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VASCO NÚÑEZ DE BALBOA Y STEFAN ZWEIG

 

En su magnífico (otro más) libro Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas (Sternstunden der Menschheit), del maestro Stefan Zweig, tras los capítulos dedicados a Cicerón y a la conquista de Bizancio, se adentra una vez más en la mar océano. Ya lo disfruté en esa maravilla que es su biografía sobre Magallanes. En esta ocasión, ese tercer capítulo titulado Huida hacia la inmortalidad, lo centra en la figura de Vasco Núñez de Balboa y el descubrimiento del Pacífico.

Como es habitual en Zweig, logra con su pluma hacernos revivir esa aventura, experimentar los sentimientos del protagonista y asombrarnos y emocionarnos con la empresa. Como botón de muestra, estos hermosos párrafos que nos hacen vibrar:

“…El gesto grandioso de Balboa consiste en lo siguiente. Por la noche, justo después del baño de sangre, un indígena le ha indicado una cercana cumbre desde cuya altura se puede contemplar ya el mar, el desconocido Mar del Sur. Enseguida Balboa toma sus medidas. Deja a los heridos y extenuados en la población saqueada y ordena que aquellos que aún son capaces de avanzar, sesenta y siete en total, de los ciento noventa con los que partió de Darién, ascienden esa montaña. Hacia las diez de la mañana están cerca de la cima. Solo queda escalar una pequeña y pelada cumbre. Después, la vista se extenderá en la inmensidad.

En ese momento, Balboa ordena a sus hombres que se detengan. Nadie debe seguirle, pues esa primera vista del océano desconocido no quiere compartirla con ninguno. Quiere ser el único por toda la eternidad, el primer español, el primer europeo, el primer cristiano que, después de haber atravesado ese otro océano enorme de nuestro universo, el Atlántico, haya divisado por fin éste, aún desconocido, el Pacífico. Despacio, con el corazón palpitante, profundamente imbuido del significado del momento, con la bandera en la mano izquierda y la espada en la derecha, una silueta solitaria asciende en medio del orden inmenso. Asciende lentamente, sin prisa, pues la verdadera empresa ya ha sido realizada. Solo un par de pasos más, cada vez menos. Y en efecto, cuando llega a la cumbre, ante él se abre una enorme vista. Tras las montañas en declive, tras las verdes colinas cubiertas de bosque, yace inacabable un gigantesco disco de metal reluciente: el mar, el mar, el nuevo, el desconocido, hasta ahora únicamente soñado y jamás visto, el legendario, el mar buscado en vano desde hace años y años por Colón y por todos sus sucesores, cuyas olas bañan las costas de América, de la India y de China. Vasco Núñez de Balboa mira y mira, ufano y feliz, disfrutando al saber que sus ojos son los primeros de un europeo en los que se refleja el infinito azul de esas aguas.

Vasco Núñez de Balboa contempla largo y tendido en la distancia. Solo después llama a sus camaradas para que compartan su alegría, su orgullo…” 

Leo a Zweig entre libro y libro, como si fuera un gotero que tuviese inyectado a las venas y que abriese cuando necesito una dosis de buena lectura. Momentos estelares de la humanidad, Catorce miniaturas históricas (Sternstunden der Menschheit), está publicado por Acantilado, con traducción de Berta Vías Mahou.

Sergio Barce, junio 2022.

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 4 – UCRANIA, LA GUERRA Y LA ULTRADERECHA. EL REFUGIO DE JOYCE Y ZWEIG

 

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“…Cuando el taxi se detuvo frente al hotel Gabriel bajó de un salto y, a pesar de las protestas del Sr. Bartell D´Arcy, pagó al conductor. Le dio un chelín de propina. El hombre lo saludó y dijo:

-Que tenga un próspero año, señor.

-Igual para usted.

Ella se apoyó en su brazo para bajar del coche y dio las buenas noches a los demás desde el bordillo. Se apoyaba ligeramente, tan ligeramente como unas horas antes durante el baile. Él se había sentido feliz y orgulloso entonces, feliz de que fuese suya, orgulloso de su gracia. Ahora, con tantos recuerdos candentes, este primer roce de su cuerpo, musical, perfumado, extraño, despertó en él un agudo impulso de lujuria. Amparado por su silencio, apretó su brazo contra su costado. Sintió que escapaban de sus vidas y deberes, de su casa, de sus amigos, para correr juntos, salvajes y radiantes, hacia un lugar desconocido.

Un anciano daba cabezadas en el sillón de orejas del vestíbulo. Se despertó. Encendió una vela en el despacho e iluminó el camino escaleras arriba. Ellos lo siguieron en silencio. Ella mantenía la cabeza baja y la espalda algo inclinada. Él pensaba en acercarse a ella y agarrarla por las caderas: temblaba de deseo, y solo la presión de sus uñas contra las palmas de sus manos mantenía a raya el impulso de su cuerpo. El portero se detuvo para apagar la vela, que goteaba. Ellos se detuvieron también. En el silencio, Gabriel escuchó el sonido de la cera fundida contra la bandeja y el latido de su corazón contra sus costillas…”

Estos delicados y sensuales párrafos pertenecen a Los muertos (The dead), que a su vez forma parte de Dublineses (Dubliners), escrito por James Joyce (el texto reproducido lo he tomado de la edición y traducción de Diego Garrido para Páginas de Espuma). La descripción de esta pareja, cómo se mueven, los deseos de él reprimidos por ciertas circunstancias, sus actitudes y reacciones, todo se nos proyecta en nuestra imaginación con una claridad perfecta gracias al prodigio de la escritura depurada y casi maniática de James Joyce. Un goce abrir las páginas de los clásicos que nos suelen reconciliar con este mundo que degenera ante nuestros ojos.

La invasión de Ucrania por Rusia es uno de los síntomas más evidentes de esta degeneración que menciono. Pertenecemos a una Europa dormida en los laureles que ha permitido, como ya ocurriera con Hitler, que otro visionario inicie una guerra con consecuencias imprevisibles.

Le respondía a un comentario de Alfredo Taján, que se lamentaba que nadie parase a este monstruo, que el problema reside, además de la desidia del resto de países que ha cedido ante sus anteriores chantajes, que Putin tiene a mano un enorme arsenal nuclear. Esa es una de las razones que explica que los ucranianos tengan que huir aterrorizados.

La Historia es tozuda y se repite. Vladimir Putin es un trasunto de Adolf Hitler y, como tal, se ha limitado a repetir sus pasos. Se atreve incluso a amenazar a otras dos democracias (no olvidemos que Ucrania tiene un presidente legítimamente elegido por las urnas, algo que parecen olvidar algunos comentaristas), en concreto, a Suecia y Finlandia, dos de los modelos más avanzados de nuestra cultura occidental. Estados laicos, modernos y democráticos, en los que reza el imperio de la ley. ¿Qué ocurrirá si se atreve a imponerles su criterio personal, zarista, autoritario y criminal, ese que le sale de los cojones, militarmente? No quiero ni pensarlo.

Son días de incertidumbre por lo que vendrá. Y hay nubes oscuras en el firmamento. Los ucranianos abandonan sus pueblos y ciudades, sus hogares, y dejan atrás sus recuerdos, todas sus vidas. Hay un dolor abrasando los cimientos de Europa. Un dolor que es el eco de otros dolores: los de los refugiados iraníes, iraquíes y afganos que abandonamos en campos de los que ya nadie se acuerda. Los talibanes masacrando a su pueblo ante la cobardía de las grandes potencias occidentales. Y claro, el mal llama a nuestras puertas. Sembramos y recogemos. Hemos olvidado lo que es el sentimiento de humanidad, de hermandad. La xenofobia anda por nuestras calles.

¿Qué escribiría en estos instantes Stefan Zweig? ¿Le embargaría la misma angustia y pesimismo que lo llevó al suicidio al ver que la Europa que tanto amaba desaparecía bajo el avance de los nazis?

Mientras, tenemos en todos los países europeos al huevo de la serpiente ya encubándose. Putin es ruso, pero no es comunista. Lo explico para los que, desde siempre, atribuyen el hecho de ser comunista por la única razón de haber nacido en Rusia (esto viene del franquismo, ni más ni menos). Vivir en la Alemania nazi tampoco te convertía en miembro del partido, por eso tantos exiliados. Como los hubo en la España franquista y en la Cuba castrista. Putin es ruso, pero es un dictador megalómano y cruel, con su propia ideología personal. Como los otros dictadores que ha habido, hay y habrá. Solo hay que ver esa secuencia que se ha emitido por televisión en la que, en público y ante los altos cargos del país, denigra, humilla y trata con la punta del pie al Jefe de los Servicios Secretos rusos que tartamudea y palidece ante su presencia, tal y como le ocurría a quienes se cuadraban frente a Hitler.

Pero, también como a Hitler, a Franco y a Mussolini, a Putin lo apoya la extrema derecha europea, y curiosamente gente tan dispar como el impresentable de Maduro o el peligroso Bolsonaro, e incluso el patético Donald Trump, ese cáncer maligno para la democracia, han expresado su admiración por la determinación del dictador ruso. Un día conoceremos qué negocios tienen entre manos Trump y Putin, como los tuvieron las familias de Bush y de Bin Laden.  

Sí, hay muchos huevos de serpientes que se encuban en nuestros países aparentemente cultos y blindados contra los totalitarismos. Vox está levantando alas en España, y ese es uno de los huevos de la serpiente. Hermanos de Putin en sus principios antidemocráticos, antisolidarios y vengativos: el que no piensa como yo, está contra mí. Esa es la divisa de la ultraderecha. Han vuelto como en los años treinta y cuarenta, y lo hemos permitido. Los medios de comunicación debieran haber hecho de cortafuego y, al contrario, les han dado toda la publicidad del mundo. Quizá acaben siendo amordazados, como lo son ahora los opositores y periodistas que no comulgan con Putin, y se arrepientan.

Puede que sea tarde si no reaccionamos. Quiero ver un resquicio de luz donde no lo hay, que nos despertemos de una vez, que en toda Europa vayamos arrinconando a la ultraderecha malsana que es hermana de gente como Putin, Bolsonaro, Maduro, Díaz-Canel, Kim Jong-un y demás sátrapas americanos, africanos, asiáticos o europeos… Y también a los populismos y los trumpistas de derecha y de izquierda, que de los dos haberlos, haylos; y que tanto daño están causando, con esos politicastros (en España, como en el resto de los países, tenemos ahora mismo varios ejemplos reveladores) que solo miran su interés y el de su partido, que juegan con los sentimientos de la gente, que en nada son ejemplares, pero que saben manipular a sus seguidores. Si no lo hacemos ya, el mundo será otro y en nada mejor al que conocemos. Pero creo que las personas decentes somos más, los que valoramos la independencia de los pueblos, la libertad y el imperio de la ley, la democracia en su mejor expresión, el derecho de la gente a expresarse en libertad, a crecer como seres humanos y no como siervos o esclavos de nadie, ni siquiera de una ideología o de una religión, de ninguna bandera, de ningún país. Seamos hombres y mujeres libres. Y por todo esto me refugio ahora de nuevo en James Joyce y en Stefan Zweig. Necesito ver esa luz en alguna parte.

 Sergio Barce, 26 de febrero de 2022

 

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«EL MUNDO DE AYER» (DIE WELT VON GESTERN), DE STEFAN ZWEIG

Vuelvo por enésima vez a este escritor austríaco que tanto me entusiasma y me enseña. Tras varias de sus obras de ficción y algunas biografías, y, tras acabar sus Diarios, me he sumergido en su otro bellísimo libro de memorias: El mundo de ayer (Die Welt von Gestern), y me he rendido a su prosa, a sus pensamientos, a sus vivencias, a su visionaria pulsión del mundo, clarividente y temerosa por lo que estaba a punto de suceder. Una obra maestra para leer y releer.

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He dudado antes de elegir el fragmento que deseaba compartir, pero finalmente me he decidido por el instante en el que publica su primera obra. Nadie podría haber descrito esas sensaciones con tal calidez y detalle, tan acertadamente. Leyéndolo, uno vuelve a experimentar muchos de esos sentimientos que solo se viven cuando ves tu primer título editado. Algo irrepetible, como muy bien expresa Zweig.

“Si repaso mi vida, recuerdo pocos momentos tan felices como los primeros de mi época universitaria sin universidad. Era joven y, por lo tanto, no sentía aún la responsabilidad de tener que hacer algo perfecto. Era bastante independiente, la jornada tenía veinticuatro horas y todas eran mías. Podía leer y hacer lo que quisiera, sin tener que rendir cuentas a nadie; la nube del examen académico aún no enturbiaba el claro horizonte, porque ¡cuán largos son tres años, comparados con el decimonoveno de tu vida! ¡Con qué riqueza, plenitud y exuberancia de sorpresas y obsequios los puedes configurar!

Lo primero que hice fue una selección de mis poemas que creí implacable. No me avergüenza confesar que para mí, bachiller de diecinueve años recién salido del instituto, el olor más dulce del mundo, más que la esencia de las rosas de Shiraz, era la de la tinta de imprenta. Cada vez que un periódico cualquiera me aceptaba una poesía, la confianza en mí mismo, débil por naturaleza, recibía un nuevo impulso. ¿Por qué no dar ahora el salto definitivo e intentar publicar un volumen entero? El aliento de mis compañeros, que creían más en mí que yo mismo, resultó decisivo. Tuve la osadía de enviar mi manuscrito justo a la editorial que en aquel momento era la más representativa de la lírica alemana, Schuster & Löffler, editores de Liliencrom, Dehmel, Bierbaum, Mombert, la generación que, junto con Rilke y Hofmannsthal, había creado la nueva lírica alemana. Y, ¡oh, milagro!, uno tras otro fueron llegando esos momentos inolvidables de felicidad que jamás se vuelve a repetir en la vida de un escritor, ni siquiera después de sus éxitos más grandes: recibí una carta con la marca de imprenta de la editorial y la retuve nervioso en la mano, sin atreverme a abrirla. Unos segundos después, conteniendo el aliento, leí que la editorial había decidido publicar el libro y que incluso se reservaba los derechos del siguiente. Recibí un paquete con las primeras galeradas que abrí presa de una gran agitación para ver el tipo de letra, la justificación de las líneas y la forma embrionaria del libro, y más adelante, al cabo de unas semanas, el mismo libro, los primeros ejemplares, que no me cansaba de contemplar, palpar, comparar, una vez y otra y otra. Y, luego, la infantil excursión por las librerías para ver si ya tenían ejemplares en los escaparates, si los habían expuesto en un lugar visible o escondido discretamente en un rincón. Y, luego, la espera de cartas, de las primeras críticas, de la primera respuesta de lo desconocido, de los incalculable… todas esas tensiones, emociones y entusiasmos que envidio en secreto a todo joven que lanza su primer libro al mundo. Pero este entusiasmo mío no era sino un enamoramiento a primera vista…”

Probablemente regrese a El mundo de ayer y vuelva a reproducir otro de sus magníficos párrafos. Algo tan delicioso, como lo son sus páginas, merece ser revisitado.

El mundo de ayer ha sido publicado por Acantilado, con traducción del alemán de J.Fontcuberta y A.Orzeszek.

Sergio Barce, septiembre 2021

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«DIARIOS» (TAGEBÜCHER), DE STEFAN ZWEIG

Acabo los Diarios (Tagebücher), de Stefan Zweig, que recopilan sus anotaciones personales de manera algo fragmentada entre septiembre de 1912 y junio de 1940, escritos durante sus estancias en París, Viena, Berna, Nueva York, Londres, Río de Janeiro… En ellos nos relata sus experiencias, sentimientos y pensamientos más íntimos con las dos mujeres con las que se casó (Friderike y Lotte), pero también con las que mantuvo breves encuentros, ya fuesen escarceos sexuales o eróticos o más personales; pero, sobre todo, profundiza en su trabajo creativo, en cómo se enfrentaba a su propia obra y a la obra de otros autores, y en las relaciones intelectuales y de amistad que mantuvo con los creadores de la época que le tocó vivir, como el músico Richard Strauss o los escritores Émile Verhaeren, Romain Rolland o Rainer María Rilke. Su admiración por Rolland es conmovedora.

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Su narrativa, en un aparentemente simple diario, se levanta con esa elegancia de la que siempre hace gala en sus obras, pulcra, perfecta, exacta. Baste como muestra lo que escribe la noche de su encuentro con Marcelle (su amante parisién):  

Sábado 29 de marzo de 2013  (…) Por la noche me reúno con Marcelle, que me cuenta muchas cosas de su vida, más oscura de lo que yo creía. Ha tenido una fuerza extraordinaria para salir adelante, aunque sin duda la bondad la ha frenado. Las concesiones que hizo a su brutal marido al divorciarse y el apoyo a la familia la consumen, a ella, que lo tiene todo, incluida una considerable soledad. El orgullo de las mujeres que se valen únicamente por sí mismas peligra a causa de la falta de un hogar, de eso se da cuenta, siente el vacío de su existencia, el agotamiento de ganar dinero para gastarlo repartiéndolo. Su sueño sería tener un hijo para comenzar de nuevo y consagrarse a él en cuerpo y alma. Con cuánta lucidez se da cuenta de todo, y cuánto coraje el de las personas que se abren camino solas en la vida. Y qué sana la confesión desacomplejada de su necesidad de tener un hijo: me inspiran un inmenso respeto las personas así. Vamos a un teatro de variedades para olvidar estos temas tan serios, y al terminar regresamos al hotel, donde por primera vez no tomamos ninguna precaución. Se estremece como si hubiera quedado embarazada, se inflama y jura estarlo, la idea la hace feliz, y también yo, curiosamente, me dejo arrastrar por la idea y el éxtasis. A la mañana siguiente, no obstante, me siento distanciado, pienso cuán lejos estoy y cuán atroz es para una mujer estar sola en esos instantes. Podría venir, perfectamente, en verano, dos semanas, y hacer otra visita en invierno, pero es muy poco tiempo para tanta distancia. Por ahora, debemos dejar que la cosa siga su curso, pero confieso que esta experiencia ha sido uno de los momentos más intensos de mi vida: el deseo consciente de un hijo, el resplandor de su cuerpo, de su ser entero, en el éxtasis de la entrega, la embriaguez de lo anhelado. Qué parecidos con ella y Friderike, qué figuras tan encantadoras y trascendentes me ha deparado el destino, para que, ante tal grandeza y consciente de su ductilidad, decida eludirlas (educadamente) en vez de abrazarlas con fuerza. Más tarde, por la noche, sopesaré el proyecto de mi novela corta en relación con las mezquindades que cometemos con las mujeres: por ejemplo, a causa de las miradas de dos cocottes miserables en un restaurante (voisin <vecino>), una mujer sencilla y abnegada (maïtresse servante) pierde valor a los ojos de un hombre que, pese a avergonzarse de ello, finalmente la defrauda…”

No se puede escribir mejor. Es como un capítulo de sus mejores novelas. Detallista, delicadamente certero.

Durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial asistimos a su desarrollo casi día a día gracias a la visión de Zweig, que anota cuando sucede en la campaña bélica y en la vida diaria de los austríacos, sus conciudadanos, a los que no trata con demasiada deferencia. Curioso asistir a la evolución de sus sensaciones, de una reprimida euforia inicial hasta la toma de conciencia del horror y del absurdo de la guerra, que sin embargo ya presumía desde el comienzo. Es en esos instantes cuando Stefan Zweig se convierte casi en un visionario, adelantándose a los acontecimientos, adivinando lo que va a suceder meses antes, acertando en sus presunciones sobre la Europa que nacerá tras esa primera contienda. Esta experiencia le servirá para advertir a todos de que la ascensión de Hitler años después será el acontecimiento histórico más devastador.

Pero, entre tanto dolor durante la Gran Guerra, también había instantes para desconectar de esa cruda realidad:

Viernes 4 de enero de 2018   Trabajo en los artículos, luego me reúno con Ehrenstein y otros, y por la noche vienen a verme Claire Studer e Ivan Goll. Después llega también Hochdorf, y a la reunión en la habitación de Cassirer con la señorita Si y todos los demás resulta estupenda. Estamos muy alegres, y algunos personajes nuevos, como la señora Dequist, de pelo rubio como el heno, dan al ambiente un cariz marcadamente erótico que produce un rejuvenecimiento general. Todos evitan ir demasiado lejos, aunque Kornhas no quita ojo a la señora Dequist, y Goll la emprende con Steinthal, de cuya esposa resulta ser el jefe. La situación es un auténtico caos: por suerte, soy de los que saben refrenar a tiempo ciertos impulsos y quedarse sólo con la mejor parte, la excitación.”

Stefan Zweig fue un trabajador incansable. Me sorprende comprobar cómo en aquellos años, el primer tercio del siglo XX, con los medios de comunicación existentes entonces, la fama de un escritor llegara a tantos rincones del mundo, como en Brasil, donde lo leían no sólo las capas altas de la sociedad sino también la clase media, lo que fue también una sorpresa para él. Algo que contrasta con el distanciamiento y casi ignorancia de su obra en Gran Bretaña, siempre tan concentrada en su propio ombligo.

Triste también el trato al que se vio sometido por la sociedad inglesa, que marginó a los alemanes residentes en el país por el solo hecho de su origen, aunque, como en el caso de Zweig (a quien se sumaba también su condición de judío), fuesen manifiestos enemigos del nazismo. La mezquindad humana pocas veces ha estado tan bien retratada como en estos diarios.

Jueves 13 de junio de 1940   París está sentenciada: en pocos días asistiremos a uno de los reveses más atroces de la historia. No puedo evitar preguntarme qué sentido tiene seguir pensando. Esta guerra se está librando en nombre de un principio sobre el que se basa nuestra existencia, pero si este principio se desmorona también lo hará el mundo que conocemos. De modo que ya no sé para qué ni dónde viviré. La vida tan sólo sería una huida incesante, un mero intento de mantenerse a flote, y no se me ocurre un solo país donde establecerme a mi edad. He renunciado a muchas cosas sin esfuerzo, porque, afortunadamente, no conozco la vanidad, pero no soporto la desconfianza ni el rencor que me rodean, estoy definitivamente harto. Tener que agachar la cabeza, sentirse en falta, puede soportarse unas semanas, pero resulta intolerable como forma de vida. Nunca había sido tan pesimista, jamás había tenido tan pocas esperanzas como ahora, cuando el combate (perdido ya hace tiempo) es tan sólo una lucha desesperada, sin ninguna posibilidad de victoria. Noto crecer la desconfianza hacia nosotros día a día…”

Stefan Zweig se suicidó, junto a su esposa, en Brasil el 22 de febrero de 1942, decepcionado por la deriva de Europa, por las constantes victorias de la Alemania nazi, creyendo erróneamente que nunca serían vencidos. Sus libros siguen siendo un referente moral y ético, pero también de una excelsa calidad.

Sergio Barce, julio 2021

Diarios (Tagebücher), de Stefan Zweig ha sido publicado por Acantilado, con traducción del alemán de Teresa Ruiz Rosas.

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MAGALLANES. EL HOMBRE Y SU GESTA (Magellan: der mann und seine tat, 1938), DE STEFAN ZWEIG

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Como en todos los libros de Stefan Zweig, ya sea novela, ensayo o, como en este caso, biografía, sus cotas de calidad y belleza son insuperables. Su libro sobre la figura del navegante Magallanes, escrito en 1938, es una lúcida, vibrante y hermosa mirada a la aventura que protagonizó este hombre severo y concienzudo. Baste como botón de muestra el comienzo del capítulo décimo titulado “Magallanes descubre un reino para sí. 28 de noviembre de 1520 – 7 de abril de 1521”:

“La historia de esta primera travesía del hasta entonces innominado océano, <un mar tan extenso que apenas el espíritu humano puede abarcarlo> -según dice el informe de Maximiliano Transilvanus-, es una de las gestas inmortales de la humanidad. Ya el viaje de Colón a los espacios sin lindes fue reputado en su época, y lo ha sido después, como un acto de decisión sin igual; y, con todo, este hecho abnegado no puede compararse con la victoria ganada por Magallanes a los elementos, en medio de indecibles dificultades. Porque Colón navega con sus tres barcos, bien carenados y aparejados, treinta y tres días solamente, y ya una semana antes de echar pie a tierra, unas hierbas flotantes y maderas exóticas y el vuelo de ciertos pájaros le confirman la proximidad de un continente. Sus tripulantes están sanos y animosos; sus naves llevan tanta provisión que, en el peor de los casos, podrían volver a puerto sin penuria. Lo desconocido está ante él, y detrás tiene la patria para sacarle a camino, sea como sea. Magallanes viaja en el vacío más completo, y no partiendo de una Europa confinante, con los puertos y sus hogares, sino de una Patagonia extraña e inhospitalaria.

El hambre y la necesidad los acosan, viajan con ellos y se levantan ante ellos amenazadoras. Su indumentaria está fuera de uso, hay desgarrones en el velamen, las curdas se desgastan. Hace semanas que no han visto un rostro humano nuevo, no se han acercado a una mujer, no han catado el vino, la carne fresca ni el pan reciente y, en el fondo del alma, envidian a los camaradas que han desertado a tiempo hacia sus hogares. Y así navegan los tres barcos, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta días, y todavía no se divisa la tierra, ni siquiera un signo de esperanza que les indique su proximidad. Y otra semana, y otra, y otra más; cien días: ¡tres veces el tiempo que empleó Colón en atravesar el océano! Con mil y mil horas vacías avanza la flota de Magallanes en el espacio vacío. Desde el 28 de noviembre, en el que vieron alborear en el horizonte el cabo Deseado, de nada han servido tablas y medidas. Cuantas distancias calculara Faleiro desde su gabinete se han manifestado erróneas, de modo que, cuando Magallanes, cree haber dejado atrás Cipango, Japón, en realidad ha recorrido apenas un tercio del océano desconocido que, por su calma, denomina el Pacífico, como desde entonces se llama para siempre. Pero, ¡qué cruel calma, qué martirio el de la monotonía en aquel silencio de muerte! El mar, como un espejo azul, invariable, y siempre el mismo cielo candente y sin una nube, y el aire mudo, y siempre la misma anchura y la misma redondez del horizonte, un corte metálico entre el cielo igual y el agua igual, que poco a poco van grabándose hondamente en el corazón. Siempre la misma nada azul inmensa en torno de los barcos insignificantes, únicos objetos que se mueven en medio de la horrible inmovilidad; y siempre la misma luz cruda del día para ver continuamente lo único, lo mismo; y por la noche, las mismas estrellas de siempre, frías y calladas, a las que interroga en vano. Siempre los mismos objetos en el escaso espacio poblado del barco; las mismas velas, el mismo mástil, la misma cubierta, la misma áncora, los mismos cañones, las mismas mesas… Siempre el mismo olor podrido y dulce de lo que se corrompe en las entrañas del barco. Siempre, mañana, tarde y noche, los mismos encuentros, las mismas caras que se miran unas a otras y de día en día desmejoran en la callada desesperación. Húndense más los ojos en las órbitas, y su brillo se empaña con cada mañana que amanece sin nada nuevo; demácranse más las mejillas, y el paso es cada día más flojo y débil. Como espectros circulan ya, surcadas las mejillas y sin color, los que hace pocos meses eran unos mozos temerarios, que trepaban por las escalas y se movían diligentes para defender el barco de la tormenta. Ahora vacilan como enfermos o yacen extenuados sobre el jergón. Cada uno de esos tres barcos que salieron para una de las más osadas aventuras de la humanidad se ve ahora poblado por unos seres a los cuales apenas se reconocería como marineros, y cada cubierta es un hospital flotante…”

Zweig nos transporta son su verbo prodigioso y maestro hasta aquella época de descubrimientos en la que la aventura era eso, aventura en mayúsculas. Es capaz de transmitirnos la soledad y el vacío inmenso del océano, la incertidumbre ante lo desconocido, la valentía de esos hombres, el descorazonador avance sin destino cierto cuando el hambre, la sed y el cansancio se apoderaba de sus ánimos, y hace que lo experimentemos todo tan vivamente que notamos en la piel las quemaduras causadas por el sol y que los labios se nos resequen y se nos agrieten ante la falta de agua potable. La ansiedad nos envuelve como un manto de ausencia. Queremos que Magallanes alcance su meta, que logre el éxito, que, aunque ya conozcamos el final de su aventura, deje de padecer y esboce al fin una sonrisa que le recompense por su irreductible tozudez, por su pasión y por su padecimiento insufrible.

Stefan Zweig, con su prosa elegante de siempre, me ha hecho vibrar en este viaje, en esta aventura increíble. Un libro maravilloso, de narrativa pura, emocionante y fascinante.

Magallanes: el hombre y su gesta, ha sido editado por Capitán Swing, con traducción del alemán de José Fernández.

Sergio Barce, julio 2021

 

STEFAN ZWEIG
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