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Y UNA MAÑANA… un relato de MOHAMED LAHCHIRI

Con Mohamed Lahchiri he compartido momentos muy agradables, tanto en Tánger como en Larache, y en Málaga también. Recuerdo una noche con Mohamed Akalay, qué buena persona es Akalay, junto al hermano de éste y a Sibari, nos hartamos de reír y de cantar. Bueno, yo no cantaba porque no conocía las letras de las canciones, pero como si lo hubiese hecho. Me conformaba con ver a Sibari hacer de barítono y de palmero. Y también recuerdo a Mohamed Lahchiri en los encuentros de la AEMLE, en el Hotel Minzáh, en un almuerzo pantagruélico, y el día en que nos invitó a comer pescado en el puerto de Larache, madre mía, qué regusto, Lahchiri se fue solo y regresó con el mejor pescado fresco que había encontrado, eso fue con ocasión del día que presentamos mi última novela en el Luis Vives, estaba Abdellatif Limami, otro entrañable amigo, y también me acuerdo de cuando vino no hace mucho a Málaga a presentar su último libro “Un cine en el Príncipe Alfonso”, extraordinario libro de relatos. Me imagino a Lahchiri llegando ahora con su gorra calada, sus ojos curiosos escondidos tras las gafas, su sempiterna sonrisa, y que nos sentamos a tomar algo y que comienza a hablar con esa verborrea suya insaciable, que es como su escritura, o su escritura es como su verborrea, y nunca me canso de escucharle y de reírme con sus ocurrencias.

Me envió hace días uno de sus relatos, sabe que me encantan. Es una narración ágil, escrita con esa facilidad suya para enlazar una cosa con otra como si las ideas se le atropellaran y pugnasen para salir antes, pero es tan hábil que las ordena en este lagrimal de imágenes a cámara ligera, desde el pequeño detalle hasta el pensamiento del narrador confluyen en el texto armónicamente, y así nos mete en el centro de la refriega, como si el lector fuese un vecino más del inmueble en el que se desarrolla la trama. Sólo cuenta una anécdota, un incidente que muchos hemos presenciado en alguna ocasión, pero lo contextualiza y lo hace tan personal que parece algo excepcional. Nunca elude la crítica, y eso me une aún más a su manera de relatar.

Ya echo en falta otro día con Mohamed Lahchiri. Espero que sea pronto. Incha Al´láh.

Sergio Barce, octubre 2012      

Y una mañana…

 …me despiertan unas voces en el pasillo y me encuentro solo en la cama con las garras de las malditas ganas mañaneras de orinar hincadas en el miembro y pienso que no he sentido a Aicha salir de la manta, ahora estará en la cocina, y yo tengo que deshacerme de lo que me está estropeando este placer de no estar obligado hoy a levantarme de la cama deprisa deprisa, para volver a la manta a acabar mi despertar a gusto, oír la radio… Distingo la voz de Fátima, la vecina, que se hace más fuerte, insulta, oigo la de su hija y pienso -me hundo más en la manta- que Fátima está regañando a su hija. Quizá porque la mocotendido ha perdido el dinero de la leche, la ha mandado a por leche y… no es la primera vez que la idiota pierde el dinero. Oigo abrirse la puerta, la nuestra, y pienso que a Aicha no le ha dejado el endemoniado gusanillo de la curiosidad terminar lo que estaba haciendo en la cocina, y pienso ¿salgo yo también a ver qué pasa?, esto parece algo más que un simple regañar a la hija. Pero estos últimos instantes de la cama, riquísimos, irresistibles, ahogan la idea en un santiamén y me sorprenden -me tiran más del desperezo- los gritos de socorro de la niña ¡mamá!, ¡deja a mamá!, ¡deja a mamá! y su llanto y una voz de hombre y digo -me asomo, saco totalmente la cabeza y el tronco de la manta- ¿estará el mendrugo de Saleh propinándole golpes a su mujer a estas horas, y en el pasillo? Salgo de la cama de un salto, otro salto hacia los servicios, levanto las faldas de la candora ¡y suelto las riendas a las terribles ganas de orinar y respiro profundamente, ay Al-lah!, ¡y me va embargando una sensación de la que siempre pienso que sólo tiene un nombre: felicidad! Oigo que la algarabía del pasillo ya lo llena todo. Los vecinos han salido a ver qué pasa. No se oye la voz de Saleh. Dar con su voz no es nada difícil.

Voy hacia la puerta y la encuentro abierta, claro…, salgo, Fátima intentando dejar de llorar en medio de un grupo de vecinas, e insultando, sus hijos pegados a sus faldas con las caritas de personajes de tebeo, de quien teme que un mal se le desplome encima y la mujer del maestro responde a sus insultos y oigo a una vecina exclamar que ¡esto es el colmo! Pregunto ¿qué ha pasado? Otra vecina dice que ¡si esto no es el fin del mundo que venga Al-lah y lo vea! Miro a Aicha y me dice que el maestro ha entrado en su casa y la ha pegado y suelto el grito ¿cómo? de quien esperaba oír todo menos eso. Pienso que Saleh a esta hora estará en la fábrica, ha salido de casa antes de las seis, como cada día, veo que estoy en candora y descalzo y oigo -intento ordenarme el pelo con los dedos al ver que las mujeres me miran- que la cosa empezó ayer -mucho antes de ayer, pienso yo- : Fátima ha encontrado una bolsa de plástico con caca de niños, aquí, en su puerta y ha pensado que la mujer del maestro era la fechora y como no hablaba con ella…, etc, etc, etc.

Puerto de Larache – Mohamed Lahchiri con Abdellatif Limami, Sergio Barce y Sergio Barce jr. y María Gallardo

Y oigo al hijo de la gran puta aquél -le veo asomarse detrás de su mujer- gritar con miedo en la voz, intentando justificar su fechoría, que ¿por qué has puesto tu mierda en la puerta de mi casa? Y siento agarrarse a mis entrañas todo el odio y el asco acumulados en estos años y un deseo súbito como un tiro por lanzarle alguna palabra que sea un puñal envenenado, pero Aicha me tira de la manga de la candora y me dice con la mirada no te metas, como si hubiese oído lo que pensaba, y aparecen otras vecinas -del cuarto o del tercero- y no se me escapa que algunas están en trapos transparentes y la voz de Fátima se hace más fuerte… Entro y me digo que no tengo que meterme, que la mujer tiene un marido, pero sí puedo, debo -la idea relampaguea en mi mente como un descubrimiento- buscar a Saleh y veo a Nadia corriendo hacia mí con su cuerpecito de tres primaveras, que no me cansaba de abrazar, me inclino abriendo los brazos y apago su miedo causado por su despertar de pajarito y no encontrar ni a papá ni a mamá y oír el alboroto en el pasillo. Vuelvo a la puerta, la abro, llamo a Aicha y le digo -le tiendo la niña, dándole un besito en la naricita- que voy a ir en busca de la fábrica donde trabaja Saleh, para decirle que venga, añado, para evitar su posible no es asunto tuyo, que soy el único hombre que hay aquí, además del malfechor. Me doy cuenta de que no me he lavado ni la cara y entro al cuarto de baño, suelto el agua, cojo el jabón y me pongo a lavarme las manos y la cara y me despierto totalmente. Me digo ¿cómo voy a encontrar la fábrica y yo sólo sé que es una fábrica textil? La memoria acude en mi socorro, ¡ah, se llama Blita! Digo en voz que oigo perfectamente que el hijo de puta está ahora cogido y no escapará. ¡Cogido por los mismísimos cojones!

Me pongo la chilaba rápidamente y salgo. Las vecinas aún están en el pasillo hablando con Fátima o sólo dejando que la indignación que les bulle en la cabeza mueva sus labios. Algunas ya se están retirando. Fátima, al verme, me llama en voz suplicante, pienso que va a pedirme que, por favor, vaya a avisar a su marido y le digo con la cabeza y la mano que no necesita decir nada, que sí, que precisamente voy a buscar a su marido. Le digo también que vaya a la comisaría, ahora, y me lanzo hacia las escaleras.

¿Estará ahí el autobús? Pero primero tengo que saber dónde está la fábrica. En las tiendas seguro que saben dónde está. Veo a un vecino salir de un pasillo y pienso con alegría que es de los que tienen moto, le contaré lo que ha pasado y…, sonrío, le tiendo la mano, la sorpresa en su rostro la explico por el hecho de que entre los dos sólo hay unas escaleras y un buenos días mascullado o un hola, le pregunto si va a bajar a la ciudad, responde con una sonrisa -que dice lo siento- que no, me siento decepcionado, dice que sólo va a las tiendas. Bajamos varios escalones, sin decirnos nada. Le cuento lo que acaba de pasar en nuestro piso, se detiene, me dice -escandalizado- que un hombre no hace estas cosas, ¿qué le ha pasado a este desgraciado? ¡Agredir a la mujer de un hombre en su propia casa! Prosigo que ahora yo voy a buscar la fábrica donde trabaja Saleh, se llama Blita, por eso le he preguntado si va a la ciudad, como él tiene moto… y me interrumpe que no hay ningún problema, me lleva en su moto a la fábrica, ¡cómo no!, que cree que sabe dónde está, no lejos de aquí, y essi Saleh -veo que ya estamos abajo- él le conoce bien, hijo de buena gente. Es de Aabda, los de ahí son gente buena en general. No son como vuestros rifeños del Norte y abre la puerta del garaje y entra. Y pienso que es una buena persona.

No tarda en salir empujando una moto destartalada. Siempre he tenido la impresión de que las miles y miles de motos que cicletean casi día y noche por Casablanca están destartaladas. Arranca. Me monto detrás de él, siento la dureza y el frío del asiento como un golpe en el trasero. Pienso que lo voy a pasar mal antes de llegar a la fábrica. El vecino tiene que pedalear con fuerza para que la moto alcance la velocidad que le permite coger el equilibrio.

Digo que ese maestro es un castigo que nos ha enviado Al-lah. Responde que merece una buena corrección. Lo que ha hecho es muy grave. ¡Entrar en casa ajena y agredir a una mujer…! ¡Puede ir a la cárcel! Prosigo que en ese apartamento vivía antes una persona buenísima. Era un maestro también. No sé a dónde fue ni por qué se fue. Al volver una vez de Ceuta -me pregunta si soy de Ceuta y respondo que sí, y dice que creía que yo era de Tetuán-, de unas vacaciones de verano, encontré que había otra familia que vivía en ese apartamento. El elemento no me gustó nada desde el primer momento. Le cuento que mi mujer y la de él se pelearon varias veces y que una vez, cuando yo aún no le conocía bien, aún le respetaba, vino a verme y se puso a quejarse, levantando la voz y las manos, yo le pedí que maldijese a Satanás y bajase la voz, porque gritando no se entiende la gente, que los problemas que encienden las mujeres debemos resolverlos nosotros los hombres, pero sentados y hablando, no con gritos, ¡los dos somos maestros, hombre!, etc. Pero él parece que consideró mi actitud una banderita blanca de debilidad o de cobardía, y siguió con los gritos, envalentonándose de manera barriobajera al ver a los vecinos asomarse y a los niños acercarse. Yo me puse a temblar de rabia y me lancé contra él con unos gritos que salían hasta con espuma, total: los dos maestrillos no llegamos a las manos de milagro. Me dice que nada más fácil que llegar a las manos. Este es el país donde con más frecuencia se llega a las manos. Menos mal que la gente le tiene miedo al majzén, sobre todo a la police, que sino…

En Larache: Mohamed Lahchiri (a la deracha) bien acompañado de Mohamed Akalay, Abderrahman lanjeri, Sergio Barce, Mª Luisa Diéguez, Mohamed Laabi, Miguel Abgel, Ramón López Tuñas, Mustapha el Bouthoury, Bouissef Rekab, Gonzalo y el cónsul José Remacha

Yo pienso que aquel día entero lo pasé como respirando aire contaminadísimo, rumiando el rencor que acababa de brotarme en el pecho por aquel cara de cerdo –porque parece un cerdo, con esa cara apatatada y sonrosada- y las cosas que tenía que haberle dicho y no dije porque no se me ocurrieron durante la refriega, y me pongo rabioso por ese bloqueo que sufro siempre en los momentos decisivos. ¿Le digo lo que me hizo el cabrón el año pasado? Pero lo que le digo es por qué no preguntamos a alguien dónde está la fábrica, y él que no hace falta, creo que ya estamos cerca, está por aquí y asomo la cabeza y sólo veo edificios de dos o tres plantas, y añade que sí, ahí, al final de esta calle, a la derecha. Veo un camión dirigirse hacia nosotros, contoneándose, ¡cuidado!, que los camioneros y los conductores de autobuses y autocares están convencidos de que son los amos de las calzadas. Me pregunto ¿cómo voy a decírselo a Saleh? Me dice ¡ahí está la fábrica! Veo un gran edificio de color blanco sucio y nos invade el traquetear de las máquinas y recuerdo a Saleh con su tono burlón decirme que si quieres saber lo que es trabajar trabajar, ven conmigo a la fábrica. Que los maestros lo que hacéis no es trabajo, cobráis, no por trabajar, sino por descansar, por estar sentados y hablar.

Llegamos a la entrada, hay una barrera, me bajo de la moto y me dirijo hacia donde se encuentra una persona, pienso que es el guardia, le saludo y le digo que soy vecino de essi Saleh, que trabaja aquí, leo en su rostro que sabe de quién estoy hablando, y necesito verlo por algo urgente. Se levanta, me dice que espere y se va hacia una puerta abierta. Espero.

Me pongo a mirar a mi alrededor. Hay dos jóvenes esperando y, por la cara de pobrecitos que ponen, deduzco que buscan trabajo. El vecino se ha quedado montado en la moto, manteniendo el equilibrio con los pies. Es alto como un árabe de Dukkala. Pienso que yo también necesito una moto. El autobús está cada vez más insoportable. Se puede comprar a través de esa compañía de crédito. La Eqdom. Te cobran las letras directamente del sueldo.

Veo al guardián que vuelve. Me dice que Saleh viene ahora. Le doy el ¡que Dios te bendiga! y perdona por la molestia y camino hacia donde está el vecino. Le digo que Saleh también tiene moto, que si quiere volver que vuelva, no es necesario que pierda más tiempo y dice que no, que volvemos juntos. Los dos jóvenes nos miran.

Y veo a Saleh caminar hacia nosotros con una sonrisa. Le tiende la mano al vecino y luego me saluda a mí con una mirada que dice espero que no sea nada malo. Le digo que tiene que ir a su casa ahora mismo. Que su mujer… ha tenido problemas con los que viven a su derecha, el maestro y su mujer, que el maestro ha entrado a su casa y ha agredido a Fátima… y veo aquel estallido en su rostro que significa que esperaba oír cualquier cosa menos eso, un rostro que enrojece de golpe, masculla no sé qué -un insulto sin duda- apretando los dientes y prosigo que yo estaba durmiendo cuando ha pasado lo que ha pasado y los gritos de su hija mayor son los que me han despertado, que su mujer estará en la comisaría, yo le he dicho que vaya a poner la denuncia. Y me callo, ya he dicho todo. Nos envuelve un silencio embarazoso. Bueno, lo corta el vecino, que no pierda el tiempo, que vaya ya a pedir permiso y corra a la comisaría y Saleh nos pide perdón por habernos molestado y se lo reprochamos, ¡que somos vecinos, hombre! Y se va casi corriendo. Le digo al vecino ¡vámonos! y arranca con pedaleos. Frena para que yo me monte. Nos alejamos.

Me pregunta si tengo clase hoy y le digo que es viernes. Le cuento que una vez, cuando iban a empezar los exámenes de la Chahada, aquel maestro fue a verme y me quiso dar el número de un alumno -o de una alumna, no me acuerdo- que iba a ser examinado en el centro donde yo era responsable; me daba el número para que yo… Y yo le dije que no, claro, que nunca había hecho esas cosas, ni sé ni sospecho de nadie de mi escuela que lo haya hecho, que lo siento.

No, no me estoy echando medallas, sé que he tenido la suerte de estar en la enseñanza (no en el Ministerio del Interior ni en el de Justicia ni el de Sanidad), que me facilita el mantenerme a salvo de la mierda en la que se encuentra inmerso este país nuestro de mierda… Yo siempre digo que si me encuentro en la situación extrema de no tener trabajo, no tener qué comer, tener hambre… quizá tienda la mano, quizá robe. ¿Y sabes qué dijo después de eso? Pues dijo a todo el mundo que si me hubiese puesto en la mano algunos billetitos, yo habría cogido el número con una sonrisa como un sol, que yo había rechazado el numerito del examen porque me lo había dado soso, seco, sin el caldito exquisito necesario. Cuando me enteré de eso, me puse como una tromba de ganas de machacarle. Unas ganas que siento ponerse a borbollear en la sangre cada vez que me acuerdo. ¡El hijo de la grandísima puta! Me planté en lo alto de las escaleras, en el quinto, donde vivimos. Esperé largo tiempo, con una postura de tigre con un hambre feroz en espera de la presa, sobre todo cuando oía pasos subiendo. Después me dijo el Negro, el vecino del cuarto, que aquel día el hijo de perra había ido a Tetuán a traer mercancía, él también se dedica al contrabando, ¡un maestro! El vecino dice que no es el único. Tampoco hacen nada malo los que contrabandean. Y no me gusta lo que dice el vecino y prefiero tragarme mi disgusto, aunque para mí un maestro-contrabandista es poco menos que una maestra que se prostituye.

Prosigo: Cuando me cansé de la postura del felino en lo alto de una roca, con las garras y los colmillos rutilando, entré a mi casa, me eché y me puse a controlar los ruidos del pasillo. Hasta que me quedé dormido. Después, mi veneno fue perdiendo fuerza, como suele pasarme. Pienso que tenía que haberle dado en la cara con su vómito repugnante y ruin -como en las escenas de las grandes tartas de merengue blanquísimo de las películas-, estoy a punto de echarme en cara que soy un cobarde, afirmo que ¡no! con la cabeza. Digo para rematar el episodio que, desde que el fenómeno vino a vivir ahí, nuestros problemas de pasillo nunca han cesado y hoy ¡mira! El vecino dice que lo de hoy no tiene perdón. Veo que estamos cerca de las tiendas y le pido que se pare y vaya a hacer lo que tiene que hacer, yo seguiré andando hasta casa, pero él no me hace caso y sigue hasta la puerta del edificio donde vivimos.

Me bajo, tiendo la mano, perdón por la molestia y muchísimas gracias. Me dirijo hacia las escaleras con una imagen colgando en la cabeza: la de un niño acariciando con una mirada soñadora la moto del vecino. Observo que estoy bajo el dominio de una alegría exaltada. Normal, me digo, la posibilidad de deshacernos de él está ahí. Y él mismo se lo ha buscado. Estoy a punto de chocar con una mujer en chilaba y velo, una kuffa en la mano, probablemente una de las que estaban en el pasillo con Fátima, porque veo en sus ojos, en los que el velo negro pone un no sé qué miliunanochesco, que la pregunta está a punto de hacerle ¡plaf! por la boca. Pienso que los hombres del edificio se le van a echar encima al canalla, no faltarán testigos dispuestos a ir a la comisaría a declarar. El pasillo lo encuentro desierto. Abro la puerta, entro, me quito la chilaba, la cuelgo, oigo a Aicha preguntar si ha venido Saleh. Le pregunto si Fátima ha ido y me responde que sí. Me dice ven a desayunar. Pienso Dios sabrá lo que la mujer de Saleh le ha dicho al maestro para que éste cometiera tamaña fechoría. Le pregunto a Aicha cómo ha podido agredir a la mujer en su propia casa, sabiendo lo grave que es eso. Me siento, miro el pan hecho con trigo que he comprado, limpiado, lavado, secado al sol y llevado a la tahona, busco el cuchillo con la mirada, dice que el maestro y su mujer y Fátima se insultaban y él se abalanzó sobre ella. Le pregunto si ha ido alguien con ella y responde que se ha ido sola. Pienso Saleh ya estará ahí ahora. El maestro también. Con la mierda al cuello. Es capaz de lanzarse a los pies de Fátima y de Saleh (esto lo he visto hacer a un soldado ante un superior a la entrada de un cuartel y no se me olvida) con tal de que le perdonen y se salve, corre el peligro de ir a la cárcel y perder su trabajo, el de maestro, claro. Sólo que se vaya de aquí, no verlo nunca más. No sé quién me dijo -creo que el Negro del cuarto- que estaba construyendo una casa no sé dónde. Una casa. Yo le perdonaría, pero con la condición de que desaparezca, con su mujer y sus hijos, que se largue. No verlo nunca más.

Le pregunto a mi mujer ¿cuáles de las vecinas estaban presentes cuando la ha agredido? y me dice que casi todas las que he visto en el pasillo. Son las mujeres quienes le han sacado de la casa de Saleh. Dice que hay que darle su merecido, no se puede agredir así a la mujer de un hombre en su casa, un ladrón, un borracho, bueno, pero es el vecino, y un maestro, el fin del mundo, como ha dicho al-Hadcha. Le pregunto por Nadia. Ha vuelto a dormir. Recuerdo la radio. Voy al dormitorio, cojo el aparato, el cable molesto y colgando y arrastrando como siempre, vuelvo al salón, enchufo y me pongo a buscar las informaciones. Un placer desayunar sin prisas y tumbarse a escuchar la radio. Mañana sábado hay trabajo, pero pasado, no. La postura en la que estoy aleja cada vez más la idea de ir a la comisaría para ver qué se ha hecho. La radio me cierra los ojos y me devuelve ese sueñecillo delicioso de la mañana de un día en el que no trabajo, tan delicioso que mi madre suele decir que es el mismísimo Satanás, porque intenta atar con sus hilos poderosos a los musulmanes para impedirles levantarse a hacer las abluciones, rezar e ir a buscarse el pan de cada día.

Me abren los ojos unos golpes en la puerta. Va Aicha a abrir, la voz de Fátima, se asoman al salón, se quita el velo y la capucha de la chilaba, su rostro dice que ha estado llorando. ¿Qué ha pasado? Responde desesperada ¡Saleh le ha perdonado! ¡¿Cómo?! ¡Pero eso no puede ser! ¿Es que ya no es un hombre? Cuenta que el hijo del pecado ya estaba en la comisaría cuando ha llegado Saleh. Han metido a éste en el despacho del comissaire… No, a ella no la han llamado para nada. Cuando han salido era como si todo lo que había pasado fuera algo banal. Saleh le ha dicho a Fátima ¡sir!, ¡a casa!, y el maestro decía que había sido ella la que le había atacado y enseñaba no sé qué en el cuello, un arañazo, él se había limitado a defenderse, y Fátima no puede contener las lágrimas. Claro, el hijo de puta ha ido antes y ha preparado el terreno con los polis -sabe como hacerlo, es contrabandista,… – para salir del lodazal en el que se había encharcado. Seguramente han convencido a Saleh, que es un bonachón, a un sólo paso de tontorrón. Le digo -y siento que me hierve todo el líquido del cuerpo- ¿por qué no ha gritado ella misma dentro de la comisaría, no ha armado un escándalo…? ¡Este muchrim ha entrado a mi casa y me ha agredido delante de los ojos aterrorizados de mis niños…! Y veo que estoy hablando con una mujer vieja ya a los treinta y pocos años, sin fuerza alguna y cargada de hijos y de pobreza y siento en la carne las uñas y los dientes de la desesperación, Aicha dice no sé qué, oigo la voz de Saleh en el pasillo, salgo y veo que está hablando con el maestro en la puerta de su piso, observo que éste habla con tono de quien ya no se siente inseguro, estoy con los dientes tan apretados que me duelen, siento la ebullición subir en mis adentros y quiero gritar algo demoledor pero no se me ocurre nada, pienso que soy una mierda, un pobre diablo, tan pobre como la pobre Fátima, se oyen golpes en la puerta de Saleh, desde dentro, sale Fátima y abre, aparecen todos los niños quejándose, el menor en brazos de la mayor, pienso que Saleh no es más que un pobre hombre, cargado de estos niños, tiene miedo -huye- de los problemas y piensa que el maestro hijo de perra es un funcionario del majzén y tiene sin duda amigos en la administración, etc. Fátima grita que no se vaya a creer que ha escapado, todas las vecinas han visto lo que ha pasado y quieren ir conmigo de testigos, si no ha encontrado a un hombre que le dé su merecido… y Saleh le grita ¡entra! y ella jura que no se saldrá con la suya, le llama cobarde, si fuese un hombre no agrediría a una mujer y el maestro grita que él es un hombre con dos cojones -¡con aquella actitud ruin de los cobardes cuando se sienten fuera de peligro y vencedores-, y el que quiera asegurarse si soy un hombre o no, que venga aquí ¡y ya no puedo más! Me veo gritando ¡un grandísimo hijo de puta y un marica, eso es lo que eres! y saltando hacia él, Saleh se aparta y caigo sobre la carroña con toda la fuerza, con todo el odio, con todo el asco, se cae de espaldas y yo encima de él, intenta defenderse, logro cogerle por el pelo y golpearle la cabeza contra el piso, al tercer golpe o al cuarto pega un grito animal espantoso, siento el palpitar del aviso del miedo de que se muera o le pase algo grave por los golpes contra el suelo duro, veo que ya está a mi merced, formo con las dos manos un sólo puño, veo aparecer a varias vecinas, Saleh acercándose para librarlo, le digo con un grito animal que ¡se aleje! Oigo una voz femenina que dice ¡Dale al perro!, me pongo a golpearle el rostro apatatado y sonrosado y el pecho y siento los brazos fuertes de Saleh por detrás intentando paralizarme y le dejo hacer…

Un cuento de Mohamed Lahchiri

Mohamed Lahchiri

 

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Otros libros, otros autores: LETRAS MARRUECAS. Antología de escritores marroquíes en castellano, de CRISTIÁN H. RICCI

CRISTIÁN H. RICCI, de quien he hecho referencia en varias ocasiones, acaba de publicar un interesante estudio titulado <Letras marruecas. Antología de escritores marroquíes en castellano> (Ediciones del Orto, 2012).

El libro se puede adquirir en:

edicionesclasicas@gmail.com

Entre los autores seleccionados por el profesor Ricci, incluye a dos buenos amigos comunes: el poeta Abderrahman El Fathi y el narrador Mohamed Lahchiri. De la introducción al libro espero reproduzco los párrafos que hablan de estos dos autores. En el estudio también se analiza la obra de autores como Ahmed Ararou, Ahmed el Gamoun, Larbi el Harti y Saïd el Kadaoui.

Sergio Barce, junio 2012

CRISTIAN H. RICCI

INTRODUCCIÓN

La redacción de una antología de literatura marroquí en castellano destinada al gran público, pero al mismo tiempo provista de la indispensable solvencia científica, plantea una serie de problemas a los que el compilador/editor debe buscar solución adecuada. Si adoptamos un criterio amplio, habría que incluir la producción moralizante, costumbrista, antropológica y algún que otro texto de carácter filológico o didáctico cuyo fin cientificista está bastante lejos del sentido más estricto, muy subjetivo por cierto, restringido a <las buenas letras>, objetivo primordial de esta antología. No sé si con acierto, el lector juzgará, me he decantado en esta oportunidad por esta segunda posición, reservando para otra antología la <literatura utilitaria> (aunque ya las hay muchas y de variado pelaje, incluyendo una hecha por este mismo editor en colaboración con el Dr. Ignacio López Calvo, Caminos para la paz. Literatura israelí y árabe en castellano. Buenos Aires: Corregidor, 2007).

El segundo problema con el que he tenido que enfrentarme estriba en puntualizar de modo esquemático las características de la escritura marroquí en lengua castellana y sus diferencias con las <letras castellanas occidentales>, para debida advertencia del lector profano. A dicha labor le he dedicado dos libros y varios artículos. Por ende, no quiero correr el peligro de convertir a esta presentación/introducción en un fárrago de nombres, títulos y fechas. Intentaré salvar la densidad de información mediante una ponderada (aunque breve) valoración de cada autor aquí antologado y la profusión de textos, en cuya selección el lector podrá advertir, como es lógico, las preferencias del editor. Completaré esta introducción con una bibliografía básica sobre el tema y un índice de nombres propios.

ABDERRAHMAN EL FATHI

(…) La poesía de El Fathi intenta mostrar la <ahoridad> de un país en colisión entre la cultura occidental y oriental. El enfrentamiento entre la modernidad y la tradición, entre la penuria existencial de la miseria social y el mundo de maravillas que llega a través de la imagen satelital de Televisión Española son resumidos magistralmente en estos pocos versos (que dicen mucho):

Nunca fue tan oscura

nunca vio un resquicio de luz

África se destiñe en su travesía,

su ropa llega sola al blanco amanecer

todos bailan a su son

desfilan en su honor

ofrendas como espaldas.

 (África 65).

Una lectura rápida arroja un manojo de perspectivas de análisis: observamos que esa África que se destiñe es la que pierde identidad al querer parecerse al blanco europeo; es el África celebrada por su música y por la mercantilización-orientalización europea de sus costumbres, en el morbo que producen las imágenes televisivas desgarradoras de los pateristas; es el África que ofrenda sus espaldas mojadas al mar y la que se desloma en los campos de Almería y Levante. Por otro lado, la poesía de El Fathi evidencia la pugna entre la nostalgia del imperio perdido y el deseo de revivir las glorias de aquel imperio culturalmente majestuoso y principalmente ecléctico o averroísta, que promovía la unidad del entendimiento agente en todos los hombres, sin fronteras geográficas, filosóficas ni religiosas. En consecuencia, hay que considerar que la aplicación de la doctrina averroísta del final de la Edad Media, también sostiene la tesis de la doble verdad o lo que, en la modernidad, James Clifford denomina <two-sidedness>, W.E.B. Du Bois <double consciousness>, y Richard Wright <two warring souls in one black body> o <double vision>, según la cual algo puede ser verdadero en filosofía y falso en la práctica, o a la inversa. En esta vertiente, el mundo globalizado de hoy no sólo reditúa el nuevo fenómeno cultural híbrido, basado en la libre transmisión y aceptación selectiva de distintas corrientes filosóficas e ideológicas, sino que también, y al amparo del racionalismo cristiano de la Ilustración europea, estos países proceden a la imposición de una política de doble rasero que trata de inculcar falsamente <procesos democráticos> de conveniencia y <libre mercado> que validan nuevos desplazamientos, económicos y culturales, y exterminios masivos. Por ende, la metáfora de la frontera utilizada por El Fathi (evidente, por cierto, desde el título mismo de sus textos) es decisivamente eficaz para explicar este tipo de fenómenos eclécticos y contradictorios.

MOHAMED LAHCHIRI

(…) Finalmente, los cuentos de Lahchiri manifiestan más claramente que ningún otro autor marroquí en lengua castellana que la escritura posmoderna y la poscolonialidad representan dos caras de la misma moneda (Mignolo dixit). Su narrativa fronteriza, <laboratorio de la posmodernidad> (Néstor García Canclini) <en sí un género indefinido entre autobiografía y ficción> se coloca en distintos lugares de enunciación (Mignolo) para representar aspectos de la modernidad, (neo)colonización y la representación de la evolución de los distintos órdenes imperiales desde la época del Protectorado. Para tal fin, en la narrativa de Lahchiri se observa la <negociación representativa> de autores y obras <consagradas>/<alta cultura> con ciertas formas y géneros de la cultura mass-mediática y las experiencias cotidianas de los protagonistas de sus cuentos. Apunta así Lahchiri a la descolonización y la transformación de la rigidez de la frontera epistémica y territorial establecida y controlada por la colonialidad del poder durante el proceso de construcción del sistema-mundo moderno/colonial (Mignolo). Sus historias locales no se pueden reducir a una historia nómada universal como la propuesta por Deleuze y Guattari o al universalismo deconstruccionista que reclama la ley de la lengua y borra la colonialidad del poder atrincherada en la lengua y la epistemología (Mignolo).

Concluyo diciendo que los textos seleccionados en esta antología se insertan perfectamente en el marco del post-colonialismo y de la hibridación cultural, por ser narraciones y poemas comprometidos, por proponer un tercer espacio en el que el ser magrebí, y en general el ser africano, puede dialogar con otras literaturas periféricas y con el Norte exponiendo un nuevo modelo de heterogeneidad cultural. Los textos que el lector está a punto de descubrir representan la voz de lo humano, están enraizados en la prehistoria, representan las heridas de la historia del Marruecos colonial y sobresale con una fuerza poderosa para subrayar los retos de un Marruecos que todavía duda entre dirigir su mirada a El Cairo o a Bruselas.

Cristián H. Ricci

 

CRISTIÁN H. RICCI

Cristián H. Ricci es graduado en Los Angeles CSU y obtuvo el doctorado en Santa Barbara UC. Es profesor asociado en la Hispanic Literatures and Faculty Chair School of Social Sciences, Humanities and Arts University of California, USA. Es autor de numerosos artículos y análisis literarios, así como de una colección de ensayos junto a Gustavo Geirola titulado <¡Dale que va!¡Dale nomás! Ensayos testimoniales para la Argentina del siglo XXI>, Nueva Generación – Buenos Aires, 2006; y junto a Ignacio López-Calvo la antología sobre escritores árabes e israelíes contemporáneos en <Caminos para la paz. Literatura israelí y árabe en castellano>, Edit. Corregidor – Buenos Aires, 2008.

También es el autor de <Literatura periférica en castellano y catalán: El caso marroquí> Ediciones del Orto [Biblioteca Crítica de las Literaturas Luso-Hispánicas, nº 34 – Madrid, 2010)]. ISBN 84-7923-439-3

 

 

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LARACHE – ALBUM DE FOTOS 13

Es bastante difícil continuar este álbum, y me refiero al texto que trato que acompañe a las imágenes, porque fotos sigo recibiendo de muchos amigos, pero no repetirse en las palabras resulta complicado. Lo último que desearía es aburrir a quien se asoma a estas páginas.

Rio Lukus, y, al fondo, LARACHE – foto de Javi Lobo

Por eso, en esta ocasión, creo que me refugiaré de alguna forma en los textos de varios autores de los que, aunque les dedico artículos individuales, pueden servir para “ilustrar” lo descrito por las fotografías.

No es la primera vez que uso la imagen de un cuadro para abrir el álbum de fotos –ya estamos en su página 13, y creciendo-. En esta ocasión es un cuadro del pintor larachense Hakim el Harrak. Gracias a él, me rindo a la majestuosidad del Castillo Laqbíbat o de San Antonio o de Al Nasr, que todos estos nombres ha tenido.

Parece increíble que este majestuoso castillo del siglo XVI fuera mandado erigir por el Sultán Ahmad al-Mansúr al-Dahabi tras la batalla de los Tres Reyes, y digo que parece increíble que sea un monumento de tal historia y que se haya dejado caer en el olvido… Sin embargo, el pincel de Hakim el Harrak le ha devuelto la vida, y los colores de su paleta lo han restaurado para nuestra imaginación.

Escribía Ali Bey (Domingo Badía) en 1805: “A un extremo de la ciudad, en la embocadura del río, hay un castillo que me dijeron fue construido por Muley Yezid (Nota: Se trata de una edificación más antigua que el reinado de Muley Yezid /1790-1792/. Este sultán visitó cuatro veces Larache durante su reinado, según relata ad-Du´ayyif, pero que no señala que se dedicara en esas breves etapas de visita a la construcción o reparación de las fortalezas. Este castillo, llamado de San Antonio por los españoles, es más antiguo que el de la parte de tierra o de las Cigüeñas). La fortaleza cuadrada está guarnecida por varias pequeñas culebrinas. Defienden la embocadura del puerto dos baterías colocadas al sur y otra batería o castillo por el mismo lado con cañones y mortero, situada a trescientos cincuenta toesas de distancia…”

Cuánta historia tiene Larache…  Cuántas vidas vividas en sus calles… Creo que la siguiente foto es de una simbología ejemplar: en la terraza del Café Central vemos a Pepe Osuna, Mohamed Sibari y Carlos Amselem, tres viejos amigos, un cristiano, un musulmán y un hebreo, tres amigos de toda la vida, tres larachenses que simbolizan lo que siempre hemos transmitido a los que no son de nuestro pueblo.

Alfonso Santamaría me ha enviado un buen puñado de imágenes, hoy colgaré alguna de ellas, como ésta, en la que aparecen Alfonso, Emilio y Elena Santamaría.

También de Paco Selva traigo hoy bastantes fotos y carteles. En esos viejos anuncios también nos reencontramos con la historia de la ciudad…

Creo que una de las cosas que mejor se recuerdan en una vida, son las celebraciones, las fiestas, la algarabía, los instantes de felicidad. En Larache hemos vivido tantos buenos momentos, familiares, personales o entre amigos, que eso es lo que más une en la memoria. Por eso, quizá sea un buen instante para llenar nuestras vidas de celebraciones… Así que nos vamos de bodas. En la imagen siguiente, asistimos a la de Mohamed, empleado de la compañía del Lukus, y en la foto están celebrándolo Aquilino, Sentamans, Emilio y Alfonso Santamaría, Bautista, el propio Mohamed, Narai, Julio el cubano, X y la esposa de Aquilino.

También acudimos al enlace de la hermana de Rafael de Cárdenas, y allí vemos, en la foto de abajo, al hermano de Castaño, Joaquín García, Ochoa y Rafael de Cárdenas.

Y de ahí nos vamos a celebrar el cumpleaños de la nieta de Cristóbal,  el de la Colonial:

La fiesta no decae, y damos salto en el tiempo, como siempre hacemos gracias a este álbum anárquico al que une en decenios la ciudad de Larache y los larachenses, y de los años sesenta y setenta aparecen estampas como las siguientes: Fiesta de Carnavales en el Colegio Nuestra Señora de los Ángeles, de la que Mati López Quesada guarda un par de imágenes curiosas…

Los disfraces ya nos dan una idea de la época…

Paco Selva es de los que más imágenes conservan de las celebraciones y parrandas. Estas dos son de la llegada de los Reyes Magos en 1962, y espero vuestra ayuda para reconocer a quienes aparecen en ellas… Primeras respuestas: Dice Clarisa que en esta primera foto de Reyes, agachada a la derecha, ve a Pepi Pereira, y arriba, entre los dos Reyes, cree que la chica rubia es MªCarmen Morcillo y la que está a su lado Africa Fernandez.

En 1963 volvieron Sus Majestades para repartir sueños… En las dos fotos que siguen: en la primer, los tres reyes son Paco Selva, Cuqui Andrade y Lucio Dámaso; en la segunda, los mismos reyes muy bien acompañados de tres bellas larachenses…

Fiesta de Reyes del año 63 que se prolongó bastante, según atestiguan las siguientes fotos…

Aunque quizá sea el Fin de Año la que hace que la alegría se desborde siempre anhelando la llegada de un tiempo mejor… Como en esta imagen, en la que aparece mi madre -segunda a la derecha-, la primera a su lado es Nena, pero no conozco al resto del grupo. Eso sí, se lo pasaron en grande.

Chicas larachenses divirtiéndose siempre vamos a encontrar en nuestros álbumes familiares. En la siguiente, de nuevo mi madre, Maru Gallardo (tercera por la derecha) con un grupo de amigas tomándose un vinito… Algunas ya muestran síntomas de estar algo chispas… Espero que reconozcáis a alguien para poder ponerles nombres.

Muchos años después, en 2005, durante el Festival de Guitarra y Música, celebramos un emotivo homenaje al músico larachense Tomás Chacopino, que aparece en esta imagen acompañado por Ahmed el Guennouni y por mí, Sergio Barce.

Y en esta otra, también celebramos un encuentro lleno de buena camaradería y calidez. Creo reconocer en la foto a los que nos reunimos en Larache creo que en 2004: en primer término Mohamed Akalay, y con él Abderrahman Lanjeri, Bouissef Rekab, Mohamed Sibari, el cónsul José Ramón Remacha, Mohamed Laabi, Mustapha el Bouhtoury, Ramón López Tuñas, Miguel Ángel, Gonzalo, Sergio Barce, Maria Luisa Diéguez y Mohamed Lahchiri.

Curiosa  la vida… En la fotografía anterior, está mi amigo Mohamed Akalay, y Alfonso Santamaría me ha remitido otra en la que, varios años antes, él acompaña a Akalay junto a su hermano Emilio, que perdimos hace muy poco tiempo, y cuya memoria guardamos con afecto.

A principios del siglo XX, Luis Antonio de Vega escribe: “La primera ciudad marrueca donde fijé mi residencia durante los dos lustros que residí en África fue Larache. Es tal vez por esto y porque en su recinto aprendí a conocer y amar a Marruecos por lo que mis mayores simpatías las reservo para la ciudad, que es proa de navío en la quilla del viejo Castillo de San Antonio, quilla metida en el mar.

Allí pasé un año, primero en la calle Real, luego en el callejón de Hamed Ben Tzami, donde los tejeringueros moros amasaban cada mañana la pasta de los aceitosos churros que serían adorno suculento en el collar que formaba un junco verde; la calle de Hamed Ben Tzami, en el barrio primoroso de la Marina, con la terraza situada frente a la barra que forma el Lükus en su desembocadura y en la que hasta en los días dulces y en las dulces tardes se revolvían las aguas en amasijos de olas turbias”.


 

Y algunos nombres de empresas y negocios que siguen en el recuerdo… Urrestarazu, Baeza…

O Bensimón, Morales o Caballero…  El Banco Hispano Americano en Larache…

 

Una joya de fotografía es la que me ha hecho llegar Juan M Fernández Gallardo, con quien me unen lazos familiares por la rama Gallardo, y se trata de este grupo del Colegio Santa Isabel, del curso 1947-1948:

Si fantástica es la estampa anterior, la siguiente me parece de una belleza plástica extraordinaria. Se trata de la pesca del atún, y quien habla de Larache habla de la almadraba y de sus atunes. Reconozco que me atrae mucho la fotografía en blanco y negro, pero es que en concreto esta foto parece sacada de una película neorrealista, como un fotograma de un largometraje filmado por Vittorio de Sica o Roberto Rossellini… En ella aparecen Julián Aixelá Ballester, Joaquín Garcia Camuñez, Guegue, Vicente Pro y Claudio Columé.

De 1967 es la foto de la Primera Comunión del siguiente grupo de larachenses: Mari Nieves Rebollo, Martín Romo, Alfonso Santamaría, Mula, José María López Garry, Pedro Bono, Miguel Ángel Ramírez Cano, Venancio, Agapito y Bono.

Un paréntesis deportivo… Menuda paliza le dio el Betis al Larache: 8 a 0. Desconozco si hubo revancha…

En esta otra imagen, quizá uno de los mejores amigos de mi padre: Alfonso “Ponchi” Ariza, con Mercedes, su mujer. Dos larachenses hasta el tuétano.

Como larachense hasta la médula es Abdellah Charafi, siempre una sonrisa, siempre entrañable.

Aprovechando que estoy ahora colgando las fotos de paisanos y amigos, traigo también a este rincón del álbum a dos larachenses a los que les profeso un afecto especial: Joana Márquez y a Luis María Cazorla, con quienes compartí un inolvidable acto en Madrid. Por cierto, que Luis Cazorla presentará en Larache el próximo 14 de Mayo su novela «La ciudad del Lucus» en el Colegio Luis Vives.

Y para cerrar esta página 13 del álbum de Larache, dos fotos más y un poema.

La primera de las fotografías pertenece a la película “Balcón Atlántico” del realizador larachense Mohamed Chrif Tribak.

El poema pertenece al escritor larachense Hassan Tribak, que escribe en su libro El eco de la huída:

 

Mi ciudad de Larache.

Un ciego que camina cada noche,

Un pájaro que pone su nido

Entre los dedos de un mendigo

Y entre dedo y dedo

Hay una voz que grita y pide perdón

Pero rechaza su castigo.

Mi ciudad ignora

Su mar con sus olas trajineras,

Sus años y años llora y llora

En la estéril zona de los engaños.

Así voy a morir;

No voy a decir

Más que mi Larache

Vive en su perpetua

Noche.

Y la última imagen es esta simpática foto tomada en la otra banda, en la que están Otra banda Pepe García, Gálvez, Antonio Salles, Diego Ramos Guegue y Munik.

Escribe Carlos Tessainer en su novela Los pájaros del cielo: “Como en un pueblo forzosamente abandonado por sus habitantes y luego anegado por las aguas de un embalse… vivimos en un mundo que ya no existe -nuestro pueblo, nuestro lugar- y que, sin embargo, siempre nos deleitamos en revivir en las conversaciones…” 

Pero Larache sigue ahí, y los larachenses también. El álbum de fotos trata de que ningún larachense abandone su pueblo ni que termine anegado por las aguas de un embalse, sino que perdure en nosotros, porque quién puede hacer desaparecer un sentimiento…

Sergio Barce, abril 2012

 

 

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Este 29 de Febrero, en MALAGA – Presentación del libro de relatos UN CINE EN EL PRÍNCIPE ALFONSO Y OTROS CUENTOS de MOHAMED LAHCHIRI

El Centro Andaluz de las Letras (CAL) continúa con su programa de actividades Letras Capitales en Málaga, el próximo miércoles, 29 de febrero, con la presentación de la nueva novela del escritor Mohamed Lachiri, Un cine en el Príncipe Alfonso y otros relatos, publicado por Ediciones Dar Karaounies.

El encuentro será en la sede del Centro Andaluz de las Letras a las 20.00 horas,

y estará conducido por Francisco Morales Lomas y José Sarria.

Una ocasión inmejorable para escuchar de mi entrañable amigo Lahchiri sus extraordinarios relatos, y que ya varias veces me ha permitido colgar de mi blog para nuestro deleite como lectores empedernidos.

Sergio Barce

Mohamed Lahchiri (Ceuta, 1950), es periodista, docente y traductor hispano-marroquí. Su obra, escrita directamente en castellano, forma parte de la denominada Literatura Hispanomagrebí. Ha traducido para la prensa marroquí y árabe textos de Neruda, García Lorca, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Julio Cortázar, García Márquez, Juan Rulfo, Mario Benedetti, Horacio Quiroga y Borges, entre otros. En 1994, publica su primer libro de cuentos, «Pedacitos entrañables», y en el 2003 el segundo, «Cuentos ceutíes». Ya en 2006 publicó su tercer libro de cuentos, «Una tumbita en Sidi Embarek». Es, además, autor de la novela “Una historia repelente”, publicada por entregas en el diario “La Mañana” en el verano del 2001 y de una antología de poesías (traducidas al árabe) de Nicolás Guillén, publicada en el diario “Al Ittihad al-Ichtiraki”.

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«MORAS PISOTEADAS», relato de MOHAMED LAHCHIRI

Hay un escritor, del que ya he hablado en este blog, y hay un amigo, con el que he compartido buenos almuerzos y buenas tardes de literatura, siempre en Larache, que me parece singular y de una calidad aún por reconocer: Mohamed Lahchiri. Es de esos autores que merecerían mayor proyección, pero ya se sabe que, para eso, se ha de tener un buen enchufe o un buen contacto (¿es lo mismo?) o que la flauta suene por casualidad. Pero yo lo reivindico de nuevo, porque, como también piensa Cristián Ricci, sus relatos son excelentes. Tiene publicados varios libros de relatos: PEDACITOS ENTRAÑABLES en 1994, CUENTOS CEUTÍES en 2004, UNA TUMBITA EN SIDI EMBAREK Y OTROS CUENTOS CEUTÍES de 2006 y UN CINE EN EL PRÍNCIPE ALFONSO Y OTROS RELATOS de este mismo año. Y sale también a la calle su primera novela, de la que ya hablaré cuando la tenga en mis manos.

Mohamed Lahchiri

A su libro UNA TUMBITA EN SIDI EMBAREK… pertenece el cuento MORAS PISOTEADAS, que el profesor Ricci considera el mejor de este libro, y yo coincido con él, un título con cuyo doble significado juega Lahchiri para contarnos su visión del Marruecos de los años sesenta, visto desde el prisma de un marroquí caballa (nacido en Ceuta); una visión nada complaciente, muy realista, muy crítica con el antiguo régimen, y muy humana. Ahora que la primavera árabe está en su punto álgido, ahora que también en Marruecos se respira ese nuevo aire de cambio y de libertad, conviene repasar el pasado de la historia reciente de Marruecos para que no se pierda la perspectiva, y creo que este relato es una muestra ejemplar. Un relato fascinante.

Sergio Barce, octubre 2011

MORAS PISOTEADAS

Se baja del autobús con el chiste -protagonizado por una mujer y el cobrador- pegando saltos de pez en la superficie de su pensamiento. Se pone a darle forma al chiste en su cabeza por si lo cuenta en el recreo a alguna de las alumnas con las que le gusta hablar o a una profesora guapa.

La mujer paga con un billete de 50 dirhams hecho una piltrafa y el cobrador le da de vuelta monedas y un billete nuevo de 20 con el rostro a plumilla del rey Mohammed VI en una de las dos caras. Y la señora mira el billete y se lo tiende al cobrador, preguntando qué es esto. Al comprender que la mujer nunca ha visto el billete –que no es tan reciente, ya todo el mundo lo conoce-, el cobrador le pregunta –siempre bromista con su acento de campesino árabe- ¿cuánto tiempo hace que no sales de tu casa?, y hace saltar un chorro de carcajadas.

El chiste y también el tema que ha rodado entre el conductor y dos o tres viajeros habituales. Hablaban de cierto lugar, en la campiña de por aquí, en el que sólo quedan ancianos y adultos de más de cincuenta; y niños, claro; todos los jóvenes –y todas- se han largado a Italia. Los ganados andan sueltos de sol a sol; no queda por ahí ni un solo pastor.

Cruza deprisa y corriendo la interminable avenida Mediouna (ahora se llama Mohammed VI) de la que hace no mucho tiempo decía que era la más contaminada del mundo, sobre todo cuando aún estaba, ahí abajo, en Ben Chdía, la estación de autocares de Casablanca.

Estación de autobuses de Casablanca

Como suele hacer últimamente cada vez que pasa por ahí, mira las vallas de hierro pintadas de blanco, verde y rojo que protegen de la chusma las aceras, los espacios verdes y el asfalto de la entrada principal del palacio real; una chusma que se desparrama por ahí las siete mañanas de la semana, camino de buscarse el sustento. Sonríe de nuevo al comprobar que las vallas ferrosas están colocadas en el asfalto, quedando la acera de la avenida dentro de la zona protegida, de manera que los andantes –entre los que figuraba él tres veces por semana, esto es, cuando tiene clase a las ocho de la mañana- se ven obligados a caminar un buen trecho de la calzada, a veces casi rozando la tromba de vehículos que un semáforo desencadena cada poquito tiempo. La chusma no debe ensuciar la acera del palacio del Sultán. Piensa que los conductores de estos vehículos -como los andantes- forman parte de la infinidad de pelotones de hormigas que, a todo lo largo y a todo lo ancho del paisito, andan en un continuo desvivir en busca del sustento, casi embrutecidos; no piensan en nada más que en la supervivencia y ya no creen en nada más que en la justicia del más allá.

Y mientras piensa en las tres colegas del instituto, a quienes le une una cordialidad de muchos años y algún que otro chiste no verde, y a quienes dijo, no hace mucho, que cada muy poco tiempo se le aparecía algo nuevo que indicaba que Marruecos iba cada vez peor, y contó lo de las vallas, que no sólo protegen las zonas verdes del palacio, sino también la acera que da a la avenida, … destilando algo de la rabia que le late en las entrañas contra los que dirigen el país, … mientras piensa en la reacción de las tres madamas, que le dijeron, como si fueran una sola persona, pues si no fuera por el majzén, por el Rey, por sidna, por la monarquía, los marroquíes –rifeños, árabes, yeblíes, tetuaníes, fecíes, susíes, saharauis, …- nos comeríamos los unos a los otros, …Él había leído alguna vez, en algún artículo, que la afirmación de que la paz imperaba en una sociedad marroquí, compuesta por tantas razas y tantos colores, gracias a la monarquía, era muy del agrado de Hassan II. Y una de las tres colegas dijo que la democracia, las libertades y esas cosas que hay en Europa no podrían funcionar en Marruecos; adoptemos eso y esto será el caos, la jungla pura …

PALACIO REAL DE CASABLANCA

Mientras piensa esto, descubre que en los suelos de los jardines, en el asfalto y en la acera de la entrada del palacio se encuentran desparramadas moras blancas y negras o rojinegras, caídas de unos árboles altos y rebosantes de hojas verdes –es primavera, claro, piensa-. Sólo descubre ahora que son moreras porque sólo ahora ve los frutos en el suelo; unos frutos que le retrotraen al niño de doce años que fue hace mucho tiempo y le pusieron delante aquel sorpresón de su niñez que no ha olvidado: las moreras que encontró en Chauen el grupo de niños y grandullones ceutíes que fue ahí a seguir sus estudios, porque en Ceuta sólo había enseñanza marroquí primaria y porque en el internado de Tetuán no cabían todos.

Llegaron ahí en el arranque de la primavera y las ramas de las moreras rebosantes de hojas verdes se inclinaban bajo el peso de los frutos blancos o negros, que estaban buenísimos y cubrían los bordillos de la entrada a la ciudad y las calles principales. Lo que más sorprendió a los más críos caballas fue el que hubiese una fruta tan rica –que no habían visto ni probado nunca antes- y que uno pudiese comer todas las moras que pudiesen sus ganas sin necesidad de dinero.

Eran hijos de familias musulmanas pobres de Ceuta, donde no se conocía ni la ensalada ni el postre y sólo se ponía sobre el ataifor un plato de cualquier cosa, con un inmenso pan amasado por la madre o la hija mayor y hecho torta en el horno del barrio; y habían sido enviados por sus familias a abrirse camino en el Marruecos prometedor de la independencia recién recuperada.

El primer día en que el autocar les dejó en el internado del Instituto al-Machichi, y después de dejar maletas, bolsos e incluso bártulos en el dormitorio, donde cada uno había elegido una cama, y como todavía faltaban algunas horas para el almuerzo -habían salido de Tetuán a eso de las ocho y media- se echaron a las calles a conocer un poco la pequeña ciudad, encontrándose los más pequeños, los doceañeros, con el sorpresón de los majestuosos árboles verdes desprendiéndose de sus frutos negros y blancos. Se ayudaron unos a otros para encaramarse y comerse las moras en las mismas ramas. Comieron hasta no poder llevarse a la boca ni una sola morita más. Algún paisano grandullón les preguntó si se habían traído con ellos todo el hambre de su barrio ceutí.

Otra sorpresa les esperaba en el comedor del internado: donde se encontraron con otros chicos que no conocían y a quienes miraron con cierto menosprecio al verles casi todos con chilabas de lana negras y con la capucha colgando sobre su pecho, llena de cuadernos y algún libro –los de Ceuta vestían vaqueros, zapatillas, jerseys, cazadoras…-

Eran hijos de campesinos de Bab Taza, Bab Berret –o Berred-, Beni Ahmed… El comedor era una gran sala con mesas en forma de hexaedro alrededor de cada una de las cuales estaban colocadas sillas; manteles de hule, platos, cuchillos, tenedores, cucharas; todo nuevo y brillante. El internado había sido abierto pocos meses antes. Muchos nunca habían comido con cuchillo y tenedor. Él recuerda que en su casa comían alcuzcuz –cuando se comía alcuzcuz…- con cucharas grandes y toscas de madera y alguna cuchara de metal, que siempre se apresuraba a coger él, porque no le gustaban nadanada las cucharas de madera hechas a mano. Eran grandes y había que abrir mucho la boca.

De primero, les trajeron ensalada de lechuga, tomate, pepino, caballas en conserva… de segundo, potaje –alubias-  y de tercero, ¡pollo! con patatas fritas.

Los críos, que tenían la barriga llena de moras, comieron hasta no poder moverse, pero no pudieron terminar ni la ensalada, ni el potaje, ni las patatas fritas.

Muchos hablaron de los tres platos, más el postre -¡plátanos! el día en que llegaron- en la primera carta que mandaron a la familia. Queridos padres: Pido a Dios todopoderoso que, al estar esta carta en vuestro poder, os encontréis en un perfecto estado de salud. Así empezaban sus cartas los ceutíes. Más o menos. Él, al ver que sus paisanos grandullones escribían cartas a Ceuta, cogió su bolígrafo Parker –regalo de un tío, que le hacía feliz-, arrancó una hoja de un cuaderno y decidió pergeñar su carta en árabe, para que la leyera su padre –de cuyas regañinas, collejas y palizas estaba más que harto- y viera lo bien que escribía su vástago en la lengua del Corán. En otras palabras: que viera que no era un inútil.

Y hablando, en la carta, de los tres platos de comida, más el postre, que les daban en el almuerzo y la cena, y al no saber cómo se decía “plato” en árabe clásico, puso el nombre con que era llamado el recipiente en árabe hablado en Ceuta y en Marruecos -pensó que era la misma palabra para el árabe escrito y el hablado en Marruecos-: tabsil, plural: tabasil.

Ceuta

Poco después –quizá un día o dos-, mientras entraba al comedor, se le cayó la carta, no supo cómo, y alguien la encontró; y al preguntar de quién era y como nadie dijo esta boca es mía, leyó –en voz alta, para que el autor reconociese su obra- precisamente el párrafo que ponía que “nos dan tres tabasil más el postre en el almuerzo y la cena. En el desayuno, mantequilla, mermelada, café con leche, molletas recién traídas del horno…”; y mientras algunos chicos prorrumpían en risas burlonas, él decía es mía, para sentirse –con dolor- un hazmerreír. Rompió la carta y escribió a su familia en español, en letra muy clara, para que sus hermanas pudieran leerla y traducirla a su madre. Por qué escribirla en árabe con la de veces que había sentido que su padre no le quería. Y no contó lo de los tres tabasil…

Aunque el hecho de ser ceutíes –que vivían con españoles- les hacía sentirse superiores en Marruecos, sobre todo superiores a los demás chicos del internado, a quienes consideraban unos palurdos con sus chilabas sempiternas, e incluso a los de Castillejos o Chauen –conocían mucho mejor que ellos el español, que era la lengua con la que se estudiaban las asignaturas más importantes (hasta el profe de dibujo era español), se vestían mejor que ellos, jugaban al fútbol mejor que ellos, sabían de cine y de cantantes más que ellos, etc…- pensaron desde el primer momento que su futuro estaba en Marruecos y no en Ceuta ni en la España de Franco; todo lo que les rodeaba, las buenas comidas, el buen trato, los profesores, etc…, les hacía pensar así. Un país que trata de esta manera a sus vástagos es un país con un gran futuro. Sólo tenían que agarrarse bien a los estudios. Marruecos iba bien bien y en el optimismo sobre el futuro no cabía ni una mota de sombra.

Pero la inmensamensa mayoría de los chicos caballas –especialmente tras el afrancesamiento de la enseñanza en el Norte de Marruecos- tuvieron la suerte de fracasar en los estudios y volver a Ceuta, a buscarse la vida, en la patria chica o en la Europa de los sesenta. A él no le tocó esa lotería y se quedó aquí.

Desde el par de años y algunos meses que estuvo en Chauen, a donde llegaron en 1963, no recuerda haber visto moras hasta ahora, primavera de 2006. Más de cuarenta años –se están celebrando los 50 años de la independencia del país- en los que los moros de la morería fueron pisoteados, machacados con saña. Medio siglo en el que acabamos como estas moras caídas que convierten el paso por la acera y los adoquines de la calleja paralela a la parte del palacio que da a al-Ahbas, en un andar pegajoso.

Rey Hassan II

Medio siglo después, esto es un hervidero de rateros –la palabra es casi ratas o ratones- corruptos, prostituidos hasta la médula, sin una pizca de escrúpulos, con muchamucha pocavergüenza. ¿Cuál fue la palabra por la que aquel sindicalista fue condenado a varios años de cárcel, con Hassan II aún vivo? Dijo que los ministros eran una turba de bandía (palabra casablanquesa procedente de la “bandits” francesa) y el diario español que le había hecho la entrevista la tradujo por: mangantes. Una palabra que le costó varios años entre rejas (por injurias). No sólo los ministros, señor Sindicalista, la inmensamensa mayoría de nosotros es mangante.

Primero nos han pisoteado, como a las moras de acera y después de haberse asegurado de que estábamos bien machacaditos, se pusieron a enseñarnos –con el comportamiento y no con los consejos, como aconsejan los especialistas de la educación que hay que enseñar a los nenes- a ser hijos de perra; esto es, corruptos hasta el culo, mucho más falsos que todos los ejemplos de la falsedad registrados por la historia, y un nauseabundo etcétera; toda una maquinaria de Ministerio del Interior en marcha para encauzar en la normalidad el mentir, el ser corruptos, el romperle el pescuezo a los escrúpulos, a los principios, en suma: aceptar todo, absolutamente todo por el dinero; volcándonos encima vómitos de desprecio doloroso y descorazonador de cristianillos valientes, a los que la vida ha hecho rodar hasta tierra de moros.

Y la jugada le salió redondadonda al siniestro Ministerio y al adalid; todo les sale redondo a todos los adalides de este nuestro mundo árabe musulmán que nos ha tocado, y que, cada vez que se les ocurre organizar elecciones, las despachan todas con victorias increíbles del 99, 99 por ciento de votos a favor.

Y en este punto, ya cerquita del instituto, pilla aquel chiste que se contaban los marroquíes en los años sesenta y setenta, en el que un grupo de alumnos –altezas reales, altezas a secas e hijos de grandes familias seleccionadas- se encuentran estudiando geografía en el Colegio Real y el maestro abre un mapa y se pone a preguntar “¿Esto qué es?” y el alumno de turno responde “Francia”, “Italia”, “España”, etc. Y de pronto, el maestro pone el dedo –o la regla- en el mapa de Marruecos y un principito responde: “Eso es la finca de mi tío”… que le parece el mejor remate para sus reflexiones pesimistas.

Mohamed Lahchiri, 2006

 

Sergio Barce junto a Mohamed Lahchiri, con Abdellatif Limami y familia, almorzando en el puerto de Larache

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