
Me lo he leído de una tacada, y no solo emociona por los lugares que se cita sino porque esa puerta abre el corazón hacia los personajes con los que muchos de nosotros hemos convivido y los guardamos en nuestro particular rincón del alma, y al abrir de pronto esa puerta todo se vuelve azul. .. Todo vuelve como un torbellino a dar aliento a una vida que solo está en ese corazón. Es mágico, y a la vez es entrañable darse cuenta cuánto amor puede uno/una tener por todo lo que se respira en nuestra «patria pequeña» y cuánto amor por todos aquellos que nos acompañaron. Gracias a ellos somos nosotros.
Gracias Sergio por hacerlos traspasar esta puerta azul dándoles vida y hacernos partícipes de ello.
Angie Ramírez
Lili entra, y la librería se ilumina. Ha encendido las luces. La primera frase podía crear confusión, y por eso lo aclaro. Pero es cierto que su presencia también causa su efecto. El primero, mi ensimismamiento. Es insoslayable. El segundo, que el local recobra algo de vida. Lili avanza directa hacia mí. Me da dos besos. En las mejillas. Se abraza, como si le doliera el alma. Le duele el alma. Me descubre que le ha costado mucho volver sabiendo que Max ya nunca estará a su lado. Hoy me parece una mujer más indefensa. Es el efecto que causa un dolor obsceno. La pérdida de un ser querido es lo más obsceno de nuestra existencia. Temo que no será una jornada de trabajo muy productiva. De hecho, Lili se marcha a los pocos minutos. Y me siento más solo que nunca. Lógicamente, no abro la librería. Más tarde, alguien aporrea la puerta, como un desesperado. El sábado también permanecemos cerrados.
El fin de semana nos ha servido para volver a intentarlo hoy. Más consciente de lo que se avecina, tiemblo de miedo. He llegado a las seis y media de la mañana. No podía conciliar el sueño. Lili, como es su costumbre, a las ocho (sé que es su costumbre porque me lo ha dicho al llegar). Viene con una blusa y una falda estrecha. Tacones. Me gusta que use tacones. En cuanto se pone las gafas, parece una ejecutiva. Es tan sumamente atractiva. Posee un no sé qué especial. Sus pasos, cuando se mueve, parecen de otra galaxia. Sé lo excesivo de mis palabras. Qué me importa. Parece de otra galaxia, sí. Le cuento que, durante mi espera, me he dedicado a limpiar. Y he puesto algo de orden en el depósito. Eso está bien, me dice. Y ahora, ¿qué hago? Sigo tan atemorizado como el viernes ante la llegada de los primeros clientes. Tendremos que lidiar con los inevitables pésames. Lili piensa que se va a desmoronar. No te vas a desmoronar, la animo. Al decírselo, me doy cuenta de que hemos comenzado a tutearnos. La aflicción une. A veces, separa, es cierto. Pero a nosotros no. Max nos ha unido. Hasta que Lili se canse de trabajar aquí. Espero que no se le pase por la cabeza dejarme solo ante la marabunta. Después del duelo, temo que comience mi martirio. Qué voy a contestar cuando me pregunten por un libro, me lamento. Pero Lili me tranquiliza. Me llamas, y yo te ayudo. De forma inconsciente, nos estamos apoyando el uno al otro. Da unos pasos, se acerca a literatura española actual. Qué manera de cimbrearse. Anda como si fijara el compás. De lo que sea. Regresa con un ejemplar entre las manos. Cierto: se cimbrea que da gusto. ¿Por qué no vuelves a los estantes de literatura española actual? Eso es exactamente lo que más deseo. Pero al tenerla ahora tan cerca, prefiero que no lo haga. Acabo de descubrir un minúsculo lunar con forma de pez en su inmaculado cuello. Querría pescar ese pez con mis labios. Vamos a hacer una cosa, me dice resolutiva. Aparto de su cuello mis ojos de vampiro. Te vas a sentar ahí. Me indica con un gesto la mesa de nogal. Y vas a empezar a leer. Cumplo como un alumno disciplinado. Y me siento, la espalda recta. Desde ahí puedo vigilar casi toda la librería. ¿Cómo coño lo ideó Max para que esto fuera así? Pensaba en todo. Termino de acomodarme. Entonces, Lili deposita el libro sobre la mesa y lo desliza suavemente…