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CINE EN BLANCO Y NEGRO (1965-2022)

Ver una película en blanco y negro es como entrar en otra dimensión. Para mí, que me he nutrido de películas clásicas de los años treinta, cuarenta y cincuenta, en cine clubs, en los programas de televisión dedicados al cine clásico y en cintas VHS, y ahora en alguna plataforma interesante, no es lo mismo el cine en color que en los tonos blancos, grises y negros, en los contrastes entre las sombras y las luces. En blanco y negro, el cine es más cine, es como si fuese el “verdadero cine”.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es el-buscavidas.jpg«El buscavias» (The hustler, 1961) de Robert Rossen

De 1960 a 1965, se ruedan, a mi entender, las últimas grandes obras en blanco y negro, realizadas por enormes realizadores: “Psicosis” (Psycho, 1960) de Hitchcock, “Al final de la escapada” (Á bout de souffle, 1960) de Godard, “Rocco y sus hermanos” (Rocco e i suoi fratelli, 1960) de Visconti, “El apartamento” (The apartment, 1960) de Wilder, “Dos mujeres” (La ciociara, 1960) de De Sica, “El manantial de la doncella” (Jungfrukällan, 1960) de Bergman, “Viridiana” (1961) de Buñuel, “El buscavidas” (The hustler, 1961) de Rossen, “El cochecito” (1961) de Ferreri, “Yojimbo” (1961) de Kurosawa, “Vidas rebeldes” (The misfits, 1961) de Huston, “La calumnia” (The children´s hour, 1961) de Wyler, “El año pasado en Marienbad” (L´année dernière à Marienbad, 1961) de Resnais, “El hombre que mató a Liberty Valance” (The man who shot Liberty Valance, 1962) de Ford, “La noche” (La notte, 1962) de Antonioni, “El proceso” (Le procés, 1962) de Orson Welles, “El hombre de Alcatraz” (Birdman of Alcatraz, 1962) de Frankenheimer, “Atraco a las tres” (1962) de Forqué, “Los valientes andan solos” (Lonely are the brave, 1962) de Miller, “La escapada” (Il sorpasso, 1962) de Risi, “Lolita” (1962) de Kubrick, “Jules et Jim” (1962) de Truffaut, “Matar a un ruiseñor” (To kill a mockingbird, 1962) de Mulligan, “El ángel exterminador” (1962) de Buñuel, “Ocho y medio” (8 ½, 1963) de Fellini, “Teléfono rojo” (Dr.Strangelove…, 1963) de Kubrick, “El verdugo” (1963) de Berlanga, “Amores con un extraño” (Love with the proper stranger, 1963) de Mulligan, “El mundo sigue” (1963) de Fernán Gómez, “El prestamista” (The pawnbroker, 1964) de Lumet, “Zorba, el griego” (Zorba the greek, 1964) de Cacoyannis, “Siempre estoy sola” (The pumpkin eater, 1964) de Clayton, “La noche de la iguana” (The night of the iguana, 1964) de Huston, “Gertrud” (1964) de Dreyer, “La caza” (1965) de Saura… Son solo una muestra de ese lento languidecer de este tipo de fotografía porque, como se ve en este listado, cada año hay menos películas en blanco y negro.

A partir del año 1965, no rodar en color se convierte en algo excepcional, porque el technicolor domina las pantallas de manera apabullante. Pero desde ese año, de manera esporádica y a “pizzicato”, surgen cintas que son más perfectas y hermosas por su fotografía en ese blanco y negro hipnótico. Los mejores directores que van surgiendo tras la desaparición paulatina de los grandes maestros, pese a la absurda resistencia de las productoras, logran filmar, aunque sea una vez, en blanco y negro, como una especie de reivindicación por el auténtico cine.

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«La batalla de Argel» (La battaglia di Argeli) de Gillo Pontecorvo

Así, desde ese ya lejano 1965, de Bogdanovich a Scorsese y de Allen a Fincher, todos tratan de captar esa magia en gris que a los amantes del cine nos ata a la butaca. No es una lista cerrada, como tampoco lo ha sido la anterior, pero creo recordar las más destacadas de las películas en blanco y negro que se han rodado desde entonces y, repasando los títulos, hay que reconocer que la mayoría de estas películas son muy buenas.

De 1966 son “La muerte de un burócrata” de Gutiérrez Alea; “La batalla de Argel” (La battaglia di Algeri) de Pontecorvo, que utiliza el blanco y negro como si el film fuese un documental, con resultados apabullantes; “Hambre” (Sult) de Henning Carlsen; “Al azar de Baltasar” (Au hasard Baltasar) de Bresson; “Persona” de Bergman, uno de los maestros que supo sacarle todo el partido al “color” grisáceo de nuestras vidas, y “Campanadas a medianoche” de Orson Welles, obra maestra que dirige el genio americano con producción española de Emiliano Piedra, con un blanco y negro muy de meseta castellana pese a la historia más shakesperiana que se ha rodado.

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 «Campanadas a medianoche» de Orson Welles

De este año 66, también son “¿Quién teme a Virginia Woolf?” (Who´s afraid of Virginia Woolf?) de Mike Nichols o “Plan diabólico” (Seconds) de Frankenheimer, dos fantásticas cintas con un uso acertado del blanco y negro para ambas historias, una sórdida y la otra kafkiana.

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   «A sangre fría» (In cold blood) de Richard Brooks

De 1967 son la excepcional “A sangre fría” (In cold blood) de Richard Brooks, que gracias a su fotografía recrea el libro de Truman Capote con sombras inquietantes y violentas, una obra maestra. También se rodaron entonces las cintas españolas “La piel quemada” de Josep Mª Forn y la inolvidable comedia “Un millón en la basura” de Forqué. De 1968, es la obra cumbre del cine de terror y de zombis: “La noche de los muertos vivientes” (The night of the living dead) de George A. Romero. También se rueda “Fando y Lys” de Jodorowsky.

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  “El pequeño salvaje” (L´enfant sauvage) de Truffaut

1970 da a luz otra obra maestra de Truffaut “El pequeño salvaje” (L´enfant sauvage) con una fotografía impresionante del español Néstor Almendros. Del año 1971 es “La salamandra” (La salamandre) de Alain Tanner, y esa joya titulada “La última sesión” (The last picture show) de Bogdanovich, que utiliza el blanco y negro para acentuar la vida monótona, triste y gris de un pequeño pueblo americano. Inolvidable.

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   “La última sesión” (The last picture show) de Peter Bogdanovich

En 1973 se estrena “Trabajo ocasional de una esclava” (Gelegenheitsarbeit einer sklavin) de Alexander Kluge, que se considera una de las cintas que abanderan el llamado nuevo cine alemán, y, en efecto, como veremos, influye en el uso del blanco y negro en numerosos realizadores, especialmente en Wim Wenders, que ya lo hace al año siguiente, 1974 con su “Alicia en las ciudades” (Alice in den städten). Wenders es uno de los realizadores que más rodará en blanco y negro, obteniendo imágenes que para un cinéfilo son imborrables. También ese año el cine cómico acude al blanco y negro con “El jovencito Frankenstein” (Young Frankenstein) de Mel Brooks, y es un gran éxito.  1976 es el año de “En el curso del tiempo” (Im lauf der zeit) de Wenders, de nuevo rodando en blanco y negro; y de “El desencanto” de Jaime Chávarri. En 1977 aparece la extraña y extravagante “Cabeza borradora” (Eraserhead) de David Lynch, debut del maestro de lo inquietante, con un blanco y negro en nebulosa, como de pesadilla.

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          “Manhattan” de Woody Allen

Pero en 1979 se proyecta “Manhattan” de Woody Allen y la cinta nos enamoró. Es, quizá, una de las más bellas películas rodadas en blanco y negro. Allen quiso así no solo homenajear a su ciudad sino al cine clásico que tanto admira, y filmó Nueva York como nadie lo había hecho antes. También 1980 es un buen año para el cine en blanco y negro con esa maravilla que es “El hombre elefante” (The elephant man) de Lynch, y ese retrato crudo y sórdido de “Toro salvaje” (Raging bull) de Martin Scorsese. Del mismo año son “De la vida de las marionetas” (Aus dem leben der marionetten) de Bergman y “Stardust memories” de Woody Allen, una película fallida.

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 “El hombre elefante” (The elephant man) de David Lynch

En 1981 se rueda un film que es un divertido homenaje al cine negro clásico de Hollywood titulada “Cliente muerto, no paga” (Dead man don´t wear plaid) de Carl Reiner, con el insufrible Steve Martin que, sin embargo, aquí actúa aceptablemente. Rodarla en blanco y negro les permitió efectuar un llamativo montaje con escenas de películas de los años cuarenta y cincuenta junto a las rodadas con los actores del film. Y en 1982 se estrena “La ansiedad de Veronika Voss” (Die sehnsucht der Veronika Voss) de Fassbinder, otra de las obras fundamentales del nuevo cine alemán. Su fotografía es como un permanente grito. O así lo recuerdo.

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  “La ley de la calle” (Rumble fish) de Francis Ford Coppola

1983 también fue un buen año para las películas en blanco y negro con “Zelig” de Woody Allen, una de sus mejores cintas; “Vivamente en domingo” (Vivement dimanche!) de Truffaut y “La ley de la calle” (Rumble fish) de Coppola, otra cinta inolvidable. Tres películas que se alimentan con magníficas fotografías en blanco y negro que las hacen especiales.

Woody Allen suele aparecer en los mejores años para el cine rodado en esos tonos grises y en 1984 no podía fallar con otra de sus mejores creaciones: “Brodway Danny Rose”. De ese mismo año es la excelente “Extraños en el paraíso” (Strangers tan Paradise) de Jim Jarmusch o “Chico conoce chica” (Boy meets girl) de Leos Carax. En 1986 se rueda “Bajo el peso de la ley” (Down by law) de Jim Jarmusch, otro de los directores abonados al blanco y negro, que, como en su cinta anterior, supo sacarle todo el partido a esta fotografía. Y en 1987 aparece otra maravillosa cinta rodada por el imprevisible Wim Wenders: “El cielo sobre Berlín” (Der himmel über Berlin), quizá su mejor película. Es de ésas que se quedan grabadas en la memoria, con los dos ángeles que bajan a la Tierra, en concreto a Berlín, y deambulan por entre las almas grises de los personajes grises de esta historia gris.

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   “El cielo sobre Berlín” (Der himmel über Berlin) Wim Wenders

A partir de este año, se producen pocas cintas en blanco y negro. No recuerdo ninguna en 1987, y de 1988 es “Lluvia negra” (Kuroi ame) de Shóhei Imamura, también excelente película. La siguiente es de 1990, “Korczak” de Andrzj Wajda. Pero 1991 es el año de “Kafka” de Steven Soderbergh, cinta infravalorada, con una fotografía en blanco y negro excepcional del propio Soderbergh, y de la excelente “Europa” de Lars Von Trier. Al año siguiente, 1992, se alumbra la preciosa cinta “La vida de Bohemia” (La vie de bohème) de Aki Kaurismäki, así como “Sombras y niebla” (Shadows and fog), otra más de Woody Allen.

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 “La lista de Schindler” (Schindler´s list) de Steven Spielberg

1993 es el año de “La lista de Schindler” (Schindler´s list) de Steven Spielberg, que merece un comentario aparte. Siendo una superproducción, rodada por Spielberg, parecía un enorme riesgo rodarla en blanco y negro. Pero verla supuso reconocer la maestría de un director capaz de rodar lo que se propusiera. Renunciar al color supuso conseguir que la matanza en el ghetto de Varsovia fuera aún más realista, porque todos conservamos en la memoria las imágenes de una segunda guerra mundial en blanco y negro. Fue como ser testigos de la realidad, como estar presentes en la peor de las realidades.

Al año siguiente, 1994, se estrena un atractivo y original western en blanco y  negro, “Dead man” de Jim Jarmusch, y otra buena cinta como es “Ed Wood” de Tim Burton que, en color, no habría funcionado de la misma manera. También se rodó en 1994, “Clerks” de Kevin Smith. De 1995 es “El odio” (La Heine) de Matieu Kassovitz, impresionante película que te deja helado, y de “The addiction” de Abel Ferrara, “Lumiére y compañía” (Lumiére et compagnie) de varios directores, “En lo más crudo del crudo invierno” (In the bleak midwinter) de Kenneth Branagh y “Justino, un asesino de la tercera edad” de Santiago Aguilar & Luis Guridi. Al año siguiente, 1997, se proyectan “Kasaba” de Nuri B. Ceylan y “La lección de tango” (The tango lesson) de Sally Potter.

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  “Dead man” de Jim Jarmusch

1998 es otro gran año para el cine en blanco y negro con las excelentes “American history X” de Tony Kaye, la sorprendente “Pi” de Darren Aronovsky, “Following” de Christopher Nolan, la fallida “Celebrity” de Woody Allen y “The General” de John Boorman, que me parece una película injustamente olvidada. De 1999 son “Juha” de Aki Kaurismäki y “La chica del puente” (La fille sur le pont) de Patrice Leconte, y del año 2000 “You´re the one” de José Luis Garci y “Armonías de Werckmeister” (Werckmeister harmóniák) de Béla Tarr & Ágnes Hranitzky.

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   “El hombre que nunca estuvo allí” (The man who wasn´t there) de Joel Coen

En 2001 se estrena “El hombre que nunca estuvo allí” (The man who wasn´t there) de Joel Coen, que es de esas cintas que ves con deleite. Nuevo homenaje al cine negro clásico hollywoodiense, pero con el toque de los hermanos Coen y una fotografía maravillosa. Nueva época de sequía para el cine en blanco y negro, salvo en 2003 con “Coffee & Cigarettes” de Jim Jarmusch y en 2004 con “Temporada de patos” de Fernando Eimbcke y “Aalta” de Benoït Delépine.

Hay que esperar a 2005 para que llegue otra gran cinta: “Buenas noches, y buena suerte” (Good night, and Good luck) de George Clooney, film de riesgo, pero de excelente factura, y “Sin City” de Robert Rodríguez & Frank Miller, una cinta más que entretenida, siempre teniendo en cuenta que es puro cómic.

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   “Buenas noches, y buena suerte” (Good night, and Good luck) de George Clooney

De 2006 es “El buen alemán” (The Good german) de Steven Soderbergh; aunque menospreciada, a mí me parece una cinta con mucho encanto y glamour. En 2007 hay una cosecha variada: “La antena” de Esteban Sapir, “Control” de Anton Corbjin, una excelente película en la que se retrata al líder del grupo Joy Division,  y “El hombre de Londres” (A londoni férfi) de Béla Tarr & Ágnes Hranitzky.

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    “La cinta blanca” (Das weibe band) de Michael Haneke

2009 supone un buen año para las películas en blanco y negro: por un lado, se estrena esa inquietante y rotunda película que es “La cinta blanca” (Das weibe band) de Michael Haneke, y, por otro, la muy interesante “Tetro” de Francis Ford Coppola, pese a que ha sido denostada; y también “Polythecnique” de Denis Villeneuve y “Ciudad de vida y muerte” (Nanjing! Nanjing!) de Lu Chuan, otra de esas cintas que no se olvidan.

2011 es el año del blanco y negro de “The artist” de Hazanavicius, la cinta que mejor ha homenajeado al cine mudo, genial y divertida. También se rueda “El caballo de Turín” (The Turin horse) de Béla Tarr & Ágnes Hranitzky.

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     “Blancanieves” de Pablo Berger

Y en 2012 se estrenan dos notables películas españolas rodadas además en blanco y negro, es decir, doble riesgo y doble aventura. Se trata de “El artista y la modelo” de Fernando Trueba y “Blancanieves” de Pablo Berger, con las que lo pasé francamente bien por la fuerza de sus imágenes, de sus puesta en escena y de sus intérpretes. También de 2012 son “Frances ha” de Noah Baumbach, “Tabú” de Miguel Gomes, “Mucho ruido y pocas nueces” (Mucha do about nothing) de Joss Whedon, “César debe morir” (Cesare debe morire) de Paolo & Vittorio Taviani y “Oh, boy” de Jan Ole Gester.  

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       “Nebraska” de Alexander Payne

En 2013 se realizan tres buenísimas películas en blanco y negro: la intimista y preciosa “Nebraska” de Alexander Payne, la cruda y apabullante “Ida” de Pawlikowski y una sobria cinta como “A field in England” de Ben Wheatley. En 2014 aparecen “Tusk” de Kevin Smith y “Sin City: Una dama por la que matar” (Sin City: a dame to kill for) de Robert Rodríguez & Frank Miller, y en 2015 la sobresaliente cinta “El abrazo de la serpiente” de Ciro Guerra. De 2016 es “Frantz” de François Ozon.

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    «Cold war” (Zimna wojna) de Pawel Pawlowski

Ya en 2018 se nos regala dos obras maestras: “Cold war” (Zimna wojna) de nuevo de Pawel Pawlowski, con una factura deslumbrante y una historia agria, pero bellísima, y “Roma” de Alfonso Cuarón, otra inolvidable película y otra inolvidable historia. De 2019 son “El faro” (The lighthouse) de Eggers y “El diablo entre las piernas” de Arturo Ripstein. Y en 2020 se estrena en Netflix la película “Mank” de David Fincher, que me pareció una obra de arte, sin más, con esos tonos grises que tan bien retrataban el Hollywood de los años dorados.

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    «Mank» de David Fincher

En 2021 se rodaron “La tragedia de Macbeth” (The tragedy of Macbeth) de Joel Coen y “Belfast” de Kenneth Branagh, que aún no he podido ver, pero que ardo en deseos por hacerlo porque prometen buenos momentos cinematográficos.

Mencionaré también algunas cintas que mezclan el color y el blanco y negro, como “Tan lejos, tan cerca” (In weiter Ferne, so nah!, 1994) de Wim Wenders (una vez más), la sorprendente “Memento” de Christopher Nolan, “Kill Bill” (2003) de Quentin Tarantino, “Casino Royale” (2006) de Martin Campbell, con un gran arranque en blanco y negro,  o “Blonde” de Andrew Dominik, que recrea a la perfección escenas que todos conocemos de la vida de Marilyn, como  esa joya (dentro de la propia película) que es la secuencia que reconstruye el rodaje de la famosa escena de “La tentación vive arriba”, cuando el vestido blanco de la actriz es levantado por el aire que asciende del metro. También la serie “Better call Saul” (2015 a 2022), una de las mejores de los últimos años, utiliza el blanco y negro según qué parte de la trama esté contando.

Dicho esto, sería injusto no mencionar a los directores de fotografía que están tras estas imágenes, los hacedores de los más bellos juegos de luces y sombras: Roger Deakins, Gordon Willis, Sven Nykvist, Néstor Almendros y Robby Müller, que quizá sean los que más me sugestionan, junto a otros grandes como Michael Chapman, Tonino delli Colli, Gilbert Taylor, Freddie Francis, Raoul Coutard, Stephen H. Burum, Robert Richardson, Oswald Morris, Conrad L. Hall, Haskall Wexler, Robert Surtees, Janusz Kaminski, James Wong Howe, Russell Harlan, Carlo di Palma, Emilio Foriscot, Gianni di Venanzo, Christian Berger, Walter Lasally, Jean-Yves Escoffier… O gente como Stefan Czapsky, Pierre Aïm, Flavio Martínez Labiano, Matthew Libatique, Raúl Pérez Cubero, Guillaume Schiffman, Daniel Vilar, Ellen Kuras, Mahai Malaimare…

La conclusión, mi conclusión, es que el uso de la fotografía en blanco y negro, aunque minoritario en el cine actual, cuando se ha utilizado lo ha sido muy acertadamente, y en películas de gran calidad que son mejores gracias a esa misma fotografía. Supongo que la razón es la misma que apuntaba al principio: porque el cine de verdad es el cine en blanco y negro, y ningún buen realizador puede resistirse a su encanto y a su magia, al de los sueños imposibles.

Sergio Barce, octubre 2022

 

ROGER DEAKINS
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RESEÑA DE MIGUEL ÁNGEL MORETA-LARA SOBRE «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS»

Además de presentar mi libro El mirador de los perezosos en la Librería Proteo, de Málaga, junto a Héctor Márquez, Miguel Ángel Moreta-Lara ha escrito una profunda y emocionante reseña para la Revista El Observador, llena de giros y detalles sorprendentes. Siempre es un placer leer a Miguel Ángel, y ahora más aún, desde que se ha convertido en personaje de uno de mis relatos.

Podéis leer su reseña en el siguiente enlace:

https://www.revistaelobservador.com/opinion/89-el-lector-vago/18052-la-pereza-del-mirar

 

MIGUEL ANGEL MORETA-LARA, MARTA CEREZALES, ROCÍO ROJAS-MARCOS Y SERGIO BARCE en el mirador
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MOHAMED EL MORABET Y «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS», DE SERGIO BARCE

En mi nuevo libro de relatos El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal), cuento con la colaboración impagable de la pintora Consuelo Hernández para la cubierta, con su hermoso óleo Tres mujeres en cabo Malabata, y con unos versos del poeta Isaak Begoña, de su libro Los perros de Tánger. Pero, además, en la contracubierta, aparecen unas palabras escritas por uno de los mejores escritores actuales, Mohamed El Morabet, autor de dos novelas excepcionales: Un solar abandonado y El invierno de los jilgueros. Palabras que me parecen un lujo haber recibido.

 

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 9 – VERSO Y PROSA, «BLONDE» Y LA NEGRITUD

Cuando Antonio Machado fallece en Collioure, antes de ser inhumado, Julián Zugazagoitia le dedica unas últimas emocionadas palabras que cierra con unos de sus versos, de una hermosa simpleza:

“Corazón, ayer sonoro,

¿ya no suena

tu monedilla de oro?”

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Los poemas de Machado y de García Lorca me estremecen. Cualquier lectura de sus versos acaba por encogerme las entrañas. Igual que rememorar sus muertes, tan llenas de significado. Ese poema que Machado dedica a Lorca cuando se entera de su vil asesinato me deja sin respiración.

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Acababa de leer algo acerca de don Antonio Machado que me hizo pensar en la soledad que debió de sentir el poeta al cruzar la frontera, en su desesperanza y en su tristeza, en su desarraigo obligado. Lo hice poco antes de ver la película “Blonde”, de Andrew Dominik, sin saber que me sumergía en otra triste y patética historia, la de Marilyn Monroe. Sin embargo, al acabar de ver el film, centrado en la parte más oscura y deprimente de su vida, pensé que no hubiera estado nada mal que hubiera reflejado también un atisbo de felicidad, un leve destello de alegría, arrancar al espectador una sencilla sonrisa, aunque fuese marginal. Porque eso siempre se agradece en un drama. Pero no, “Blonde” es triste hasta la tristeza más profunda, hasta la incomodidad. Y, sin embargo, reconozco que Dominik consigue algunas escenas de gran belleza plástica, aunque también hay otras que alarga innecesariamente, convirtiendo en tediosos algunos tramos de la película. También hay que alabar lo que ha conseguido de Ana de Armas: que nos creamos a su Marilyn. La actriz hace una gran interpretación, sin duda.

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De Andrew Dominik me fascinan varias de sus cintas, pero en especial su maravilloso western “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” (The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford, 2007), que recomiendo con entusiasmo.

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También la última novela de Vila-Matas me ha dejado indiferente. “Montevideo” (Seix Barral, 2022) es uno de esos artefactos que el escritor catalán arma desde la nada, pero, en esta ocasión, no he logrado conectar con él. Hay páginas de gran altura, claro, es un maestro de la narrativa, pero no son suficientes. Quizá lo que más me ha fascinado de su nuevo libro ha sido la relación del narrador con Madeleine Moore.

“…Todo esto, de algún modo, me recuerda que mi gran amistad con Madeleine Moore se mantuvo a través del tiempo en gran parte debido a que ella no entiende excesivamente mi idioma, y mi francés siempre ha sido imperfecto. Recuerdo el día en que Madeleine le comentó a su amiga Dominique Gonzalez-Foerster acerca de su relación conmigo: <De haber entendido él y yo todo cuanto nos decíamos, a estas alturas tendríamos una amistad con un grado de intensidad más bajo, seguro>…”

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Algo parecido me ha ocurrido con “Un país para morir” (Un pays pour mourir – Cabaret Voltaire, 2021), con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. Es como leer algo ya sabido, como si Abdelá Taia hubiese contado esta misma historia en alguno de sus otros libros. No obstante, Taia siempre es un valiente que se desnuda en cada obra, y en éste también lo hace.

“…Viene de lejos, Naima. De muy lejos. Tiene hoy 50 años. Y a Dios gracias no se ha convertido en una buena musulmana, como tantas otras al final de su carrera. No quiere ir a La Meca para lavar sus pecados. No. No. Considera que haber trabajado de puta todos estos largos años es más que suficiente para entrar, cuando muera, en el paraíso. Ha sido mejor musulmana que muchas otras, que te dan la lata con una piedad que es pura fachada…”

Su juego de espejos para relatarnos el cambio de sexo en el/la protagonista está muy bien conseguido, al igual que su ya permanente denuncia de la situación de los magrebíes en Francia, la prostitución, la homosexualidad… Todos temas que aborda una y otra vez en sus novelas, siempre tan personales y descarnadas.

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Muy interesante es “La memoria del alambre” (Tusquets, 2022), de Bárbara Blasco. Me acerqué a esta novela con cierto recelo, no sé la razón, pero a medida que avanzaba me fue convenciendo su prosa. La segunda parte sube en enteros, en esa búsqueda de un monstruo más aterrador que cualquiera de esos que pueda crear la fantasía, porque se habla de un monstruo real, de carne y hueso. Muy sutil su forma de plantearlo y de resolverlo.

“No hice otra cosa más que pensar durante todo el día. Me desperté de madrugada, sin recordar qué había soñado pero con la sensación del sueño en la lengua y una determinación, la orden precisa de no huir. Después de haberle mandado mi recuerdo como resumen, epílogo, conclusión que todo lo abarca al no pretender decir nada absolutamente nada, volví a escribirle:

<Sé que eres tú. Quiero verte>.

Una frase estúpida porque tú siempre es tú. Una frase que deja constancia de la supremacía de él, el rey de los pronombres. Pero es que no conseguía recordar su nombre.

Respondió. Nos citamos al día siguiente…”

Un libro que me ha sorprendido por su sinceridad es “Cuaderno de memorias coloniales” (Caderno de memórias coloniais – Libros del Asteroide, 2021) de Isabela Figueiredo, con traducción de Antonio Jiménez Morato. El retrato que hace la autora de los años en los que vivió en Mozambique es tan crudo como admirable, como valiente es denunciar la manera en la que Portugal explotó y maltrató a los mozambiqueños durante sus años de dominio, el racismo tan lacerante que demostraron sobre la población del país. Hay párrafos verdaderamente duros, escritos con una excelente prosa, como los dedicados a su padre, tan fiero y racista que la propia autora no puede evitar dejar escapar su rabia y su decepción.

“…Recuerdo bien escucharle en la mesa, cotorreando sobre el asunto, con mi madre, contar cómo algunos blancos venían a pedirle trabajo, y que acaso contratarlos fuera un buen negocio, claro, sí señor, pero el sueldo era el doble o el triple, y no, prefería encargarse él solo de sus incontables obras, donde colocaba sus incontables negros. Tenía doce en el edificio de la avenida 24 de Julio, otros veinte en Sommershield, siete más en una vivienda en Matola… y recorría la ciudad, durante todo el día, de un lado para otro, controlando el trabajo de la negrada, poniéndolos en su lugar con unos sopapos y unos guantazos bien dados con la mano larga, y unos puntapiés, en fin, alguna que otra paliza pedagógica, lo que fuese necesario para lograr la fluidez en el trabajo, el cumplimiento de los plazo y la eficaz formación profesional indígena.

Un blanco salía caro, porque a un blanco no se le podían dar golpes, y no servía para meter los tubos del suministro eléctrico por las paredes y luego, los cables por dentro de ellos; no tenía la misma fuerza de la bestia, resistencia y mansedumbre; un blanco servía para jefe, servía para ordenar, vigilar, mandar a trabajar a los perezosos que no hacían nada, salvo a la fuerza. Lo que se decía en la mesa era que al sinvergüenza del negro no le gustaba trabajar, apenas lo justo para comer y beber la semana siguiente, sobre todo beber; después, se quedaba en la choza tirado sobre la estera pulgosa, fermentando aguardiente de anacardo y caña, mientras las negras trabajaban para él, con los niños a la espalda. Los blancos respetaban a estas mujeres del negro mucho más de lo que lo hacían sus hombres. Era frecuente que mi padre les diera dinero extra a las mujeres, cuando los iba a buscar a las chabolas, y los encontraba borrachos perdidos. Dinero para que comiesen, para que se lo gastasen en sus hijos.

El negro estaba por debajo de todo. No tenía derechos. Tenía los de la caridad, y si la merecía. Si era humilde. Si sonreía, si hablaba bajo, con la columna vertebral ligeramente inclinada hacia el frente y las manos cerradas la una dentro de la otra, como si rezase.

Este era el orden natural e incuestionable de las relaciones: el negro servía al blanco, y el blanco mandaba sobre el negro. Para mandar ya estaba allí mi padre; ¡no hacían falta más blancos!

Además, los empleados blancos traían vicios; a un negro, por muchos vicios que fuera adquiriendo, siempre había modo de sacárselos del cuerpo…”

Un libro potente y necesario para no olvidar lo que supuso el colonialismo. Tras estas pinceladas sobre mis últimas lecturas, me doy cuenta de nuevo de que, como me ocurriera en mi anterior artículo, lo que realmente quería era hablar de Lorenzo Silva, de algo que encontré en un cuaderno de viajes, pero lo dejaré una vez más para la próxima nota a pie de página.

Sergio Barce, 8 de octubre de 2022

 

 

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RESEÑA DEL POETA VÍCTOR PÉREZ – «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS», DE SERGIO BARCE

Os dejo el enlace del blog del poeta Víctor Pérez que ha tenido a bien escribir una preciosa reseña sobre mi nuevo libro El mirador de los perezosos.

http://siroco-encuentrosyamistad.blogspot.com/2022/10/el-mirador-de-los-perezosos-de-sergio.html

 

VICTOR PEREZ
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