
http://tanger.cervantes.es/FichasCultura/Ficha112597_35_1.htm


«Otra manera de seguir la trama, es estar atentos a la ruta de los cigarrillos. Lo que me atrevería a llamar la “nico-travesía” en esta novela de Sergio Barce. Podría sugerir a algunos estudiosos del género narrativo (universitarios que se propongan una tesis tras la lectura de esta sorprendente novela), que observen el ritmo que aporta a esta novela el uso de los cigarrillos; las situaciones que condicionan su uso y abuso por parte del protagonista.
En efecto, Elio Vázquez es un fumador empedernido. Y su psicoterapeuta, Moses Shemtov, lo sabe. A veces utiliza esta obsesión de su paciente por los cigarrillos (sobre todo de marca) para sonsacar sus traumas, que se traducen, en definitiva, en el relato de toda la historia contada desde ese “diván del psicólogo”: la novela que escribe un narrador-escritor dentro de su propia novela.
Veamos el alarde del narrador sobre la variedad de marcas de cigarrillos, siempre con un significado dentro de las diferentes situaciones del protagonista: Winston, Fortuna, Malboro, Philips Morris, Chesterfield, Ken, Gauloises, Camel, Gold Carlo, Salem, Pacific, Davidott, Baltimore, Pall Mall, Djarum Balck, Dunhill Special Reserve, State Express, Jhon Player Special, Du Maurier, y el exquisito Gitanes…»
«…Resulta imposible una completa y rica interpretación (y disfrute) de “El Libro de la palabras robadas”, si un lector no empata con “las expectativas” propuestas por el narrador en la intromisión de personajes como Robert de Niro en la película “Uno de los nuestros”; la novela “Pacífico” de Garriga Vela; “La Tregua” de Mario Benedetti, “El Libro de arena”, de Borges y “Las bibliotecas de Dédalo”, de Enis Batur; así como los lugares malagueños Librería Proteo, la Escuela de Idiomas, Ciudad Jardín, El Mercado y, sobre todo la relevancia de la idealizada ciudad africana de Tánger, metáfora final de toda la aventura narrada: El sol era deslumbrante y la temperatura, tibia y agradable, me abrazó en una suerte de bienvenida. Olía a mar, a salitre, a madera mojada y a pescado, y todos me eran cercanos, olores archivados en la carpeta de mi niñez, nos dice refiriéndose a esta ciudad…
¿Se trata de una novela de acción? ¿De personaje? ¿De terror o misterio al estilo de Howard Phillips Lovecraft? ¿De suspense? ¿De amor? Pues creo que tiene de todo un poco este libro “misteriosamente escrito”…»
Sergio Barce, febrero 2017
ALGUNAS IMÁGENES DE LA PRESENTACIÓN Y CELEBRACIÓN POSTERIOR…
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ME LLAMO SULEIMÁN de Antonio Lozano
por Sergio Barce
Me llamo Suleimán. No te preocupes si no lo recuerdas, si no recuerdas de qué me conoces. Aquí, nadie me conoce. A menudo hasta siento que soy invisible, pero no, no lo soy. Aunque a veces me gustaría serlo. Mucho. Por ejemplo, cuando bajé del cayuco que me trajo hasta la playa y descubrí que muchos blancos en bañador, unos tumbados en la arena y otros jugando a la pelota, o corriendo por la orilla, me miraban asombrados, deseé ser invisible…
Así comienza Me llamo Suleimán, la novela de Antonio Lozano.
La voz de Suleimán resuena aún en mi cabeza al acabar el libro. Puedo imaginarlo. Antonio Lozano le ha dado alma a ese joven, casi un niño al comenzar su historia, que abandona su tierra para escapar de la miseria.
Dice Suleimán al hablar de su pueblo: “la felicidad, allá, significa no darse cuenta de que la miseria se come a tu familia, a tus vecinos, a tu ciudad. A tu país”
Estremecedor acompañar a Suleimán por las páginas escritas por Antonio, como si formásemos parte de él, como si fuésemos él, y la experiencia es traumática.
Antonio me hace viajar en un camión destartalado desde Malí, cruzando el inhóspito Sahara, hasta la frontera con Melilla. No es amable, porque no me oculta ninguno de los padecimientos de ese viaje descorazonador. Un viaje de injusticias. Me hace sentir además la vergüenza que siente Suleimán encerrado en ese camión, como un cerdo. Cuenta Suleimán que, después de aquello, cuando veía un camión con cerdos sentía rabia; y dice: “siento rabia porque los veo y me reconozco, no lo puedo evitar. Sobre todo en la mirada, sobre todo en la manera de ir, de dejarse llevar”.
Yo decido seguir a Suleimán, y aunque pasamos malos tragos, creo que Antonio va a dejarnos cruzar la valla. Me equivoco. Después de pasar tan malos momentos, sin embargo, no es esa su historia. Antonio me muestra la realidad de Suleimán, y esa realidad es más dura, más inclemente.
Antonio juega con las palabras y hace que Suleimán pronuncie frases lapidarias ante las que me quedo ensimismado, sin fuerzas.
Suleimán dice: “lo único mejor en el camión era que llevábamos con nosotros la esperanza de alcanzar lo que buscábamos, y eso, en el autobús, había muerto. Se había acabado, habíamos cambiado la esperanza por la vergüenza, por el fracaso. Y eso es peor que el más apestoso de los olores”.
Y añade más adelante: “nadie está para hacer amigos en esos viajes, para contar su vida. Como mucho, para compartir tu miedo, el horror”.
Y es que hay tanto dolor en este viaje de huida de la miseria…
Antonio describe una escena desgarradora cuando ya viajamos en el cayuco en dirección a Canarias. Yo leo las palabras de Antonio y escucho la voz agarrotada de Suleimán:
“…Fue al amanecer cuando un grito horrible rompió ese silencio, nos sacó a todos de nuestros pensamientos y oraciones. Lo había lanzado una de las madres, al darse cuenta de que su hijo no respiraba. El de Burkina se lanzó sobre ella, cogió al niño y le tocó el corazón, y después el pulso. Intentó devolverle la respiración apretándole el pecho con sus manos, pero no había nada que hacer. Lo volvió a poner en silencio entre los brazos de la madre…
(…) oía los gritos de Yunus ordenándome que lo echara al mar, y eso hice.
(…) El llanto de la mujer no se apagó, y sigue vivo aquí, dentro de mi cabeza”.
La emoción de este libro no sólo la transmite el dolor de esos personajes que nada tienen, también la noto en pequeños detalles que Antonio convierte en casi mágicos, como cuando a Suleimán, en el Centro de Acogida, ya en España, le dan material escolar.
Cuenta Suleimán: “El director, aquella tarde, nos repartió a cada uno una mochila con cuadernos y libros que, nos dijo, ya aprenderíamos a leer, y un estuche con bolígrafos, lápices de colores, goma, regla, en fin, una maravilla. Eso nos pareció, no te puedes imaginar cómo se nos abrieron los ojos, sobre todo con los lápices de colores. No es que no los hubiéramos visto antes, pero tan nuevos, y además nuestros… La verdad es que eso nos ayudó a pasar esa noche con la ilusión de que al fin, al día siguiente, empezarían a ocurrir cosas nuevas en nuestras vidas. Cosas nuevas y buenas…”
Suleimán está en Canarias. Antonio me cuenta ahora detalles de la nueva vida de Suleimán. Lo veo mejor, ha crecido, pero a medida que la historia avanza, descubro otra clase de miserias. El miedo al extraño, al diferente, crea monstruos. Sin embargo, Suleimán parece capaz de sortear los últimos obstáculos para alcanzar su objetivo… ¿Pero deja Antonio que los logre?
Creo que para saberlo solo les queda embarcarse en este emocionante pero inimaginable viaje junto a Suleimán, y dejarse llevar por las palabras sabias y humanas de una persona que transmite una gran generosidad y que escribe como quien respira, sin el menor esfuerzo: Antonio Lozano.
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Entre Málaga y Tánger, entre tiempos presentes y pasados, entre recuerdos que transitan en la memoria del protagonista, Barce compone una novela negra llena de amor por los libros, el cine y los ambientes cargados de humo.
Víctor Pérez
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