chaflán donde se situaba un amplio balcón redondeado que se abría en diagonal hacia el chalet de Gomendio. En este piso, tuvo su sede durante breve espacio de tiempo el consulado de uno de los países del Magreb que habían conseguido la independencia hacía pocos años: quizás el del entonces Reino de Libia; tal vez el del también entonces Reino de Túnez. Así lo atestiguaban los hierros empotrados en el muro de ladrillo del balcón destinados a que ondeara la bandera del país en cuestión.

Carlos Tessainer y su madre, Cari, en 1959

Los Tessainer estuvieron viviendo allí hasta que en diciembre de 1973, se marcharon a España. Para Carlos, hablar de Larache y de esta casa, constituye un todo inseparable. A ella llegó con dos años y medio de edad, y de ella se marchó días después de haber cumplido los diecisiete años. De manera recurrente aparece en sus sueños, y aunque en el transcurso del tiempo haya habitado en otras muchas, a ésta la lleva especialmente en el corazón. Cuando los Tessainer se fueron, fue ocupada por el matrimonio formado por Joaquín Mari, Rosa Recio y los tres hijos que entonces tenían: Rosa, Joaquín y Yolanda.

Antonio Barce, el padre de Sergio

En la segunda planta, y en una vivienda que se abría a la azotea del edificio, se sucedieron varios inquilinos, entre ellos, y como ya ha sido mencionado, los Barce, en la que fue su primera casa tras casarse. En ella acabaron residiendo el matrimonio formado por Manuel Martín y Paca Pérez con sus cuatro hijos: Loli, Manolito, Mari Paqui y Juan Antonio.

En los jardines del Balcón: Paqui Martín, Marisol Barce -hermana de Sergio- y Juan Antonio Martín

La tragedia se abatió sobre esta familia de manera cruel. Llevaban poco tiempo viviendo allí cuando en el verano de 1963 (tal vez 1964), toda la familia, junto a la formada por Juan Jiménez y Mariqui Rivero (de los que se hablará posteriormente), se fueron de excursión a la conocida como “Playa de Miami”. Manolín debía tener unos diez años, y según todo el mundo “nadaba como un pez”. En un momento dado, le echaron en falta, aunque lo cierto es que acababan de verlo. Se inició su búsqueda inmediata, y cuando comenzó a oscurecer, se temió lo peor. Pasaron días de angustia, en que hasta los barcos de pesca de los que era propietaria la abuela materna del niño (conocida en Larache como “Felisa”, aunque ese no era su nombre) se echaron al mar en un intento desesperado por encontrarle: no consiguieron nada. Carlos recuerda cómo mientras estaba comiendo, se oyó de repente un grito desgarrador; su tía Concha comentó: “debe ser que ya han encontrado al niño”. Efectivamente, lo hallaron casi en el mismo lugar donde se había ahogado días antes. Larache entera, quedó conmocionada con aquel drama.

En el portal de la derecha, en el número 21, también existían dos viviendas en la planta baja, dos en la primera y una en la azotea. En la planta baja, inicialmente sólo había una. Hasta que “el casero”, Nazario García, decidió transformar en vivienda un almacén que se abría directamente a la calle, justo a la izquierda del portal. Surgió así una auténtica “casita de muñecas”, a la que se fueron a vivir Francisco Martín (conocido en Larache como “Paquito el Calvo”, propietario  de una tienda de telas y confección bajo los arcos de la Plaza de España, al lado de la zapatería “Bata”) junto a su mujer María Ara. Eran los padres de Mari Carmen Salaverría, la mujer de José Castro, anteriormente citados; y de otra hija mayor que la anterior llamada Josefina, casada con Manuel Romero, y que en aquel entonces, ya vivía en Ceuta. Fue precisamente en este matrimonio, en Paco y María, a quienes Carlos trató siendo niño y durante su primera adolescencia, en quienes muchos años después se inspiraría para escribir su novela “El árbol del acantilado”. Eran además los abuelos de Miguel Castro, uno de sus mejores amigos de la niñez.

En el “redondel” de los Jardines del Balcón – Sergio en brazos de su madre, rodeados de las hijas de Juan Jiménez y Mariqui Rivero

En la puerta de la derecha de la citada planta, llegaron procedentes del barrio de Larrucea el matrimonio compuesto por Juan Jiménez, Mariqui Rivero y los cinco hijos que en aquel entonces tenían: Reme, Carmen, Lali, Juanito y Mari Ángeles. Por edad, Lali y Juanito, pronto se convertirían en amigos de juegos de Carlos, que recuerda aquellos veranos (cuyas vacaciones escolares duraban tres meses y medio) en los que junto a sus dos nuevos amigos, una vez más “El Balcón del Atlántico” era el escenario favorito de sus juegos y aventuras, como tal vez los más idílicos de su niñez.

Juan Jiménez era maestro, e impartía docencia en el antiguo “Grupo Escolar España”. Como detalle curioso y entrañable, decir que fue Profesor de Matemáticas de la “madre marroquí” de Sergio: Rachida Ben Hassen, que en la actualidad reside en Tánger. Carlos le recuerda como a una persona entrañable y gran amante del arte de la conversación. Huérfano de padre con diez años, gracias al esfuerzo de su madre y al suyo propio, había logrado finalizar los estudios de Magisterio. Solía acudir a casa de los Tessainer algo antes de la hora de la comida, donde, con el consiguiente aperitivo, se iniciaban larguísimas e interesantes conversaciones y debates con Guido y Cari -gran conversadora- a las que el entonces niño Carlos asistía como auténtico “convidado de piedra”, pero alguno de cuyos temas aún recuerda. ¡No tenían desperdicio!

Assili y Lalo Marín

Cuando esta familia se marchó a vivir a Canarias (donde les nacerían dos hijas mellizas), la vivienda pasó a ser habitada por Lalo Marín, su mujer Sole del Barco y sus hijos. Años después de que los Barce decidieran marcharse a Málaga, Juan, Mariqui y los niños viajaban cada verano de Las Palmas a Málaga para reunirse con ellos, hasta que Juan falleció, y Sergio recuerda que nunca dejó de ser ese hombre vehemente y culto que los dejaba impresionados por sus conocimientos.

En el primer piso, en la puerta de la izquierda, vivía el matrimonio formado por Antonio Barce y Maru Gallardo. Residiendo en él, fue cuando nació Sergio, siendo por ello ésta la primera casa que sus ojos recuerdan. Con ellos vivía el abuelo, Manuel Barce. Años después, nacería Marisol.

Los padres de Sergio: Antonio Barce y Maru Gallardo

Sergio siempre oyó hablar de Carlos (Carlitos) en su casa, y tenía un vago recuerdo suyo, pero no sabía a ciencia cierta dónde ubicarle. Los cuatro años y medio que Carlos es mayor que él, a ciertas edades constituye una barrera infranqueable, sobre todo cuando las circunstancias de la vida fuerzan a la separación. Pasados más de cuarenta años, el destino ha hecho que se vuelvan a encontrar, a lo mejor con la finalidad de poder contaros lo que ahora están haciendo. Y sobre todo a Sergio sin duda le servirá para poder reconstruir mejor determinados episodios de su infancia. Como a Sergio le contaron sus padres, Carlos iba a ayudar a Maru cuando él debía tener uno o dos años. ¿Para ayudarla en qué? Más que ayuda, era compañía. Sergio era muy travieso, y su madre, aún muy joven, se desesperaba. En los “larguísimos“ veranos de la niñez, en los que daba prácticamente tiempo para todo, hasta para aburrirse, por las mañanas Carlos y su amiga Mariuca (de la que posteriormente se hablará), por recomendación de la madre de esta última, iban a eso de media mañana a ver a Maru. Allí estaban con ella una hora o algo más, intentando entretener a Sergio mientras su madre hacía las faenas de la casa; Carlos a veces, iba a hacer algún “mandado“ a la tienda de comestibles de “Los Tres Hermanos” y solían cantarle a Sergio las canciones que por aquel entonces y en el curso de “parvulitos” les enseñaban en el “Colegio Santa Isabel”  (“Una tarde fresquita de Mayo”, “Córtame un ramito verde”, “Tengo, tengo, tengo”…). Maru agradecía aquellas visitas “como agua de Mayo”, y siempre daba a Mariuca y Carlos algo: chocolate, caramelos, chicles… Los niños se sentían además útiles.

Muchos años después, Sergio regresaría a ver su casa de la niñez, y le impresionó tanto volver a entrar en ella que escribió un relato titulado “El primer regreso” que abre su libro de cuentos “Últimas noticias de Larache”.

En la puerta de la derecha, y donde estuvo inicialmente la consulta del doctor Antonio Mayor, vivía el matrimonio formado por José Luis Amado (compañero de trabajo en Uniban del padre de Sergio), junto a su mujer Carmeluchi Códar y sus hijos Mariuca y José Ramón. También residían con ellos los abuelos paternos, a los que cariñosamente se les llamaba “el papi” y “la mami”. Mariuca fue la primera niña que se convirtió con unos cuatro años en amiga de Carlos, y a él le gustaba decir que era su novia. ¡Cosas de críos!

Mariuca y Carlos en el Colegio Santa Isabel – año 1962

Lo cierto es que cuando en 1964 esta familia se marchó a vivir a Casablanca, a Carlos le dio tal pena, que no quiso despedirse de ellos; aunque tuvo la fortuna de viajar en dos ocasiones a aquella ciudad para verlos, pues los padres de ambos, se habían hecho muy amigos. Al quedar el piso vacío, a él se mudó la madre y tres hermanos  solteros de “Paquito el Calvo”.

En la segunda planta, en una vivienda que se abría a la azotea y que no asomaba por ninguno de sus lados a fachada alguna del edificio, vivían Manolín Ramos y Milagros. Con ellos residía la hija de Milagros, Mari, que andando el tiempo se casaría con Caíto, hermano de su padrastro. Milagros era una mujer guapa e impetuosa. Gran amante de las limpiezas y de estar pintando cada dos por tres la casa, se caracterizaba además por ser también gran amante de los animales. Inicialmente tuvo un perro llamado Toni, al cual tuvo que mandar sacrificar, al padecer una enfermedad incurable: ¡fue una auténtica tragedia! Luego, tuvo a la perra Blanqui y a un gato blanco y negro que se llamaba “Cariño”.

Con estos últimos vecinos, acaba la pequeña “historia humana” del edificio en el que Carlos y Sergio vivieron en Larache, y con él el de la calle Mulay Ismail. Escriben este relato movidos por los recuerdos y por la emoción, pero también por una profunda tristeza, al ver el estado ruinoso en el que actualmente se encuentra el edificio. Incomprensiblemente las autoridades municipales, no obligan a su dueño a mantenerlo en condiciones, por lo que al no haber sido pintado en su fachada durante años, la humedad que se adhiere a ella hace que ésta tenga un color negruzco, como si el inmueble hubiera sido pasto de las llamas. En esta construcción, que siempre tuvo cierta gracia arquitectónica y fue cuidada con mimo por su antiguo propietario, se ceba el abandono como en tantos otros lugares de nuestro pueblo. En  uno de sus últimos  viajes a Larache, Sergio entró en la “Tele Boutique” que han instalado en su planta baja para recargar su móvil marroquí, y apenas pudo contener las arcadas por el repugnante olor a orines que allí había. Pero es que el dueño del negocio, lo es también de casi todo el edificio, que de manera descarada deja que su grado de deterioro llegue a tal extremo, que sea declarado en ruina. El juego le saldría redondo, pues la sola venta del mismo en ruinas o del solar, y por el lugar en que se halla, le convertiría en millonario. ¡Malogrado! ¡se le caiga al preto el mazzal! ¡que le coxa el güerco y le lleve al buraco!  Que en esta vida no hay nada peor que la avaricia, ¡y la avaricia, rompe el saco! Se le vaya a caer el edificio encima por la mismísima ruina a la que él está contribuyendo con tesón. Entonces auténticamente, se le habría caído el mazzal.

Como ya se ha dicho, para Sergio y Carlos la calle Mulay Ismail es sobre todo “El Balcón del Atlántico” y el edificio en el que vivieron. Quisieran de todo corazón que el inmueble en cuyo vientre se arrebujó su niñez y parte de la adolescencia, tuviera una mejor suerte de la que parece que le está reservada, aunque fuese conservando lo existente y levantando más alturas sobre él. Pero, si estuviera desafortunadamente condenado a desaparecer, confían al menos que los jardines de su “Balcón”, no sólo no sean “borrados del mapa”, sino que sean cuidados y aún mimados con el esmero que se merecen, como lo estuvieron cuando ellos allí vivían, tiempos en los que, como ha quedado dicho de manera categórica, hacía ya muchos años que Marruecos era un Reino independiente. Esta es una cuestión de las autoridades gubernamentales y municipales de Larache, para las que no debiera ser difícil comprender que “El Balcón del Atlántico” bien cuidado en su totalidad, constituye en sí mismo uno de los reclamos turísticos de mayor importancia de la ciudad. Es en su estado actual de dejadez, y ¡cuántas personas que visitan Larache, quedan maravilladas de las vistas que este espectacular mirador natural ofrece!

“El Balcón del Atlántico” y su entorno, fueron lugar de correrías de los niños Carlos y Sergio durante los veranos hasta bien entrada la noche; cuando se oía  a los grillos cantar y a las ranas croar. Cuando Fatima Bouhtoury pasaba y veía a Sergio jugar sin descanso; cuando las estrellas brillaban en el cielo inmenso de Larache y los barcos salían a faenar con las luces reflejándose en las aguas oscuras del océano. Cuando las voces de niños de Sergio y Carlos, ahogaban los murmullos de los enamorados que sentados en los jardines situados alrededor del “redondel”, se refugiaban en la penumbra para quererse sin ser molestados. Cuando aquel olor inolvidable a salitre y a la cantidad ingente de flores y plantas que crecían en sus entonces bien cuidados jardines, impregnaban el ambiente de manera singular.

Si a pesar de todo, la desidia siguiera cebándose en ellos, si continuasen siendo víctima de un abandono desastroso e inmerecido, a Carlos y Sergio, a los que por allí corretearon siendo niños y tal vez alguno de ellos paseó con un primer amor, les quedaría el triste, desgarrador pero innegable consuelo de saber que jamás podrán acabar con aquella especie de plataforma que se abre al océano Atlántico a través del barranco de la “Ain Chaka”, que nunca conseguirán impedir que ni ellos ni cualquier visitante, queden prendados por una panorámica tan maravillosa en la que -aunque sea aproximadamente un kilómetro hacia el sur, pero en la misma línea de costa- en el viejo cementerio cristiano de “La Marina”, quiso ser enterrado el escritor francés Jean Genet. El cielo de Larache, tan gris en los días de temporal, tan intensamente azul en los claros, el plagado de estrellas infinitas, siempre será el custodio del querido y añorado “Balcón”.

Y junto a todo eso, los pequeños recuerdos más íntimos de Carlos y de Sergio, como estas dos escenas que, para acabar, les vienen a la memoria: a Sergio, esa en la que se ve corriendo de niño por su casa hasta la ventana del salón donde ya está asomada su madre porque han oído a su padre Antonio silbando desde la calle, su manera particular de anunciar que regresa del trabajo y los dos le esperan como si volviera de algún lugar lejano; y a Carlos esa otra en la que su padre Guido, ya fallecido, el que hablaba en español, soñaba en alemán y pensaba en árabe, todos los anocheceres, llegaba con el coche y tocando el claxon, llamaba a su mujer y a su hijo pequeño que le esperaban con impaciencia, pues les llevaba a dar un paseo antes de la cena.

Y todo esto junto, no hay persona alguna que pueda arrebatárselo a Sergio y a Carlos. Nada.

Sergio Barce & Carlos Tessainer,

noviembre 2012

 

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CARLOS TESSAINER Y TOMASICH, escritor larachense

CARLOS TESSAINER

    (…) <Como en un pueblo forzosamente abandonado por sus habitantes y luego anegado por las aguas de un embalse… vivimos en un mundo que ya no existe -nuestro pueblo, nuestro lugar- y que, sin embargo, siempre nos deleitamos en revivir en las conversaciones.

Europeos procedentes de Marruecos y dispersos por medio mundo nos sorprendemos al encontrarnos en los más dispares y recónditos lugares y al instante una singular camaradería se establece entre nosotros. La animada y larguísima conversación que entonces se entabla nos hace cómplices de un pasado que otros no comprenden <¡Ah! ¿pero es que sois moros?> y sirve de bálsamo para una herida mal curada que anida en el fondo de nuestro ser.
No somos racistas, ni colonialistas, ni imperialistas; todo lo contrario. Tras los procesos de independencia, siempre se ha puesto el énfasis en la justa lucha de los pueblos colonizados por el logro de su libertad. Pero pocas veces se ha mencionado el hecho de que, a causa de ello, cientos de miles de europeos, nacidos y criados en remotos lugares de África y de Asia, un día se vieron obligados a abandonar aquella tierra que, en el sentido amplio de la palabra, era para ellos la suya. Trasplantados todos nosotros a la Europa de nuestros mayores, somos así testigos de un episodio político -el colonialismo- del que no sólo fueron víctimas los pueblos conquistados.

Desvelado por el motivo que tendría mi abuela para que la acompañase al día siguiente, era como si la congoja que ya sentía dentro de mí fuese una especie de almuédano que de forma inconsciente me estuviese anunciando todas las reflexiones que acabo de contar y a las que, lógicamente, he llegado con el transcurso del tiempo.

A través de las ventanas, abiertas para aliviar el calor estival, llegaba ronco y furibundo el rumor del oleaje precipitándose sobre el acantilado. El bramido del mar y el inicio de una brisa fresca y gratificante me hizo comprender que se había iniciado la pleamar.

Como para quien vive largo tiempo junto a una estación de ferrocarril llega un momento en que no oye el paso de los trenes, igual nos ocurría a nosotros con el mar. A veces, en invierno, veíamos al Atlántico presa de gran agitación estrellándose contra las rocas de la costa, incluso sepultando momentáneamente bajo sus aguas el semáforo en que finalizaba el espigón que daba acceso al puerto. Y no obstante, especialmente fuerte debía ser el temporal para que el rugido del mar nos hiciese caer en la cuenta de su existencia.
Aquella noche, sin embargo, tal vez la vigilia o quizás los nervios me hicieron reparar en el rumor de un oleaje que también dejaría. A pesar de esta nueva pérdida que mi mente ahora sumaba a la de tantas otras, fue ese ruido monótono y profundo lo que, junto al alivio de la temperatura que se produjo, me hizo conciliar el sueño.

Dormí profundamente. Siempre he soñado mucho en el transcurso de la noche: la zozobra de mi mente hizo que en aquella ocasión soñase con las situaciones más distintas y peregrinas, donde se mezclaban personas y circunstancias en lo que, ya despierto, me pareció en principio un auténtico lío. Pero aquel caos tenía, no obstante, un hilo conductor: a lo largo del sueño fueron desfilando por mi mente distintas personas -casi todas ellas amigos o compañeros de colegio- que, pertenecientes a diversas etapas de mi aún corta edad, protagonizaban, bien por separado o en grupo, distintos episodios -o sueños- ordenados cronológicamente y en lugares dispares y reales de la ciudad. Así, soñé con mi amiga Mariuca jugando en el Jardín de las Hespérides; con mis amigos Cholo y Miguel buscando cigarrones en el Balcón del Atlántico; con Eduardo, Pili y Maite fabricando quimeras en nuestro primitivo laboratorio…

Dicen los que han estado a las puertas de la muerte que hay un momento, quizás un instante, en el que, de manera vertiginosa pero ordenada, se sucede por la mente todo lo vivido hasta entonces. Quizás no sea necesaria la inminencia de la muerte física para que ello ocurra. Hay otras formas de morir, y yo al dejar Larache moría un poco. Aquella noche de incesantes sueños era la prueba de que mi subconsciente hacía una especie de balance de lo vivido hasta entonces. Su destino no era la Otra Vida, pero sí otra vida que a las pocas horas me envolvería y que se anunciaba con una mezcla de ilusión, dolor y vértigo>.

 Este párrafo pertenece al primer capítulo de la novela <Los pájaros del cielo>, del escritor larachense CARLOS TESSAINER Y TOMASICH, y es toda una declaración de principios que suscribo en su integridad.

Aunque en otro capítulo transcribiré párrafos de su obra que hablan de Larache, es decir, Larache vista por Carlos Tessainer, como aperitivo para quien se acerca por vez primera a su obra narrativa creo que este extracto de su novela es elocuente.

Carlos Tessainer nació en Tetuán en 1956, pero es y se siente larachense porque allí es donde vivió durante su infancia y adolescencia. Es Doctor en Geografía e Historia, de ahí que haya escrito quizá el mejor ensayo sobre la figura del Cherif Raisuni: <El Raisuni, aliado y enemigo de España>, editado por Algazara, en Málaga, en 1998, libro del que ya he hablado en otra ocasión, pero al que prometo volver. Y también publicó en 1994: <Francisco de Asís, el rey consorte>.

Como novelista, Carlos tiene publicados dos magníficos libros ambientados en Larache: <Los pájaros del cielo> (Ediciones Sarriá – Málaga, 2001), novela de la que he escogido el extracto anterior, y que recomiendo, y <El árbol del acantilado> (Ediciones Sarriá – Málaga, 2006), quizá su obra más representativa, con la que fue finalista del X Premio de Novela Fernando Lara 2005. Cuenta la historia de un amor, pero también el relato del reencuentro entre dos religiones y dos culturas separadas durante cerca de quinientos años. Tras un largo y amargo desencuentro, los sefardíes y los españoles volvieron a encontrarse en el Protectorado español del norte de Marruecos…

Pero como digo, prometo volver sobre estos dos libros para que os deleitéis con su manera de escribir sobre Larache.

Para terminar este breve artículo, no puedo evitar transcribir también algo que Carlos me contaba hace muy poco de cuando vivíamos en el mismo edificio del Balcón Atlántico –por cierto, yo también me embelesaba como él mirando esa araucaria que presidía Villasinda-, y lo que me contaba Carlos era lo siguiente:

<Sergio, ayer por la noche <navegué> por parte de tu blog. De pequeño, te recuerdo igual a la fotografía en que apareces solo en la fuente de  azulejos que había en la Plaza de España, con tu cabeza grande y redonda, que no se parece en nada a <la que ahora tienes>. No creo que te cabrees por lo que te comento, que lo hago desde el recuerdo y con profundo cariño.

     Sale una foto entrañable y a la vez triste para mí, que es la casa del Balcón del Atlántico donde vivíamos, que de la humedad que corroe su fachada, parece que ha sufrido un incendio. Sé bastante acerca de la construcción de este edificio, pero ahora no quiero divagar.

Edificio en el que vivimos, avenida Mulay Ismail, Balcón Atlántico. Foto de abril 2012

     Dices que fue vuestra primera casa en Larache. Puede que en puridad sea cierto. Pero cuando se casaron tus padres, su primera casa fue justo encima de donde vivíamos nosotros, en el portal anterior al que tú recuerdas. Entonces era la calle General primo de Rivera nº 7 y luego fue y es Muley Ismail 17 (o quizás 19, que ya se me va la olla).

     Tus padres alquilaron esa pequeña y bonita casita (o piso). Lo alquilaron porque quedó libre al marcharse los que allí vivían. ¿Y sabes quiénes eran? pues Paco y María, los <personajes> que llevé a mi novela de <El Árbol del acantilado>.  Ya ves <los círculos de la vida>. Yo era muy pequeño; creo que debía tener tres o cuatro años. Tus padres eran veintiañeros. Tu madre era <Maru, la de Barce>. Pero cuando en casa se referían a ellos, siempre hablaban de <los recién casados>. Es una muletilla que se me ha quedado grabada en la mente. Lo que no sé es si tú naciste viviendo tus padres allí y al poco tiempo os fuisteis al portal de al lado. Pregúntale a tu madre. Pero <seguro que te fabricaron allí>.  Espero que no te moleste lo que te digo y por el contrario, te haga ilusión.

     El piso que tú recuerdas, en él vivía un compañero de trabajo de tu padre, que era José Luis Amado y su mujer Carmeluchi, con sus hijos Mariuca y José Ramón. Quedó libre el piso de al lado del que tú recuerdas, al marcharse el doctor Mayor, que pasaba allí su consulta. A él se mudaron los Amado, y tus padres, se mudaron al que ellos dejaron vacío. Con la primera amiguita que tuve (Mariuca), ayudé a tu madre en más de una ocasión a hacer tu cuna (sería en vacaciones), pues no sé por qué, <íbamos a casa de Maru>; dirás que estoy loco, pero recuerdo una <canción> que te cantábamos y que decía: <Hola, hola, hola, Pirulo es una bola; ea, ea, ea, el niño se mea>. Ellos se marcharon a Casablanca en 1964, y después a Madrid    

     Uno de mis sobrinos me dice que tengo mi <disco duro> lleno de información  inútil. No sé, a lo mejor sirve para que alguien de vez en cuando sienta satisfacción al oír cosas que no sabía o tal vez tenía olvidadas. 

     Un abrazo, Carlos>

 Querido Carlos, ojalá todos tuviésemos el disco duro lleno de información inútil como la que cuentas, porque gracias a esa información inútil la vida es un poco mejor.

Sergio Barce, mayo 2012

BALCÓN ATLÁNTICO

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CARTA A LARACHE, por el escritor larachense CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

CARTA A LARACHE

Querida Larache: mi ciudad, mi pueblo, mi tierra ¡mi madre geográfica! Llevo mucho tiempo sin verte, demasiado. Cuando en 1974 me vi obligado a dejarte, tenía diecisiete años y la vida entera por delante. Ahora me avergüenza reconocer que hubo semanas, posiblemente meses en que no te eché de menos, ni tan siquiera me acordé de ti. Esto hace ya tiempo que cambió, porque conforme uno se va haciendo “charfo”, vuelve la vista atrás y trata de reencontrarse con sus raíces. Espero que no me tengas en cuenta el olvido en que te tuve, porque ahora estás viva y presente de forma continua en mi mente, incluso de vez en cuando en mis sueños; y además por esta carta que, aunque con mucho retraso, quiero que te llegue llena de un cariño infinito. Imagino que al tratarse de “ti”, el cartero te la entregará en la Oficina de Correos, allí donde todos los atardeceres del mes de Ramadán, sonaba la sirena para anunciar a los musulmanes que podían romper el ayuno. ¡No te mereces menos!

             Verás, Larache: Sergio me ha pedido que escriba un “relato” para introducir algo que va a colgar en su blog referente a mí. La verdad es que me lo ha puesto difícil: navegar por el citado blog, leer lo que tus hijos de nacimiento o adopción escriben sobre ti, me ha emocionado profundamente y me pone el listón bien alto.

             ¡Dios mío!, gentes de las tres religiones que allí convivimos, contactando desde lugares tan distintos y distantes del mundo: ¡me ha dejado boquiabierto! Pero sobre todo, me ha emocionado hasta no poder evitar que se me humedezcan los ojos.

 ¿Qué puedo aportar yo a tantos comentarios bellos como te dedican? He leído con especial atención la conversación que tus hijos León y Sergio mantenían paseando por tus calles, sentados tal vez en alguno de tus bares o cafés. Y he decidido arrancar de ese diálogo en que León dice que debe dejarse a un lado la nostalgia y la melancolía para ser realistas; y Sergio se rebela a permanecer impasible y que la desidia y la rapiña te sigan corroyendo, para hilvanar lo que quiero contarte.

 Verás, Larache. Corría el año 1972 y a todos nos entusiasmaba una canción de José Feliciano: “Qué será”. Fuimos a casa de una amiga a oír música y alguien que llevaba el disco lo puso. Pasados unos minutos, la dueña de la casa llamaba a su hija, y al poco tiempo ésta entraba en la habitación para decirnos que quitásemos aquella canción:

-“¿Qué pasa, es que el volumen está demasiado alto?”

-“No, – dijo Pili con lágrimas en los ojos – es que la letra de esta canción , mi madre la identifica con el abandono que está sufriendo Larache”.

 En aquel entonces, no comprendí demasiado; quitamos el disco y pusimos otro. Pero, ¿sabes, Larache?: ya alejado de ti, con muchos años más y el tiempo vivido, he vuelto muchas veces a escuchar la canción y he llegado a entender con pena  lo que aquella larachense sentía. Ahora me identifico con ella plenamente.

“Pueblo mío que estás en la colina

       tendido como un viejo que se muere,

                   la pena, el abandono son tu triste compañía,

                                            pueblo mío te dejo sin alegría”.

 Invito a todos tus hijos a que escuchen la canción porque seguro que una punzada les oprimirá el corazón. La estoy escuchando estos días, para ratificarme en el mismo sentimiento que invadía a la madre de mi amiga en 1972: congoja. ¡Si ella hubiese visto lo que le deparaba a su ciudad en las décadas siguientes!

 Ahora somos nosotros, los que seguimos vivos y llevándote muy adentro, los que sufrimos tu agonía sin comprender el porqué.

 Sergio y León hablan; León y Sergio dialogan y cambian sentires. De mi corazón roto por ti Larache, destilan lágrimas: grandes y enormes, como la luna que Dukali le dio a su madre como regalo.

 Reconozco Larache, que no voy a verte a menudo. Debo ser un mal hijo,  pero te aseguro que en mí y por mí corre la sal de tus salinas, los temporales que te entraban por el mar haciendo ulular persianas, puertas y postes de la luz; corren los días de levante que llegaban en verano y el olor a almadraba que sigue sin resultarme desagradable: todo lo contrario. Corren los enormes bancos de niebla que entrando por tu “Balcón del Atlántico” invadían tus calles y las lluvias torrenciales que te regaban a ti y a tus campos. ¡Eso por no hablar de todos tus rincones, que como arterias y venas te recorrían y recorren! Toda tú estás conmigo.

 ¿Qué embrujo tienes, qué hechizo echaste sobre nosotros? Es verdad, Larache, todos los que en ti nacimos o vivimos, no podemos olvidarte. Alguien en el blog de Sergio decía que nunca había conocido a nadie que hablase con tanta pasión o cariño de su pueblo como lo hace la gente de Larache sobre ti.

 Ya te he dicho, madre geográfica, tierra mía, que no te visito con la frecuencia que debiera, es más y tú lo sabes, que casi no lo hago. Volvía a verte ¡veintidós años después de haberme marchado! Recuerdo una emoción incontenida y cómo con cierto apuro no podía evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas en más de una ocasión: al recordar a mi padre fallecido, rememorar los recuerdos, meditar sobre la vida que contigo me habían robado…

 Aunque vi derribado el “Teatro España” (al parecer por una mala gestión de los fondos que para su rehabilitación se habían destinado), el “Casino” y el “Colegio de los Hermanos Maristas”, me libré de ver la expoliación que has sufrido después.

 Eso sí, los edificios, sobre los mismos que yo había conocido, habían aumentado en altura, dando a algunas de tus calles una sensación de agobio. En su época, debieron hacerlos con muy buenos cimientos, para poder soportar luego tantas plantas sobre ellos, pues sus bajos seguían siendo los mismos. Pero bueno, con la excepción del “Teatro España” (de indudable valor arquitectónico y larga y rica historia artística), el resto me pareció lógico. La especulación del suelo se ceba sobre cualquier país, y por muy entrañables que nos resultaran, qué duda cabe que los inmensos solares ocupados por el “Casino” y el “Colegio de los Hermanos Maristas” eran piezas codiciadas. Eso sí, podían al menos haber cuidado la estética o mejor dicho, no romperla; y en la antigua Plaza de España o de la Liberación, donde desapareció el “Casino”, construir un edificio en armonía con los restantes, la mayoría de ellos de inspiración andalusí o hispano-árabe, estilo que no creo pueda ofender a autoridad marroquí alguna, pues es consustancial a una cultura común.

 Pude ya apreciar bastante dejadez en cómo te cuidaban: el “Jardín de las Hespérides” era prácticamente un erial y los del “Balcón del Atlántico”, estaban abandonados a su suerte. Habían remodelado la “Plaza de España”, quitándole la fuente alzada que fue construida con azulejos sobrantes de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929; azulejería de considerable valor y belleza y de profundas raíces hispano-musulmanas, que daba al lugar cierta semejanza con numerosas fuentecillas del “Parque de María Luisa” y de los “Reales Alcázares” de Sevilla.

 Me dio rabia esto último, pero me dije que en aras a un modernismo mal entendido, ¡qué disparates no se siguen cometiendo en muchas de nuestras ciudades!

 En aquel viaje pude constatar el cariño de los larachenses de cualquier condición, que se acercaban a mi madre y a mí, nos saludaban apretando con fuerza nuestras manos, preguntándonos por nuestra familia, invitándonos a sus casas o a tomar un café. Como la niña que le regaló a Sergio una postal tuya; eso fue lo que me sirvió de bálsamo para aliviar mi pena por las heridas que ya te estaban haciendo. Creo que me fui en el momento oportuno, el último,  para no ver las barbaridades que contigo han hecho después, para no ser testigo del descuido y el olvido a los que las autoridades te han castigado…

 Luego, tras aquella visita que te hice, me fui derrumbando emocionalmente, porque vino  lo peor. Quiero confesarte algo que nunca he dicho a nadie: cuando fui en 1996, el antiguo chalet de Gomendio (mandado construir por el marqués de Villasinda, que fue su primer propietario y residente) estaba en venta.

 Durante años,  tuve como meta el que me tocase el “cuponazo” o la lotería para poderlo comprar e ir a pasar allí las vacaciones y cuanto tiempo pudiese. Cuando me dijeron que lo habían demolido para construir un bloque de viviendas y pude ver las imágenes en las que se apreciaba cómo también habían construido elevados edificios en los chalets contiguos (por ahora solo uno se ha salvado), fui yo quien se derrumbó.

 Tú sabes que yo vivía en el “Balcón del Atlántico”, frente a lo que ya no existe. ¡Aquel ya no es mi “Balcón del Atlántico”! Con posterioridad, no oigo sino las fechorías que contigo siguen haciendo: que si han construido sobre gran parte de los jardines del “Palacio de la Duquesa de Guisa”, que si el edificio donde vivía la familia Román está en ruinas… y un largo etcétera difícil de asimilar.

 Tu hijo León le decía a Sergio que había que asumir la realidad de haber nacido en un país entonces colonizado, y que las autoridades se habían empeñado en borrar toda huella del colonialismo español. Pero escucha, Larache: a mí hay algo que no me cuadra. Yo nací siendo ya Marruecos independiente, y como te decía antes, no me fui hasta los diecisiete años de edad. Entonces éramos provincia de Tetuán y lógicamente las autoridades gubernamentales y locales eran marroquíes: y las calles se limpiaban, los jardines se cuidaban con esmero, se arreglaban los desperfectos urbanos, había obligatoriedad de encalar los edificios… ¿Qué ha ocurrido para que te hayan convertido en un ejemplo a no seguir? Cuando me hablan de lo bonito y cuidado que está Arcila -a tan solo treinta kilómetros-, de su potencial turístico convenientemente explotado,  de lo limpia y bella que está, no comprendo qué mal has hecho tú para que, teniendo el encanto que tienes, te hayan castigado y te sigan vejando de la manera en que lo hacen. ¡Y me lleno de  desesperación!

 La nostalgia y melancolía que por ti siento, me resultan imposibles evitar. ¿O es que acaso no son ellas las que me han llevado a escribirte? Pero creo que no son excluyentes con el realismo. Nosotros, tus hijos que en la diáspora vivimos, poco podemos hacer por ti, al menos de forma continuada y eficaz.

 Está claro que la solución debe salir de los hijos que aún te quedan en casa, de los larachenses que te habitan. Su futuro, y con  él el tuyo, está en sus manos. Para mí, ésta es la realidad.

 Deben ser los larachenses que allí viven, los que maldicen y reniegan de los desmanes que contigo están haciendo, los que tomen las riendas de la situación. Ejercer de forma institucional toda la presión que de manera pacífica puedan hacer para conseguir que las autoridades de la provincia y del municipio sean hijos tuyos,  preocupados por tu bienestar y futuro, alejando de una vez por todas a aquellos que a ti llegan para ejercer tu gobierno, procedentes de lejanas regiones de Marruecos y que tan solo se interesan por enriquecerse a cualquier precio, aunque para ello tuvieran que vender hasta el mismísimo “Zoco Chico”.

 Hasta entonces Larache, mi querida y añorada tierra, como dice León refiriéndose a ti: “(…) a través de nuestros libros y relatos, es la mejor manera de enaltecerla y mostrarla a  aquellos que no la conocen”.

 Mi deseo de volver a verte, aún no se ha secado del todo, pero por el momento, no quiero ser testigo impotente de cómo te siguen maltratando. No soy cobarde, es que en este sentido tengo las manos atadas, y tú lo sabes. Cuando a los hijos que contigo y en ti habitan, cuando a los buenos larachenses se les colme la paciencia y se conviertan en los auténticos protagonistas del gobierno de la provincia y de la alcaldía de la ciudad; cuando finalmente comiences a salir del pozo en que te hallas, retornaré para ver lo que de ti queda, regresaré para asomarme a la barandilla de “El Balcón del Atlántico” y en cualquier tarde de verano, quizás pueda volver a ver ocultarse el sol en el horizonte infinito de tu mar. Entonces, como Dukali le regaló a su madre la luna llena, todos tus hijos: los de la diáspora y los que contigo viven, te devolveremos como presente el esplendor y la dignidad que te han ido arrebatando. 

Hasta ese día en que Dios quiera que vuelva, ten por seguro Larache que te llevo en lo más profundo de mí ser, que formas parte de mí.

CARLOS TESSAINER (Larache, 1956) es autor, entre otras obras, de las novelas “Los pájaros del cielo” y “El árbol del acantilado“.

LAS FOTOS, SALVO LAS ANTIGUAS DE LA PLAZA DE ESPAÑA Y EL CASINO, SON DE ITZIAR GOROSTIAGA

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LARACHE: en recuerdo de DON AURELIO – artículo del escritor larachense CARLOS TESSAINER

En Julio de 2006, LARACHE EN EL MUNDO editó el Número 4 de la Gaceta Informativa de Larache. En ese número se incluyó un precioso artículo del escritor CARLOS TESSAINER Y TOMASICH -de quien en pocos días hablaré como novelista y creador larachense- dedicado al músico Don Aurelio Gómez, del que escribía hace unos días. Ese artículo de Carlos venía motivado por el Homenaje que le rendimos durante el I Festival de Guitarra y Cante que organizamos en Larache en 2005, partiendo de una idea de Ahmed el Guennouni. Aquel acto fue uno de los más emocionantes que he vivido en Larache. Aún recuerdo la febril actividad de Ahmed el Guennouni, obsesionado por cumplir una promesa, y cómo nuestra amistad se fue reforzando con el paso del tiempo y de nuestro empeño por sacar cada año ese festival, y ese día especialmente aquel grupo de larachenses que había regresado a la ciudad sólo para asistir al acto, y cómo la emoción los embargaba recorriendo las calles de la que fuera su ciudad más querida.   Sergio Barce, diciembre 2011.

 Así lo contaba Carlos Tessainer:

Larache:

en recuerdo de Don Aurelio

por Carlos Tessainer

Cuando hace algunos años alguien que dijo ser de Larache me hizo llegar su tarjeta de visita con el encargo de que me pusiera en contacto con él, estuve un tiempo dudando. Aquella persona se apellidaba Gómez y por más vueltas que le daba no recordaba a nadie conocido de mi ciudad que tuviese ese apellido. Aproximadamente una semana después volvió a mandarme su tarjeta, pero esta vez con una anotación tras su nombre y apellidos que rezaba: Soy el hijo de Don Aurelio. ¡No hizo falta más!  

Jose Luis Gómez

 Poquísimos larachenses de nacimiento o adopción debe haber –de la década de los años veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta y aun de los primeros setenta del siglo XX- a los que el solo nombre de Don Aurelio no les sea suficiente para saber a quién se hace referencia y, si además, se añade “el músico” no hay ya lugar para la duda. 

DON AURELIO, rodeado de la Banda de Música

 Como más adelante se detallará, y dentro de la I Edicióndel Festival de Guitarra y Cante celebrado en la ciudad de Larache en Agosto de 2005, se ha rendido homenaje a la figura de Don Aurelio por su aportación valiosa y continuada durante tantos años a la vida cultural larachense.

Don Aurelio Gómez Paños nació en el pueblo de La Gineta (Albacete) el 1 de Octubre de 1.903. Ya en los primeros años manifestó su inclinación y talentos musicales, iniciando estudios de solfeo y clarinete en su pueblo de nacimiento (bajo la dirección de Don Antonio Guzmán), pasando posteriormente a Albacete para cursar estudios de piano con Don José Espinosa.

Ahmed el Guennouni

Pero, no obstante, como suele ocurrir con las personas especialmente dotadas para las artes, puede afirmarse, sin lugar a dudas, que Don Aurelio fue esencialmente un autodidacta. Llegó por primera vez a Larache para realizar su servicio militar en 1.924, finalizándolo en 1.927. Ya convertido en civil, comenzó a ejercer en la ciudad como pianista, compaginando su trabajo en la primitiva sala de cine que hubo en Larache Cinema X (entonces el cine era aún mudo) con otro en el Café Marroquí.

Regresó a La Gineta en 1.928, pero su destino parecía estar echado para quedar unido a la ciudad del Lukus. En 1.929 el propietario del Cinema X, Don Isaac Benasuly, fue a buscarle a La Gineta y con él regresó a Larache. En esa ciudad ya había conocido a la que luego sería su esposa, Catalina Díaz Bosch, hija de un militar allí destinado, por lo que a una buena oferta laboral, sin duda contribuyó también a su regreso el romance que allí había dejado. Lo cierto es que en 1.929, el año de su vuelta a Larache, contrae matrimonio con ella en la antigua Iglesia de San José, situada al final de la calle Real. El nuevo matrimonio se estableció en el primer piso del edificio situado en la calle Daisuri número 11, donde nacerían sus doce hijos y donde vivirían hasta el final de su larguísima residencia en Larache.

Para el mantenimiento de su familia y de los numerosos hijos que pronto comenzaron a nacer, Don Aurelio contaba con un arma esencial, con aquella facultad para la que estaba sobradamente capacitado: la música. Pero es necesario trabajar duro, por lo que comenzó a ejercer su profesión –en agotadoras jornadas laborales- allí donde su presencia era reclamada.

Construido el Teatro España –que fue inaugurado por el dictador Miguel Primo de Rivera- Don Aurelio se convierte en su primer pianista. Ello lo simultaneaba con su trabajo –siempre como músico- en el Café Marroquí y en el Dancing Florida, cabaret para selecta clientela militar situado en el Barrio de Nador. Luego, ya en casa, impartía clases particulares a alumnos de Magisterio que necesitaban preparar la asignatura de música.

Los hijos seguían naciendo, pero nada arredraba a este trabajador infatigable para quien la música no fue sólo su pasión, sino el arma que le permitía, de manera digna, mantener el modus vivendi de su familia. Su fama crecía y los trabajos no hicieron sino aumentar. En 1.934 fue nombrado director de la Escuela Hispano-Árabe de Música de Larache, de la que surgió lo que fue comúnmente conocida como Banda Municipal; en 1.942 el Coronel San Martín le contrata para que forme a la banda de música de la Mehal-la Jalifiana, de la que fue también director hasta la independencia.

Tal fue la labor pedagógica de Don Aurelio en ambos casos que, tras la independencia de Marruecos en 1.956, un 50% de la Orquesta Real de Rabat estaba compuesta por antiguos alumnos de él, entre ellos Sidi Hassan Aidan, que llegó a ser director de la mencionada orquesta. Entre sus alumnos figuran además músicos de la categoría de Camiri (recientemente fallecido) y Sidi Driss Cherradi.

Al respecto, cabe destacarse el hecho de que, cuando en 1.956 el entonces Sultán Mohammed V visitó Larache, tras interpretarla Banda Municipal los preceptivos himnos y marchas, el soberano se dirigió a Don Aurelio preguntándole con verdadero interés si los músicos marroquíes tocaban los respectivos instrumentos utilizando partitura, pues en aquella época era algo inusual. Lo cierto es que los alumnos de Don Aurelio llevaban haciéndolo mucho tiempo. 

Público en el Festival de Larache, Castillo de las Cigüeñas

A los trabajos y cargos anteriormente reseñados, hay todavía que añadir algún otro. Fue también profesor de solfeo y piano en el Colegio Israelita Yudá Leví y, durante muchos años, profesor particular de Isabel de Orleáns, Duquesa de Guisa, trasladándose al palacio para impartir clases a la señora. 

Sergio Barce y Ahmed el Guennouni, presentado el festival

Fue en reconocimiento a su labor que el Jalifa Hassan Ben El Mehdi le condecoró con la Orden Mehdauía. 

Asistentes en el Castillo de las Cigüeñas

 Tras la independencia de Marruecos, algunos de los puestos que había desempeñado desaparecieron, por lo que su vertiente profesional sufrió cambios. Fue en estos años cuando formó una orquesta junto a algunos de sus hijos, conocida con el nombre de Don Aurelio y sus muchachos que acudían a interpretar  distintas piezas musicales allí donde su presencia era solicitada, destacando sus actuaciones en la Plaza de Toros de Tánger. 

Momento de la actuación de Ahmed el Guennouni

 En 1.959 fue nombrado profesor de música del Conservatorio de Tetuán, cargo que desempeñó durante cinco años en que regresó de nuevo a Larache. Es entonces cuando, bajo los auspicios de la Misión franciscana, Don Aurelio funda la Rondalla del Pilar en la que numerosos niños y niñas recibieron formación del maestro en diversos instrumentos musicales.  

Sergio Barce y Abderrahman Lanjeri

Día tras día ensayaban en el salón de actos de la Parroquia de Nuestra Señora del Pilar. Con frecuencia, se trasladaban a diversas ciudades <Tánger, Tetuán, Arcila, Rabat, Ceuta> tanto para actuar como para participar en concursos, obteniendo varios premios. Junto a ello, Don Aurelio seguía impartiendo clases particulares en su domicilio, y en la Iglesia de Larache tocaba el armonio que era de su propiedad.

Algunos de sus hijos heredaron el talento musical del padre, pudiendo vivir de la música, entre ellos Aurelio que fue, durante varios años, pianista de la Orquesta Real de Rabat en el reinado de Hassan II; o Fernando <ya fallecido> que fue director de la Banda de Regulares número 4 de Larache <con acuartelamiento en Alcazarquivir>. Otros, como José Luís, heredaron también el talento musical pero orientaron su vida profesional hacia otros campos. Destacar también el que su hija Araceli, enfermera comadrona, fuese, hasta su matrimonio, enfermera de la <Casa Real Alauí>, asistiendo en tal calidad a algunos de los nacimientos de los hijos de Hassan II.

Don Aurelio Gómez Paños se marchó de Larache en 1.973, no sin antes recibir un caluroso homenaje de despedida. Tras una breve estancia en Novelda, fijó, junto a su familia, residencia en Alicante. Era ya anciano; se ofreció a colaborar gratuitamente con la Banda Municipal, con las parroquias más cercanas, pero su tiempo parecía haber pasado. No obstante como trabajador infatigable que siempre fue, impartía en su domicilio clases particulares de acordeón. Poco tiempo vivió fuera de su querida Larache, pues falleció en Alicante el 1 de Noviembre de 1.974.

Pero Larache no le ha olvidado y quizás sea éste el mejor regalo para Don Aurelio, aunque hayan transcurrido ya muchos años desde su desaparición. Como ha quedado reseñado con anterioridad, la asociación marroquí LARACHE AL MADA en colaboración con la Delegación de Cultura del Ministerio de Cultura de Marruecos en Larache, organizó entre los días 11 al 14 de Agosto de 2.005 la I Edición del Festival de Guitarra y Cante que tuvo como escenario el Castillo de las Cigüeñas <Laqáliq> o de Nuestra Señora de Europa. También colaboról a Asociación Cultural LARACHE EN EL MUNDO, cuyo presidente es Sergio Barce. 

Miembros de Larache en el Mundo – Carmen Allué, Jose Luis Gómez, Pilar Ascaso, Antonio Mesa, Jose Manuel Galindo, José Edery, Sergio Barce, Abderrahman Lanjeri

Pero lo que cabe sobre todo destacar es que en el marco de ese I Festival, se rindió homenaje a la figura tanto de Don Aurelio Gómez Paños como a la del músico larachense Sidi Driss Cherradi, que fue alumno suyo. Lo emocionante es que la iniciativa del homenaje a Don Aurelio partió de Ahmed El Guennouni, presidente de LARACHE AL MADA. Resulta aún más emotivo porque este músico larachense no fue ni tan siquiera alumno de Don Aurelio. Pero en una bonita y fantástica historia que él mismo cuenta, tiempo atrás se la había aparecido en sueños el mismísimo Don Aurelio, entablando con él <conversación>. Conocedor de lo que el difunto había hecho por la música en Larache, se dolió de no haber sido alumno suyo, comprometiéndose en el mismo sueño con el viejo profesor a que su nombre –de cuyas manos tantos músicos habían salido- tenía que ser recordado de nuevo en Larache. Los posteriores contactos con la familia y con la asociación LARACHE EN EL MUNDO materializaron el homenaje. 

Aurelio actuó en homenaje a su padre

 Dentro del programa del Festival, destacar entre otras muchas e importantes actuaciones –sobre todo por lo emotivo de su carácter- la del hijo del homenajeado: José Luís Gómez Díaz. La asociación LARACHE AL MADA entregó diplomas, preparados en colaboración con LARACHE EN EL MUNDO, de agradecimiento a todos los músicos participantes y, a la familia del homenajeado, de manos de sus hijos Aurelio y Cecilia en representación de todos ellos, hizo entrega a la asociación en muestra de agradecimiento de una placa de plata. No era para menos, pues gracias a las gestiones de Ahmed el Guennouni ante el Ministerio de Cultura de Marruecos y a la Municipalidad de Larache, se logró también lo que la familia deseaba desde hacía bastante tiempo: que en la fachada de la calle Daisuri 11, en que Don Aurelio vivió durante cuarenta y cuatro años, fuese colocada una placa que, en árabe y en español, recordaba al músico desaparecido. Con la asistencia de la casi totalidad de los descendientes de Don Aurelio, que para la ocasión se trasladaron a Larache, el viernes 12 de Agosto de 2.005, sus nietos descubrieron la placa conmemorativa en medio de una gran emoción. 

En el Colegio Luis Vives se hicieron varias actividades – Antica, Sergio Barce, Maria Luisa Diéguez, Ange Ramírez

 Sirvan pues estas líneas para dejar constancia del merecido homenaje para recordar a una persona tan significativa y entrañable en esta ciudad, sin la que la historia cultural de Larache, en su vertiente musical, no hubiera sido posible, y a cuya memoria dedico afectuosamente este artículo. 

Una de las actuaciones en el Castillo de las Cigüeñas

 Carlos Tessainer y Tomasich es profesor y escritor nacido en Larache. Es autor de “Los pájaros del cielo” (Edic. Sarriá – Málaga, 2.001) y de  “El Raisuni” (Edit. Algazara – Málaga, 1.998), entre otras obras.

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