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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE “TÁNGER, SEGUNDA PATRIA”, DE ROCÍO ROJAS-MARCOS, EN MÁLAGA

El pasado 3 de abril, presenté el libro de Rocío Rojas-Marcos, Tánger, segunda patria (Almuzara – 2018) en el Centro Andaluz de las Letras. El acto lo dedicamos a la memoria de nuestro añorado amigo el escritor tangerino Antonio Lozano.

La autora del libro, Rocío Rojas-Marcos, es doctora en Literatura y Estética en la Sociedad de la Información, por la Universidad de Sevilla. Máster en Escritura Creativa, y Licenciada en Estudios Árabes e Islámicos. Entres sus numerosas publicaciones, las relacionadas con Tánger: Tánger, ciudad internacional; Carmen Laforet en Tánger y el libro que presentábamos: Tánger, segunda patria.

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Rocío Rojas-Marcos y Sergio Barce con varios amigos larachenses (Juan Picazo y Julio Zambrano, en los extremos) y tangerino.

El acto lo iniciamos con la lectura de un pequeño texto que escribí después de estar en Tánger el fin de semana anterior, y que me permito reproducir:

“El viernes pasado estuve en Tánger. En el Cap Spartel International Film Festival. Una visita extraña, que me ha hecho escribir estas líneas. Tal vez para exorcizar ciertos temores. No lo sé. Pero he de contarles mi peculiar experiencia.

La misma noche del viernes, cenaba en el Restaurant Au pain-nu, acompañado de tres amigos y rodeado de fotografías de Mohamed Chukri colgadas de las paredes. Estábamos en su restaurante favorito. No se nos ocurrió mejor lugar para reencontrarnos con su espíritu.

El ambiente estaba cargado de humo. Los clientes, todos hombres, bebían y fumaban sin mesura. Lo que, de algún modo, era una buena señal teniendo en cuenta que yo perseguía la sombra de Chukri. Y en tal caso, ¿qué mejor que un lugar donde reinaba el alcohol y el tabaco? Además, por un instante pensé que este ambiente me serviría de inspiración para una de las escenas de la nueva novela que escribo. Sin embargo, había algo intangible que me causaba cierto desasosiego.

Por primera vez me sentía desubicado. Por primera vez notaba que ya no pertenecía a esa tierra.

Curiosamente no me invadía ninguna nostalgia. Más bien un vacío o un extrañamiento. Era como si, de pronto, Tánger, y por extensión Larache y todo Marruecos, se hubiera transformado en algo distinto, en algo absolutamente ajeno.

Miraba a mi alrededor y también por primera vez deseaba marcharme, dejar atrás la ciudad, abandonar el país. Algo incomprensible para alguien como yo que necesito cruzar el estrecho de manera habitual para recobrar fuerzas y llenar los pulmones con el aire limpio y celeste de Tánger. Pero sucedía así. Era como si me asfixiara la realidad.

En algún instante de la cena, Ahmed Bilal me presentó a alguien de Larache que se encontraba también en el restaurante. El hombre me saludó efusivamente, empujado más por el vino que llevaba en el cuerpo que por la consciencia de estar frente a un paisano suyo. Su saludo me resultó falso. Y todo me pareció impostado. De pronto no sabía discernir si me encontraba en el restaurante favorito de Chukri o si estaba dentro de un relato que yo escribía en estado de trance ambientándolo en ese local.

Continuaba desorientado, como si el Tánger que adoro y que he idealizado se hubiese emborronado por una realidad prosaica y sucia.

Mientras Mrteh lo escuchaba hablar casi hipnotizado por su incansable verborrea, Morad me llenó una última copa, que vacié lentamente. Bebiendo a pequeños sorbos. Quería salir de allí, zafarme de ese entorno bochornoso y casi irrespirable. Y lo hice. Como si me liberara de un pesado lastre.

El efecto fue sorprendente. Al salir, me daba cuenta de que en realidad lo hacía porque no podía permitir que nada me robase Tánger, ni tampoco los sentimientos que guardo hacia mi tierra. Quería dejar atrás esa desazón extraña e impertinente.

Bilal, Morad, Mrteh y yo bajamos por el Boulevard hasta el Mirador de los Perezosos. Y me quedé en silencio observando las luces del puerto. Como si allí comenzara todo. Respiré hondo y me llené de Tánger. Y aunque no sabía si la ciudad que me rodeaba era la real o la literaria, me sentí de nuevo en paz, reconciliado y de nuevo embozado por su magia.

Sólo entonces tuve la certeza de que volvería sin remedio. Como si allí, efectivamente, comenzara todo. En Tánger.

Sergio Barce”

Hubo y hay un Tánger real, y hubo y hay un Tánger imaginado, literario. Rocío Rojas-Marcos se ha adentrado en profundidad en las dos caras de la ciudad: primero con su extraordinario trabajo Tánger, ciudad internacional, con el que hace un recorrido por las arterias de la ciudad real desde sus orígenes; y ahora, con este nuevo volumen titulado acertadamente Tánger, segunda patria, con el que se sumerge en la ciudad imaginada, la literaria. A través de sus páginas, Rocío nos guía por entre decenas de títulos de novelas, relatos y poemas que recrean una ciudad que bien ya no existe, que sólo habita en la imaginación de su autor, que nunca ha existido o que está delante de nuestras narices y no somos capaces de reconocer. Pero con este trabajo nos ayuda a poner orden y a no ahogarnos entre tantas páginas escritas. Un trabajo esencial.

Luego, Rocío nos habló de los autores y de los libros que hemos tomado a Tánger como inspiración, pero destacando especialmente la obra de Ángel Vázquez y de Ramón Buenventura. Y abrimos un coloquio apasionante y apasionado que nos sirvió para cambiar impresiones, opiniones y recuerdos. Un acto intimista en el que los tangerinos y los larachenses asistentes a la presentación disfrutaron hasta final.

Sergio Barce, abril 2019

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EL TÁNGER ACTUAL DE JAVIER VALENZUELA, EN EL COLOQUIO DEL PRÓXIMO DÍA 7 DE MARZO

Día 7 de marzo.

Tánger en nuestros libros.

Charla coloquio entre los escritores Javier Valenzuela, Rocío Rojas-Marcos y Sergio Barce.

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Limones negros de Javier Valenzuela (Anantes, 2017). Tras su anterior libro, Tangerina, reaparece Sepúlveda, su protagonista, un profesor del Instituto Cervantes de Tánger que, por azares de la vida, se ve envuelto en una nueva y oscura historia que nos introduce en la otra cara de la ciudad, más desconocida y más terrible. Una novela negra perfectamente ensamblada, que nos lleva por las calles del Tánger actual y por las arterias más podridas de la sociedad de ambas orillas. Limones negros es, además de una excelente novela noir, un caleidoscopio de Tánger, donde aparecen personajes reales, fácilmente reconocibles, y en la que la ciudad se convierte en parte fundamental de la trama. El conocimiento profundo que posee Javier Valenzuela de sus rincones y de sus habitantes, añaden un plus a la obra.  

En el encuentro del día 7 de marzo en Málaga, se cruzarán los personajes reales y ficticios del Tánger internacional y del Tánger de nuestros días, y los lugares emblemáticos de entonces y de ahora.

Fragmento de Limones negros:

“…El cielo, poco cubierto cuando entré en la jefatura, se había convertido en una masa cenicienta de nubes, una opresiva panza de burro. Eso me deprimía: no vivía en el sur para padecer la grisaille de Bruselas o Estrasburgo, el mal tiempo me transmitía la sensación de haber sido estafado por algún tipo de vendedor de seguros. Además, la escasez de luz solar ponía de relieve la suciedad, la pobreza y el abandono. Si un cielo gris realzaba en Londres y París el granito lustroso, el acero pulido y la buena pizarra de los tejados, aquí tan solo añadía una capa de ceniza a la desdicha.

Subí hasta la avenida Mohamed V y desde allí seguí subiendo hacia el punto, donde se alzaba el Hotel Rembrandt, en que esta se convertía en el bulevar Pasteur. Sentí que mi ánimo iba mejorando y supe que se lo debía a la gente. Como había escrito Paul Bowles, los marroquíes eran unos consumados actores teatrales. Siempre estaban interpretando, y hasta sobreactuando, los papeles que su dios, el destino o quien fuera les había atribuido a cada cual.

Sorteé a un loco que conversaba animadamente consigo mismo. Esquivé a un forzudo que llevaba una bombona de butano sobre los hombros como se lleva un cordero pascual al sacrificio. Tropecé con un chico con una sudadera con el retrato del Che Guevara que llevaba del brazo a una chica enlutada desde la coronilla a la punta de los pies. Ninguneé a un hombrecillo que me ofreció: <¿Reloj?, amigo>. Cedí el paso a una viejecita muy linda que conducía con estilo un carrito de inválido motorizado y modernísimo. La viejita llevaba gafas de pasta negra en un rostro de pajarito y vestía una chilaba y un hiyab con alegres estampados florales.

Tánger

Las mezquitas se pusieron a emitir la llamada a la oración del mediodía justo cuando pasaba por delante de la Librairie des Colonnes. Me detuve y oteé el escaparate. Me alegró ver que exhibía las obras de Chukri traducidas al castellano por Rajae Boumediane para la editorial Cabaret Voltaire. A continuación, en la terraza del Claridge, rechacé los servicios de un limpiabotas señalándole mis zapatillas deportivas. Recordé que Jamid, el limpiabotas que me adoptó cuando llegué a la ciudad, ya había fallecido y eso me pareció en cierto modo compasivo. En un tiempo en que hasta yo mismo me había pasado a las deportivas, a este oficio se le iba empequeñeciendo el mercado. ¿Terminarían desapareciendo como el de los aguadores?

Alcancé la Terraza de los Perezosos y allí, a la altura de la perfumería Madini, compré un cucurucho de maní y lo comí mientras contemplaba el grupito de manifestantes que hacía ondear banderas palestinas y gritaba consignas en árabe a favor de sus desdichados parientes de Tierra Santa.

Acordé conmigo mismo que, en vez de por la empinada Rue de Belgique, alcanzaría el Cervantes por la calle de México, aquella donde Messi tenía su negocio. Esperaba encontrarme su habitual animación comercial, pero me topé con medio centenar de hombres que comenzaban allí mismo sus plegarias, muchos con chilabas blancas. Se habían descalzado y colocado toallas o alfombrillas en la acera, y se postraban en dirección al levante, buscando el lejanísimo faro de La Meca. Coreaban alabanzas al Dios único de Abraham, Jesús y Mahoma.

Cambié de acera y fui siguiendo las subidas y bajadas de la calle de México hasta que, al fondo, cerrándola como una especie de puerta, vi desplegado el gran cartel del Instituto Cervantes, con su logo basado en la letra Ñ destacando en blanco sobre un fondo rojo. A la derecha, sobre los edificios, se colaba en la panorámica el alminar de la mezquita que llevaba el nombre de Mohamed V y había sido alzada tras la independencia de Marruecos con dinero de los jeques kuwaitíes.

Aceleré el paso y estuve a punto de caerme al suelo al calcular mal el movimiento de descenso en uno de los altísimos bordillos de las aceras de la ciudad.

Entré en el despacho de Paquita Torres, la secretaria del Cervantes, para preguntarle…”

Javier Valenzuela. Periodista y escritor, ha publicado once libros, los últimos las novelas Limones negros y Tangerina, ambas ambientadas en Tánger y de temática noir. Nacido en Granada en 1954, trabajó durante 30 años en El País, donde fue director adjunto y corresponsal en Beirut, Rabat, París y Washington. Entre 2004 y 2006 fue director general de Comunicación Internacional en La Moncloa. En 2013 fundó la revista tintaLibre. Vive a caballo entre Madrid, Tánger y la Alpujarra, y trabaja en una nueva novela negra que transcurre en el Madrid de la Guerra Civil.

Javier Valenzuela

Javier Valenzuela

 

 

 

 

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