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LARACHE vista por… MUSTAPHA EL BOUTHOURY y por ABDELGHANI EL AMRANI

Escarbaba entre mis papeles. y me he encontrado con varias de las revistas que «Larache en el mundo» publicó hace unos años, sus Gacetas. Y entre ellas, he redescubierto dos pequeños artículos de dos amigos, de dos paisanos, y me han hecho revivir esos años, no tan lejanos aún. Al leerlos ahora, aunque sean del año 2005 y 2006, respectivamente, es decir, se escribieron no hace más de seis o siete años, su valor testimonial sigue siendo actual, pero algunas de las descripciones que se hacen de lugares o edificios de Larache, parecen mucho más lejanas, como si el tiempo hubiera volado excesivamente rápido. Pero traigo estos artículos de Mustapha el Bouthoury y de Abdelghani el Amrani porque me encantaron en su momento, porque me siguen gustando como están escritos -desde las tripas- y porque lo que escriben los amigos aumentan de valor con el tiempo. Y porque merecen ser releídos por sus paisanos.

Sergio Barce, marzo 2012

Larache

LA PENÚLTIMA VISITA A LARACHE

por Mustapha el Bouthoury

(publicado en La Gaceta Informativa de Larache nº 2

editada por Larache en el  Mundo, julio 2005)

   La verdad es que tendría que hablar de mi última visita a Larache puesto que todavía no he efectuado ninguna más, pero prefiero usar ese término porque no puedo evitar pensar que habrá muy pronto una nueva visita. Esto es que las llamadas de mi tierra nunca cesan. Tampoco hace falta ningún motivo especial para transformar los casi 80 kilómetros que me separan físicamente de ella en un agradable paseo. Además, en Larache, afortunadamente y a pesar de los pesares, sigue habiendo cosas bonitas.

Larache – Leones del Jardín de las Hespérides

Pero a parte de todo lo anteriormente citado, esta vez me llamó mi amigo Laabi anunciándome que estaba en Larache. Quedamos por la mañana del día siguiente en nuestro “café del té”. Y qué mejor que citarnos en ese rincón de nuestra querida ciudad estando los dos trabajando en Tánger. La verdad es que pensándolo bien, más bonito sería citarnos un día en Larache todos los hijos y amigos de Larache. También podrían ser siete días y volver a celebrar la Semana de Larache. ¿Quién, al asistir a la Semana de Larache, no disfrutó con ese mosaico de actividades culturales, y esos fuegos artificiales que le ponían el broche de oro, transformando el cielo de la última noche en una serie de obras de arte a base de luces y colores?

Al levantarme por la mañana, cogí la nacional bajo los suaves rayos de un sol radiante y me encontré con una carretera casi tan despejada como el cielo azul. Esto aumentaba considerablemente el poder disfrutar de los paisajes que alternaban el verde de los bosques de alcornoques, pinares y eucaliptos, frondosos en muchos tramos del recorrido, y el azul del mar cuando se interrumpía el bosque. En una de esas interrupciones, a escasos kilómetros de Larache, se ofrece al viajero una vista panorámica de la ciudad, antes de encontrarse con las ruinas de la ciudad antigua de Lixus.

Larache – Castillo Laqbíbat o de San Antonio

Luego viene el encuentro obligado y agradable, con esa enorme serpiente azul que da no sólo nombre a toda una región sino que también le lleva vida, en su movimiento sinuoso y gracioso hasta encontrarse con el mar. De este encuentro, entre el río Lukus y el Atlántico, sigue siendo testigo lo que queda del castillo Laqbíbat o de San Antonio. Un castillo que defendió a la ciudad a partir del siglo XIII hasta ser ocupado en 1911 y transformado en hospital militar por disposición del general Silvestre. Un esquinazo, tan injusto como incomprensible, ha hecho que ahora esté muy mal herido, por lo que no deja de ser un lunar en un paseo marítimo mejorable. Esperemos que la empresa que se hace cargo de convertirlo en hotel, respetando a la estructura exterior, actúe antes de que el lunar se convierta en un solar, y que las autoridades competentes le brinden todas las facilidades para no alargar aún más una triste lista de monumentos que ya sólo existen en fotografías o en nuestras memorias, y que desgraciadamente los más pequeños nunca podrán conocer por ellos mismos.

A la imagen triste del castillo, le siguió la de ese imponente balcón sobre el Atlántico, con esa preciosa panorámica que ofrecen sus 36 metros de altura sobre el nivel del mar. Luego cogí el primero de los ocho accesos a “la sartén”, como afectuosamente nos gustaba llamarla mi quinta y yo. Es la actual Plaza de la Liberación y el lugar de peregrinación cotidiano de los Larachenses. Sus cafés, con el Central como decano, siguen siendo un lugar privilegiado de encuentro, reencuentro o reuniones. En uno de ellos, famoso por sus tés, había quedado con mi amigo, y justo enfrente de él encontré un sitio para aparcar. Ahí estaba precisamente, puntual como siempre, junto a otro hijo de Larache, pintor y autor de los retratos que figuran en el libro recién publicado por Laabi. Otro autor más que ha sido inspirado por esta ciudad, como lo han sido Sergio Barce, Si Mohamed Sibari, Si Mohamed Akalay, Si Dris Diuri, Si Mohamed Choukri, Trina  Mercader, León Cohen y Jean Genet, entre otros. Este último ha sido, según su voluntad, enterrado en Larache como muchos otros, y es lo que me gustaría que pasara con mi cuerpo cuando llegue mi hora.

Sergio Barce & Mustapha el Bouthoury

Pero, de momento, mi única e inmediata preocupación consistía en sentarme frente a la plaza y disfrutar del sabor de ese buen té que sirven en ese café, en compañía de un querido amigo y de su acompañante, al que sólo conocía a través de sus obras artísticas. Después de los saludos y de las presentaciones, tomé sitio. Al sentarme, mis ojos ignoraron todas las personas que cruzaban por donde bueno les parecía y los coches a que estos sorteaban, y mi mirada se fijó en la última arcada de la derecha. Inmediatamente, mi mente inició un viaje en el tiempo. Me vi de niño, surgir de debajo de esa arcada, viniendo de mi casa en la calle Escala, y dirigirme hacia el centro de la plaza, ocupado por una fuente con unos preciosos pequeños azulejos ricamente decorados. Subí los peldaños que tenía en frente y me senté al borde para ver nadar unos preciosos pececillos rojos. No paraban de dar vueltas alrededor de un obelisco plantado justo en medio de la fuente. Unos bonitos recuerdos que desfilaban en mi mente como una película. Pero de repente, una silueta vino a formar una cortina ante mis ojos por lo cerca que se había puesto. Era un chico que, durante unos segundos y con una voz que no hacía honor a su estatura, nos ametralló por turno a mis acompañantes y a mí, con la misma pregunta:

– ¿Tsiri? ¿Tsiri? ¿Tsiri?…

Se trataba probablemente de otro limpiabotas de circunstancias, que formaba parte de alguna oleada más en busca de otros horizontes. Me recordó otro chico de la misma edad, muy correcto, que sacándole brillo a mis zapatos, me había revelado sus intenciones de cruzar el charco. Hace tiempo que no lo veo, y a veces me pregunto si logró llegar a su fin. No tuve tiempo de reaccionar porque el chico, en su posición, dificultaba la salida del camarero hacia la terraza para ponerle los tés a mis acompañantes.

A haíed a sahbi -le dijo el camarero al chico con una voz seca y con tono de recriminación.

El chico lo fulminó con la mirada, y balbució algo para sus adentros al mismo tiempo que se desplazaba hacia la mesa que estaba casi pegada a una columna. Lo seguí con la mirada, y una vez ahí reprodujo la misma escena desde su principio: el índice de la mano izquierda apuntando hacia abajo, la mano derecha agarrando una pequeña caja, un diminuto taburete debajo del brazo derecho, y la ráfaga a la cual tuvimos derecho nosotros también.

Larache – Plaza de la Liberación o de España, en enero de 2010

Al despejarse la vista hacia el centro de la plaza, pude entrever la nueva fuente que, con un simple plumazo, había usurpado el sitio de la anterior, llevándose por delante a ciertos azulejos que habían efectuado el viaje de Triana a Larache para hablarnos del Quijote. No sé por qué se reemplazó la fuente original por “eso” que está ahí, en mitad de la plaza y en estado continuo de deshidratación total. Así parece más bien un simple O.P.N.I. (Objeto Pegado No Identificado). Pero ¿no cabía una restauración si motivo había?

En Granada siguió la Alhambra en pie después de la Reconquista, y no se le dio esquinazo. Ahora, en verano, hay que esperar hasta una semana para poder entrar al castillo árabe. Y buena parte de los ingresos se destinan a conservar su resplandor. Bien es cierto que en Larache no tenemos castillos del renombre del de la Alhambra, pero son castillos nuestros y forman parte de nuestra historia, por lo que tienen su importancia. ¿O es que en Larache sobra la expresión “patrimonio cultural de la ciudad”?

Nada sería más justo y urgente que una buena toma de conciencia para preservar todo lo que sigue siendo original y distintivo de nuestra ciudad. Es un objetivo de nuestra asociación “Larache en el Mundo”, pero necesitamos conjugar todos los esfuerzos y ser solidarios en nombre de nuestro denominador común llamado LARACHE.

Puerto de Larache

SENTIRSE ORGULLOSO DE HABER NACIDO EN LARACHE 

por Abdelghani El Amrani

(publicado en La Gaceta Informativa de Larache nº 3

editada por Larache en el  Mundo, febrero 2006)

   Cuando un hombre conoce los sucesos de las generaciones pasadas, parece que ha vivido desde el comienzo de los siglos. Y si, además, recordamos un proverbio ya clásico que decía que «las ciudades cambian más aprisa que el corazón de los hombres» me viene a la memoria el pregón de la semana de Larache de 1971 del 13 al 22 de agosto, pregón que presidía mi difunto padre con otros miembros del comité organizador de dicha semana.

   En él se decia: «Pues bien, reflexionando un poco sobre esta idea, observamos que en nuestra querida ciudad hay algo que permanece constante, inmutable a través del tiempo, algo consustancial con Lixus: sus riquezas naturales -ciudad del mar, ciudad de la naranja-, su emplazamiento privilegiado; es ese tesoro respetuosamiente venerable que son sus Ruinas del Lixus -«nada es tan bello como las ruinas de una cosa bella»-, es la galanura y hospitalidad proverbial de los Larachenses… y algo que cambia tan aprisa como reza el pensamiento inicial: Nos enfrenta al binomio filosófico: lo constante y lo mudable, lo permanente y lo perfectible, lo que nos cimienta en nuestra valía y lo que nos hace laborar más y más por nuestra ciudad.

Larache

   Larache, playa y pino, simpatía y trabajo, estás en fiestas. Son las fiestas que premian tu labor, ya que, con tu esfuerzo, tu ciudad crece, se desarrolla, adquiere capitalidad. Y tú, forastero que nos visitas estos dias, no hagas bueno por una vez, por una sola vez, un antiguo proverbio árabe que dice: «Dios premia las visitas cortas», porque  ¡Larache Está En Fiestas!»

  Es de bien nacido el honrar y recordar: Mi padre Gali Merini, Hadj Yebari, Chemelal Mimoun, Kadiri Abdelhak, Daudi Abdellatif, Julián Aixelá, Modesto Pavón, Juan Paz, Damon Mohamed, Pepe Osuna, Isaac Ayaach, Mohamed Haouari, Ricardo Rios, José Gomendio, Shit Hassan, Bouhayachi Dehraoui, Lahbidi Idriss, Hadj Ben Sallah, Bendayan, Muñoz, etc… Judíos, cristianos y musulmanes, unidos en pro y a favor de algo tan hermoso como es el amor a la amistad, la convivencia y el respeto, todo ello basado en nuestra ancestral valía como personas, unidos por un destino común: Larache.

   Nada hay más dificil que rehacer la historia, en estos tiempos de confusion y prejuicios. Nos empujan a la ignorancia, al desconocimiento y al desafecto de nuestra generación hacia aquellas  gentes que son ya polvos de los siglos. Por eso, y por mi condicion de Larachense, felicito toda iniciativa y labor emprendida por TODOS Ustedes y en especial a mi amigo Ahmed y sus colaboradores. Soy testigo de sus inicios. ¡Debes creerme, su iniciativa está llena de amor y de esperanza para un futuro mejor, pero que necesita de ayuda y colaboracion ! Si no, Larache está perdida. Basta ver lo que están haciendo con ella. ¿estoy equivocado? Hacen falta más hechos que dichos. Por la memoria de nuestros antepasados y por el futuro de nuestras generaciones. Don Aurelio fue mi maestro, su hija es amiga intima de mi madre, Touria. Ahmed y su familia son mi familia. Deseo que mis hijos estén orgullosos de la ciudad que vió nacer a su padre. Que el faro de Larache nos ilumine y guie nuestros pasos. Deseo que la concordia entre los seres humanos sea una realidad y que el orgullo de ser de Larache sea nuestra fuerza y esperanza para lo mejor de este mundo. Un abrazo para todos desde mi corazón.

Larache

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LARACHE – ALBUM DE FOTOS 11

   Volvamos a nuestro álbum, al Larache recuperado en imágenes y a su gente inmortalizada para las futuras generaciones. Paco Selva me ha dado un buen montón de carteles y de fotos, y voy a usarlas para seguir con nuestro recorrido. En estos carteles, nombres de establecimientos y apellidos emblemáticos: Martínez, Dolón, Ulzurrun, Castiel… Descendiente de este último es Salomón Castiel, durante muchos años director del Teatro Cervantes de Málaga.

Del establecimiento “Mi Sastre” hay un curioso reclamo en un cartel anunciador del partido de fútbol entre el P.D. Larache y el Athletic de Bilbao, celebrado en el Estadio de Santa Bárbara, en septiembre de 1945, y que dice:

  “MI SASTRE comunica a su distinguida clientela que acaba de recibir toneladas de telas kakis para uniformes y trajes, a los mejores precios.

Así mismo, su tienda de tejidos de la Plaza de España, pone a disposición de las señoras las famosas <Rebecas> y un inmenso surtido de telas para la próxima temporada

Hay montones de imágenes de fútbol tomadas en nuestra ciudad, como esta vieja imagen del equipo del Maccabi de Larache, con Alberto Fereres entre sus componentes.

De fútbol es también esta otra imagen: Lama, jugador del Larache, con Jaquotot en el año 1953.

Estas fotos, creo que realizadas por E.Fereres, guardan ese aroma de las viejas imágenes en sepia…

Mientras que estas otras, siempre con el fútbol larachense como protagonista, de Ulzurrun, siguen perteneciendo a los años sepias del pasado…

Equipos hubo, y muchos, aunque lo difícil es reconocer a los que jugaban en ellos. En estas dos fotografías que siguen, Paco Selva les ha puesto nombres a muchos de los jugadores. En la primera de ellas, forman el equipo: Feliz, Defan, Pulido, Martínez, González, Vela, Puente, Ballesta, Cano, Casitas y Canales. Y en la segunda, los integrantes son: Ceballos, Gárate, Casitas, X, Lama, Varela, X, X, Facundo, Rodas y Ballesta

Los mayores suelen recordar que en el BAR SELVA se sellaban las quinielas, y que cuando acababa la jornada, se pasaban por allí para ver los resultados y comprobar si habían acertado…

Esta otra fotografía pertenece a la visita del Valencia C.F. a Larache, y posan para la cámara dos jugadores de cada equipo: Santacatalina y Bozambo.

Mientras que en esta imagen, tres jugadores del equipo del barrio de Las Navas de Larache: Rafa, Julio Osuna y Audu.

Otros establecimientos que podían encontrarse en Larache, hace ya muchos años: Almacenes Balaguer y el depósito de harinas y comestibles de Dris Ben Ham-má Ben Abdel-lah.

Ahora, un poco de color. El color azul del Lukus, el color azul de nuestro cielo, una explosión de vida, de luminosidad. Y el verde de Rakada. Y el blanco de las casas. ¿No es Larache una hermosura? Desde donde la miremos, como si fuera una mujer que caminara por la orilla del mar, esbelta, sensual, imposible no mirarla.

Larache, cansada, herida, también es una vieja dama que aguardar un milagro. Está tan cansada que sus paredes rezuman el aliento de la desesperanza, pero se mantiene erguida, altiva, intemporal. Resiste. Y quizá los versos de la poetisa Trina Mercader lo digan mejor que yo.

A Larache – un poema de Trina Mercader

Aún quedas, aún estás

Manteniendo la yerba

Diminuta del arco;

La bugambilia espesa de los muros,

Lo sombrío del párpado.

 

Aún quedas, aún estás

Conmigo, en pie, vencida

Vencedora del tránsito.

Aún sostienes, alientas

Tu pared de cansancio.

 

La herrumbre reverdece

Tu cal, por donde el llanto

Resbala, detenido

Sobre el último tramo.

 

Aún quedas, aún estás

Con tu jazmín crispado:

Aroma que retiene

Desesperadamente

Mejillas, ojos, labios.

Medina de Larache

No hace mucho, en Madrid, estuvimos en casa de Victor Morales después de una actividad relacionada con Larache, y ahí estábamos varios larachenses: Ange Ramírez, Abdellah Serrouhk Bentaber, Sergio Barce y Mohamed Chouirdi. Unidos por una misma ciudad, unidos por unos mismos sentimientos.

Pero yo vuelvo al azul de nuestra tierra, que es el azul del zafiro, el azul aguamarina y el azul profundo del mar y del río, el azul que ilumina de tal forma que te hace sonreír porque parece que la vida refulge de forma diferente… Ahí van Lola y María, cruzando el Lukus en barca, y no disimulan su alegría. Azul y dos sonrisas larachenses.

Y cruzando el mismo azul, Cristóbal Ramírez, un buen remero, bogando camino del embarcadero, seguramente rememorando su niñez en las calles de Larache cada vez que el remo se hundía en sus aguas…

Hay otro azul, el de las ventanas, el de las puertas… Larache, blanco y azul, siempre. En el Mercado Central, siempre el azul perfilando los contornos de las ventanas, de los puestos… Embozados por el arte nazarí del bello mercado, dos personas muy queridas: Charito y Hassan. Ella se ha partido el alma por sacar a muchos niños de las garras de la miseria, y él, un chaval limpio de corazón, que se hace querer por todos por su sencillez y amabilidad.

Y con la explosión de los colores de Larache, la música. Durante las jornadas que se organizaron estos años pasados, compartimos momentos memorables. Aquí estábamos con Ahmed Guennouni escuchando la buena música de Jamal Iwardiyyi, uno de los cantautores larachenses más interesantes, al que merece la pena escuchar.

Si hay un lugar en el que uno es bien recibido es en la casa de Abdeslam Akhrif. Él es un anfitrión excepcional. Casi siempre terminábamos los actos organizados en verano en su casa, y allí se armaba la jarana. Ahí está Abdeslam bailando con mi hermana Sandra y Mamen al son de la música que resonaba en su casa, rodeado de larachenses que nos reencontrábamos de nuevo.

Y vuelta a las estampas del pasado más lejano… En estas tres imágenes: el Colegio de los Maristas, un edificio precioso desaparecido y sustituido por el desastroso edificio Garnati. La segunda fotografía es del Colegio Santa Isabel en el que estudié antes de pasar a los Maristas; en la foto, no sé de qué año, aparece la directora de entonces Dª Patrocinio Díaz, con las señoritas Luisa y Paula, y entre los alumnos Carmelo, Luis Morcillo, Selma, Paco Selva, Company, TorresEsperanza Manso Osuna se ha reconocido en esa foto, es la 3ª de la 3ª fila empezando por abajo y por la derecha. Mientras que la tercera foto corresponde a un partido de balonmano durante las fiestas del Colegio de los Maristas, en el equipo: Abdelkader, Larbi, Abdelrrasak, Sanz, Blanco, Paco Selva, X , Valero, Miguel Ponce, Solano, Fulgencio, Martínez, Úbeda y Morcillo.

Sin salirnos de los Maristas, dos grupos de alumnos. En la primera foto: Juan M. Sanz, Paco Selva, Eufrasio Guevara, Souza, José Miguel, Jose Luis Pastrana, Ernesto Acuña, Antonio Sánchez, César Garijo, Fernández Ponce, Miguel Boscá, Magaña, Otero, Fernando Arciniega y Enrique García Gil. Y la segunda imagen corresponde al curso de Abdelkader, Abdelrrasak, X, Paco Selva, Abdellatif, Blanco, Torres, Pastrana, Bendito, Sanz, X , X , Acuña, Larbi, Mario Alcuerda, X , César, Antonio Sánchez, Quique Gil, Posse, X , Magaña, Miguel Boscá, Arciniega y Otero.

Otro viaje de regreso a través de las fotografías para reencontrar nombres, rostros, calles… Y si volvemos físicamente a Larache, el Hotel España sigue siendo uno de los establecimientos emblemáticos, que ahora regenta Scheherezade, que le ha dado un nuevo aire reformando las habitaciones, con zona wifi incluida, pero sin perder el sabor del viejo hotel de siempre.

Y si volvemos físicamente, cómo no bajar hasta el Balcón…

Tal vez vayamos con paso lento y cansino, quizá con el pesado bagaje de toda una vida a nuestras espaldas, pero aunque caminemos como este paisano, abrumados por los años que pasaron tan rápidamente, ese océano zalamero nos aguarda de nuevo, con el reflejo de tantos recuerdos flotando en sus aguas encrespadas, removiendo así la memoria, recobrando nuestros tesoros perdidos. Cómo no bajar al Balcón y recuperarlos, una vez más, tal vez para siempre.

Sergio Barce, marzo 2012

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LARACHE vista por… el poeta MOHAMED MAMOUN TAHA «MOMATA»

 MOMATA  De Ksar el Kbir (Alcazarquivir) pero hijo adoptivo de Larache, es el poeta Mohamed Mamoun Taha “Momata”, autor, entre otros libros, de Lágrimas de una pluma (Editions Marocaines et Internacionales – Tánger, 1993), aunque también se editó en Larache, o Susurros (Imprenta Najah El Jadida – Casablanca, 1995).

    Tras vivir en Aislah, Momata estudió arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid. Desde siempre, cultivó la poesía. Comenzó publicando en la prensa marroquí de expresión francesa, que aceptó curiosamente sus poemas escritos en español, y después lo hizo en las páginas en español de L’Opinion (Rabat) y en el periódico La Mañana (Casablanca). Tras instalarse definitivamente en Larache, esta ciudad y la de Asilah, se convierten en sus máximas fuentes de inspiración. Influenciado por la poesía española, Momata es uno de los poetas marroquíes más importantes que han escrito su obra en castellano. La muerte, el paso del tiempo y el cansancio, las ausencias, la amistad… son los temas recurrentes de su obra, así como el amor o su visión de temas actuales del momento. No tuve la oportunidad de conocerle personalmente, pero mantengo una entrañable amistad con su hijo con el que, cuando nos vemos en Larache, mantengo largas charlas sobre los problemas de la ciudad y su decadencia…

    En cualquier caso, hoy traigo el poema que escribió a Larache, en concreto a las ruinas del Hospital Guebibat, y que Mohamed Mamoun Taha «Momata» tituló

  DESPOJOS DE UNA SILUETA

…Ya los vientos aúllan

en tus oscuros corredores,

las lluvias se derraman

sobre tus azoteas,

y las ventanas

por donde se asoman

los años fatigados,

la telaraña ha tejido

sus tupidas cortinas…

Tu maltrecho torreón

de donde se ve el Lucus

con sus aguas dormidas

y las olas del mar

al besar la orilla;

hoy, todo es agonía

cual náufrago solitario

que tiende sus brazos a la nada,

mientras el tiempo

con mano despiadada

arranca sus almenas

para esconderlas luego

en la sombra del olvido.

Tus indefensas ruinas

donde el tiempo, con saña,

va ahondando las heridas,

y tu figura gris

asomada al vacío

cual piedra caballera,

que desaparece

durante la noche

y se vuelve a erguir

con la aurora;

se irán al mar un día

dejando en su lugar

una marcada huella

de ladrillos y argamasa.

Cuando miro de frente

los despojos de tu silueta

que aún los años mecen,

me inunda la tristeza.

Quisiera ver un día

borrarse tu remanente

de silencio y agonía,

arrojando tu historia

a los abismos del olvido

que Larache no llorará

por tan poca cosa.

      Como digo, no llegué a conocerlo, pero en el año 2006, en el transcurso del II Festival Musical de Larache y Terceras Jornadas Culturales, que organizamos “Larache en el Mundo”, “Larache Al Mada” y la “Asociación Al-Khazaba”, rendimos un merecido homenaje, tanto a Momata como al otro poeta larachense por excelencia: Dris Diuri. Y me siento orgulloso de que lo hiciésemos.

 Sergio Barce, marzo 2012

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PASEANDO POR LARACHE, un relato mano a mano de LEÓN COHEN y SERGIO BARCE

Larache – foto de Javi Lobo

Hace unos días, le propuse a León Cohen escribir algo a medias, accedió, y finalmente nos ha resultado una especie de relato-diálogo sobre los recuerdos, Larache y cómo nos ha marcado nuestro pueblo, para bien y para mal. Como todo primer experimento, es imperfecto, pero probablemente sea el germen de algo mejor que está por llegar. Es una conversación que pudo transcurrir durante un paseo por el Balcón del Atlantico o tomando una cerveza en el Bar Central. En esta charla, entre informal y estructurada, dos larachenses, opinamos, recordamos, discrepamos, viajando desde la nostalgia hacia la más patente realidad, y no dejando nunca de manifestar nuestro gran cariño por el pueblo que nos vio nacer y crecer.

Lo hemos titulado PASEANDO POR LARACHE

León: ¿Recuerdas Sergio cuando me reservaste en diciembre de 2004 una habitación en un pequeño hotel en el Zoco Chico? Subí  las escaleras y la cosa no me agradó nada, sobre todo por la humedad y más que por la humedad por la sensación de humedad. El dueño del hotel, un francés insípido del que no recuerdo casi nada, me comentó, el muy osado, que si yo ignoraba que Larache era junto a Londres la ciudad con mayor humedad. El tipo era doblemente ignorante: desconocía que yo era larachense  y que además era químico físico, es decir que me dedicaba entre otras cosas a explicar  que era eso de la humedad relativa. Recuerdo que me sentí agredido por aquel individuo, que con sus palabras me estaba robando sin saberlo, mi identidad y mi pasado. No le conté nada de lo que ahora te digo, le dije simplemente que lo sentía mucho y que desconocía eso que me decía y me despedí.

Sergio Barce y León Cohen durante las jornadas de Diciembre de 2004, con Abdellah Djbilo, Mohamed Laabi, Mohamed Akalay y Mohamed Sibari

Sergio:Lo recuerdo perfectamente. Tuve que buscarte con urgencia otro sitio, creo que al final os alojé en el Hotel Essalam, en la avenida Hassan II. No es gran cosa, pero el conserje, Abdeslam, es una persona fantástica, de esos que sabes que no tienen maldad y es él el que compensa las carencias del establecimiento. Lo cierto es que me desilusionó el incidente porque había escogido con mucha intención el otro lugar porque estaba en el Zoco Chico y porque, además, tiene desde la terraza una vista deslumbrante de todo Larache, pero noté en tu rostro que no era de tu agrado y se solucionó. Luego, traté por todos los medios que os sintierais bien durante el encuentro que, por cierto, deparó instantes muy emocionantes. Pero desconocía lo que cuentas, y entiendo lo que dices. Creo que a todos nos han ocurrido pequeños detalles como ése, y que nos han dolido.

Sergio Barce con Amado, subidos a uno de los leones de las Hespérides

Ese sentimiento del que hablas lo he experimentado cuando he tratado de hacer alguna gestión en Larache con la asociación, queriendo montar algún acto o encuentro cultural –que siempre ha tenido como objetivo dar a conocer a los creadores larachenses, de cualquier ámbito-. Recuerdo al anterior alcalde que me citó en una estación de gasolina en vez de en la Baladiya, yo estaba muy entusiasmado intentando que colaborasen para levantar el festival de música, y también me esforzaba por hacerle comprender que nuestro objetivo era defender el patrimonio cultural larachense (creo que pensaba que le hablaba de la herencia española, cuando lo que siempre hemos defendido es el conjunto de la historia del pueblo, desde las ruinas romanas de Lixus hasta la huella árabe, desde las sinagogas e iglesias hasta las mezquitas y zagüías, los castillos, los inmuebles con valor arquitectónico, todo, porque todo el conjunto es lo que hace singular a Larache). Pero pese a mi pasión, le recuerdo mirando el reloj cada dos minutos, como si oyera llover. Noté que poco a poco mis palabras se fueron diluyendo, sabía que todos los proyectos que le estaba exponiendo le importaban un bledo, y me sentí desengañado y muy desilusionado, aunque luego terminamos por montar por nuestra cuenta y con la ayuda de otras asociaciones locales todos los eventos musicales, literarios y pictóricos que  pusimos en marcha durante casi cinco años. Pero te digo una cosa: el sentimiento que albergamos sobre Larache es insobornable. Te puedes llevar muchas desilusiones, pero nunca muere, siempre lo superas porque las raíces son profundas. Hay centenares de larachenses que nunca volverán porque ya no reconocen a la ciudad… No hablo sólo de larachenses españoles, también de marroquíes. Te cuento una anécdota: a finales del pasado año llegó una mujer marroquí a mi despacho, en Torremolinos, y me dijo que tenía un asunto relativo al negocio que tiene con su marido, viven en Londres y querían que les hiciera unas gestiones; el caso es que me dijo que venía a verme porque alguien le había dicho que yo era de Larache y que era un abogado que trataba con mucha deferencia y afecto a la gente de allí, y que ellos eran también larachenses… Y entonces comenzamos a hablar de la playa, del río, de las calles, y en algún instante, cuando reconocíamos que la ciudad cada vez está peor cuidada y deteriorada, me dijo que echaba de menos la ciudad en la que ella creció, lo bonita que era Larache con sus jardines, y que ya había decidido no volver nunca más porque le daba mucha pena ver cómo estaba desapareciendo la ciudad de su niñez; entonces se puso a llorar. De verdad que me emocionó ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas compartiendo esos recuerdos comunes y el dolor por lo que se ha perdido irremediablemente. Y añadió, con la voz temblorosa, que sólo volvería el día que muriera su padre para acudir a su entierro. Y ya no pudimos continuar hablando.

León: Hemos escrito mucho sobre Larache y sobre la generación de nuestros padres, sobre aquellos hombres que nos parecían gigantes, luchadores e inasequibles al desaliento. Aquella generación de superhombres que poblaban nuestro pueblo y nuestra infancia, algunos de cuyos nombres y apellidos todos llevamos impresos en nuestra memoria. Pero como un día me comentó una amiga, hemos hablado y escrito muy poco de nuestra generación, de la generación siguiente, aquella que vivió su infancia y adolescencia y que sin saber ni cómo ni por qué, un buen día casi por sorpresa, tuvo que abandonar su pueblo, sin comerlo, ni beberlo, y peor aún, sin esperarlo. Creo que esta es la ocasión para recordarlos y recordarnos. Nombres o apellidos como Serna, Ochoteco, Caravaca, Cuqui Ros, Padilla, Romualdo Fernández, Simón Abecasis, Maír Benarroch, Elías Benguigui, Abdeslam, Mustafa Amiar, Tuito y Joaquin Aiselá, Filali, los hermanos Amselem, Santiago Hernández, el inefable Sibari y tantos otros…

Sergio: Eso es verdad, León. Pero quizá lo hacemos como homenaje a nuestros padres. Incluso en las fotografías que estamos colgando en el blog (muchas de ellas me las has mandado tú), ocurre lo mismo, son de generaciones anteriores. Pero trato de incluir las de la tuya y la mía, porque deseo crear un álbum intemporal, intercultural, intergeneracional. Recuperar, como dices, a esas otras generaciones posteriores. Y aunque hay una pequeña diferencia de pocos años entre tú y yo, cuando éramos niños esos pocos años eran casi insalvables, nosotros éramos los mocosos y vosotros los jóvenes que se comían el mundo… Los nombres que citas los conozco pero para mí eran los mayores, y me relacionaba más con los que os seguíamos: Juan Carlos Palarea, Lotfi Barrada, Juan Yankovich, José Gabriel Martínez Yepes, Marina López Matres, Conchi Lama, Gabriela Grech, Luisito Velasco, Yamila Yacobi, Pablo Serrano Morón, José María López Garry… Pero en definitiva, todos estamos unidos por el mismo lazo, el de Larache, y este lazo se ha ido consolidando con los años, me parece genuino y diferente, porque no he conocido a nadie que hable de su pueblo con tanta pasión y cariño como lo hace la gente de Larache.

Dime, León, ¿qué sientes cuando regresas y ves la silueta de Larache perfilándose a lo lejos?

León Cohen y su hermano David en el espigón

León: Mi distanciamiento de Larache empezó en 1958, con apenas once años. Sin embargo y aunque parezca una contradicción, aquella situación convirtió a mi pueblo en más próximo, lo interioricé muy pronto y siempre deseaba volver. Entre 1958 y 1964, siempre estuve “volviendo” a Larache, a mi casa, viniendo de Zoco el Arba o de Rabat, en cuyos internados respectivos pasé casi siete años. Solía reencontrarme con mi pueblo en Navidad, Semana Santa y para las vacaciones de verano. Puedo por lo tanto afirmar, que desde muy pequeño, volver a Larache fue para mí un deseo constante, casi una necesidad, y que siempre me produjo gran placer. Yo tengo dos recuerdos imborrables llegando a Larache: Uno por las salinas y las ruinas de Lixus, viniendo de Tánger o de Tetuán y otro por la fábrica de harina y Santa Barbara. Ambas entradas confluían en Cuatro Caminos. Pero hay en mi memoria un recuerdo aún más entrañable si cabe, que  era cuando se hacía de noche y al llegar al Crinda viniendo de Tánger (no sé si lo escribo correctamente)  ya se divisaba el destello del faro de Larache, recuerdo muy bien que eran destellos alternos, un primer destello y pasados unos segundos dos destellos seguidos. Esos destellos nos indicaban la proximidad de nuestro pueblo.  Era nuestra referencia nocturna.

En cuanto al sentido de tu pregunta Sergio, pasados cuarenta y siete años, tengo que decir, que aunque mi pueblo no dejará nunca de serlo, como lo siguen siendo mi infancia y adolescencia, mi deseo de volver ya se ha secado, ya no existe, ya dejó de ser hace mucho tiempo.   

Sergio:  He tenido que rumiar tu contestación. Me ha producido un efecto extraño, aunque ya me lo habías dicho de palabra alguna vez, pero leerlo ahora de nuevo, ver que tu deseo se ha “secado”, como dices, de verdad que me ha desolado. Y no eres el único larachense que lo dice… Pero al leerlo o al oírlo se me encogen las entrañas, me invade una sensación de frustración o de devastación. Me rebelo contra las causas que lo provocan, aunque no sirva de nada hacerlo, porque aún, después de tantos años, sigo sin comprender ese proceso de arrasar como sea el viejo Larache que hace que sus hijos se sientan extraños en su pueblo… Hay como una maquinaria lenta pero irrefrenable que apisona la ciudad en la que varias generaciones han crecido. Qué sería de Marrakech si construyeran sobre la plaza Jamma  el Fna, de Córdoba si tirasen la Mezquita, o si en Fez decidieran que la Medina va a convertirse en un nuevo barrio residencial… Larache es la única ciudad que conozco en la que sistemáticamente sus responsables van derribando su propia historia. Los edificios que se levantan en lugar del Teatro España, del Teatro María Cristina /cine Coliseo, los que han enterrado el Cine Ideal, el antiguo Casino, las villas del Balcón, los viejos edificios de principios del siglo XX… Todos ellos catalogados como inmuebles de especial protección…  Menuda ironía. Quizá porque fueron declarados patrimonio de los larachenses fueron abatidos. Pero siendo todo esto verdad, y aunque, te confieso también, sea cada vez más duro regresar por estas mismas razones, también te digo que volver te hace conocer a más larachenses que residen allí y que te abren sus puertas, como siempre han hecho, y a mí, personalmente, me hacen sentirme en mi casa, de nuevo en mi casa.

Una de las veces que estuve en Larache durante las jornadas que hacíamos en verano, recuerdo que caminaba por el callejón que linda con el viejo conservatorio de Don Aurelio y la iglesia, donde ahora está la oficina de Majid Yebari, y que comunica las avenidas Hassan II y Mohamed V. Iba pensativo, después de un día agotador tras una de las actividades, y de pronto se me acercó una chiquilla, no tendría más de doce años, con un pañuelo celeste en la cabeza, y con una sonrisa esplendorosa. Me tocó el brazo y me alargó una postal de Larache, de las que venden en los quiscos, y me dijo que me la regalaba porque había estado en el festival y me había escuchado hablar de Larache y quería que me llevara un recuerdo de mi pueblo. En ese instante, olvidé el cansancio, la presión, los problemas de las jornadas, y tras ver cómo se alejaba sin dejar de reír guardé la postal como si fuera el mejor regalo que podían hacerme. Ese gesto lo compensó todo. Y ese tipo de gesto, me reconcilia con Larache, aunque sólo sea gracias a su gente, la más modesta casi siempre, porque es en ellos donde aún queda algo de ese Larache que nos ha marcado tanto.  Pero fuera de eso, quizá todo se está perdiendo.

León: Ni quería, ni deseo que este paseo se convierta en un paseo por la nostalgia o la melancolía. Este ha de ser un paseo por el realismo. Por mera casualidad, nacimos en un país colonizado, en pleno Protectorado Español y sufrimos las consecuencias.  Contemplada desde la perspectiva del tiempo transcurrido, creo que la colonización fue a pesar de todo un hecho globalmente positivo para Marruecos. Tanto en el norte como en el sur quedaron unas ciudades, unas infraestructuras viarias, y una estructura cultural innegables. El nuevo Larache, aquel que nació a partir de 1911, fuera de la Medina y de la Calle Real, y que alcanzó su máximo esplendor durante nuestra infancia, el Larache que nosotros conocimos, fue una ciudad arquitectónicamente atractiva. Nadie puede negar que la Plaza de España, era y sigue siendo, como poco única.  Tuvimos la suerte de vivir en una ciudad bendecida por la naturaleza, una naturaleza generosa. Cuando la abandonamos, nunca mejor dicho, la dejamos al libre albedrío de sus nuevos dirigentes. Parece que con un criterio muy miope, algunos de estos se dedicaron a borrar toda huella del colonialismo español  y el resultado es el que es. Así de simple. Pretender darle una vuelta de tuerca a la Historia para recobrar lo ya destruido es una pretensión ilusa y vana, por muy bien intencionada que parezca.  Creo por lo tanto, que recordarla a través de nuestros libros y relatos, es la mejor manera de enaltecerla y mostrarla a aquellos que no la conocen. Nos queda siempre la esperanza de que algún día la bella Lixus volverá a recobrar su esplendor, porque nada ni nadie podrán alejarla de ese sol y de ese mar incomparables. Salud amigo Sergio.

Sergio: Beslama, amigo León.

 Por León Cohen Mesonero

& Sergio Barce Gallardo

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«DIARIO DE INVIERNO» (Winter journal) de PAUL AUSTER

    Cada año tengo una serie de citas ineludibles. Sólo nombraré tres de ellas: ver la película anual de Woody Allen y, si hay suerte ese mismo año, los nuevos libros de Paul Auster y Philip Roth.

    Acaba de salir el último de Auster: Diario de invierno (Winter journal). No es una nueva novela, sino lo que anuncia el título, una especie de diario escrito desde la distancia del tiempo.

Su inicio es revelador de lo que pretende su autor:

     <Parece que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro>.

     En efecto, Paul Auster hace un somero, sencillo y cálido repaso a su vida, sin honduras innecesarias, para reflexionar sobre el paso del tiempo y cómo todo nos llega a todos: las enfermedades, los achaques, las desilusiones, las pequeñas victorias, el amor, el equilibrio… La escritura es fluida, se le nota relajado, y con una gran ternura repasa su existencia con las mujeres que han compartido su vida hasta llegar a su gran amor, un amor rocoso y sin fisuras, que encontró hace ya muchos años en su actual esposa.

    Hay muchos episodios de su “diario” con el que me identifico de una manera absoluta. Cuando habla de su aspecto físico, y hay que reconocer que Paul Auster tiene un aspecto muy peculiar, y cuenta cómo hay quien le cree de origen paquistaní, hindú o europeo, casi todo el espectro, hace toda una declaración de principios que suscribo sin dudarlo:

(…) <Como no sabes nada de tus orígenes, hace mucho que decidiste presumir de que eres un compuesto de todas las razas del hemisferio oriental, en parte africano, árabe, chino, indio y caucasiano, el crisol de muchas civilizaciones enfrentadas en un solo cuerpo. Lo mismo que cualquier otra cosa, es una postura moral, una forma de eliminar el asunto de la raza, a tu juicio un falso problema que sólo puede traer deshonor a la persona que lo saque a relucir, y por tanto has decidido conscientemente ser todo el mundo, aceptar a todos los que llevas en tu interior con objeto de ser tú mismo de una forma más libre y plena, puesto que la cuestión de quién eres es un misterio y no albergas esperanzas de que algún día se resuelva>.

    Paul Auster repasa una a una todas las casas en las que ha vivido, y saca partido de esos recuerdos, a veces jocosos, otras veces hirientes o simplemente distantes. Hay peripecias aleccionadoras, como el incidente con la señora Rubinstein, y es también interesante su punto de vista y opinión acerca de los franceses, a los que conoció en profundidad en los años que residió en París. Y me parece divertidísima la anécdota de las actas que su mujer levantaba como secretaria en las reuniones de los miembros de la cooperativa dueños del edificio en el que vivieron durante un tiempo.

   También es fácil reconocerse en esos episodios que relata de las reuniones anuales de la familia para celebrar el día de Acción de Gracias o en las viejas disputas familiares.

(…) <Aún había que tratar la cuestión del carácter de tu madre, y aunque sólo haga dos días que hayan descubierto su cadáver, aunque el crematorio de Nueva Jersey tenga previsto quemar su cuerpo hasta reducirlo a cenizas esta misma tarde, eso no impide a tu tía ponerla verde. Treinta y ocho años después de que abandonara a tu padre, la familia ha codificado su letanía de quejas contra tu madre, ya es el tema de una historia ancestral, viejas habladurías convertidas en hechos fehacientes, ¿y por qué no repasar la lista de sus fechorías por última vez, con objeto de despedirla adecuadamente antes de irse al lugar adonde merece ir? Nunca satisfecha, dice tu tía, siempre buscando otra cosa, demasiado coqueta para su propio bien, una mujer que vivía y respiraba para llamar la atención de los hombres, obsesa sexual, algo puta, que se acostaba con cualquiera, una esposa infiel; una pena que alguien que por otra parte poseía tantas buenas cualidades haya sido semejante desastre. Siempre habías sospechado que los suegros de tu madre hablaban de ella de ese modo, pero hasta esta mañana nunca lo habías escuchado con tus propios oídos. Murmuras algo en el teléfono y cuelgas, jurando  no volver a hablar con tu tía nunca más, no dirigirle jamás una sola palabra durante el resto de tu vida>.

   Como ocurre en todas sus obras, no impide que aflore el Paul Auster político, analizando la evolución de la sociedad norteamericana. Hay un párrafo que me ha parecido sugerente, muy de actualidad ante la situación tan crítica por la que pasa en nuestros días la educación pública, y que muestra su lado humano y comprometido:

(…) <…tuviste educadores buenos y algunos mediocres, unos cuantos profesores excepcionales y alentadores y otros pésimos e incompetentes, y tus compañeros iban desde los brillantes, pasando por los de inteligencia normal, hasta los semirretrasados mentales. Eso es lo que suele ocurrir en la enseñanza pública. Todos los que viven en  el barrio pueden ir gratis, y como tú creciste en una época anterior al advenimiento de la educación especial, antes de que establecieran colegios aparte para dar cabida a niños con presuntos problemas, cierto número de tus compañeros de clase eran discapacitados físicos. Ninguno en silla de ruedas que recuerdes, pero aún puedes ver al niño jorobado con el cuerpo torcido, a la chica a quien faltaba un brazo (un muñón sin dedos sobresaliéndole del hombro), al niño al que se le caía la baba sobre la pechera de la camisa y a la niña que apenas era más alta que una enana. Echando ahora la vista atrás, consideras que esas personas constituían una parte fundamental de tu educación, que sin su presencia en tu vida, tu idea de lo que entraña el hecho de ser humano quedaría empobrecida, carente de toda hondura y simpatía, de toda comprensión de la metafísica del dolor y la adversidad, porque aquéllos eran niños heroicos, que tenían que trabajar diez veces más que cualquiera de los otros para encontrar su sitio>.

    Un libro, en definitiva, lleno de sugerencias, ameno, que se lee casi sin darnos cuenta, plácidamente, y que nos trae, este año, no al Paul Auster novelista, sino al Paul Auster intimista y reflexivo. Un delicatessen.

Sergio Barce, febrero 2012

 Los textos están tomados de la Primera Edición, febrero 2012, publicada por Anagrama, y con traducción del inglés de Benito Gómez Ibáñez.  

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