IMÁGENES DEL ENCUENTRO DEL PASADO 3 DE NOVIEMBRE EN ÁMBITO CULTURAL

El pasado 3 de Noviembre, tuve la suerte de compartir un encuentro con mi hijo Pablo para hablar de «Larache, de la literatura al cine». Se celebró en Ámbito Cultural de El Corte Inglés, de Málaga, y acudió un público casi entregado de antemano. Así que fue fácil ganarse a la audiencia. La responsable de Ámbito, Isabel Ramírez, había tenido la deferencia de esperar a que la pandemia nos permitiese realizar este acto que, por esa causa, se había ido demorando desde hacía año y medio. Pero, al fin, pudimos hacerlo. Al comienzo, se proyectó el cortometraje El nadador, dirigido por Pablo, basado en un relato mío, y cuyo guion escribimos juntos. Toda esa experiencia y cuanto sucedió a lo largo del rodaje, y el paso por festivales, lo desmenuzamos al detalle y creo que todos lo pasaron bien, porque hubo muchas risas y complicidad. Pablo me comentó más tarde que lo había desconcertado en el diálogo que habíamos compartido porque el guión y las notas que habíamos preparado el día antes me lo pasé por el arco del triunfo. Bueno, es mi defecto, siempre improviso; si voy en coche y entro en una rotonda, suelo tomar el camino que no debo. Pero salió bien especialmente gracias a él.

Nos acompañaron muchos larachenses y tangerinos (pido perdón si omito a alguien), pero entre los asistentes estuvieron mis amigos de infancia en Larache: Yamila Yakobi y Juan Carlos Palarea, y otros paisanos: Juan Ramírez, Miguel Montecatine, Elisa González, José Mª Domínguez o Julio Zambrano, y tangerinas como Roxy Treceño, Maribel Gil, Maite Gómez, Ziranda Mingorance, Conchi Lara o Abdellatif Bouziane, que tanto ayudó a que el cortometraje saliera adelante, y también gente querida y entrañable: Larisa Sarria, Paco Carmona, María Jesús Doblas o Maribel Orellana, y varios escritores, también amigos, que aprecio y estimo: David Rocha, Fernando Tresviernes, José Luis Pérez Fuillerat, Víctor Pérez o Mario Castillo del Pino; y además  estuvieron Miguel Garnú, el catedrático Antonio Carmona Portillo y, claro, mi otro hijo, Sergio jr., que fue actor en el corto, y Berry. A quienes no conozco también les agradezco la asistencia. Aquí os dejo las fotos que he podido rescatar de unos y de otros.

 

 

 

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«MESHI SHUGHLEK. NO ES ASUNTO TUYO», UN LIBRO DE ALBERTO MRTEH

Mi amigo Alberto Mrteh estaba como niño con zapatos nuevos en la Feria del Libro de Madrid. Acababa de salir su libro y se enfrentaba a sus potenciales lectores. Le brillaban los ojos, y se movía nervioso, cosa que, por cierto, ocurre incluso sin que publique nada. Es curioso e inquieto, un hombre hambriento de saber. Me fascina su insaciable necesidad en adentrarse especialmente en la cultura marroquí. Instalado en el sur del país, va asimilando cada experiencia como si bebiera de un licor afrodisíaco. Su natural generosidad, que me ha demostrado ya en varias ocasiones, se aúna a su querencia a aprender de todo y de todos. Da bocados a la realidad que le rodea. Se desplaza en los medios de transporte más populares y exprime a los viajeros que van a su lado para saber de sus vidas, de sus costumbres, de sus sueños. Todo lo apunta (para eso es escriba). Todo lo memoriza. Y, de manera lógica e inevitable, lo vierte en sus escritos que comparte en su blog (El zoco del escriba) y ahora también en este primer libro publicado por Huerga & Fierro. Su título es ya de por sí sugerente: Meshi shughlek (No es asunto tuyo).

Con Meshi shughlek he efectuado un curioso paseo por Marruecos, un viaje que nace y termina en el interior de los hammanes que ha ido visitando el autor por diversas ciudades, pero en especial en Kenitra. Lo he seguido pasando de sala en sala, oyendo la caída del agua que él escuchaba, escrutando a los personajes que acuden a esos baños públicos para descubrir cómo su voraz curiosidad los estudia hasta en el menor de los gestos. Yo los observaba con las palabras de Alberto y los veía moverse con las sensaciones que él describe en cada página. Era como sentarse a su vera para escucharlo, oyendo sus impresiones susurradas en voz baja. Cada visita es un cuadro, cada sala una fotografía, un personaje pasa a ser una escultura moldeada por sus manos.   

“…Sentado en el banco cubierto por la toalla, un hombre descansa frente a mí después del baño. Está un poco calvo, lleva recortada su blanca barba y tiene una enorme barriga, como la mayoría de los hombres magrebíes de mediana edad. No lo distinguiría de muchos otros, salvo por una lágrima que le corre por la mejilla. Por un momento me parece que quizás no sea más que sudor, pero el hombre respira hondamente y en el suspiro muestra su pena, de una pérdida quizás, de lo que tuvo y no supo retener o de lo que nunca logró. Nunca había visto llorar a un marroquí. Sus movimientos son pausados, parece que le cuesta hasta respirar. Le busco con la mirada para entablar conversación con él y así saber qué le provoca ese dolor. Necesito matar mi curiosidad y resulto demasiado atrevido con la mirada fija, como hacen los niños que aún no conocen las reglas sociales. Sin embargo, el hombre sigue ausente y seguramente ni siquiera desee hablar con nadie. Se cubre con la chilaba de color gris que rima con su rostro ceniciento y se dispone a salir. Al cruzarse conmigo, le sorprende mi saludo y me da la mano deseando que disfrute con salud del hamman, pero me quedo intranquilo sin saber qué le ha ocurrido a este señor de barba blanca para que acabe llorando en público…”

La variedad de personajes es tan diferente como los días de visita y como las salas de cada hamman. Y hay en cada uno de esos episodios, a los que continúo asomándome siguiendo sus pasos, una pequeña y sencilla historia que Alberto descubre y graba con sus ojos. A veces sonrío con lo que me enseña, en otras ocasiones me emociono, hay instantes para reír, como cuando lleva a su padre al hamman Shabi, de Kenitra, y también capítulos en los que la rabia y la frustración cobran vida, pero tratados con una delicadeza exquisita. Sirva de ejemplo el siguiente párrafo al hablar del odioso personaje de Azdin, que, sin duda, literariamente es un retrato perfecto.

“…Nunca me ha resultado tan agradable como hoy entrar en los baños, mojado como estoy por la lluvia, el calor resulta aún más reconfortante. Cuando por fin me instalo, me llama la atención desde el primer momento un hombre con la cabeza rapada que se encuentra junto a la enorme pila donde se llenan los cubos. La barba mal arreglada le enmarca la cara de mirada afilada. Su expresión es tan intensa que me resulta imposible dejar de mirarlo. Cuando se levanta, puedo observarlo al detalle. Lleva puestos dos calzoncillos blancos, uno ajustado y, por encima, otro con la goma dada de sí que le cuelga por debajo de las nalgas cuando se descarga un cubo de agua para refrescarse. Ha pillado la parte delantera con el más ceñido y así evita que se le caiga por completo. Es moreno de piel y de cuerpo robusto, seguramente por el trabajo en el campo o en alguna otra actividad que requiera intenso ejercicio físico.

Me habría olvidado de él si no hubiese sido por una mirada de uno de sus acompañantes. A su lado se encuentran en el suelo dos niños a los que grita todo el tiempo. Ya he visto antes ojos como aquellos que clamaban auxilio. Me alerta y analizo la situación. Nadie puede decir que les está pegando, pero no le hace falta levantar la mano para ejercitar un trato salvaje. Mi corazón se acelera. Nunca he visto una escena similar en el hamman. No les está golpeando, me digo, pero los somete con continuas órdenes, llenas de agresividad, con un asfixiante caminar a su alrededor, con su vigilancia sin descanso. Y no necesito esperar a que le aseste el primer puñetazo para comprender lo que ocurre entre ellos. Conozco bien esos ojos infantiles que piden ayuda: mi verde mirada reflejada en el espejo del baño que me servía de refugio. Y también los distinguí en ojos fraternales. Los latidos son cada vez más fuertes. Esta maldita escena que siempre me alcanza, por mucho que huya y me mude de ciudad, por mucho que corra y me cambie de país. Esa lucha de miradas, la salvaje y la temerosa, siempre terminan por atraparme y por remover todos los recuerdos…”

Sigo visitando los hammanes a los que nos lleva Alberto Mrteh en este lento y marroquí paseo que disfruto igual que un largo sueño. Se siente en cada página el vapor, el agua caliente y el agua fría, los murmullos de las voces, los gritos de los niños, el chapoteo, y notas, a través de las palabras de Alberto, las miradas de los otros usuarios que devuelven, a veces con cierta impertinencia, su incomodidad al verse observados; aunque, hay que decirlo, la abrumadora mayoría se limita a seguir con sus quehaceres, a olvidarse del mundo exterior, y la paz se va aposentando en el espíritu.

Hay un párrafo que resume muy bien en qué consiste todo lo que Alberto pretende, que no es más que un ejercicio de voyerismo sin maldad, de voyerismo cultural y antropológico, pero lleno de humanidad. Escrutar, descubrir, asimilar. Hallar en definitiva el secreto del hamman.

“…Me siento y disfruto contemplando a las distintas gentes del hamman, observando cómo se comportan, imaginando sus vidas, como el viejo que se limpia lentamente y al que se le van cayendo los calzoncillos, o el joven de bañador azul que parece tener algún problema que le preocupa porque no para de cambiar de sitio y en ninguno permanece porque no se encuentra a gusto, o el señor velludo que se echa champú incluso por su tupido pecho, o el viejecito que entra cubierto hasta la cabeza con una toalla tan ajustada al cuerpo que le dificulta el andar y que respira aliviado cuando la cuelga sobre un gancho de hierro en la sala fría o el ksel barbudo que en el vestuario lleva puesto un albornoz blanco y, por encima, aún otro estampado que diría que es de mujer, pero que con esa barba le da aspecto de marajá de Las mil y una noches. Estoy sentado mientras me cambio y los miro a todos ellos, se acerca el ksel de bigote para decirme que no ha podido atenderme antes. Me había olvidado de él, distraído por lo que veía, y le propongo que lo dejamos para otro día…”

Meshi shughlek significa “no es asunto tuyo”. El título lo resume todo. Pero Alberto me ha llevado a todos esos lugares, me ha enseñado lo que sus ojos veían, me ha hablado entre líneas de su pasado y de su presente con una sinceridad apabullante y me ha mostrado otra cara de Marruecos que pocos han sabido describir como él. Quizá ha cometido un error al hacerlo porque, al final, gracias a seguirlo por este itinerario de aprendizaje ha acabado por ser asunto mío.

Sergio Barce, 1 de noviembre de 2021

 

ALBERTO MRTEH & SERGIO BARCE
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UNA PUERTA PINTADA DE AZUL

El director de cine y montador Luis Sánchez-Gijón, tras leer mi libro Una puerta pintada de azul, escribió lo siguiente (y tras darme permiso para publicarlo, aquí lo hago, sin ocultar mi agradecimiento por sus palabras, al contrario, orgulloso de haberle sugerido esta reflexión tan literaria):

«Memoria líquida que se escurre entre los dedos. Narración en presente que enfatiza con acertado dramatismo el uso del pretérito para lo pretérito. El paseo de Leopold Bloom por un Dublín trasmutado en Larache…»

Gracias, Luis.

 

 

(Foto de Herminia Luque)
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MÁLAGA, 3 DE NOVIEMBRE – LARACHE, DE LA LITERATURA AL CINE – ENCUENTRO DEL DIRECTOR PABLO BARCE Y DEL ESCRITOR SERGIO BARCE

Málaga

en Ámbito Cultural

de El Corte Inglés

día 3 de Noviembre

a las 19:30 horas

«Larache, de la literatura al cine»

Encuentro con el director Pablo Barce y el escritor Sergio Barce, que nos hablarán del proceso de adaptación del relato «El nadador» a película.

Una historia ambientada y rodada en la ciudad de Larache (Marruecos), que ha sido galardonada con el Premio Forqué 2020 al Mejor Corto de Ficción, con el Primer Premio Cap Spartel Film Festival de Tánger y nominada en la misma categoría al Premio Goya.

Durante el acto, se proyectará el cortometraje.

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«DESNUDO DE TI», UN POEMA DE OUIDAD BENMOUSSA

Ayer se presentó en el Ateneo de Málaga el libro Mar de Alborán. Antología de la poesía contemporánea andaluza y marroquí, edición y selección de José Sarria y traducción del árabe, y al árabe, de Khalid Raissouni, publicado bajo el patrocinio de la Fundación Málaga. La labor de Pepe Sarria es encomiable al reunir en este libro a treinta y seis poetas andaluces y marroquíes para dar una amplia panorámica de la producción poética que une a ambas orillas, fin último de esta obra: abrazar, reunificar, fusionar. Un trabajo necesario e imprescindible para conocernos mejor. 

A modo de pincelada, como muestra de la calidad de los autores seleccionados, he elegido este hermoso poema de la poeta Ouidad Benmoussa (Alcazarquivir, 1970), titulado Desnudo de ti

DESNUDO DE TI

de Ouidad Benmoussa

 

Quién dijo que el cielo no escucha

No siente

No se cansa

No se pierde

No se entristece

No ama

Quién dijo que ella no se despierta con anhelo

Y con pasión se duerme

Él, que dice que su pecho no está repleto del gemido de la separación,

Del rugido de la despedida

Quién dijo que su noche ya no es como su día:

Una noche doliente

Y un día herido

Aquel cielo es mi semejanza

Ese soy yo

 

Desnudo de ti

A menudo me visto de este cielo

Y de mi yo

Para verte desde la hendidura del relámpago

Centelleando

Desnudo de ti

Me calienta la ausencia

Me cubre la distancia

Yo soy el extraño

Desnudo de ti

No me disimula ningún cuerpo.

 

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