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“EL HOMBRE DEL CARRILLO”, UN RELATO DE SERGIO BARCE – PUBLICADO EN LA REVISTA “DOS ORILLAS”

Acaba de salir el número III-IV de la Revista intercultural DOS ORILLAS, que dirige con acierto y un tesón admirable la poetisa Paloma Fernández Gomá. Los resultados no pueden ser mejores, y hay que reconocer su trabajo y la ilusión que le pone a esta empresa quijotesca. 

En este nuevo número, con una portada francamente preciosa, amén de encontrarme con la grata sorpresa de ver poemas o relatos de varios amigos (León Cohen, Fernando de Ágreda, Juana Castro, Nurya Ruiz o la propia Paloma) y de que en el número se hayan incluido autores de peso, han tenido la gentileza de publicarme un nuevo relato, un cuento que está dedicado a mi amigo y paisano Emilio Gallego.

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Según me dice Paloma, por el momento este número no va a editarse en papel, de manera que si alguien quiere el número completo puede descargarlo a través del siguiente enlace:  www.revistadosorillas.com

Sergio Barce 

EL HOMBRE DEL CARRILLO

           A Emilio Gallego

Desde su carrillo ha visto envejecer a la ciudad y, poco a poco, él también se ha hecho mayor. Hoy se ha dado cuenta de que es un anciano cuando no ha podido llegar a su casa sin la ayuda de un joven que ha tenido que ayudarlo. No podía solo, era como si empujara un gigantesco baúl lleno de tierra; pero al mirar de reojo ese armatoste, ha comprobado que es el mismo carrillo de madera del que ha tirado durante los últimos cincuenta años.

Su hija Nadja lo arropa, le da un beso en la frente, le susurra al oído que descanse. Brital no dice nada y clava los ojos en el techo, con un cansancio desconocido. De pronto se enfrenta a algo en lo que nunca había pensado, su futuro, y se pregunta angustiado hasta cuándo va a poder seguir en su puesto de la avenida Hassan II.

CINE IDEAL 1

No hay nadie que pueda continuar la tradición, así que se barrunta que no habrá más remedio que volver a la faena de siempre y tratar de que alguien lo ayude cada vez que mueva el carrillo. Sin embargo, lo deprime profundamente verse limitado, torpe y anciano.

Pasan un par de horas y continúa despierto. Está agitado, nervioso. No aparta la mirada vacía del techo descascarillado, y ya sabe muy bien lo que va a ocurrir en las horas siguientes. Las noches de insomnio son cada vez más frecuentes, noches llenas de imágenes que no sabe de dónde salen pero que, a veces, son temibles, pesadillas que lo llevan a abismos insalvables. Sin embargo en otras ocasiones esas sombras animadas resultan tan reconfortantes que desearía que nunca amaneciera.

Ahora precisamente esboza una sonrisa en la oscuridad de su cuarto porque se ve sentado en la banqueta tras su carrillo de chucherías siguiendo con la mirada a la gente que pasea al atardecer del verano. Le compran cartuchos de garrapiñadas, de pipas, de garbanzos, de pasas secas. Los niños más pequeños, que se yerguen poniéndose de puntillas, piden chicles y caramelos. Nadie sabe como su mujer lo que disfruta viendo iluminarse las caras a esos críos. No hay un trabajo más hermoso que ese, aunque no es muy lucrativo.

Calienta las garrapiñadas. El azúcar quemado se desliza para enfundar las avellanas convirtiéndolas en piedrecitas dulces que luego atrapan a los chiquillos con su aroma irresistible. Brital sabe cómo preparar los cartuchos de papel de estraza rellenándolos hasta rebosar, arrugándolos por la parte de arriba para que el calor no escape.

Conoce a todos los niños que se le acercan. Le gusta cuando los alumnos de don Aurelio salen del pequeño conservatorio y se arremolinan alrededor suyo. También le  gusta los días de estreno.

Interior del Cine Ideal - foto de José Morón

Interior del Cine Ideal – foto de José Morón

Muchas veces Majid Jebari se queda un buen rato parado sin saber qué llevarse. Mira a derecha e izquierda, señala con un dedo, duda, y al final le deja en la mano dos dirhams, aunque al dársela le pide dos pesetas de todo, y Brital le prepara un surtido de frutos secos y algún caramelo de regalo. Majid se da la vuelta mientras su hermano pequeño protesta a su lado porque le impide coger un puñado de garrapiñadas, y tira de su camisa enrabietado.

Brital mira la fachada del Ideal. Sigue leyendo

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