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«CON NADIE», UN LIBRO DE LORENZO SILVA

Ando leyendo la nueva novela de Lorenzo Silva, CON NADIE (Destino, 2026), que se centra en la figura de Miguel Campins, un militar ejemplar. La reconstrucción de su vida y especialmente de los acontecimientos que protagonizó en Marruecos, hacen de este libro un documento casi imprescindible para entender por qué los africanistas llegan a convertirse en el motor del golpe de Estado de 1936, y por qué hombres cultos y preparados, militares con honor, quedaron a un lado y olvidados. Miguel Campins es uno de ellos, quizá un héroe anónimo para muchos, un militar que fue fiel a su juramento hasta el final y que no traicionó a su país.

Lorenzo Silva, conocedor a fondo de estos acontecimientos históricos, nos lleva hasta aquel tiempo convulso en el que las harkas se enfrentaban a muerte con las tropas españolas. El capítulo dedicado de Dar Quebdani, 1922, comienza así:

«Es el octavo día del mes de abril de 1922 y a esas alturas es mucha la guerra que los soldados del batallón expedicionario del Regimiento de la Corona llevan sobre las espaldas. Desde que en diciembre del año anterior quedaran estacionados en el campamento de Tauriat Hamed, en la cabila de Beni Sidel, han tenido que salir en múltiples ocasiones como escolta de convoyes hacia Ras Tikermin y han participado en las ocupaciones de Kandusi, Tisingar, Sidi Salen y Dar Dríus. El 6 de abril, tan sólo dos días antes, han intervenido en vanguardia en la toma de Chemorra y Naar el-lal, una operación que les ha costado dieciocho bajas. Han sido tres meses de penalidades y combates continuos, en los que se les ha exigido emplearse a fondo para consolidar el avance de los suyos más allá de la línea del Kert. En algunas de estas acciones Campins se ha estrenado como jefe de columna, un papel nuevo para él y que acredita que sus superiores confían en su capacidad: tanto como para encomendarle, además del mando de su unidad, el de otras de distintas armas. Han sido también para los de la Corona tres meses de no dejar de encontrarse los cadáveres de sus compatriotas, tendidos a lo largo de la pista que lleva de Monte Arruit a Dar Dríus, alrededor de las posiciones reconquistadas, en cualquier tajo del terreno. Sólo con su amigo el coronel Morales, muerto cerca de Annual, ha tenido Abd el Krim el gesto de devolverlo -con honores- a su familia.

Lo que más les ha impresionado, sobre todo al teniente coronel que los manda, es el hallazgo, al llegar ante el río Igan, de los cuerpos poco menos que esqueletizados de los jinetes del Regimiento de Alcántara y sus caballos, caídos en la desesperada carga con la que protegieron el cruce del lecho por la columna de Navarro en retirada, en julio del año anterior. Aquellos hombres se ofrendaron en sacrificio para que sus compañeros pudieran salvar sus vidas, aunque a muchos de ellos tan sólo les estuvieran consiguiendo una terrorífica prórroga antes de su martirio final en Monte Arruit. Sus huesos y los de sus monturas los encuentran quienes reconquistan el terreno apenas envueltos por el cuero desgarrado por los carroñeros, algunos de ellos guardando aún la formación en la que fueron derribados por el fuego enemigo. Al desprecio de quienes así los han dejado pudrirse se suma la desidia de un país que se va a tomar noventa años para otorgarle al regimiento una  cruz laureada colectiva como reconocimiento a una entrega a la que sólo alcanzó a sobrevivir uno de cada diez de sus hombres.

Es de imaginar la emoción con la que Campins afronta la imagen macabra cuando se presenta ante sus ojos. Alguna de esas momias bien puede ser la de algún soldado, cabo o sargento que combatiera a sus órdenes diez años antes. Son otros los uniformes, verdosos en lugar del rayadillo de 1911, y en el suelo queda algún gorrillo redondo en vez del salacot con el que entonces cabalgaban; pero esto no le impide sentir la comunión profunda con esos hombres que ahora sólo son cal y pellejo calcinándose al sol. La desconsideración del enemigo con los que cayeron valerosamente se contagia a quienes ahora avanzan para vengarlos, y que también se darán a la sórdida práctica de ultrajar cadáveres…»

Sigo la lectura apasionante de esta novela histórica que narra los hechos que marcaron el devenir de España de una manera profunda y atroz, y que Lorenzo Silva sabe servirnos de manera brillante.

Sergio Barce, 12 de abril de 2026       

  

 

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ABDELKRIM

1948 - Abdelkrim y su hermano

Muhammad Abdelkrim El Khattabi (izquierda) con su hermano

Uno de los personajes más fascinantes de la historia de Marruecos, y, en especial, del Rif, es el de Abdelkrim. 

Su nombre completo era Muhammad Ibn Abdelkrim El Khattabi. Hijo de un respetado cadí de la cabila de los Beni Urriaguel, el propio Abdelkrim relató su ascendencia:

«…Nosotros somos de Axdir, pertenecemos a los Beni Urriaguel del Rif. Somos los descendientes directos de los Ulad Sid Mohammed Ben Abd-El-Krim, originarios de Hedjaz, precisamente de Yambo, en las orillas del Mar Rojo. Nuestro ascendiente se llamaba Zarra de Yambo, y mi familia vino a establecerse en Marruecos el año 3 de la Hégira (hacia el año 900 de la era cristiana». 

(Entrevista concedida por AbdelKrim a Roger Mathieu en 1927)

1960 Abdelkrim y Mohamed V

1960 – Abdelkrim con el rey Mohamed V

Tras estudiar en la Universidad de Qarawiyyin, en Fez, se estableció en Melilla, donde trabajó de traductor, escribiente, profesor de árabe y periodista. Tras ser encarcelado en 1915 por las autoridades españolas, acusado de colaborar con los alemanes, aunque probablemente porque desveló entonces sus ideas contrarias al colonialismo y a la ocupación militar del territorio marroquí, especialmente del rifeño, Abdelkrim El Khattabi se convertiría en el líder de la lucha por la independencia de su país. Por vez primera, se utilizaba la guerra de guerrillas, y esta táctica es la que provocaría varias de las humillaciones más conocidas del ejército español: el llamado desastre de Annual y el posterior de Monte Arruit.

bandera

Bandera de la República del Rif

Abdelkrim crearía la República del Rif, y sus ideas, adelantadas a su tiempo, fueron imitadas por otros líderes revolucionarios en años posteriores. 

Como no se trata de escribir aquí ningún artículo de fondo, os dejo con un magnífico documental, que os dará una visión amplia y detallada de lo que Muhammad Ibn Abdelkrim El Khattabi ha significado en la Historia de Marruecos.

Sergio Barce, febrero 2018

Para ver el documental, entra en el siguiente enlace:

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«IMÁN» DE RAMÓN J. SÉNDER

Imán es la primera novela de Ramón J. Sénder, publicada en 1930 por la Editorial Cenit, de Madrid. A estas alturas, hacer una reseña de este libro se me antoja inútil. ¿Qué puedo aportar con mis comentarios? Es una obra maestra de la literatura, y está considerada como una de las mejores novelas bélicas (antibelicista) de todos los tiempos.

Primera edición de Imán

Primera edición de Imán

Sólo puedo señalar que su personaje protagonista, Viance, apodado Imán, es uno de los que más me han marcado. Leí Imán hace muchos años, y desde entonces Viance ha estado ahí. Volver a leer el libro de Sénder es confirmar la grandeza de su texto y la simpatía por ese hombre al que la guerra transforma de manera definitiva y atroz.

RAMÓN J. SÉNDER

RAMÓN J. SÉNDER

Es quizá el retrato más lúcido y detallista de lo que supuso el desastre de Annual, y también un libro imprescindible para entender la sinrazón de la guerra que enfrentó entonces a Marruecos y España. Pero como mis palabras no aportan nada nuevo, prefiero reproducir tres fragmentos de la novela que me parecen excepcionales, en especial el último que, curiosamente, me ha hecho recordar El blocao de Díaz Fernández, que también comenté no hace mucho.
Si la guerra es una locura, Sénder supo reflejarla a la perfección en Imán.

Sergio Barce, febrero 2015

desastre de Annual

(…) Deben de ser las ocho, las nueve quizá, y bajo el insomnio, los ojos impacientes, cargados de sangre, muy abiertos, escuecen y destilan. Se palpa la mejilla inflamada y continúa por el pequeño declive que se acerca ya al llano. El peso del armamento empuja hacia abajo.
De repente, al doblar una sinuosidad, ve a una vieja y un niño indígenas. Los dos llevan a la espalda un grueso cántaro esférico de barro lleno de agua. Se han detenido un momento y el niño asegura las trinchas de esparto. Rebulle el agua y las vasijas tienen un brillo de humedad, de rezume. Viance se ha ocultado instintivamente, sin perderlos de vista. Un ciego impulso le hace comprobar si está cargado el fusil y echárselo a la cara, encañonando a la vieja. El agua sigue sonando a cada movimiento.. Con la violencia de quien refrena a una hiena se contiene. La alarma puede costarle la vida. Pero no hay necesidad de respirar. El machete no hace ruido y puede ensartar a dos personas en un minuto. ¿Y si gritan? Los rebeldes no están más lejos de un par de kilómetros y, sin duda, le oirán fácilmente.
El glú-glú del agua sigue sonando y exacerbando la sed. En esos cántaros grandes, esféricos, está el secreto vivificador. Los árboles, las plantas, los animales todos tienen derecho al agua, a deleitarse con ella. La sed se siente ahora en los labios, en la boca, en las sienes, en la mugrienta piel. Si de pronto echara a llover absorbería el agua por los poros, como una esponja. Prepara el machete en la mano. La sangre lo ha cubierto de una especie de mica negruzca que despega contra la alpargata. Siente una alegría feroz y un alivio de frescura en la garganta. Avanza a cuatro manos hasta la tangente de la colina, se levanta y avizora a sus víctimas. El niño se inclina ahora con dificultad y coge un casquillo de fusil. Sopla en su abertura, produce un pequeño silbido y se le ilumina el rostro de alegría. Viance abre los ojos desmesuradamente. Hace rato que lleva una mosca en la comisura de los labios. Queda paralizado por esa alegría inocente del muchacho, que reanuda ya la marcha dejando atrás con el glú-glú una estela de promesas.
Viance, cuando quiere darse cuenta se ha quedado demasiado lejos. Siente un sopor vago y profundo, las piernas le pesan mucho más. Se levanta alarmado, recordando los cadáveres del barranco, y reanuda su camino incierto hacia Annual. La sangre se ha coagulado en la rodilla, en la mano.

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iman

(…) Después de andar toda la noche, sin otro accidente que el de su pugna con las sombras apelmazadas alrededor, llega a la llanura de Monte Arruit. Sabe que al final, la primera prominencia es la colina, no muy alta, de suaves laderas, de Monte Arruit. Encima, la posición. A la derecha, el río; a la izquierda, la estación del ferrocarril, pequeña, blanca, con ventanas ajimerezadas, mitad fortín y mezquita. Y en medio, la cerca de alambre espinoso, de sacos terreros. El campo del amanecer comienza a levantar su alarma. Una cogujada brinca entre los mulos, las cajas vacías, los muertos, de una sección de ametralladoras.
Viance se queda atrozmente sorprendido. No había visto un pájaro desde su salida de R. Siente una compasión inexplicable por ese pájaro color de tierra que vuela en cortas ondas, piando. Esta tierra es como la de los demás países –piensa-, como la tierra de España. No sólo se siembran balas y se cosechan muertos. Hay cogujadas, como allí y podría haber plantíos y árboles. El amanecer dilata las perspectivas y Viance se siente dentro de un inmenso fanal de vidrio que va ensanchándose. Huele a cera quemada, a grasa, y de vez en cuando vuelve el olor denso a cloaca. La luz grita a su alrededor llamando al peligro, a la muerte. Su voz viene con ecos repetidos desde una lejanía de niebla, que puede ser mar o nubes o la vegetación de una país fantástico. Su sombra es larga, y pasa acariciando las vísceras rotas de un caballo.
La mañana de Monte Arruit es indiferente, como todas las mañanas, a la locura y al terror de los hombres. Cañonazos no muy lejanos le recuerdan el asedio de R. <¿Otra vez> ¡Monte Arruit, Monte Arruit! Más tiros de artillería y explosiones blandas de granadas. El terror de volver a empezar, de ver nuevamente desgajarse el cielo, hervir la tierra en cien pequeños volcanes. Huir, huir. Salvar la vida por un torpe capricho de la Providencia, que ya se acoge con recelo. <¿Qué ignorado destino me aguarda? Si me salvo, no me salvo yo, sino un pobre animal cansado, sucio, con el alma apagada. Lo más auténtico de uno se queda por ahí, cara al cielo, muerto y podrido también. ¿Dónde? No se sabe. Quizá prendido en la mirada sin expresión –o terriblemente expresiva- de esos cadáveres.

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Monte Arruit

Monte Arruit

(…) Por el lado de la alambrada llega una niña de hasta once o doce años. Grandes ojos infantiles en un rostro sereno y dulce. Vestiduras que fueron blancas bajan hasta cubrirle los pies. Al ver que la miramos, recoge del hombro un trapo y se oculta media cara, sujetándolo con los dientes. Su cuerpo no denuncia relieves de pubertad. Es fino, asexuado, de tal modo que esa precaución desagrada porque revela una preocupación extemporánea. Al avanzar hacia el zoco cae de pronto sentada sobre su pie y protege el otro con las dos manos. Su llanto es ruidoso y despreocupado. Me acerco y a través de las lágrimas me mira con asombro y temor. Entre sus dedos sale la sangre escandalosamente roja. Va descalza y ha pisado un casco de botella. La herida le cruza la plana del pie. El centinela llevará seguramente su paquete individual de curación. Me lo presta y la curo lo mejor posible. Sin decirme una palabra, con el pie envuelto en gasa, se va, cojeando. Al volver al zoco, otro sargento me da con el codo y dice, guiñándome un ojo:
-Ten cuidado, porque esta chica tiene chancros sifilíticos, purgaciones, to el repertorio.
Pasada la primera sorpresa me extraño yo mismo de haberme sorprendido. Es natural. Sus padres, sus hermanos han huido a la guerra. El hambre ronca por los aduares y atenaza a los niños, a los viejos. Éstos en vano intentan ganar la vida para los que quedan llevando miserables mercancías a los zocos. Y en ellas la misma inocencia, si la hay, es un peligro más. La soldadesca lo aprovecha todo. Puede que un día se haga la paz y que el padre, los hermanos vuelvan a su aduar a labrar las tierras. Pero el odio seguirá en los corazones y se transmitirá de padres a hijos.

desastre de Annual 1

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