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RESEÑA DE CELIA CORRONS A «PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE» DE SERGIO BARCE

Después de las reseñas tan favorables de Fuensante Niñirola y de Joana Márquez, llega la de Celia Corrons y, sinceramente, me he quedado gratamente sorprendido por lo que le han transmitido los relatos de mi nuevo libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, y, sobre todo, cómo ha sabido plasmar esas impresiones, con una delicadeza casi poética. Es para sentirse bien. Espero que los lectores del libro lleguen a percibir todo lo que ellas tres, cada una desde una perspectiva diferente, han sabido hallar en estas páginas.
Creo que la reseña de Celia Corrons es para deleitarse con su lectura. Ya de por sí, es un relato.
Sergio Barce, octubre 2014

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

Ejercer la seducción con colores no es un arte fácil, la singular proeza la consiguió Marruecos sobre Matisse cuando el genial pintor se desplazó para inmortalizar al país exótico. Intensos azules se fueron apropiando de su antigua paleta y pronto se declaró un converso al nuevo color.
En Sergio Barce, el pigmento entró de forma más pausada. Los doce años que vivió hechizado por el aroma de Larache, fueron coloreando a la vez que fraguaban en su memoria Paseando por el Zoco Chico.
Para cantar a Larache se necesita de una imaginación dotada de un gran cromatismo, también de una pluma diestra como la del autor que absorbe colores, pinta aromas y extrae texturas inimaginables. Donde la melancolía se transforma en luz y cargado de nostalgia ahuyenta lo superfluo y lo solemne queda velado para dejar paso a la sencillez de la cotidianidad.
La curiosidad que sintió desde muy temprano le hizo atesorar en su portentosa memoria material valioso para construir sus recueros, escombros que recoge cada vez que vuelve a su Meca y edifican de nuevo para construir en forma de relatos su privilegiada infancia.
Larachensemente aparece en el titulo como un suspiro que se escucha en profundidad, es como tomar un té saboreando los aromas lentamente, mientras se es testigo de lo que te rodea y te apoderas para endulzar la bebida.
Sergio Barce guarda un as en la manga y sorprende con un punto de inflexión en el capítulo de La cautiva, en el que la atmósfera envolvente de un cuadro le sumerge en un momento íntimo y sensual al adolescente que la contempla.
Atención a la banda sonora, y no me refiero a la excelencia de Cole Porter, que también se escucha. Hay una partitura original que envuelve a todos y cada uno de los relatos, y son las voces de los más queridos, las que pasearon por el zoco, las de las frenadas de bicicleta, las del cine y del colegio. Voces que contemplaron el balcón del Atlántico, las que cruzaban el Lucus para alcanzar la playa y sobre todo, las de sus amigos, entonces niños que descubrían a gritos la aventura de vivir en Larache.
La mítica historia de Larache, sumada a su ubicación geográfica, donde el Lucus y el Atlántico se dan el eterno abrazo deja, para las miradas que escuchan, un paisaje digno de una hermosa leyenda.
Al poco de iniciar la lectura por el Zoco Chico y si el lector lo ha realizado larachensemente, habrá alcanzado la categoría de converso. Seguramente no podrá prescindir de seguir recibiendo noticias de Larache, aquí recopiladas en treinta relatos que llegan tan frescos como una crónica diaria, una noticia comentada con anchura y con poca extensión, donde la voz del autor fascina con su amplia paleta y seduce como los colores que se filtraron por la ventana de Matisse.
Por Celia Corrons -Publicado en octubre 9, 2014

EL ENLACE A ESTA RESEÑA ES EL SIGUIENTE:

http://turnodetinta.wordpress.com/2014/10/09/paseando-por-el-zoco-chico-sergio-barce/

Celia Corrons con miembros de  la Generación BiblioCafé

Celia Corrons con miembros de la Generación BiblioCafé

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«PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE» DE SERGIO BARCE, VISTO POR JOANA MÁRQUEZ

Siempre digo que Joana es el eco de mi blog, de este blog. Atenta, sagaz, cariñosa, no deja de pasar un solo post que cuelgo aquí para hacer una pequeña aportación que, siempre, siempre, lo enriquece un poco. Por eso es mi eco. Y ahora, después de leer mi nuevo libro de relatos, también quiere hacer de eco. Pero como no le es suficiente ya un solo comentario, se ha lanzado como una kamikaze (encantadora y siempre llena de afecto) a analizarlo desde el comienzo hasta el final o, como ella explica, desde el final hasta donde le ha dado la real gana. Y ha resultado un ejercicio que me ha cautivado y, en algunos instantes, emocionado profundamente. Y por eso le doy las gracias.

Os dejo con Joana, larachense hasta el tuétano, zambulléndose en las imágenes de la otra banda, quizá cruzando la plaza de España o paseando por el Zoco Chico…

 Sergio Barce, octubre 2014

JOANA MÁRQUEZ

JOANA MÁRQUEZ

PASEANDO POR EL ZODO CHICO. LARACHENSEMENTE

de Sergio Barce

por Joana Márquez

Se me antoja jugar a la Rayuela en recuerdo al centenario de su autor que en este 2014 se conmemora. Leí la obra de Julio Cortázar empezando por el capítulo 73 y así, fui saltando, siguiendo el orden que se indicaba al pie de cada capítulo. Creo que, de esa forma, leí muchos libros en uno solo.
Recuerdo mi juego de niña “la marelle/le carrré/la carelle” como le llamábamos en Casablanca, donde, en el patio de la escuela y a la patita coja, saltaba los cuadrados que con tiza habíamos dibujado en el suelo para ir del infierno al cielo, intentando no perder el equilibrio antes de llegar al lugar seguro donde podía apoyar el pie que estaba en el aire. Llegar al destino era todo un desafío y, luego, volver a desandar el camino, un nuevo reto a conquistar. Con la práctica, cada vez era más divertido el juego porque la falta de equilibrio desaparecía y te hacía ser muy rápida en el recorrido.
Arañando un poco de tiempo al tiempo, he querido dedicarte el pequeño diario de mis emociones tras el recorrido por estos inigualables pasajes llenos de colorido, sabores y olores tan añorados. Ya mis páginas te pertenecen.
Comienzo por el último cuento “Los herederos de Al-Ándalus”, como no podía ser de otra manera. Acostumbro a comenzar a leer los periódicos por la contra, de derecha a izquierda, y este libro de cuentos también quiero empezarlo por la última historia. Me dejo llevar, me entrego a tu escritura, para concluir sintiendo lo que tú también sientes y un escalofrío recorre mi cuerpo porque… yo también vengo de allí.
Quiero seguir saltando y jugando a la rayuela pero quiero hacerlo ordenadamente, yendo a los primeros años, de forma correlativa, siguiendo los pasos de tus historias tal y como sucedieron por orden de fechas. O sea, que he deshecho el bienintencionado trazado de Mauro Guillén para seguir jugando a mi manera.
“Mimo” . Con quien me llegan su temblor, sus lágrimas, su amargura por un amor lejano y por un hijo desaparecido.
“El Flaco”. Los ojos de Zohra pudieron con todo, con ese flamante coche, con una bonita casa, con esos sueños de alcanzar la otra costa… Una vez más venció la fuerza del amor.
“Dukali”. Me ha hecho pensar en el poder de la ilusión y de la fantasía de un niño.
“El Ideal”. Donde me asalta el olor a garrapiñadas pero también a garbanzos molidos –me compraba un cartucho bajo los arcos y me encantaban- . Preciosa escena, la mano de Abdelazziz, la tuya, ambas unidas, cómplices, hermanadas, bajo la incrédula y absurda mirada de los que no entienden nada de la amistad, nada de la vida.
“El Nadador”. Esta tarde con las piernas zambullidas en el agua, sentada al borde de la piscina, vuelvo a ver ese mar de Larache y me emociona la vuelta a casa de Hakim.
“El corazón del océano”. Me roba el corazón la escena representando a Rachid, sin palabras, dejándose acariciar por ese mar tan soñado.
“Mina, la negra”. En ese paseo de la mano de Mina, me han vuelto todos los olores y colores de la infancia. Esos que jamás, en ningún lugar, volveré a encontrar.
“Abdelazziz”. Esa esencia del ser marroquí, el hannan, y las lágrimas de Abdelazziz me recordaron la despedida de nuestros amigos y vecinos antes de dejar unas gentes y unos recuerdos maravillosos que no habrían de volver.

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta
“El primer regreso”. Tampoco llego a entender mi presente sin que el recuerdo de la infancia, nuestro punto de referencia, me asalte mostrándome el tiempo de convivencia y felicidad compartidos.
“Moro”. Me pregunto por qué divino designio sabes describir tan maravillosamente bien las despedidas, los silencios que hablan, las ausencias. He retrocedido en el tiempo y he revivido nuestra despedida en Marruecos, cuando vinieron los compañeros marroquíes de la imprenta donde trabajaba mi padre, con unas chilabas para mis hermanos y para mi -que aún conservo con todo cariño-. Recuerdo las lágrimas de mis padres. Y siguieron llorando por mucho tiempo, una vez llegados a España, porque aquellos irrepetibles años fueron lo mejor que nos pudo pasar.
“Últimas noticias de Larache”. Tu sentida descripción de lugares, edificios, de las emociones inolvidables, de los aromas aún vivos también me llevan a la irremediable determinación del ansiado regreso.
“Al otro lado del Estrecho”. Preciosa foto, sentados alrededor de la misma mesa el señor Beniflah, un cristiano y un musulmán con su mejor amigo, recordando la liberación del pueblo de Israel. Y como telón de fondo, la ausencia de Ruth y la inmensa nostalgia de Jacobi por el postergado regreso.
“Solo quiero remar”. Preciosa, conmovedora hazaña de remar junto a Abdussalam. La playa, tus amigos, esos jugosos chumbos y tus padres, tus maravillosos padres, siempre ahí, a tu lado, porque sin ellos tú no habrías sido.
“Un paseo por la Medina de Larache”. A través de tus ojos, y los de Hanan, de vuestra mano, he vuelto a sentir los latidos de Larache y sus murmullos.
“En la playa peligrosa”. Jamás recuperaremos ese tiempo que se nos fue, por eso, salvemos nuestros recuerdos.
“Ellos vuelven a Larache”. Esa abuela gaditana que me recuerda tanto a la mía que con tanto salero cantaba.
“Ramadán en Larache”. Preciosos recuerdos, olores inconfundibles. Todo lo que me gusta, la hierbabuena, el té, la chuparquía… hasta las golondrinas, y cuando sobrevuelan mi terraza, ¡creo que vienen de Larache!
“La Cautiva”. Exquisita descripción que cautiva, enamora y estremece. Donde puedo oir la respiración entrecortada del voyeur, sentir su incipiente deseo, ver el temblor de sus dedos y leer en su mente palabras aún jamás pronunciadas.
“Medina de Larache”. La que te arropa y te cobija, como una madre, suavemente, sin prisas…
“Esa foto de la otra banda”. Con un toque mágico le has dado un maravilloso colorido a esta foto que, muy probablemente, en aquellos años quedara plasmada en blanco y negro.
“Mohammed, el niño de Alhucemas”. Todo está impregnado de Maruja, la he visto, la he sentido en cada renglón, entre líneas. Me queda la pena de que no haya podido volver a encontrarse con su hermano Mohammed. Sería precioso continuar esta búsqueda… por ella, por nuestra maravillosa y tan amada Maru.
“La luz de Larache”. Es multicolor, porque en Larache caben todos los colores del arco iris.
“Recuerdo un pequeño taller de bicicletas”. Las bicicletas de nuestra infancia fueron nuestra moto, nuestro coche, nuestro caballo, las que nos transportaban a un lugar soñado con alguien con quien jugar y soñar.
“El hombre del carrillo”. ¡Infinita tristeza!
“El callejón sin salida”. Asombra la fuerza de esos recuerdos tuyos que hasta consiguen transmitirme olores olvidados.
“Mamy Blue”. Ya no podré desvincular la canción tan tarareada por mí -a mi madre le encantaba- de Fatimita. Ya, para siempre, Fatimita formará parte de la historia de este vinilo.

Plaza de España en Larache (foto de la web de Houssam Kelai)

Plaza de España en Larache (foto de la web de Houssam Kelai)

“Gusanos de seda”. ¡Me has hecho sonreir con las parejas más picaronas! He vuelto a ver la misma caja de cartón que mi padre me traía con los gusanos de seda, he vuelto a acariciar los conejitos que también, por unos días, él traía a casa para que jugase y que yo vestía con la ropa de las muñecas. O las tortugas, a las que mi hermana la mayor pintaba las uñas de color amapola. Todo un mundo que quedó atrás pero que resurge con todo fuerza en mi memoria.
“Larachensemente”. Todo el espíritu larachense cabe en estas páginas. ¡Exquisito!
“Larache, sin Sibari”. El último relato, acabo de leerlo hoy. He sentido frío por la pérdida de Sibari.

Y así, Sergio, año tras año, he ido paseando por Larache a través de tus historias y de tus emociones. Me han invadido los recuerdos. He vuelto a mi infancia, a mis abuelos, a mis padres tan jóvenes y felices. He vuelto a mis paisanos, a los que jamás olvidé y de los que me rodeo en el presente para seguir creyendo que estoy allí y porque los quiero.
A esta narración tuya de la vida, de las ausencias, de los colores y olores de Larache, he querido devolver simplemente algunos breves apuntes de lo que quedó en mí tras leer cada uno de tus inolvidables cuentos. Y además decirte que, gracias a ti, Sergio, las calles y plazas, los edificios, el Balcón, las gentes de Larache, todo sigue latente en mí, en nosotros.
Sabes trazar constantemente con tus relatos la huella que podemos seguir, que podemos palpar para no olvidar, para asirnos a unos recuerdos a veces adormecidos y que tan bien sabes hacer despertar!
Gracias por estos inmensamente bellos momentos de lectura.

29 de Septiembre de 2014

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MÁLAGA – 17 OCTUBRE – PRESENTACIÓN DE «PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE» DE SERGIO BARCE

Os comunico que el día 17 de Octubre se presenta en Málaga mi nuevo libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones – G.BiblioCafé).
Para mí es un inmenso orgullo que la presentación corra a cargo de uno de los mejores escritores de los últimos años: José Antonio Garriga Vela.
Espero vuestra asistencia.

LIBRERIA PROTEO

LIBRERIA PROTEO

Viernes, 17 de Octubre
a las 19:30

en

Librería Proteo-Prometeo
c/ Puerta de Buenaventura, 6 – Málaga

José Antonio Garriga Vela

presenta el libro de relatos

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO
LARACHENSEMENTE

de Sergio Barce

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

José Antonio Garriga Vela (Barcelona, 1954). Escritor y articulista de larga trayectoria, es autor de obras de teatro como Aquellas añoradas sirenas roncas y despeinadas, premio Miguel Romero Esteo, o Formas de la huida, Premio Enrique Llovet; de libros de relatos como El vigilante del salón recreativo o El anorak de Picasso, entre otros, y de varias novelas que le han supuesto el reconocimiento de la crítica y del público: Muntaner, 38, con la que obtuvo el Premio Jaén de Novela; El vendedor de rosas, Los que no están (Premio Alfonso García Ramos), así como Pacífico, editada por Anagrama como la anterior, y que fue galardonada con el Premio Dulce Chacón a la mejor novela publicada en lengua española en 2008, y finalmente El cuarto de las estrellas, Premio Café Gijón 2013.

JOSE ANTONIO GARRIGA VELA (foto Hoyesarte)

JOSE ANTONIO GARRIGA VELA (foto Hoyesarte)

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«JOSÉ BOADA Y ROMEU EN MARRUECOS», UN TEXTO DE SERGIO BARCE, PUBLICADO EN LA REVISTA «DOS ORILLAS»

Acaba de salir el nuevo número de la revista Dos Orillas (Algeciras), en esta ocasión el monográfico XIII-XIV, titulado El estrecho de Gibraltar. Frontera literaria.

Este número ha estado coordinado por el poeta José Sarria, la dirección ha corrido a cargo de Paloma Fernández Gomá, y con un equipo de redacción de lujo: Juana Castro, Juan José Téllez, Mohamed Chakor, José Sarria, Manuel Gahete, Rosa Díaz, Ahmed Oubali y Encarna León. La Web Master es obra de Ramón Tarrío Ocaña, y la responsable de Medios de Comunicación, Nuria Ruiz Fernández. La portada es una obra del pintor Juan Gómez Macías, y las fotografías interiores de Pepe Ponce.

DOS ORILLAS. EL ESTRECHO DE GIBRALTAR. FROMTERA LITERARIA. Monográfica XIII-XIV

En el apartado de ensayos hay textos de: Abdellatif Limami, Antonio Bravo Nieto, Carmen Vidal Valiña, Enrique Lomas López, Jesús Fernández Palacios, Antonio González Alcantud, José Manuel Benítez Ariza, José Juan Yborra Aznar, Juan José Téllez, Luis Alberto del Castillo, María Antonia López-Burgos del Barrio, Maribel Lázaro Durán, Mohamed Abrighach, Mohamed Ahmed Bennis, Mustapha Adila, Rafael García Valdivia, Rajae Boumediane El Metni y Sergio Barce.

En poesía, los versos corren a cargo de: Alberto Torés, Antonio Gala, Antonio Garrido Moraga, Aziz Tazi, Encarna León, Francisco Morales Lomas, Fernando de Ágreda, Paloma Fernández Gomá, Jorge del Arco, Juan José Téllez, José Sarria, María Victoria Atencia, Juan Cobos Wilkins, Manuel Gahete, Juan Emilio Ríos, Mohamed Ahmed Bennis, Mohamed Doggui, Nisrin Ibn Larbi, Rosa Romojaro, Nuria Ruiz, Raquel Lanseros, Pilar Quirosa Cheyrouze, Rachida Gharrafi y Khedija Gadhoum.

Mientras que los relatos son de Ángel Olgoso, Karima Toufali, Mohamed Bouissef y Sergio Barce.

Así que ahí estoy con creadores que admiro, y, muchos de ellos, además amigos muy queridos.

Como veréis, participio en este número por partida doble con un pequeño ensayo: José Boada y Romeu en Marruecos (1889-1894), y, además, con un relato titulado Otoño.

Visto lo visto, haber participado en este número es todo un privilegio por la calidad de quienes lo han hecho posible y por los que han participado con sus textos.

Sergio Barce, septiembre 2014

El enlace para acceder a este número de la revista Dos Orillas es el siguiente:

http://www.revistadosorillas.com/index_archivos/revistas/rev-dos_orillas-13y14-2014.pdf

Os recomiendo que leáis este número tan especial, tanto los ensayos, como las poesías y los relatos. Es verdaderamente una publicación excepcional.

De sus páginas, extraigo mi texto, en el apartado de ensayos, José Boada y Romeu en Marruecos (1889-1894):

allende-el-estrecho

 

JOSÉ BOADA Y ROMEU EN MARRUECOS

(1889-1894)

Fue a través de un trabajo de mi admirado y recordado amigo el profesor Abdelah Djbilou, titulado Crónicas del Norte. Viajeros españoles en Marruecos (Edic. Asociación Tetuán Asmir – Tetuán, 1998), que leí por primera vez un fragmento del libro Allende el Estrecho. Viajes por Marruecos (Barcelona, 1895), escrito por el viajero catalán José Boada y Romeu. Luego, pasados los años, conseguí un ejemplar de este curioso libro, reeditado en 1999 por las Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla.

Este libro, dividido en tres partes claramente diferenciadas –solo me referiré en este artículo a la primera de ellas-, recoge las impresiones de este comerciante y periodista catalán en sus viajes a Marruecos entre 1889 y 1894. Y, aunque en algunos momentos, su posicionamiento pro africanista y claramente “colonialista” lo traiciona, llegando a retratar Marruecos y a sus costumbres como una amalgama de fanatismo y de retraso cultural casi crónicos, sin embargo es capaz de hacernos viajar a aquella época y su ágil narración nos sumerge en el interior del país llevándonos a una época de aventura y de descubrimiento. Marruecos, no hay que olvidarlo, era aún en esos años, un imperio algo impermeable al exterior.

Boada, cuando inicia su primer viaje a Marruecos, sale de Cádiz. Y ya, desde la primera frase, descubrimos a un buen escritor que sabe hacer de su libro de viajes un relato lleno de encanto y toques poéticos (no obstante, hay una gran influencia orientalista en su visión de Marruecos, y eso le influye a la hora de escribir).

“Amanecía cuando llegamos al muelle. La había siempre hermosa de Cádiz hallábase aún envuelta en las brumas matutinas, que con sus tonalidades grises esfumaban el paisaje, dándole un tinte de suave y tranquila melancolía, tan grata a los sentidos como al espíritu, cuando desde el <Tánger> contemplábamos absortos aquel solemne despertar de la naturaleza…”

Su llegada a Tánger lo deja fascinado, especialmente el Zoco, que describe minuciosamente. También llama poderosamente su atención que la población hable castellano, que achaca en especial a la presencia de judíos en la ciudad. Sin embargo, pronto su ideología le hace describir el país de una manera excesiva, y dice:

“…Sin transición apenas, estábamos en plena Edad Media. Sin transición apenas, nos hallábamos entre un pueblo semi-salvaje, caduco, degenerado. Por la mañana acariciaban nuestros rostros los aires de Europa; pisábamos las calles de la culta Cádiz. Por la tarde estábamos ya en África, entre una población abigarrada y fanática, con distinta religión, con distinto modo de ser, otras ideas y diferentes esperanzas. El choque era rudo. Estábamos atontados…”

Tánger, en 1884. Foto tomada del blog de Francisco Saro Gandarillas

Tánger, en 1884. Foto tomada del blog de Francisco Saro Gandarillas

Increíble el efecto que le produce su llegada a Tánger, pues siendo un hombre preparado que llegaba en este primer viaje con intenciones de impulsar el comercio entre los dos países, sin embargo, se deja vencer por los prejuicios y el desconocimiento de una cultura distinta.

Sin embargo, a medida que el libro avanza, se vislumbra la fascinación que Marruecos le irá provocando poco a poco. Es también llamativo que sea la población hebrea la que más atraiga su atención a la hora de describir costumbres o actividades comerciales. Y, sin embargo, también deja entrever su querencia a creer que está llamado a una labor “civilizadora” o “colonialista” cuando habla de unos y de otros. Son aleccionadoras afirmaciones como las siguientes:

“Verdad es que la raza hebrea tiene defectos ingénitos, no siendo el menor y el menos antipático un servilismo exagerado que raya en rastrero, y un afán desmesurado de atesorar riquezas por todos los medios; pero aparte de esto, debe reconocerse, especialmente a los tangerinos, un deseo vehemente de entrar en las vías de la civilización… (..) En Tánger visten muchos a la europea y viven mezclados con los moros… (..) La mujeres hebreas, de belleza notable, son por lo general de formas exuberantes, tal vez demasiado para un exigente, de cutis cetrino, grandes ojos negros y pelo del mismo color… (..) En Tánger, como hemos dicho anteriormente, visten casi todas a la europea, con lo cual pierden para el viajero la mayor parte de su encanto… (sic)”.

“…Al poco rato nos trasladamos a otra habitación del primer piso, donde tenía que verificarse el baile moruno. (..) …Como es costumbre en las casas moras, no se veía en las paredes, de una blancura deslumbradora, ningún mueble, y solo había como todo adorno una finísima estera de esparto… (..) Las bailadoras no se hicieron esperar: eran dos muchachas de 18 á 20 años, hebreas de Mogador, aunque se hacían pasar a los ojos de los extranjeros como moras auténticas… (..) Nos sentamos en sillas europeas que para estos casos tenía preparadas la dueña de la casa, y a una señal de ésta empezó el bailoteo, que podemos calificar de ejercicio de dislocación, y que no es ni más ni menos que la zarandeada <dance de ventre> que tanto llamó la atención en la última Exposición Universal de París… (..) …baile romántico primero y que degenera prontamente en lascivo, propio para excitar los sentidos de esta raza profundamente lujuriosa… (sic)”.

En fin, que José Boada se convierte en un testigo escasamente objetivo, de una dudosa catadura moral dado que es incapaz de ocultar su “superioridad” en todos los aspectos sobre los marroquíes, ya sean moros o judíos, como los nombra en sus páginas. Sin embargo, su libro no deja de ser un documento fascinante: primero, por descubrir cuál era la mentalidad de un verdadero africanista, que ya deja entrever lo que vendría después, y, segundo, y especialmente, por el testimonio del Marruecos de finales del siglo XIX, en concreto, de las ciudades de Tánger, Arcila, Larache, Mehedia o La Mamora, Salé, Rabat, Mulay Dris, Mequinez y Fez, ciudad a la que dedica una atención especial por ser la que lo deja realmente impresionado.

Pero viniendo yo de Larache, espero que se me permita extraer algunas de las buenas descripciones del viaje de José Boada y que estas sean de la ciudad del Lucus. Escribe:

 < …a poco presentósenos en toda su belleza la vista panorámica de Larache, con sus murallas bañadas por caudaloso río, sus alminares y la alcazaba, situada al extremo, como centinela avanzado que guarda la entrada del río. En éste había fondeados unos faluchos. Lejos, y en un recodo, veíanse tres o cuatro restos de buques de alto bordo, a juzgar por el tamaño de las desnudas cuadernas. Aquellos son los restos de la famosa marina de guerra marroquí, marina tan temida en la Edad Media por sus tremendas razzias. Allí se pudren en el río que tantas veces habíales servido de abrigo.

de Houssam Kelai

Foto tomada del blog de Houssam Kelai

Por la parte de Oriente, extensos bosques de alcornoques y naranjos alegran la vista con sus verdes copas, lo cual explica el nombre con que en lengua árabe es conocida la población: El-Araix (jardín de recreo). En el Uad-el-Kus, el Líkkus o Lixus de los antiguos, nos aguardaba la caravana para pasar el río en la barcaza…


(..) …No están conformes los autores acerca de la época exacta de la fundación de Larache. Mientras unos, como Mr. Renou, pretenden demostrar que se remonta al siglo XII, fundados en que ninguna cita hace de esta población el geógrafo Edrisi, que escribía en 1154, y en cambio en el mapa catalán del año 1300 se encuentran ya indicadas Larache y Caximuxi; el señor Cuevas opina que es mucho más antigua, tanto que, según sus cálculos, se remontaría al siglo VIII. Funda su opinión el señor Cuevas en el hecho histórico de haber sido confiado en el año 828 de nuestra era el gobierno de Larache al Emir Yahya-ben-Edrís por su hermano Mohammed, tercer príncipe Edrisita, lo cual demuestra la existencia de esta población a principios del siglo IX… Lo que sí parece comprobado es que a principios del siglo XV se estableció en ella la tribu berebere de los Beni Aros, fortificándola convenientemente al terminar este siglo Muley Ben Nasar, durante el reinado de su hermano Said-el-Uatas.

(..) …La ciudad de Larache se halla rodeada, como todas las de Marruecos, de rojizas murallas tostadas por el sol de los siglos, murallas en su mayor parte en mal estado, sobre todo las construidas a últimos del siglo XV por Muley-ben-Nazer.

(..) …Aprisionada entre sus muros y alcazabas, vive la población que algunos hacen ascender a 10.000 habitantes y que seguramente no llegará a 5.000, de ellos 500 hebreos y 70 europeos, en callejuelas estrechas y sucias, edificadas la mayoría en declive, lo que da a la población aspecto de anfiteatro. El Zoco, situado en la parte más elevada de la ciudad, y junto a una de sus puertas, está rodeado de un elegante pórtico formado por ligeras columnitas blanqueadas, que dan a este lugar un aspecto risueño y monumental. A eso débese el que posea Larache el Zoco más hermoso de Marruecos, cuya construcción se atribuye a los portugueses. En esta misma plaza hállase la principal mezquita, y por ambos conceptos es el sitio más concurrido de Larache.

(..) …Salimos por la puerta que da al campo…De pronto, aparecieron allí cuarenta jinetes negros, montando soberbios caballos elegantemente enjaezados. Llevaban puestos albornoces de color azul marino, rosa, naranja y marrón, y cruzada en el arzón de la silla larguísima espingarda, avanzaban en dos líneas con extraordinaria gravedad. Nos hicimos a un lado, y bien pronto se perdieron entre la muchedumbre que invadía la puerta de la ciudad. (..) …Habíamos presenciado el paso de los jinetes marroquíes de aquella célebre guardia negra, tan famosa en otras épocas; la que con sus brillantes cargas deshizo los batallones portugueses en Alcázar-Kibir, la que luchó en vano con nuestros cuadros en los campos de Uad-el-Jelú, la que hoy, dispersa y todo, constituye con sus restos las tropas más fieles y bravas de Muley-Hassan…”

Es curioso también que, durante el viaje de regreso, se cruzara con uno de los más famosos viajeros que han descrito el Marruecos del siglo XIX: Pierre Loti, como si el destino hubiera querido que ambos se conocieran, aunque fugazmente, dos personajes que escribieron de un país pero desde visiones absolutamente antagónicas.

Curioso libro Allende el Estrecho. Viajes por Marruecos, no solo por lo ya dicho, sino porque nos da a conocer los fondaks de la época, las monedas que se utilizaban, las actividades comerciales de las ciudades que visita, las fiestas y costumbres religiosas, las cofradías, las zagüias, las actividades consulares… En fin, un mosaico amplio y multicolor que en ningún momento aburre.

Mercado de esclavos en Marruecos en 1888 - tomado del blog Epistemowikia

Mercado de esclavos en Marruecos en 1888 – tomado del blog Epistemowikia

Para terminar este breve comentario del libro de José Boada, no puedo resistirme a traer su descripción del mercado de esclavos que descubre en la ciudad de Fez:

“Hay en Fez un lugar recóndito, emplazado entre un dédalo de callejas, donde se celebra el mercado de carne humana: el mercado de esclavos. (..) …había sentadas algunas decenas de mujeres ligeramente vestidas, alineadas allí para que pudieran ser minuciosamente examinadas por los compradores. Una había que particularmente atrajo nuestras miradas: era negra como el ébano, pero de facciones regulares y bellas; nos miraba con aire de súplica, como preguntándonos si íbamos allí para oponernos a aquella monstruosa iniquidad. Parecía triste, muy triste… (..) …cuando adelantándose de entre el grupo formado por los moros que examinaban las esclavas, un vejete, de flaco cuerpo y enjutas carnes, fue derecho hacia la negra de nuestras miradas y con un brusco movimiento apartóle el labio inferior para examinar sus dientes. (..) …No quisimos ver más: ni con nuestra presencia podíamos autoriza aquel acto…”

Finalmente, José Boada regresará a España pasando por Alcazarquivir, de nuevo por Tánger, y luego Tetuán y Ceuta… Acabando así su primer largo viaje a Marruecos. Posteriormente, regresará como periodista de guerra, pero eso ya es otra historia.

Por Sergio Barce 

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«MAMY BLUE», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Mamy Blue es uno de los relatos que forman parte de mi nuevo libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones – Generación Bibliocafé – Valencia, 2014). Y es una pequeña historia de esas que, de tarde en tarde, te trae de regreso la memoria, inesperadamente.

Sergio Barce, septiembre 2014

Este es el enlace para escuchar el tema musical que da título al relato:

Mamy Blue

Recuerdo que un día me quedé pegado al escaparate del Bazar Eléctrico, el que estaba en la avenida Hassan II, junto a la tienda del susi que hacía esquina con la calle Cervantes. Me había quedado allí mirando la portada del disco de los Pop Tops. El disco de 45 rpm se exhibía en el escaparate de la izquierda, entre aparatos y componentes eléctricos, que era lo que realmente vendían allí, como una especie de extraño pájaro tropical que menudeara por entre cardos y chumberas. Los Pop Tops estaban liderados por Phil Trimm, y el grupo lo formaban siete miembros, con el aspecto típico de la época, medio hippies, flower power, con melenas, vistiendo, como tenía que ser, pantalones campana bien ajustados y camisas de cuello alado y floreadas, y a veces con un chaleco abierto. El disco en cuestión contenía la canción que se escuchaba entonces por todas partes: Mamy Blue. Y yo quería ese disco.
Acabó por aparecer por mi casa, pero no sé si lo compró mi padre, lo que dudo, porque a él le gustaban Paul Anka y Elvis, y también Frank Sinatra, o conseguí que me lo regalasen, lo que ahora me parece incluso sorprendente. Fuera como fuese, la canción estaba en el aire, y en Larache se escuchaba en el Casino, y escapaba de los tocadiscos y de las radios por las ventanas de las casas.

POP TOPS
Tengo la imagen de Phil Trimm, con un pañuelo anudado a la frente, sus dientes separados, rodeado de aquel numeroso grupo de los Pop Tops, enmarcados en la pantalla de la televisión, en blanco y negro, como si el mundo, más allá de Larache, fuese gris.
Es curioso, pero asocio rápidamente Mamy Blue con Los invencibles de Némesis, y con Los intocables, El Santo, Misión: Imposible, Los vengadores, Jim West, El gran Chaparral… Blanco y negro también (en la pantalla de nuestro televisor, claro), pero un blanco y negro que era pura fantasía, acción, aventura, con bandas sonoras inolvidables, y con actores memorables e irrepetibles. Pero, por encima de todos, la asocio con Napoleón Solo e Illya Kuryakin, es decir, con Los agentes de Cipol. Y no me pregunten por qué.
Me tiraba al suelo, bajo la mesa de madera del salón, y desde allí veía a mis héroes. Soñaba con ser Kuryakin. Me gustaba su nombre. Sonaba enigmático, a algo lejano. Illya Kuryakin bajo las órdenes de Alexander Waverly. Yo entonces tenía el cabello rubio y lacio, como Kuryakin. Por eso pensaba que podía ser él.
Entonces era todo muy pop: James Bond y las chicas Bond, Raquel Welch, Barbarella, Julie Christie, The Beatles y el submarino amarillo, el Fantomas de los sesenta, Modesty Blaise… Los bailes de disfraces en el Casino se impregnaban de todos estos iconos y de otros muchos. Y Mamy Blue sonando en el tocadiscos, que llamábamos «picú».

«Oh, Mamy, oh, Mamy, Mamy Blue, oh, Mamy Blue…».

También las chicas de Larache eran muy pops. Llevaban faldas muy cortas y felpas anchas. Ya fuesen cristianas, hebreas o musulmanas. La palma se la llevaba una chica que se llamaba Salwa. Era de película. Y yo la seguía muchas veces por la calle, a cierta distancia, disimulando, como si llevara el mismo camino que ella.

BELLEZONES LARACHENSES

Recuerdo las piernas espectaculares de aquellas chicas. Las había realmente preciosas. Pero esas jóvenes, las de la generación de Marisa Fernández Carrillo, Marilé Yepes o María Ortega Ayllón, eran algo mayores que yo (en la niñez, la diferencia de edad parece abismal), y, por tanto, inaccesibles. Yo solo era un niño comparado con ellas, que ya comenzaban a tontear. Me conformaba entonces con levantarles las faldas a las niñas de mi edad, en el patio del colegio Santa Isabel.
Pero era Marisa Alguacil la que me dejaba con la boca abierta. También era mayor que yo. Prima de mi madre, vivió en nuestra casa de Mulay Ismail una corta temporada. Venía de Alcazarquivir, y tuvo que pasar en Larache un tiempo, que se hizo corto. Dice mi madre que solo tenía ojos para Marisa, que me la quedaba mirando embobado, sin abrir la boca, y hasta demoraba el bajar a la calle para jugar con mis amigos Javi Ruiz y Juan Carlos Fernández, que me esperaban con inusitada paciencia en los jardines del Balcón. Yo quería esconderme en los ojos claros de Marisa.
Las niñas de mi niñez: Silvana Fesser, Matilde López Quesada, Amina, Fatima el Bouthoury, Conchi Lama, Yamila Yacobi, Pepona, Gabriela Grech… Me peleé con mi amigo José Gabriel por culpa de Silvana, por un beso en la mejilla que le dio a él y no a mí. Y eso que yo era Illya Kuryakin, que incluso algunos me apodaban Django. Pero José Gabriel era más alto e, incluso, más rubio. Me venció en ese duelo.
Pero he de confesar que Mamy Blue sonaba de otra manera con Fatimita. Fatimita era una chica que trabajó una temporada en nuestra siguiente casa, a la que nos mudamos en la avenida Mohamed V, en el edificio de Uniban. Ayudaba a mi madre con los quehaceres del hogar. Ya éramos tres hermanos: dos niñas y yo (y faltaban por llegar otras dos niñas más). Así que había faena en la casa.
Fatimita era delgada, fibrosa, de piel canela, muy guapa y muy alegre. Podría ser cuatro años mayor que yo, es decir, ella tendría entonces unos quince. Me acuerdo que me agazapaba en el pasillo, vigilándola mientras ella alisaba las sábanas de las camas, y cuando estaba más inclinada, sin posibilidad de que pudiera reaccionar, entraba en la habitación a la carrera y me echaba encima suya, por sorpresa, derribándola sobre el colchón, y entonces le hacía cosquillas. Confieso, sí, confieso que aprovechaba para hacer rápidas exploraciones por su cuerpo, que no era como el mío. Y yo quería descubrir lo que imaginaba, o lo que había visto en alguna película francesa. Ella no paraba de reírse, y cuando lo decidía se zafaba de mí sin mucho esfuerzo, hasta con elegancia. Cuando la tenía bajo mi cuerpo me gustaba verla carcajeándose; exudaba una alegría que no he vuelto a ver, como si ningún problema pudiera acecharla en toda su vida. También me gustaban sus dientes, blancos y alineados, con una rara perfección natural, que parecían brillar al asomar entre sus preciosos labios.
Fatimita siempre llevaba su pelo recogido bajo un pañuelo, que, a veces, en el forcejeo, yo le quitaba. Ella, como siempre, se reía. Volvía a ponérselo, y safi. Creo que ella se divertía con ese mocoso que era yo entonces, barruntándose sin duda mis verdaderas intenciones, que debían ser las mismas que las de todos los niños de mi edad. Las mujeres siempre han madurado antes, ya lo sabemos.
Aún me llega el eco de sus carcajadas, descontrolada cuando las cosquillas la vencían, y también el fulgor irrepetible de su sonrisa fresca y cándida.
Pero volvamos a mi confesión de antes: que Mamy Blue sonaba de otra manera con Fatimita. Y eso es verdad. Porque lo que ocurría es que Fatimita sobresaltaba a toda la familia cuando, mientras limpiaba el polvo o ponía orden en el salón, de pronto, de improviso, se acercaba al tocadiscos, levantaba el brazo y lo dejaba caer, y la aguja se estrellaba contra el vinilo, que había comenzado a girar. La canción saltaba al aire con un gruñido previo que nos hacía dar un respingo o un salto. A Fatimita le encantaba Mamy Blue, que tarareaba mientras fregaba el suelo, de rodillas, como se hacía entonces, y yo volvía a espiarla, pero supongo que en esos instantes se me caería la baba, atontado: allí estaba, trabajando, pero moviendo el culo suavemente, al compás de la música, y yo le clavaba las pupilas como si descubriera un milagro.
Fatimita pronunciaba Mamy Blue con tal suavidad que parecía que acariciara las palabras. Los labios se convertían en un corazón. Y cuando la canción acababa, yo me lanzaba sobre ella como una red, atrapándola, y su risa inundaba todo el corredor… Se llamaba Fatimita, y, mientras fregaba, bailaba suavemente Mamy Blue. Y ella me hipnotizaba.

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

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