EL GRAN ESPEJO (THE BIG MIRROR), UNA NOVELA DE MOHAMED MRABET

 

“Sentado allí solo, meditando sobre los últimos acontecimientos, Ali se convenció de que Rachida, al no haber conseguido cortarle el cuello a él, había matado a aquel hombre en su lugar. Estaba seguro de que había sido el grito de la chica del espejo lo que le había salvado. Y al mismo tiempo, esas dos ideas le parecían absurdas.

Rachida era su mujer y como la amaba no podía soportar la idea de que se estaba volviendo malvada.

Entonces recordó que la enfermedad de la belleza hacía que lo irreal se asemejara a lo real. Ali se sentía poseído por el mal, al borde de algo peligroso y maligno. Se echó a llorar.

Los trabajadores que pasaban cerca de la caseta, al oírlo, se paraban y llamaban a la puerta para ver si se encontraba bien.

Seguid con vuestro trabajo. Sé lo que me vais a decir. El mayor favor que me podéis hacer es dejarme solo.

Ali se incorporó, sintiendo que la boca oscura de la enfermedad se estaba aproximando, preparado para tragárselo. A veces la percibía tan cerca que podía notar cómo lo tocaba. En su mente flotaba la imagen de una tela blanca manchada de rojo. Al recrearse con detenimiento en aquella visión, le recorrió de repente una enorme ola de felicidad.

Sí, un musulmán vestido de blanco y con algo de sangre. Rachida tenía razón. Es como vestir seda y tomar miel…”

EL GRAN ESPEJO portada

Este fragmento pertenece a la novela El gran espejo (The big mirror) de Mohamed Mrabet que, en su momento, transcribió Paul Bowles. Acaba de ser editada por Cabaret Voltaire con traducción del inglés de mi querido amigo Alberto Mrteh, de lo que me alegro especialmente.

Narración ambientada en Tánger, aunque la ciudad en este caso no es ningún personaje relevante, se trata de un cuento fantástico, que se mueve entre lo gore y lo fantasmagórico. Intuyo trazos e influencias de Bowles en cuanto a ese tipo de tramas en las que la presencia de la brujería y de lo mágico marroquí siempre lo atraían de manera casi desaforada. Pero en este caso, la historia de Mrabet es algo menos contenida, y la novela parece querer dar algún quiebro o giro para dar a continuación un paso más retorcido que el anterior, tal vez en busca de aliento o de un hilo conductor, pero no estoy seguro de que termine de cuajar. Al menos es mi sensación. 

Es curiosa, sin embargo, esta historia de amor arrebatado y de locura contagiosa, que posee entre sus párrafos escenas de gran fuerza sensitiva y de una poderosa sensualidad, algo que tal vez pueda sorprender a lectores poco habituados a la narrativa marroquí. Pero echo en falta probablemente la fascinación que me han causado los anteriores libros de Mohamed Mrabet. Quizá la vida de la calle, la vida dura e inmisericorde de la calle, que tan bien conoce y que tan bien plasmó en Amor por un puñado de pelos (Love with a few hairs) y en El limón (The lemon) sea el terreno en el que Mrabet mejor relata y que a mí, personalmente, es la que me llega a las entrañas. No obstante, El gran espejo se deja leer gracias a la reconocible sencillez de su forma de contar y es seguro que embrujará a los lectores que busquen precisamente ser hechizados por alguna historia nada realista o ser desbordados por algo inesperado.

Sergio Barce, noviembre 2020

Alberto Gómez Font y Mohamed Mrabet

Alberto Gómez Font y Mohamed Mrabet

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AMIGOS EN MI BIBLIOTECA

Algunos de los libros de mi biblioteca. Libros escritos por autores que son mis amigos o que hemos compartido algunos buenos momentos o con los que me une alguna afinidad.

Ahí tenéis títulos de Mohamed El Morabet, José A. Garriga Vela, Antonio Lozano, Miguel Torres López de Uralde y Antonio Fontana.

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De José Sarria, Abderrahman El Fathi, Marta Querol y Sergio del Molino.  De Encarna León, Inmaculada García Haro, Sonia García Soubriet, Abdellah Djbilou, Rocío Rojas-Marcos y Ahmed el Gamoun; y de Víctor Morales Lezcano, Hassan Tribak, Pepe Ponce, José L. Gómez Barceló y de Javier Otazu.  

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Obras de Farid Othman Bentria Ramos, Antonio Abad, Yolanda Aldón, Zoubida Boughaba Maleen, Pablo Aranda y Ana Añón. Junto a los de Javier Valenzuela, Peter Viertel (con traducción de Marcos Rodríguez y Carmen Acuña), Miguel Romero Esteo, Pedro Pujante y Mohamed Sibari; y a los de Mohamed Akalay, José L. Pérez Fuillerat, Presina Pereiro, León Cohen y Víctor Pérez.

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Y más libros de Juan José Téllez, Alfredo Taján, José Sarria, Manuel Gahete, Tahar Ben Jelloun o Najat el Hachmi. De Julio Rabadán, Salvador López Becerra y Pedro Delgado.

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Están los libros de Herminia Luque, Emy Luna, Iñaki Martínez, José F. Martín Caparrós y Luis Mateo Díez. Y de Felicidad Batista, Saljo Bellver, Mohamed Chakor, Mohamed Abrighach y Mario Castillo del Pino.

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Libros de María Dolores López Enamorado, Paloma Fernández Gomá, Lorenzo Silva, Ahmed Mgara y Pedro Munar. De Cristina Martínez Martín, Mohamed Lahchiri, Juan Goytisolo, Alicia González Díaz y José García Gálvez. 

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Títulos de Mohamed Bouissef Rekab, Juan Pablo Caja, Mohamed Laabi, Guillermo Busutil y Ramón Buenaventura. También de Abdellatif Limami, Aziz Tazi, Abdelmawla Ziati, Roberto Novella, José Sarria, Manuel Gahete y Abderrahman Jebari. Junto a otros de Luis Leante, Laila Karrouch, Mohamed Abid, Said Jedidi y Pablo Martín Carbajal.

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Al lado de Sara Fereres, Santos Moreno, Francisco Morales Lomas, Abdel Rusi el Hassani y Mohamed Mrabet (con traducción de Albert Mrteh); y de Rocío Rojas Marcos, Ahmed Oubali, Pedro Delgado, Fernando Castillo y Luis María Cazorla.

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Libros de Randa Jebrouni, Jess Lavado, Carlos Tessainer, Eloísa Navas, Alicia Muñoz Alabau, y de Hipólito Esteban Soler, Fuensanta Niñirola, Susana Gisbert Grifo y libros de la Generación BiblioCafé.

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Libros muy especiales de mi biblioteca porque a la creación se une el elemento personal y afectivo.

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“EL LABERINTO DE MAX”, DE SERGIO BARCE

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Pedro Pujante, Sergio Barce & Pablo Aranda

En marzo de 2018 apareció mi novela corta El laberinto de Max, dentro de la colección <Manguta de Libros>, de Ediciones del Genal & Mitad Doble Ediciones, junto a autores como Pedro Pujante, Herminia Luque, Jess Lavado, Eloísa Navas, Presina Pereiro, Salvador Rivas, José A. Sau y, por supuesto, al añorado y siempre recordado Pablo Aranda. 

HL SB ...

Herminia Luque, Sergio Barce, Eloísa Navas, Presina Pereiro y Jess Lavado

Para quienes no hayáis leído este libro, os regalo el primer capítulo, la mejor manera que encuentro para animaros a leer el resto de esta historia que transcurre entre libros…

Me he quedado tan sorprendido de que mi padre me haya llamado después de tantos años que no he sabido reaccionar. Pero le he confirmado que iría. Luego he colgado, sin aliento. Lo hago por Silvana, no por él. Y porque me encuentro en las últimas.

Ahora que estoy frente al local, no sé si ha sido una buena idea venir. Nunca me ha gustado su negocio. Siempre he hecho lo contrario que Max. Desde niño. Sobre todo en la adolescencia. Si mi padre quería ir a la playa, yo protestaba porque prefería la montaña. Si proponía ver una película de Hitchcock, yo sugería una cinta de Berlanga. Me pidió que me cortara el pelo, y me dejé melena. Por joder. Decidí no abrir un libro porque él regenta una librería. Esa es la razón de que no haya leído una novela en casi cuarenta años. También por joder. Nos distanciamos. Luego, al marcharme tras acabar los estudios, dejamos de vernos. Y nos hemos convertido en unos extraños.

Pero llevo ya dos años en el paro. Las ayudas sociales se acaban el mes que viene. Silvana ha debido de verme más apurado que en otras ocasiones. La verdad es que lo estoy. Por eso habló con su abuelo, sin que yo lo supiera. No sé qué le habrá contado a Max para convencerlo. Apenas cruzamos unas frases por teléfono, lo imprescindible. No sabía muy bien qué decir. ¿De qué hablas con alguien a quien has decidido eliminar de tu vida? El hecho es que me ha ofrecido trabajo en su negocio. Le respondí que lo pensaría. La realidad es que yo no sé nada de libros. Seguramente me necesitará para llevar la contabilidad. O algo así. Sea lo que sea, no voy a embarcarme con él. Max insistió. Hube de prometer que vendría a verlo para poder colgar de una puñetera vez.

Apenas me llega para pagar los gastos necesarios. Ni un solo capricho. El alquiler comienza a ser un problema. Adeudo ya dos meses. La primera vez que me retraso. Mis zapatos cumplen su primer lustro. Me es imposible hacerle un buen regalo a Silvana. Y el hándicap es mi edad. Nadie contrata a alguien con cincuenta y cinco años. Ya no soy joven. Tampoco viejo. Bueno, un poco mayor, digamos que maduro. Me consuelo porque me dicen que las canas hacen interesante. Me mienten. Para que no me deprima. La realidad es que todo se desmorona.

Silvana me encontró en casa borracho como una cuba. Me había soplado casi toda la botella. Llamó y no entendía lo que le decía. Eso la alarmó. Eso y que no volviera a descolgar cuando telefoneó de nuevo. Abrió con el duplicado que guarda de mis llaves. Vomité. Grité. Lloré. Ahora siento una vergüenza enorme. Me vio como nunca me había visto antes. Hice el ridículo. Y se rio mucho oyendo mis gilipolleces. Aunque se niega a contarme cuáles fueron mis palabras. Seguramente puse a parir a su madre. Es una arpía, de eso no cabe la menor duda. Pero no merece ningún insulto. Eso lo convierte todo en más deplorable.

En los quince minutos que llevo aquí parado no ha cesado de entrar gente a la librería. Un hecho que me parece insólito. He oído que todas están cerrando. No tengo demasiadas ganas de cruzar la calle y ver a Max. Los dos nos hemos atrincherado. No hemos querido saber nada el uno del otro. Durante años. Habrá envejecido. Claro. Como yo.

Al empujar la puerta he reconocido el olor. Es el mismo de siempre. Huele a madera y a libros. Llamativamente, el local me parece ahora más amplio, más grande. Hay al menos diez personas entre los estantes, curioseando o buscando algún título. Tantos que es imposible que nadie pueda leerlos todos. He de reconocer que la librería es preciosa. Mi padre tuvo buen gusto al montarla. Madera por todas partes, al estilo británico. No le ha hecho falta reformar nada. La concibió como un pequeño laberinto que impidiera a los clientes salir en seguida. Qué cabrón. Pero parece que eso le ha dado mejores resultados de lo que nadie hubiera imaginado. Hizo una fiesta al inaugurarla. Yo era un niño. Besó a mi madre delante de todos, como hacían los actores de cine, y me avergoncé. Luego volqué un tazón de chocolate sobre las piernas de una de mis primas. Suerte que ya se había enfriado. Si no, le hubiera causado quemaduras de segundo grado. Me castigaron encerrándome en el desván de la librería. Allí me rodeaban sombras siniestras, ruidos extraños. Alguien habitaba tras aquellas paredes, alguien que me vigilaba. Podía escuchar su respiración, cansada y rota. Pasé tanto miedo que decidí no volver a subir. Aunque hubo una segunda ocasión. Algo más tarde. Y aquí sigue la librería de Max, abierta, funcionando, con clientes. Un milagro en estos tiempos. Joder, creo reconocer a uno de los que buscan en los anaqueles de literatura clásica. Lo vi en varias ocasiones en mi niñez. Debe de llevar todos estos años dando vueltas, tal vez nunca haya podido encontrar la salida. Por eso seguirá en literatura clásica. Creo que era un pedante.

Llegar a la caja también es un poco complicado. Max la ubicó en el centro del pequeño laberinto. Este olor me rejuvenece. Quién me lo hubiera dicho. Zigzagueo y veo la vieja mesa de nogal. La mesa hace las funciones de mostrador. Es como si el tiempo se hubiera detenido aquí dentro.

No conozco a la mujer que está ahí sentada, junto a la caja registradora. Ya no se ven ese tipo de cajas registradoras. Recuerdo que, cuando había que limpiar, mi padre la levantaba y decía que pesaba treinta quilos. Treinta quilos sin monedas ni billetes, vacía. Le da un toque original al sitio. La empleada está leyendo. Esa era una norma de Max. Quien trabaje conmigo debe saber de qué tratan todos los libros que vendemos y ha de leérselos. Eso predicaba. Ella debe de estar cumpliendo sus órdenes. La mesa llena de ejemplares y de papeles, rodeándola. Me acerco. No levanta la cabeza y carraspeo. Ahora sí. Joder, qué guapa es la tía.

Después de recobrarme (confieso que me ha descentrado por completo), le pregunto por el señor Bazlen. Aunque sigo perdido en su rostro, como atontado. Me responde que no está en estos momentos. Al poco me lo repite, porque no me he enterado la primera vez. Reacciono. Torpemente. Yo soy el señor Bazlen. Lo digo casi de manera automática. Lo he hecho sin mala intención. En seguida me doy cuenta de que puede parecer que le tomo el pelo. De hecho, ella ha arrugado el ceño y mira a un lado y a otro. Es posible que piense que está frente a un chiflado. Soy su hijo, añado con rapidez. El hijo de Max. Trato de salvar el descalabro. Es entonces cuando ella esboza la sonrisa más hermosa que he visto en mucho tiempo. Soy Lili, se presenta. Me extiende la mano y se la estrecho. Habría preferido besarla. Y yo le respondo. Como Lillie Langtry. Ella aguarda a que le aclare de quién le hablo. La criatura más hermosa del mundo, le desvelo entonces, o eso es lo que afirmaba el juez Roy Bean cuando hablaba de Lillie Langtry. Ah. Lili solo rezonga eso: ah. No parece que le haya hecho gracia mi piropo enmascarado. Ava Gardner interpretó a Lillie Langtry, apostillo. La verdad es que, aunque no leo un libro desde hace más de treinta y tantos años, por joder, veo mucho cine. Quizá demasiado. Lili me transmite su desinterés. Puede esperarlo aquí, su padre no tardará mucho. Y añade: si quiere echar un vistazo… Y me invita con un gesto a que me entretenga con los libros y a que la deje en paz.

Actúo como si me interesara por los volúmenes que se exponen en literatura española actual. No conozco a ninguno de esos escritores. Así que no voy a perder el tiempo. Para qué. Lo que realmente hago es observar a Lili. Está leyendo. Concentrada. Se acerca una mujer con un vestido horrible a la mesa mostrador. Lili reacciona dibujando de nuevo esa sonrisa arrebatadora que había desaparecido. Es como para comprarle el libro que ella proponga. Sin discutirlo. Me lo llevo porque es usted bellísima. Eso es lo que le diría al pagarle. Veo cómo le indica a la señora del vestido horroroso los expositores de las ediciones de bolsillo. Y vuelve a su tarea. Me cuesta dejar de admirarla. Entonces llega Max a la librería. He reconocido su peculiar manera de abrir y cerrar la puerta. No podría describirla, porque aparentemente no es nada peculiar. Pero nadie abre y cierra una puerta como Max Bazlen…

EL LABERINTO DE MAX

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EN LA FERIA DEL LIBRO DE MÁLAGA 2020

 

FERIA

Mañana viernes, 6 de noviembre, a partir de las 18.00 horas estaré en la Feria del Libro de Málaga, en la Caseta oficial, para firmar ejemplares de mi novela Malabata (Ediciones del Genal, 2019).

Buena ocasión para que podáis completar la trilogía tangerina que también publiqué con Genal y que también estarán a vuestra disposición: El libro de las palabras robadas y La emperatriz de Tánger.

O bien El laberinto de Max.

Seguro que os falta alguno de estos títulos.

Os espero.

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El libro de las palabras robadas -

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La emperatriz de Tánger

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EL LABERINTO DE MAX

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“EL PERDÓN DE LOS PECADOS”, UNA NOVELA DE ANTONIO FONTANA

 

Aunque publicado en 2003, gracias a mi amigo el escritor Miguel Torres López de Uralde, descubro una novela extraordinaria: El perdón de los pecados, del autor malagueño Antonio Fontana, que hace pocas semanas fue galardonado con el Premio Café Gijón con Hasta aquí hemos llegado.

EL PERDÓN DE LOS PECADOS portada

Adentrarse en El perdón de los pecados es entrar en un mundo duro y desangelado, en el que las circunstancias hacen cambiar por completo la vida de una familia. Lo que plantea esta novela es cómo el nacimiento de un hijo o de una hija con un problema psíquico o físico (en el caso de la novela es una parálisis cerebral) hace cambiar a las personas, cómo ese problema se afronta de manera diferente por quienes rodean a ese inocente y cómo sus vidas cambian para siempre.

La habilidad de Antonio Fontana es la de obligarnos a enfrentarnos con ciertas preguntas muy incómodas. ¿Actuaríamos como lo hace la madre de Tecla, esa niña que nace limitada para el resto de su vida? ¿Lo haríamos como su padre? ¿O tal vez como Ángela, su hermana? Cada uno arrostra el acontecimiento de una manera, y es el tiempo el que los modulará para ser unos más valientes y otros más condescendientes, o más cobardes. ¿Habríamos comprendido al médico que asistió al parto de esa criatura diezmada? ¿Seríamos tan mezquinos como alguno de esos vecinos que le desean incluso la muerte a esa niña porque carecen de la más mínima piedad?

“Su voz se abrió paso en la penumbra:

-¿Por qué nos ha tocado a nosotros?

No era una pregunta: era una queja.

Desde la cama, la respuesta de mi madre llegó cortante, veloz; quizá porque la había meditado largo rato; quizá porque no había nada que meditar:

-¿Qué por qué nosotros? Por qué le ha tocado a ella, querrás decir. ¿Qué culpa tiene Tecla?

Mi padre saliendo de la habitación cabizbajo, envuelto en un silencio distinto del anterior: más profundo, más amenazador, más peligroso. Planeando ya la huida. Preparando las palabras con las que me dirá adiós -<diós, diós>- dentro de unos días. Ensayando su beso cobarde. El beso que recibes dormida y crees haber soñado. El beso con el que se despide -<diós, Dios>- quien no piensa llevarte consigo. Quien ha empezado a alejarse.”

Me conmueve el personaje de la madre: entregada, enrabietada, digna, fuerte, amorosa, dura, luchadora. Me enternece Tecla, por supuesto, una niña inocente que tiene una existencia amputada por el capricho del destino o por ese Dios que tan bien describe Antonio Fontana en boca de la narradora.

Y ese pueblo al que regresa la protagonista, que es uno de esos pueblos que apenas pueden ya mantenerse en esta España vacía nuestra, casi aterrador. La descripción de la estación de tren lo encierra todo en pocas palabras.

“…Mientras tanto, el tren espera. A alguien que no llegará, porque en estos pueblos cada vez hay menos gente, y la poca que queda es gente resignada, gente vencida, gente que ve pasar los trenes en la lejanía, que en eso consiste la resignación: en contemplar el paso de los trenes sin subir nunca a ellos; sin soñar siquiera con subir algún día a ellos. ¿Para qué?”

Hay mucho desaliento, mucha desilusión y mucha culpa y mala conciencia en esta historia de amor materno filial, y de desamor entre hermanas y entre madre e hija, y mucha aridez paterna. Los retratos de los personajes son delicados, pero perfectamente construidos. Y la narrativa de Antonio Fontana es magnífica, manteniendo el pulso desde la primera línea hasta el punto final sin el menor desfallecimiento. Contándonos lo que no querríamos saber, lo que la verdad esconde, lo que el pasado nos trae de vuelta sin que pueda evitarse, igual que la mala conciencia o los demonios que escondemos bajo la alfombra. Muy recomendable.

El perdón de los pecados está editada por Acantilado.

Sergio Barce, noviembre 2020

ANTONIO FONTANA

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