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APRENDIENDO DE MÉNDEZ-LEITE

Ayer tuvimos la fortuna de que Héctor Márquez, una vez más, nos regalase un buen encuentro en el Tercer Piso de la Librería Proteo, en Málaga. En esta ocasión nos reunimos alrededor de Fernando Méndez-Leite, para hablar de su primera novela: Fracaso sentimental en la calle 50, que ha publicado la Editorial Renacimiento.

La presentación corrió a cargo de Moisés Salama y de Héctor. Moisés acaba de estrenar un documental dedicado precisamente a la figura de Fernando Méndez-Leite, titulado «La memoria del cine«, y se nos proyectó un atractivo tráiler que invita a ver ese documental. Pero la estrella, sin ninguna duda, fue el propio Fernando, que posee una memoria prodigiosa y milimétrica, capaz de retrotraerse a su niñez para recitar por orden alfabético sus compañeros de pupitre. Eso le permitió contarnos anécdotas muy interesantes y divertidas de los rodajes en los que ha intervenido (El hombre de moda o La Regenta), su relación con otros realizadores o con actores (Juan Luis Galiardo, Ana Belén, Juan Diego, Aitana Sánchez-Gijón…), su proceso creativo, su ardua labor para escribir esta novela. Luego, compartimos comida y café, Méndez-Leite, Moisés Salama, Rosa, Héctor y Mariángeles Tarifa, y José Garriga Vela y yo. Hablamos largo y tendido de cine y de literatura. Un día muy provechoso.

Sergio Barce, 26 de noviembre de 2023     

         

 

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Con el actor Joaquín Núñez
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FOTOS DE CINE – 35

Esta imagen es la del actor Toni Servillo en la maravillosa cinta La gran belleza (La grande bellezza, 2013), de Paolo Sorrentino. Pertenece a la escena de la inolvidable fiesta inicial con la que arranca la película y que sirve de preludio para presentarnos a Jep Gambardella, el protagonista al que da vida Servillo. Una película barroca, original, divertida, sensual y muy italiana, en el mejor sentido de la palabra. Un homenaje al «dolce far niente».

¿Cómo olvidar ese instante en el que, en esa fiesta desmadrada, pero vacía y llena de impostura e hipocresía, la escena se va ralentizando con Jep Gambardella en primer plano para dedicarnos una de las frases más emblemáticas del cine de los últimos años? Dice Gambardella/Servillo: <De pequeño, a esta pregunta mis amigos daban siempre la misma respuesta: «El coño». Pero yo respondía: «El olor de las casas de viejos». La pregunta era: ¿Qué es lo que realmente te gusta más en la vida? Estaba destinado a la sensibilidad. Estaba destinado a convertirme en escritor.>

  

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ARRANCA EL RODAJE DEL CORTOMETRAJE «MORO», QUE DIRIGE PABLO BARCE

Esta semana ha arrancado el rodaje del nuevo cortometraje que dirige Pablo Barce: «Moro». La localización es en Larache, y esperemos que tenga tan buena acogida como la tuvo «El nadador». 

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 14 – EL PASO DE LOS AÑOS, LA AUTÉNTICA BOMBA NUCLEAR

No sé si la cercanía de mi cumpleaños me hace pensar más de lo habitual en el paso del tiempo, o sea esa otra sensación, cada día más acusada, de que los días transcurren ya sin rozarnos. El caso es que comienza a obsesionarme el correr de los años, este vivir a contrarreloj, y ahora, de pronto, todo lo que leo o todo lo que veo parece abordar este asunto, aunque sea tangencialmente.

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Asisto al concierto en directo de Iggy Pop. Un espectáculo. Lleno de vitalidad, de fuerza, de ganas de transmitir energía positiva a los asistentes. Se entregó al público. Pero verlo ahí, como siempre con el torso desnudo, a sus 76 años, es también contemplar su deterioro físico que se acrecentaba aún más en las dos grandes pantallas que flanqueaban el escenario. Producía un extraño efecto que movía, por un lado, a la admiración por su testarudez al continuar en la brecha y, por otro, a una especie de congoja o de conmiseración (entendida en el buen sentido) que, curiosamente, fue desapareciendo a medida que transcurría el concierto. El carisma de Iggy Pop y su simpatía borró de un plumazo cualquier atisbo de duda. Pero lo cierto es que, los referentes de nuestra generación, nuestros ídolos musicales o literarios, si no han desaparecido lo harán en los próximos años.

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Veo un western excelente: Old Henry (2021), dirigida por Potsy Ponciroli, con un sobrio Tim Blake Nelson, que interpreta a un viejo pistolero que vive ya retirado en una granja con su hijo pero que, por un hecho fortuito, después de muchos años, se verá obligado a usar de nuevo el revólver. Con evidentes influencias de Sam Peckinpah, homenajes visuales a John Ford y huellas de Sin perdón (Unforgiven) de Clint Eastwood. Se disfruta.

También leo a un veterano, Michel Houellebecq, en concreto su novela El mapa y el territorio (La carte et le territoire, 2010), con traducción del francés de Jaime Zulaika, editada por Anagrama. 

Una novela que se divide en tres partes, pero que, a mi parecer, contiene dos novelas en una. Como es habitual en Houellebecq, se adentra en el epicentro de nuestra sociedad para desentrañar sus miserias. En esta ocasión, él mismo es uno de los personajes y se convierte en coprotagonista también involuntario. La vejez y la edad también juegan un papel importante en este libro. Escribe: 

“…Pues tiene razón: mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud. Ha habido momentos interesantes, pero siempre difíciles, siempre arrancados al límite de mis fuerzas, nunca he recibido algo como un don y ahora estoy harto, sólo quisiera que todo termine sin sufrimientos excesivos, sin una enfermedad anuladora, sin dolencias.”

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La novela, como decía, tiene una primera parte en la que se adentra en el mundo del arte, su mercadería y las motivaciones por las que, de pronto, la obra de un pintor o un fotógrafo se convierte en un éxito o en un producto sólo al alcance de ciertas élites, precisamente las mismas que deciden quién accede a esa categoría. El poder del dinero lo abarca todo. Y también analiza acertadamente la relación paterno filial del protagonista. 

“…Su padre había prometido llegar a las seis.

Llamó abajo a las seis y un minuto. Jed le abrió por el interfono y respiró lenta, profundamente, repetidas veces, durante el trayecto del ascensor.

Rozó rápidamente las mejillas ásperas de su padre, que se plantó inmóvil en el centro de la habitación. <Siéntate, siéntate…>, dijo. Su padre le obedeció al instante, se sentó en el borde extremo de una silla y lanzó miradas tímidas a su alrededor. Nunca ha venido, se percató de pronto Jed, nunca ha venido a mi apartamento. También tuvo que decirle que se quitara el abrigo. El padre intentaba sonreír, un poco como un hombre que trata de mostrar que sobrelleva valientemente una amputación. Jed quiso abrir el champán, las manos le temblaban un poco, estuvo a punto de dejar caer la botella de vino blanco que acababa de sacar del congelador: estaba sudando. El padre seguía sonriendo, con una sonrisa un tanto fija. Allí estaba un hombre que había dirigido con dinamismo, y en ocasiones con dureza, una empresa de unas cincuenta personas, que había tenido que despedir y contratar; que había negociado contratos por valor de decenas y a veces centenares de millones de euros. Pero la cercanía de la muerte torna humilde a un hombre y esa noche parecía afanoso de que todo saliera lo mejor posible, parecía sobre todo deseoso de no causar ningún problema, era al parecer su única ambición ahora en la tierra…” 

Luego, en el último tercio de la novela, Houellebecq se decanta por una trama de intriga en la que unos nuevos personajes, dos policías, ocupan varios capítulos tratando de desmadejar el misterioso asesinato de un escritor. Me quedo con la primera parte de este libro, que no obstante me ha sorprendido menos que Plataforma (Plateforme)

Lo contrario que Los años (Les années, 2008), de la gran Annie Ernaux, que regala otra obra redonda, vibrante e inteligente. Publicada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. En este libro, a la misma altura de El acontecimiento o El hombre joven, novelas que ya comenté en su momento, la escritora francesa disecciona con una agudeza envidiable cómo el transcurrir de los años va modificando nuestras aspiraciones, cómo los sueños se varan en la realidad, cómo nuestras ansias de libertad, las ganas por cambiar el mundo o de hacer girar el devenir se van torciendo hasta que todo se hace irreconocible y, mirar atrás, se torna fatigoso y desalentador.

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A partir de varias fotografías de la propia escritora tomadas a lo largo de su vida, desde la infancia hasta su madurez, repasa su existencia y el entorno social, político e histórico de cada decenio. Una novela-ensayo enjundiosa, enriquecedora, en la que nos podemos reconocer en algunos instantes.

Escribe Annie Ernaux tras contemplar una fotografía fechada en 1980:

“…Hasta donde remontaban los recuerdos, nunca había habido tantas cosas concedidas en tan pocos meses (algo que en seguida olvidaríamos, incapaces de concebir una vuelta a la situación anterior). La pena de muerte abolida, el aborto gratuito, los inmigrantes clandestinos legalizados, la homosexualidad autorizada, una semana más de vacaciones al año, una hora menos a la semana de trabajo, etc. Pero la tranquilidad se alteraba. El gobierno reclamaba más dinero, nos lo pedía, devaluaba, impedía que la moneda saliera del país para controlar el cambio de divisas. La atmósfera se hacía adusta, el discurso (<rigor> y <austeridad>) se volvía punitivo, como si tener más tiempo, más dinero y más derechos fuera ilegítimo, como si tuviéramos que volver a un orden natural dictado por los economistas…”

Lo que relata lo sitúa en Francia, en los ochenta, pero, al leer estos párrafos, ¿no parece que nos habla de la España actual? Quizá porque los ciclos históricos se repiten y porque, como bien expresa ella, la memoria es muy corta. Las semejanzas con el tiempo que nos está tocando vivir resulta cuanto menos inquietante. Los derechos tan arduamente conquistados, en peligro por la sombra alargada de la nueva extrema derecha (que es la vieja extrema derecha que ha vivido agazapada durante años) y por los dictados restrictivos de Christine Lagarde & Co.

Y sentencia Ernaux al abordar su vejez:

“….constata con sorpresa que, cuando le hacían un dictado de Colette, la escritora aún vivía, y puede que su abuela, que tenía doce años cuando murió Víctor Hugo, disfrutara del día de fiesta con motivo de aquel funeral de Estado… (…) Y mientras crece la distancia que la separa de la desaparición de sus padres, veinte y cuarenta años, y cuando nada en su manera de vivir y pensar se parece a la de ellos (<se revolverían en su tumba>), tiene la impresión de acercarse a ellos. A medida que el tiempo disminuye objetivamente ante ella, este se extiende cada vez más, más allá de su nacimiento y de su muerte, cuando imagina que, dentro de treinta o cuarenta años, se dirá de ella que conoció la guerra de Argelia como se decía de sus bisabuelos <han visto la guerra de 1870>…”

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Hablando de guerra. Espectacular la nueva cinta de Christopher Nolan. Oppenheimer es un alarde cinematográfico y narrativo. Obligatoria su visión en pantalla grande, donde es más apreciable su montaje, que en algunos tramos me recuerdan al adoptado por George Clooney como realizador en su memorable Buenas noches, y buena suerte (Good night, and Good luck, 2005), la excelente fotografía del suizo Hoyte Van Hoytema, la increíble banda sonora de Ludwig Göransson y un reparto en estado de gracia encabezado por Cillian Murphy, uno de los actores fetiches de Nolan que, en el papel protagonista, hace uno de sus mejores trabajos. Imborrable la pequeña pero esencial escena en la que Oppenheimer y Einstein intercambian unas palabras. La expresión del viejo científico ante lo que le revela el primero, su mutismo al cruzarse con Lewis Strauss (al que da vida Robert Downing jr.) resume a la perfección lo que significaba el resultado del descubrimiento al que acababa de llegarse.

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Como igual de simple pero también inolvidable es la secuencia con la que finaliza Los Febelman (The Febelmans, 2022), la última película de Steven Spielberg. Un bellísimo homenaje al cine clásico, un tributo al maestro John Ford al que, curiosamente, da vida otro director de culto: David Lynch. Pocas veces, con tan poco, se ha hecho una declaración de amor al cine con tanta carga emocional.

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Vuelvo a ver Atlantic City (1980), de Louis Malle. Lo hago por el simple placer de volver a regodearme en la insuperable interpretación de un Burt Lancaster ya viejo y cansado. Pero que da una lección magistral. Lancaster es en este film un matón de pequeña monta que se construye toda una fantasía para hacerse pasar por uno de los gánsteres más importantes de su época. Nos habla de las miserias humanas y de la redención. Pero también, de nuevo, del paso de los años y de la vejez.

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Y también rescato otro clásico de Elia Kazan: Baby doll (1956), con los excelentes Karl Malden, Eli Wallach y Carroll Baker. Basada en una obra de Tennessee Williams, la historia transmite una tristeza y una soledad desasosegante. Y, como ocurre en otras obras teatrales de Williams, el personaje femenino está lleno de contradicciones, resulta a veces irritante y desquiciado, pero siempre despierta nuestra ternura ante tanto sinsabor como el que padece.

Sigo escribiendo, embarcado en una nueva novela que avanza y que crece. Lleno páginas que no sé si acabarán siendo definitivas o no. Eso nunca se sabe hasta que tienes la historia completa y comienzas a retocar, a pulir y a podar. Incluso el final al que me lleva su trama es probable que no sea el mismo que ahora intuyo. El tiempo lo dirá.

Sergio Barce, 6 de agosto de 2023

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«EL CAFTÁN AZUL» (LE BLEU DU CAFTAN), UN FILM DE MARYAM TOUZANI

Me encanta el cine de Maryam Touzani. Una excelente actriz, ahí está como muestra su papel en Razzia (2017). Pero como realizadora, me parece aún mejor.

Si su anterior película, Adam (2019), ya me gustó, este nuevo título que ha dirigido, El caftán azul (Le bleu du caftan) sube un escalón más. En Adam nos hablaba de los problemas de una madre soltera, en El caftán azul aborda otro tema igualmente delicado en la sociedad marroquí: la homosexualidad masculina. Un hecho que convive a diario en Marruecos, pero que se tapa y se oculta, que se censura y se reprueba.

En sus dos películas, Touzani utiliza imágenes de una gran belleza plástica, pero de una sencillez y economía de medios deslumbrantes. Sabe mover la cámara, situar a sus actores, exprimir lo mejor de ellos para hacer de la cinta una historia creíble y profundamente humana. Ese pequeño taller de confección se convierte en un universo lleno de miradas, silencios, palabras abortadas y sueños imposibles. La delicadeza con la que aborda la homosexualidad del protagonista masculino se sustenta en la contenida interpretación de Saleh Bakri, austero, minimalista, que dota a su personaje de un candor que lo acerca de tal  manera al espectador que logra nuestra afinidad, nuestra simpatía, nuestra solidaridad. Llegamos a comprender esa lucha que mantiene en su interior, sus contradicciones y sus miedos. Sólo le basta una mirada de soslayo para completar un diálogo que no se pronuncia. Así son de potentes las imágenes de esta cinta. 

Maryam Touzani vuelve a apoyarse, en la protagonista femenina, en esa actriz enorme y fascinantes que es Lubna Azabal, y que con el tiempo se ha convertido en una de mis actrices favoritas. Aquí vuelve a crear otro personaje inolvidable: la esposa prudente y reservada, pero entregada y confidente de su marido. Ella sabe. Ella calla. Pero ella comprende. No ceja en amar a quien, quizá, la engaña de la manera más humillante para una mujer. Sin embargo, es una mujer generosa, abierta, inteligente. Y sabe cuál es su futuro inmediato y desea saborearlo.

También el joven actor Ayoub Missioui, como el aprendiz de sastre, hace creíble su papel, cerrando así un triángulo casi perfecto. La película no necesita más. Sólo estos tres actores y un argumento sin alaracas, pero rotundo y emotivo.

A detacar una banda sonora preciosa compuesta por Kristian Eidnes Andersen (autor que ha trabajado para realizadores como Lars Von Trier, Thomas Vinterberg o Pawel Pawlikowski). Y una fotografía cálida y serena, obra de Virginie Surdej. En el guion, obra de la propia realizadora, colabora su marido, el también magnífico director marroquí Nabil Ayouch. Es decir, un equipo de primera línea para una película magnífica.

Sergio Barce, enero 2021

 

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