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EL PROTECTORADO ESPAÑOL EN MARRUECOS. LA HISTORIA TRASCENDIDA

Con  ocasión del centenario de la instauración del Protectorado español en Marruecos, se acaba de publicar <El Protectorado Español en Marruecos. La Historia Trascendida”, financiado por Iberdrola.

He tenido la suerte de participar en este gigantesco proyecto literario en el que se han dado cita escritores, estudiosos, historiadores, juristas… en una obra que se ha editado en tres tomos. También he tenido la suerte de descubrir, al recibir los libros, que entre los participantes hay muchos amigos, y también dos paisanos y amigos larachenses, León Cohen Mesonero y Carlos Tessainer y Tomasich.

La obra está dirigida por Manuel Aragón Reyes, la edición y la coordinación ha corrido a cargo de Manuel Gahete Jurado, con la colaboración de Fatiha Benlabbah. La coordinación editorial es de Montse Barbé Capdevila. Teniendo los libros entre las manos, se comprueba que todos han hecho un trabajo excepcional.

Volumen I

Volumen I

El objetivo de esta publicación es la de demostrar la relevancia que, tras los años transcurridos, ha tenido la existencia del Protectorado en las relaciones entre España y Marruecos y descubrir las huellas que aún perviven de esos años compartidos.

Mi texto se titula <La vida cotidiana durante el Protectorado en la ciudad de Larache>, y forma parte del Volumen I, dedicado a “La vertiente socioeconómica y demográfica”, tema sobre el que también escriben Jesús Albert Salueña, Youssef Akmir, Mimoun Aziza, Mohammed Dahiri, Bernabé López García y Rafael Domínguez Rodríguez. Igualmente, en este primer volumen, sobre “La vertiente jurídica” hay textos de José Manuel Pérez-Prendes Muñoz-Arraco y Antonio Manuel Carrasco González; y sobre “La vertiente científica y educativa” escriben Víctor Morales Lezcano, Irene González González, Francisco Javier Martínez Antonio y Germán Sánchez Arroyo.

Volumen II

Volumen II

El Volumen II está dedicado a “La vertiente cultural e historiográfica” con textos de Eduardo Torres-Dulce, Bouabid Bouzaid, Enrique Arias Anglés, Josep Lluís, Mateo Dieste, Federico Castro Morales, Mustapha Adila y Paloma Rupérez Rubio. “La vertiente literaria” está escrita por José Carlos Mainer Baqué, José Sarria, Vicente Moga Romero y Mohamed Bouissef Rekab. El capítulo “Los autores y sus obras” que cierra este volumen está compuesto por textos de León Cohen Mesonero, Abdelkader Chaui, Severiano Gil Ruiz, Said Jedidi, Mohamed Lahchiri, Rafael Martínez-Simancas y Carlos Tessainer y Tomasich.

Por último, el Volumen III se dedica a “La vertiente histórico-política” con textos escritos por Juan Pando Despierto, Rachid Yechouti, Emilio de Diego García, María Rosa de Madariaga, Miguel Hernando de Larramendi, Ricardo Martí Fluxá, Santos Juliá, Abdelmajid Benjelloun, Rafael Guerrero Moreno, Mohamed Larbi Messari y Marion Reder Gadow. Sobre “La vertiente militar” escriben Andrés Cassinello, Manuel Espluga, José Luis Isabel Sánchez, Juan José Amate, Boughaleb El Attar y José Manuel Guerrero Acosta. Por último “Las preocupaciones magrebíes de un militar ilustrado en el primer tercio del siglo XX. La obra de Antonio García Pérez sobre Marruecos” son analizadas por Pedro Luis Pérez Frías, Manuel Gahete y Geoffrey Jensen. Este volumen y la obra terminan con un epílogo escrito por Julián Martínez-Simancas.

Volumen III

Volumen III

Creo que como compendio de lo que fue el Protectorado español en Marruecos pasará a convertirse en una publicación de referencia. Personalmente me siento orgulloso de participar en una obra en la que hay firmas que admiro desde hace mucho tiempo, y en la que, como decía, me veo junto a varios amigos a los que, igualmente, respeto como investigadores o escritores.

He de decir que mi texto sobre la vida cotidiana durante el Protectorado en la ciudad de Larache no he podido evitar convertirlo finalmente en una larga narración. En ella, muy resumidamente, y como ejemplo de lo que fue la vida en Larache durante esos años (siempre desde mi prisma y visión personal, recordando todo cuanto me han relatado de aquella época que por edad yo no viví), cuento los avatares de mi familia desde que llegaron a Marruecos a primeros del siglo XX hasta que abandonamos nuestra tierra amada a principios de los años setenta.

Montse Barbé, como coordinadora editorial, me manifestó que se había emocionado con este texto, y Manuel Gahete, responsable de la edición y coordinación, también me comentó que le había gustado mucho. Inesperadamente, este texto se ha convertido en el germen de la nueva novela que he comenzado a escribir, así que, si llega a buen puerto esta mi nueva aventura, habré de estar doblemente agradecido a quienes se acordaron de mí para que participara en este proyecto. Y en este sentido, por otra razón pero muy unida a todo esto, he de dejar constancia también de mi afecto a mi amigo y paisano Luis Cazorla, y él sabe a qué me refiero.

Sergio Barce, agosto 2013

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UNA CARTA LLEGA DESDE LARACHE, SIN DIRECCIÓN NI FECHA DE RECOGIDA

Mi madre me entrega un sobre que le ha hecho llegar un amigo que acaba de regresar de Larache. El sobre está en blanco, sólo pone:

«don Sergio Barce

Larache-Málaga»

Me hace gracia lo de Larache-Málaga. Pero en realidad tiene sentido.

El sobre se lo entregó El Hachmi Yebari a este amigo que lo ha traído, y alguien a quien no conozco, a su vez, se lo dio en mano a Hachmi para que me lo hiciera llegar como pudiera.

Es una carta escrita a mano, fechada en diciembre de 2012, una carta de cinco páginas que, cuando acabo de leer, me deja aturdido.

No es la primera vez que algún lector de mis novelas o de mis cuentos me envía sus impresiones. Hay algunos ejemplos en los comentarios que me escriben en este mismo blog. Pero esta carta en concreto tiene algo de poesía y algo tan emocionante que, sin saber si la persona que la redactó y que la firma me permitiría colgarla aquí y exponerla en público, me concedo la libertad de hacerlo porque me parece que sería una lástima no compartirla.

Esta persona firma con su nombre completo, es una mujer, pero sólo voy a indicar al final del texto sus iniciales, por la misma razón que antes exponía.

La he disfrutado línea a línea, y al releerla me parece aún más emotiva.

Siempre estaré agradecido a los que me dedican su tiempo para transmitirme sus sensaciones al leerme, no hay mejor ni más hermosa recompensa.

Sergio Barce, agosto 2013

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Prefacio de una carta sin dirección ni fecha de recogida:

Querido Sergio: estoy segura de que un día nos conoceremos. Mientras tanto, dejémoslo en tablas, y permíteme que después de leerte y verte algo por dentro, te deje un pedacito de mí bajo la custodia de Yebari en su Bazar.

13/12/2012 – Assilah

Extraño y bonito momento, el que acabo de vivir en Assilah, pueblo de costa que parece dormido. Así lo atestiguan los chiringuitos cerrados, en su amplio paseo de baldosas blancas con pequeñas palmeras.

Su playa vacía, de arena mojada, brillante y compacta, sólo ocupada por gaviotas y restos de cosas que van trayendo las olas. Y también el parking de arena, junto a la Medina, donde solo hay cuatro o cinco autocaravanas. Todo deja en el aire un susurro de ausencia.

Estamos aparcados delante de la estación de tren. Fouad está en camino, en el tren.

Hamid pone música que me parece africana. Es bonita y relajante. Él se recuesta un poco en el asiento. Mientras, yo leo el último cuento de Sergio Barce: <Últimas noticias de Larache>.

Este hombre, Sergio, ha sido mi guía.

A través de sus cuentos he visto más allá de los ladrillos y paredes de las calles, de los carros de los mercados, de la tez de los larachenses… He sentido Larache.

portada ULTIMAS NOTICIAS DE LARACHE -

Con Hamid descubrimos juntos “En el corazón del océano”, mientras él, echado en el sofá listo para dormir, en Fez, me escuchaba leerlo para los dos.

Ese cuento es sin duda el que más me gusta, junto con el de “Mimo”.

Supongo que es así porque son un lienzo lleno de sensaciones. Cada pincelada es un olor, un color, un recuerdo revivido intensamente, como cuando respiro de nuevo, después de haber marchado, el profundo aliento del mar. Esté donde esté, siempre me devuelve a casa.

Su libro rezuma sal. Y especias y bondad. La pureza de los lugares que conservamos en el corazón, porque tuvimos que dejarlos demasiado pronto. Como yo Agullana.

Su forma de ser, sentir, degustar y compartir el mundo, me despierta las ganas de conocerle. De conversar con él un buen “chei” de hierbabuena cargado de azúcar, acompañado de un vaso de agua, como es costumbre aquí.

Al pensar en Larache se me aparecen las calles de blanco y azul. Azul de puertas, ventanas y el bajo de las paredes. Capas y capas de azul se superponen sin intentar callar ni ocultar la anterior. Y eso le confiere un aspecto especial.

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Al pensar en Larache se me aparece también esa bruma matinal que se asienta y envuelve el lugar como un velo protector demasiado denso. Escondiéndola de quien no debe conocerla.

Entre tanta niebla venida del mar, a veces, Larache me parece perdida, como un navío fantasma entre olas poderosas de espuma blanca que rompen ese azul difuminado por la inmensidad de la lejanía.

A pesar de ello, el libro de Sergio, donde retrata a Larache desde el corazón, se me aparece de color ámbar dorado. Como un rayo de sol tostado, suave y sostenido. Se me aparece del color de la piel, llena de historias y aromas de sus gentes y personajes.

Travel. Editorial image. Fishing boats at sunset in Larache Harbour Marocco.

Hamid ya lo había leído. Pero fue fabuloso presenciar cómo, a través de mi voz, las palabras de Sergio golpeaban sus propios recuerdos e imágenes de Larache a cada renglón de “En el corazón del océano”.

Oír como eco de mis palabras a Hamid exhalando una sonrisa o un suspiro profundo… ¡Cuánta magia y dulzura!

¡Quiero cruzar el Lükus en barca!

Leer “Últimas noticias de Larache” ha sido triste. Me ha hecho llorar.

Sergio se despedía una vez más de Larache. Y yo, me despedía de él. Y por ello, inevitablemente, de Larache, aunque aún me aguardaban cuatro o cinco días más en la ciudad.

Hamid sigue suavemente semidormido en el asiento del conductor, concediéndole a su propio cuerpo una pausa deseada y no planeada. Qué plácida imagen verlo así.

Y yo, en el asiento de al lado, con el libro cerrado entre mis manos, asiéndolo suavemente, como un delicado tesoro, como un momento vivido que queremos retener, deseando que no se acabe. Sobre mis piernas, como un niño. Frente a mi vientre, como un fruto.

Siguen deslizándose suavemente por mis mejillas unas silenciosas lágrimas con sabor a despedida y agradecimiento por todo lo compartido. Por la dicha del encuentro en aquella estantería de la habitación de Zohra, tras una larga jornada en Rabat donde marchamos para manifestarnos en contra de la violencia hacia la mujer.

Un sentimiento triste pero cálido me embarga. Dejo que mi cuerpo y mi alma se hundan en él, como en una bañera llena de leche tibia.

De repente, siento el deseo de recoger esta sensación antes de que acabe de escurrirse y escaparse de mí, como las lágrimas de mis ojos.

Me giro. Y silenciosamente, con movimientos estudiados y lentos, tomo la mochila del asiento de atrás.

Llega un tren.

-Ha llegado Fouad –dice Hamid abriendo los ojos.

-¿Has visto qué curioso? –le digo con entusiasmo a Hamid al ver dos rayitas negras, paralelas, en un extremo de la media caña que usé como lomo de la libreta de viaje que yo misma construí.

-Lo he hecho yo –me contesta cuando mi razón intentaba escoger una explicación correcta de entre las insensatas que me venían a la mente: ¿Qué y cómo alguno de los objetos que compartían espacio con la libreta –pasta de dientes y cepillo, pilas recargables, set de cubiertos unidos a modo de navaja suiza- había podido casualmente trazar dos bonitas líneas negras paralelas?

Mi respuesta fue una espontánea y escandalosa risa. ¡A veces me sorprendo a mí misma de cuan ingenua puedo ser! De esta mente que imagina mundos fantásticos y que me ayuda a descubrir y vivir desde la novedad continua, la sorpresa y la belleza de tantas cosas… Río, río, río… Y le doy las gracias.

Él se ríe también.

C.O.E.

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LA VIDA ES AGRIDULCE

La vida es agridulce, está salpicada de risas y de lágrimas, y quizá lo que voy a contar lo ejemplifica de alguna manera, mejor que cualquier otra historia que pudiera inventarme. Son estas pequeñas anécdotas, que luego recordamos con una sonrisa, las que en definitiva endulzan  la cruda realidad.

Hace unos años, quizá unos diez años ya, recibí en mi despacho de Torremolinos una carta con matasellos de Málaga capital. No tenía remitente, pero mis datos aparecían tecleados con una máquina de escribir. Abrí la carta y me encontré un anónimo. Alguien había tenido la santa paciencia de recortar, de revistas y periódicos, varias letras para luego pegarlas en un folio en blanco, formando una frase enigmática y casi amenazadora: SÉ QUE ERES TÚ.

Debajo de esta frase, había igualmente pegado un reclamo que el autor del anónimo había recortado de los anuncios por palabras de  la sección de “Relax” del diario Sur de Málaga (este detalle lo sabría más tarde, claro). El anuncio decía:

<Sergio. Bombero. Apago tu fuego con mi manguera. Llámame. Teléfono: 111… > (En el original que me enviaban había un número de teléfono real que, por supuesto, y lo dejo ya bien claro, no era mío).

Inmediatamente pensé que era cosa de algún amigo, y llamé a los que creía capaces de gastarme una broma de este tipo. Pero ninguno de ellos, después de reírse un rato a mi costa, era el autor de tan chocante mensaje.

Pasaron los días. Casi había olvidado el incidente cuando, semanas después, recibí una segunda carta: matasellos de Málaga capital, destinatario –yo- escrito a máquina, sin remitente. Y, de nuevo, su autor le había dedicaba bastante tiempo a recortar palabras de revistas y periódicos para escribirme en esta ocasión otro mensaje lapidario: Y SÉ DÓNDE VIVES.

Caí entonces en la cuenta de que podía ser otro de mis amigos. Sí, esta vez iba a acertar. Pero, una vez más, erré. Fuera quien fuese, sin duda se trataba o bien de un cachondo mental que me llamaría en un par de días para descubrirse o bien se trataba de alguien que me confundía con ese bombero capaz de apagar cualquier tipo de fuego pasional. Pese a mis presunciones, los días pasaron sin noticias de ningún tipo.

Dicen que a la tercera va la vencida y, sí, llegó la tercera carta. Habían vuelto a pegar en la nueva hoja anónima el anuncio de contacto:  <Sergio. Bombero. Apago tu fuego con mi manguera. Llámame. Teléfono: 111… >. Pero su amenaza, en esta ocasión, en caracteres más grandes, recortada cada letra de los anuncios de cabecera de los periódicos, ya no podía ser más elocuente e inquietante: PRONTO TODOS SABRÁN QUE ERES TÚ.

Ya no me hizo tanta gracia la broma, y comenzaba incluso a molestarme… Miré entonces el sobre, que repetía las mismas pautas anteriores: los caracteres taquigrafiados, el matasellos… y, de pronto, me di cuenta de que, en esta ocasión, el remitente fantasma había cometido un pequeño pero trascendental error: al escribir a máquina mi nombre y la dirección de mi despacho, se había equivocado al teclear el código postal, y aunque se había percatado de ello, quizá sin darle más importancia, con un bolígrafo azul, había tachado el número incorrecto para escribir al lado el código postal de mi dirección de Torremolinos: 29620.

Me quedé unos segundos mirando esos números, inclinados levemente a la derecha, como si fuesen árboles mecidos por el viento. El  nueve era peculiar, y el dos también. Me resultaban números de alguna manera conocidos, como si ya los hubiese visto antes. A medida que los estudiaba, más convencido estaba de que conocía a la persona que los había escrito… Los miré durante mucho tiempo, casi extasiado, buscando en mi memoria dónde guardaba la copia de esos números. Y, al fin, el fogonazo, como cuando uno lleva un buen rato tratando de recordar el nombre de alguien que acabamos de ver y no nos acordamos de cómo se llama: ahí estaba. Por fin sabía de quién era esa manera de escribir inclinando los números a la derecha…

Pero no podía creerlo, era imposible. Sin embargo, cuanto más lo analizaba, más convencido estaba de que acababa de desenmascarar al autor de las cartas, de que no me equivocaba de su identidad por muy descabellado que me pareciera… De manera que, decidido a terminar con esta historia, descolgué el teléfono y marqué un número. Cuando escuché la voz que contestaba a mi llamada, disparé a bocajarro:

-Sólo os llamo para que me digáis si sabéis algo de esto… ¿Me habéis estado enviando unos anónimos?

Mi madre rompió a reír a carcajadas. Y yo, lacónico, aún sorprendido, pero ya medio riéndome, añadí:

-¿Papá me ha escrito estas cartas?

Las mentes más retorcidas que se habían dedicado a construir con paciencia unos anónimos aparentemente tan enigmáticos (y tan cinematográficos), eran ni más ni menos que mis padres.

Cuando les expliqué cómo los había descubierto, mi madre, entre risas, le reprochó a mi padre que hubiera cometido tamaño fallo de principiante… ¡De principiante! Y noté que se sentían frustrados porque, para mi sorpresa, ya tenían preparado el cuarto anónimo dirigido a mi despacho…

Así son mis padres, aparentemente personas serias y prudentes, pero en la intimidad se muestran tal y como son, sorprendentes y divertidos.

Ayer lunes, mi madre se sometió a otra nueva sesión de quimioterapia, y lo pasó realmente mal. Lleva días pasándolo muy mal. El pasado domingo celebramos su 75 cumpleaños, y nos hemos conjurado para que siga adelante y venza a este enemigo silencioso e invisible. La noto cansada, pero es el calor que nos tiene a todos abotargados, que se une a esas sesiones maratonianas de cada lunes que la dejan extenuada. En cuanto pase este mes de agosto, remontará vuelo…

Mercedes, mi madre, Ange y Maribel

En Larache, de izquierda a derecha: Mercedes, mi madre, Ange y Maribel

El domingo se emocionó mucho con varias llamadas, pero especialmente con la de Ange y sus nietos, que le cantaron el feliz cumpleaños por teléfono, y con la de Mercedes, que, desde Canarias, le dijo que no volvería a Larache hasta que ella pueda viajar, porque sólo volverá si van juntas… Luego mi madre nos dijo que es verdad, que se muere de ganas de regresar con sus amigas a su pueblo. Larache le da la vida. Y tiene la maleta preparada desde hace varias semanas.

Sergio Barce, agosto 2013

JARDINES DEL BALCON

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«EL HOMBRE DEL CARRILLO», UN RELATO DE SERGIO BARCE – PUBLICADO EN LA REVISTA «DOS ORILLAS»

Acaba de salir el número III-IV de la Revista intercultural DOS ORILLAS, que dirige con acierto y un tesón admirable la poetisa Paloma Fernández Gomá. Los resultados no pueden ser mejores, y hay que reconocer su trabajo y la ilusión que le pone a esta empresa quijotesca. 

En este nuevo número, con una portada francamente preciosa, amén de encontrarme con la grata sorpresa de ver poemas o relatos de varios amigos (León Cohen, Fernando de Ágreda, Juana Castro, Nurya Ruiz o la propia Paloma) y de que en el número se hayan incluido autores de peso, han tenido la gentileza de publicarme un nuevo relato, un cuento que está dedicado a mi amigo y paisano Emilio Gallego.

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Según me dice Paloma, por el momento este número no va a editarse en papel, de manera que si alguien quiere el número completo puede descargarlo a través del siguiente enlace:  www.revistadosorillas.com

Sergio Barce 

EL HOMBRE DEL CARRILLO

           A Emilio Gallego

Desde su carrillo ha visto envejecer a la ciudad y, poco a poco, él también se ha hecho mayor. Hoy se ha dado cuenta de que es un anciano cuando no ha podido llegar a su casa sin la ayuda de un joven que ha tenido que ayudarlo. No podía solo, era como si empujara un gigantesco baúl lleno de tierra; pero al mirar de reojo ese armatoste, ha comprobado que es el mismo carrillo de madera del que ha tirado durante los últimos cincuenta años.

Su hija Nadja lo arropa, le da un beso en la frente, le susurra al oído que descanse. Brital no dice nada y clava los ojos en el techo, con un cansancio desconocido. De pronto se enfrenta a algo en lo que nunca había pensado, su futuro, y se pregunta angustiado hasta cuándo va a poder seguir en su puesto de la avenida Hassan II.

CINE IDEAL 1

No hay nadie que pueda continuar la tradición, así que se barrunta que no habrá más remedio que volver a la faena de siempre y tratar de que alguien lo ayude cada vez que mueva el carrillo. Sin embargo, lo deprime profundamente verse limitado, torpe y anciano.

Pasan un par de horas y continúa despierto. Está agitado, nervioso. No aparta la mirada vacía del techo descascarillado, y ya sabe muy bien lo que va a ocurrir en las horas siguientes. Las noches de insomnio son cada vez más frecuentes, noches llenas de imágenes que no sabe de dónde salen pero que, a veces, son temibles, pesadillas que lo llevan a abismos insalvables. Sin embargo en otras ocasiones esas sombras animadas resultan tan reconfortantes que desearía que nunca amaneciera.

Ahora precisamente esboza una sonrisa en la oscuridad de su cuarto porque se ve sentado en la banqueta tras su carrillo de chucherías siguiendo con la mirada a la gente que pasea al atardecer del verano. Le compran cartuchos de garrapiñadas, de pipas, de garbanzos, de pasas secas. Los niños más pequeños, que se yerguen poniéndose de puntillas, piden chicles y caramelos. Nadie sabe como su mujer lo que disfruta viendo iluminarse las caras a esos críos. No hay un trabajo más hermoso que ese, aunque no es muy lucrativo.

Calienta las garrapiñadas. El azúcar quemado se desliza para enfundar las avellanas convirtiéndolas en piedrecitas dulces que luego atrapan a los chiquillos con su aroma irresistible. Brital sabe cómo preparar los cartuchos de papel de estraza rellenándolos hasta rebosar, arrugándolos por la parte de arriba para que el calor no escape.

Conoce a todos los niños que se le acercan. Le gusta cuando los alumnos de don Aurelio salen del pequeño conservatorio y se arremolinan alrededor suyo. También le  gusta los días de estreno.

Interior del Cine Ideal - foto de José Morón

Interior del Cine Ideal – foto de José Morón

Muchas veces Majid Jebari se queda un buen rato parado sin saber qué llevarse. Mira a derecha e izquierda, señala con un dedo, duda, y al final le deja en la mano dos dirhams, aunque al dársela le pide dos pesetas de todo, y Brital le prepara un surtido de frutos secos y algún caramelo de regalo. Majid se da la vuelta mientras su hermano pequeño protesta a su lado porque le impide coger un puñado de garrapiñadas, y tira de su camisa enrabietado.

Brital mira la fachada del Ideal. Sigue leyendo

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«LA LUZ DE LARACHE», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Medina de Tetuán

Medina de Tetuán

El pasado 14 de junio, intervine en el Ateneo de Málaga, invitado por Pepe Ponce, que se había encargado de organizar las jornadas sobre el Protectorado en Marruecos. Como ya contaba hace días, en el mismo acto se presentó el libro “Álbum de la memoria compartida”, un hermoso catálogo de fotos de Marruecos durante el Protectorado, que se acompaña de varios textos, entre los que se encuentra uno mío titulado “La luz de Larache”.

Fotos Pepe Ponce 3 - el jefe de la cabila SIidi Abd el Kader, con dos lugartenientes, en visita al zoco el Hach àra retirar armas a los cabileños

Como el libro ya está editado, os muestro algunas de las imágenes que Pepe Ponce ha seleccionado para el libro, todas ellas bellísimas. Hay fotografías de aquella época tanto de Tetuán como de Larache, Tánger, Xauen, Ras el Ma,  Mar Chica, Nador o Alhucemas.

ALBUM DE LA MEMORIA COMPARTIDA

Aprovecho para dedicar el texto “La luz de Larache” a la memoria de Herminia González, hija de Facundo, una larachense alegre y luminosa.

Sergio Barce, junio 2013

LARACHE - calle Alcazaba - pasaje Comandancia

LARACHE – calle Alcazaba – pasaje Comandancia

LA LUZ DE LARACHE

Fotografiar Larache. Imágenes en blanco y negro e imágenes en color, imágenes que se superponen, que se pisan en el torbellino desordenado de la memoria.

La luz de Larache es azul y blanca, es húmeda y salada. La luz de Larache estalla deslumbrante en su Balcón del Atlántico, límpida, transparente, casi pura; desde ese lugar te absorbe los sentidos y te deja embelesado frente al océano inmarchitable, con el verde esmeralda bajo los penachos de las olas, con el azul del mar y con el celeste del cielo. Y luego la misma luz, al atardecer, abrasada por las llamas del sol, cae pesada y lentamente en ese horizonte familiar y lejano, y se torna dorada entiznando la ciudad de oro. Cómo apartarse entonces de la balconada que asoma al acantilado. El efecto es hipnótico. Te olvidas de la cámara y el dedo se queda agarrotado sobre el disparador. Quedas atado de por vida. Tantos colores en ese blanco y azul, tantos colores en el mágico crepúsculo que se repite cada día en Larache…

La paleta se multiplica en los puestos de la Plaza, especias, frutas, pescado o carne, son el rojizo azafrán, los melones amarillos, la plata de las sardinas o la roja sangre del cordero; en el Zoco Chico refulgen los escaparates de los joyeros, tientan los tejidos verdes, turquesas, negros y cobaltos de los vendedores de caftanes. Pasa el afilador y el aguador, y se oyen los colores de sus voces, confundidos ahora con las canciones que suenan en antiguas radios y en viejos reproductores. Se asoma el susi con su bata añil, se detiene una mujer con chilaba blanca, y otra entra en el almacén ataviada de verde y con el itam negro cubriéndole el rostro. Cerca, campesinas sentadas en el suelo con sombreros de paja decorados con borlas multicolores. Hay carros de verduras, de naranjas, de brevas, de uvas. Y de pronto todo se detiene por un segundo cuando la voz del almuédano llama a la oración desde la mezquita Anwar, la voz escapando de los altavoces del minarete en un eco ancestral. Pero también hay en Larache otros ecos de otros rezos en sinagogas y en iglesias que resuenan en la memoria.

Cómo captar estos cien colores en una sola imagen congelada… Huyen quizá ante la amenaza de verse constreñidos en un daguerrotipo.

Pero hay otras tonalidades más profundas. Y es que los colores de Larache, mis colores de Larache, tienen nombres y rostros. El glauco de los ojos de mi abuelo, que me mira mientras me enseña a pescar y me conduce metido en el sidecar de su moto por las callejuelas, una aventura entonces. El negro del cabello rizado de mi padre, al que me sujeto con mis pequeños dedos cuando me transporta sobre su espalda por la orilla de la playa, en la otra banda, allí en la desembocadura del Lucus. Más difícil es describir el color de la sonrisa de mi madre, endiamantada decía un hebreo, llevándome de paseo por la plaza de España y por la calle Chinguiti, para de regreso comprarme en un bakalito garrapiñadas y un paquete de caramelos. La piel oscura y brillante de Mina cocinando el cuscús o preparando aquellas galletas de almendras y dátiles que yo observaba con la barbilla clavada en el borde de la mesa. De qué tonalidad son los amigos, Luisito, Lotfi, Gabriela… Qué tipo de cámara captaría ese arco iris invisible que ahoga los grises tristes y amargos…

Fotografiar Larache. Javier Lobo, otro amigo de aquella infancia imborrable, tuvo más paciencia y, ya adulto, regresó, y en la avenida Mulay Ismail pulsó el disparador de su cámara y capturó en la sonrisa de una niña (tal vez se llame Salwa o quizá Fatima) ese algo que nos hizo soñar entonces, ese algo que sólo él supo ver en ese segundo en concreto y que luego, al revelar la foto, tituló con una palabra desnuda pero rotunda: felicidad. Y Larache seguía allí, toda su luz blanca y azul, húmeda y salada, tras la instantánea de esa niña que tal vez se llame Salwa o quizá Fatima…

Sergio Barce

FELICIDAD - foto de Javi Lobo

FELICIDAD – foto de Javi Lobo

 

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