

UNA PUERTA PINTADA DE AZUL
Abdeslam abre el candado y a continuación hace lo propio con la doble puerta de madera pintada de azul. Tiene la heredada manía de hacerlo siempre tras depositar la barra de hierro que asegura esa puerta sobre los adoquines. Tal vez sería más cómodo dejarla apoyada en la pared, entre el puesto de sidi Ahmed y el suyo, lo que le evitaría tener que doblarse como una alcayata para recogerla del suelo, pero así lo hacía Tahar y antes que él El Hach. No me calientes la cabeza, suele decir Abdeslam a quien le sugiere esa otra alternativa. Esta operación la viene repitiendo cada mañana cuando regresa del primer rezo desde hace más de cincuenta años. Luego, también invariablemente, coloca la mercancía que va a exponer bajo el techado, entre las dos columnas, y da un repaso a lo que deja en el interior de su pequeño bazar. Cuando acaba de distribuirlo todo, se arremanga la chilaba, se sienta en el bordillo de su local y con la mano sobre la frente dormita cerca de una hora hasta que llega Hamid con su té de la mañana y unos churros envueltos en papel de estraza. Con parsimonia abre el cartucho, lo extiende sobre el suelo, el papel ya manchado por el aceite, y sitúa el vaso con el té hirviendo al otro lado. Tras un largo minuto de aparente meditación, da el primer ruidoso sorbo al té con flor de azahar y a continuación mordisquea uno de los churros. Es uno de los pocos placeres de los que disfruta durante el día.
El silencio del Zoco Chico a esa hora de la mañana lo abraza de manera cálida, como si se tratara de una mujer que lo esperara con las primeras luces del alba para darle un beso de bienvenida. Mientras tanto, sus pequeños ojos negros olisquean a los que van llegando a ese pequeño rincón de Larache. Los reconoce a todos. Sabe de qué pie cojean, la mayoría son hijos de viejos compañeros del Istiqlal, y también conoce los secretos más recónditos de sus familias. Si contara todo lo que sabe de la gente de la Medina… Pero Abdeslam se limita a observarlos, a seguirlos con la mirada, a adivinar qué es lo que van a hacer a continuación. La mayoría, como él, también tienen sus manías y sus rutinas que se repiten una y otra vez.
Cuando el sol despunta por encima de los edificios y cae tímidamente sobre su cabeza es cuando recoge el papel de estraza ya sin restos de los churros, lo arruga, coge el vaso de té también vacío y se refugia en el interior del diminuto local. Le gusta entonces envolverse con el olor del cuero y del hierro, de la plata y del oro, de la lana y de la piel de cordero. Su microcosmos está lleno de pequeños objetos y de grandes sueños, aunque estos últimos, desde que Mariam falleciera, yacen adormilados en no sabe dónde.
Suele haber poco movimiento en el Zoco Chico durante la mañana. Si tiene suerte puede que baje algún nuevo cliente de la Maison Haute. Son visitantes acaudalados en su gran mayoría, pero son pocos y bastante rácanos a la hora de comprar. Además, en general, prefieren marcharse a Asilah para hacer sus compras, tal vez porque es un pueblo diseñado para turistas, pero eso es solo una presunción. Él prefiere a los que vienen del Hotel España. Son otro tipo de visitantes que buscan lugares más auténticos y, si se trata además de descendientes de larachenses españoles, sabe que tiene una venta segura. Lo de ser paisanos los enternece y flaquean a la hora de regatear y comprar algo. Para ellos en especial guarda pequeños anzuelos que sabe que les atraerá sin remedio, como unas botellas vacías que pertenecen a otro tiempo con logos grabados en los que puede leerse D.M.Ariza y Bengoa o bien Propiedad Montecatine Hnos., y en ambos casos también grabado el nombre de la ciudad de Larache bajo el título comercial, unas de vidrio azulado y otras esmeralda, y también les reserva pequeños programas de mano con títulos que se estrenaron hace mucho en el cine Ideal o en el Avenida…
Sergio Barce

“…Hablar de este Marruecos en lengua española ya es un acontecimiento en la crítica. Me refiero, por un lado, a un cuerpo social, intelectual, cultural y político que se encarga de pensar y discutir las cuestiones relacionadas con el mundo hispánico; y, por otro, a un imaginario de creencias, mitos, hábitos y costumbres que dan cuenta de este vínculo y traza en el aire <una comunidad del espíritu y de la sangre, del verbo encarnado> (Nicol, 1998 -1961-) y hace visible un ethos común. Al referirme a ambas nociones de este <cuerpo>, señalo un lugar desde donde se articula y se despliega esta serie de relatos de distinta índole que pretende sumarse al mundo de lengua española y su geodiscursividad; es decir, una sensibilidad particular asociada a dicha lengua, sus registros socio-semánticos y sus múltiples referencias geohistóricas, culturales y políticas.
Este Marruecos en lengua española es producto de tres fenómenos intelectuales, culturales y políticos que se pueden enumerar a continuación. El primero alude a la extensísima literatura en lengua española -y agregaría, europea y estadounidense- cuyo escenario es Marruecos; es decir, la producción literaria orientalista y africanista. El segundo se refiere al hispanismo en su vertiente diplomática durante las dos últimas décadas de la etapa protectoral y, en su vertiente académica, en el contexto del desarrollo de los departamentos de lengua y literatura en los ochenta y la consolidación de la investigación en los noventa. El tercero apunta a la literatura marroquí en lengua española que tiene lugar por allá de los años sesenta y se ha sofisticado en los ochenta. Estos tres discursos han forjado en el imaginario tanto intelectual como cultural una región atípica que es el Marruecos hispánico o de lengua española, ligado a su idiosincrasia, sus usos y costumbres, hábitos y prácticas, sus formas abigarradas de estar en el mundo…”

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