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«DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL. Memoria de la prisión y la vida» (2007) de MARCOS ANA

“Al recobrar la libertad mi choque con la vida fue lo más tremendo. Muchas veces, hasta hoy mismo, la gente me pregunta qué fue lo más duro para mí: los veintitrés años de prisión, la condena a muerte, la tortura, la separación de la familia… Yo respondía y respondo siempre con lo más inesperado: <Lo más difícil fue la libertad>”

 Las memorias del poeta Marcos Ana, narrada por él mismo. Su vida en las cárceles franquistas, donde perdió su juventud, los mejores años de su existencia, por pensar de manera diferente, por defender sus ideas; su asombrosa lucha, una vez recobrada la libertad, a nivel internacional, en solidaridad con los presos españoles, y sus experiencias y vivencias durante la emocionante restauración de la democracia en España… Como digo, emocionante, vibrante.

MARCOS ANA

Después de 23 años en la cárcel, Marcos Ana cuenta de esta manera tan sencilla, pero a la vez emocionante, cómo fue su primer amor:

“Una tarde, casi al anochecer, me encontré con un amigo de la infancia, hombre de negocios que, sin participar de mis ideas, me visitó alguna vez en la cárcel de Porlier. Me invitó a dar una vuelta por Madrid y me llevó a conocer algunos cabarets que él seguramente frecuentaba. Yo aparentaba cierta indiferencia, pues salía un poco chapado a la antigua y me parecía que no era demasiado responsable visitar esos lugares. Pero miraba a hurtadillas y se me saltaban los ojos viendo a aquellas mujeres excitantes que deambulaban de un lado a otro provocativamente.
En un momento, mi amigo miró su reloj y me dijo:

-Debo marcharme, tengo invitados en casa y se me está haciendo tarde. Dame tu teléfono y nos vemos otro día con más calma.

Le di un número falso, pues dada mi situación, pendiente de mi salida clandestina de España, no era prudente establecer ninguna relación.
-Espérame un minuto -me dijo antes de marcharse.
Se perdió en el fondo del salón y volvió con una muchacha preciosa, a la que llamó Isabel. Sin presentármela siquiera, le dio un billete de quinientas pesetas y le dijo: Toma, para que pases la noche con este amigo.
Era una muchacha delgada y morena, con ojos azules y tan excesivamente joven que en su rostro no había ni la más leve huella de su profesión.

Me es muy difícil describir ahora cómo pasé aquel momento, pero lo cierto es que cuando me quedé a solas con aquella mujer hubiera deseado que me tragase la tierra. No sabía cómo comportarme. Ella me dijo con tono indiferente:

-Bueno, vámonos.

Y yo, confuso y con voz entrecortada, le pregunté:

-¿Adónde?

-Pues… al hotel.
-Pero así, ¿sin apenas conocernos? Me gustaría pasear un poco, saber algo más de nosotros…

Marcos Ana

Era un lenguaje inusual para una prostituta y me miró sorprendida.

Y al ver que yo no acertaba a hablar, que me temblaba el cigarrillo en la mano mientras fumaba nervioso, pensó que estaba borracho y me devolvió el dinero. Yo, en lugar de retirar el billete, tomé con mis dos manos la suya…

-No, no, si yo quiero ir contigo, me gustas y lo deseo, pero es que para mí todo esto es muy difícil…
Y balbuceando las palabras, tartamudeando, le conté que acababa de salir de la prisión, que era un preso político, que me habían tenido veintitrés años fuera de la vida, que nunca había estado con una mujer…
Entonces, aquella muchacha, un poco extrañada, dulcificó su rostro, sus ojos me miraron de pronto con afecto, o con piedad, no sé, y me dio una lección de humanidad, con una ternura y comprensión inesperadas.
-Bueno, mira, yo creí que estabas borracho. Ahora cambia todo, y voy a perder hoy contigo unos cuantos servicios esta noche.

Se refería  a que, por estar conmigo, dejaba en blanco su noche profesional.
Me llevó a pasear por Madrid. Fuimos a la Puerta del Sol y luego enfilamos la Gran Vía, que entonces era la Avenida de José Antonio. Hacía frío, me cogía del brazo y sin parar de hablar se apretaba contra mí como si nos conociéramos de toda la vida. Yo la sentía tan cerca que tenía deseos de besarla, pero no me atrevía y para justificar mi indecisión, acudió en mi ayuda un haykus japonés:

Es con los ojos,

No se da con los labios

El primer beso.

Me invitó a cenar, creo que fue en la Torre de Madrid o en un edificio alto de la plaza de España, y viví, entre temblores, las escenas más hermosas e increíbles.

Cuando le conté lo que había sido mi vida en la cárcel y cómo me robaron la juventud, ella me besaba las manos enternecida como si fuera un hermano o un novio perdido y encontrado después de mucho tiempo. Yo estaba asombrado de su dulzura.

-¿Pero por qué, por qué un castigo tan inhumano? –me preguntó con voz dolorida y triste.

A mi cabeza llegó un poema que escribí en la cárcel, describiendo <mi delito>:

Mi pecado es terrible:

Quise llenar de estrellas

El corazón del hombre.

Por eso, aquí, entre rejas,

En veintidós inviernos

Perdí mis primaveras.

Preso desde mi infancia

Y a muerte mi condena

Mis ojos van secando

Su luz contra las piedras.

Mas no hay sombra de arcángel

Vengador en mis venas.

España es sólo el grito

De mi dolor que sueña…

cárcel de Porlier en Madrid

(…) Después de cenar seguimos un rato charlando hasta que ella me dijo:

-¿Nos vamos ya al hotel?

El problema para mí seguía siendo el mismo; era como cruzar un río desconocido, sin saber nadar, lleno aún de inseguridades. Pero ella, riéndose, me decía:

-No te hagas problemas, tú no tienes que preocuparte de nada, lo voy a hacer yo todo.
Y nos fuimos al hotel, donde ella vivía en una habitación alquilada. Todo resultó más fácil de lo que yo temía. El mérito fue de ella. Superé mis inhibiciones, y aquella muchacha, con la mayor sensibilidad y ternura, consiguió que, por primera vez, conociera el amor en una noche inesperada.

Después, en vez de dar <la sesión> por terminada, me pidió que me quedase a dormir con ella.

Lo dudé un poco: la preocupación de la familia si no volvía a casa, los policías si notaban mi ausencia… Pero era muy difícil renunciar, me quedé y seguimos charlando hasta altas horas de la madrugada.
Por la mañana me despertó con un beso. Traía una bandeja en sus manos. Había bajado a la calle a por churros y chocolate, se sentó en el borde de la cama y desayunamos juntos.

Al despedirnos la estreché con la mayor ternura entre mis brazos, con el corazón en la garganta, sabiendo que no la iba a ver nunca más.
Al llegar a casa encontré a mi hermano disgustado por no haberles avisado de que iba a pasar la noche fuera.

Mi cuñada, Lola, que había tomado mi chaqueta para cepillarla, sacó de uno de los bolsillos un papel liado como un cigarrillo y me preguntó:

-¿Qué tienes aquí, Fernando?
Tomé el papel, en el que venía enrollado el billete que le dio mi amigo y una pequeña nota que decía: <Para que vuelvas esta noche>.

Al leer aquellas palabras, que me parecía oírlas de su propia voz, volvió a mí la fuerza de la sangre y, estremecido por el deseo, me eché a la calle sin quedarme a comer, aun sabiendo que el local no lo abrirían hasta las ocho o nueve de la noche. Estaba exaltado, nervioso, deseando vivir un nuevo encuentro.
Pero mientras paseaba esperando una hora prudencial para ir al cabaret, me asaltó un pensamiento molesto, que fue tomando cuerpo y que me llenó de confusión y contrariedad: la idea de que iba a romper el encanto de mi primera noche con Isabel. Que al volver y <comprar su cuerpo> con aquel dinero, que además era suyo, sería como tomar conciencia de que era una prostituta y que yo la iba a prostituir aún más, como un cliente cualquiera, y a ensuciar y hacer trizas un hermoso recuerdo que quería y debía conservar con toda su pureza y su ternura.
Pero otra vez me abrasaba el deseo y mi imaginación se encendía recordando la noche que pasamos juntos. Y cuando estaba dudando con esos pensamientos enfrentados pasé por delante de una floristería y casi sin pensarlo, con un impulso instintivo, entré y le dije a la vendedora:

-Póngame quinientas pesetas de flores.
La mujer me miró sorprendida:

-¿Quinientas pesetas?
-Sí, sí, quinientas pesetas, escójame las mejores flores.
Empezamos a elegir y formamos un ramo majestuoso, donde se mezclaban las orquídeas con las magnolias y las rosas.
Me parecía inadecuado, ridículo sobre todo, llevárselo al cabaret donde ella trabajaba y ofrecérselo en aquel ambiente. Tomé un taxi, me dirigí al hotel donde pasamos la noche, en la calle Echegaray, y dejé en la recepción el ramo de flores y una sencilla nota que decía: <Para Isabel, mi primer amor>.”

Escrita de manera sencilla, sin aspavientos, sin rencores, simplemente describiendo lo vivido. Los aspectos humanos del personaje son, a mi juicio, lo mejor del libro, como demuestra el extracto anterior. Y nos descubre a una personalidad deslumbrante en muchos aspectos. 

“Al final de esta reunión se me acercaron representantes de la Unión de Mujeres Francesas para proponerme una reunión pública con su Movimiento. No podía negarme, era una ocasión para hablar, no sólo de los presos sino de sus abnegadas familias. Celebramos el acto unos días después. Presidía la popular diputada Vaillant Couturier, cuyo marido había sido fusilado por los nazis.

Me hicieron muchas preguntas que yo aproveché para hablar de las prisioneras políticas, de las madres, de las esposas, de las novias, de su lucha y de su sacrificio…

(…) –Después de 23 años encarcelado, ¿qué le ha extrañado más al salir en libertad? –me preguntó una muchacha.

Yo podía haber contestado: <El drama de mi inadaptación a la vida>, pero quise relajar la reunión y respondí sonriendo:

-Los automóviles y las mujeres, son las especies que he encontrado con las líneas más cambiadas…

Y una señora de avanzada edad, muy seriamente me previno, entre las risas del público:

-Pues atención, muchacho, que ésas son las dos cosas que te pueden atropellar.”

Sus recuerdos y su relación con Pablo Neruda, Rafael Alberti, su emocionada visita a la reina madre de Bélgica, América Latina, los merecidos homenajes… Un libro apasionante sobre una vida apasionante y apasionada.

Sergio Barce, octubre 2011

Marcos Ana, nacido en 1920, poeta, fue el fundador y director del Centro de Información y Solidaridad con España de París, que presidió Picasso, hasta el final de la dictadura franquista. Es autor de “Poemas desde la cárcel” (1960) o “Las soledades del muro” (1977).

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Nuevos cuadros del pintor larachense HAKIM EL HARRAK

Comandancia

En Diciembre del pasado año, dediqué un artículo a mi amigo HAKIM EL HARRAK, pintor nacido en Larache. Ahora, Hakim me ha enviado sus nuevos cuadros que hablan de nuestra ciudad, que la retratan. Su pintura es tan sencilla como él, sin artificios, directa, plasmando lo que siente en cada momento. La Comandancia, ahora Casa de la Cultura, pero que Hakim sigue titulando como todos conocen en Larache al inmueble, rodeado de un verde vivo, trazada con esmero, como si con su pincel reparara los años y la vejez del edificio.

Calles y puertas de la Medina, solitarias, donde el eco de las pisadas se pierde entre las luces que caen en perpendicular, puertas entreabiertas, invitando a entrar, quizá sólo a asomar la cabeza con pulcritud. Hay en sus trazos un aroma a silencio, nadie perturba el paisaje, un Larache adormecido, quizá una metáfora del Larache que es hoy. Silencio, pues, en medio de la soledad.

El espigón, el faro, el acantilado. Aquí, sin embargo, opta por colores más intensos, la nocturnidad en ciernes, las luces de las casas como prueba de vida, pero una vez más el silencio de ese mar callado, tranquilo, nada agitado, con las tonalidades de azul y cobalto, el cielo ardiendo, en un resto de crepúsculo rojizo que es embozado por un cielo de nubes, contraste del azul y del naranja en llamas.

Un retrato fiel del perfil de Larache, imagen repetida en todos los artistas larachenses, desde Manuel Balaguer hasta el propio Hakim el Harrak, todos ellos encantados por ese corte perfecto al abismo del mar y que observan junto a sus caballetes, con el pincel apoyado suavemente en la paleta, sobre otro tono azul o celeste o en el naranja enrojecido, hipnotizados por el fulgor periódico e intermitente del viejo faro, oyendo voces que llegan desde el Balcón, a sus espaldas, absortos, prendados por ese paisaje imborrable grabado en la memoria.

Sergio Barce, octubre 2011

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Sobre la portada de mi novela UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Carmen Mateo en la calle de mi portada

Tras la publicación de mi última novela, he recibido comentarios y mensajes alentadores que han hecho que me  sienta orgulloso de ella. Carmen Mateo, que se sumerge a menudo por las callejuelas de la Medina de Larache, me ha hecho uno de los mejores regalos: una fotografía justamente en la misma calle que sirve de portada al libro, esa imagen que había captado tan hermosamente Itziar Gorostiaga, y que Carmen ha hecho ahora como un pequeño tributo a la vieja ciudad y, sobre todo, como ella me dice, al niño protagonista de mi historia: Tami. Porque también Carmen ha conocido a su pequeño Tami.

 Me parece encantadora verla en medio de esa bajada con mi libro entre sus manos, en una yuxtaposición de imágenes curiosa y original.

Y, además, Carmen Mateo me envía dos fotografias del interior de la Biblioteca Municipal, y me dice que, al ver ese solitario vaso de plástico en la mesa de la modesta biblioteca, ha imaginado que era un vaso olvidado por Tami. No sé, pero es como si, gracias a su imaginación, mi personaje cobrara vida, que pasara de ser un fantasma entre palabras a un ser de carne y hueso que realmente poblara las calles de la Medina de Larache, como si eso supusiera que la fantasía, como en mi historia, suplantara la cruda realidad. Algo mágico, algo emocionante. Gracias, Carmen.

Sergio Barce, septiembre 2011

No me resisto a publicar lo que me han comentado algunos amigos y que parece bastante obvio. Acaba de publicarse la nueva novela de Tahar Ben Jelloun, al que admiro desde hace tiempo, pero en la edición de esta última novela suya «El retorno«, Alianza Editorial, que la ha publicado en España, utiliza una portada que, sin ninguna duda, parece calcada a la mía. No me refiero a la fotografía de la portada, pues hay miles de callejuelas en un sinfín de medinas de Marruecos muy similiares, no, no es sólo eso, es también la propia composición de la maquetación en sí: dónde se ubica el nombre del autor y del título, dónde el de la editora, cómo se une el fondo blanco superior con la imagen en un encuentro difunimado y progresivo… Poca imaginación le han puesto en Alianza, la verdad, y eso quiere decir que la maquetación que ha efectuado Luis Muñoz para mi novela a partir de la fotografía de Itziar es muy, muy buena; tan buena que ha alimentado el deseo de «fusilarla». A veces, una editorial menor parece ganar la batalla a una «major», aunque sólo sea en estos pequeños grandes detalles.

Cambiando de tema, yo también me montaba en los leones que flanqueaban la entrada al Jardín de las Hespérides, aquí tenéis la prueba: junto a Amado, yo soy el de la pajarita…

Sergio Barce y Amado sobre uno de los leones del Jardín de las Hespérides

  

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Diálogos de películas 10

“La venganza de Frank James” (The return of Frank James, 1940)

de Fritz Lang

-Abogado:  ¿A qué distancia estaba usted de Wilson cuando le hirieron?
-Henry Fonda:   Déjeme que lo piense
-Abogado:   Le pido que responda, no que lo piense.
-Henry Fonda:   Lo siento, abogado; yo, cuando digo algo, lo pienso. No soy abogado.

 

“Veracruz” (1954)

de Robert Aldrich

-¿Tendrías misericordia de un hombre inocente?
-No existen hombres inocentes.

 

“Los profesionales” (The professionals, 1966)

de Richard Brooks

 

 Burt Lancaster:  Nada menos que cien mil dólares por una esposa. Debe de ser toda una mujer.

Lee Marvin: Será una mujer de esas que convierten a algunos niños en hombres y a algunos hombres en niños.

Burt Lancaster: Si es así, vale lo que piden.

 

“El juez de la horca” (The life and times of Judge Roy Bean, 1972)

de John Huston

 -¡Juez, juez! ¡Venga rápido, va a haber un linchamiento ilegal!

Paul Newman:  ¡Orden, orden! Aquí los linchamientos se hacen de acuerdo con la Ley.

 

“Sin perdón” (Unforgiven, 1992)

de Clint Eastwood

   

Morgan Freeman:  Matar a un hombre es algo muy duro, le quitas todo lo que tiene y todo lo que podría llegar a tener.

 

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LARACHE vista por… LEÓN COHEN MESONERO

León Cohen

León Cohen Mesonero me ha enviado un nuevo relato. Esto se está convirtiendo en una especie de buena costumbra entre ambos, o quizá sea una hermosa y fretarnal competencia por narrar todo lo que sentimos por Larache. Sea cual sea la razón, el hecho es que recibir los escritos de León son una buena razón para mirar Larache desde su prisma. Esta narración que hoy reproduzco es su particular visión, nostálgica y llena de cariño, a uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad: el Jardín de las Hespérides.

Ya que hoy termina el Rosh Hashaná al anochecer del día, qué mejor que pasear por el Jardín de las Hespérides aferrados a las palabras de León Cohen.

Sergio Barce, septiembre 2011

“…donde río, mar y tierra concertaron sus nupcias estivales mientras Hércules era amamantado justo arriba, en la colina,  junto al Jardín de las Hespérides”.

Camisas Mojadas (León Cohen)

Jardín de las Hespérides de Larache

 El Jardín de las Hespérides

Lo recuerdo circunscrito por sus alrededores: a la derecha, el cementerio de Lalla Mennana, a su izquierda, el edificio de Correos, enfrente, el colegio de la Alianza Israelita y una especie de “fondak”, y en su flanco trasero, las murallas del Castillo de la Cigüeña. En él desembocaba la “Calle Guerisa” o Calle Gris, callejón éste que yo solía recorrer a menudo, pues comunicaba  la Calle Italia con la Avenida de las Palmeras, en realidad era una suerte de “bypass” para unir la Medina con el pueblo nuevo.  El jardín era lo que ahora se conoce como parque, más bien de poca extensión y corto recorrido, con árboles muy altos y en el centro una pequeña jaula de “titís”. Recuerdo sobre todo el olor a mono, que siempre me ha repugnado. Los niños que éramos, atravesábamos el parque para salir a la conocida como Cuesta del Aguardiente. De esta cuesta, casi todos los niños larachenses de la época presumen de haberse tirado con el carrito de madera con ruedas de rodamientos. Para ser sincero, yo no tengo constancia en mi memoria de haberlo hecho nunca, aunque sí que recuerdo a algunos chiquillos que lo hacían con gran habilidad, pues había que ser muy diestro para controlar una bajada de pendiente bastante pronunciada.

¿Qué no sabrá ese jardín de amores prohibidos u ocultos, de encuentros secretos a la luz de la luna, de contrabandeo? Imagino a Zohra y a Rachid o a Rebeca y a Yusito o a Loli y Joaquín, paseando por la noche, en busca de las manzanas doradas de la inmortalidad (fruto del huerto que cuidaban las tres ninfas griegas, llamadas Hespérides) o en busca de rincones ocultos, donde dar rienda suelta a su amor hecho de efímera eternidad. Ignoro las razones por las que siempre situé en mi imaginación infantil, el encuentro de despedida del padre de mi prima Flora, ingeniero de caminos, canales y puertos venido de Bilbao y de mi tío Yudá (ambos republicanos) en algún lugar del jardín, días antes del Movimiento. Uno se fue a Venezuela y el otro sería una víctima más de la guerra fratricida. ¿Qué mejor lugar para un encuentro clandestino?

León del Jardín de las Hespérides – foto de Javi Lobo

Y los dos leones de mármol, esa pareja de custodios que sustituyeron a Ladón, el dragón de cien cabezas que dejó la diosa Hera en la mitología griega, para proteger su Jardín: ¿Qué o a quienes no habrán visto pasear por la Avenida de las Palmeras? ¿Recordarán aquel 18 de Julio, los disparos y el movimiento de camionetas cargadas de milicianos o de rebeldes, cuando estos últimos trataron de tomar el Edificio de Correos? ¿Y aquel día de 1956 cuando se armó la de Dios es Cristo contra el Raisuni? ¿Y los desfiles de la Victoria? Aquellos dos leones de mármol a la entrada del Jardín eran un símbolo y al mismo tiempo unas estupendas posaderas que todos los niños de Larache y los menos niños, montaron, agarrados a sus crines cual Samsones diminutos e imaginarios.

  ¡Ah mi jardín de la primera infancia, de mis primeros saberes y de mis descubrimientos!

¡Jardín de los mil secretos y de los mil encuentros!  

¡Jardín de los misterios!

¡Jardín de los frutos prohibidos!

¡Cuántas veces te recorrí y cuantas veces he vuelto a recuperarte en sueños!  

                                                           León Cohen, 2011

León Cohen sobre uno de los leones del Jardín, 1982

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