Archivo de la categoría: LARACHE – CREADORES Y ARTISTAS LARACHENSES

El pasado jueves, en la inauguración de la Exposición Fotográfica LARACHE / AL ARAICH de GABRIELA GRECH en Sevilla

Imagen de la exposición en Sevilla

Al final no pude evitarlo, y el jueves pasado, tras salir del despacho, me marché a Sevilla para estar al lado de Gabriela Grech en el acto de inauguración de su exposición de fotos LARACHE / AL ARAICH.

GABRIELA GRECH arropada por Jose Maria López Cobos y su mujer, Sergio Barce, Carlos López, Ana Berrocal, Vanesa y Paco Vertedor

El lugar no podía ser mejor, el impresionante pabellón Hassan II de la Isla de la Cartuja, que fue el pabellón de Marruecos en la Expo 92 de Sevilla.

Cuando Gabriela nos habló de su trabajo, poco a poco se le fueron amontonando los recuerdos de Larache y la emoción la envolvió con su abrazo de ternura, y nos contagió a todos los asistentes, varios larachenses, por supuesto.

Gabriela dirigiéndose a los asistentes

Además de disfrutar de nuevo de las fotografías tan impresionantes de Gabriela, que ya había visto en su paso por Tánger, me reencontré con José María López, Cobos otro larachense que tampoco puede evitar acudir allí donde se organice algo relacionado con Larache, y como siempre disfrutamos de vernos, aunque fue demasiado poco tiempo, la verdad.

Jose Maria López Cobos y Sergio Barce

Y me llevé la gratísima sorpresa de ver personalmente a Carlos López, otro paisano y ya amigo, que me dijo que estaba seguro de encontrarme allí, con lo que comienzo a sospechar que soy muy previsible… Conocerle fue un placer y un lujo.

En fin, que la inauguración fue un deleite tanto para reconfortar el alma en buena compañía como para disfrutar de la vista y del colorido que Larache ha inspirado en Gabriela Grech a la que cada día admiro más por su tesón y entrega.

Nos veremos en Larache, Incha Al´láh.

Sergio Barce, mayo 2012

Jose Maria López Cobos fotografiando a Gabriela Grech

 

 

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10 de Mayo, en SEVILLA, inauguración de la Exposición LARACHE/AL-ARAICH de la fotógrafa larachense GABRIELA GRECH

ESTE JUEVES, 10 DE MAYO, a las 20:30 horas,

EN SEVILLA

EN LA FUNDACIÓN TRES CULTURAS DEL MEDITERRANEO

Pabellón Hassan II de la Isla de la Cartuja

SE INAUGURA LA EXPOSICIÓN LARACHE/AL-ARAICH

DE LA FOTÓGRAFA LARACHENSE GABRIELA GRECH

Después de su tránsito por varias ciudades de Marruecos, itinerario que he tratado de seguir y de informar a todos en cada una de sus paradas, las fotografías de Gabriela Grech llegan a Sevilla. Sin embargo, en esta ocasión, sus propias palabras explican mejor que nadie lo que significa este magnífico trabajo fotográfico sobre Larache.

Gabriela Grech

 Ver Larache y después morir

  por Gabriela Grech

Nada como este comentario de Goethe sobre Nápoles para expresar el vínculo emocional que me une a Larache, la geografía de las luces que me descubrieron el mundo, allí donde reside mi memoria sensorial: la humedad del Atlántico transportando el olor salado del puerto, los colores inagotables del Zoco Chico, el canto de los muecines brotando aquí y allá, el asalto de tantos aromas vibrantes en la plaza, el brillo de las naranjas salpicando una naturaleza pletóricamente esmeralda, la luz calimosa de las salinas o la sirena que al anochecer interrumpía el ayuno en Ramadán… Todo eso me acompaña aún, adherido a mi piel, con una vigencia que no han conseguido erosionar los largos años pasados lejos de allí.

Situada en la desembocadura del meandroso río Lukus, eje y fuente de su intensa actividad agrícola, Larache poseía una arquitectura notable que se desplegaba radialmente desde la plaza de España, punto de encuentro entre el núcleo original, que descendía hasta el mar, y la ciudad española nacida con el Protectorado (1912-1956).

Mi vida en Marruecos, que arranca unos años después de su independencia, rebosa de topónimos que resonaban mágicamente en mi imaginación: nombres como el Jardín de Las Hespérides, la playa de Ras R´mel, la Torre del Judío, la Ainjarcha, el colegio Yehudá Halevy o el Castillo de la Cigüeña enuncian y esbozan la sociedad mestiza en la que crecí. Este andamiaje cultural y religioso, que hoy se nos puede antojar ingenuamente quimérico, era tan cotidiano que ni siquiera nos lo cuestionábamos, porque constituía la esencia de nuestra idiosincrasia. Y a todos los que allí vivimos, Larache nos legó ese universo plural tan enriquecedor y estimulante que, sin duda, ha determinado mi mirada sobre el mundo que me ha tocado vivir y mi manera de relacionarme con él.

La conciencia de ese patrimonio y la añoranza de aquella sociedad se encuentran en los orígenes de este proyecto fotográfico que ahora presenta la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo. Larache/Al-Araich. Entre la memoria y el presente es un recorrido visual que  reconstruye la semblanza de un tiempo y una ciudad –los de mi infancia y adolescencia­–, incidiendo en la convivencia y el diálogo intercultural implícitos en su tejido social. Se trata de un trabajo sobre la realidad de la que fuera la segunda población en importancia del Protectorado Español y, en consecuencia, sobre una parte de la historia reciente de España que enlaza con su tradición multicultural. Con él he pretendido recuperar para el presente el tiempo pretérito de una sociedad en extinción, resaltando el valor intrínseco de su pluralidad social y religiosa, así como llamar la atención sobre la necesidad de preservar un patrimonio cultural intangible y un paisaje urbanístico en peligro.

El trabajo se articula en cuatro ejes, abordando cada uno de ellos un aspecto de la ciudad desde el punto de vista social y urbanístico: la ciudad española, el paisaje humano, los cementerios y las nuevas barriadas.

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LARACHE vista por… LEÓN COHEN

Del libro de cuentos de León Cohen Mesonero, «La memoria blanqueada«, (Año 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones, Madrid) pertenece el siguiente relato que habla de Larache, su ciudad natal, y en el que recrea la memoria de los años 50 y principios de los 60.

El relato se titula sencillamente «LARACHE«, y dice así:

Larache, tierra de angulas, turmas y sábalos, pequeño puerto pesquero situado en la desembocadura del río Lukus, sobre un acantilado donde rompen las olas inmensas del Atlántico. Fenicia, romana, árabe, española (1610-1691), portuguesa y a partir de 1911 española de nuevo. A la antigua Lixus la formaban a principios del siglo XX, la Calle Real, sus aledaños y una pequeña medina que lindaba con la mencionada calle. Además del río, del mar y del sol, espléndidos. Una vez escribí:

“Larache, pueblo milenario, nacido entre arena y olas, donde río, mar y tierra concertaron sus nupcias estivales mientras Hércules era amamantado justo arriba, en la colina, junto al jardín de las Hespérides. Ningún hijo de aquel pueblo podrá nunca olvidar -incluso después de haber perdido la memoria- aquellos atardeceres del mes de Julio, cuando la brisa que subía desde el Atlántico sellaba una especie de pacto tácito entre sol y mar, trayendo consigo la vida a unas calles desiertas por el implacable sol del mediodía.”

El Larache de los años cincuenta, el de mi infancia, era un pueblo que pasados los años se me antoja peculiar, por su ambiente, por sus personajes.

LEÓN COHEN

Topográficamente, viniendo desde Tánger o desde Alcazarquivir, siempre se llegaba  a Cuatro Caminos y desde dicho cruce se entraba en Larache por la Avenida de las Palmeras, del Generalísimo o de Mohamed V según la época. Algunos de los lugares y edificios más emblemáticos a lo largo de su recorrido eran la casa del Raisuni, la Escuela Francesa de la Mission Universitaire et Culturelle Française. Luego un poco más abajo se hallaba el cementerio de Lalla Mennana, el Jardín de las Hespérides, la escuela de la Alianza Israelita, el  Comisariado y enfrente la Iglesia y al final  la Plaza de España.

Santuario de Lalla Mennana

La Plaza de España era un espacio amplio, con forma entre circular y ovalada, centro neurálgico de la ciudad que por aquel entonces podía tener cincuenta mil habitantes.

Estaba rodeada la plaza por una carretera y al margen de ésta edificios de estilo colonial, casi todos ellos separados por calles que hacían de la plaza una especie de centro distribuidor, desde el cual se podía tener acceso a cualquier punto de la ciudad. La Plaza de España estaba rodeada por una carretera flanqueada por un paseo jalonado por multitud de comercios de toda índole. Sobre la acera del paseo, unos soportales formados por arcos de estilo árabe,   además de decorar, hacían de puertas abiertas del paseo. Debajo de los arcos, uno podía disfrutar de sombra en pleno verano y resguardarse de la lluvia inoportuna en invierno. Además, allí estaban los Almacenes «Pulido», Pepe el Indio, la Farmacia Amselem, y la Zapatería Bata, entre otros. Enfrente de «Pulido», en la margen izquierda de la avenida del Generalísimo, la gente podía disfrutar de las terrazas de los bares Perico y Canaletas. Pero sobre todo, en mi memoria perdura el edificio cuya fachada se soportaba sobre aquellos arcos. Era como un laberinto formado por pasillos interminables, llenos de recodos, que mis amigos y yo recorríamos periódicamente, entrando por uno de sus numerosos portales y saliendo cada vez por uno distinto. Hermoso recuerdo de aquellos recorridos misteriosos que nuestra imaginación infantil poblaba de sucesos y fantasmas improbables y que más tarde, en varias ocasiones, he vuelto a recrear  en sueños.

La calle «Chinguiti», una de las arterias que desembocaba en la Plaza de España (si no me equivoco eran siete) era el paseo nocturno, donde la gente deambulaba sin ningún otro propósito que el de recorrerla cuantas veces fueran necesarias.

calle Chinguiti – Hassan II

Saludos, sonrisas, miradas cómplices, aquel bullicio poblado por las personas que se paseaban, solas o en grupo, sin objeto o con el único objeto de mostrarse, de buscarse, de encontrarse ¿Quién sabe? Difícil olvidar su topografía y sus topónimos.

A la derecha, viniendo de la Plaza de España: el Hotel España, el Teatro España, el Yunque, la sastrería del Chato, la marquetería de Bohbot, la tienda de «Pesetilla», el Cine Ideal (donde reinaban Clark Gable, Gary Cooper y Burt Lancaster entre otros ídolos de mi infancia), el bar Matías (donde todo Larache acudía los domingos por la noche para ver, apuntados en un pequeño panel,  los resultados de la jornada futbolística), la papelería de Damián (donde se cambiaban las novelas de Corín Tellado y los cuentos del Capitán Trueno),  finalmente, la Colonial, la tienda de ultramarinos de Gía en la que Carmelo con su bata gris era el dependiente .

Girándose y volviendo por la acera contraria: el bar La Marquesina, la mercería La Zamorana, una tienda de discos, el Bar Tropical, el patio de la Iglesia, la pastelería Montecatine, el almacén de Dolón (esas sandalias enormes que llevaba en verano y la sahariana celeste también enorme), la pastelería Ayuso, la imprenta Cremades (aquel hombre regordete con bigote y con una cojera sobresaliente), la Peluquería de Tomás, el Bar Cocodrilo, la tienda de ultramarinos de Antonio Español y por fin, el Bar Central, lugar de encuentro de todo el pueblo, entre ambos,  la calle de los limpiabotas, de Rosendo y de Casa Ros.

BAR LA MARQUESINA

Los domingos por la mañana, los niños más o menos «bien», nos encontrábamos en la Sociedad Española, uno de los casinos del pueblo, los otros dos eran el Casino Militar y el Casino Israelita. En la biblioteca, nos pasábamos las horas leyendo «Hazañas Bélicas», «El Capitán Trueno», «Roberto Alcázar y Pedrín», «El Guerrero del Antifaz» y tebeos de todo tipo, algunos de cuyos personajes siguen anclados en nuestra memoria, así: Carpanta, las Hermanas Gilda, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape… A mediodía, los militares y las militaras vestidos con sus mejores ropas, ellos con los guantes blancos y el fajín, ellas con la peineta, cruzaban la Plaza de España, para acercarse a la Iglesia que se encontraba frente al Comisariado Español, entre el Banco Exterior y el Central, en la avenida de Francisco Franco, originariamente la avenida de Las Palmeras. Por la tarde (“l’aprés midi”)  el cine, antes de entrar la visita obligada al carrillo de Driss para abastecernos de cacahuetes y caramelos, yo probaba únicamente los de coco. Por la  noche,  unos cuantos paseos por la calle Chinguiti.

El periódico del pueblo  «El Chivato», estaba dirigido por un personaje singular, cuyo recuerdo borroso se hunde en las aguas profundas de mi primera infancia. El Abate Busoni era un hombre pequeño, vestido de oscuro, cuyo rasgo más destacado era una boina negra, amplia, casi una chapela, que nunca le abandonaba. Por el cargo, es de suponer que fuera un adicto al Régimen y que aquel diario por él comandado, se dedicara a loar al Caudillo y sus obras, además de traer los ecos de la sociedad larachense.

No puedo dejar de mencionar «El Balcón del Atlántico» esa ventana abierta al mar, donde parecían desembocar de manera natural las calles principales de la ciudad y a la que sus habitantes no podían evitar asomarse por lo menos una vez al día, como buscando salir y evadirse hacia el espacio infinito y el horizonte lejano que les ofrecía el mar majestuoso.

Desde el año 1909, como venida del cielo, residía en Larache por razones difíciles de explicar (aunque es sabido que una ley de la República Francesa de 1886 envío al exilio a la familia real), la princesa de la Casa de Orleáns, Isabelle Marie, Laure, Mercedes, Ferdinande,  Duquesa de Guisa, madre del Conde de París, heredero al trono que dejó vacante Luis XVIII, el último rey y el último Luis de Francia. Algunos larachenses pueden todavía recordarla bajando de su Chevrolet negro -con chofer- los domingos a primera hora para ir a misa. Moriría en la misma Larache en el año 1961.

La Duquesa de Guisa

En aquella Larache franquista, la miseria estaba en cualquier rincón, y la duquesa practicaba la caridad con los pobres, labor ésta que seguramente tranquilizaba su conciencia y le permitía estar a bien con su Dios. Cuentan que su marido, Juan III de Orleáns, Duque de Guisa, murió en un duelo por un asunto de faldas en 1940. El hecho cierto es que sus restos reposaban en el viejo cementerio junto a la playa del Matadero. Su hijo el Conde de Paris se dejó ver más de una vez por el pueblo y sus nietas cabalgaban frecuentemente desde su palacete hasta el hipódromo (la Hípica) situado cerca de los Viveros. 

Otro personaje relevante, al menos por el apellido, uno de los hermanos Rotschild, al que por cierto nunca nadie vio ni conoció. Se le atribuía la fundación de la compañía Lukus en 1926, dedicada a la explotación y comercialización de agrios. Más tarde sería adquirida por uno de sus ingenieros, de apellido Gomendio, quien con la mencionada duquesa serían el todo de la burguesía y la aristocracia del pueblo. Hace muy poco he sabido que Joan Crawford fue accionista de dicha compañía.

El Raisuni era el «baja», una especie de alcalde impuesto por los españoles para reconducir conductas «indebidas» de los marroquíes. Aquel hombre, gordo inmenso, era un personaje temido que se dedicaba con mayor intensidad de la necesaria a imponer su ley marcial a través de sus guardias, dos esclavos negros de dos metros, que maltrataban hasta la muerte en ocasiones, a todo pobre indígena que violara su ley. El baja era además el padre de mi compañero «Jali» en el colegio Francés que estaba justo enfrente de su casa.

Avenida Mohamed V

“Era con seguridad la primavera del año 1956, eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Mlle Vermury estaba terminando de impartir la última clase de la semana, era Viernes. Llamaron a la puerta. Por la puerta entreabierta pude observar como uno de los guardaespaldas del «Raisuni» conversaba con nuestra profesora. Siempre recordaré su expresión de persona acostumbrada a obedecer. Era un hombre negro, muy alto, que siempre llevaba una jilaba o chilaba inmaculada, entre blanca y parda, de ese color amarillo que no acaba de ser blanco. Tenía aquel gigante un porte erguido y hasta distinguido a pesar de su presumible humildad. Desde muy pequeño, aquel hombre y su compañero de gran parecido físico con él, me inspiraban temor y admiración. Los mayores contaban historias de palizas de muerte propinadas por estos esbirros del Raisuni a pequeños delincuentes y borrachos. Mademoiselle Vermury entró de nuevo en clase y se dirigió en voz baja a nuestro compañero Jali, segundos después éste se marchó con el hombre negro. Dicen que se llamaba Rabah. Aquel día, quiero recordar que salimos antes y nos recomendaron que nos fuésemos directamente a nuestras casas. Del resto del transcurso de aquella tarde, no atino a asegurar si fue vivido o contado. Enfrente del cementerio de Lalla Mennana. Situado a medio camino en la avenida de las Palmeras, justo en la esquina de una bocacalle que une a ésta última con la calle Chinguiti, fueron quemados vivos los dos guardaespaldas por una pequeña horda enfurecida. El caíd de una kábila cercana a Larache fue colgado de un árbol en pleno centro de la Plaza de España, seguramente por haber sido colaborador de los españoles y para que sirviera de ejemplo. Era la Independencia. Pocos días después, mis amigos y yo pudimos visitar los restos de la casa del baja y constatar las huellas de la batalla. Todavía recuerdo el olor a quemado.”

Mr. John era el profesor de Inglés. Vivía con sus dos metros de altura en la Plaza de España. Todas las mañanas se dirigía con su bastón y una especie de sombrero tirolés al Bar Selva donde desayunaba. Mi padre solía decir que era un nazi disfrazado de inglés. Sin embargo, desde la distancia y la perspectiva de los años pasados, su porte elegante y su estilo refinado eran demasiado ingleses como para ser confundido con la tosquedad alemana. Era un hombre solitario y misterioso. Cuando acompañaba a mi prima a clase, Mr John sentado tras su bonita mesa de estudio, me obsequiaba con un caramelo. Nunca he olvidado esa extraña sensación de placer que me producía verle manejar el tarro de cristal desde donde extraía los caramelos con una parsimonia indescriptible, bajo la tenue luz de una lámpara de mesa. Siempre me pareció un mago metido en faena. Una mañana de la década de los sesenta, ya  anciano,  apareció muerto en su cama.

Rafael, “Machaco” (Pinocho, el Chaleco), así apodado porque le gustaba el anís, era un judío pobre, dicen que culto. Contaban que se había atrevido a escribir una misiva al Alto Comisario para que le arreglaran algún elemento doméstico y que recibió respuesta. Caminaba siempre ataviado con un sombrero y la colilla prendida en los labios. Usaba gafas de múltiples dioptrías. Pedía con disimulo tabaco y algún dinero para ir tirando. Por supuesto que recibía la ayuda de la Comunidad Judía.

Aunque un poco tartamudo, era  buen conversador, con gran sentido del humor  y un gran contador de anécdotas y de chistes. Había conseguido forjarse una pequeña leyenda y no defraudaba. Desapareció en una de las emigraciones hacía Israel, donde supongo que acabó sus días dominado por la nostalgia de su pueblo y por lo inhóspito y desconocido de aquel país nuevo y duro. La comunidad israelita estaba constituida por un entramado social relativamente complejo, donde predominaba la clase baja de aquella época: mecánicos, pescadores, cargadores, tenderos, empleados de banca etc… gente en suma que ganaban apenas para comer y medio vestir. Destacaban por su escaso número algunos profesionales como farmacéuticos, maestros y hombres de negocios. Hay que subrayar  que la clase social israelita no se distinguía mucho de la española.

Cine Avenida de Larache

No he de olvidar mencionar los cuatro cines de Larache: el Ideal, el Teatro España, el Coliseo María Cristina y el Avenida que pertenecían a personas diferentes como eran los señores Benasuli, Amarito y Gallego, no recuerdo si simultanea o sucesivamente.

La Escañuela, la Valenciana, el Pasaje Gallego, Pentodo, Ulzurrum, Bensason el sastre, Salomito el electricista, Pariente el boxeador, Don Carlos (Chalomico el cra), los taxistas: el Gafas, el Parra, el Trompeta, Timimi. Joaquín Hernández (el manco), Rubén el chofer, el fotógrafo Benguigui, Facundo, Bozambo.

Antonio Español y Carmelo Rosendo, los practicantes Saja y Benchluch, los Maristas, el Patronato, la Escuela Francesa y la Alianza Israelita, Federico y la Portuguesa, el cambista Amar, los chatarreros David Trojman y Belliti, el recepcionista del Hotel España, al que mi madre apodaba con cierta sorna no exenta de cariño “el poeta” Serfaty. Todos estos nombres  y muchos más a los que mi ingrata memoria no hace justicia, conforman el recuerdo de un pueblo y de una infancia sorprendente y entrañable a los que con este pequeño relato he tratado de rendir homenaje.

León Cohen, 2001

 

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ABDESLAM KELAI, realizador y guionista larachense

Abdeslam Kelai

Pensaba cómo presentar a mi amigo y paisano el realizador de cine ABDESLAM KELAI, y he pensado que quizá lo mejor sea a través de uno de sus trabajos, uno en especial que me impactó en su momento y con el que tengo muchos puntos de coincidencia. Se trata del cortometraje HAPPY DAY, que Kelai dirigió en 2004.

Cuando vi por primera vez este corto, me identifiqué enseguida con él, pues era una historia de la Medina de Larachey era la historia de un niño, Said, de siete años, que se ve abocado a trabajar como limpiabotas a causa de la situación precaria de su familia. Sus días en la Medina se verán salpicadas por las privaciones y humillaciones a las que se verá sometido en su primer día de trabajo por los niños de la calle (huella indiscutible de “Ladrón de bicicletas”, como lo es también su sueño de tener una).

Said, el protagonista de HAPPY DAY

Además, su relación con su padre tampoco es idílica, y aquí destaca el trabajo como actor del poeta larachense Mohamed Al Bakri, un acierto de Kelai al elegirlo, pues su voz, honda y rota, ayuda a que su personaje nos parezca más duro y seco, dotándole de una profundidad que le humaniza haciéndolo creíble.

Hay una escena conmovedora cuando Said, después de que los otros niños le destrocen su caja de limpiabotas, la empuje contra las olas del mar, tratando de convertirla en un pequeño barco de vela, quizá imaginando que escapa en él de su futuro imposible…

Hay muchas razones para ver este corto: su calidad, su emotividad, la tensión de la historia, el trabajo de los actores y que toda la trama se desarrolla en las callejuelas de Larache.

Hay, por tanto, numerosos puntos de contacto entre este corto de mi amigo Kelai y mi última novela “Una sirena se ahogó en Larache”, en la que curiosamente Abdeslam Kelai aparece como uno de los personajes secundarios de mi trama rodando una película precisamente en los escenarios de este corto y en uno de sus largos.

Esta foto se la hice a Kelai mientras rodaba en la Avenida Mohamed V de Larache en 2007

Es como si a los larachenses, escritores o realizadores de cine, nos atrajera el potencial argumental de nuestra Medina y las penurias de esos niños que tratan de sobrevivir como limpiabotas, niños que sufren tantas vejaciones y agresiones de todo tipo que es conmovedor. Además de HAPPY DAY, y de ser autor y director de dos obras de teatro, también ha escrito los cortometrajes LE JOURNAL D´AMAL y LA MORT DES FLEURS, además de dirigir y escribir tres largometrajes, entre ellos LES VAGUES DE LA COLÉRE o LES HOMMES ET LA MER y MAJDA.

PODÉIS VER EL TRAILER DE «LES HOMMES ET LA MER» entrando en:  http://vimeo.com/7010433

MAJDA de Abdeslam Kelai

Ha participado en diversos festivales de cine como el de Tánger, en la Muestra de Cine Africano de Tarifa, en el Ciclo de Cine las Dos Orillas organizado por el Instituto Cervantes de Tetuán celebrado en esta ciudad, Tánger y Algeciras, en el Festival de Cine de Guinea Ecuatorial, etc… Y proyectó HAPPY DAY en las Jornadas que Larache en el Mundo organizamos en nuestra ciudad en 2005, además de en El Día de Larache en Sevilla, que también organizó Larache en el Mundo. Así que nuestra relación no sólo ha sido estrecha sino productiva.

HAPPY DAY

En una entrevista, Abdeslam Kelia decía lo siguiente sobre las dificultades de rodar cine en Marruecos: “En Marruecos, no hay ningún instituto o escuela nacional para la formación cinematográfica. Lo que hace de la profesión de director o técnico de cine una actividad elitista que se puede permitir unas cuantas personas que tienen la oportunidad de seguir estudios en el extranjero. Sin embargo, durante los últimos años, dos o tres escuelas privadas de estudios cinematográficos o audiovisuales han sido abiertas en Casablanca y Rabat. Algunos profesionales se han formado en los institutos extranjeros y otros, la mayoría, aprenden su oficio practicándolo. Por otra parte, es raro encontrar a profesionales especializados y eso explica que la mayoría de las veces un director, además de dirigir, sea el productor, el guionista e incluso, algunas veces, el actor. Pero la mayoría de las películas marroquíes recurren a directores de fotografía e ingenieros de sonido extranjeros.”

Sinceramente, si tenéis posibilidad de ver este corto, hacedlo. Merece la pena.

Sergio Barce, mayo 2012

ABDESLAM KELAI dirigiendo en Larache

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En la UNIVERSIDAD DE TETUÁN, el pasado 25 de abril – MARRUECOS-LARACHE en las novelas de SERGIO BARCE

Después de recalar en Larache para estar presente en los actos del Día del Balcón Atlántico el pasado domingo 22 de abril, me dirigí a Tetuán donde he participado en el Seminario sobre El Español en el Mundo, que se celebró en la Facultad de Letras de Tetuán de la Universidad Abdelmalek Esaâdi, en colaboración con el Aula Universitaria del Estrecho de Cádiz y el Instituto Cervantes de Tetuán.

Mi ponencia se titulaba: “Marruecos en las novelas de Sergio Barce”.

Primera cuestión: no sabía si preparar un texto para leerlo en el Seminario, como hicieron algunos de los ponentes, o bien improvisar, como hago la mayor parte de las veces, dejándome llevar por lo que me sugiere el tema y por la reacción del auditorio.

Primera confesión: me dejé llevar por mi intuición, y por lo que me dijeron después los asistentes, creo que acerté.

Khadija Yahya Lamrani, Sergio Barce,, Mouad El Mejdki, Prof. Abdellatif Limami, Prof. Abdellatif Ghailani Rzin y Fayssal Ouetta

Segunda cuestión: cómo entroncar mi tema con las otras ponencias, tales como “El idioma español en el mundo: actualidad y proyección” o bien “Orientaciones metodológicas actuales en la enseñanza de lenguas”, porque, después de escuchar las ocho ponencias que se desarrollaron el martes 23, pensé que no estaría a la altura de los profesores e investigadores a los que había escuchado esa primera jornada.

Segunda confesión: las palabras del poeta y profesor Abderrahman El Fathi durante la divertida cena que compartimos esa noche ahuyentó mis temores, porque El Fathi me dijo que las ponencias del días siguiente no eran tanto de carácter metodológico como de creatividad en español en Marruecos y que, por tanto, podía dar rienda suelta a lo que yo expresaba en mis libros, y de la manera que creyera más pertinente.

Tercera cuestión: mi ponencia “Marruecos en las novelas de Sergio Barce” sabía a ciencia cierta que acabaría por transformarse en “Larache en mis novelas” y que, inevitablemente, me emocionaría en cuanto me metiera en faena, porque hablar de lo que uno escribe desde las entrañas apareja esta consecuencia inevitable. La duda que me asaltaba era si los profesores y estudiantes que asistían al seminario entenderían las razones más profundas que me llevan a escribir de Larache.

Tercera confesión: la moderadora, la encantadora profesora Rachida Gharrafi, me lanzó sin paracaídas haciendo una presentación e introducción de mi persona que me facilitó el inicio; luego, a medida que hablaba, me di cuenta que el auditorio me seguía con tanta atención que me sentí en seguida como en casa. Me sorprendió, eso sí, que a muchos de los asistentes se les saltaran las lágrimas, lo que no parece muy propio de un seminario. Indescriptible mi satisfacción al terminar el acto: primero porque uno de los profesores asistentes, Abdellatif Ghailani, me dijo que había hecho que se emocionara recordando el Larache de su niñez, porque su padre era larachense y él pasaba los veranos en el pueblo, y también porque una de las integrantes del comité organizador me confesó que jamás había estado presente en un acto tan emotivo y especial como el que acababa de presenciar.

El profesor Abdearrahman El Fathi rodeado de varios de los alumnos asistentes

No sé cómo agradecerle a Abderrahman el Fathi que me invitara al seminario, no sé si le será suficiente que le diga que ha sido una de las ocasiones en las que me he sentido más pleno como escritor, y que gracias a él, además de estrechar nuestra amistad y la que ya compartíamos ambos con el profesor Abdellatif Limami, con el que he vuelto a compartir momentos inolvidables, además de eso, me ha regalado la oportunidad de conocer a personas extraordinarias como los mencionados profesores Rachida Gharrafi y Abdellatif Ghailani, con los que me faltó tiempo para hablar, o como los profesores Francisco Zayas, Hassan Amar, Souad Annakar, el inspector El Khadir Al-Azhari, el Consejero de Educación de la Embajada española D.Antonio Feliz, al profesor (y gran piloto de helicópteros) Enrique Lomás, o como esas tres encantadoras y especiales personas que son la poeta Yolanda Aldón, la esposa del profesor Limami, Nezha, y la profesora Nisrin Ibn Larbi Fathi, o como el director del Instituto Cervantes de Tetuán D.Luis Moratinos, que me demostró una amabilidad y cordialidad exquisita, y como a ese montón de estudiantes que, para mi sonrojo pero también para mi satisfacción, me pidieron una y otra vez que me fotografiara con ellos…

Con Amani, una de las alumnas asistentes al acto

Fue entonces cuando me di cuenta de cuán profundo había calado mi charla, porque mientras nos hacíamos estas fotos de recuerdo algunos de estos alumnos me agradecieron mis palabras, mis recuerdos, también mis críticas y mi nostalgia del Larache que nos gustaría ver hoy, porque esos alumnos son larachenses que estudian en la Universidad de Tetuán, y la manera como me transmitían su simpatía, su calidez y su afecto, es indescriptible, pero impagable: algo que te llega al corazón. Como lo hicieron los propios estudiantes tetuaníes que fueron amabilísimos.

Y después de toda esa emoción, de que se cerraran estas jornadas de tanta altura con los aplausos que allí se escucharon, prueba de su éxito y por ello felicito de nuevo a Abderrahman El Fathi, esa misma tarde asistimos en el Instituto Cervantes a la presentación del poemario de Yolanda Aldón “Cádiz y la otra orilla, a sorbos de a-mar y versos” que presentó D.Luis Moratinos. Reconozco que los actos poéticos no son lo mío, pero también reconozco que me alegré de estar presente en este en concreto porque, sinceramente, Yolanda Aldón supo ganarse al público con sus palabras pero, sobre todo, con sus versos, y es que, aunque ya he leído el libro y lo recomiendo sin duda, escuchar su poesía recitada por la propia autora gana verdaderamente en quilates, en emoción e intensidad, de manera que fue la guinda a las jornadas.

Luego, aprovechamos para despedirnos cenando en la Casa de España de Tetuán, donde, curiosamente, también cenaban, cantaban y bailaban, los profesores de los Liceos franceses, lo que no deja de ser paradójico. Durante la cena, D.Luis Moratinos me preguntó si estaría disponible para ir en septiembre a Tetuán para presentar mi novela “Una sirena se ahogó en Larache” en el Instituto Cervantes. Después de toda la experiencia vivida estos días, la respuesta era evidente, así que, si la invitación se concreta finalmente, Incha Al´láh, me encantará reencontrarme con mis amigos Limami, Nezha, Abderrahman, Nisrin, Rachida, Yolanda, Luis (espero que él me permita esta licencia) y los demás, para hablarles de nuevo de las calles y de la gente de mi pueblo a través de mi novela, y hacer que Larache luzca de nuevo aunque sea en la febril imaginación de este escritor que espera no haber aburrido a quien se haya aventurado a leer esta pequeña crónica.

 Sergio Barce, abril 2012

 

(Nota: apenas tengo fotografías del seminario pero a medida que las consiga las iré añadiendo a este post)

     

   

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