El objetivo de esta publicación es la de demostrar la relevancia que, tras los años transcurridos, ha tenido la existencia del Protectorado en las relaciones entre España y Marruecos y descubrir las huellas que aún perviven de esos años compartidos.
Advertencia previa: en algunas de las imágenes que cuelgo a continuación, aparece al pie de ellas una fecha, pero es errónea, estas imágenes las he tomado los días 17 y 19 de agosto de 2013.
La librería Ahram de Rachid Serroukh. Por cierto, en ella se pueden encontrar todos mis libros, incluido el último.
Prefacio de una carta sin dirección ni fecha de recogida:
Querido Sergio: estoy segura de que un día nos conoceremos. Mientras tanto, dejémoslo en tablas, y permíteme que después de leerte y verte algo por dentro, te deje un pedacito de mí bajo la custodia de Yebari en su Bazar.
13/12/2012 – Assilah
Extraño y bonito momento, el que acabo de vivir en Assilah, pueblo de costa que parece dormido. Así lo atestiguan los chiringuitos cerrados, en su amplio paseo de baldosas blancas con pequeñas palmeras.
Su playa vacía, de arena mojada, brillante y compacta, sólo ocupada por gaviotas y restos de cosas que van trayendo las olas. Y también el parking de arena, junto a la Medina, donde solo hay cuatro o cinco autocaravanas. Todo deja en el aire un susurro de ausencia.
Estamos aparcados delante de la estación de tren. Fouad está en camino, en el tren.
Hamid pone música que me parece africana. Es bonita y relajante. Él se recuesta un poco en el asiento. Mientras, yo leo el último cuento de Sergio Barce: <Últimas noticias de Larache>.
Este hombre, Sergio, ha sido mi guía.
A través de sus cuentos he visto más allá de los ladrillos y paredes de las calles, de los carros de los mercados, de la tez de los larachenses… He sentido Larache.
Con Hamid descubrimos juntos “En el corazón del océano”, mientras él, echado en el sofá listo para dormir, en Fez, me escuchaba leerlo para los dos.
Ese cuento es sin duda el que más me gusta, junto con el de “Mimo”.
Supongo que es así porque son un lienzo lleno de sensaciones. Cada pincelada es un olor, un color, un recuerdo revivido intensamente, como cuando respiro de nuevo, después de haber marchado, el profundo aliento del mar. Esté donde esté, siempre me devuelve a casa.
Su libro rezuma sal. Y especias y bondad. La pureza de los lugares que conservamos en el corazón, porque tuvimos que dejarlos demasiado pronto. Como yo Agullana.
Su forma de ser, sentir, degustar y compartir el mundo, me despierta las ganas de conocerle. De conversar con él un buen “chei” de hierbabuena cargado de azúcar, acompañado de un vaso de agua, como es costumbre aquí.
Al pensar en Larache se me aparecen las calles de blanco y azul. Azul de puertas, ventanas y el bajo de las paredes. Capas y capas de azul se superponen sin intentar callar ni ocultar la anterior. Y eso le confiere un aspecto especial.
Al pensar en Larache se me aparece también esa bruma matinal que se asienta y envuelve el lugar como un velo protector demasiado denso. Escondiéndola de quien no debe conocerla.
Entre tanta niebla venida del mar, a veces, Larache me parece perdida, como un navío fantasma entre olas poderosas de espuma blanca que rompen ese azul difuminado por la inmensidad de la lejanía.
A pesar de ello, el libro de Sergio, donde retrata a Larache desde el corazón, se me aparece de color ámbar dorado. Como un rayo de sol tostado, suave y sostenido. Se me aparece del color de la piel, llena de historias y aromas de sus gentes y personajes.
Hamid ya lo había leído. Pero fue fabuloso presenciar cómo, a través de mi voz, las palabras de Sergio golpeaban sus propios recuerdos e imágenes de Larache a cada renglón de “En el corazón del océano”.
Oír como eco de mis palabras a Hamid exhalando una sonrisa o un suspiro profundo… ¡Cuánta magia y dulzura!
¡Quiero cruzar el Lükus en barca!
Leer “Últimas noticias de Larache” ha sido triste. Me ha hecho llorar.
Sergio se despedía una vez más de Larache. Y yo, me despedía de él. Y por ello, inevitablemente, de Larache, aunque aún me aguardaban cuatro o cinco días más en la ciudad.
Hamid sigue suavemente semidormido en el asiento del conductor, concediéndole a su propio cuerpo una pausa deseada y no planeada. Qué plácida imagen verlo así.
Y yo, en el asiento de al lado, con el libro cerrado entre mis manos, asiéndolo suavemente, como un delicado tesoro, como un momento vivido que queremos retener, deseando que no se acabe. Sobre mis piernas, como un niño. Frente a mi vientre, como un fruto.
Siguen deslizándose suavemente por mis mejillas unas silenciosas lágrimas con sabor a despedida y agradecimiento por todo lo compartido. Por la dicha del encuentro en aquella estantería de la habitación de Zohra, tras una larga jornada en Rabat donde marchamos para manifestarnos en contra de la violencia hacia la mujer.
Un sentimiento triste pero cálido me embarga. Dejo que mi cuerpo y mi alma se hundan en él, como en una bañera llena de leche tibia.
De repente, siento el deseo de recoger esta sensación antes de que acabe de escurrirse y escaparse de mí, como las lágrimas de mis ojos.
Me giro. Y silenciosamente, con movimientos estudiados y lentos, tomo la mochila del asiento de atrás.
Llega un tren.
-Ha llegado Fouad –dice Hamid abriendo los ojos.
-¿Has visto qué curioso? –le digo con entusiasmo a Hamid al ver dos rayitas negras, paralelas, en un extremo de la media caña que usé como lomo de la libreta de viaje que yo misma construí.
-Lo he hecho yo –me contesta cuando mi razón intentaba escoger una explicación correcta de entre las insensatas que me venían a la mente: ¿Qué y cómo alguno de los objetos que compartían espacio con la libreta –pasta de dientes y cepillo, pilas recargables, set de cubiertos unidos a modo de navaja suiza- había podido casualmente trazar dos bonitas líneas negras paralelas?
Mi respuesta fue una espontánea y escandalosa risa. ¡A veces me sorprendo a mí misma de cuan ingenua puedo ser! De esta mente que imagina mundos fantásticos y que me ayuda a descubrir y vivir desde la novedad continua, la sorpresa y la belleza de tantas cosas… Río, río, río… Y le doy las gracias.
Él se ríe también.
C.O.E.