Hoy es el Día de las Librerías. He escrito varios relatos y alguna novela ambientados en librerías, como los cuentos <Librería Sueños>, que apareció en el libro colectivo Último encuentro en BiblioCafé (GB y Jam Ediciones – Valencia, 2014) o <La librería del tío Hugo>, publicado en otro volumen colectivo titulado Me estás pisando el Chéjov (Espai Literari – Barcelona, 2016), y la novela corta El laberinto de Max (Mitad Doble & Ediciones del Genal – Málaga, 2018). Pero quizá sea el cuento que escribí para el 50 Aniversario de la Librería Proteo de Málaga, el que me resulta más entrañable, porque fue un homenaje a Pablo Aranda y su libro infantil Fede quiere ser pirata, que, al final, se convirtió en un texto de admiración y cariño hacia Pablo y un homenaje a quienes durante años han estado al frente de la Librería Proteo. Así que hoy, en este día, me place recuperar mi relato El renacuajo de Pablo, rendir homenaje a las librerías con él y, sobre todo, recordar al amigo y al escritor Pablo Aranda, que sigue y seguirá con nosotros.
Sergio Barce, 11 de noviembre de 2022
EL RENACUAJO DE PABLO
Federico entró en Proteo y se dirigió a la sección de libros de aventuras. Allí era donde solía encontrar sus novelas favoritas. Las de piratas y bucaneros. Y en seguida comenzó a ojear el estante a la caza de algún título novedoso. Estaba tan absorto en sus pesquisas que apenas reparó en un hombre que lo miraba con curiosidad, arrugando los ojos que se escondían tras unas gafas de pasta.
-¿Tú no eres Fede? -le preguntó el hombre de las gafas de pasta acercándose a él.
-Sí. Me llamo Federico.
Los dos se estudiaron en silencio. Y aunque la cara de ese hombre con gafas le resultaba familiar, Federico no acababa de reconocerlo.
-Soy Pablo. Pablo Aranda. El famoso escritor de novelas de piratas -dijo muy serio, y luego sonrió-. No. Es broma. Pero sí que soy Pablo Aranda. El escritor que te creó. ¿Lo recuerdas?
-¿Tú eres mi padre? -Federico había palidecido al escucharlo.
-Tampoco exageremos -dijo rápidamente Pablo Aranda temiendo que su prole creciera sin proponérselo.- Te observaba sin poder entender que hayas logrado escapar de la novela en la que habitas. Y menos aún que hayas crecido tanto sin mi permiso.
-¿Ves? Eres mi padre. Y me abandonaste cuando cumplí los cinco años.
Pablo Aranda enmudeció. De pronto, ese niño se le antojaba impertinente y malencarado.
-Fede, tú tienes a tu padre. Un cobarde, cierto, pero es tu padre y te quiere mucho. Y otra cosa más: nadie te abandonó a los cinco años. Eso te lo estás inventando tú.
-Es lo que me dijo Sergio. Que me abandonaste para irte con unos soldados. Siempre te he esperado -y al decir esto, su voz se quebró.
Federico giró la cabeza dejando que su mirada vagase por la estantería. La taza de oro, El corsario negro, La isla del tesoro, Los dueños del viento, Fede quiere ser pirata… ¿Fede quiere ser pirata? Releyó el título, perplejo.
Antes de que Federico pudiera reaccionar, Pablo Aranda se adelantó sagaz y se hizo con el libro, primorosamente editado. Lo abrió y pasó varias páginas. Luego levantó los ojos por encima de la montura de sus gafas de pasta negra.
-¿Cuántos años tienes? -Pablo Aranda lo preguntó con cierta cautela.
-Doce -respondió Federico sin apartar los ojos de la novela de Pablo Aranda-. ¿Qué hace ese libro en la sección de piratas y bucaneros? Es de literatura infantil.
-¿No dices que ya tienes doce años? -reconvino el escritor con una ironía acerada.
De pronto, las maderas del suelo crujieron y los dos se giraron. Jesús Otaola y Paco Puche encabezando un grupo que se acercaba con intenciones imprevisibles. Junto a ellos, Sergio, también con sus doce recién cumplidos, que había clavado su pierna ortopédica en el parqué; y un paso por detrás, Ana, Cristina, Francisco y Milagros, crispados porque eran los encargados de velar por los libros infantiles. Susana y Miguel Ángel franqueaban la puerta de salida. Y Vanesa, Carlos, Rosa, Beatriz, Carmen, Inma y Ana María se agolpaban a las escaleras. Pablo Aranda frunció el ceño. Y Federico se temió lo peor.
-Lo siento, Pablo -dijo Jesús Otaola-. No sé cómo ha podido ocurrir, pero te prometo que es la primera vez que se nos escapa un personaje de un libro.
-Lo devolveremos a las páginas de Fede quiere ser pirata -añadió Jonatan, que apareció por una puerta camuflada sacando unas esposas del interior de su cazadora-. Vamos, Fede, no nos lo pongas difícil.
-No puede regresar con doce años -protestó Pablo Aranda al grupo-. La novela dejará de tener sentido. Y, por cierto, ¿qué hace aquí Sergio?
-Salió de tu libro, pero solo para buscar a Fede -se excusó Paco Puche.
-En cuanto regresemos, volveremos a tener cinco años -lo interrumpió Sergio, y miró a su amigo-. Allí estamos mejor, Fede. Seguiremos soñando que somos piratas y viajaremos en nuestro bajel con Marga y con Isa.
Federico sopesó las posibilidades que tenía de huir de allí observando de reojo al grupo de Proteo-Prometeo. Famosos por no haber dejado escapar a ningún personaje si no lo hacían dentro del libro al que pertenecían. Y lo cierto era que añoraba sus años en la novela. Levantó la vista y escrutó a Sergio.
-De acuerdo -dijo en un susurro-. Pero con una condición, papá -y miró a Pablo Aranda.
-Y dale. Que no soy tu padre -replicó el escritor con voz de paciencia-. A ver. ¿Qué me vas a pedir?
-Que Isa deje de llamarme renacuajo.
-Pero si te lo dice con cariño -Pablo Aranda temía que ese cambio afectase a su historia y trató de convencerlo-. Llamarte renacuajo te hace más humano. Además, un niño de cinco años es un renacuajo.
-Entonces no volveré a la novela.
El grupo se movió inquieto, y Federico dio un paso atrás.
-De acuerdo -cedió Pablo Aranda-. Haré que Isa deje de llamarte renacuajo. Aunque seas un renacuajo.
Dicho eso, Fede y Sergio avanzaron juntos y se esfumaron misteriosamente de la librería. Pablo Aranda abrió su novela dejando escapar un largo suspiro.
-Menos mal. Todo parece estar en su sitio. Incluso ese renacuajo cabezota -susurró dibujando una sonrisa en sus labios.
Un nuevo comentario, que es un pequeño análisis, de mi libro El mirador de los perezosos, que, hasta el momento, parece concitar una cierta unanimidad. Las palabras de una lectora tan voraz como María Bacall me han llegado hondo. María ha escrito lo siguiente, que comparto con vosotros:
<Tánger me encanta, me atrae, me impresiona. No su leyenda, sino el Tánger actual. Eso lo sabe todo el que me conoce. Al ver que Sergio Barce había publicado un libro llamado “El mirador de los perezosos“ pensé: mira, como para mí, quizás también para él sea un lugar mágico.
Estos relatos en Tánger son tristes, son básicamente pesimistas. “El país que considerábamos nuestro iba dejando de serlo.“ El narrador describe cómo el Majzén arrinconaba a los antiguos colonizadores. “El desarraigo comienza así y da igual la nacionalidad. Sólo es igual el silencio.“ Sí, he sentido ese desarraigo en otros sitios y me identifico con esas palabras. Me veo reflejada. Como cuando llegas al café de Madame Porte, ya un McDonald´s. Y piensas en lo que has vivido allí, en tus conversaciones, en tus amigos. Tus amigos…
Ese desgarro al ver que tus amigos se van, también tan familiar: “Y Carlos embarcó despojado de alma… se marchó con el chergui y nadie sabe a dónde.“
Yo creo que con tanto cambio no es raro que el protagonista de uno de los relatos se olvide incluso de quién es, en el Hotel Rembrandt, como en la película Recuerda: “Cuando todo está fuera de su sitio y ya nada es lo que era , ¿cómo saber quién eres tú?”
Asimismo, la historia que sucede en la calle Shiagins, esa calle en la cual todo puede suceder, como en Xanadú, es desesperanzadora. Y, cuando aparece un pensamiento positivo: “Cada estancia en Tánger revitaliza el alma.” Piensa el lector: ¡exacto ! Al poco viene su contrapartida: “¿Quién asegura que no es la última vez?» Yo también siento miedo cuando vuelvo a la península desde Tánger de no poder volver nunca más. Finalmente, da igual. Puestos a tener que morir, yo también elijo Tánger para hacerlo. Al fin, morir en Tánger es, como dice el autor, verdaderamente literario y, tal vez, el sitio más adecuado para hacerlo.>
En la fotografía, aparecen el actor James Fox (casi irreconocible con esa peluca) y el cantante Mike Jagger, durante el rodaje de la película Performance (1970) que dirigieron Nicolas Roeg y Daniel Cammel, y de la que Fox y Jagger eran los protagonistas.
Escribe Mark Cousins en su enorme “Historia del Cine” acerca de esta cinta lo siguiente:
“Los directores de fotografía desempeñaron un papel fundamental en la modernización del cine estadounidense de los años setenta, y justamente en Reino Unido uno de ellos acabaría convirtiéndose en uno de los mejores realizadores de la época. Nicolas Roeg logró labrarse una sólida reputación como cámara en el cine comercial. Su primera película fue una revisión del género de los films de gángsters tan radical en la forma y el contenido como conservadora lo fuera El padrino. Codirigida por el vanguardista escocés Daniel Cammel, Performance (Reino Unido, 1970) narra la historia de un gángster de poca monta (James Fox) que acaba refugiándose en la casa de una estrella del rock (Mike Jagger) y sus dos amantes. Tras adentrarse en un mundo de drogas y promiscuidad sexual, el gángster se ve obligado a afrontar su propia ambigüedad sexual; la estrella del rock ve en su violencia innata ese lado salvaje que él ha perdido. Por medio de espejos, maquillaje y ambigüedades espaciales, Roeg y Cammel logran plasmar con maestría la evolución psicológica de ambos personajes tal como hiciera Bergman con la actriz y la enfermera de Persona (Suecia, 1966). No obstante, Performance profundiza más en la figura del artista que el director sueco. Las escenas sobre el pasado del gángster se rodaron a veces con cámaras <saltonas> de 12 mm, que lo distorsionan todo. En la escena del disparo, la cámara parece viajar siguiendo la misma trayectoria que la bala, que atraviesa una cabeza y acaba empotrándose contra una imagen del escritor argentino Jorge Luis Borges. En realidad, la película hace eso mismo: empieza en el vistoso mundo de los bajos fondos de Londres para, a continuación, ir adentrándose en el subconsciente de los dos personajes y ver el papel que desempeña la sexualidad en sus vidas, y sus personalidades.”
Pasados tantos años, no me atrevo a volver a visionar esta película. Temo que el tiempo la haya maltratado y no conserve la frescura que recuerdo de ella, cuando la vi en el Cine Club Universitario, hace ya demasiado tiempo.
Una de las canciones más impresionantes y míticas de Bob Dylan, por su calidad y por su repercusión mediática, es, sin duda, Hurricane, que se publicó dentro del disco Desire, del año 1976; canción en la que cuenta los avatares del boxeador Rubin Carter, que fue injustamente acusado de asesinato y pasó veinte años en la cárcel. Bob Dylan, convencido de su inocencia, escribió la canción y comenzó una campaña en favor de “Hurricane” Carter. Finalmente se demostró que fue acusado con pruebas falsas y que los policías actuaron movidos por un racismo feroz. Estos hechos se relatan en Hurricane, la magnífica película dirigida por Norman Jewison en 1999 y que protagonizó Denzel Washington, en uno de sus mejores papeles.
RUBIN «HURRICANE» CARTER
La letra de la canción es un pequeño relato escrito e interpretado por Bob Dylan.
Pistol shots ring out in the ballroom night Enter Patty Valentine from the upper hall She sees a bartender in a pool of blood Cries out, «my God, they killed them all!»
Here comes the story of the Hurricane The man the authorities came to blame For somethin’ that he never done Put in a prison cell, but one time he coulda been The champion of the world
Three bodies lyin’ there, does Patty see And another man named Bello, movin’ around mysteriously «I didn’t do it» he says, and he throws up his hands «I was only robbin’ the register, I hope you understand»
«I saw them leavin'» he says, and he stops «One of us had better call up the cops» And so Patty calls the cops And they arrive on the scene With their red lights flashin’ in a hot New Jersey night
Meanwhile, far away in another part of town Rubin Carter and a couple of friends are drivin’ around Number one contender for the middleweight crown Had no idea what kinda shit was about to go down
When a cop pulled him over to the side of the road Just like the time before and the time before that In Paterson that’s just the way things go If you’re black you might as well not show up on the street ‘Less you want to draw the heat
Alfred Bello had a partner and he had a rap for the cops Him and Arthur Dexter Bradley were just out prowlin’ around He said «I saw two men runnin’ out, they looked like middleweights Jumped into a white car with out-of-state plates» And Miss Patty Valentine just nodded her head Cop said «Wait a minute, boys, this one’s not dead» So they took him to the infirmary And though this man could hardly see They told him he could identify the guilty men
Four in the mornin’ and they haul Rubin in They took him to the hospital and they brought him upstairs The wounded man looks up through his one dyin’ eye Say «Why’d you bring him in here for? He ain’t the guy»
Here’s the story of the Hurricane The man the authorities came to blame For somethin’ that he never done Put in a prison cell, but one time he coulda been The champion of the world
Four months later, the ghettos are in flame Rubin’s in South America, fightin’ for his name While Arthur Dexter Bradley’s still in the robbery game And the cops are puttin’ the screws to him, lookin’ for somebody to blame
«Remember that murder that happened in a bar?» «Remember you said you saw the getaway car?» «You think you’d like to play ball with the law?» «Think it mighta been that fighter that you saw runnin’ that night?» «Don’t forget that you are white»
Arthur Dexter Bradley said «I’m really not sure» The cops said «A poor boy like you, could use this break We got you for the motel job and we’re talkin’ to your friend Bello You don’t want to have to go back to jail, be a nice fellow You’ll be doin’ society a favor That son of a bitch is brave and gettin’ braver We want to put his ass in stir We want to pin this triple murder on him He ain’t no Gentleman Jim»
Rubin could take a man out with just one punch But he never did like to talk about it all that much «It’s my work» he’d say, «and I do it for pay And when it’s over I’d just as soon go on my way»
Up to some paradise Where the trout streams flow and the air is nice And ride a horse along a trail But then they took him to the jailhouse Where they try to turn a man into a mouse
All of Rubin’s cards were marked in advance The trial was a pig-circus, he never had a chance The judge made Rubin’s witnesses drunkards from the slums To the white folks who watched, he was a revolutionary bum
And for the black folks he was just a crazy nigger No one doubted that he pulled the trigger And though they could not produce the gun The D.A. said he was the one who did the deed And the all-white jury agreed
Rubin Carter was falsely tried The crime was murder one, guess who testified? Bello and Bradley and they both baldly lied And the newspapers, they all went along for the ride
How can the life of such a man Be in the palm of some fool’s hand? To see him obviously framed Couldn’t help but make me feel ashamed to live in a land Where justice is a game
Now all the criminals in their coats and their ties Are free to drink martinis and watch the sun rise While Rubin sits like Buddha in a ten-foot cell An innocent man in a living hell
Yes, that’s the story of the Hurricane But it won’t be over ‘til they clear his name And give him back the time he’s done Put in a prison cell, but one time he coulda been The champion of the world
DENZEL «HURRICANE» WASHINGTON
TRADUCCIÓN:
Los disparos suenan de noche en el salón de baile
Llega Patty Valentine desde la sala superior Ve al camarero en un charco de sangre Grita: “¡Dios mío, los han matado a todos! Ahora viene la historia del Hurricane El hombre al que culparon las autoridades Por un crimen que no cometió Lo encerraron, pero pudo haber sido El campeón del mundo
Tres cuerpos tendidos, es lo que Patty ve Y otro hombre llamado Bello, merodeando misteriosamente, “Yo no fui”, dice, y levanta sus manos “Yo solo robaba la caja, espero que lo entiendas Los vi marcharse”, dice, y se calla “Uno de nosotros debería llamar a la policía” Y Patty los llama Y llegan a la escena con sus luces rojas parpadeando En la calurosa noche de Nueva Jersey
Mientras tanto, lejos, en otra parte de la ciudad Rubin Carter pasea en coche con un par de amigos El aspirante número uno a la corona de los pesos medios No tenía ni idea de la mierda que se le caía encima Cuando un poli lo detuvo a un lado de la carretera Como la vez anterior, y otra vez antes Pero, en Paterson, así son las cosas Si eres negro, es mejor que no te dejes ver por la calle Si no quieres tropezarte con la bofia
Alfred Bello tenía un compañero y un chivatazo que dar Él y Arthur Dexter Bradley estaban merodeando por ahí Dijo: “Vi a dos corriendo, parecían pesos medios, Se metieron en un coche blanco con placas de otro estado” Y la Srta. Patty Valentine asintió con la cabeza El policía dijo: “Esperen un minuto, chicos, éste no ha muerto” Así que lo llevaron a la enfermería Y aunque apenas podía ver Le dijeron que podía identificar a los culpables
A las cuatro de la mañana y arrestan a Rubin Lo llevan al hospital y lo suben por las escaleras El herido lo mira con su único ojo moribundo Dice: “¿Para qué lo traéis aquí? ¡Éste no es el tipo! Sí, ésta es la historia de Hurricane El hombre al que acusaron las autoridades Por algo que nunca hizo
Lo encerraron, pero pudo haber sido El campeón del mundo
Cuatro meses después, los guetos están en llamas Rubin está en Sudamérica peleando por su nombre Mientras Arthur Dexter Bradley sigue con sus artimañas
Y los polis le aprietan las tuercas para que alguien pague el pato “¿Recuerdas el asesinato del bar?” “¿Recuerdas que dijiste que viste el coche que se dio a la fuga?” “¿Qué te parece llegar a un acuerdo?” “¿Crees que podría haber sido ese boxeador que viste correr esa noche?” “No olvides que eres blanco”
Arthur Dexter Bradley dijo: “Realmente no estoy seguro” El poli dijo: “Un pobre chico como tú podría utilizar eso. Te tenemos pillado con lo del motel y estamos hablando con tu amigo Bello. No tienes por qué volver a la cárcel si te portas bien Le estarás haciendo un favor a la sociedad Ese hijoputa se hace más y más valiente Queremos poner su trasero a la sombra Queremos que se coma el triple asesinato Él no es Gentleman Jim”
A Rubin le bastaría un gancho para derribar a cualquiera Pero nunca le gustó alardear Es mi trabajo, diría él, y lo hago por dinero Y cuando se acabe, me iré cuanto antes A algún paraíso Donde corras las truchas y el aire sea agradable Y montar a caballo por un sendero.” Pero entonces lo metieron en una celda Donde tratan de aplastarlo como a una piltrafa
Todas las cartas de Rubin venían marcadas El juicio fue una farsa, em el que no tenía ninguna oportunidad El juez convirtió a los testigos de Rubin en borrachos de tugurios Para los blancos que lo presenciaron él que era un alborotador Y para la gente negra era sólo un negrata loco Nadie dudaba de que él apretó el gatillo Y aunque no encontraron el arma El fiscal lo acusó de ser el autor de los hechos Y el jurado de blancos lo secundó
El juicio de Rubin Carter fue un montaje El crimen fue asesinato en primer grado, ¿adivina quién testificó? Bello y Bradley, que mintieron descaradamente Y los periódicos les siguieron la corriente ¿Cómo puede la vida de un hombre así estar en manos de imbéciles? Para verlo obviamente en una encerrona y no poder ayudarlo me hace sentirme avergonzado de vivir en una tierra Donde la justicia es una mentira
Ahora todos los criminales de chaqueta y corbata Son libres para beber martinis y ver la salida del sol Mientras Rubin se sienta como Buda en una celda de diez pies Un hombre inocente en un infierno Ésta es la historia de Hurricane que no acabará hasta que limpien su nombre Y le devuelvan el tiempo que le han robado Lo encerraron, pero pudo haber sido El campeón del mundo
Tras su extraordinaria novela En el nombre de Padre (Editorial La Huerta Grande, 2020) esperaba con interés el nuevo título de Luis Salvago. Intuía que no iba a defraudar, y así ha sido.
Los lugares verdes, que también publica con esmero La Huerta Grande, es una bellísima obra en la que se conjugan muchos temas: el dolor, la represión, la fantasía, la ilusión, los sueños imposibles, la religión, el sexo, el deseo, la clandestinidad, la venganza, el ocultamiento, la maldad, la bondad, la sumisión, la delicadeza y, sobre todo, el amor, todo ello en un marco difícil y agreste: Afganistán, donde Luis Salvago, militar además de escritor, estuvo destinado varios meses.
Luis me hablaba de esta obra mientras la escribía, como una aventura descabellada, temiendo que los talibanes pudieran regresar, aunque nunca se hubiesen marchado. Y, una vez acabada, los talibanes, en efecto, regresaron al poder. Algo que él ya intuía y que apunta algún personaje de su novela, porque el mal siempre está ahí.
Me contaba Luis Salvago que, estando en el campamento hospital español en Herât, acudió una mujer afgana con la boca cosida con un alambre. Se lo había hecho su marido por haber cometido una “blasfemia”. También me contó que apenas pudo hablar con alguna mujer, porque ellas tienen prohibido el poder tratar a los hombres y, menos aún, si son extranjeros. Pero que pudo con muchos afganos varones y que así comprobó no solo el resultado atroz y doloroso de la guerra sino también el conocer su manera de vivir, sus vivencias; y de ahí, tras descubrir la existencia de los/las bacha posh, decidió escribir Los lugares verdes. Era casi una necesidad vital.
Escrita en primera persona, como si fuera narrada por Ismail, un hombre afgano, Luis nos conduce hasta el corazón de Kabul, a los barrios marginales y a la Universidad, y en ese contrapunto de dos mundos tan dispares en un lugar tan incierto y convulso, construye una historia humana, clandestina y sorprendente, a veces casi mágica.
Tengo medio libro subrayado, acotado, con anotaciones, porque la manera de contar de Luis Salvago es portentosa, de una gran calidad literaria. Cada descripción es detallista, hasta el punto de que uno se mueve por Kabul y es capaz de imaginar cada lugar en los que se desarrolla la trama: la casa del ulema y la casa de Ismail, la Universidad, el campo de fútbol, la colina en la que Ismail y Najimulah tienen un encuentro casi de ensueño.
“…Sus dedos, sin embargo, no se mueven, permanecen quietos, enredados en mi cabello. En este momento maldigo el instante de días atrás, en el salón de actos de la Universidad, en el que preferí a una mujer por ser mujer, el instante en que hice de Najimulah poco más que una sombra…”
La historia de Najimulah. La historia de Ismail. La historia de Ismail y Najimulah. Cómo se va estrechando la relación entre ellos es un proceso de encuentros y desencuentros, hasta que el amor estalla de manera absoluta, todo ello narrado de forma sutil, a modo de enredadera que va atando al lector a cada página. Y luego esos personajes que pivotan alrededor de ellos: el admirable ulema Samiullah, la interesada Saira, ese hombre destrozado y destruido que es Ibrahim, la desesperada Aisha, el terrible destino de Mansur, el poderoso Abdul… En un Kabul inhumano que condena a muchos a vidas inimaginables.
“…Su padre lo vendió cuando tenía diez años.
El trato no escrito contemplaba la opción de recuperarlo cuando pasara el tiempo, en cuanto desaparecieran los últimos restos de la adolescencia. Se interesó por él un alto cargo militar de la provincia de Helmand, un tayico corpulento que se había aburrido de su muchacho. Buscaba uno más joven, de ojos claros, con los finos rasgos de una mujer. Se enamoró de sus ojos verdes nada más verlo. Ibrahim dice de él que tenía la mirada suave, los dedos romos, la piel macilenta. En su rememoración existe un poso de nostalgia, una exaltación contenida.
Se lo llevó a una plantación de adormideras junto a otras familias, todos parientes suyos. Allí le enseñaron a danzar con la música del sitar y los tambores. Lo vistieron con ropa brocada y velos traídos de Pakistán. Le oscurecieron los ojos y pintaron sus uñas con pigmentos de kohl.
Cuando llega a esta parte de la historia, se queda callado por un instante, levanta una mano y examina su dorso con los dedos abiertos, como hacen las mujeres al poco de pintarse las uñas. También le enseñaron a complacer a los extranjeros con los que el comandante cerraba los negocios…”
Luis Salvago nos pone ante los ojos qué es ser mujer en Afganistán con trazos que deja escapar en frases que aparentan menos de lo que transmiten, pero la realidad está ahí, y las enfoca para que despertemos de nuestro bienestar y nos enfrentemos a otra realidad.
“…lo peor fue que la hermana de tu madre no quiso volver a ser mujer. Se negó a perder los privilegios de hombre: caminar con la espalda erguida, vestir sin cuidado, estudiar… La familia se lo prohibió. La obligó a tomar esposo.
Guardó silencio por un momento, preguntándose tal vez si era conveniente seguir hablando.
-Antes de eso decidió acabar con su vida…”
<Caminar con la espalda erguida> es uno de esos privilegios que esa mujer se negaba a perder. ¿Cómo imaginar en nuestra sociedad y cultura que una mujer no pueda caminar con la espalda erguida? Este tipo de sutileza que desliza Luis en el libro nos va empapando poco a poco, hasta que sentimos el dolor y la podredumbre de esas vidas cercenadas.
Decía antes que he subrayado y marcado frases que me han resultado tan fascinantes como inquietantes, sentencias que Luis Salvago escribe con maestría, que relampaguean en un texto rico en matices, en quiebros al destino.
“…Sin embargo, Aisha lo había dicho todo con una sola frase: la verdad asusta cuando no se puede cambiar.”
Me encanta el ulema Samiullah, le he tomado cierto afecto, me gusta su manera de encarar los acontecimientos, su forma de interpretar el Corán. Nada estridente, casi silente, pero prudente y sabio.
Pero es el personaje de Najimulah el que se retrata de una manera absoluta y total, uno de los protagonistas que me ha parecido tan interesante que he acabado por ponerle rostro y voz, pero al que luego he tenido que modelar cuando Luis, hábil narrador, nos desvela su desnudez interior y física. Ha creado uno de los mejores personajes con los que me he encontrado en mis últimas lecturas, de esos que se quedan grabados cuando acabas de leer la novela y siguen ronroneando en la cabeza.
“…Najimulah, ahora, ha trazado con sus brazos un límite claro. Los tensa cuando llego a ellos, clava su frente en la alfombra, para no mirarme a la cara. ¿Sientes vergüenza? Pero, ¿qué es la vergüenza, Najimulah? Pasaré por ti como si no hubiera pasado. No habrá marca, no habrá defecto, no dejaré una huella que pueda avergonzarte. Hay vergüenzas inútiles, Najimulah, vergüenzas sin sentido. No puedo explicártelo. Aunque sea un profesor. En mi caso, el deseo ha sido más poderoso que la vergüenza. El deseo es inconsciente. La vergüenza no.
-Najimulah… -digo, sin añadir nada.
Quise pedir perdón y he pronunciado su nombre: “Najimulah”. Eso también es inconsciente. Me apropio de su cuerpo y me apropio de su nombre, juego con él en mi boca, lo mastico, lo degusto, entra mezclado con la sal de su piel.
Los pies juegan en la sombra, se entrecruzan, se enredan los dedos. Acaricio sus plantas, sus pies pequeños, nos arañamos. Su espalda es fuerte, inmensa. Arrastro la camisa hasta el borde de los omoplatos, me acomodo sobre ellos. Apoyo mi oído. Escucho el ruido de sus entrañas. Como en la vía del tren.”
Najimulah e Ismail son como un oasis en medio del caos, un cielo azul en el centro del horror arcilloso y sucio, un mundo aparte del resto. Dos seres que se encuentran y que aprenden a asimilar muchas cosas, que descubren los secretos que ambos guardan y que, sin embargo, serán sobre los que se apoyen, los que les ayuden a sobrevivir y a vencer las dificultades a costa de jugarse sus vidas.
“…Conozco esa mirada a ningún lugar. Es la mirada de un hombre dividido. He crecido con ella. Y he visto envejecer los ojos que había detrás. Está inevitablemente asociada a un silencio, a una pregunta sin hacer…”
Es cierto. En Los lugares verdes hay muchos silencios, muchas miradas, mucho contacto físico, mucho miedo, pero también mucha esperanza. Quizá Luis Salvago es un optimista, pero uno acaba por desear que un rayo de luz se abra paso en las tinieblas que envuelven Afganistán. Najimulah es tal vez una parte de ese hermoso rayo de luz que vislumbra el autor al final de tanto dolor.
Sin ninguna duda, esta es una de esas novelas que debieran estar en primera línea de las librerías, por méritos propios.