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«EL CAFTÁN AZUL» (LE BLEU DU CAFTAN), UN FILM DE MARYAM TOUZANI

Me encanta el cine de Maryam Touzani. Una excelente actriz, ahí está como muestra su papel en Razzia (2017). Pero como realizadora, me parece aún mejor.

Si su anterior película, Adam (2019), ya me gustó, este nuevo título que ha dirigido, El caftán azul (Le bleu du caftan) sube un escalón más. En Adam nos hablaba de los problemas de una madre soltera, en El caftán azul aborda otro tema igualmente delicado en la sociedad marroquí: la homosexualidad masculina. Un hecho que convive a diario en Marruecos, pero que se tapa y se oculta, que se censura y se reprueba.

En sus dos películas, Touzani utiliza imágenes de una gran belleza plástica, pero de una sencillez y economía de medios deslumbrantes. Sabe mover la cámara, situar a sus actores, exprimir lo mejor de ellos para hacer de la cinta una historia creíble y profundamente humana. Ese pequeño taller de confección se convierte en un universo lleno de miradas, silencios, palabras abortadas y sueños imposibles. La delicadeza con la que aborda la homosexualidad del protagonista masculino se sustenta en la contenida interpretación de Saleh Bakri, austero, minimalista, que dota a su personaje de un candor que lo acerca de tal  manera al espectador que logra nuestra afinidad, nuestra simpatía, nuestra solidaridad. Llegamos a comprender esa lucha que mantiene en su interior, sus contradicciones y sus miedos. Sólo le basta una mirada de soslayo para completar un diálogo que no se pronuncia. Así son de potentes las imágenes de esta cinta. 

Maryam Touzani vuelve a apoyarse, en la protagonista femenina, en esa actriz enorme y fascinantes que es Lubna Azabal, y que con el tiempo se ha convertido en una de mis actrices favoritas. Aquí vuelve a crear otro personaje inolvidable: la esposa prudente y reservada, pero entregada y confidente de su marido. Ella sabe. Ella calla. Pero ella comprende. No ceja en amar a quien, quizá, la engaña de la manera más humillante para una mujer. Sin embargo, es una mujer generosa, abierta, inteligente. Y sabe cuál es su futuro inmediato y desea saborearlo.

También el joven actor Ayoub Missioui, como el aprendiz de sastre, hace creíble su papel, cerrando así un triángulo casi perfecto. La película no necesita más. Sólo estos tres actores y un argumento sin alaracas, pero rotundo y emotivo.

A detacar una banda sonora preciosa compuesta por Kristian Eidnes Andersen (autor que ha trabajado para realizadores como Lars Von Trier, Thomas Vinterberg o Pawel Pawlikowski). Y una fotografía cálida y serena, obra de Virginie Surdej. En el guion, obra de la propia realizadora, colabora su marido, el también magnífico director marroquí Nabil Ayouch. Es decir, un equipo de primera línea para una película magnífica.

Sergio Barce, enero 2021

 

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FOTOS DE CINE – 34

En la fotografía, Lauren Bacall y Humphrey Bogart, encabezando la marcha en defensa de las libertades civiles y en apoyo de los acusados por el Comité de Actividades Antiamericanas. (Tras ellos distinguimos a Paul Henreid o Richard Conte, entre otros).

El pasado mes de mayo, fallecía Kenneth Anger. Fue un escritor y cineasta norteamericano, nacido en Santa Mónica, California, en 1923, que desarrolló toda su carrera cinematográfica al margen de los canales habituales. Su película más famosa, de tipo experimental, como el resto de su filmografía, es Scorpio Rising, de 1964. Pero Anger logró la fama con un libro centrado en el mundo del cine: Hollywood Babilonia (Hollywood Babylon), en el que desvelaba los mayores escándalos del Hollywood clásico. Hay un capítulo, bastante corto, dedicado a la famosa “caza de brujas” que se desató a finales de los años cuarenta contra todos los artistas de los que se sospechaba que eran izquierdistas, campaña de acoso y derribo que impulsó el congresista J. Parnell Thomas pero que capitaneó con una gran insidia el senador Joseph R. McCarthy. En ese capítulo, que en los tiempos que corren me parece interesante rescatar, titulado Marea roja, escribió Kenneth Anger:

“Hacia 1947, la campaña anticomunista capitaneada por el congresista J. Parnell Thomas, había tendido sobre Hollywood un manto tan insidioso como la creciente contaminación de Los Ángeles. Con el Comité de Actividades Antiamericanas garantizándoles la temporada de caza, fanáticos derechistas de Cinelandia hicieron su aparición y, envueltos en la bandera, se lanzaron a un ataque en el que cualquier golpe bajo estaba permitido. Lela Rogers, su obediente retoño Ginger, y Howard Hughes figuraban a la cabeza de esta superpatriótica actitud.

John Wayne, por unanimidad, resultó elegido Presidente de una cuadrilla de linchamiento autodenominado Alianza Cinematográfica Para la Preservación de los Ideales Norteamericanos. Charles Coburn era el vicepresidente primero. El segundo, Hedda Hopper. (En 1947 Hedda ocupó sus vacaciones recorriendo los Estados Unidos en coche para arengar a los clubs femeninos y conminarlos a boicotear aquellas películas en las que interviniesen actores “comunistas”.) Un realizador, Leo McCarey, y un actor, Ward Bond, figuraron como privilegiados miembros de la alianza. Y Paul Lukas, Robert Taylor, George Murphy y Adolphe Menjou entre los más impacientes por denunciar a todos los Rojos que suponían escondidos bajos sus camas en Beverly Hills. Menjou se hallaba convencido de que una invasión comunista en el país era inminente, y declaró que se trasladaba a Texas… “porque los tejanos, no dejarán un solo comunista vivo”. Gary Cooper, agudo observador político, se jactó de haber rechazado “un montón de guiones con ideales comunistas”.

Horrorizados ante estas medidas, celebridades de otra mentalidad fletaron por su cuenta un avión para ir a Washington a protestar por “esta invasión para privar a los ciudadanos de los derechos sobre sus ideales o creencias”. Eran: Bogart y Bacall, Gene Kelly, June Havoc, John Huston y Danny Kaye.

El cargamento de este avión estelar no compareció ante una audiencia condescendiente o admirada de sus dotes. El grupo de los tiradores al blanco, flechas incluidas, no tardó en declarar no gratos a los Diez de Hollywood. Estos eran: Herbert Biberman, Albert Maltz, Edward Dmytryck, Adrian Scott, Ring Lardner Jr., Samuel Ornitz, John Howard Lawson, Lester Cole, Alvah Bessie y Dalton Trumbo. (Ironía de ironías: tras su condena, Trumbo se topó de bruces con un compañero en desgracia que, curiosamente, no era otro que el congresista J. Parnell Thomas, su antiguo acusador, sentenciado también a chirona por “inflar” su sueldo.) Aliados de estos Diez, que prefirieron el autoexilio a la ignominia de aguantar en casa la situación, fueron entre otros los directores Jules Dassin, Joseph Losey y John Berry, quienes prosiguieron sus carreras en Europa.

El destino de quienes se quedaron en casa fue mucho más sombrío. La lista negra arruinó las vidas y las carreras de talentos magníficos como Anne Revere, Gale Sondergaard, Jean Muir, John Garfield y J. Edward Bromberg. Dashiell Hammett y Lilian Hellman se enfrentaron a sus inquisidores con honor y dignidad; Lionel Stander, el actor con voz de rana, interpretó en beneficio del Comité un fantástico número y les dijo bien claro adónde tenían que irse. Después se radicó en Italia, donde continuó imperturbable su excéntrica profesión. Sidney Buchman, guionista de Capra en Caballero sin espada, se negó a comparecer. Fue declarado en rebeldía y se quedó sin empleo en Hollywood.

La conciencia sirve a veces para algo. Pero algunas celebridades delataron y continuaron alegremente en sus puestos a lo largo de esta época negra: Dmytryck, Elia Kazan, Robbins… Larry Parks fue un caso especial: admitió, para salvar la piel, su afiliación al Partido Comunista.

A las masas no les divirtió la cosa. Para ellas, Hollywood y la política no constituían una buena combinación.”

El capítulo pertenece a la edición de Hollywood Babilonia, publicada por Tusquets, en 1986, con traducción de Jorge Fiestas.   

 

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FOTOS DE CINE – 33

Foto tomada durante el rodaje de la obra maestra Pat Garrett & Billy the Kid (1973) del gran Sam Pechinpah. En ella vemos al propio realizador en primer término junto a los actores R.G.Armstrong y James Coburn, que interpreta al sheriff Pat Garrett en esta cinta llena de melancolía, decadencia, desilusión y violencia. Me declaro «peckinpahiano» desde hace muchísimos años. Sus films Duelo en la Alta Sierra (Ride the high country, 1962), Mayor Dundee (Major Dundee, 1965), Grupo salvaje (The wild bunch, 1969), La balada de Cable Hogue (The ballad of Cable Hogue, 1970) y ésta de Pat Garrett & Billy the Kid, forman todo un cuerpo fílmico que, si no fuera por los destrozos cometidos por los distintos productores, habrían pasado a ser trabajos aún más perfectos de lo que, con sus mutilaciones, son todos estos westerns.

En Pat Garrett & Billy the Kid, además de la hermosa historia de una amistad traicionada que nos relata, hay también un homenaje a un mundo que se iba perdiendo, el del viejo Oeste americano. Pat Garrett representa el nuevo orden, Billy the Kid la libertad absoluta. La banda sonora de Bob Dylan, que ha pasado a la historia del cine, acentúa aún más ese contrasentido, ese enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo. «Los tiempos están cambiando», dice Pat en algún instante.

Para los amantes del cine, para los fervientes seguidores del western, entre los que me encuentro, esta película rinde también homenaje a los grandes actores de carácter, a los mejores secundarios. Y es que el reparto de Pat Garrett & Billy the Kid reúne a lo más granado del género: desde un inconmensurable James Coburn, quizá en su trabajo más completo, hasta un joven Kris Kristofferson que, con los años, se ha convertido en uno de los referentes del western. Junto a ellos, nombres inolvidables: Jack Elam, Jason Robards, Emilio «Indio» Fernández, Gene Evans, Paul Fix, R.G.Armstrong, Katy Jurado, Slim Pickens, L.Q.Jones, Gene Evans, Richard Jaeckel, Harry Dean Stanton, Barry Sullivan, Chill Wills, John Beck, Luke Askew, Richard Bright, Matt Clark, Jack Dodson, Jorge Russeck, Charles Martin Smith, John Davis Chandler, Elisha Cook jr., Dub Taylor, Aurora Clavel, Bruce Dern… Y el propio Peckinpah en un pequeño papel con una frase de diálogo y Bob Dylan como Alias. (Quienes no reconocen a estos actores por sus nombres, si los buscan por Google se sorprenderán al reconocer a gran parte de ellos).

Sergio Barce, abril 2023

      

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FOTOS DE CINE – 31

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En la imagen: Marlon Brando y Karl Malden, en un descando durante el rodaje de La ley del silencio.

Karl Malden es de esos enormes actores que solo recordamos ya los amantes del buen cine. Inolvidable en sus papeles en varias obras maestras y en grandes películas como Un tranvía llamado deseo (A streetcar named desire, 1951) de Elia Kazan, Yo confieso (I confess, 1953) de Alfred Hitchcock, La ley del silencio (On the waterfront, 1954) y Baby doll (1956) ambas de nuevo con Kazan, El árbol del ahorcado (The hanging tree, 1959) de Delmer Daves, El rostro impenetrable (One-Eyed Jacks, 1960) de Marlon Brando, El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, 1962) de John Frankenheimer, El rey del juego (The Cincinnati Kid, 1965) de Norman Jewison, Patton (1970) de Franklin J. Schaffner o la serie de TV Las calles de San Francisco (The streets of San Francisco, 1972-1977). Dio la réplica a los mejores: a Gregory Peck, a Gene Tierney, a Marlon Brando, a Vivien Leigh, a Montgomery Clift, a Jennifer Jones, a Gary Cooper, a Charlton Heston, a Natalie Wood, a Burt Lancaster, a Eva M. Saint, a Steve McQueen, a George C. Scott… y siempre marcó su sello.

En la autobiografía escrita por Paul Newman, que estoy devorando, titulada Paul Newman, la extraordinaria vida de un hombre corriente, editada por Libros Cúpula, con traducción de Francisco Javier Pérez, Karl Malden relata lo sucedido durante la selección para el papel protagonista masculino de La ley del silencio (On the waterfront, 1954).

Cuenta que Marlon Brando declinó el ofrecimiento de Elia Kazan para interpretar el rol de Terry Malloy, por lo que la productora recurrió a Malden para que convenciese a Brando, que era buen amigo suyo. La razón del actor para no intervenir en la cinta fue que pensaba que Elia Kazan era un soplón, que delató a gente del cine como comunistas a izquierdistas, en la caza de brujas que impulsó el senador McCarthy (acusación que parece que era cierta). Pese a sus intentos, Brando no cedió, por lo que Elia Kazan le preguntó a Karl Malden qué le parecía darle el papel a Paul Newman. A él, le pareció bien.

Antes de firmar el contrato, le obligaron a que interpretase alguna escena del guion que Newman debía seleccionar, así como a la actriz que le diera la réplica en esa prueba. Paul Newman eligió a Joanna Woodward, de la que ya estaba enamorado y, para la escena en cuestión, se inclinó por la que transcurre en el banco del parque. Según Karl Malden, resultó perfecta.

Al verlos actuar, se dio cuenta de que había algo entre ellos, y se sintió reconfortado al comprobar que Paul Newman aceptaba que fuese él y no Elia Kazan el que supervisara esa prueba de casting. También cuenta que le resultó muy fácil que Newman sedujera a Joanne Woodward en esa escena, que era lo que exigía el guion, porque estaba totalmente entregado a la actriz.

Sin embargo, pese a la buena química, a lo bien que resultó la escena, en cuanto el productor dio el visto bueno a Paul Newman, Marlon Brando aceptó el papel. Por entonces, Brando ya era una estrella y un actor reconocido, mientras que Paul Newman aún no había despegado. Además, era la opción preferida de Kazan, por lo que acabó siendo él el elegido.

La Ley del silencio obtuvo 8 premios Oscars, entre ellos el de mejor actor protagonista para Brando, mejor actriz de reparto para Eva Marie Saint y mejor director para Elia Kazan. Para el Oscar al mejor intérprete masculino de reparto, Karl Malden estuvo nominado, pero que ya lo había ganado con Un tranvía llamado deseo. (Por esta misma cinta, estuvieron también nominados como actores de reparto Lee J. Cobb y Rod Steiger).

Sergio Barce, 8 de enero de 2023 

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FOTOS DE CINE – 30

Hoy rescato dos fotogramas llenos de sensualidad, que tienen muchos puntos en común. Para empezar, la atracción de un hombre maduro por una adolescente. Claro, en cuanto se plantea este asunto, salta el nombre de Lolita. En efecto, la primera imagen pertenece a la adaptación que de la novela de Nabokov rodó Stanley Kubrick en 1962, y en ella vemos al gran James Mason con la dulce y provocativa Sue Lyon. En el segundo aparece otro de los grandes, Eli Wallach, con la sugerente Carroll Baker, y pertenece a Baby Doll (1956) del maestro Elia Kazan. Las similitudes son evidentes: el mismo corte de mujer joven e inocente (las dos actrices se parecen casi como un calco), el mismo patrón para el varón (un hombre de edad madura). Dos obras maestras y un tema que da para mucho. Rescatemos este cine arriesgado, recuperemos historias irreverentes que creen polémica, que jueguen con los sentidos y los sentimientos, con las creencias y con los códigos morales. Dejemos de ser políticamente correctos para crear arte. Nos hace falta un poco de aire puro, y en el cine clásico se encuentran auténticas bombas de oxígeno.

Sergio Barce, 16 de noviembre de 2022 

 

SUE LYON Y JAMES MASON en «Lolita» (1962) de Stanley Kubrick
ELI WALLACH Y CARROLL BAKER en «Baby doll» (1956) de Elia Kazan
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