«Para leer una novela tan negra y sensual como La emperatriz de Tánger, de Sergio Barce, no hay nada mejor que hacerlo con unas cuantas cervezas a mano…» (C.Bukowski)



“…en esta novela (El libro de las palabras robadas), la ciudad es un lugar de contrabando, y en este caso, de un valioso libro, que contiene lo prohibido y, por consiguiente, debe estar protegido. Tánger y Dalila, ciudad y mujer son las encargadas de guardar este libro secreto; Dalila es una mujer extremadamente bella, como la ciudad:
<Era una mujer magnífica, en todos los sentidos. Y durante estos años he visto crecer a Sara, y, mientras era niña florecía, Tánger se marchitaba. Cuando Dalila murió, la ciudad se hizo más triste, y eso es verdad… Así es la vida, Elio, una sucesión de pequeños acontecimientos que llenan nuestro vacío…>
La ciudad está en estrecha relación con el resplandor de Dalila, personaje muerto, que revive en el recuerdo de Elio y que es recordada como tantos otros acontecimientos que ocurren en la vida de una persona. Aunque se marchitaba cuando la hija de Dalila crecía, como si Sara se alimentara de la belleza de la ciudad, simboliza el sueño inalcanzable o la mujer idealizada e imposible, la integridad ética, y Tánger se convierte en la guardiana final del códice porque siendo el paraíso anhelado de los protagonistas, ha de ser también el último refugio contra el mal. Elio vuelve a Tánger al final de una etapa de vacío y aturdimiento para vivir en paz con Sara.
<Lo que iba a ser un viaje relámpago se convirtió en toda una experiencia vital. Fue una vida irrepetible, idílica, bohemia. El Café Hafa se convirtió en el mejor lugar para ver la puesta de sol, siempre con un té humeante en la mesa y algo de kif. Se trataba únicamente de estar juntos en aquella casa y sumergirse en otro libro que revivía a través del códice. Fueron decenas de exquisiteces, de obras maestras.>
El hecho de no quedarse en Málaga es sinónimo de una atracción por la ciudad del Estrecho y el preciado códice. No se presentan lugares de encuentro, salvo la avenida principal: el bulevar, la casa de Marshan de Dalila Beniflah: <preguntó entonces a dónde debía levarlo, y el joven le indicó la dirección, en el barrio del Marshan. Por supuesto, la casa de la señorita Beniflah, respondió con cierta suficiencia. Condujo en silencio, Tánger se metía por los cinco sentidos, y el joven recién llegado aspiraba la esencia de la ciudad intuyendo que era un lugar del que iba a tardar en marcharse…>.”

SERGIO BARCE Y RANDA JEBROUNI

“…A medida que avanzaba la guerra y llegaban a Tánger las noticias de las victorias franquistas, la opinión iba inclinándose hacia los sublevados, siendo cada vez más frecuentes las camisas azules en locales y calles tangerinas. Incluso, como recordaba Domingo del Pino, entre los simpatizantes franquistas de otros países se vistió la camisa de Falange, como hizo la Duquesa de Guisa, heredera del trono de Francia y por ende monárquica legitimista, que apareció fotografiada en los periódicos tangerinos con camisa azul el día que los franquistas le impusieron el yugo y las flechas de plata. Se diría que al siempre liberal Tánger había llegado un adelanto de la realidad que se estaba imponiendo en Europa, de la que huían numerosos refugiados muchos de los cuales acudían a la ciudad cada vez en mayor número, dejando lo que adivinaban se iba a convertir en infierno. Ahora, quienes de forma creciente desembarcaban en el puerto no se encaminaban hacia el centro de la ciudad con alegría, sino con esa combinación de esperanza y desasosiego que siempre acompaña al refugiado. Todos ellos se unían a los partidarios de la República que habían logrado escapar de la represión del Protectorado español o de la Península, sin saber que para ellos Tánger no iba a tardar en convertirse en un sucedáneo de Ceuta o Tetuán. Entre los tipos más curiosos que recalaron en Tánger en estos años se encuentra el controvertido Josep Dencás, líder de Esquerra y Estat Catalá y uno de los protagonistas de los acontecimientos de 1934, cercano a los aún más complicados hermanos Badía, los gánsteres del catalanismo. Tras un temprano y equívoco exilio, pues coqueteó con el fascismo mussoliniano, que comenzó en 1936 y pasó por la Italia fascista, recaló en Tánger donde ejerció como médico.
Más suerte tuvieron los europeos que huían del nazismo, quienes en su mayor parte encontrarían en la libertad tangerina, en la que todas las contradicciones eran posibles, la seguridad suficiente para instalarse…”

