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ARTISTAS, CREADORES E INTÉRPRETES, NACIDOS EN MARRUECOS – 4

 

Cuarta entrega de artistas, creadores e intérpretes nacidos en Marruecos:

ALBERTO NEGRÍN

(Casablanca, 1940)

ALBERTO NEGRÍN

ALBERTO NEGRÍN

Realizador de cine y televisión, es también director de teatro, productor y fotógrafo. Sus padres, de origen italiano, se establecieron, como en las buenas películas, en Casablanca huyendo de la dictadura de Mussolini.

Alberto Negrín comenzó en teatro, entrando a formar parte del Pequeño Teatro, en 1962.

Como realizador, ha cosechado numerosos éxitos, especialmente con series y films para la televisión. Entre sus trabajos destacan: La quinta mujer, Mussolini y yo (Mussolini and I, 1985) que protagonizaron Bob Hoskins, Susan Sarandon y Anthony Hopkins; El secreto del Sáhara (Il segreto del Sahara, 1987) con Michael York, Ben Kingsley y Andie McDowell; El viaje del terror: la verdadera historia del Achille Lauro (Voyage of terror: The Achille Lauro affair, 1990) que protagonizaron Burt Lancaster, Eva Marie Saint y Dominique Sanda; Naná (1999) con Francesca Dellera, Perlasca (Perlasca, un eroe italiano, 2002), La torre de la soledad, El corazón en el pozo (2005), El último de los Corleonesi (2007) o Mi ricordo Anna Frank (2009) .

También dirigió una versión de Platero y yo, en 1968. Su último trabajo para televisión, hasta ahora, ha sido la mini serie Tango per la libertá (2015).

En su faceta de fotógrafo, sus obras aparecen en publicaciones tan prestigiosas como Historia Ilustrada o El Europeo.

Mussolini e io

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SANDRA MOZAROWSKY

(Tánger, 1958 – Madrid, 1977)

SANDRA MOZAROWSKY

SANDRA MOZAROWSKY

Actriz famosa por los films eróticos que protagonizó en los años setenta, su verdadero nombre era Alexandra Elena Mozarowsky Ruiz de Frías. Nacida en Tánger, su padre era un diplomático ruso.

Entró en el cine como actriz infantil de la mano del realizador Pedro Lazaga en la película El otro árbol de Guernica (1969). Entre su filmografía, se podría destacar films tan emblemáticos del cine de “destape” como Lo verde empieza en los Pirineos (1973) de Vicente Escrivá, Manolo la nuit (1973) de Mariano Ozores, Cuando el cuerno suena (1975) de Luis M. Delgado o Sensualidad (1975) de Germán Lorente, película que reunía, en torno al gran Fernando Fernán Gómez, a varias de las actrices más eróticas del momento: Amparo Muñoz, Blanca Estrada, Pilar Velázquez y la propia Sandra Mozarowsky. Otras películas en las que intervino fueron El mariscal del infierno (1974) de León Klimovsky, La noche de las gaviotas (1975) de Amando de Ossorio o Beatriz (1976) de Gonzalo Suárez. También hizo televisión, en series como Curro Jiménez.

Su carrera y su vida acabaron trágicamente al caer desde la terraza de su domicilio en 1977, con apenas diecinueve años.

ANGEL NEGRO

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LUIS ALVAREZ

(Arcila, 1929 – Masmoléne, 1997)

LUIS ALVAREZ

LUIS ALVAREZ

Pintor y artista plástico. Vivió en Larache y Tánger hasta 1951, año en el que llegó a París. Estudió en la Escuela del Louvre y elaboró decorados para películas de la Paramount.

En 1955 llegó a Villeneuve-lès-Avignon, donde trabajó creando decorados para el Festival de Avignon y de Villeneuve-lès-Avignon. En esta localidad, donde vivió muchos años, hay una placa en su honor con uno de sus cuadros como fondo.

Su obra fue reconocida internacionalmente: obtuvo el Primer premio de pintura de Villeneuve-lès-Avignon en 1961, el Primer premio de pintura de las Chorégies d’Orange en 1962 y la Medalla de Oro de la exposición de Montsauve en Sauveterre. Y expuso sucesivamente en el Palacio de los Papas de Avignon, Estrasburgo, Niza, Marsella, París, Tolosa y, por fin, en el Castillo de Lascours en Laudun, donde una sala lleva su nombre.

Muy inspirado por los paisajes gardonienses, se instaló en 1982 en el pueblo de Masmolène, cerca de Uzès, donde realizó numerosos cuadros de esta región, de la cual se había enamorado.

TANGERINA de Luis Alvarez

TANGERINA – obra de Luis Alvarez

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GAD ELMALEH

(Casablanca, 1971)

GAD ELMALEH

GAD ELMALEH

Actor, director, humorista y guionista. Tiene ascendencia judía marroquí. Vivió en Canadá, donde estudió ciencias políticas. Famoso por sus monólogos, siempre ha hecho gala de un fino sentido del humor sobre su origen marroquí, y algunos de sus espectáculos teatrales han retratado acertadamente este aspecto de su personalidad.

Ha trabajado en radio y night clubs. Reconocido actor de cine, especialmente por varios éxitos en Francia, su popularidad se disparó a raíz de su relación sentimental con Carlota Casiraghi.

Entre sus films más conocidos: El tren de la vida (Train de vie, 1998) de Radu Mihaileanu, Chouchou (2003) del realizador argelino Merzak Allouache, El juego de los idiotas (La doublure, 2006) de Francis Veber, Un engaño de lujo (Hors de prix, 2006) de Pierre Salvadori, junto a Audrey Tautou; la deliciosa La felicidad nunca viene sola (Un bonheur n´arrive jamais seul, 2012) de James Huth, que protagonizó con Sophie Marceau o El capital (Le capital, 2012) del gran Costa Gravras.

También ha intervenido en Midnight in Paris (2011) de Woody Allen, La espuma de los días (L´ecume des jours, 2013) de Michel Gondry, y ha prestado su voz a uno de los personajes del film de Steven Spielberg Las aventuras de Tintín (The adventures of Tintin, 2011).

UN BONHEUR...

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JOSÉ LUIS DEL BARCO

(Tetuán, 1941)

Director artístico, ha trabajado en los equipos de decoración y arte de películas tan conocidas como Los nuevos españoles (1974) de Roberto Bodegas, Parranda (1977) de Gonzalo Suárez, Vota a Gundisalvo (1977) de Pedro Lazaga, Solos en la madrugada (1978) de José Luis Garci, La colmena (1982) de Mario Camus, 1492: la conquista del paraíso (1942: conquest of Paradise, 1992) y Gladiator (2000) ambas de Ridley Scott.

También, para televisión, ha sido el responsable del diseño de producción de la serie Las nuevas aventuras del Zorro (1990-1993), dirigida por Richard C. Sarafian o Ray Austin, entre otros.

ZORRO

 

 

 

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LARACHE, EN EL “LIBRO DE ORO IBERO AMERICANO” DE LA EXPOSICIÓN DE SEVILLA DE 1929

PORTADA

Con ocasión de la Exposición Iberoamericana de Sevilla (llamada también Exposición Universal), inaugurada el 9 de mayo de 1929 y clausurada el 21 de junio de 1930, y que fue la primera Exposición Internacional para dar muestra del hermanamiento entre los países de la Península Ibérica con América, se editó un libro catálogo: el Libro de Oro Ibero Americano. Catálogo Oficial.

Libro de oro

En este impresionante catálogo hay páginas dedicadas a Larache, Alcazarquivir y Arcila, que son las que traigo a mi blog. Y como aparece la ciudad del Lucus, Mariano Bertuchi me lo ha hecho llegar como siempre hace cada vez que encuentra algo de mi querida Larache.

Cabe recordar que la impresionante Plaza de España de Larache fue consecuencia directa de esta Exposición de Sevilla, ya que tanto el diseño como el tipo de cerámica y motivos utilizados en la plaza eran réplica de la de Sevilla, construida ex profeso para ese evento. Mientras que en sus bancos aparecen representadas todas las provincias de España en paños de azulejos, así como los bustos de españoles ilustres en sus muros, en la de Larache aparecían (lástima utilizar el tiempo verbal pasado) pasajes de El Quijote.

La reseña en el catálogo es un breve esbozo de historia de Larache, de la que me ha llamado la atención esa mención a la isla de Genra, que luego fue tierra firme; el que en esa época se estuviera montando un museo en Larache con los restos arqueológicos encontrados en Lixus (se indica en el catálogo que ya había más de 2.000 objetos) que obviamente nadie sabe desde hace tiempo dónde estarán; la descripción del Vivero y del Campo de Experimentación para agricultores y ganaderos o los detalles que se cuentan de la yeguada de Smidel-Má.

En fin, que me ha parecido un documento tan curioso como relevante para subrayar una vez más que Larache siempre ha sido un lugar privilegiado y excepcional.

Aquella plaza de Larache desapareció, y no puedo dejar pasar la ocasión para acusar una vez más a los autores de ese atentado cultural contra la ciudad que, por capricho, por desidia, por pura incultura, decidieron que no tenía ningún valor, ni arquitectónico ni histórico, y, sin embargo, ahí están los archivos para demostrarles todo lo contrario.

Sergio Barce, octubre 2014

LARACHE 1 (M.Bertuchi)

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LARACHE 2

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LARACHE 3

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LARACHE 4

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GRABADO

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“ÁNGEL VÁZQUEZ EN LOS PAPELES”, POR SONIA GARCÍA SOUBRIET

En 1962, la novela Se enciende y se apaga una luz del escritor tangerino Ángel Vázquez, resultó finalista del Premio Planeta. No era la primera vez que Vázquez se quedaba a las puertas de un galardón. Ya en 1956 su novelita El cuarto de los niños ocupó el mismo lugar junto a otras dos en el Premio Sésamo de Novela Corta y en 1960 ocurre lo mismo con su relato Reuma en el concurso de cuentos organizado por la revista Blanco y Negro. Sin embargo, aquel año el Premio Planeta dio un giro imprevisto y por motivos administrativos (presentación simultánea a otro concurso) tal y como lo explica Rafael Vázquez Zamora, la novela El sol y las bestias de Concha Alós queda eliminada y se proclama ganador al finalista Ángel Vázquez.

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Así comienza el libro de bolsillo –nunca mejor dicho, porque el tamaño del volumen cabe casi en una mano- de Sonia García Soubriet Ángel Vázquez en los papeles que compré, junto a otros libros, el pasado verano en la Galería Aplanos de Assilah. Están publicados por la Editorial Khbar Bladna, empresa que desde 2002, de la mano de Gustave de Staël y Elena  Prentice, vienen editando primero un periódico semanal y libros de bolsillo, que califican de “utilidad pública”, escritos en árabe dariya, y desde 2009 amplían el catálogo de sus pequeños libros con obras, todas ellas de autores marroquíes o relacionados con Marruecos, en francés, inglés, español y otros idiomas.

SONIA GARCÍA SOUBRIET

SONIA GARCÍA SOUBRIET

El libro de bolsillo que nos ocupa, se edita en español y francés, y nos ofrece, en muy pocas páginas, una semblanza más que interesante de la compleja personalidad de Ángel Vázquez, el autor de la inmortal La vida perra de Juanita Narboni. 

Emilio Sanz de Soto recuerda que al hablar de Se enciende y se apaga una luz, Ángel Vázquez decía: “Nada más volverla a hojear me entran ganas de vomitar”. En su opinión, sobre esta novela –totalmente ajena a lo que entonces se escribía en España-, el único que supo adivinar (en su crítica) valores literarios muy personales, fue Antonio Tovar.

Eduardo Haro Tecglen, que fue director del Diario España,  en Tánger, y amigo de Vázquez, recuerda numerosas anécdotas del escritor:

<Vázquez no echaba las cartas. No las suyas, que no las escribía nunca; las de los lugares donde trabajaba. Otro amigo nuestro, el abogado Torrabadella, le colocó en su despacho. Todos los días, a la  hora de salir, le daba el manojo de cartas del día y el dinero para el franqueo. Antonio Ángel iba pasando por los bares, bebiendo poco a poco el dinero de los sellos. Al final llegaba a Correos, con cartas pero sin dinero: las tiraba a la alcantarilla. Se perdían plazos, citaciones, comparecencias, minutas, peticiones, para siempre>.

Condensadas en 62 páginas (si se lee en español solo es la mitad, la otra es en francés, como apuntaba más arriba, así que la lectura es muy rápida), Sonia García recoge anécdotas jugosas como la que antes reproduzco, nos desvela la personalidad solitaria, extraña e inconformista de este novelista único y diferente, repasa su obra literaria y acaba con la muerte de Ángel Vázquez en el olvido más absoluto en una pensión de Madrid, donde vivía solo, lejos de su amado Tánger.

Sergio Barce, noviembre 2013   

ANGEL VAZQUEZ

ANGEL VAZQUEZ

   

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“AQUELLOS MAESTROS DE LARACHE”, por SERGIO BARCE

En la página 15 del álbum de fotos de Larache que estoy exponiendo para todos en este blog, hay una imagen de los profesores del Colegio Yudah Levi, aunque no sé el año exacto de la foto, así que la vuelvo a poner. Me escribe Carlos Tessainer para tratar de identificar a los que aparecen en esta fotografía, Gracias a la colaboración de Carlos Tessainer, José Edery y Charo Matamala, han podido ser identificadas las siguientes personas:

– Fila del fondo y todos de pie, conforme se mira la fotografía y de izquierda a derecha: Aarón MEDINA FERERES, Manuel MATAMALA RIQUELME,, Mesody AMSELEM, Chimol OBADÍA, Jesús GARIJO LAPEÑA (entonces Director del Grupo Escolar España); con gafas Antonio GARCÍA (que fue durante un tiempo director del Yudá Haleví). La señora vestida de negro es Mercedes CHAMORRO, en aquel momento Directora del centro. Junto a ella, su marido Antonio DELMAS, que aparece con el sombrero en la mano y una franja en su chaqueta en señal de que estaba de luto. No era maestro, sino  Ayudante de Obras Públicas, y posiblemente fue a posar para la fotografía al ser marido de la Directora. Y por último, Aurelio GÓMEZ PAÑOS.

-En la primera fila y todos sentados, conforme se mira la fotograqfía y de izquierda a derecha: Domingo (no se ha podido conseguir su apellido), César MONTORO, Estrella ABECASIS FERERES (mujer y prima hermana de Aarón MEDINA FERERES), es la señora rubia y con traje de cuadros y sentada tras la anterior Celia BENCHIMOL, con blusa blanca y falda negra.

Esta estampa es el germen de este breve escrito que dedico a todos los profesores y maestros que han impartido clases en Larache, y a todos los colegios,tanto a los musulmanes, cristianos y hebreos como a los aconfesionales que había en nuestro pueblo. Y para hacer este pequeño homenaje, he tomado como hilo conductor a una maestra nacida en Larache y que trabajó toda su vida para sus alumnos, y que, además, desarrolló su hermosa labor en centros de todos los credos. Es María del Carmen Rubio López, aunque todos los larachenses que la llamamos Carmina. Sigue leyendo

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FRAGMENTO DE “YEBEL ALÁM”, NOVELA INÉDITA DE SERGIO BARCE

EL RAISUNI

YEBEL ALÁM” es una novela de aventuras que narra las vicisitudes de Dukali Bencassim, un médico tanyerino que, por diversos azares de la vida, se verá formando parte de las huestes de El Raisuni (curiosamente un personaje que nos ha atraído tanto a Luis Cazorla en su novela “La ciudad del Lucus” como a Carlos Tessainer en su libro “El Raisuni, aliado y enemigo de España“, todos autores larachenses). Sea como fuere, en esta novela que aún no he publicado, me acerco al personaje de una manera romántica, tratando de sumergir al lector en una aventura tan trepidante como la del protagonista de mi historia, que se ve seducido por la figura de Raisuni y por la de otro hombre misterioso y desconcertante…

Sergio Barce, en Asilah

Esa misma mañana una parte del campamento, un grupo bien escogido, se puso en marcha con el estruendo del trueno. El resto se quedaba para mantener la posición de Akba el Hammara donde El-Cherif cobraba en dinero y en especies de los viajeros obligados a pasar por esa zona, y también para frenar las incursiones esporádicas que efectuaban las harkas del Majzén. De Akba el Hammara el El-Cherif se nutría de fondos para armar a sus huestes y hasta de nuevos seguidores, pues hasta algunos de los mercaderes a los que se les exigía tributo terminaban por unirse incondicionalmente a su causa.

Avanzamos con relativa rapidez y en esa jornada llegamos muy cerca de Asilah. Acampamos en una playa de onduladas siluetas rodeada de matorrales y alcornoques. No éramos más de treinta hombres. Al caer la noche, el sueño se apoderó de mí y apenas intercambié unas palabras livianas con Hakim el Fiero. Me agradaba su compañía. Tenía algo de filósofo y de adivino, y se advertía en sus cavilaciones que le importaban más sus hombres que cualquier otra cosa. Hasta ese instante, salvo Hakim, ninguno de los hombres me había ofrecido mayor confianza, aunque tampoco me sentía desplazado. Soñé, por supuesto, con Yadiya y ella ocupó mi primer pensamiento del día siguiente.

Me despertaron sin demasiado tacto, zarandeándome en el suelo.

-¡Levanta, Dukali Bencassim! ¡Vamos!

Hakim soltó una carcajada desde su caballo.

-Vamos, Jamal, sé más amable con el doctor…

Vi al hombre de la cicatriz inclinado sobre mí. Su cara burlona me miraba con una exagerada excitación.

-Levanta, levanta. Vienes con nosotros.

-Vamos de caza –añadió Hakim–. Despabílate.

Tan de cerca, pensé que la cicatriz que partía la mejilla de Jamal asemejaba un riachuelo reseco. Me incorporé aturdido y cansado. Mi caballo ya estaba listo. El hombre de la barba oscura y roma, con un movimiento rápido de gato montés, me acercó una torta de pan.

Sin apenas respiro, salimos de la playa internándonos en un bosque. Íbamos en fila. Primero Hakim el Fiero, luego el hombre más joven que había conocido en la jaima y del que aún no sabía nada, yo lo seguía de cerca, y, tras de mí, Jamal.

Sus caballos eran impresionantes, de pura sangre, fuertes, altivos. Estaban acostumbrados a largos desplazamientos y refriegas violentas. La yegua de Hakim tenía un pelo negro brillante cuidadosamente cepillado. La trataba como si fuese una de sus mujeres y acariciaba su cuello con suaves palmadas tranquilizadoras y animosas, y le hablaba al oído.

Jamal también montaba otra hermosa jaca, más alta, más presumida, con la crin canela cubriendo el robusto cuello del animal, de un tono más claro que el resto del cuerpo. Presumía de montura y, a veces, retaba a Hakim a una carrera de resistencia que solía ganar con soltura. El joven, en contraste con ellos, tenía un caballo negro azabache, nervioso, de sangre caliente.

Oíamos el gruñido de los jabalíes y el aleteo denso de las tórtolas, el rumor de las hojas de los árboles entrelazándose, un inmenso pulmón resoplando con lentitud. Vi cómo Hakim el Fiero desenfundaba su fusil y cómo el joven lo imitaba, así que supuse que Jamal haría lo mismo. Sus movimientos eran lentos y experimentados. Sabían moverse en la espesura, igual que una flor abriendo sus frágiles pétalos. Los caballos avanzaban pero sus pisadas eran igualmente mudas. Podía tocar el aliento del bosque, más cercano, más espeso y embaucador.

De pronto, Hakim levantó el fusil a medio cuerpo, como una prolongación de su brazo, y todos nos detuvimos conteniendo la respiración. Oíamos unos crujidos de ramas secas, luego unos golpes en el suelo y, a continuación, unos gritos agudos que inquietaban. Sentía el sudor por todo mi cuerpo.

El joven que me precedía desmontó y avanzó como una leve e imperceptible brisa, apenas rozando los matorrales. El negro brillo de su caballo era como un borrón de tinta en medio del verde silvestre. Los gritos se transformaron en un vocerío ensordecedor, de tonos agudos y graves, de adultos y de cachorros. Debía de tratarse de toda una manada.

Había perdido al joven de vista. Se había deslizado por entre Hakim y unos arbustos. De improviso, un silencio de bruma, áspero, incómodo. Hakim me miró por encima del hombro. Le iba a hacer una señal cuando silbó un disparo. El bosque se encogió y al instante los pájaros escaparon de sus nidos, los jabalíes salieron en estampida arramblando con todo lo que se les ponía por delante, los monos trataban de escapar de su cazador. Era un rugir aterrorizado de cientos de animales. Sentía que los mismos árboles parecían retraerse enmascarando sus espectaculares ramas verdes. El poder del fuego. El poder destructor del hombre.

Poco después escuchamos la voz del joven llamándonos. Había derribado a un macho, un mono enorme de pelo marrón largo y sucio, que tenía cara de anciano. Me impresionó su expresiva mueca contenida en su boca entreabierta, con los dientes amarillos asomando como el teclado de un viejo piano.

-Hoy tendremos un buen festín –bramó Jamal al contemplar el cadáver.

El joven era un cazador consumado. No había dejado de hablar de sus cacerías por esos bosques de Asilah. Los prefería a cualquier otro lugar porque los monos de esas tierras eran los más hermosos. Me pregunté si no era un grave pecado acabar con ellos si eran tan increíbles, pero mi reflexión no salió de mi boca. Los tres se mostraban tan entusiasmados con la presa que no me atreví a censurar su muerte.

Amarraron el mono a la grupa de la yegua de Jamal y proseguimos en busca de otra pieza. En el bosque se palpaba una indescifrable tensión, como si nos vigilaran desde las copas de los árboles. Un bosque de mil ojos. Un bosque de mil espíritus. Los djinn correteando, ocultándose tras de los troncos milenarios. Estábamos rodeados por los habitantes del bosque y, sin embargo, continuamos adentrándonos más y más en sus entrañas, como si desafiáramos sin decoro su poder telúrico.

Dimos con otro macho en plenitud de fuerza. También fue abatido por el fusil certero del joven, de un único y frío disparo. Hicimos un trecho del camino a pie y luego regresamos por la que pensé que había sido nuestra ruta de ida. Lo cierto es que todo el bosque parecía idéntico, un laberinto inextricable.

Al día siguiente, volvimos al bosque. Enseguida nos envolvió esa sensación de desamparo, de estar siendo observados desde todas las sombras. Buscamos incansablemente a las manadas de monos. Descubrí que el joven en particular disfrutaba de la cacería de un modo casi obsesivo. Sólo bastaba con escucharlo. Contó que, desde pequeño, ya se aventuraba por los montes cercanos a su aduar por el sólo placer de descubrir a los animales e imaginarse que los capturaba con sus manos. Por las noches, soñaba que su familia lo despertaba para que los defendiera de una furiosa jauría de chacales. Entonces él, tranquilamente, abandonaba su choza y les hablaba a los depredadores con su lenguaje de rugidos. Al poco, la jauría se apaciguaba y regresaba a la espesura del bosque. Era un sueño que se le repetía incansablemente.

Volvió el silencio. Seguíamos internándonos en el laberinto de árboles y en la maraña enloquecida de matas y arbustos. Entonces fue cuando escuchamos voces.

Para nuestra sorpresa, esa vez se trataban de voces humanas. Actuamos de la misma forma que habíamos hecho antes con los monos salvajes, acercándonos con el sigilo del leopardo. Creí entender alguna palabra en español, pensé que eran imaginaciones mías y no le di importancia. Era un murmullo, suave, acogedor. Yo trataba de imitar a los que me precedían y descabalgué con cuidado, mirando dónde ponía cada pie. Nos embozamos con los turbantes. Jamal me empujó suavemente para que me desentendiera de mi caballo. Estaban aleccionados, no iban a abandonarnos aunque los dejásemos sueltos. Las voces se hacían más claras, hasta que destacó sólo una que ofrecía café.

Reían. Eran dos hombres. Hakim dio un manotazo a los matorrales que los ocultaban y salimos a un mínimo claro del bosque. Allí estaban, en cuclillas, sorprendidos por nuestra irrupción pero en absoluto asustados. No movieron un músculo. Entonces lo reconocí y creí estar viendo a un fantasma.

Llevaba una barba más rubia que castaña, espesa, y los cabellos enmarañados y largos. Pero al enseñar sus dientes su sonrisa inconfundible me confirmó que se trataba de Roberto Sorzano. Tenía el mismo porte elegante bajo la chilaba negra aunque también era evidente su delgadez. El otro hombre era de tez oscura, mulato, de origen harratín sin duda, y por su actitud demostraba su condición servil. Embozado en mi turbante, Roberto no me había reconocido.

-¿Qué hace un enzeráni por estas tierras de Sahel? –La voz de Hakim el Fiero sonó como un trueno en el inmediato silencio que se había posado en ese lugar del bosque. Roberto y su acompañante seguían en cuclillas junto a la fogata y al café recién hecho.

-Vamos de viaje.

Luego oí al joven que serenamente se adelantaba y también adoptaba la posición acuclillada, muy cerca del fuego. Mostraba un temple extraordinario. No parecía ser de  los que dudan ante un inesperado contratiempo. Lo había visto en su frialdad ante los monos enloquecidos y ahora en la tranquilidad con la que se acercaba a unos desconocidos.

-¿Podemos tomar café con vosotros?

-Nada me complacería más -respondió Roberto con igual determinación y temple. Seguía siendo el mismo, resuelto e irreductible en su orgullo, escueto y certero en su respuesta.

Oí a Jamal atando a los caballos a unos arbustos y luego nos acercamos a nuestro audaz acompañante, sin que ninguno hubiese descubierto aún su rostro. Vi cómo el compañero de Roberto se incorporaba y cómo traía de su caballo otra bolsa con káhua con el que preparó un nuevo cacillo. Mientras, nos observamos con aparente indiferencia.

Yo aún no sabía qué hacer pero sentía una alegría inesperada que se abría camino por mi pecho y hacía temblar mis manos. Fisgaba en los nuevos surcos que se habían dibujado en la cara de Roberto. Tenía ojos cansados. Cuando levantaba los párpados lo hacía con lentitud y a cada uno de sus movimientos le imprimía un no sé qué de pesadumbre.

-¿Adónde os dirigís? –Habló de nuevo el hombre joven. Ahora, a su espalda, aun cuando sólo veía su nuca, percibía una presencia poderosa. Inclinaba el cuerpo con elegancia, y sus ademanes eran lo suficientemente educados como para que Roberto pudiera sentirse tranquilo. Descubrí entonces que era tan precavido como osado, tan calculador como Roberto. Pero también más astuto.

Roberto había metido una mano en la chilaba. Jamal se llevó la suya a la empuñadura de su gumía. Me mordí la lengua para no descubrirme, reprimiendo mi desbordada alegría. De la faltriquera que se ocultaba bajo la tela negra, Roberto sacó su reloj de bolsillo, con su cadena de plata, miró la hora, chasqueó la lengua y volvió a guardarlo.

-Buscamos a El-Cherif –se la jugó, porque podíamos ser mejaznia del Sultán. No era difícil dar con hombres del Majzén disfrazados de bandoleros intentando así echarle el guante a los cabecillas rebeldes.

-¿A El-Cherif? –Remedó el joven. Mis acompañantes se miraron con sorna. Luego dijo, dirigiéndose a Roberto: O eres muy valiente o muy estúpido. Si te dijese que nosotros también andamos en su busca…

Noté cómo a Roberto, pese a mantener la sonrisa, se le había congelado el gesto, quizás se le había pasado por la cabeza que podía ser ejecutado allí mismo. Se llevó una mano al cuello para tocar el medallón de oro, su medalla con la efigie de San Sebastián. Esos detalles me acercaban su tiempo de destierro voluntario.

-Los hombres del Uzir Ba Hamed ya nos habrían detenido sin hacer preguntas… –mis compañeros rieron. Yo ya conocía su significado y me relajé.

-Vaya, el enzeráni tiene razón…

El mtállem había llenado dos vasos y nos ofreció café hirviendo. Yo no me moví al observar que tanto Jamal como Hakim aguardaban la reacción del joven. Éste se había descubierto el rostro y, tras coger el vaso, bebió tranquilamente. Decidí permanecer embozado cuanto pudiese, lo que no me resultó demasiado difícil ya que hasta entonces nadie me había prestado la más mínima atención.

Mi acompañante más joven se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Sus ojos parecían afilados. Allí, a la mañana del claro del bosque, recorrí su barba y su piel inmaculada que contrastaba con las incrustadas fatigas que mostraban las de Jamal y Hakim el Fiero. Destacaba especialmente la mejilla herida para siempre de Jamal, que a veces parecía abrírsele como un gajo. Entonces el joven volvió a hablar.

-¿Qué quieres de El-Cherif?

-¿Puedes llevarme ante él? –Inquirió Roberto.

-Eres demasiado impulsivo, y eso es peligroso en estos días -volvió a dar un pequeño sorbo al café-. Quizás podría hacer algo por vosotros…

-Se alegrará de verme –la audacia de Roberto parecía no tener límites. Me pregunté qué pretendía con esa treta absurda-. Y también lo hará su lugarteniente, al que llaman Hakim el Fiero…

Apenas comprendía lo que estaba ocurriendo ante mis narices. Era una partida de ajedrez con trampas.

-¿Hakim el Fiero? –Fue el propio Hakim quien repitió su nombre con sorpresa.

-Me debe la vida. Como dicen por mi tierra, le saqué las castañas del fuego.

El joven miró a Hakim, que no apartaba sus dilatadas pupilas de Roberto. Estaba absolutamente perplejo. Pero una inesperada y ruidosa explosión de júbilo reventó de los labios del guerrero. Se abalanzó súbitamente sobre Roberto y lo abrazó estrechamente besándolo repetidamente en las mejillas.

-Loado sea el Profeta y Al´láh, Todopoderoso… ¡Yo soy Hakim y al fin veo tu feo rostro de enzeráni!

-Y yo el tuyo –añadió Roberto. Se fundieron en un nuevo abrazo. El mtállem se mostraba tan sorprendido como los demás que asistíamos a tan inesperado encuentro.

-He de suponer que tú eres el Diablo Rubio… –dijo el joven dando un bufido.

-Sí. Él es quien me ayudó en aquel infierno –añadió Hakim, orgulloso de estar al lado de Roberto Sorzano–. Si lo hubieseis visto luchar… era como si sus fuerzas nacieran del propio infierno. Jamás he visto tanto ardor, tanta ausencia de miedo en un hombre –había posado una mano en su hombro-. Si todos mis hombres fuesen como tú, nada podría detenernos… Has tenido suerte si pretendías encontrarme de esta manera.

-Me dijeron que podría hallar a El-Cherif en Sahel. Desde entonces, llevo varias semanas escarbando estas tierras.

-Así que en Sahel… A saber quiénes han sido tus informadores.

¿Te habrán seguido durante todo este tiempo? –Añadió Hakim entre dientes–. Y este interés tuyo por El-Cherif…

-Pensé que si lo encontraba, tú estarías con él…

-No te equivocabas, jái –y Hakim el Fiero se quedó mirando al joven que había terminado de beber sin prisas su café y que ahora se incorporaba lentamente-. Estás ante el hombre cuyo nombre es pronunciado una y mil veces por el viento… El señor de las montañas y descendiente del Profeta Mohammed, al que Al´láh, nuestro Hacedor, bendiga cada día. Estás ante Muley Ahmed Ben Mohamed el Raisuni el Alaui el Edrisi el Hassani, aquél a quienes unos llaman el Águila de Zinat y tú El-Cherif.

Roberto se adelantó con presteza y besó el borde de su chilaba. Luego, hizo lo mismo con sus pies. Súbitamente, ese hombre se había transformado ante mis ojos como si pasara de su hasta entonces evidente juventud a la plenitud de la madurez, y un temeroso respeto sustituyó a mi anterior indiferencia. Entonces oí a Jamal que, con risas entrecortadas, balbuceó:

-Dukali Bencassim… pareces una estatua de sal ¿Te has comido la lengua?

-Una de mis esclavas lo ha embrujado –añadió Hakim.

Estaba tan aturdido que apenas los oí. Eran demasiadas sorpresas, demasiadas emociones, y, no obstante, pude ver cómo la cara de Roberto se congestionaba tratando de reconocerme tras el embozo del turbante. Cuando me apretó contra su pecho, noté que su emocionado temblor era el mío y que las lágrimas que caían sobre mi cuello eran de una sinceridad hiriente.”


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