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«LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», FINALISTA DEL PREMIO DE LA CRÍTICA DE ANDALUCÍA

Justo Navarro, con Gran Granada (Anagrama), ha sido el ganador del Premio de la Crítica de Andalucía a la mejor novela de este año.

No ha podido ser,  pero es un orgullo haber formado parte de las cinco novelas finalistas del Premio de la Crítica de Andalucía de este año con La emperatriz de Tánger (Edificiones del Genal), premio que otorga la Asociación de Escritores y Críticos Literarios de Andalucía. Que los críticos y escritores andaluces, de entre todas las novelas publicadas el pasado año 2015, hayan tenido a bien incluir entre las cinco elegidas a mi novela, es todo un orgullo. 

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Como es la segunda vez que uno de mis libros llega a ser finalista del premio, ya lo fui con Una sirena se ahogó en Larache, supongo que eso es una buena señal.

Enhorabuena a Justo Navarro, y enhorabuena a los otros autores que han llegado hasta aquí: José A. Ramírez Lozano, Herminia Luque y Juan Francisco Ferré.

PORTADA La emperatriz de Tánger

 

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ASÍ FUE A PRESENTACIÓN DE «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER» EN MADRID

El pasado viernes, se presentó mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015) en Madrid, en Función Lenguaje, un espacio en el que se da cita la lectura, los talleres de literatura y la música. Jorge García se encargó de que el lugar se acondicionara para que todo transcurriera como lo habíamos imaginado.

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Yo pretendía que fuera un acto original, y, por lo que me dijeron al acabar la presentación del libro, los asistentes salieron con la sensación de que habían acudido a una cita inusual. 

No me voy a extender mucho, pero sí quiero dejar constancia de que cuantos intervinimos, nos involucramos totalmente. El local se cubrió de una luz tenue, que nos incitaba a la confidencia, y a la literatura y a la música. La presentación del libro corrió a cargo de mi amigo José Luis Ibáñez Salas, escritor y editor, que, tal y como transcribo más abajo, fue conciso, pero en su brevedad supo exprimir sabiamente cuando quería decir, y dijo más de lo que yo esperaba. Eternamente agradecido por su generosidad.

JOSE LUIS IBÁÑEZ SALAS

JOSE LUIS IBÁÑEZ SALAS

José Luis Ibáñez Salas, dijo lo siguiente:

«Buenas tardes.
Quiero, lo primero, daros las gracias a todos por venir. Gracias por acompañar a un escritor-escritor, a mi amigo Sergio Barce, que pertenece a ese reducido grupo de personas que hace que todo sea mejor.
Y quiero, lo segundo, darle las gracias a Sergio, por haberme invitado a hacer esta presentación, lo que para mí es un auténtico honor.
Cuando Sergio me pidió que presentara su novela, le dije que por qué quería que yo le presentara su novela. Él me dio una respuesta irresistible, de esas que no admiten ni contestación ni dudas.
“Porque quiero que TÚ presentes mi novela”. Eso fue lo que dijo.
Y claro, así cualquiera. Me dije. Y le dije.
Y aquí estoy. Aquí estamos.
E igual que no me resistí entonces, hoy tampoco voy a resistirme. De hecho, procuro no hacerlo, RESISTIRME, digo.
Por eso, voy a leeros algo que escribí hace unos meses, tras editar otra de las novelas escritas por Sergio, y luego de que ya hubiera leído sus magníficos cuentos del libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente.
Ese algo que escribí y que no me resisto a leer hoy aquí es un poema.
¡Qué cosas, un poema!

Este poema
hay escritores que te llevan a los sitios
literariamente
y casi literalmente
tienen ese don
ese oficio dorado
hacen que pienses que respiras en otro lugar
que has fumado incluso allí
comido
dormido
amado
al norte de África te llevan
por ejemplo
a mí me ha pasado
a la ciudad donde nació ella
así, con poco más que palabras
palabras y ese ungüento de los escritores buenos
esa tenaz ligazón de la que salen las frases
los párrafos, los relatos
a ese Balcón del Atlántico que es Larache
a una encrucijada por donde yo he caminado
en la cual he olido un mundo diferente
allí me trasladó
Sergio Barce es el escritor
como no me pareció suficiente
darle las gracias sin hablarle
se las doy ahora con estos versos
le agradezco caballero su viaje
la estancia y su compañía
le debo una invitación a conocer mi Madriz
al Suances de sus olas y su ría
a donde usted me diga

Y termino, de nuevo en prosa, recordando también que de su obra La emperatriz de Tánger escribí, NO APRESURADAMENTE, una pequeña reflexión en Facebook que va a ser cuanto diga de esta novela solemne y vital y norteafricana y mundial y tan novela.
La soledad es un mundo donde se aniquila el amor y en la que el éxito no sirve para nada.
Sergio Barce ha sido capaz de escribir una novela agobiante donde lo hermoso se golpea en medio de ningún sitio con lo inquietante. Ha sido capaz de regalarnos una obra donde la oscuridad es un lugar repleto de una luz efímera y acuciante.
Gracias, Sergio, por concederme el privilegio de leer una literatura singular, gracias por escribir para mi alma.
Sergio, tienes la palabra. Siempre tienes la palabra.»

Cuando llegó mi turno, después de ambientar con unas pinceladas lo que fue y cómo fue aquel Tánger de los años cuarenta en los que se ambienta mi novela, me convertí por unos minutos en el protagonista de La emperatriz de Tánger y fui Augusto Cobos Koller. Hablé a través de él, e inventé lo que creo que Augusto Cobos, desde la distancia del tiempo, habría pensado de las mujeres que se cruzaron con él durante  ese período de su vida durante el que transcurre la trama del libro.. Era un reto fascinante, y, por lo que intuí, parece que resultó atractivo.

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Mientras hablaba como si fuera Augusto Cobos Koller, la voz de Pilar Gual y el piano de Arturo Ballesteros, hacían de contrapunto. Yo detenía la lectura en el instante en el que alguna melodía debía flotar en el ambiente, y, la voz metálica pero a la vez electrizante de Pilar Gual, dejaba a nuestro auditorio en un silencio contenido. Los solos de piano de Arturo Ballesteros se deslizaban por la sala suavemente…

Entre mis palabras, que eran las de Augusto Cobos, se colaron siete temas musicales interpretados maravillosamente por Pilar y Arturo: Summertime de George Gershwin, All of me de Gerald Marks y Seymour Simons, Night and day de Cole Porter, Love for sale también de Porter, The very thought of you de Ray Noble, It had to be you de Isham Jones y, cerrando nuestra historia, por supuesto As time goes by de Herman Hupfeld.

Y entre medio de estas canciones y de las disquisiciones de Augusto Cobos, que salían de mis labios, incluso Pilar Gual se atrevió a interpretar conmigo uno de los diálogos más intensos de la novela, como una pequeña pieza teatral en medio de todo este monólogo-concierto. (Digo que se atrevió, porque yo podía fastidiar la escena en cualquier instante). Pilar estuvo sensacional (yo estuve temblando todo esos minutos).

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Como siempre, muchos larachenses acompañándome: Miquel Feria vino desde Barcelona, y aunque ya había estado a mi lado en Vilafranca, quiso repetir y llegó junto a su madre, su tía y una nutrida representación familiar, un detallazo el suyo; y también estuvieron Najim Amallal, Angie Gutiérrez (que hubo de ausentarse a los pocos minutos del inicio por problemas de salud, pero que lo intentó, pese a todo, y le agradezco su esfuerzo como ella sabe), Angela García Salazar, Mohamed Abu Karim, y tres incondicionales que tengo que querer porque  no dejan de acudir a mis presentaciones: Adela Manso, María Poveda González-Tablas y Gabriela Grech… Y amigos que nada tienen que ver con Larache pero que son también entrañables para mí: Charo Sánchez y César Martínez. Tuve la suerte de conocer a Margarita Zamorano, Pilar Martín, Carlos… Seguro que olvido a alguien… También asistieron tangerinos, como Arabia, que me regaló una simpática sonrisa, y que estaban muy entusiasmados con la novela.  Y Lydia y Berry, claro. Y mi hijo Pablo que, como siempre, se ofrece para ayudarme y hacer de fotógrafo… 

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Pero no quiero acabar esta breve crónica sin dejar por escrito que nuestra presentación-concierto se la dediqué a dos personas: a Pablo Cantos, que hizo que Charo Sánchez, César Martínez, Pilar Gual, mi hijo Pablo, Lidia, Berry y yo nos sintamos unidos por el vínculo de afecto que él tejió entre nosotros, y a Silvia García, la mujer de José Luis Ibáñez, a la que nos unía nuestra ciudad común: Larache.

A la memoria de ellos dos, todo esto, y cuanto imaginamos.

Mi intervención no la voy a reproducir, pero dejaré sólo los dos primeros párrafos, como un aperitivo para que quien lo lea se imagine qué pudo venir después…

Llueve. Llueve como nunca antes ha llovido, y camino por las calles solitarias de una ciudad muerta. Todo está a oscuras, pero yo sé dónde guarecerme. No me intimidan estos callejones estrechos y sinuosos. La medina de Tánger no tiene secretos para mí, la conozco desde mi niñez, y sé qué es lo que se esconde tras esas misteriosas puertas que parecen que no se abrieran jamás…

Mi nombre es Augusto Cobos Koller. Soy de Tánger. Un tanyaui. Un auténtico tanyaui. Pero desaparecí hace muchos años, como lo hizo mi ciudad, que ya no existe, y que ya nunca volverá; porque aquel Tánger fue un sueño, una quimera, que todos sabíamos que un día se esfumaría entre nuestros dedos…

Sergio Barce, febrero 2016

PORTADA La emperatriz de Tánger

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«EL CASTILLO DEL INGLÉS», UN LIBRO DE CARMEN ENCISO Y ELOÍSA NAVAS

El pasado lunes, presenté los libros de Carmen Enciso y Eloísa Navas El Castillo del Inglés y George Langworthy y Santa Clara, publicados por Ediciones del Genal. Con una gran presencia de público, el acto fue muy ameno y entrañable.

Aquí tenéis mi intervención que centré en la novela. 

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EL CASTILLO DEL INGLÉS

de Carmen Enciso y Eloísa Navas

“Tenía razón mi amigo, debía de estar haciéndome viejo. Lo que antes veía como el gran futuro del pueblo, comencé a verlo como una cuenta atrás. El rápido y descontrolado desarrollo urbanístico estaba asfixiando mis recuerdos. Ya no existía el bosque de los nogales donde jugábamos al balompié con Francisco; ni las tranquilas calles sin autos donde nuestros padres y abuelos se sentaban en las puertas al caer la tarde; ni los molinos, donde enredábamos entre los sacos jugando al escondite. Tampoco los desiertos campos a los que llevábamos a las muchachas en nuestra juventud. Ni siquiera existía Santa Clara. Ni Torremolinos ni yo éramos los mismos”

Estas nostálgicas palabras son de uno de los personajes de El Hotel del Inglés llamado José Miguel Butrón, y, cuando las pronuncia, después de haber recorrido ya con el resto de personajes del libro más de 65 años de historia del pueblo, lo cierto es que se me hizo un nudo en la garganta y lamenté todo lo que se ha ido perdiendo…

Es un sentimiento que se repite si eres de un lugar y lo has abandonado y, al cabo de los años, regresas a él… Pero que también a veces experimenta quien nunca se ha marchado. Es un sentimiento que nos embarga a los que amamos a una tierra, a un pueblo, a una ciudad, y que estalla cuando, al volver, contemplas ese lugar y descubres que el que has guardado en el corazón ha ido desapareciendo lenta pero inexorablemente.

Pero hasta llegar a estas palabras de José Miguel Butrón, Carmen Enciso y Eloísa Navas, en un curioso ejercicio de prestidigitación, escribiendo a cuatro manos pero con tanto acierto que creemos que sólo lo hace un único autor, me han conducido a lo largo de los años en una novela río que se disfruta de una manera plácida y gozosa. Obviamente es una novela que a los torremolinenses, y a muchos malagueños, porque también hay muchos detalles de la Málaga del siglo pasado, les hará recobrar su memoria, pero como toda obra localista es también universal, porque las pequeñas historias locales son las que llegan realmente al lector, sea éste de donde sea.

EL HOTEL DEL INGLÉS

Carmen Enciso y Eloísa Navas narran con gran sencillez, y narrar con gran sencillez significa dominar la técnica narrativa. Se agradece la lectura de una novela cuando es la historia la que domina al artificio de estructuras o de complejas frases estilísticas: la novela debe enganchar al lector, que éste entre de inmediato en los avatares de los personajes y sienta curiosidad por lo que está aconteciendo en la trama y por lo que ha de suceder en las siguientes páginas… Esta novela lo consigue.

Desde el comienzo del libro, me sentí atraído por el personaje principal: George Langworthy. De la mano de Carmen y Eloísa, entré en un ambiente que, de sopetón, me llevaba hasta la India de finales del siglo XIX, y, mientras leía, el mundo ficticio se entremezclaba con el real, como ocurre en las películas, y empecé a confundir sus palabras con las imágenes de la película de John Huston El hombre que pudo reinar,  y me imaginé que George Langworthy, al subir al tren que lo llevaría hasta Calcuta, era Daniel Dravot, el personaje que encarnaba Sean Connery en esa maravillosa película, y que tarde o temprano se encontraría con Rudyard Kipling, es decir, con Christopher Plummer… Para mi sorpresa, mi fiebre cinéfila se confirmaba: George Langworthy, como Daniel Dravot / Sean Connery, se topó en ese tren con el afamado corresponsal de prensa y escritor Rudyard Kipling / Christopher Plummer. Y esto me hizo sonreír. Era como regresar a un ambiente familiar y cercano pese a que la historia transcurre hace más de cien años y en un país a miles de kilómetros de distancia…

Carmen Enciso y Eloísa Navas, con este arranque tan cinematográfico, habían conseguido que me montara en ese tren que salía hacia Calcuta y que ya no deseara bajarme de él. En apenas 13 páginas, ya conocía a George Langworthy, un militar británico que alcazaba el grado de Major tras sus servicios en la India y en Sudáfrica… Un militar británico que, junto a su amada Ann Margaret Roe, tomaba el camino hacia estas costas malagueñas sin saber que Torremolinos se convertiría en su nueva patria…

Sin embargo, tras esas escuetas 13 páginas, George Langworthy dejaba de ser el narrador de su propia historia y le cedía el testigo a un camarada del ejército británico al que conoció en Londres: John Williams Doyle, el primer personaje ficticio de la novela.

Carmen y Eloísa habían dejado al protagonista como mero presentador para que, a partir de ese instante, un tercero relatara cómo se afincó en Málaga primero y en Torremolinos después. Y la decisión de ambas fue muy acertada.

Desde ese momento, John Williams Doyle, que servía en Gibraltar pero que conocía Málaga, se convirtió en el cicerone no sólo para George Langworthy y su mujer sino también para mí. John me ha hecho recorrer una Málaga que no conocía, la de principios del siglo pasado. Con él, junto a George y Ann, descubrí cómo eran las calles y la vida social de la capital, me hizo acompañar al matrimonio Langworthy a la casa de Enrique Van Dulken, al barrio del Limonar y a conocer a “la gente de la manteca”.

Carmen Enciso y Eloísa Navas usan a John como medio para retratar a una sociedad, para contarnos la pequeña historia de la Málaga de esa época, las costumbres, la gastronomía, los acontecimientos musicales y artísticos, los personajes locales, el hotel Regina, el pasaje Chinitas, y también la podredumbre que comenzaba a acechar a la ciudad tras dejar de ser Málaga en esos años la principal ciudad industrial de España…

Gracias a John,  conocí con George y Ann Margaret, a la familia Alessandri, que tanta importancia tendrían en el desarrollo del Torremolinos de años posteriores, y a los Bolín, Peralta, Souviron, Heredia, Larios… Los apellidos más conocidos de la ciudad comenzaban a tener rostro, respiraban por vez primera.

Luego, un día, decidieron visitar una finca situada en Torremolinos, una finca de la que le había hablado el jardinero que había contratado George Langworthy para su casa de Málaga, una finca propiedad de Liborio García: la finca del Castillo… Es entonces cuando descubrí con ellos, como habíamos hecho ya con Málaga, el Torremolinos de principios de siglo, y de nuevo Carmen y Eloísa consiguen retratar un pueblo y su sociedad, escarbando en el pasado de su historia, y así me mostraron también un pueblo desconocido pero a la vez cercano.

Y luego asistí al nacimiento del Castillo de Santa Clara, el lugar que durante siete años George Langworthy y Ann Margaret moldearon a su gusto hasta convertirlo en el pequeño paraíso que fue. Y poco a poco, comencé a tomarle afecto al Mayor George Langworthy, como le ocurría a John, y me gustó asistir al baile de máscaras que George organizó para alegrar a su amada esposa…

En 1913 Ann fallece, y es entonces cuando comienza a forjarse la leyenda de don Jorge.

No quiero desvelar mucho más de la novela, y por eso no menciono otros detalles que hacen de John Williams Doyle un personaje ficticio creíble, porque Carmen y Eloísa han logrado con habilidad que olvidara que John nunca existió y que, en algún instante, me creyera lo que me estaban contando como si él hubiera sido testigo de los hechos.

Esto mismo me sucedió con los demás personajes ficticios de la novela. Me los he creído. Y eso es fundamental cuando se cuenta una historia real y el novelista introduce a personajes que nunca existieron. Carmen y Eloísa lo logran rotundamente.

La historia de John acaba en 1914 y entonces entra en escena Dolores “La Chora”. Ella es la encargada de relatarnos la vida de George Langworthy, desde 1914 hasta 1927, ya solo en Santa Clara,  sin su amada Ann Margaret, pero también la vida del pueblo de Torremolinos.

GEORGE LANGWORTHY

GEORGE LANGWORTHY

Con La Chora, bajé a la playa y vi cómo era el quehacer diario de los marengos, el de los marineros de Torremolinos, y vislumbré la dureza de sus existencias, cómo debían pelear para sobrevivir en un pueblo que era pobre y humilde. Sus parcos medios de subsistencia: sacando arena de la playa, trabajando la tierra, pescando o, como La Chora, salando sardinitas y haciendo anchoas con los boquerones…

Carmen Enciso y Eloísa Navas me guiaron por los barrios populares de ese viejo y humilde Torremolinos, y veía con nitidez sus calles y sus hogares, y creí ver a la orilla de la playa cómo los marengos tiraban del copo. Acompañé a La Chora a visitar al inglés, a George Langworthy, para descubrir con ella y con su hijo Juanito la bondad y la generosidad de ese hombre que sufría por los más menesterosos del pueblo, ese hombre que no sólo se compadecía de los pobres sino que los ayudaba realmente.

Comprobé con La Cora y con Juanito que era cierto que, a cambio de leer una pequeña oración, George Langworthy les daba a todos una peseta de plata.

“El inglés de la peseta”, así lo conocían en el pueblo (un mote como éste sólo se le puede ocurrir a la gente de Andalucía).

Yo, en silencio, pasando las páginas, me fui conmoviendo con la forma de actuar del inglés. Incluso el detalle de que llamara a su barca Anita me resultó entrañable. Jamás pudo olvidar a su mujer.

Y así, con La Chora, sentí el desasosiego de una madre teniendo a un hijo como pescador, pero también la ilusión al ver que Juanito seguía los consejos y aceptaba la ayuda de don Jorge, como ya se le conocía al inglés de la peseta.

Hasta el instante en el que La Chora se marcha de Torremolinos, Carmen Enciso y Eloísa Navas habían logrado que yo viajara en el tiempo, que paseara por Málaga y descubriera el viejo Torremolinos y Santa Clara a través de los ojos de un militar británico, John Williams Doyle, y que luego viviera la dura realidad de un pueblo pesquero empobrecido, y me sintiera fascinado por la generosidad de don Jorge, pero ahora desde la cándida mirada de Dolores La Chora.

Y entonces entró en liza Isabel Wasser, y ella me habló, en primera persona, de cómo fue la vida en Santa Clara desde 1927 hasta 1945.

Isabel era una joven idealista e ingenua que se aventuró a citarse con su amado en el Castillo de Santa Clara, siempre en la misma habitación: la número 22.

Carmen y Eloísa, de nuevo, muestran una habilidad narrativa exquisita. Ni John ni La Chora hubieran podido conducirme a los años en los que Santa Clara se convirtió en el lugar preferido para los artistas, creadores e intelectuales que se daban cita allí: integrantes de la Generación del 27, Dalí, Gala, Picasso… Por eso, Carmen y Eloísa crearon el personaje de Isabel Wasser y el de Mariano Santos, un poeta que trataba de entrar en el círculo intelectual que encabezaban los creadores de la revista Litoral, y así, sutilmente, con ellos me abrieron la puerta a esa etapa gloriosa de nuestras letras.  

Antiguo CASTILLO DEL INGLÉS - CASTILLO DE SANTA CLARA

Antiguo CASTILLO DEL INGLÉS – CASTILLO DE SANTA CLARA

Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, fundadores de la revista Litoral, aparecían por Santa Clara para verse con Luis Cernuda. Me sentí transportado hasta el Castillo de entonces y deseé vehementemente asistir a aquellos encuentros, escuchar a los maestros que tanto admiro, oír de sus labios los versos que imagino.

A la vez que yo bajaba con Gala a la playa y ella se ponía a tomar el sol en top-lesss (algo inaudito para la época) bajo la atenta mirada de Salvador Dalí, Isabel Wasser me daba noticias de los hechos que ocurrían en Torremolinos: el malestar de la población, las reivindicaciones de los obreros, las primeras revueltas, la guerra civil…

Santa Clara, aislada del mundo, era como Xanadú, un Xanadú con su pequeño cementerio para perros y su maravillosa biblioteca, un mundo tal vez aún impregnado por los versos que los poetas habían dejado abandonados en ese lugar privilegiado como una especie de escudo protector que ahuyentara el ruido de las balas…

Sin embargo, Carmen y Eloísa, a través de Isabel Wasser, me sacaban de vez en cuando de ese mundo imposible y me llevaban hasta el exterior, hasta las calles de la Málaga bombardeada y humillada, y sentí el espanto de la guerra y el horror de la venganza y el miedo de la gente de Torremolinos cuando, tras caer en manos de los rebeldes, comenzaron las detenciones y se los encerraba en el campo de concentración del Cortijo del Moro.

Pero también me supo a poco la visita que George Langworthy hizo con Isabel a Gerard Brenan y a su esposa Gamel Woolsey a su casa de Churriana.. Con Isabel Wasser aumentó mi admiración por George Langworthy: como le ocurría a ella, su bondad y generosidad me sobrepasó, me dejaba sin palabras, y su arrojo, heredado de su carrera y experiencia militar, granjeó mi total simpatía cuando no dudó en ponerse en peligro yendo en busca de Antonio y Sebastián, dos de los empleados de Santa Clara que habían sido detenidos sin motivos aparentes…

Tras la guerra, comprobé gracias a la historia que han escrito Carmen y Eloísa que George Langworthy continuó siendo el mismo hombre ejemplar de siempre. No dudó en arruinarse con tal de ayudar a las gentes de Torremolinos, y eso hizo de él un hombre honesto, un hombre bueno. Las gentes del pueblo le correspondieron como se merecía, algo bastante inusual por otro lado.

Tras la muerte de George Langworthy, sólo restaba desvelar qué fue del Castillo de Santa Clara, al que todos en Torremolinos conocían desde hacía tiempo como el Castillo del Inglés, pero ya sin la presencia de don Jorge.

Desde 1945 a 1990, Carmen y Eloísa, utilizando a José Miguel Butrón, otro personaje ficticio, me hicieron regresar a un Torremolinos que ya no existe.

José Miguel Butrón era un corredor de fincas (qué gran acierto de Carmen y Eloísa utilizar precisamente a un corredor de fincas para detallar el cambio urbanístico y turístico de Torremolinos), y con él, a partir de 1945, viví cómo el pueblo comenzó a transformarse en algo distinto, y cómo ese cambio afectó también a ese pequeño mundo que era el Castillo del Inglés. Ya sin él, nada fue igual. Comenzaron las disputas, los pleitos, los intereses urbanísticos y hosteleros… El dinero, lamentablemente, lo puede todo. Y pese a una resistencia numantina, Santa Clara, finalmente, cayó en las garras de los inversores….

La novela me parece de una gran solvencia en esta parte del libro porque, en vez de convertirse en una especie de mero anecdotario, continúa siendo, gracias al oficio de Carmen Enciso y de Eloísa Navas, una interesante narración, en la que la vida de su protagonista narrador sirve no sólo para contarnos una trama interesante sino también para analizar con lupa la forma de sentir y de evolucionar de toda una sociedad. Y en lo que descubrimos, no todo es bueno.

Sin embargo, confieso que me sentí reconfortado al ver cómo reaccionó José Miguel Butrón al materializarse la venta del Castillo de Santa Clara. Me hizo pensar en ese instante que siempre queda la esperanza, y que la sombra de George Langworthy, la sombra de la honestidad, es pese a todos los imponderables una sombra muy alargada.

Pensé también que la vida de ese corredor de fincas que vio cómo Santa Clara acababa en manos de grandes inversores y cómo Torremolinos se transformaba en un fenómeno turístico mundial, atrayendo a los actores más famosos del mundo para hospedarse en sus establecimientos más emblemáticos: en el Pez Espada, en el propio Castillo de Santa Clara… era un retrato muy certero de una época y de una manera determinada de pensar y de vivir.

Vuelvo a las palabras de este personaje que leía al comenzar mi intervención: “Tenía razón mi amigo, debía de estar haciéndome viejo. Lo que antes veía como el gran futuro del pueblo, comencé a verlo como una cuenta atrás. El rápido y descontrolado desarrollo urbanístico estaba asfixiando mis recuerdos… (…) Ni siquiera existía Santa Clara. Ni Torremolinos ni yo éramos los mismos”

Cuando George Langworthy murió, todo su mundo se vino abajo. Ya estaba malherido desde el mismo momento en el que Ann Margaret falleció y él dejó de ser feliz. Todo cambió a su alrededor y vivió por inercia. Sin embargo, George Langworthy se convirtió definitivamente en don Jorge. No dejó de ir semanalmente al Cementerio Inglés de Málaga a depositar unas flores en la tumba de Ann Margaret, en cuyo epitafio había escrito: “One faith, one hope, one spirit, in him we live until still» (Una sola fe, una sola esperanza, un solo espíritu en el que vivimos todavía unidos).

Carmen y Eloísa han escrito una hermosa novela, una romántica historia de amor, pero también han sabido pintar un increíble cuadro de costumbres que abarca casi noventa años de historia de un pueblo, un pueblo que supo agradecer desde su humildad la generosidad de un hombre irrepetible: George Langworthy, el inglés de la peseta.

Por eso les invito a subirse en ese tren que sale hacia Calcuta y en el que ya está acomodado Rudyard Kipling. No pierdan la oportunidad de hacer este viaje que les traerá de regreso a otro tiempo que ya nunca volverá.

Sergio Barce, febrero 2016

 

 

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ASI FUE LA PRESENTACIÓN DE «PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE» EN ÁMBITO CULTURAL DE MÁLAGA

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De nuevo, paseamos larachensemente… Esta vez, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Málaga, con la ayuda inestimable y siempre tan accesible de su directora Isabel Ramírez, y la asistencia técnica de Yolanda en la sala.

La nueva reedición que ha lanzado Ediciones del Genal de mi libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, con la incorporación al libro de una imagen interior, obra del fotógrafo Achraf Etaaqafy, y de la traducción al árabe por Rajae Boumediane y Messari Hamza y al francés por Nabila Boumediane y Fidele P. Dikam del relato Larache, sin Sibari, nos sirvió para hacer un recorrido sentimental y nostálgico por las calles Larache. 

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El poeta Víctor Pérez, que me echó una mano para que unos libros de Alessandro Baricco llegaran de regalo inesperado a sus destinatarios durante el acto, ha resumido perfectamente lo acaecido en un comentario en su muro de Facebook. Cuenta Víctor: «Ayer se presentó en el ámbito cultural del Corte Inglés la reedición del libro de relatos «Paseando por el zoco chico larachensemente», un conmovedor y lírico paseo por Larache a través de una treintena de relatos escritos por Sergio Barce entre los años 2000 y 2013. Fue un acto emotivo y de enorme calidad. La presentación de José Luis Pérez Fuillerat, las lecturas de su cuaderno «La otra banda» por parte de Paco Selva, las canciones sefardíes de Sara Sae, el desglose histórico y poético de Larache por Mónica López contenido en su obra «Los colores de la memoria» con preciosas imágenes proyectadas de Larache, muchas de ellas del magnífico pintor Mariano Bertuchi y la lectura del relato de amor y ausencia sobre el amigo entrañable de Sergio, Mohamed Sibari, realizado magistral y hondamente, larachensemente, o sea, pausada y profundamente, por parte del poeta Pedro Enríquez, pusieron colofón al acto.

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La intervención de Jesús Otaola, editor de ediciones del Genal, nos avisó de la selección de la novela «La Emperatriz de Tánger» como una de las cinco seleccionadas en la final del Premio de la Crítica de Andalucía de este año.
Sin desdeñar a los otros cuatro, grandes escritores todos, yo que he leído la emperatriz, solo digo, que su factura impecable, sus misterios y situaciones, me hicieron no poder abandonar su lectura en ningún momento, miento, en una noche hube de hacerlo porque me asusté, porque Sergio tiene la habilidad de escribir y que leamos con los ojos de la mente, como se debe hacer según Stevenson. Es en esa forma de escribir que él tiene la que hace que vivas los momentos como si pasaran ante ti, y algunos momentos de la novela son realmente estremecedores, por todo ello, la emperatriz la hacen para mi, favorita

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Añadiré algunas notas más a lo dicho por Víctor: Paco Selva, que nos conmovió con la lectura de sus poemas dedicados a Larache, con esa emoción que lo desbordaba en algunos instantes, poco antes de comenzar, me hizo un regalo que me dejó sin habla. Me entregó un ejemplar, publicado en Tetuán por la Editorial Cremades en 1962, de Miscelánea, el libro que escribiera el poeta larachense Dris Diuri. En su interior me encontré una dedicatoria de puño y letra de Diuri al padre de Paco Selva, y bajo ella, la que me escribía Paco a mí. Me pareció excesivo que se desprendiera de un libro que estaba dedicado por el autor a su padre, pero Paco Selva me dijo que prefería que lo tuviera yo. Ya digo, me pareció un regalo impagable.

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A partir de ahí, como bien cuenta Víctor, todo fue encadenándose de una manera perfecta, y la exposición del profesor y poeta José Luis Pérez-Fuillerat, llena de hallazgos y de momentos divertidos, dio paso a la voz emocionada de Paco Selva y sus versos, y éste a la voz melodiosa e inolvidable de Sara Sae, rasgando el aire con las letras de la poesía sefardita, cantada con una pasión electrizante. Luego, Mónica López comenzó a leer un texto en el que, fragmentos de los cuentos de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, le servían de hilo conductor para llevarnos por las callejuelas de la Medina de Larache; y escuchar así mis relatos leídos por ella, con las imágenes que se proyectaban a la vez, siguiendo el itinerario que Mónica trazaba, nos hizo creer por un instante que habíamos regresado al Balcón del Atlántico…  

Anécdota: durante la mañana, el trabajo en mi despacho había sido altamente estresante. Al acabar la jornada, Mónica me enviaba un mensaje pidiendo auxilio porque las imágenes que había montado para ser proyectadas en la presentación de la tarde eran incompatibles con el programa existente en la sala… El power point que ella usa es demasiado moderno o sofisticado… Nos cruzamos varios mensajes, en los que ella me daba cuenta de que las gestiones que realizaba resultaban infructuosas y era probable que no pudiésemos proyectar las fotos de las calles de Larache… A la vez, me llegaba un correo de Pedro Enríquez: él y Sara Sae tienen fiebre y no saben si podrán acudir… Pareciera que Okyanus no quisiera que llegara el evento a buen puerto… Berry, al comprobar mi estado de zozobra y nerviosismo, me envió un mensaje: no te preocupes, piensa que es como cuando haces algo en Larache… al final, todo se arregla en el último minuto. Me eché a reír. Tenía razón. Parecía que estábamos en Larache…

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Camino de Ambito Cultural, Mónica me anunciaba que a grandes problemas, grandes soluciones… Se llevaba la torre de su ordenador a la sala y que fuera lo que Dios quisiera… Pedro Enríquez y Sara Sae, con fiebre, llegaron e intervinieron, pese a todo… Un esfuerzo que merece su recompensa. Y sí, larachensemente, todo se arregló en el último segundo.

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Cuando Pedro Enríquez, uno de los poetas más reconocidos de Granada, comenzó la lectura de mi relato Larache, sin Sibari, su voz, pese a la fiebre, se transformó en la voz del poeta que es, y nos dejó a todos mudos, hechizados, e hizo de mi relato algo decente y mágico. Cuando él acabó, apenas me salía mi agradecimiento del cuerpo. Era como si toda la emoción por lo que habíamos escuchado, leído y visto hasta ese momento, me sobrepasara. El recuerdo de Sibari y de todos los que han ido desapareciendo de nuestras vidas, de todos los que añoramos, se habían dado cita en ese instante, y nada podía hacerse, salvo permanecer callados. Entonces resurgió la voz de Sara Sae y, su canción de cierre, nos dejó flotando en el aire, como suspendidos en la añoranza, como si nos dejásemos llevar por el tiempo, larachensemente, sentados en la terraza del Central.

Después de todo eso, llegó el momento de la firma de libros y allí confluyeron ejemplares de Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente y de La emperatriz de Tánger. Todo seguía teniendo sabor a hierbabuena.

Sergio Barce, enero 2016

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Sergio Barce, Víctor Pérez y Jesús Otaola

Sergio Barce, Víctor Pérez y Jesús Otaola

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SARA SAE

SARA SAE

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PEDRO ENRÍQUEZ, MÓNICA LÓPEZ, JOSÉ LUIS PÉREZ-FUILLERAT Y SARA SAE

PEDRO ENRÍQUEZ, MÓNICA LÓPEZ, JOSÉ LUIS PÉREZ-FUILLERAT, SERGIO BARCE Y SARA SAE

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