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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE “TÁNGER, SEGUNDA PATRIA”, DE ROCÍO ROJAS-MARCOS, EN MÁLAGA

El pasado 3 de abril, presenté el libro de Rocío Rojas-Marcos, Tánger, segunda patria (Almuzara – 2018) en el Centro Andaluz de las Letras. El acto lo dedicamos a la memoria de nuestro añorado amigo el escritor tangerino Antonio Lozano.

La autora del libro, Rocío Rojas-Marcos, es doctora en Literatura y Estética en la Sociedad de la Información, por la Universidad de Sevilla. Máster en Escritura Creativa, y Licenciada en Estudios Árabes e Islámicos. Entres sus numerosas publicaciones, las relacionadas con Tánger: Tánger, ciudad internacional; Carmen Laforet en Tánger y el libro que presentábamos: Tánger, segunda patria.

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Rocío Rojas-Marcos y Sergio Barce con varios amigos larachenses (Juan Picazo y Julio Zambrano, en los extremos) y tangerino.

El acto lo iniciamos con la lectura de un pequeño texto que escribí después de estar en Tánger el fin de semana anterior, y que me permito reproducir:

“El viernes pasado estuve en Tánger. En el Cap Spartel International Film Festival. Una visita extraña, que me ha hecho escribir estas líneas. Tal vez para exorcizar ciertos temores. No lo sé. Pero he de contarles mi peculiar experiencia.

La misma noche del viernes, cenaba en el Restaurant Au pain-nu, acompañado de tres amigos y rodeado de fotografías de Mohamed Chukri colgadas de las paredes. Estábamos en su restaurante favorito. No se nos ocurrió mejor lugar para reencontrarnos con su espíritu.

El ambiente estaba cargado de humo. Los clientes, todos hombres, bebían y fumaban sin mesura. Lo que, de algún modo, era una buena señal teniendo en cuenta que yo perseguía la sombra de Chukri. Y en tal caso, ¿qué mejor que un lugar donde reinaba el alcohol y el tabaco? Además, por un instante pensé que este ambiente me serviría de inspiración para una de las escenas de la nueva novela que escribo. Sin embargo, había algo intangible que me causaba cierto desasosiego.

Por primera vez me sentía desubicado. Por primera vez notaba que ya no pertenecía a esa tierra.

Curiosamente no me invadía ninguna nostalgia. Más bien un vacío o un extrañamiento. Era como si, de pronto, Tánger, y por extensión Larache y todo Marruecos, se hubiera transformado en algo distinto, en algo absolutamente ajeno.

Miraba a mi alrededor y también por primera vez deseaba marcharme, dejar atrás la ciudad, abandonar el país. Algo incomprensible para alguien como yo que necesito cruzar el estrecho de manera habitual para recobrar fuerzas y llenar los pulmones con el aire limpio y celeste de Tánger. Pero sucedía así. Era como si me asfixiara la realidad.

En algún instante de la cena, Ahmed Bilal me presentó a alguien de Larache que se encontraba también en el restaurante. El hombre me saludó efusivamente, empujado más por el vino que llevaba en el cuerpo que por la consciencia de estar frente a un paisano suyo. Su saludo me resultó falso. Y todo me pareció impostado. De pronto no sabía discernir si me encontraba en el restaurante favorito de Chukri o si estaba dentro de un relato que yo escribía en estado de trance ambientándolo en ese local.

Continuaba desorientado, como si el Tánger que adoro y que he idealizado se hubiese emborronado por una realidad prosaica y sucia.

Mientras Mrteh lo escuchaba hablar casi hipnotizado por su incansable verborrea, Morad me llenó una última copa, que vacié lentamente. Bebiendo a pequeños sorbos. Quería salir de allí, zafarme de ese entorno bochornoso y casi irrespirable. Y lo hice. Como si me liberara de un pesado lastre.

El efecto fue sorprendente. Al salir, me daba cuenta de que en realidad lo hacía porque no podía permitir que nada me robase Tánger, ni tampoco los sentimientos que guardo hacia mi tierra. Quería dejar atrás esa desazón extraña e impertinente.

Bilal, Morad, Mrteh y yo bajamos por el Boulevard hasta el Mirador de los Perezosos. Y me quedé en silencio observando las luces del puerto. Como si allí comenzara todo. Respiré hondo y me llené de Tánger. Y aunque no sabía si la ciudad que me rodeaba era la real o la literaria, me sentí de nuevo en paz, reconciliado y de nuevo embozado por su magia.

Sólo entonces tuve la certeza de que volvería sin remedio. Como si allí, efectivamente, comenzara todo. En Tánger.

Sergio Barce”

Hubo y hay un Tánger real, y hubo y hay un Tánger imaginado, literario. Rocío Rojas-Marcos se ha adentrado en profundidad en las dos caras de la ciudad: primero con su extraordinario trabajo Tánger, ciudad internacional, con el que hace un recorrido por las arterias de la ciudad real desde sus orígenes; y ahora, con este nuevo volumen titulado acertadamente Tánger, segunda patria, con el que se sumerge en la ciudad imaginada, la literaria. A través de sus páginas, Rocío nos guía por entre decenas de títulos de novelas, relatos y poemas que recrean una ciudad que bien ya no existe, que sólo habita en la imaginación de su autor, que nunca ha existido o que está delante de nuestras narices y no somos capaces de reconocer. Pero con este trabajo nos ayuda a poner orden y a no ahogarnos entre tantas páginas escritas. Un trabajo esencial.

Luego, Rocío nos habló de los autores y de los libros que hemos tomado a Tánger como inspiración, pero destacando especialmente la obra de Ángel Vázquez y de Ramón Buenventura. Y abrimos un coloquio apasionante y apasionado que nos sirvió para cambiar impresiones, opiniones y recuerdos. Un acto intimista en el que los tangerinos y los larachenses asistentes a la presentación disfrutaron hasta final.

Sergio Barce, abril 2019

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PALABRA ENCENDIDA

Hace muy pocas fechas, el poeta José Sarria daba su discurso de entrada a la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Nobles Artes de Córdoba con un ferviente alegato por la Literatura Hispanomagrebí, que tanto apoyo necesita. A León Cohen y a mí nos ha llenado de orgullo (y así lo hemos comentado) que Pepe Sarria nos haya incluido  en esta lista de autores (con la mayoría de ellos me une una larga amistad de años) que usamos al español como “palabra encendida”. Ya me llamó una vez autor transterrado, así que otra razón más para seguir escribiendo y alimentando este ir y venir de experiencias y vivencias compartidas.

Sergio Barce, febrero 2019

LA PALABRA ENCENDIDA
Breve análisis de la Literatura Hispanomagrebí
Por José Sarria 
Discurso de entrada a la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba.

“Pensar que escritores como los sefardíes Isaac Laredo, Moisés Garzón Serfaty o León Cohen Mesonero, los españoles Alberto España, Ángel Vázquez, Antonio Lozano, Rafael de Cózar, Pilar Quirosa o Sergio Barce o los marroquíes Mohamed Chakor, Mohamed Sibari o Abdellah Djbiluo son simples autores de una u otra orilla que se expresan en español es no alcanzar a entender la dimensión de lo que viene ocurriendo en los países vecinos con respecto al desarrollo de una nueva corriente creacional: la que denominamos como Literatura Hispanomagrebí”

JOSE SARRIA

“La Literatura Hispanomagrebí se conforma, pues por un abigarrado conjunto de autores magrebíes que incursionan en el territorio creativo/mental a través de la lengua del otro (Mohamed Chakor, Abderrahman el Fathi, Mohamed Sibari, Aziz Tazi, Mohamed Lahchiri, Larbi El Harti o Mohamed Bouissef Rekab), de autores españoles/sefardíes de la frontera que han magrebizado sus obras (Moisés Garzón Serfaty, Sergio Barce, Leon Cohen Mesonero o Mustapha Busfeha García) y de autores magrebíes de segundas generaciones (Najat El Hachmi, Zuer el Bakali, Leila Karrouch, Farid Othman-Bentria Ramos o Said el Kadaoui) que no solo escriben en español sino, incluso, en otras lenguas del Estado español, contribuyendo, todos ellos, al establecimiento de un crisol multicultural que tiene al español como “palabra encendida”.”

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ARTISTAS, CREADORES E INTÉRPRETES NACIDOS EN MARRUECOS – 2

Segunda entrega.

Tras José Luis Alcaine (Tánger, 1938), Amidou (Rabat, 1935 – París, 2013), Jesús Berenguer (Larache, 1942), Colette Mars (Tánger, 1916 – París, 1995) y José Ramón da Cruz (Tánger, 1961), hablemos de otros creadores y artistas nacidos en Marruecos.

 

LUIS MARTÍN SANTOS

(Larache, 1924 – Vitoria, 1964)

Uno de los autores más influyentes de la moderna literatura española, y cuya narrativa hemos tenido la suerte de estudiar durante el bachillerato.

LUIS MARTÍN-SANTOS

Nació en Larache, donde estaba destinado su padre, militar, durante el Protectorado español de Marruecos. Brillante médico, estudió en Salamanca y Alemania, y acaba dirigiendo el sanatorio psiquiátrico de San Sebastián a partir de 1951. Durante la dictadura sufrió la persecución del régimen y fue detenido en varias ocasiones por su militancia socialista.

Como decía antes, Martín-Santos es uno de los escritores que más han marcado la narrativa española, especialmente con su novela Tiempo de silencio (1962), considerada una obra maestra. Además de ensayos, estudios médicos, etc… es autor también del libro de relatos Apólogos, uno de poesía Grana gris, y de una novela inacabada: Tiempo de destrucción.

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PEDRO CASABLANC

(Casablanca,1963)

Su nombre artístico es un evidente homenaje a la ciudad marroquí donde nació. Su verdadero nombre es Pedro Manuel Ortiz Domínguez.

PEDRO CASABLANC

Pedro Casablanc es uno de los más sólidos actores del actual cine español. Comenzó haciendo teatro en Sevilla, y ya en Madrid ha obtenido importantes galardones por sus interpretaciones sobre las tablas. En cine y televisión, ha trabajado como actor de reparto en numerosas producciones, destacando en su filmografía películas como Días contados (1994) de Imanol Uribe, Los años bárbaros (1998) de Fernando Colomo, Su majestad Minor (Sa majesté Minor, 2007) de Jean-Jacques Annaud, Che: Guerrilla (2008) de Steven Soderbergh, Truman (2015) de Cesc Gay, El hombre de las mil caras (2016) de Alberto Rodríguez, Los últimos de Filipinas (2016) de Salvador Calvo, y como protagonista destacan Sicarius (2015) de Javier Muñoz, B (2015) de David Ilundian, papel por el que fue nominado al Goya como Mejor Actor, o Bajo la rosa (2017) de Josué Ramos.

Sus trabajos en series de televisión le han convertido en un actor muy popular: Los hombres de Paco (2006), La princesa de Éboli (2010), Hospital Central (2008-2011), Isabel (2011-2013), Mar de plástico (2016), entre otros. Ha obtenido varios premios como el Sant Jordi o de la Unión de Actores.

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ÁNGEL VÁZQUEZ

(Tánger, 1929 – Madrid, 1980)

Su nombre completo era Antonio Ángel Vázquez Molina. Personaje curioso donde los haya. Escritor afamado gracias a esa obra maestra que es La vida perra de Juanita Narboni. Cuando se habla de Tánger, se habla de Ángel Vázquez. Esta novela es el retrato descarnado de esos tangerinos que se quedaron en la ciudad, pero viviendo de los recuerdos de un Tánger que ya no existía.

ÁNGEL VÁZQUEZ

Desempeñó varios empleos, sin mucha fortuna, como vendedor en la famosa Librairie des Colonnes y colaboró en el Diario España de Tánger.

En 1962 ganó el Premio Planeta con su novela Se enciende y se apaga una luz, de la que él mismo renegaba.

Eduardo Haro Tecglen, que dirigió el Diario España, y que era amigo de Vázquez, recuerda que “…Vázquez no echaba las cartas. No las suyas, que no las escribía nunca; las de los lugares donde trabajaba. Otro amigo nuestro, el abogado Torrabadella, le colocó en su despacho. Todos los días, a la hora de salir, le daba el manojo de cartas del día y el dinero para el franqueo. Antonio Ángel iba pasando por los bares, bebiendo poco a poco el dinero de los sellos. Al final llegaba a Correos, con cartas, pero sin dinero: las tiraba a la alcantarilla. Se perdían plazos, citaciones, comparecencias, minutas, peticiones, para siempre…”

Su novela La vida perra de Juanita Narboni ha influido en numerosos escritores, y ha sido llevada al cine en dos ocasiones: en 1981, en la versión de Javier Aguirre, con Esperanza Roy como protagonista, y más reciente la dirigida por Farida Benlyazid, donde Juanita es interpretada por Mariola Fuentes.

Es autor de una tercera novela, Fiesta para una mujer sola (1964) y de numerosos relatos. Falleció en Madrid, solo, arruinado, abandonado, siempre añorando Tánger.

Curioso que dos de los autores más renombrados de la novela española del siglo XX hayan nacido en Marruecos: Marín-Santos y Vázquez.

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JEAN RENO

(Casablanca, 1948)

Hijo de padres andaluces (su padre era linotipista), su verdadero nombre es Juan Moreno y Herrera-Jiménez.

Jean Reno es uno de los actores franceses más famosos del cine actual. Versátil, ha sabido compaginar papeles violentos en los que interpretaba a delincuentes y personajes oscuros, con otros de comedia, policíacos, románticos y de aventura. Y en todos, ha salido airoso.

JEAN RENO

Sus trabajos para el realizador galo Luc Besson fueron los que le lanzaron al estrellato en películas como Kamikaze 1999 (1983), Subway (1985), El gran azul (Le grand bleu, 1988), Nikita (1990) y El profesional: Léon (Léon, 1994) en la que hace uno de sus mejores trabajos. A ellas hay que añadir sus películas cómicas, dirigido por Jean-Marie Poiré: Operación Chuleta de Ternera (L´opération Corned Beef, 1991), Los visitantes (Les visiteurs, 1993), Los visitantes regresan… (Les couloirs du temps: Les visiteurs II, 1998), Dos colgados en Chicago (Just visiting, 2001)…

Entre otros films que ha protagonizado en Francia, destacan: El jaguar (Le jaguar, 1996) de Francis Veber, Los ríos de color púrpura (Les rivières pourpres, 2000) de Mathieu Kassovitz, Que te calles (Tais-toi!, 2003) de Veber, o La redada (La rafle, 2010) de Rose Bosch.

Ha trabajado en diversas producciones internacionales como I love you (1985) de Marco Ferreri, French Kiss (1995) de Lawrence Kasdan, Más allá de las nubes (Al di lá delle nuvole, 1995) de Michelangelo Antonioni y Wim Wenders, Misión: Imposible (Mission: Impossible, 1996) de Brian de Palma, Por amor a Rosana (Roseanna´s grave, 1997) de Paul Weiland, Godzilla (1998) de Roland Emmerich, Ronin (1998) de John Frankenheimer, que coprotagonizó con Robert de Niro, Hotel Rwanda (2004) de Terry George, El tigre y la nieve (La tigre e la neve, 2005) de Roberto Benigni, La pantera rosa (The Pink Panther, 2006) de Shawn Levy, El código da Vinci (The Da Vinci code, 2006) de Ron Howard, con Tom Hanks, Margaret (2011) de Kenneth Lonergan o Hermanos del viento (2015) de Gerardo Olivares & Otman Perker.

Ha trabajado junto a actores y actrices como Marcello Mastroianni, Jeanne Moreau, Fanny Ardant, Tom Cruise, Kevin Kline, William Hurt, Dominique Sanda, Natalie Portman, Don Cheadle, Matt Damon, Mercedes Ruehl, Emmanuélle Beart, Isabelle Adjani…

Ha sido nominado en varias ocasiones al César como Mejor Intérprete, y ha sido reconocido por el Premio del Cine Europeo por su contribución artística. Es Caballero de la Legión de Honor en Francia y se le otorgó la Medalla al Mérito de las Bellas Artes en España.

 

 

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“ENCUENTRO EN TÁNGER”, UN RELATO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN MESONERO

Esta vez, se ha hecho de rogar. Pero es seguro que las cosas buenas necesitan su tiempo: un buen vino, una buena novela. Es el caso de este nuevo relato de mi paisano y amigo León Cohen. Una vez más, me lleva a aquel Tánger, el Gran Tánger, que tanto  nos inspira a los escritores desarraigados. Sus palabras, utilizando en especial a su admirado personaje de Juanita Narboni y las expresiones de jaquetía, son sabias, y encierran una explicación, un porqué, tal vez el significado de lo que es ser tanyaui.  Como siempre, me enorgullece poder contar con sus relatos en mi blog, y descubrir, entre líneas, algún guiño a Larache. Leamos, pues, a León.

Sergio Barce, enero 2017

Encuentro en Tánger

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Juanita  y Sol

Sol Bensusan era una joven tangerina como tantas otras, hasta que se le ocurrió escribirle una carta a Juanita Narboni que, para su sorpresa, dio la vuelta al mundo. Cualquiera puede encontrar la carta en Google. Juanita Narboni, como todos sabréis, se ha convertido con el paso de los años (la novela se publicó en 1976) en un arquetipo literario creado por el escritor también tangerino Ángel Vázquez, hasta tal punto que no sabremos nunca si Juanita fue un personaje real o ficticio. De manera que cuando en el año 2002, Sol le escribe a Juanita y le expresa su amistad y le transmite sus sentimientos, no sabemos si ambas se conocieron realmente o si Sol establece un diálogo con un personaje novelado. Al menos yo, tengo mis dudas. Tanto Sol como Juanita, poseen la impronta tangerina y eso se manifiesta en sus expresiones, en su manera de vivir su ciudad y de contar su pasado. Pero bueno, lo que yo como narrador pretendo, es relatar el encuentro de estas dos tangerinas, esperando que, del intercambio de vivencias, de reflexiones y de opiniones surja el milagro que ilumine el esplendor de Tánger y la memoria de sus habitantes. Es indiferente que ambas sean personajes reales o inventados.

Esta mañana de verano, Sol y Juanita se han citado en un café cercano a la playa municipal, junto al Hotel Rif. Sol está un poco nerviosa porque lleva años sin ver a su amiga Juanita. ¿Qué aspecto tendrá, qué habrá sido de ella, al bimier baharnes? Se pregunta mientras baja por la cuesta de la playa, qué quebradera, después hay que subirla, piensa. ¿Qué se dirán al verse de nuevo? ¿Cuánto les durará el primer silencio, ese que viene tras los besos y abrazos? Espero que poco, se dice Sol, que sea cortito por el Dio. Sol entra en el referido café y, apenas dentro, exclama: Uah mírala, es ella. Ahí está Juanita, sentada en una mesa con las piernas cruzadas, lleva gafas de sol y una especie de turbante de colores llamativos que le cubre parcialmente la cabeza. Conserva su tradicional elegancia tangerina. Parece salida de una película de los años 50. Llegado el momento tan esperado como temido por Sol, ambas mujeres se abrazan, se miden, se miran, como si nunca se hubieran visto.

VIDA PERRA, versión cinematográfica de Juanita Narboni, encarnada por Esperanza Roy

VIDA PERRA, versión cinematográfica de Juanita Narboni, encarnada por Esperanza Roy (del blog de Eduardo Sanz de Varona)

-¡Qué bien te conservas Juanita! Exclama Sol.

-Y tú qué joven estás Sol, nunca te hubiera imaginado así, tan lozana y hermosa, lo bueno.

Por fin se sientan.

-Mira Juanita, te he traído un regalito de España, por una parte, no sabía qué traerte, pero por otra no quería que, de nuestro encuentro, no te quedara ningún recuerdo, no es por lo material, ya me entiendes…

-No te hubieras molestado mujer, pues sabes muy bien que, desde que me dijiste que vendrías, no he podido olvidar el detalle. Muchas gracias de todos modos. Eres un diamante Solita.

Una vez pasados los primeros minutos e intercambiados los parabienes, ambas mujeres permanecen un tiempo en silencio, que Sol se encarga de romper.

-¿Juanita, te has parado alguna vez a pensar sobre nosotras y nuestra realidad? ¿Somos personajes de ficción o somos más bien la representación de muchas mujeres que vivieron en nuestra época y en nuestro lugar? 

-¿Qué importa que hayamos existido o no? ¿Y eso qué más da? -siguió Juanita-. Yo estoy convencida de que sino idénticas a nosotras, fueron muchas las Juanitas Narboni y las Soles Bensusan, con otros nombres sí, pero con vidas e inquietudes parecidas a las nuestras, en aquel Tánger de los 50 y los 60. Fíjate que cuando recibí tu primera carta, me sentí retratada y feliz porque alguien más reflejara con tanta precisión lo que yo misma había sentido en tantas ocasiones. Experimenté una sensación extraña, como si mi historia no hubiera acabado y su continuación me permitiera seguir viva. Ahora mismo estoy aquí de nuevo como si hubiera escapado del libro, hablando contigo, reina. Es casi un milagro. Es como si Ángel le hubiera dado el testigo a León para que siguiera.  Así que ahora podremos explayarnos y hablar de nuestro pueblo y también de nosotras.

-Han pasado cuarenta años desde que saliera tu vida perra a la luz, Juanita, yo soy algo más joven, hace solo una veintena de años que me convertí en personaje público -continuó Sol-. La pregunta que siempre me viene a la cabeza, Juanita, es: ¿Por qué Tánger? Yo nací en Larache, donde viví hasta los diecisiete, aunque casi la mitad de ese tiempo lo pasé entre Zoco-el-Arba y  Rabat, hasta que llegué a Tánger en el 64. Lo extraordinario no es cómo era entonces aquella ciudad, sino cómo la percibí y la interioricé yo, y cómo la convertí en mía para siempre. Tánger seguía siendo un espacio de mestizaje cultural y religioso, pero también social y político. Recordarás, Juanita, que habían bastantes centros educativos, como el Instituto español Severo Ochoa, el Liceo francés Regnault, el Instituto alemán Goethe, el italiano Dante Alighieri, la American School, el English College, además de los colegios marroquíes y de la Alianza israelita. No estaba nada mal para una ciudad que no alcanzaba los doscientos mil habitantes.

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-Es cierto -prosiguió Juanita-, que, el carácter o más precisamente la idiosincrasia tangerina, se forjó entre otras cosas, a base de afinar el oído y de familiarizarse con los sonidos, las entonaciones, las gesticulaciones y hasta los ruidos de tantos idiomas diferentes, que parecían fundirse en uno solo, cuando alguien pronunciaba: Arrête de déconner mon vieux, déjame en paz por favor, a jai baraka msdar. Como si necesitara decir las cosas en varios idiomas para ser entendido. Pero lo sorprendente, es que nadie podía adivinar cuál de estas tres lenguas era la materna de ese alguien. Porque los tangerinos no hablábamos varios idiomas, los interiorizábamos y los hacíamos nuestros. Decía un famoso filósofo español, creo que era Emilio Lledó: “Los otros son otros en la medida en que son diferentes de nosotros; la otredad es entonces esa posibilidad de reconocer, respetar y convivir con la diferencia”. Sin embargo, la manera tangerina de considerar la “otredad” enriquece, profundiza y amplía esa hermosa definición. No se trata ya solo de tolerar o de aceptar al otro, los tangerinos dimos un paso más, en el sentido de considerar al otro como a uno mismo, de ser, en definitiva, igual que el otro, de forma que el otro deja de ser otro y por tanto diferente. Y qué mejor para conseguirlo que hablar como el otro. Cuando una o uno se refería o pensaba en Gerard, Maurice, Khalid, Carmen, Alberto, Luigi o Rachida, solo veía unos rostros o más precisamente unos seres, cuyos nombres no eran más que etiquetas para distinguirlos, sin ningún otro prejuicio o componente racial, social o religioso. ¿Quién podría sentirse extranjero en aquel Tánger?

-¡Qué bien lo has expresado Juanita! -exclamó Sol-. Nunca olvidaré la frase de mi amiga Françoise, una italiana de origen, pero sobre todo una tangerina genuina: “Tánger es el único lugar donde me siento en casa”, me confesó una tarde noche durante un reencuentro de tangerinos en 2007. ¡Cuánta verdad y cuanto amor a su ciudad revelan sus palabras! A mí me estremecieron. Permíteme Juanita que dedique algunos minutos a hablarte de mi amiga Francesca, porque me consta que no llegaste a conocerla.

LA VIDA PERRA DE JUANITA NARBONI, interpretada por Mariola Fuentas, film dirigido por Farida Benlyazid

LA VIDA PERRA DE JUANITA NARBONI, interpretada por Mariola Fuentas, film dirigido por Farida Benlyazid

2

Francesca

-Francesca nació en Tánger a finales de la década de los años 40 del siglo XX. Sus padres se habían trasladado a nuestra ciudad huyendo de los bombardeos sobre Italia durante la segunda guerra mundial. Eran originarios de Aprilia, un pueblo distante solo 40 kilómetros de Roma. Francesca creció en el Tánger paradigmático de los 50. Primero en el colegio italiano donde cursó los estudios primarios y luego en el Lycée Regnault donde completó los secundarios. Fue tal su identificación con la cultura francesa que se hizo llamar Françoise, como todas sus compañeras la conocíamos. Con dieciséis años hablaba italiano, francés y español a la perfección, y como buena tangerina pasaba de una lengua a otra según le parecía y sin darse apenas cuenta. Cuando yo la conocí, debía de tener mi edad, diecisiete o dieciocho años. Chatita y pecosa, era una chica mona, sin más. Su atractivo residía en su sonrisa y en unas piernas nada desdeñables. En la década de los 70, se marchó a vivir a Paris, cuando el gran éxodo tangerino. Volví a verla en el año 2007, cuarenta años más tarde. Conservaba el mismo aspecto y el mismo atractivo. Me contó que se había casado en Paris con un judío tangerino y que había tenido una hija con él. Acabó separándose. Él, un hombre liberal y agnóstico en su juventud, se había convertido en alguien muy religioso e integrista. Su expresión reflejaba cierta melancolía cuando relataba su historia en el exilio parisino. Como si se diera cuenta de que su vida había sido una oportunidad fallida. Recuerdo sobre todo su mirada triste, vacía, ausente, que parecía recorrer todo su pasado, como si se preguntara una vez más por qué tuvo que abandonar su tierra. Había cierta amargura y desolación en esa constatación. Sin embargo, saberse en Tánger, aunque solo fuera por pocos días, parecía devolverle parte de la alegría perdida. Cuando me despedí de ella, comprendí mucho mejor lo que Tánger significó para todos los tangerinos y el dolor profundo e irremediable del exilio. Todas y todos nos convertimos en tangerinos errantes y vagamos por el mundo en una diáspora sin retorno. Ya sé que esta idea la he repetido en numerosas ocasiones de manera diferente, pero creo que es fiel reflejo de lo que ocurrió en nuestro interior.    

3

-Por lo que sé de ti, Sol -dijo Juanita-, tu llegada a Tánger coincidió con lo mejor de tu juventud. En esos años empezaron a desarrollarse tus inquietudes intelectuales y políticas. Y no sé hasta qué punto Tánger influyó o catalizó esos cambios personales. 

-No te equivocas Juanita -continuó Sol-. Conocí a tangerinos que, sin proponérselo, determinaron mi devenir, abriéndome puertas y caminos que desconocía y orientándome para seguir mi ruta vital. Fueron ellos, amigos y profesores, pero también la ciudad y lo que representaba. No sé si hablar de revelación sería apropiado, por la connotación religiosa que encierra esa palabra, pero algo de eso hubo.

-Indudablemente, una ha de estar preparada para recibir los magisterios, y ser los suficientemente permeable y sensible para que las influencias “positivas” penetren en nosotras. Quiero con esto significar que tú llegaste a Tánger en el momento preciso para que en ti tuviera lugar el cambio, la evolución o el descubrimiento, como quieras llamarle. La experiencia tangerina fue de algún modo la que faltaba para sumarse a las anteriores y llegó justo cuando tenía que haberlo hecho. Quizás por eso fue tan importante en tu vida.   

-No esperaba, amiga Juanita, que acabáramos reflexionando sobre las razones que convirtieron mi experiencia tangerina en algo insólito y definitivo. Pero todo puede pasar cuando dos personajes que basculan entre la ficción y la realidad se encuentran a medio camino entre ambas. Pero hablemos de ti, Juanita.

-De mí hay poco que añadir, casi todo lo dijo el malogrado de Ángel. Sigo llena de malentendidos, de contradicciones, y sigo llegando tarde a todos los sitios. Bueno, hay que decir que, a nuestra cita, he acudido muy puntual. Es broma. Quiero decir que siempre anduve unos pasos por detrás de la rueda de la vida. Y por eso se me escaparon casi todas las cosas buenas. Mis trenes pasaron de largo. Como ponía Ángel en mi boca: Dios le da pañuelos a quien no tiene mocos. A mí nunca me tocó la tómbola por muchas ferias a las que asistí. Pero sí puedo decir que vi el Gran circo Americano y a Manolita Chen. Y que tuve la suerte de vivir en el Gran Tánger. No debería quejarme reina. Pero yo soy así, como me parió mi madre. Por favor León, mi bueno, no sigas, porque vas a acabar escribiendo la segunda parte del libro de Vázquez. Y eso no, por favor, ya estoy harta, con una historia tuve bastante.

Las dos mujeres se abrazaron con ternura y complicidad y gritaron: ¡Viva Malabata! ¡Malabata for ever! Luego desaparecieron, se esfumaron para siempre. Si queréis encontrarlas, buscad, buscad y no descanséis nunca, seguro que se esconden en alguna morada tangerina, lejos, muy lejos de la realidad.  

                                                                                               León Cohen, enero 2017

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FRAGMENTO DE LA NOVELA “LA EMPERATRIZ DE TÁNGER” DE SERGIO BARCE

El poeta Víctor M. Pérez ha escrito sobre mi última novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015) lo siguiente:

Sin duda, La emperatriz de Tánger es uno de los momentos más brillantes en la narrativa de un escritor que se afianza en el panorama nacional. La sutileza, el exotismo, el dinamismo narrativo nos mantiene literalmente “pegados” a la historia. La habilidad de Sergio Barce es introducirnos e involucrarnos en las escenas que se convierten en imágenes reales en nuestra imaginación, sin duda, como decía Stevenson, cuando es el ojo de la mente el que lee, lo que vemos al leer queda grabado de forma indeleble en nuestra memoria. Esperamos la próxima historia de este novelista que es ya tan nuestro.

Para quienes aún no la hayan leído, les traigo un pequeño fragmento, ese en el que la trama transcurre en la Librairie des Colonnes.

(Foto: Ramón Tarrío)

(Foto: Ramón Tarrío)

 

   

(…) En su gran día, firmó ejemplares de la novela con dedicatorias similares, sin la menor originalidad. Había mucho público gracias a Isabelle Gerofi que había puesto la carne en el asador para que el libro circulase unos días antes. Ella misma, y su hermana Yvonne, no habían dudado en recomendarlo a sus fieles. Emilio Sanz de Soto hizo lo propio con su breve pero ardiente exposición. Pero le impresionaron aún más el optimismo que le demostraba Ángel Vázquez, un devorador de novelas que trabajaba como vendedor para la librería, y el fervor de una chiquilla, una estudiante que acompañaba a Emilio. Se llamaba Miriam Benasuly. Tenía unos ojos hambrientos, esa clase de mirada que se queda flotando en el aire unos segundos interminables tras entornar los párpados, esa clase de mirada que provoca el caos y que desestabiliza la ética. Hasta ese instante, había permanecido en un segundo plano, junto a Emilio Sanz, amigo íntimo de su padre al que había prometido llevarla a esa presentación.

La chica se le había acercado empujada por la admiración que sentía hacia él, pero también cohibida ante la idea de que, siendo tan joven, la ignorara. Se equivocó. Sintió de inmediato cómo Augusto Cobos le retenía su mano entre las suyas unos segundos más de lo que habría considerado como normal, con esa mirada con la que la taladró hasta el alma. Sorprendida, sólo pudo confesarle que estaba fascinada, que había terminado de leerla esa noche y que se moría por volver a hacerlo por segunda vez, y él supo, de inmediato, que no sólo le hablaba del libro. Notó fluir la sangre por las sienes, alterada y densa. Tenía delante a una niña y no sentía ninguna vergüenza por el inconfesable deseo que estaba experimentando. Tenía delante a una niña que era capaz de nublar al resto del mundo. Tenía delante a una niña y en realidad sólo veía a la mujer que iba a ser. No podía permitir que se le escapara el candor de su mirada, y decidió ser su guía, su maestro, su primer amante.

Sacó la pitillera de alpaca, la abrió, sin apartar la vista de esa jovencita, extrajo un cigarrillo y lo atrapó con los labios, como si lo que realmente quisiera cazar fuesen sus juveniles labios. Sintió que su pene se erguía, una erección pura y frenética. Y eso le produjo una rara estupefacción. Sin embargo, un segundo después, Miriam Benasuly era engullida por el resto de los que trataban de acercarse a Augusto Cobos para abrazarlo, y se separaron. Ángel Vázquez le hablaba de algún relato que escribía y que pretendía publicar, pero a él le importaba un bledo, sus cinco sentidos se habían emborrachado de esa niña y perdía el equilibrio al imaginarla entre sus brazos adultos.

Carmen Montes, con ese fino instinto femenino que a muchos hombres les parece terriblemente proverbial, había presenciado el cruce de sus miradas y se había sentido extrañamente incómoda e inquieta. De pronto, de manera absurda, no sólo se sintió mayor sino también demasiado vieja para librar batalla contra algo que aún no quería creer.

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