Después de las reseñas tan favorables de Fuensante Niñirola y de Joana Márquez, llega la de Celia Corrons y, sinceramente, me he quedado gratamente sorprendido por lo que le han transmitido los relatos de mi nuevo libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, y, sobre todo, cómo ha sabido plasmar esas impresiones, con una delicadeza casi poética. Es para sentirse bien. Espero que los lectores del libro lleguen a percibir todo lo que ellas tres, cada una desde una perspectiva diferente, han sabido hallar en estas páginas. Creo que la reseña de Celia Corrons es para deleitarse con su lectura. Ya de por sí, es un relato. Sergio Barce, octubre 2014
Ejercer la seducción con colores no es un arte fácil, la singular proeza la consiguió Marruecos sobre Matisse cuando el genial pintor se desplazó para inmortalizar al país exótico. Intensos azules se fueron apropiando de su antigua paleta y pronto se declaró un converso al nuevo color. En Sergio Barce, el pigmento entró de forma más pausada. Los doce años que vivió hechizado por el aroma de Larache, fueron coloreando a la vez que fraguaban en su memoria Paseando por el Zoco Chico. Para cantar a Larache se necesita de una imaginación dotada de un gran cromatismo, también de una pluma diestra como la del autor que absorbe colores, pinta aromas y extrae texturas inimaginables. Donde la melancolía se transforma en luz y cargado de nostalgia ahuyenta lo superfluo y lo solemne queda velado para dejar paso a la sencillez de la cotidianidad. La curiosidad que sintió desde muy temprano le hizo atesorar en su portentosa memoria material valioso para construir sus recueros, escombros que recoge cada vez que vuelve a su Meca y edifican de nuevo para construir en forma de relatos su privilegiada infancia. Larachensemente aparece en el titulo como un suspiro que se escucha en profundidad, es como tomar un té saboreando los aromas lentamente, mientras se es testigo de lo que te rodea y te apoderas para endulzar la bebida. Sergio Barce guarda un as en la manga y sorprende con un punto de inflexión en el capítulo de La cautiva, en el que la atmósfera envolvente de un cuadro le sumerge en un momento íntimo y sensual al adolescente que la contempla. Atención a la banda sonora, y no me refiero a la excelencia de Cole Porter, que también se escucha. Hay una partitura original que envuelve a todos y cada uno de los relatos, y son las voces de los más queridos, las que pasearon por el zoco, las de las frenadas de bicicleta, las del cine y del colegio. Voces que contemplaron el balcón del Atlántico, las que cruzaban el Lucus para alcanzar la playa y sobre todo, las de sus amigos, entonces niños que descubrían a gritos la aventura de vivir en Larache. La mítica historia de Larache, sumada a su ubicación geográfica, donde el Lucus y el Atlántico se dan el eterno abrazo deja, para las miradas que escuchan, un paisaje digno de una hermosa leyenda. Al poco de iniciar la lectura por el Zoco Chico y si el lector lo ha realizado larachensemente, habrá alcanzado la categoría de converso. Seguramente no podrá prescindir de seguir recibiendo noticias de Larache, aquí recopiladas en treinta relatos que llegan tan frescos como una crónica diaria, una noticia comentada con anchura y con poca extensión, donde la voz del autor fascina con su amplia paleta y seduce como los colores que se filtraron por la ventana de Matisse. Por Celia Corrons -Publicado en octubre 9, 2014
Siempre digo que Joana es el eco de mi blog, de este blog. Atenta, sagaz, cariñosa, no deja de pasar un solo post que cuelgo aquí para hacer una pequeña aportación que, siempre, siempre, lo enriquece un poco. Por eso es mi eco. Y ahora, después de leer mi nuevo libro de relatos, también quiere hacer de eco. Pero como no le es suficiente ya un solo comentario, se ha lanzado como una kamikaze (encantadora y siempre llena de afecto) a analizarlo desde el comienzo hasta el final o, como ella explica, desde el final hasta donde le ha dado la real gana. Y ha resultado un ejercicio que me ha cautivado y, en algunos instantes, emocionado profundamente. Y por eso le doy las gracias.
Os dejo con Joana, larachense hasta el tuétano, zambulléndose en las imágenes de la otra banda, quizá cruzando la plaza de España o paseando por el Zoco Chico…
Sergio Barce, octubre 2014
JOANA MÁRQUEZ
PASEANDO POR EL ZODO CHICO. LARACHENSEMENTE
de Sergio Barce
por Joana Márquez
Se me antoja jugar a la Rayuela en recuerdo al centenario de su autor que en este 2014 se conmemora. Leí la obra de Julio Cortázar empezando por el capítulo 73 y así, fui saltando, siguiendo el orden que se indicaba al pie de cada capítulo. Creo que, de esa forma, leí muchos libros en uno solo. Recuerdo mi juego de niña “la marelle/le carrré/la carelle” como le llamábamos en Casablanca, donde, en el patio de la escuela y a la patita coja, saltaba los cuadrados que con tiza habíamos dibujado en el suelo para ir del infierno al cielo, intentando no perder el equilibrio antes de llegar al lugar seguro donde podía apoyar el pie que estaba en el aire. Llegar al destino era todo un desafío y, luego, volver a desandar el camino, un nuevo reto a conquistar. Con la práctica, cada vez era más divertido el juego porque la falta de equilibrio desaparecía y te hacía ser muy rápida en el recorrido. Arañando un poco de tiempo al tiempo, he querido dedicarte el pequeño diario de mis emociones tras el recorrido por estos inigualables pasajes llenos de colorido, sabores y olores tan añorados. Ya mis páginas te pertenecen. Comienzo por el último cuento “Los herederos de Al-Ándalus”, como no podía ser de otra manera. Acostumbro a comenzar a leer los periódicos por la contra, de derecha a izquierda, y este libro de cuentos también quiero empezarlo por la última historia. Me dejo llevar, me entrego a tu escritura, para concluir sintiendo lo que tú también sientes y un escalofrío recorre mi cuerpo porque… yo también vengo de allí. Quiero seguir saltando y jugando a la rayuela pero quiero hacerlo ordenadamente, yendo a los primeros años, de forma correlativa, siguiendo los pasos de tus historias tal y como sucedieron por orden de fechas. O sea, que he deshecho el bienintencionado trazado de Mauro Guillén para seguir jugando a mi manera. “Mimo” . Con quien me llegan su temblor, sus lágrimas, su amargura por un amor lejano y por un hijo desaparecido. “El Flaco”. Los ojos de Zohra pudieron con todo, con ese flamante coche, con una bonita casa, con esos sueños de alcanzar la otra costa… Una vez más venció la fuerza del amor. “Dukali”. Me ha hecho pensar en el poder de la ilusión y de la fantasía de un niño. “El Ideal”. Donde me asalta el olor a garrapiñadas pero también a garbanzos molidos –me compraba un cartucho bajo los arcos y me encantaban- . Preciosa escena, la mano de Abdelazziz, la tuya, ambas unidas, cómplices, hermanadas, bajo la incrédula y absurda mirada de los que no entienden nada de la amistad, nada de la vida. “El Nadador”. Esta tarde con las piernas zambullidas en el agua, sentada al borde de la piscina, vuelvo a ver ese mar de Larache y me emociona la vuelta a casa de Hakim. “El corazón del océano”. Me roba el corazón la escena representando a Rachid, sin palabras, dejándose acariciar por ese mar tan soñado. “Mina, la negra”. En ese paseo de la mano de Mina, me han vuelto todos los olores y colores de la infancia. Esos que jamás, en ningún lugar, volveré a encontrar. “Abdelazziz”. Esa esencia del ser marroquí, el hannan, y las lágrimas de Abdelazziz me recordaron la despedida de nuestros amigos y vecinos antes de dejar unas gentes y unos recuerdos maravillosos que no habrían de volver.
“El primer regreso”. Tampoco llego a entender mi presente sin que el recuerdo de la infancia, nuestro punto de referencia, me asalte mostrándome el tiempo de convivencia y felicidad compartidos. “Moro”. Me pregunto por qué divino designio sabes describir tan maravillosamente bien las despedidas, los silencios que hablan, las ausencias. He retrocedido en el tiempo y he revivido nuestra despedida en Marruecos, cuando vinieron los compañeros marroquíes de la imprenta donde trabajaba mi padre, con unas chilabas para mis hermanos y para mi -que aún conservo con todo cariño-. Recuerdo las lágrimas de mis padres. Y siguieron llorando por mucho tiempo, una vez llegados a España, porque aquellos irrepetibles años fueron lo mejor que nos pudo pasar. “Últimas noticias de Larache”. Tu sentida descripción de lugares, edificios, de las emociones inolvidables, de los aromas aún vivos también me llevan a la irremediable determinación del ansiado regreso. “Al otro lado del Estrecho”. Preciosa foto, sentados alrededor de la misma mesa el señor Beniflah, un cristiano y un musulmán con su mejor amigo, recordando la liberación del pueblo de Israel. Y como telón de fondo, la ausencia de Ruth y la inmensa nostalgia de Jacobi por el postergado regreso. “Solo quiero remar”. Preciosa, conmovedora hazaña de remar junto a Abdussalam. La playa, tus amigos, esos jugosos chumbos y tus padres, tus maravillosos padres, siempre ahí, a tu lado, porque sin ellos tú no habrías sido. “Un paseo por la Medina de Larache”. A través de tus ojos, y los de Hanan, de vuestra mano, he vuelto a sentir los latidos de Larache y sus murmullos. “En la playa peligrosa”. Jamás recuperaremos ese tiempo que se nos fue, por eso, salvemos nuestros recuerdos. “Ellos vuelven a Larache”. Esa abuela gaditana que me recuerda tanto a la mía que con tanto salero cantaba. “Ramadán en Larache”. Preciosos recuerdos, olores inconfundibles. Todo lo que me gusta, la hierbabuena, el té, la chuparquía… hasta las golondrinas, y cuando sobrevuelan mi terraza, ¡creo que vienen de Larache! “La Cautiva”. Exquisita descripción que cautiva, enamora y estremece. Donde puedo oir la respiración entrecortada del voyeur, sentir su incipiente deseo, ver el temblor de sus dedos y leer en su mente palabras aún jamás pronunciadas. “Medina de Larache”. La que te arropa y te cobija, como una madre, suavemente, sin prisas… “Esa foto de la otra banda”. Con un toque mágico le has dado un maravilloso colorido a esta foto que, muy probablemente, en aquellos años quedara plasmada en blanco y negro. “Mohammed, el niño de Alhucemas”. Todo está impregnado de Maruja, la he visto, la he sentido en cada renglón, entre líneas. Me queda la pena de que no haya podido volver a encontrarse con su hermano Mohammed. Sería precioso continuar esta búsqueda… por ella, por nuestra maravillosa y tan amada Maru. “La luz de Larache”. Es multicolor, porque en Larache caben todos los colores del arco iris. “Recuerdo un pequeño taller de bicicletas”. Las bicicletas de nuestra infancia fueron nuestra moto, nuestro coche, nuestro caballo, las que nos transportaban a un lugar soñado con alguien con quien jugar y soñar. “El hombre del carrillo”. ¡Infinita tristeza! “El callejón sin salida”. Asombra la fuerza de esos recuerdos tuyos que hasta consiguen transmitirme olores olvidados. “Mamy Blue”. Ya no podré desvincular la canción tan tarareada por mí -a mi madre le encantaba- de Fatimita. Ya, para siempre, Fatimita formará parte de la historia de este vinilo.
Plaza de España en Larache (foto de la web de Houssam Kelai)
“Gusanos de seda”. ¡Me has hecho sonreir con las parejas más picaronas! He vuelto a ver la misma caja de cartón que mi padre me traía con los gusanos de seda, he vuelto a acariciar los conejitos que también, por unos días, él traía a casa para que jugase y que yo vestía con la ropa de las muñecas. O las tortugas, a las que mi hermana la mayor pintaba las uñas de color amapola. Todo un mundo que quedó atrás pero que resurge con todo fuerza en mi memoria. “Larachensemente”. Todo el espíritu larachense cabe en estas páginas. ¡Exquisito! “Larache, sin Sibari”. El último relato, acabo de leerlo hoy. He sentido frío por la pérdida de Sibari.
Y así, Sergio, año tras año, he ido paseando por Larache a través de tus historias y de tus emociones. Me han invadido los recuerdos. He vuelto a mi infancia, a mis abuelos, a mis padres tan jóvenes y felices. He vuelto a mis paisanos, a los que jamás olvidé y de los que me rodeo en el presente para seguir creyendo que estoy allí y porque los quiero. A esta narración tuya de la vida, de las ausencias, de los colores y olores de Larache, he querido devolver simplemente algunos breves apuntes de lo que quedó en mí tras leer cada uno de tus inolvidables cuentos. Y además decirte que, gracias a ti, Sergio, las calles y plazas, los edificios, el Balcón, las gentes de Larache, todo sigue latente en mí, en nosotros. Sabes trazar constantemente con tus relatos la huella que podemos seguir, que podemos palpar para no olvidar, para asirnos a unos recuerdos a veces adormecidos y que tan bien sabes hacer despertar! Gracias por estos inmensamente bellos momentos de lectura.
Os comunico que el día 17 de Octubre se presenta en Málaga mi nuevo libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones – G.BiblioCafé). Para mí es un inmenso orgullo que la presentación corra a cargo de uno de los mejores escritores de los últimos años: José Antonio Garriga Vela. Espero vuestra asistencia.
LIBRERIA PROTEO
Viernes, 17 de Octubre a las 19:30
en
Librería Proteo-Prometeo c/ Puerta de Buenaventura, 6 – Málaga
José Antonio Garriga Vela
presenta el libro de relatos
PASEANDO POR EL ZOCO CHICO LARACHENSEMENTE
de Sergio Barce
José Antonio Garriga Vela (Barcelona, 1954). Escritor y articulista de larga trayectoria, es autor de obras de teatro como Aquellas añoradas sirenas roncas y despeinadas, premio Miguel Romero Esteo, o Formas de la huida, Premio Enrique Llovet; de libros de relatos como El vigilante del salón recreativo o El anorak de Picasso, entre otros, y de varias novelas que le han supuesto el reconocimiento de la crítica y del público: Muntaner, 38, con la que obtuvo el Premio Jaén de Novela; El vendedor de rosas, Los que no están (Premio Alfonso García Ramos), así como Pacífico, editada por Anagrama como la anterior, y que fue galardonada con el Premio Dulce Chacón a la mejor novela publicada en lengua española en 2008, y finalmente El cuarto de las estrellas, Premio Café Gijón 2013.
Leyendo los ensayos del último número de la revista Dos Orillas, en la que participo, y de la que daba cuenta días atrás, me topé con un exhaustivo estudio del historiador e investigador Antonio Bravo Nieto, titulado Una guía desconocida de la ciudad de Tetuán: El Tetuán artístico y pintoresco de Juan Beigbeder y Antonio Got.
Y me di cuenta de que hacía mucho que no nos escribíamos. En su día, fue muy generoso al enviarme planos, fotos y documentación relacionada con edificios de Larache, que conoce en profundidad, y que se pueden consultar y ver en este mismo blog. De pronto me vino a la memoria un correo que me envió en mayo de 2013 en el que me contaba, detallada y exquisitamente, qué sensaciones le habían causado mis novelas Sombras en sepia y Una sirena se ahogó en Larache, que le había hecho llegar por entonces. Y al releerlo, le escribí y le pedí permiso para ponerlo aquí, a lo que ha accedido.
ANTONIO BRAVO NIETO – foto sur.es
De lo que me escribía por entonces, me llamó poderosamente la atención que mis novelas hubieran sido capaces de atrapar a un lector tan contumaz y voraz, y quizá por eso agradecí tanto sus palabras y que ahora comparto con todos. Esta mañana han salido para Melilla mis dos últimas obras: El libro de las palabras robadas y Paseando por el Zoco Chico, Larachensemente. Sólo espero que le causen el mismo efecto.
Para quienes no lo conozcan, Antonio Bravo Nieto es Doctor en Historia del Arte, académico correspondiente de las reales academias de Bellas Artes de San Fernando, de la Historia y de Bellas Artes de San Telmo, siendo nombrado Cronista Oficial de la Ciudad Autónoma de Melilla en 2004) Ha colaborado en diferentes proyectos de investigación con varias universidades e instituciones: UNED, Universidad de Málaga, Escuela Nacional de Arquitectura de Tetuán, Estudios Melillenses e Instituto de Cultura Mediterránea. También ha formado parte de varios grupos de investigación: del Proyecto Patrimoines Partagés (proyecto Euromed Heritage de la Unión Europea), de Modern architecture in the mediterranean sources, characterization, preservation, y de Architecture Beyond (proyecto COST). http://www.architecturebeyond.eu/ Ha recibido varios premios de investigación y un diploma Europa Nostra por sus trabajos relacionados con la restauración del patrimonio, habiendo desarrollado investigaciones sobre la arquitectura de los siglos XIX y XX, la arquitectura militar y fortificaciones en la Edad Moderna y la historia de Melilla y el norte de África en general. En fin, que una persona con su currículum dedique su tiempo a leer mis novelas es para sentirse satisfecho. Sergio Barce, octubre 2014
Estimado amigo Sergio
Cuando uno se dedica a leer no por placer, sino por trabajo, que es mi caso, llega un momento que sólo devoras libros de ensayo y de los temas que se supone te «interesan» profesionalmente. El placer lo vas dejando y dejando y al final ya casi ni guardas tiempo para leer por el gusto de leer. Yo te confieso que estoy alineado en el primer «tipo» y sólo hago incursiones rápidas y concretas cuando mi mujer me recomienda alguna de las muchísimas novelas que lee.
Atrás queda mi imagen de lector compulsivo, capaz de tragarse El Señor de los Anillos en dos días de lectura de casi 20 horas diarias (dos días de desaparición física y mental), y todavía me asombro cuando lo recuerdo.
Esto, para decirte que esperaba un momento adecuado para leer tus novelas. Tenía que ser algo especial para que nada me interrumpiese. Y la excusa perfecta ha sido un viaje que inicié el día 23 a Ginebra (un Congreso tedioso y gris, como la ciudad), en cuyas idas y vueltas, y en los ratos de hotel, tenía pensado empezar a leer tus obras.
Comencé por Sombras en Sepia. Lo abrí en el avión de Melilla el 23, y me enganchó totalmente. Lo terminé el viernes 24. De esta novela me gustó la forma en la que afrontas el retorno a Larache y también la actitud personal ante el tema inmigratorio, sin contar la forma en la que el protagonista inicia la búsqueda. Hubo para mí momentos de intensidad como cuando se conocen Abel y Samir, y la forma que tienes de narrar la amargura de una ciudad que fue y ya no existe me emocionó. Yo también he visto evolucionar a Larache desde el año 1990. No sé si te conté que la primera vez que estuve en Larache fue ese año. Me acababa de casar y conseguí convencer a mi mujer para hacer un viaje por todo el norte de Marruecos en coche. No había investigado aún nada sobre estas ciudades, pero algo me atraía de ellas por las narraciones de personas mayores que vivieron esa época y por los libros que había podido encontrar. El viaje, enero de 1990, representó la firme decisión de volcar parte de mi trabajo en esa zona, por lo que es fácil adivinar que me atrapó totalmente. La entrada a Larache fue muy sugestiva (o casi tópica), porque veníamos desde el Sur y recalamos, como no, en la inefable Casa de España, donde al sentarnos con un Bon Jour y prepararnos para pedir el socorrido «Sole Menier «, se nos acercó un camarero (que luego supimos que llamaban Pelé) con una chaqueta de un verde fosforescente rabioso y nos dijo: «¿Qué van a tomar los señores, una San Miguel?” …entonces ya pudimos entender una cosa: habíamos llegado a casa. La ciudad nos encantó, pasearla y vivirla varios días de estancia en el entonces más que decrépito palacio de la duquesa de Guisa. Luego Tetuán y Tánger fueron otra cosa, otras vivencias y otros impactos, pero Larache siempre se nos quedó grabado en los paseos nocturnos que hacíamos por la medina, bajando al puerto, y verla ir empeorando año tras año no deja de producirnos una gran tristeza.
Y luego las aventuras de Tami (Una sirena se ahogó en Larache) la inicié el viernes 24 y la he terminado hoy en el avión Ginebra-Málaga, hacia las 9 de la mañana. Estos benditos viajes de trabajo que me han hecho levantar a las 3 de la mañana pero que me permiten volcar las horas que sean necesarias para leer una novela. Aquí vuelves a la ciudad, pero de una forma más poética porque los sueños del niño se mezclan de una forma extraordinaria con un entorno hostil pero al mismo tiempo amable: Tami tiene ángeles y demonios en su vida, como todos, pero él en su corta experiencia ya va determinando qué tipo de vida será la que pudiera vivir, si se le permite hacerlo, claro. Te felicito por tu compromiso social que está desnudo en tus dos obras, y casi te agradezco que el pederasta de la novela se llame Pierre y no Pedro, cosa que en estos momentos de falta de optimismo nacional casi no te hubiera perdonado. Al final con esta obra me pasa como con La Vida Perra de Juanita Narboni (verdadero motivo de mi primera visita a Tánger en ese recordado 1990). En ambas tuve la añoranza posterior de haberme hecho un croquis geográfico de las andanzas de Tami por una ciudad viva, y en permanente transformación: las idas y venidas, que en el caso de Larache también deberían haber incorporado un plano de secciones por las terribles pendientes.
Te acercas a Larache mediante la elaboración de tus recuerdos y la búsqueda de la realidad. Yo me acerqué mediante la búsqueda documental, más como investigador, pero en el fondo mi Larache también es una creación en la que encajan perfectamente edificios con nombres de autores, épocas, planes de organización y que siento como mía de alguna manera. Esto lo comparto con otras ciudades, Melilla por supuesto, y sobre todo Tetuán, y Tánger, cosa que no he conseguido nunca en las otras ciudades españolas que conozco y donde he vivido como Málaga, Badajoz y Oviedo.
Me temo que soy un norteafricano compulsivo, y que mi vida y mi casa están de este lado del océano. Tal vez se me ocurre que Melilla tendría que ser también objeto de tu curiosidad y dedicarle una de tus novelas, seguro que eres capaz lo que tantos pretenden y no consiguen nunca: llegar a su verdadero espíritu.
Quiero agradecerte que hayas convertido este gris viaje ginebrino en una suma de sentimientos tan reales y tan intensos. Mi sincera enhorabuena y muchos ánimos para seguir contándonos a tu forma ese tiempo que ya no existe pero que sigue presente en nosotros.
Mamy Blue es uno de los relatos que forman parte de mi nuevo libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones – Generación Bibliocafé – Valencia, 2014). Y es una pequeña historia de esas que, de tarde en tarde, te trae de regreso la memoria, inesperadamente.
Sergio Barce, septiembre 2014
Este es el enlace para escuchar el tema musical que da título al relato:
Mamy Blue
Recuerdo que un día me quedé pegado al escaparate del Bazar Eléctrico, el que estaba en la avenida Hassan II, junto a la tienda del susi que hacía esquina con la calle Cervantes. Me había quedado allí mirando la portada del disco de los Pop Tops. El disco de 45 rpm se exhibía en el escaparate de la izquierda, entre aparatos y componentes eléctricos, que era lo que realmente vendían allí, como una especie de extraño pájaro tropical que menudeara por entre cardos y chumberas. Los Pop Tops estaban liderados por Phil Trimm, y el grupo lo formaban siete miembros, con el aspecto típico de la época, medio hippies, flower power, con melenas, vistiendo, como tenía que ser, pantalones campana bien ajustados y camisas de cuello alado y floreadas, y a veces con un chaleco abierto. El disco en cuestión contenía la canción que se escuchaba entonces por todas partes: Mamy Blue. Y yo quería ese disco.
Acabó por aparecer por mi casa, pero no sé si lo compró mi padre, lo que dudo, porque a él le gustaban Paul Anka y Elvis, y también Frank Sinatra, o conseguí que me lo regalasen, lo que ahora me parece incluso sorprendente. Fuera como fuese, la canción estaba en el aire, y en Larache se escuchaba en el Casino, y escapaba de los tocadiscos y de las radios por las ventanas de las casas.
Tengo la imagen de Phil Trimm, con un pañuelo anudado a la frente, sus dientes separados, rodeado de aquel numeroso grupo de los Pop Tops, enmarcados en la pantalla de la televisión, en blanco y negro, como si el mundo, más allá de Larache, fuese gris.
Es curioso, pero asocio rápidamente Mamy Blue con Los invencibles de Némesis, y con Los intocables, El Santo, Misión: Imposible, Los vengadores, Jim West, El gran Chaparral… Blanco y negro también (en la pantalla de nuestro televisor, claro), pero un blanco y negro que era pura fantasía, acción, aventura, con bandas sonoras inolvidables, y con actores memorables e irrepetibles. Pero, por encima de todos, la asocio con Napoleón Solo e Illya Kuryakin, es decir, con Los agentes de Cipol. Y no me pregunten por qué.
Me tiraba al suelo, bajo la mesa de madera del salón, y desde allí veía a mis héroes. Soñaba con ser Kuryakin. Me gustaba su nombre. Sonaba enigmático, a algo lejano. Illya Kuryakin bajo las órdenes de Alexander Waverly. Yo entonces tenía el cabello rubio y lacio, como Kuryakin. Por eso pensaba que podía ser él.
Entonces era todo muy pop: James Bond y las chicas Bond, Raquel Welch, Barbarella, Julie Christie, The Beatles y el submarino amarillo, el Fantomas de los sesenta, Modesty Blaise… Los bailes de disfraces en el Casino se impregnaban de todos estos iconos y de otros muchos. Y Mamy Blue sonando en el tocadiscos, que llamábamos «picú».
«Oh, Mamy, oh, Mamy, Mamy Blue, oh, Mamy Blue…».
También las chicas de Larache eran muy pops. Llevaban faldas muy cortas y felpas anchas. Ya fuesen cristianas, hebreas o musulmanas. La palma se la llevaba una chica que se llamaba Salwa. Era de película. Y yo la seguía muchas veces por la calle, a cierta distancia, disimulando, como si llevara el mismo camino que ella.
Recuerdo las piernas espectaculares de aquellas chicas. Las había realmente preciosas. Pero esas jóvenes, las de la generación de Marisa Fernández Carrillo, Marilé Yepes o María Ortega Ayllón, eran algo mayores que yo (en la niñez, la diferencia de edad parece abismal), y, por tanto, inaccesibles. Yo solo era un niño comparado con ellas, que ya comenzaban a tontear. Me conformaba entonces con levantarles las faldas a las niñas de mi edad, en el patio del colegio Santa Isabel.
Pero era Marisa Alguacil la que me dejaba con la boca abierta. También era mayor que yo. Prima de mi madre, vivió en nuestra casa de Mulay Ismail una corta temporada. Venía de Alcazarquivir, y tuvo que pasar en Larache un tiempo, que se hizo corto. Dice mi madre que solo tenía ojos para Marisa, que me la quedaba mirando embobado, sin abrir la boca, y hasta demoraba el bajar a la calle para jugar con mis amigos Javi Ruiz y Juan Carlos Fernández, que me esperaban con inusitada paciencia en los jardines del Balcón. Yo quería esconderme en los ojos claros de Marisa.
Las niñas de mi niñez: Silvana Fesser, Matilde López Quesada, Amina, Fatima el Bouthoury, Conchi Lama, Yamila Yacobi, Pepona, Gabriela Grech… Me peleé con mi amigo José Gabriel por culpa de Silvana, por un beso en la mejilla que le dio a él y no a mí. Y eso que yo era Illya Kuryakin, que incluso algunos me apodaban Django. Pero José Gabriel era más alto e, incluso, más rubio. Me venció en ese duelo.
Pero he de confesar que Mamy Blue sonaba de otra manera con Fatimita. Fatimita era una chica que trabajó una temporada en nuestra siguiente casa, a la que nos mudamos en la avenida Mohamed V, en el edificio de Uniban. Ayudaba a mi madre con los quehaceres del hogar. Ya éramos tres hermanos: dos niñas y yo (y faltaban por llegar otras dos niñas más). Así que había faena en la casa.
Fatimita era delgada, fibrosa, de piel canela, muy guapa y muy alegre. Podría ser cuatro años mayor que yo, es decir, ella tendría entonces unos quince. Me acuerdo que me agazapaba en el pasillo, vigilándola mientras ella alisaba las sábanas de las camas, y cuando estaba más inclinada, sin posibilidad de que pudiera reaccionar, entraba en la habitación a la carrera y me echaba encima suya, por sorpresa, derribándola sobre el colchón, y entonces le hacía cosquillas. Confieso, sí, confieso que aprovechaba para hacer rápidas exploraciones por su cuerpo, que no era como el mío. Y yo quería descubrir lo que imaginaba, o lo que había visto en alguna película francesa. Ella no paraba de reírse, y cuando lo decidía se zafaba de mí sin mucho esfuerzo, hasta con elegancia. Cuando la tenía bajo mi cuerpo me gustaba verla carcajeándose; exudaba una alegría que no he vuelto a ver, como si ningún problema pudiera acecharla en toda su vida. También me gustaban sus dientes, blancos y alineados, con una rara perfección natural, que parecían brillar al asomar entre sus preciosos labios.
Fatimita siempre llevaba su pelo recogido bajo un pañuelo, que, a veces, en el forcejeo, yo le quitaba. Ella, como siempre, se reía. Volvía a ponérselo, y safi. Creo que ella se divertía con ese mocoso que era yo entonces, barruntándose sin duda mis verdaderas intenciones, que debían ser las mismas que las de todos los niños de mi edad. Las mujeres siempre han madurado antes, ya lo sabemos.
Aún me llega el eco de sus carcajadas, descontrolada cuando las cosquillas la vencían, y también el fulgor irrepetible de su sonrisa fresca y cándida.
Pero volvamos a mi confesión de antes: que Mamy Blue sonaba de otra manera con Fatimita. Y eso es verdad. Porque lo que ocurría es que Fatimita sobresaltaba a toda la familia cuando, mientras limpiaba el polvo o ponía orden en el salón, de pronto, de improviso, se acercaba al tocadiscos, levantaba el brazo y lo dejaba caer, y la aguja se estrellaba contra el vinilo, que había comenzado a girar. La canción saltaba al aire con un gruñido previo que nos hacía dar un respingo o un salto. A Fatimita le encantaba Mamy Blue, que tarareaba mientras fregaba el suelo, de rodillas, como se hacía entonces, y yo volvía a espiarla, pero supongo que en esos instantes se me caería la baba, atontado: allí estaba, trabajando, pero moviendo el culo suavemente, al compás de la música, y yo le clavaba las pupilas como si descubriera un milagro.
Fatimita pronunciaba Mamy Blue con tal suavidad que parecía que acariciara las palabras. Los labios se convertían en un corazón. Y cuando la canción acababa, yo me lanzaba sobre ella como una red, atrapándola, y su risa inundaba todo el corredor… Se llamaba Fatimita, y, mientras fregaba, bailaba suavemente Mamy Blue. Y ella me hipnotizaba.