
Sergio Barce, Encarna León, María Sibari, Paloma Fernández, José Sarria y Juan José Pone (Foto: Larisa Sarria)
Fragmento de
La vida cotidiana durante el Protectorado en la ciudad de Larache
relato de Sergio Barce
publicado en
El Protectorado Español en Marruecos. La historia trascendida
(Iberdrola, Bilbao, 2013)
…Maru estudia en el colegio Cervantes, en Cuatro Caminos. Desde que cumple trece años, comienza a verse a escondidas con un chico del Barrio de las Navas. Se llama Antonio y, curiosamente, es uno de los hijos de María Salud Cabeza. Su padre trabaja en La Bandera Española, una de las tiendas más conocidas de la ciudad.
Manuel Gallardo intuye algo, nota rara a su hija, escucha algún comentario. Y es entonces cuando urde su plan: utilizará a Sibari como espía; lo convencerá para que, sin levantar sospechas –solo es un niño y eso facilitará todo–, siga a Maru y le informe de con quién anda; está decidido a cortar de raíz esa relación. Para él, su hija es aún una niña pequeña. Pero cuando Sibari le dice que se trata de Antonio, el hijo de María Salud Cabeza, Manuel Gallardo aborta su primera intención; admira tanto a esa mujer que incluso en su fuero interno se alegra de que sea este joven el que ronda a su única hija; o quizá sea que sabe perfectamente que, si ella apoyara a su hijo, esa guerra la perdería: María Salud es mucha María Salud, incluso para él. Así que se traga el orgullo y le dice a Sibari que, a partir de ese momento, se limite a contarle a dónde van juntos y qué hacen Maru y Antonio. Pero Sibari es espabilado, sabe sacar partido de la situación y acepta con una condición: tendrá que pagarle por su trabajo. De esta forma, a cambio de unas pesetas, Manuel logra su objetivo y Sibari el suyo. Sin embargo, el niño se sabe en una posición privilegiada y juega a dos cartas, de manera que le cuenta todo a Maru. De pronto, cobra de ambas partes.
En la fiesta del Mulud, los niños musulmanes llenan las calles de alegría. Maru se lleva a Sibari al Zoco Chico. Le compra algo. Si lo tiene contento, le dirá a su padre lo que ella quiera. Ahmed Chouirdi corre con sus amigos por la calle Real. Y Sibari se une a ellos. Alguien grita que viene la Aixa Candixa, todos los críos huyen despavoridos. La leyenda de esa mujer con patas de cabra, es la que aterroriza a los niños de Larache. Da igual su religión. Aixa Candixa los asusta a todos, aunque ninguno la haya visto nunca.
Ahora, Manuel recuerda con añoranza el primer año en el que Mohammed vivió en su casa. En aquella fiesta del Mulud, lo esperó apoyado en el quicio de la puerta hasta que el chico llegó; le tenía preparada una sorpresa inesperada en el interior de la casa. Cuando Mohammed entra y ve la bicicleta, no dice nada; solo es capaz de acariciar el manillar y no es hasta que Manuel le dice que es suya cuando reacciona. Sus ojos están radiantes. Y así lo rememora Manuel con el agridulce sabor de la ausencia.
Luego, el día de Reyes, la protagonista es Maru.
Durante la fiesta del Purim son las casas hebreas de Larache las que se transforman, son como golosas pastelerías abiertas hasta el anochecer. En la de los Fereres, los amigos musulmanes y los amigos cristianos entran y comparten los dulces que se ofrecen. A los niños, regalos y caramelos. Y a la puerta, sobre una mesa, se deja una bandeja con monedas para los indigentes, da igual a qué religión pertenezcan. La estampa se multiplica en cada casa hebrea.
Manuel Gallardo guarda como un tesoro los días del Pessah en que acude cada año a la casa del señor Beniflah, a la que es invitado junto a Ahmed Sibari. Al llegar, escucha su voz modulada que desde las escaleras les dice:
–Y ahora, todos los que quieran pasar que entren. Todos los que deseen comer que pasen.
Es la señal que indica que pueden subir. Entran al hogar del señor Beniflah, donde la familia los recibe con los brazos abiertos y con una bandeja de matzas. Y el hombre dice entonces:
–Cerrad la puerta, ya entraron.
Con estas palabras, el señor Beniflah les da tanto la bienvenida como sella de manera solemne el ritual de esa celebración que congrega a la familia, al mejor amigo del señor Beniflah y a un cristiano y a un musulmán para sentarse juntos alrededor de la misma mesa y recordar la liberación del pueblo de Israel. La vida en Larache, aparentemente, no es nada excepcional. Entonces no parecía tan excepcional.
Maru y Antonio consiguen meterse a Sibari en el bolsillo, lo convierten en su cómplice. De espía de Manuel, a carabina de los jóvenes: termina por sacarles a escondidas las entradas del cine para que ellos dos puedan ir juntos a ver una película; y luego le miente piadosamente a Manuel diciéndole que ha estado en todo momento cerca de su hija; y que ella y su novio se han limitado a pasear por el Balcón del Atlántico, desde el mercado al hospital y del hospital de nuevo a la plaza.
Mientras ellos entran en el cine Ideal, Sibari se entretiene con Driss, el barquillero. Como a todos los niños, le atraen los colores de la bombonera y el resplandor de la ruleta, que brilla intensa. Aunque Antonio le ha dado ya su compensación, toquetea las monedas en el bolsillo; y en vez de comprar con ellas un barquillo se decide por jugársela, decide apostar. Si gana, se lleva cuatro barquillos; si pierde, se queda sin el dinero apostado. Pero el riesgo merece la pena. Ese día, Sibari hace girar la ruleta; y la hoja comienza a tiritar con su sonido inconfundible, deteniéndose lentamente, hasta que lo hace en uno de los clavos. No hay suerte. Sibari no se da por vencido y apuesta de nuevo. Piensa que ahora se parará en el número cuatro, pero pasa por este y vuelve a hacerlo por los otros cuatros y, de nuevo, cae en un maldito clavo. Sibari, enfurecido, le da una patada a la bombonera; y Driss le da un pequeño cachete en la nuca. El niño, a punto de ponerse a llorar, se gira, aguantando la burla de otros chavales que lo han rodeado mientras jugaba. Ahora no tiene ni sus monedas ni sus barquillos. Pero Driss le sisea y lo hace volver. Sibari, arrastrando los pies y con las manos en los bolsillos, se acerca sin levantar los ojos; y el hombre le da un barquillo, crujiente, y logra arrancarle una tímida sonrisa.
Sibari aguarda sentado en la puerta del conservatorio de don Aurelio a que termine la película. Mientras, Driss se ha metido en el callejón de la iglesia, ha extendido su estera cerca de la pared y ha cumplido con sus oraciones. Cuando el público sale del Ideal, la calle Chinguiti es un hervidero, la gente pasea y Driss el barquillero hace girar de nuevo la ruleta para atraer a otros niños.
Y llega la fiesta del Aid el Kebir. A Maru le gusta el comienzo, porque coincide con la romería al santuario de la patrona de la ciudad, Lalla Mennana la Mesbahía. Como su abuelo Juan Martínez, Maru pronuncia el nombre en un susurro y parece que le acaricia los labios. En otros países musulmanes, ni se reza ni se venera a los santones, tampoco a los patronos y menos aún a una patrona, pero Marruecos es diferente en esto y en otras muchas cosas.
Manuel Gallardo y sus compañeros se quedan en Cuatro Caminos, desvían el tráfico porque la avenida se ha inundado de gente. La muchedumbre sube desde la plaza de España y baja desde el cruce. Maru se ha metido en medio del torbellino con unas amigas y con Sibari. Y logran entrar en el recinto exterior del santuario, en la zona del cementerio. El respeto es tal que nadie de los fieles musulmanes muestra rechazo por la presencia de cristianos o hebreos que se acercan a contemplar la celebración.
El grueso de los creyentes llega del Zoco Chico, donde primero han acudido a los alrededores de la Mezquita, y la procesión se atraganta en el propio santuario, donde es casi imposible moverse. El shrif, sobre una hermosa yegua blanca, preside la ceremonia de ofrenda a la santa patrona; y luego los derviches, que pertenecen a la cofradía de los aixauas, inician su danza. Comienzan lentamente pero, a medida que el ritmo de las chirimías y de los tambores se acelera, el baile se hace más y más histérico; los bailarines caen en trance; y entonces se llega al paroxismo, con movimientos tan violentos que impresionan a los asistentes. Maru y sus amigas se quedan paralizadas. Sibari, por el contrario, palmea y da pequeños saltos, imitando a los derviches. Una de las chicas ya los ha visto en la Medina, la impresionó verlos comer corderos y gallinas que les arrojaban desde las ventanas de las casas y que mordían aun estando vivos los animales. El estado de trance es tal que pierden la noción de la realidad.
Cuando uno de los aixauas se desmaya, la muchedumbre se agolpa alrededor; y entonces las jóvenes se escabullen y salen del santuario. Maru ha de tirar de Sibari para sacarlo de allí, atrapado por el espectáculo. Si Manuel Gallardo supiera que su hija y las amigas están viendo a los aixauas, seguramente la castigaría con no salir de casa durante una semana. Pero ella ya sabe que volverá al año siguiente.

¡Hay moros en la costa!—el cúmulo de muchos años de investigación, lectura, entrevistas y erudición por parte de su autor—es una obra de capital importancia en la divulgación de la valiosísima obra de autores y autoras marroquíes contemporáneos de expresión castellana y catalana. Se trata éste de un corpus hasta ahora poco y no muy sistemáticamente estudiado, salvo en contados artículos sueltos por un puñado de críticos—sobre todo marroquíes—y por el mismo Cristián H. Ricci quien, desde el principio, ha ido marcando la cartografía de este campo, delimitando el área de estudio y, ante todo, se ha entregado con pasión a la labor de diseminar la obra de estos escritores.
Hoy por hoy, se conocen bien los nombres de Laila Karrouch y Najat El Hachmi, por la importancia y novedad de ser las primeras escritoras bereberes-catalanas en publicar obras de autoficción y narrativa de gran calidad en catalán. De cualquier manera, el lector podrá descubrir entre estas páginas, gracias a la generosidad y el trabajo incansable de Ricci, a otros valiosísimos escritores de importancia capital para las letras hispanas y catalanas. Entre ellos y ellas, cabe mencionar a las escritoras marroquíes de expresión castellana desconocidas para la mayoría de estudiosos de la literatura contemporánea en castellano, como lo son Sara Alaui, Karima Aomar Toufali, Sanae Chairi, o Lamiae El Amrani, quienes a partir de esta sustanciosa obra de Ricci empezarán, sin duda, a recibir la misma atención de la que han gozado Karrouch y El Hachmi (y más recientemente el también amazigh-catalán, Saïd El Kadaoui). Y también rescata el crítico argentino la obra de grandísima calidad de narradores de deliciosa pericia e intrincadas armazones narratológicas como Larbi El Harti, Ahmed Ararou o Mohammed Lahchiri, felices descubrimientos, lectores, al menos para la que estas líneas redacta.
Ricci apuntala su estudio de los autores más recientes delineando la historia literaria hispano-marroquí y rescatando nombres como los de Mohammad Sabbag, Mohamed Ibn Azzuz Hakim, Mohamed Chakor, Said Jdidi y, más recientemente, Mohamed Sibari, Ahmed Daoudi, Abderrahman El Fathi, Mezouar El Idrissi y Mohamed Bouissef Rekab—narrador prolífico y de gran impacto en las letras hispano-marroquíes. Y por si fuera poco, Ricci nos devuelve—o nos coloca en su apropiado contexto—al “escritor fronterizo” larachense-malagueño Sergio Barce Gallardo, cuyas novelas bien merece la pena conocer y estudiar.
(…) Ricci no sólo se conforma con presentarnos y analizar a los nombres y sus obras más importantes de este canon de la literatura marroquí fronteriza en castellano y catalán, sino que aquilata su estudio con acercamientos eclécticos pero efectivos provenientes de los estudios literarios hispánicos y marroquíes, de los estudios de frontera y migración y de la teoría poscolonial—no sólo aquélla producida en naciones de la Commonwealth inglesa o en el ámbito de la literatura de expresión francesa, sino especialmente aquellas teorizaciones procedentes de Latinoamérica y autóctonas del Maghreb, insistiendo así en un importantísimo y necesario diálogo entre las naciones del llamado “sur global”. Tal vez en este privilegiar las conversaciones sur-sur radique una de las mayores contribuciones de su autor, amén de la mencionada labor de divulgación de la obra de escritores y escritoras marroquíes que merecen una mayor atención, más allá de los oportunismos del mercado editorial.
(…) …el estudio de Ricci cumple con el propósito de su autor de demostrar cómo los escritores marroquíes de expresión castellana, al hacer suya la lengua de Cervantes, intentan “dar universalidad al discurso a través de una lengua que es hablada por más de 400 millones de personas y, de este modo, acercar a los lectores hispanohablantes a sus perspectivas y apoyar ‘su causa.’”
Sólo queda darle las gracias a Cristián H. Ricci por la enorme labor de recopilación, diseminación y trabajo incansable que ha llevado a cabo para dar voz y publicar un valiosísimo corpus literario que está necesitado de mucha más atención… (…)
Gema Pérez-Sánchez
(…) Tanto las “historias” de Lahchiri como las novelas y cuentos de Sergio Barce poseen un intenso contenido autobiográfico en el que se refleja una vida marcada por el cruce de culturas. Sus narraciones son fundamentalmente un ejercicio de nostalgia y de memoria crítica por un mundo, el de su niñez y adolescencia, en el barrio ceutí Príncipe Alfonso (Lahchiri) y en el casco viejo de Larache (Barce Gallardo). Lahchiri reconoce que no sólo había empezado a publicar sus cuentos en el periódico La Mañana “para llenar columnas”, sino que lo que más le llevaba a escribir era su afición por adentrase en “temas tabúes para nuestra escritura en árabe, como historias de primeras experiencias sexuales de adolescentes con prostitutas o mujeres adultas o de chicos arrastrando el temor –mejor dicho el terror–a ser sodomizados” (2007b: 28). Por otro lado, y a pesar de que “el libro de [sus] sueños estaba escrito en árabe, soñaba (como todo hijo de Adán picado por la literatura) con escribir un buen libro o varios buenos libros y ganar[s]e la admiración de [sus] amigos, colegas y alumnos” (1995: 6). De forma análoga, en la novela de Sergio Barce Una sirena se ahogó en Larache el personaje Tami, un niño de familia proletaria de nueve años al que le diagnostican un mal incurable que podría acabar con su vida en cualquier momento, sueña con escapar de la mísera realidad que le rodea, alterna la imaginación desbordada con sus correrías, con los cuentos de piratas, héroes y monstruos del mundo árabe-musulmán relatados por su abuelo, El Hach, y con su anhelo de aprender a tocar el laúd para conjurar así el terror, la decepción por los suyos (en particular de su padre, Mohammed) y la perversidad de otros niños y adultos que se aprovechan de él psicológica y físicamente. (…)
12 de marzo, de 18:30 a 20:30.
13 de marzo, 12:30.
13 de marzo, 20:30.
17 de marzo, 10.00.
18 de marzo, horario a confirmar.
19-20 de marzo

Colegio Luis Vives de Larache, en 2006. Mohamed Sibari escucha a Said Jedidi. Luego intervenimos Mohamed Akalay, José Mª Montes, el cónsul de España don Javier Jiménez Ugarte y yo.
CONTINÚAN MÁS IMÁGENES… Sigue leyendo →
* * * *
SIBARI
por Ángeles Ramírez
¿Qué palabras exactas pondría a este compartir de lo que fue un sábado, 11 de enero en Larache, tras los cuarenta días de la muerte de Mohamed Sibari? ¿Un recuerdo al escritor?, ¿a la persona?, Sigue leyendo →