


<La vieja generación no nos cedió voluntariamente el baluarte>, dice Spielberg. <La generación joven tuvo que arrebatárselo. Había muchos prejuicios con la gente joven y ambiciosa. Cuando hice Night Gallery, mi primer programa profesional en televisión, tuve a todo el personal del plató en contra. La edad promedio del equipo era de sesenta. Cuando me vieron subir al escenario, con aspecto de ser aún más joven de lo que era, casi un bebé para ellos, todos me dieron la espalda, se largaron. Tuve la sensación de que representaba una amenaza para sus puestos de trabajo.
Beatty, que se consideraba un heredero de James Dean, de Marlon Brando y de Montgomery Clift, no podía comprender por qué a ellos los tomaban en serio mientras a él lo trataban como a un playboy.
Beatty había comenzado a salir con Julie Christie, actriz a la que había conocido en Londres en 1965 en una función organizada para la reina. <Julie era la mujer más hermosa y, al mismo tiempo, la más nerviosa que yo había conocido nunca>, dice el actor y director. <Era profunda y auténticamente de izquierdas, y no le divertía nada hacer todo ese aspaviento para la monarquía. No podía esconder sus antipatías por esa clase de ceremonias>. Christie había crecido pobre, en una granja de Gales, y no la impresionaba en lo más mínimo que Beatty fuera una estrella de cine; de hecho, se lo reprochaba. Ella toleraba su profesión sólo porque le permitía apoyar sus miles de causas.
No obstante, iniciaron una relación seria, y la mantuvieron unos cuatro años.
(…) <Si alguna vez existió una estrella para la cual el estrellato no significara absolutamente nada, ésa fue Julie>, dice Robert Towne. <Los convencionalismos le importaban un rábano>. Cheques de cinco cifras se le caían del bolso en el vestíbulo del hotel mientras rebuscaba las llaves, y un día dejó atónito a Beatty al perder un cheque de mil dólares en la calle. (…) y cuando sintió que ya había ganado bastante dinero, dejó de actuar.
Con tendencias paranoicas, Hopper fue empeorando por influencia del alcohol y los fármacos. Se creía perseguido, como Jesucristo, y que moriría a los treinta y tres años. Hasta sus amigos le tenían miedo; pensaban que le faltaba un tornillo.
Según la leyenda, Jack Nicholson se fumó una enorme cantidad de porros durante el rodaje de la escena en que acampan alrededor del fuego, cuando los tres discuten la posibilidad de una invasión de habitantes de Venus. Él ha alardeado de que fumó hierba todos los días durante quince años, pues así ralentizaba el tempo de su trabajo actoral.
La película estuvo lista en poco más de siete semanas. Justo cuando la estaban terminando, les robaron todas las motos del garaje de un mecánico de Simi Valley. Iban tan colocados que hicieron la fiesta de despedida sin darse cuenta de que habían olvidado de filmar la segunda escena de acampada (…) y no tuvieron más remedio que rodarla más tarde…
Dice Buck Henry: <Esos tipos no parecían estar al servicio de Wall Street, sino al servicio del cineasta, y eso marcaba una gran diferencia.
Entre Bluhdorn, Jaffe, Yablans y Evans, Paramount era un manicomio lleno de personalidades imponentes, de egos y temperamentos. Los trabajadores del estudio solían referirse a ellos como <la familia Manson>. Lo raro era que las películas se terminasen, pero no puede negarse que eran tipos listos y que todos amaban el cine. En 1971 Paramount estaba a la cabeza de todos los estudios de Hollywood.
BBS no tardó en convertirse en el antro favorito de una variopinta banda de cineastas y radicales de diversa índole. No había en Hollywood, ni en ninguna otra parte, lugar más en la onda. Sentarse en la sala de proyecciones de BBS a ver <El topo> de Alejandro Jodorowsky, el surrealista film de culto que en Nueva York y Berkeley pasaron en sesiones de madrugada durante toda la década, y fumar un porro con Bert, Bob, Dennos Hopper y Jack Nicholson, era lo más in.
Friedkin era un director muy técnico, muy puesto en lentes y en efectos, pero no especialmente bueno con los actores.
(…) Le gustaba disparar al aire para asustar a los actores, o poner cintas a toda pastilla, cualquier cosa, hasta la banda sonora de Psicosis. A menudo ponía en marcha la cámara sin decir nada a los actores. Era despiadado, y hacía cualquier cosa con tal de salirse con la suya. Al final de la película, cuando el padre Karras está a punto de morir, un cura le da la extremaunción.

El director contrató a un auténtico cura, el padre William O´Malley. O´Malley hizo toma tras toma. No satisfecho, Friedkin dijo al final:
-Bill, no lo estás haciendo como Dios manda.
-Billy, le he dado los últimos sacramentos a mi mejor amigo quince veces; ya son las dos y media de la mañana.
-Ya lo sé. ¿Confías en mí?
-Por supuesto que confío en ti –replicó O´Malley.
Billy le dio una bofetada en la cara con el dorso de la mano. Puede que no fuera una técnica propia de Stanislavski y, naturalmente, escandalizó a los católicos presentes, pero funcionó.
<Cuando hice la toma siguiente, la mano me temblaba>, dice O´Malley. <¡Pura adrenalina!>
Las páginas dedicadas a esta locura son especialmente aleccionadoras de cómo el éxito los devoraba. En el libro hay abundantes ejemplos muy similares, especialmente el largo capítulo que Biskind centra en la locura que se convirtió el rodaje de Apocalypse now.El mundo de Martin Scorsese se derrumbó a su alrededor después del Día del Trabajo de 1978. Había estado viviendo con Isabella Rossellini desde principios del verano. Él, Rossellini, Robert De Niro y Mardik Martin fueron al Festival de Cine de Telluride. <Nos quedamos sin coca y alguien nos pasó un poco de polvo que era una absoluta mierda; nos sentó fatal>, recuerda Mardik. Ese fin de semana, Scorsese empezó a escupir sangre y perdió el conocimiento por primera vez en la vida. De Telluride se fue a Nueva York, donde sufrió un colapso. <Sangraba por la boca, sangraba por la nariz, sangraba por los ojos y el culo. Estuvo a punto de morir>, añade Martin. Rossellini tenía que ir a Italia por un asunto de trabajo, cuando se fue, después de ese fin de semana, pensó que no iba a volver a verlo con vida.
Para decirlo de una manera sencilla, el éxito de La guerra de las galaxias (Star Wars), junto con el fracaso de New York New York de Scorsese, significó que las películas que hacían Lucas (y Spielberg) reemplazaran a las que hacía Scorsese, quien afirma: <La guerra de las galaxias era lo que se llevaba. Y Spielberg. Nosotros estábamos acabados>. Y Milius: <…Nadie se imaginaba lo rico que se podía llegar a ser con esa clase de cine. Como en la antigua Roma. Está claro, hay que echarles la culpa a ellos>. Y Friedkin: <La guerra de las galaxias barrió con todo. Lo que ocurrió con esa película se parece a lo que hizo McDonald´s cuando se consolidó: la gente olvidó el sabor de la buena comida.
Fue un viaje largo y extraño. Cuando, al final de Easy Rider, Wyart le dice a Billy: <La hemos cagado>, no se equivocó, aunque tendrían que pasar más de diez años para comprobarlo. Dennis Hopper y Peter Fonda habían creado un himno para una generación, pero también habían imaginado su apocalíptica destrucción, y muchos de los directores de la década hicieron todo lo posible por emularlos. Como Billy y Wyart, la cagaron. Dice Bogdanovich: <A mediados de los setenta, sentí que yo también la había cagado, y que Friedkin también. Altman, con un fracaso tras otro, se eclipsó. Francis Coppola se volvió loco, y ni siquiera Toro Salvaje hizo negocio. Todo el mundo la cagó, en varias formas y tamaños>. Todos, salvo los directores más tenaces y disciplinados de los setenta, que habían aprendido a caminar por la cuerda floja haciendo equilibrios entre el arte y el comercio, comenzaron a morirse en los años ochenta.
Mientras que los directores de épocas anteriores se mantuvieron activos hasta los sesenta y los setenta años o más, igual que algunos grandes directores extranjeros como Buñuel, Kurosawa, Fellini y Bergman, los directores norteamericanos de los setenta, con pocas excepciones, se apagaron como fuegos de artificio tras brillar un momento demasiado breve, y quedaron fuera de circulación en mitad de su carrera. Friedkin, Bogdanovich, Ashby, Schrader, Rafelson y Penn, todos se hundieron. Sólo Scorsese y, en menor medida, Altman, regresaron. Polanski huyó del país en 1977 después de ser condenado por violación. Milius nunca se recuperó de <El gran miércoles>. Malick dejó el ramo y simplemente desaparecido unos veinte años. Después de <The last movie> la carrera de Hopper también sufrió un bache que duró unos veinte años. Aunque Beatty, De Palma, Lucas y Spielberg alcanzaron la cumbre cuando la década se aproximaba a su fin, de ese grupo sólo Spielberg, siempre de éxito en éxito, llegó a la década siguiente.


Una sirena se ahogó en Larache
de Sergio Barce
(Editorial Círculo Rojo, 2011)
por José Sarria
Tras la lectura de Una sirena se ahogó en Larache, de Sergio Barce, experimenté la sensación de intertextualidad que subyace en el relato, frente a la novela El pan desnudo, de Mohammed Choukri. Ambos son dos textos que, con la diferencia temporal que les separa, comparten espacio creativo, a la vez que personajes de la escenografía del norte de Marruecos. Los protagonistas podrían ser perfectamente transferibles de un relato a otro; pero, a pesar de compartir el cosmos social y otros elementos similares, el objetivo de ambos libros es bien diferente.
Según Mezouar El Idrissi, cuando Mohammed Choukri escribió su novela autobiográfica El pan desnudo, lo hizo “buscando un ideal para salir de un ambiente social deprimido y sórdido … / … buscando un sentido a su existencia, a la condición humana, pero sintiéndose extraño en su propia tierra, perseguido por circunstancias y lugares llenos de miseria y privación” [1].
Por su lado, Sergio Barce, autor de Una sirena se ahogó en Larache, está marcado de forma indubitada por la experiencia vital de su infancia, que transcurrió en las calles de Larache. Barce no se siente un extraño en la que fue su tierra, al contrario, hace de ella una utopía sobre la que fundamentar la construcción de su obra. Él no busca, como Choukri, un “ideal para salir de un ambiente deprimido”, sino que utiliza este magma de la experiencia que habita en su memoria y lo reelabora para construir un relato en la frontera de la épica cotidiana, visto desde el asombro, desde la imaginación encendida de los niños, con los ojos infantiles de Tami, su protagonista.

Choukri y Barce utilizan similares escenarios y personajes, si bien con objetivos disímiles. El primero para denunciar y reivindicar una salida, el segundo para regresar a aquellos lugares en los que junto a su familia (que residía en Larache desde la época del Protectorado) vivió los primeros años de su vida. Prueba de ello son sus anteriores novelas En el Jardín de las Hespérides (2000), Últimas noticias de Larache y otros cuentos (2004) y Sombras en sepia (2006), libro con el que obtuvo el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia, todas enmarcadas o referenciadas en un pasado localizado en esta ciudad, que pulsiona, de forma definitiva, la actividad creadora del novelista.
Como ha escrito el profesor Abdellatif Limami, “con Una sirena se ahogó en Larache, se consigue finalmente el reto tan deseado: escribir del Larache de hoy pero desde dentro de una familia marroquí muy humilde, con muchos problemas de cara al futuro de sus hijos y plasmar al mismo tiempo la desilusión que supone la desaparición paulatina de la memoria y la historia de un pueblo a favor de una mera política del lucro o tal vez de la ignorancia … / … El relato gira entonces en torno a una niñez castrada que sólo salva la desbordante imaginación. De una familia muy humilde, Tami, un niño de casi diez años, a imagen del niño yuntero, crece como una herramienta, a los golpes destinado. Los relatos que su imaginación teje constituirán la única válvula de escape que le permite resistir y erguirse” [2].
Efectivamente, Tami mostrará desde el principio de la novela una imaginación desbordante, cuyos efectos plásticos se hacen visibles a través de la interconexión de dos planos narrativos (quizá el mejor logro del texto) que describen, por un lado, la cotidiana realidad y, por otro lado, la eclosión de una fantasía sin límites, y que el autor fusiona a la perfección en el relato, con una descripción de continuidad magistralmente labrada. Son brillantes los momentos en los que Tami, arrebatado por el éxtasis de su ilusión, escapa de su entorno y huye a otros universos que ha conseguido crear en su inocente corazón gracias a las múltiples historias que ha escuchado de su abuelo, El Hach, sobre el rescate que protagonizó Barbarroja de la Princesa de Argel, de Salah al-Din, de Scheherezade o del sultán Mülay al-Mansür al-Dahabi, o de los viajes de Simbad, de Ulises o de las caravanas de camellos camino de Tombuctú.
Sergio Barce lleva a Tami, desde su virginal concepción del mundo, desde su inocente interpretación del marco que le rodea, hacia una especie de deriva a través de los personajes del relato (El Hach, su abuelo materno, su madre Rachida, la hermosa Salwa, Miguelito, el niño español amigo de Tami, el halcón Horr, su hermano Ahmed, o su padre Mohammed) hasta conseguir la complicidad del lector con el protagonista, en esa amalgama de sentimientos, de proyectos y de ideales, con sus luces y sombras, que supone el despertar de la niñez en el trayecto hacia la adolescencia.
Todo el relato se encuentra enmarcado en el dédalo de calles, plazas y monumentos que conforman la ciudad de Larache. Sergio Barce, conoce a la perfección estos lugares, y los cincela en el texto con la esperanza del amante que confía en la resurrección de la amada que dormita. El Balcón del Atlántico, el Zoco Chico, el Castillo de las Cigüeñas, la Calle Real, el café Lixus, la Torre del judío, el Santuario Lalla Menana o el Jardín de las Hespérides, permanecen en el recuerdo del autor y conforman la cosmogonía del relato sobre la que sustentar la historia y a sus personajes.

El momento álgido de la novela se produce cuando Tami cree haber encontrado a una sirena varada en la playa peligrosa. La nereida es la metáfora, el símbolo de la fantasía del niño, en la que se refugia para trascender de su incierta realidad. Sin saber distinguir si lo vivido es cierto o forma parte de su imaginería desbordante, los acontecimientos se aceleran entre la incredulidad de sus más cercanos y la crueldad de quienes creen que ha enloquecido. Los acontecimientos se van sucediendo en la cotidianidad del Larache contemporáneo, desde la ingenua visión de un niño que envuelve de emotividad todo el relato, a pesar de la dureza de algunos capítulos, como el que relata los abusos vividos por Tami a manos de Pierre, un “enzerani” de casi sesenta años. El niño luchará por desterrar sus miedos y sus necesidades más inmediatas, adentrándose en su mundo de fantasía, en donde la justicia y la honestidad vencen a los valores de su realidad más cotidiana, ayudado por héroes, paladines, aguerridos generales y, como no, por el recuerdo de aquella hermosa sirena.
Como leemos en la contraportada del texto, Una sirena se ahogó en Larache es, en definitiva, una “narración que fluye en la frontera que separa las aventuras imposibles de las realidades infranqueables, pero también es una crónica de la vida en las calles de la ciudad vieja de Larache”. Aunque, en las últimas coordenadas de la novela, pudiera existir una denuncia social, éste no es el objetivo del autor, sino más bien contemplar el mundo desde el candor de la infancia, con la inocente mirada de los niños, para hacer posibles otras vivencias, frente a la severidad de un presente decadente que, por doloroso, se hace inaceptable.
[1] Fragmento del artículo “El otro rostro de Mohammed Choukri”, de Mezouar El Idrissi, publicado en “Marruecos Digital” (15-11-2006).
[2] Fragmento de la presentación del profesor Abdellatif Limami, en el Colegio Luis Vives de Larache (14-05-2011)



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