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«ESTRATEGIA EMPRESARIAL», UN RELATO DE JOSÉ LUÍS PÉREZ-FUILLERAT

Me ha llegado esta semana un relato escrito por el poeta José Luís Pérez-Fuillerat. Es un cuento curioso, que, muy lentamente, va despertando la curiosidad y la intriga del lector, lo que quiere decir que consigue su objetivo. Pero a mí, personalmente, lo que más me ha sorprendido de su narración ha sido, por supuesto, que una de mis novelas forme parte de la historia.

Me lo había advertido el propio José Luís en su correo, que acompañaba a su envío: «…ahí llevas, adjunto, ese relato que he escrito en estos días, con final especial de homenaje sergiobarciano...»

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JOSE LUIS PÉREZ-FUILLERAT

Por supuesto, su ingenio, como hace también en persona cuando nos vemos, no deja de admirarme. Un amigo con el que merece compartir un albariño.

Dentro de pocos días, también compartiremos el parto de su libro de relatos Cuentos de olores viejos y la nueva edición de mi novela El libro de las palabras robadas.

Sergio Barce

Estrategia empresarial

de José Luis Pérez-Fuillerat

  Asistía con la fidelidad de auténtico aficionado a las exhibiciones deportivas de ciclistas experimentados. La velocidad que adquieren en los velódromos y otros circuitos naturales, adoptando posturas sin la más mínima caída, los diferentes obstáculos que salvan, en perfecta sintonía con el vehículo, le parecían algo fuera de este mundo. A pesar de tanta admiración, el empleado Ernesto nunca sintió deseos de imitar a esos artistas deportivos. Su vida transcurría con una normalidad apabullante. Precisamente, asistir a esas actividades que se ofrecían de vez en cuando en la ciudad, rompían la rutina de su vida diaria: por la mañana, muy temprano, una ducha fría en cualquier estación del año; desayuno con pan tostado, frotado con una rodaja de tomate y aceite con pizquitas de sal. A las nueve, en su trabajo, puntual para fichar. Cuatro horas ininterrumpidas entre ordenador, alguna visita a despachos contiguos, charlas con el jefe para recibir órdenes y salida hacia su casa. Comida rápida de mediodía y a las tres de la tarde, vuelta al trabajo: ordenador, alguna visita a despachos contiguos, charlas con el jefe para recibir órdenes y salida hacia su casa. Vivía solo, pero no se sentía solo. La televisión no le llamaba la atención. Y cine, poco, sobre todo italiano. Desde aquella película en la que a Antonio Ricci le robaron la bicicleta no ha vuelto a ver más cine del país del Dante. “Tanto realismo me agota y me cierra la imaginación”, se decía para autojustificarse. Leía durante un par de horas antes de retirarse a dormir. A veces dos o tres libros a la vez. Dejaba señalada la página y seguía leyendo indiscriminadamente. Pero el final de su lectura diaria, y como lenitivo para iniciar un plácido sueño, era la relectura de las diferentes frases de personas célebres, que había grabado en las paredes de su habitación: “La vida es como montar en bicicleta. Para mantener el equilibrio hay que seguir pedaleando”, de Albert Einstein. La que más le gustaba y que presidía el cabecero de su cama era la de J.F. Kennedy: “Nada es comparable al sencillo placer de dar un paseo en bicicleta”. Y así acababa por dormirse, con su imagen subido a una bicicleta, palpando el libro abierto, abandonado en la cama.

Por eso, cuando se anunciaba que habría exhibiciones de acrobacia en bicicleta, o alguna otra concentración de ese deporte, nunca dejaba de asistir. Lo disfrutaba, precisamente porque su trabajo representaba lo contrario de esa actividad: la incertidumbre del ciclista, el posible peligro, no solo de algún accidente, sino, sobre todo, de fracaso en la realización final de los competidores, lo suspendían en un miedo controlado, eso sí, pero que también lo sacaban de la rutina. Estas inquietudes las comentaba entre sus compañeros de trabajo: que, aunque su ilusión sería tener valor para participar como ciclista en alguna de esas modalidades deportivas, creía que nunca podría conseguirlo, solamente por miedo al fracaso. Repetía esta palabra mucho y que aquello que dijo Samuel Beckett, “Fracasaste. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez, pero fracasa mejor”, no le convencía. Pensaba que, en el mundo del trabajo, un error puede costar muy caro; a veces hasta la vida. Y a él le gustaba ir sobre seguro.

Ernesto formaba parte de una compañía en la que el jefe se portaba muy bien con sus subordinados. No controlaba excesivamente sus obligaciones diarias. Sí la hora de entradas y salidas. También observaba, sin que se notara, que todos y cada uno de los empleados cumplía con su cometido y que la empresa superaba cada año los objetivos. También, por esa misma razón, una gran parte de los beneficios eran repartidos equitativamente entre todos los trabajadores.

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Cuando llegó el día de los veinticinco años de vida de la empresa, el jefe sugirió que deberían hacerse un regalo entre todos. Fue una sugerencia que consistía en que cada empleado sorprendería a otro con algún regalo. Esa fue la idea del patrón, añadiendo a su propuesta que nadie sabría a quién entregaría su obsequio. Sería una sorpresa para todos. Cada empleado debía elegir, secretamente, a quién lo entregaría. El jefe lo tenía todo controlado. Los empleados, no tanto. Pero también mantuvieron un suspense que les agradaba y les motivaba.

Llegado el día, se reunieron todos en la sala principal de la empresa. Se colocaron mesas alrededor del recinto, muy bien ordenadas y repletas de platos con diferentes viandas y bebidas. Adornos oportunos en las paredes para que se notara que era una gran fiesta. Los buenos jefes saben que, si al trabajador se le mantiene contento, la empresa prospera.

Cuando llegó el momento de la entrega de regalos, nadie era conocedor de a quién entregaría cada compañero el suyo. Todos pensaron lo que podría ocurrir, dada la propuesta tan peculiar que se les hizo, pero siguieron su juego. El jefe sabía que su idea podría acarrear algún que otro disgusto entre el grupo de empleados, pero era un recurso más de comprobación sociométrica, dentro de otros varios que aplicaba esporádicamente para conocer la actitud de sus colaboradores. Siempre como estrategias para el bienestar de sus trabajadores y la prosperidad de la empresa.

El jefe invitó a todos a brindar por la empresa y por cada uno de sus integrantes. Se hizo el silencio consiguiente, mientras intentaban el sorbo de saludo, anteponiendo el ‘chinchín’ compartido, como sonido envolvente por el golpecito entre cristales. Así, el oído completó, con el ruidito de las copas, los otros cuatro sentidos con que el vino les iba a deleitar. Comían y bebían mientras charlaban entre ellos.

Cuando el jefe estimó que era el momento de la entrega de regalos, dijo: “Esta empresa ha nacido con vocación de progreso para todos nosotros y para la colectividad. Sabéis que no soy un explotador y que esta compañía paga sus impuestos como mandan las leyes del país. Pero lo que más me interesa es que vosotros estéis contentos y que, si el negocio prospera, vosotros también. Pero he decidido que este aniversario tan transcendente sirva para saber cómo habéis reaccionado ante la propuesta que os hice. Así pues, ya podéis ir a por vuestros regalos y entregarlos al compañero que habéis seleccionado para recibirlo”.

Veintinueve bicicletas salieron de la mano de otros tantos empleados, que se dirigieron todos hacia Ernesto. Sorprendido, quedó en silencio sin saber cómo reaccionar. Todo lo imaginado sobre el mundo de la bicicleta se multiplicó. Se vio sentado en una, paseando alegremente por las calles de la ciudad; superando, en otra, montículos y escalones naturales y, alcanzando, en la más ligera, una velocidad inusitada en algún velódromo de competición. Sin miedo alguno al fracaso.

Tras esa entrega multitudinaria al compañero elegido, como si se tratara del trofeo que merece el primero que llega a la meta, siguió el abrazo del jefe y, seguidamente, un silencio total. Naturalmente, faltaba un regalo, el del propio Ernesto, el empleado fiel, constante, perfecto en su trabajo y rutinario en su comportamiento personal. Temeroso del fracaso.

Por una vez, desobedeció al jefe: no pensó en obsequiar a un único compañero. Cuando oyó aquel día la propuesta del patrón, inmediatamente, en su interior y en secreto como el resto de sus compañeros, meditó muy bien lo que iba a hacer en ese acto del veinticinco aniversario de la empresa.

Extendió una mirada rápida a todos los concurrentes y sacó un gran paquete envuelto en papel transparente, de lujo, con lacitos de colores multiplicados. Lo abrió ante la expectativa de todos y entregó a cada uno de sus compañeros y al jefe, un libro. Un mismo ejemplar para todos y cada uno de ellos de “El libro de las palabras robadas” del escritor larachense y malagueño Sergio Barce.

Quizás ustedes, lectores, estén haciéndose dos preguntas:

Una: ¿Por qué su compañero Ernesto les hace esa clase de regalo?

Dos: ¿Qué pretende el jefe con esa estrategia?

La mayoría terminaría esta historia así:

El empleado Ernesto, a la hora de decidir un obsequio para sus compañeros, pensó que, aunque un libro tiene un valor económico escaso, el que adquiere, cuando se lee, es incalculable económicamente, pues alcanza valor literario, estético, por todo lo que puede sugerir y motivar. Por otra parte, el jefe quería saber cómo reaccionaban sus trabajadores ante la recepción de un regalo y, sobre todo, quién de entre ellos sería el más indicado para sucederle algún día como principal responsable de la empresa. Pues eso.

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UN CAPÍTULO DE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Si buscáis una lectura para este verano, os recomiendo mi novela El libro de las palabras robadas, reeditada por Punto de Vista Editores en formato digital. 

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Os ofrezco la lectura de uno de los capítulos de esta novela que transcurre entre Málaga y Tánger, en una trama llena de intriga y secretos, una novela negra que no os dejará respiro.

Para adquirir el libro, podéis hacerlo a través del siguiente enlace:

http://puntodevistaeditores.com/catalogo/el-libro-de-las-palabras-robadas/

 

DALILA Y EL RUBIO

−¿Cuál es el primer recuerdo que conservas de Dalila?

Miré a Moses Shemtov, inseguro, pero no dudé al responder: la recuerdo junto a mi madre… Estábamos Silvia, Ágata, Dalila y yo sentados en una mesa, en la Pastelería La Española −Moses sonrió en cuanto nombré algo que le era tan entrañable−. Hacía mucho frío, y nos sirvieron unos vasos de chocolate humeantes con una bandeja de pasteles. Sólo logro evocar el sabor del chocolate líquido en mi boca, cómo quemaba. Sin embargo no sé por qué estábamos allí. Supongo que esperábamos a mi padre.

−Volvamos a la escena de tu novela −sugirió entonces Moses−, ésa en la que los protagonistas se dicen adiós definitivamente en el aeropuerto; y haz un esfuerzo, piensa en el instante en el que tus padres se despedían en el muelle de Tánger. Tómate todo el tiempo que necesites, pero quiero creer que es algo importante para ti.

Entorné los ojos, dando la última calada a mi pitillo antes de aplastarlo. El humo se elevó señorial, lento, igual que el que escapaba de las chimeneas del Ibn Battuta. Todo seguía ahí.

−El día anterior habíamos estado en la Plaza de Toros. Entramos después de que mi padre convenciera a un guarda que dormitaba bajo la sombra de una puerta entreabierta. Yo estaba junto a Dalila. Su mano se posaba en mi cuello y yo olía su perfume profundo y agradable. Mi padre nos miraba desde la puerta y nos sonrió, haciendo que nos acercásemos con un ademán. Dalila me cogió de la mano. Su vestido rojo rozaba mi brazo, sus tacones resonaban en el suelo y el portero la miró como si jamás hubiese visto una mujer igual. La penumbra del interior me hizo detenerme un instante, lo justo para que nos acostumbrásemos a la oscuridad, pero en seguida Damián nos guió hasta la puerta de cuadrillas. Entramos al ruedo por uno de los burladeros, eso me divirtió, y comencé a jugar por el callejón, entrando y saliendo por los otros burladeros, mientras Dalila y mi padre se dirigían al otro extremo. Damián hizo que ella se sentara en medio del tendido, yo los observaba desde la propia barrera, y notaba que algo especial había en sus miradas. Ella reía, y mi padre la fotografió varias veces.

−Ya vale, cariño –dijo ella en algún instante.

No me asombró en absoluto que llamara cariño a mi padre, imagino que a mi edad ciertas sutilezas pasaban por alto con facilidad.

−Sólo una más –suplicó él, absorbido por su entusiasmo.

Dalila me miró, y nos sonreímos de nuevo. Ella me gustaba. Tenía una manera dulce de posar sus ojos, su boca albergaba un algo que me perturbaba, era demasiado niño para darme cuenta entonces de que simplemente me atraía. Bajó al ruedo, y me abrazó. Yo me dejé hacer porque sentir sus turgentes pechos aplastándose contra mi cuerpo pasó a ser el acontecimiento más extraordinario de todos mis viajes. Me rendí a ella.

Salimos de allí, Dalila asida del brazo de mi padre y yo a su mano, a la que me había entregado como un esclavo. Sólo deseaba que en cuanto estuviésemos en el hotel volviera a abrazarme de la misma manera. Sus pechos se habían convertido en el centro del mundo, e imaginarlos desnudos una profesión de fe.

Cuando llegamos al Continental ambos caminaban a una distancia prudente. Yo seguía atado a la mano de Dalila, a su perfume, al bamboleo de su falda roja que, de pronto, me insinuaba unas pantorrillas prohibidas. Había descubierto algo que hasta entonces jamás me había interesado: las mujeres. Pero en ese instante Dalila era la única mujer del universo que merecía mi atención. Trató de zafarse de mi mano, pero yo me resistía y, tras un suave tirón, desistió de intentarlo de nuevo. Subimos. Notaba que entre ellos había de pronto una distancia insalvable pese a que sólo estaban a unos centímetros uno del otro. Caminábamos por el corredor. La puerta de nuestra habitación se abrió, y Ágata apareció allí en medio, sin decir una palabra. Nos detuvimos, Dalila apretó mi mano y yo le correspondí haciendo lo mismo. Eso me hizo sentir especial, importante. Mi madre volvió a la habitación sin cerrar la puerta.

−Te amo –susurró él con tan escasa energía que creí que había dicho otra cosa.

−No vas a decirle nada…

La voz de Dalila se quebró, y noté que su sangre se congelaba, que sus dedos se contraían, y un segundo después sus labios se posaron en mi cara y noté que humedecía mi piel, no con ellos, sino con las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. El rimel se le había corrido, y su rostro parecía ahora demacrado y sucio. Me conmovió de tal modo que se libró de mi mano sin apenas esfuerzo, ni siquiera me había dado cuenta de que la soltaba, y entonces Damián me empujó hasta la habitación donde nos esperaba mi madre, callada como una tumba, perdida su miraba a través de la ventana. Yo me dirigí en seguida al dormitorio, sin detenerme a escuchar lo que comenzaban a decirse en voz baja, embrujado aún por aquella mujer fascinante. Sólo podía pensar en el contacto de sus senos, en su boca perfecta y en sus ojos, en la manera como miraba a la cámara de mi padre.

Cuando Damián despertó, yo había sacado de nuevo la fotografía de Dalila. La estudié tan detenidamente que fue un milagro que no se borrara. Estaba allí de nuevo, en la plaza, magnetizado por su manera de posar para que Damián consiguiera la imagen que guardaría con celo hasta entonces. Dalila no lo sabía aún, pero mi padre perseguía captar su donaire, su perfección, su aliento vital, y robárselo. Lo confesaba en las cartas, compungido, avergonzado y seguramente arrepentido. Y entonces me di cuenta de que Silvia tenía razón cuando me decía en su casa que algo había ocurrido en Tánger, porque Damián no buscó ningún campo de fútbol para fotografiarlo, como siempre había hecho antes. La respuesta estaba ahí, en ese retrato de Dalila, en esa visita a la Plaza de Toros de Tánger donde mi padre se olvidó del resto del mundo. Lo gracioso era que yo también me había enamorado de ella. Fue un amor infantil, virgen, el amor que se experimenta al abrir los ojos por primera vez al deseo, a la cándida atracción.

Al encontrarnos de nuevo en el puerto, mis cinco sentidos se pusieron en alerta. Quería volver a olerla, ansiaba tocarla, imploraba que sus labios me rozasen, incluso escuchar su voz se antojaba atractivo. Todo fue, sin embargo, rápido y frío, como si las cosas hubiesen de ocurrir por pura inercia.

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Y AHORA… UNOS MINUTOS DE PUBLICIDAD

Cuando descubro uno de mis libros entre las manos de un posible (o de un seguro) lector, creo haber logrado poner una pica en Flandes, y siento una especie de orgullo porque esa persona se haya interesado en mi obra, pero también la responsabilidad ante la incertidumbre de saber si mis palabras lograrán convencerlo de que ha acertado con su elección.

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PABLO CANTOS, HABLANDO DE MI NOVELA «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE»

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UNA SIRENA con MORAD Y MÓNICA

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Sergio, Julio y Pilar

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Sergio & Monica

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MALAGA - PRESENTACION DE UNA SIRENA SE AHOGO EN LARACHE

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MALAGA - FERIA DEL LIBRO

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MADRID FERIA DEL LIBRO 2013

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MADRID - CON EL ESCRITOR LUIS CAZORLA

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A CONTINUACIÓN, MÁS IMÁGENES…

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«EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», DE SERGIO BARCE

Aquí tenéis el primero capítulo de mi novela El libro de las palabras robadas (Punto de Vista Editores, 2016). Una historia que navega entre Málaga y Tánger, una historia en la que el pasado irrumpe en el presente y, lo que parecía inamovible, es dinamitado por los secretos que afloran de manera violenta e inesperada.

Espero que estas primeras páginas, os inciten a seguir leyendo la novela…

ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS

Moses Shemtov estaba de pie dándome la espalda con las manos metidas en los bolsillos y las piernas entreabiertas, su figura achaparrada silueteada contra el ventanal. Presumí que, desde la privilegiada atalaya de su consulta, sus ojos se perdían en el boulevard: el mirador con los viejos cañones vigilando el mar, la boca del puerto, su pasado glorioso. Apenas me había dirigido unas palabras, pero yo sabía que mi inesperado regreso le había alegrado.

−Dime, ¿quién era ese cuarto espectro que viste tras tu madre? −preguntó quedamente al girarse.

Nos miramos. No iba a decírselo y él lo sabía. Cuando sacó el móvil, dejé de respirar unos segundos como si mi sangre se hubiera congelado, y noté que algo en mi vida llegaba a su final, que ya no habría vuelta atrás. Pero hasta ese momento las cosas no habían sido tan fáciles.

Comencé a hablarle por primera vez del asunto varias semanas después de que Sara sugiriera que lo visitase, cuando ella comprendió que, pese al códice, si no hacía algo al respecto nuestro pequeño mundo podría llegar a quebrarse en cualquier momento. En esos instantes mi relación con Sara parecía naufragar sin remedio, y yo, por supuesto, no estaba dispuesto a que las circunstancias nos vencieran, quería luchar por ella, tenía que vencer por ella. Merecía la pena, era lo único que realmente merecía la pena porque ya sabía entonces que Sara lo significaba absolutamente todo para mí.

Las sesiones anteriores habían servido para tantearnos, para que Moses Shemtov se hiciera una idea de con quién bregaba. Le costó trabajo ganarse mi confianza, pero una vez que lo hubo logrado mi incontinencia verbal fue mi válvula de descompresión. Era un hombre listo, experimentado, aunque me resultaba extraño que siguiera ejerciendo en la ciudad. No había podido librarse de su embrujo, supongo, y con setenta y tres años seguía ahí, al pie del cañón, pese a las habladurías.

Le conté a Moses que había encontrado a mi madre recostada en un diván de cuero, con un vago aire de melancolía, vestida tan solo con unas enaguas blancas de encajes bordados a mano y con una fina medalla de oro al cuello. Y que también la había visto en ropa interior, arrebatadora. Le conté que siempre llevaba el cabello suelto y lacio sobre sus hombros desnudos, como una modelo de los sesenta que posara para David Hamilton. En las ocasiones en las que ella había aparecido, lo había hecho con no más de veinticuatro años, la edad con la que me tuvo. La sensación que me producía era como la de estar observándola mientras se movía en el interior de un diminuto acuario. Si me hablaba, jugueteaba con el pelo enredando las puntas entre sus dedos, que luego se deshacían solas. También le confesé que, en todas esas veces que la había descubierto en el interior del espejo de mi dormitorio, había tenido la sensación de que mi madre tenía la piel más blanca de como la recordaba, quizá porque ahí era más joven, y que sus labios irradiaban una sensualidad excesiva. Fuera como fuese, lo cierto es que, salvo la primera vez que sucedió, cuando terminábamos de hablar no me planteaba si podía tratarse de una alucinación o no, simplemente era algo que ocurría, sin más; y esos encuentros dejaban un sabor dulce en mi boca.

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Moses me miraba ahora sentado frente a mí, con las piernas cruzadas, sus ojos caídos protegidos por la montura de las gafas, moviendo entre los dedos su bolígrafo de oro. Hasta ese día no había conseguido nada en absoluto salvo mis confusas divagaciones, pero ahora todo era diferente.

−¿No crees que sería conveniente que comenzaras por el día en el que la viste por primera vez? Quiero decir por el día en el que te reencontraste con ella… −añadió frunciendo el ceño.

−Me parece bien –dije, asintiendo con la cabeza. Y me puse a hablar…

Ágata (nunca la llamamos mamá) resurgió el mismo día en el que su marido, mi padre, amenazó a una mujer con robarle el bolso y se presentaba mi tercera novela. Fue un día de enero, desapacible, con las nubes bajas y encapotadas en un cielo gris. Había una especie de tristeza natural que deslucía el color de los edificios, y las calles aparecían inusualmente solitarias. Recuerdo que habíamos llegado a la consulta del doctor Cascales cinco minutos antes de la cita fijada, aunque no entramos hasta una hora después. El tiempo se nos echaba encima.

Mi padre no paró de protestar desde que llegamos y se mostró especialmente inquieto con algo que yo no era capaz de adivinar. Cuando le preguntaba qué le ocurría, se limitaba a refunfuñar y a mirar para otro lado.

Yo tenía que estar a las ocho y media en la Librería Proteo, no podía fallar a la presentación de mi propia obra, así que también me pasé buena parte de la espera mirando al reloj. Damián no me acompañaría, no lo había hecho con las dos primeras novelas así que tampoco podía esperar un cambio a estas alturas. Mi padre no me perdonaba que para firmar mis libros hubiese eliminado su apellido… Él se llamaba Damián Urrea… En fin, yo prefería utilizar el de Ágata: Vázquez. Cuando comencé a hacerlo pensé que era un bonito homenaje a mi madre y a su mujer, pero él nunca supo apreciarlo.

La cita con el oculista la había concertado mi hermana Silvia mucho antes de que supiéramos que ese mismo día El libro de las palabras robadas comenzaría a dar sus primeros pasos, de manera que había decidido cumplir con el trámite del especialista y luego marcharme de inmediato al acto. A eso de las siete menos veinte llegó por fin nuestro turno.

Me incorporé, dejando la gabardina junto a mi padre, para seguir a la enfermera por el corredor. Damián vio cómo me alejaba alzando apenas los ojos de la revista de decoración que ojeaba sin interés desde hacía una hora. Me di cuenta de que él clavaba sus ojos en las piernas de la mujer que estaba sentada en el otro sillón de la sala de espera, con tal fijeza que ella se removió en el sillón. También intuí que le había dedicado alguna palabra entre dientes, pero lo vi hundir de nuevo su mirada en el mobiliario de las casas americanas de la Florida.

El caso es que, cuando el doctor Cascales terminaba de comprobar mi visión, y ya me guardaba en el bolsillo de la camisa la cartulina con mis nuevas dioptrías, la puerta se abrió de golpe y la enfermera asomó la cabeza visiblemente alterada.

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CELEBRANDO EL DÍA DEL LIBRO… Y LOS QUE VIENEN

Nada mejor que leyendo…

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PASEANDO con... HANANE HAYANI

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PASEANDO con... SONIA MORENO

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LA EMPERATRIZ con... SAFIA ABAHAJ

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Portada SOMBRAS EN SEPIA

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PASEANDO Y LA EMPERATRIZ con... ANGELA GARCIA SALAZAR

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UNA SIRENA con... MORAD EL JAOUHARI y MÓNICA LÓPEZ

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LA EMPERATRIZ con... SALVADOR LOPEZ BECERRA

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POR AMOR AL ARTE - portada

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EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS PVE

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