
“…Yo no le podía explicar dónde había nacido la enfermedad de su padre, porque la sola idea de que Alberto se enterara me daba pánico. Tal fue el ahínco, la determinación con que ocultó a todos su verdadera vida y se inventó una nueva en la ciudad en que había venido a enterrar su antigua identidad. Eso fue Tánger para tantos europeos: un cementerio de vidas desertadas, de identidades denostadas. Un refugio para quienes tenían algo que ocultar, un pasado ominoso, un dolor por desterrar.”


“Pozo salió de la comandancia general, donde, a su llegada, Barrera le había asignado una amplia habitación, vestido de uniforme coronado por el tricornio y rematado por las tres estrellas de seis puntas propias de capitán. Era el primer sábado que pasaba en Larache y le apetecía tener un primer contacto relajado con la ciudad.
Muy madrugador, las primeras horas del día le revitalizaban y le disponían a dar lo mejor de sí. En aquel plácido día, cuyo sol empezaba a ahuyentar los cendales mañaneros que trepaban desde el Lucus, su cuerpo y su mente le pedían sosiego.
Dejó atrás el cuartel de la policía indígena donde se alojó en su anterior estancia larachense, atravesó un Zoco Chico que se desperezaba de su letargo nocturno, y acabó plantándose en la explanada que lucía todavía con más ruido que nueces el nombre de plaza de España. Allí observó cómo los destartalados barracones que salpicaban aquel espacio llamado a mayor gloria arquitectónica estaban siendo barridos a marchas forzadas, en primera línea por edificios de equilibrada arquitectura hispano-nazarí y a lo lejos por edificaciones más modestas de dos plantas, que empezaban a ser ocupadas por la despuntante burguesía, principalmente española, que tendía a abandonar la medina en busca de viviendas dotadas de comodidades. Embocó lo que en su día fue arranque del camino de Alcazarquivir. Allí la transformación era ya notable. La superficie polvorienta había sido desplazada por una pista con firme de asfalto, y reemplazada más arriba, en lo que ya era conocido por los Cuatro Caminos, por una carretera bien asfaltada que se prolongaba algunos kilómetros. Todavía desparramados y sin continuidad, varios hotelitos de dos alturas, que recordaban algo a los de las colonias que surgían en aquellas fechas alrededor de Madrid, surcaban el panorama.
En los primeros metros de la antigua pista de salida hacia Alcazarquivir, que había abandonado tan imprecisa denominación por la pomposa de avenida de la Reina Victoria, a la derecha, según se subía desde la plaza de España, reparó en dos edificios ya terminados y un tercero en construcción anunciadores de lo que acabaría siendo un notable conjunto arquitectónico donde los rasgos del estilo neonazarí se mezclarían con incrustaciones de racionalismo e incluso modernismo.
Se sentó para desayunar tranquilamente en la terraza del hotel España situado en el primer tramo de la avenida de la Reina Victoria, mientras aguardaba su instalación definitiva en la popularmente conocida como calle Chinguiti, Canalejas con más propiedad.
La misma propietaria, la respetada doña Amparo Mas, lo atendió con el esmero que haría leyenda en la ciudad del Lucus. Presumía ella de que en su establecimiento se podían disfrutar de las mismas exquisiteces que en los mejores de Tánger.
Doña Amparo, satisfecha por la atención que Pozo prestaba a su negocio, le sirvió ella misma el café con leche que había pedido acompañado por tostadas de pan con aceite y sal. Aprovechó la oportunidad para interesarse por si era recién llegado a Larache, y apostillar con el conocimiento de las personas que le singularizaba que .
Cuando la propietaria se fue, dio un sorbo del café que todavía humeaba. Con la vista perdida en el horizonte, empezó a dar rienda suelta a sus recuerdos atraídos por el silencio y el adormilamiento de una ciudad que no acababa de sacudirse el sueño…”


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