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UNOS PÁRRAFOS DE «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS», DE SERGIO BARCE

Mi nuevo libro El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal, 2022), se compone de diez relatos, cada uno de ellos bajo el título de un lugar emblemático de la ciudad: 9 DE ABRIL, BOULEVARD PASTEUR, AVENUE JOSAFAT, CABO MALABATA, HAFA, HOTEL REMBRANDT, DAR NIABA, BEIT HAHAYIM, EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS y CALLE SIAGHINS. Es como un largo paseo atemporal por Tánger.

Aquí os dejo un fragmento del relato AVENUE JOSAFAT: 

AVENUE JOSAFAT 

Después de cuarenta años no es fácil regresar, pero llega un instante en el que un cabo invisible tira de nosotros y nos arrastra al pasado en busca de un destello. Y aunque uno se reconoce en el espejo cada mañana, siempre hay una nueva arruga, una cana incipiente más, y mirar por encima del hombro solo causa desaliento. Ya casi nada es como fue, e incluso si las cosas van bien en nuestro pequeño entorno dejar la juventud atrás no es trago de buen gusto. 

Las calles de Tánger parecen otras, tan modernas, tan limpias, tan vigiladas. Hay nuevos edificios, barrios enteros que han deformado el plano urbanístico, que han hecho de la ciudad una metrópolis inabarcable, extendiéndose a derecha e izquierda de la bahía, por los cuatro puntos cardinales, salvo el imposible mar, multiplicándose igual que las cabezas de la Hidra de Lerna que, al ser cercenadas, se duplicaban. Ni siquiera Hércules, que, tras dar muerte al monstruo, lleva siglos escondido en su gruta tangerina, logra librarse de su presencia. A Carlos, ahora, le ocurre lo mismo. Desde su llegada al aeropuerto Ibn Battuta parece un borracho que bebiera sin mesura, atolondrado por lo que creía olvidado, absolutamente entregado a los recuerdos de una infancia lejana y de una adolescencia perdida. Un borracho que muere de sed porque sabe que los años dorados se han oxidado en un cuartucho maloliente. 

Deja el equipaje en el suelo al entrar en la habitación del Continental que sus padres ocuparon su último día en Tánger. La ha reservado exprofeso. Segunda planta, sobre el puerto. Se queda parado en medio, la luz filtrándose por la ventana como una lengua de lava blanca y resplandeciente, proyectándose sobre la cama de matrimonio que Carlos observa con una inusual ternura. Sabe que sus padres trataron de conciliar el sueño en otro colchón y quizá en otra cama esa última noche, pero era esta misma habitación. Su madre se acostó vestida, sin cambiarse, porque carecía de fuerzas para quitarse el abrigo e incluso se dejó puestas las medias y los zapatos de tacón. Su padre, por el contrario, se puso el pijama sin pensarlo, como hubiese hecho un autómata, y se tumbó sobre la colcha, sin deshacer, pegando su cuerpo a la espalda de ella. La abrazó y no cambiaron de postura hasta que amaneció. Carlos conocía estos detalles porque su madre se lo contó años más tarde. Y él, con dieciséis años, en la habitación de al lado, oyéndolos llorar, escuchando cómo se les desgarraba aún más el alma; solo, pensando en Haviva, sin haber podido decirle siquiera adiós, odiando al mundo. Un espectro que se le aparece a menudo en la duermevela, su único remordimiento. 

Ahora baja las escaleras y se reencuentra de pronto con aquellos años barnizados por el paso del tiempo, las mismas calles cubiertas de esta pátina de ausencia con la que prometió levantar un muro infranqueable. Jamás volvería. Como tampoco lo harían sus padres. Y ahora que su madre ha muerto, el juramento que hicieron queda anulado. Por eso regresa, como para confirmar que todo quedó sepultado para la eternidad. Sabe que ha de cauterizar sus dos grandes heridas, que si no lo hace ahora ya no habrá otra oportunidad. 

No le es difícil ratificar que su ciudad queda oculta tras el doblez de los años transcurridos, porque apenas quedan algunos negocios del viejo Tánger. El Café de París sigue manteniendo cierta apostura, aunque hay un algo deslucido en sus mesas y en sus clientes, como si anhelasen mantener el orgullo perdido sin conseguirlo del todo. Baja por el boulevard y sube a la derecha. Cuando llega a la puerta de Madame Porte, ve que no es más que otro local de McDonald´s el que lo recibe y entonces, asqueado, mira para otro lado. Había osado creer que volvería a sentarse donde lo hacían sus padres cada domingo, aquel rito familiar lleno de candor y dulce rutina, pero le acaban de amputar esa ilusión que albergaba por homenajearlos. Son muchos lustros desde que embarcaran rumbo a España y se da cuenta de que, lo que ahora pretende, es una mera ilusión, y que lo esencial de sus vidas eran esos detalles insignificantes. Nada de himnos ni de banderas, nada de patrias ilusorias. 

Camina muy lentamente demorando su destino. Ha dado tal rodeo que pasan casi tres horas antes de llegar. Teme una nueva decepción y por eso este paseo en espiral que no acababa nunca. Y, sin embargo, cuando al fin pisa la calle Josafat nota por vez primera el peso de la emoción, como si ese sentimiento se hubiera agazapado en las sombras durante estos casi cuatro decenios y ahora se convirtiesen en cuarenta quilos de silencio y de traición…

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TRES MUJERES EN CABO MALABATA, ÓLEO/TABLA, 120 X 80 CM., CONSUELO HERNÁNDEZ

El óleo cuelga sobre una pared en blanco. Su autora, Consuelo Hernández, anuncia que en próximas fechas se expondrá en el Instituto Cervantes de Tánger, donde tal vez con toda lógica deba estar, a unos diez kilómetros de cabo Malabata. Observo esta hermosa pintura, y concluyo que sólo puede nacer de una artista especial y brillante. Consuelo lo es. No es un gran descubrimiento por mi parte, pero lo consigno. Y, sin dejar de admirar esta obra, imagino que esas tres mujeres inanimadas se encuentran en este preciso instante justo allí, en Malabata, en esa misma actitud que muestran en el cuadro, y también imagino que me encuentro cerca de ellas. Estoy en el lugar que ocupó la pintora para plasmarlas, tal vez tomándome un té hirviendo que sorbo ruidosamente.

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Apenas las escucho, hablan en voz baja, pero en seguida deduzco que estoy frente a tres generaciones de una misma familia. La abuela me da la espalda, su hija está sentada a la izquierda y su nieta es la joven que permanece en pie. Intuyo que el abuelo ha fallecido no hace mucho. La nieta parece la más afectada, sin levantar la cabeza, pensativa y entristecida. Su madre recuerda los días en los que su padre venía hasta ese mismo lugar para sentarse frente al mar, perder la vista y entregarse al silencio. Parece que era su rincón favorito, al que venía una vez a la semana. La nieta solía acompañarlo de pequeña. Ahora se lamenta de no haber mantenido esa tradición en los últimos tiempos. Oigo a la madre reprochárselo, preguntándose por qué habría dejado de hacerlo, como si supiera algo que la avergonzara. La abuela tercia sin éxito, y no puede evitar que la mujer le echa en cara a su nieta que la han visto últimamente en el mirador de los perezosos hablando con ese muchacho tanyaui de la serrería. La abuela suelta una risita cuando oye la respuesta: se excusa diciendo que no sabe por qué iba a verlo, que el muchacho la había enredado con palabras que ella no comprendía. Sigo observándolas. Creo que la anciana es la más sensata de las tres. Y vuelvo a escuchar su risa reprimida antes de ordenar a su hija que se calle; luego, le dice a su nieta, a la que llama mi pequeña Hanan, que todo está bien, que lo hecho, hecho está, y que el abuelo Ahmed era feliz viéndola feliz. Y que ella, cuando fue joven, también se dejó enredar por las palabras de su abuelo. Descubro unas lágrimas cayendo por las mejillas de la joven, mientras su madre mueve la cabeza de un lado a otro con resignación. Durante unos minutos, permanecen en silencio. Sin la compañía de Ahmed, el tiempo que me queda de vida ya no tiene sentido para mí, sentencia la abuela. Las tres sin moverse, como paralizadas por esa frase lapidaria. Y entonces me doy cuenta de que el día, que había amanecido con un sol resplandeciente, se ha tornado gris, el cielo raso ha perdido el celeste habitual, el mar como de plomo, incluso las tres mujeres parecen embozadas por ese mismo tono de ausencia, por la ausencia de Ahmed. Sólo la tierra rojiza mantiene su color vivo y palpitante, como si cabo Malabata se resistiera a las inclemencias de todo tipo. Es una imagen de una tristeza solemne y profunda. Imagino a Consuelo en su estudio de pintura, acercando el pincel para dar un último retoque al hiyab de la pequeña Hanan y dar un paso atrás para revisar el resultado. Ahora sí, dice.

Sergio Barce, septiembre 2021

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