¿Qué es lo que nos preocupa a los narradores cuando escribimos una novela? Bastantes cosas, cierto, pero una de ellas, y fundamental, es el arranque, las primeras líneas, los dos o tres primeros párrafos. Es el anzuelo. Ahí hay que darlo todo, enganchar al lector, engañarlo incluso si fuere preciso para que se sumerja en nuestra historia y tratar de que no se suelte de nuestra mano. A mí, personalmente, esto me obsesiona. Cuando ya pongo punto y final a la novela (otro detalle no menos importante: cómo dejar al lector en la última frase con la miel en los labios, ensimismado, deseando que el libro no hubiese acabado nunca), en ese instante, como digo, del final de la narración, vuelvo al inicio y reviso y repaso y corrijo las primeras líneas, los dos o tres primeros párrafos. Hasta que no me convence, no lo suelto. A veces, incluso, lo rehago, lo destruyo, lo arrojo a la papelera y vuelvo a escribir otro comienzo.
De los últimos libros que he leído o estoy leyendo, traigo las primeras líneas de Timandra, de Theodor Kallifatides (editado por Galaxia Gutenberg, con traducción de Carmen Vilela Gallego). Así es como ha de empezar una buena novela:
«Estaba acostado junto a mí, desnudo. El resplandor de la lumbre en el hogar se reflejaba en su frente y confería a sus gotas de sudor un brillo de piedras preciosas. En ese preciso momento se oyeron unos pasos. Quedé petrificada. Él respiraba profunda, serenamente.
–Alguien viene -dije.
-Que venga quien quiera -me respondió-, hace veinticinco años que los estoy esperando.»
Hay personas que te marcan o que pasan a formar parte de ti aunque no tengas la oportunidad de verla durante mucho tiempo. Eso me ocurre con Susi Bonilla. Los dos formamos parte del grupo literario Generación BiblioCafé y ella ha sido quien, ya en dos ocasiones, ha presentado mis libros en Valencia, y en ambos encuentros de una manera magistral, tanto que yo me quedaba escuchándola con la boca abierta. Le pone tanto entusiasmo y calidad que hace que sea difícil resistirse a leerlos. Susi es profesora de Didáctica de la Lengua y Psicóloga con formación en terapia del arte, imparte cursos de narrativa y es una excelente escritora, reconocida con diversos premios por sus relatos. Este pasado 23 de abril, Día del Libro, escribió algo en Instagram que hizo que volviera a elevarme en una especie de éxtasis. Su texto era el siguiente:
¿Cómo no seguir narrando cuando lees algo así de alguien a quien respetas y quieres? Como no hay dos sin tres, espero que muy pronto coincidamos para presentar algo nuevo. Lo que sea. Cualquier excusa será buena para volver a vernos, charlar de literatura y contagiarme de su sonrisa.
Un placer haber participado en la lectura del Quijote organizado por el Instituto Cervantes en Marruecos con tan reconocidos hispanistas e intelectuales. Gracias por la invitación. Todo un honor.
Os deseo a todos un feliz día del libro. Regaladlos junto a una rosa. Preciosa tradición que aúna la belleza artística y la estética, la creativa y la natural, la racional y la emotiva.
Ha fallecido el actor francés Jacques Perrin, que tantos buenos papeles nos regaló a lo largo de su carrera, en especial en los años 60 y 70. Pero también ha muerto Totó, el personaje que protagonizó en Cinema Paradiso, ese niño que amaba el cine y que, al hacerse adulto (y ahí aparecía Jacques dándole vida), regresaba a su pueblo tras la muerte del proyeccionista del cine Paradiso, Alfredo (al que interpretó magistralmente Philippe Noiret, que también nos dejó hace unos años).
Para mí, Jacques siempre será Totó, ese hombre que tras asistir al sepelio de Alfredo, por sorpresa, recibía como herencia las cintas censuradas que Alfredo había ido guardando celosamente para él. Luego, cuando regresa a la gran ciudad, se hace proyectar esos fotogramas que fueron en su día mutilados, pero ahora montados uno tras otro.
Esa es la escena que, aunque vuelva a verla una y otra vez, siempre me hace llorar.
Adiós, Jacques. Adiós, Totó. Gracias por haber interpretado con tanta sensibilidad la más bella escena de homenaje al cine.