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“MORAS PISOTEADAS”, relato de MOHAMED LAHCHIRI

Hay un escritor, del que ya he hablado en este blog, y hay un amigo, con el que he compartido buenos almuerzos y buenas tardes de literatura, siempre en Larache, que me parece singular y de una calidad aún por reconocer: Mohamed Lahchiri. Es de esos autores que merecerían mayor proyección, pero ya se sabe que, para eso, se ha de tener un buen enchufe o un buen contacto (¿es lo mismo?) o que la flauta suene por casualidad. Pero yo lo reivindico de nuevo, porque, como también piensa Cristián Ricci, sus relatos son excelentes. Tiene publicados varios libros de relatos: PEDACITOS ENTRAÑABLES en 1994, CUENTOS CEUTÍES en 2004, UNA TUMBITA EN SIDI EMBAREK Y OTROS CUENTOS CEUTÍES de 2006 y UN CINE EN EL PRÍNCIPE ALFONSO Y OTROS RELATOS de este mismo año. Y sale también a la calle su primera novela, de la que ya hablaré cuando la tenga en mis manos.

Mohamed Lahchiri

A su libro UNA TUMBITA EN SIDI EMBAREK… pertenece el cuento MORAS PISOTEADAS, que el profesor Ricci considera el mejor de este libro, y yo coincido con él, un título con cuyo doble significado juega Lahchiri para contarnos su visión del Marruecos de los años sesenta, visto desde el prisma de un marroquí caballa (nacido en Ceuta); una visión nada complaciente, muy realista, muy crítica con el antiguo régimen, y muy humana. Ahora que la primavera árabe está en su punto álgido, ahora que también en Marruecos se respira ese nuevo aire de cambio y de libertad, conviene repasar el pasado de la historia reciente de Marruecos para que no se pierda la perspectiva, y creo que este relato es una muestra ejemplar. Un relato fascinante.

Sergio Barce, octubre 2011

MORAS PISOTEADAS

Se baja del autobús con el chiste -protagonizado por una mujer y el cobrador- pegando saltos de pez en la superficie de su pensamiento. Se pone a darle forma al chiste en su cabeza por si lo cuenta en el recreo a alguna de las alumnas con las que le gusta hablar o a una profesora guapa.

La mujer paga con un billete de 50 dirhams hecho una piltrafa y el cobrador le da de vuelta monedas y un billete nuevo de 20 con el rostro a plumilla del rey Mohammed VI en una de las dos caras. Y la señora mira el billete y se lo tiende al cobrador, preguntando qué es esto. Al comprender que la mujer nunca ha visto el billete –que no es tan reciente, ya todo el mundo lo conoce-, el cobrador le pregunta –siempre bromista con su acento de campesino árabe- ¿cuánto tiempo hace que no sales de tu casa?, y hace saltar un chorro de carcajadas.

El chiste y también el tema que ha rodado entre el conductor y dos o tres viajeros habituales. Hablaban de cierto lugar, en la campiña de por aquí, en el que sólo quedan ancianos y adultos de más de cincuenta; y niños, claro; todos los jóvenes –y todas- se han largado a Italia. Los ganados andan sueltos de sol a sol; no queda por ahí ni un solo pastor.

Cruza deprisa y corriendo la interminable avenida Mediouna (ahora se llama Mohammed VI) de la que hace no mucho tiempo decía que era la más contaminada del mundo, sobre todo cuando aún estaba, ahí abajo, en Ben Chdía, la estación de autocares de Casablanca.

Estación de autobuses de Casablanca

Como suele hacer últimamente cada vez que pasa por ahí, mira las vallas de hierro pintadas de blanco, verde y rojo que protegen de la chusma las aceras, los espacios verdes y el asfalto de la entrada principal del palacio real; una chusma que se desparrama por ahí las siete mañanas de la semana, camino de buscarse el sustento. Sonríe de nuevo al comprobar que las vallas ferrosas están colocadas en el asfalto, quedando la acera de la avenida dentro de la zona protegida, de manera que los andantes –entre los que figuraba él tres veces por semana, esto es, cuando tiene clase a las ocho de la mañana- se ven obligados a caminar un buen trecho de la calzada, a veces casi rozando la tromba de vehículos que un semáforo desencadena cada poquito tiempo. La chusma no debe ensuciar la acera del palacio del Sultán. Piensa que los conductores de estos vehículos -como los andantes- forman parte de la infinidad de pelotones de hormigas que, a todo lo largo y a todo lo ancho del paisito, andan en un continuo desvivir en busca del sustento, casi embrutecidos; no piensan en nada más que en la supervivencia y ya no creen en nada más que en la justicia del más allá.

Y mientras piensa en las tres colegas del instituto, a quienes le une una cordialidad de muchos años y algún que otro chiste no verde, y a quienes dijo, no hace mucho, que cada muy poco tiempo se le aparecía algo nuevo que indicaba que Marruecos iba cada vez peor, y contó lo de las vallas, que no sólo protegen las zonas verdes del palacio, sino también la acera que da a la avenida, … destilando algo de la rabia que le late en las entrañas contra los que dirigen el país, … mientras piensa en la reacción de las tres madamas, que le dijeron, como si fueran una sola persona, pues si no fuera por el majzén, por el Rey, por sidna, por la monarquía, los marroquíes –rifeños, árabes, yeblíes, tetuaníes, fecíes, susíes, saharauis, …- nos comeríamos los unos a los otros, …Él había leído alguna vez, en algún artículo, que la afirmación de que la paz imperaba en una sociedad marroquí, compuesta por tantas razas y tantos colores, gracias a la monarquía, era muy del agrado de Hassan II. Y una de las tres colegas dijo que la democracia, las libertades y esas cosas que hay en Europa no podrían funcionar en Marruecos; adoptemos eso y esto será el caos, la jungla pura …

PALACIO REAL DE CASABLANCA

Mientras piensa esto, descubre que en los suelos de los jardines, en el asfalto y en la acera de la entrada del palacio se encuentran desparramadas moras blancas y negras o rojinegras, caídas de unos árboles altos y rebosantes de hojas verdes –es primavera, claro, piensa-. Sólo descubre ahora que son moreras porque sólo ahora ve los frutos en el suelo; unos frutos que le retrotraen al niño de doce años que fue hace mucho tiempo y le pusieron delante aquel sorpresón de su niñez que no ha olvidado: las moreras que encontró en Chauen el grupo de niños y grandullones ceutíes que fue ahí a seguir sus estudios, porque en Ceuta sólo había enseñanza marroquí primaria y porque en el internado de Tetuán no cabían todos.

Llegaron ahí en el arranque de la primavera y las ramas de las moreras rebosantes de hojas verdes se inclinaban bajo el peso de los frutos blancos o negros, que estaban buenísimos y cubrían los bordillos de la entrada a la ciudad y las calles principales. Lo que más sorprendió a los más críos caballas fue el que hubiese una fruta tan rica –que no habían visto ni probado nunca antes- y que uno pudiese comer todas las moras que pudiesen sus ganas sin necesidad de dinero.

Eran hijos de familias musulmanas pobres de Ceuta, donde no se conocía ni la ensalada ni el postre y sólo se ponía sobre el ataifor un plato de cualquier cosa, con un inmenso pan amasado por la madre o la hija mayor y hecho torta en el horno del barrio; y habían sido enviados por sus familias a abrirse camino en el Marruecos prometedor de la independencia recién recuperada.

El primer día en que el autocar les dejó en el internado del Instituto al-Machichi, y después de dejar maletas, bolsos e incluso bártulos en el dormitorio, donde cada uno había elegido una cama, y como todavía faltaban algunas horas para el almuerzo -habían salido de Tetuán a eso de las ocho y media- se echaron a las calles a conocer un poco la pequeña ciudad, encontrándose los más pequeños, los doceañeros, con el sorpresón de los majestuosos árboles verdes desprendiéndose de sus frutos negros y blancos. Se ayudaron unos a otros para encaramarse y comerse las moras en las mismas ramas. Comieron hasta no poder llevarse a la boca ni una sola morita más. Algún paisano grandullón les preguntó si se habían traído con ellos todo el hambre de su barrio ceutí.

Otra sorpresa les esperaba en el comedor del internado: donde se encontraron con otros chicos que no conocían y a quienes miraron con cierto menosprecio al verles casi todos con chilabas de lana negras y con la capucha colgando sobre su pecho, llena de cuadernos y algún libro –los de Ceuta vestían vaqueros, zapatillas, jerseys, cazadoras…-

Eran hijos de campesinos de Bab Taza, Bab Berret –o Berred-, Beni Ahmed… El comedor era una gran sala con mesas en forma de hexaedro alrededor de cada una de las cuales estaban colocadas sillas; manteles de hule, platos, cuchillos, tenedores, cucharas; todo nuevo y brillante. El internado había sido abierto pocos meses antes. Muchos nunca habían comido con cuchillo y tenedor. Él recuerda que en su casa comían alcuzcuz –cuando se comía alcuzcuz…- con cucharas grandes y toscas de madera y alguna cuchara de metal, que siempre se apresuraba a coger él, porque no le gustaban nadanada las cucharas de madera hechas a mano. Eran grandes y había que abrir mucho la boca.

De primero, les trajeron ensalada de lechuga, tomate, pepino, caballas en conserva… de segundo, potaje –alubias-  y de tercero, ¡pollo! con patatas fritas.

Los críos, que tenían la barriga llena de moras, comieron hasta no poder moverse, pero no pudieron terminar ni la ensalada, ni el potaje, ni las patatas fritas.

Muchos hablaron de los tres platos, más el postre -¡plátanos! el día en que llegaron- en la primera carta que mandaron a la familia. Queridos padres: Pido a Dios todopoderoso que, al estar esta carta en vuestro poder, os encontréis en un perfecto estado de salud. Así empezaban sus cartas los ceutíes. Más o menos. Él, al ver que sus paisanos grandullones escribían cartas a Ceuta, cogió su bolígrafo Parker –regalo de un tío, que le hacía feliz-, arrancó una hoja de un cuaderno y decidió pergeñar su carta en árabe, para que la leyera su padre –de cuyas regañinas, collejas y palizas estaba más que harto- y viera lo bien que escribía su vástago en la lengua del Corán. En otras palabras: que viera que no era un inútil.

Y hablando, en la carta, de los tres platos de comida, más el postre, que les daban en el almuerzo y la cena, y al no saber cómo se decía “plato” en árabe clásico, puso el nombre con que era llamado el recipiente en árabe hablado en Ceuta y en Marruecos -pensó que era la misma palabra para el árabe escrito y el hablado en Marruecos-: tabsil, plural: tabasil.

Ceuta

Poco después –quizá un día o dos-, mientras entraba al comedor, se le cayó la carta, no supo cómo, y alguien la encontró; y al preguntar de quién era y como nadie dijo esta boca es mía, leyó –en voz alta, para que el autor reconociese su obra- precisamente el párrafo que ponía que “nos dan tres tabasil más el postre en el almuerzo y la cena. En el desayuno, mantequilla, mermelada, café con leche, molletas recién traídas del horno…”; y mientras algunos chicos prorrumpían en risas burlonas, él decía es mía, para sentirse –con dolor- un hazmerreír. Rompió la carta y escribió a su familia en español, en letra muy clara, para que sus hermanas pudieran leerla y traducirla a su madre. Por qué escribirla en árabe con la de veces que había sentido que su padre no le quería. Y no contó lo de los tres tabasil…

Aunque el hecho de ser ceutíes –que vivían con españoles- les hacía sentirse superiores en Marruecos, sobre todo superiores a los demás chicos del internado, a quienes consideraban unos palurdos con sus chilabas sempiternas, e incluso a los de Castillejos o Chauen –conocían mucho mejor que ellos el español, que era la lengua con la que se estudiaban las asignaturas más importantes (hasta el profe de dibujo era español), se vestían mejor que ellos, jugaban al fútbol mejor que ellos, sabían de cine y de cantantes más que ellos, etc…- pensaron desde el primer momento que su futuro estaba en Marruecos y no en Ceuta ni en la España de Franco; todo lo que les rodeaba, las buenas comidas, el buen trato, los profesores, etc…, les hacía pensar así. Un país que trata de esta manera a sus vástagos es un país con un gran futuro. Sólo tenían que agarrarse bien a los estudios. Marruecos iba bien bien y en el optimismo sobre el futuro no cabía ni una mota de sombra.

Pero la inmensamensa mayoría de los chicos caballas –especialmente tras el afrancesamiento de la enseñanza en el Norte de Marruecos- tuvieron la suerte de fracasar en los estudios y volver a Ceuta, a buscarse la vida, en la patria chica o en la Europa de los sesenta. A él no le tocó esa lotería y se quedó aquí.

Desde el par de años y algunos meses que estuvo en Chauen, a donde llegaron en 1963, no recuerda haber visto moras hasta ahora, primavera de 2006. Más de cuarenta años –se están celebrando los 50 años de la independencia del país- en los que los moros de la morería fueron pisoteados, machacados con saña. Medio siglo en el que acabamos como estas moras caídas que convierten el paso por la acera y los adoquines de la calleja paralela a la parte del palacio que da a al-Ahbas, en un andar pegajoso.

Rey Hassan II

Medio siglo después, esto es un hervidero de rateros –la palabra es casi ratas o ratones- corruptos, prostituidos hasta la médula, sin una pizca de escrúpulos, con muchamucha pocavergüenza. ¿Cuál fue la palabra por la que aquel sindicalista fue condenado a varios años de cárcel, con Hassan II aún vivo? Dijo que los ministros eran una turba de bandía (palabra casablanquesa procedente de la “bandits” francesa) y el diario español que le había hecho la entrevista la tradujo por: mangantes. Una palabra que le costó varios años entre rejas (por injurias). No sólo los ministros, señor Sindicalista, la inmensamensa mayoría de nosotros es mangante.

Primero nos han pisoteado, como a las moras de acera y después de haberse asegurado de que estábamos bien machacaditos, se pusieron a enseñarnos –con el comportamiento y no con los consejos, como aconsejan los especialistas de la educación que hay que enseñar a los nenes- a ser hijos de perra; esto es, corruptos hasta el culo, mucho más falsos que todos los ejemplos de la falsedad registrados por la historia, y un nauseabundo etcétera; toda una maquinaria de Ministerio del Interior en marcha para encauzar en la normalidad el mentir, el ser corruptos, el romperle el pescuezo a los escrúpulos, a los principios, en suma: aceptar todo, absolutamente todo por el dinero; volcándonos encima vómitos de desprecio doloroso y descorazonador de cristianillos valientes, a los que la vida ha hecho rodar hasta tierra de moros.

Y la jugada le salió redondadonda al siniestro Ministerio y al adalid; todo les sale redondo a todos los adalides de este nuestro mundo árabe musulmán que nos ha tocado, y que, cada vez que se les ocurre organizar elecciones, las despachan todas con victorias increíbles del 99, 99 por ciento de votos a favor.

Y en este punto, ya cerquita del instituto, pilla aquel chiste que se contaban los marroquíes en los años sesenta y setenta, en el que un grupo de alumnos –altezas reales, altezas a secas e hijos de grandes familias seleccionadas- se encuentran estudiando geografía en el Colegio Real y el maestro abre un mapa y se pone a preguntar “¿Esto qué es?” y el alumno de turno responde “Francia”, “Italia”, “España”, etc. Y de pronto, el maestro pone el dedo –o la regla- en el mapa de Marruecos y un principito responde: “Eso es la finca de mi tío”… que le parece el mejor remate para sus reflexiones pesimistas.

Mohamed Lahchiri, 2006

 

Sergio Barce junto a Mohamed Lahchiri, con Abdellatif Limami y familia, almorzando en el puerto de Larache

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“EL EXAMEN”, Un cuento de MOHAMED LAHCHIRI

    No dejan de sorprenderme los amigos. Les pido un cuento, un relato, y generosamente me los envían para colgarlos de mi blog. Supongo que lo hacen por la amistad que nos une, por el aprecio recíproco. Mohamed Lahchiri, un escritor extraordinario, de cuentos hechos con los jirones de los recuerdos, siempre me deja atónito, bien haciéndome reír con algunos de los relatos que ya ha publicado, bien tocándome el corazón con alguna narración llena de frustración o de ira.

   Ma ha enviado un cuento llamado “El examen“. Es de los segundos, de esos en los que Lahchiri se deja llevar por la rabia. Él es un buen hombre, amigo de sus amigos, ya hemos quedado en vernos en Larache para volver a tomar algo juntos, y cuando se mete en honduras, cuando describe un acto ignominioso o vergonzoso, estalla. (Si he de recomendar alguno de sus libros, me encanta “Una tumbita en Sidi Embarek y otros cuentos ceutíes” -Dar Al Karaouine, Casablanca, 2006).

    Os ruego que no dejéis pasar este relato sin leerlo, luego habrá tiempo de hablar, pero seguro que a ninguno os dejará indiferente su lectura.

Sergio Barce


EL EXAMEN

un cuento de Mohamed Lahchiri

 La niña después aprobó el baccalauréat –uno ya ni se acuerda de cómo lo celebramos o si lo celebramos o no-, estudió en la Fac literatura francesa y antes de terminar los estudios encontró trabajo en la patria chica, Ceuta, luego se casó, tuvo, a su vez, una niña y colorín colorado.

Todo esto son cosas nuestras que el olvido sólo podrá enterrar cuando nosotros mismos estemos bajo tierra, pero lo que ocurrió en aquel examen, aquel ogro nuestro de examen de finales de los setenta y principios de los ochenta, que llamábamos ach-chahada al-ibtida-ia, para acceder a la enseñanza secundaria,… aquello está cosido a nuestra carne –la de Suaad y la de su papá- como un tatuaje.

Creo que los mejores años de mi vida se los dediqué a esta niña mía, que había nacido en el setenta y dos. Le hacía el biberón, le lavaba el culito un montón de veces al día, le enseñaba a no ser dictadora, le cantaba, le hacía ejercicios físicos y otras cosas que sacaba de un libro sobre la salud, le acercaba la radio o el magnetófono cuando la música era buena, y un etcétera que pesa una pila de años.

Cuando arrancó a hablar –era muy despierta- y después de los chispazos de felicidad de sus primeros años de cotorreo, me arremangué a enseñarle árabe clásico y francés, inventando mil y un juegos y trucos para incrustar en la cabecita cosas y más cosas. A veces pecaba de autoritario pero un qué haces morobruto, tan rotundo como una bofetada bien colocada, se me echaba encima y me apresuraba a echar tierra sobre lo sucedido y errequeerreábamos.

¡Y cuántos cuentos le conté y le leí! Tantos que alguna vez le dije que su papá era una perfecta Shahrazad. Y cuando aprendió a desplegar sus alas lecturales empecé a comprar cuentos y revistas infantiles, leerlos, corregir algo o poner alguna vocal y darle a la niña lectura cuando ella me lo pedía o cuando cazaba ocasiones propicias para ello.

Hasta que llegó el año de aquel examen, al final del quinto y último año de la enseñanza primaria. Fue a principios de aquel año escolar cuando apareció por quioscos y aceras de Casablanca un libro que tuvo un éxito de ventas inmediato. Un volumen que recogía exámenes finales de cursos anteriores, del quinto año de la enseñanza primaria. Eran textos en árabe y en francés con preguntas y ejercicios. Se titulaba “Atahaia-o lil imtihan”, esto es: “Me preparo para el examen”. En cuanto vi el libro, salté sobre él (antes de que se me adelantase alguien, porque sólo había uno camuflado como un camaleón en medio de una alfombra de revistas, periódicos y libros). Volví a casa (mi volumen color marrón bajo el brazo) hecho un niño con ropa nueva de aid y con monedas cosquilleantes en el bolsillo.

La pobre niña a veces parecía abrumada por el peso de la importancia con que yo cargaba aquel examen. Los dos programamos hacer cada día uno de los exámenes. Un día uno de francés y otro día uno de árabe. En los días normales lo hacíamos por la noche. Pero en los días festivos y en las vacaciones, por la mañana, al despertar, porque esa es la mejor hora para estudiar, le decía yo, la cabeza ha descansado toda la noche y está preparada para recibir lo que le echemos. Y si en las vacaciones estábamos en Ceuta, pues lo hacíamos ahí, a pesar de alguna protesta de la abuela para que dejara que la aaila se fuera a jugar.

Vocalizábamos el texto árabe o desmenuzábamos el texto francés, yo le enseñaba a responder a las preguntas de la manera más simple, no te compliques la vida, hacíamos redacciones, en francés y en árabe, etc.

Descubrí también, en una de las aceras de la avenida Mohammed V, que una revista para niños que llegaba de Túnez dedicaba dos de sus últimas páginas a los exámenes de la chahada ibtida-ia, que eran muy parecidos a los nuestros, un texto en árabe que había que vocalizar, preguntas, etc., luego un texto en francés, … La revista se llamaba “Airfan”, que significa “sabiduría”.

Cada día aprovechaba el trayecto de la casa a la escuela –yo era quien la llevaba todos los días, en moto- para ponerme a hacerle preguntas en el árabe de las recias reglas gramaticales, vocalizando de manera impecable. Y llegaba un momento en el que le decía:

-Et maintenant, je vais te poser des questions en francais…

Y me ponía a hacerle preguntas en francés… ¿A dónde vas ahora? ¿Qué vas a hacer en la escuela? ¿Tienes muchos amigos en la escuela? ¿Qué vais a estudiar hoy?, etc., etc… Si se equivocaba, la corregía y volvía a hacerle la misma pregunta… hasta que llegábamos a la escuela.

Cuando terminamos el libro –creo que eran cuarenta exámenes en árabe y otros cuarenta en francés, un examen en cada página-, yo estaba muy satisfecho, muy optimista. La cría era como unas tijeras cortantes cuando yo le hacía alguna pregunta o le daba algún ejercicio para que lo hiciese.

Y llegó el día esperado, el del examen. En cuanto desperté, la llamé. Me rondaba un temor absurdo de que le pasase algo (una enfermedad o un accidente) que le impidiese hacer el examen. Se despertó enseguida. Le calenté agua para que se duchase. Desayunó bien: Pan de trigo hecho por su madre, aceite de oliva, un gran vaso de leche buena marca Marraquech. La obligué a comerse un trozo de queso.

Mohamed Lahchiri, Mohamed Sibari, Bouisef Rekab y Mohamed Akalay, cuatro narradores con los que me une nuestra amistad

Mientras íbamos al centro donde le tocaba hacer el examen (en la moto roja Honda que yo utilizaba para ir al trabajo), yo no paraba de decirle que tranquila, lee el texto dos veces, atentamente y responde de la manera más simple, y si no conoces la respuesta a una pregunta, déjala y pasa a la siguiente, y no tengas prisa por salir cuando termines, vuelve a leer lo que has escrito, etc., etc.

En la entrada del centro se bajó de la moto, le di un beso, una palmadita en el culo y la seguí con la mirada hasta que desapareció entre otras niñas. ¡Qué no hubiera hecho yo por que nadie nunca nunca hiciera el menor daño a esa niña de once añitos caminando deprisa hacia el examen! Que duraba todo el día: árabe por la mañana y francés por la tarde.

Fui a recogerla a las once y media. Comió a las doce y cuarto. La obligué a tumbarse en la cama e intentar dormir una siesta.

Cuando salió por la tarde, después del examen de francés, me encontró esperándola. Qué alegría me vas a dar cuando vea tu número en la lista de aprobados, pensé cuando la miraba dándose prisa por llegar hasta mi, sonriente. No esperó que le preguntase para decirme que había hecho bien el examen. Era muy fácil. Claro, te lo dije. En su carita se veía que leía perfectamente mi afán por verla saltarse la barrera de ese examen y que quería con toda su alma darme la gran alegría de verla saltar de alegría.

En los largos días entre el examen y el día de los resultados, yo intentaba vencer los latidos angustiosos de la espera, no pensar en los días que faltaban para la aparición de los resultados, pero a medida que se acercaba el día y cuando se me echaba encima el pensamiento de la cercanía de ese día, se me ponía a latir el corazón y me asaltaba aquel pánico que me solía hincar el diente cuando me veía el blanco de un montón de miradas esperando que tomase la palabra. Era optimista, claro. La niña había machacado el programa y no era nada idiota.

En la víspera del día de los resultados había tanta ansiedad oprimiéndome el pecho que no pude cenar nada. Mejor. Así, cuando el sueño se apiade de mí, dormiré bien. A la mañana siguiente, fui a la escuela donde estudiaba Suaad, en Sebata. Se llamaba Qariat al-Yamaa y era privada. Me dijeron que iban a “colgar” los resultados por la tarde.

Como por la tarde tenía trabajo hasta las seis, fui quizás uno de los últimos en ir a ver los resultados. Una pizarra colgada en la parte exterior de la escuela, con los números de los afortunados escritos con tiza blanca. En lo alto, a salvo de las gamberradas. Tardé en concentrarme, en ver que la lista de números de los que habían aprobado terminaba en ciento noventa y tantos y que el número de mi pequeña ¡era el doscientos diez! Miré una y otra vez la convocatoria con el número de examen de mi niña y una y otra vez los números pegados con tiza blanca a la negrura de la pizarra. La puerta de la escuela estaba cerrada. Por ahí no había nadie.

Eran cerca de las seis y media y yo quería llorar, necesitaba llorar. O gritar de dolor. Un dolor que apretaba cada vez más el nudo que se me había formado en la garganta y en el corazón. Quise arrancar la moto –por no quedarme muerto como una estatua- pero vi que no había apagado el motor, que seguía en marcha. Salí de las callejuelas a la calle principal que llevaba a casa y cerré los ojos para dar vía libre a las lágrimas. Me sentía hundirme en la situación de un niño que ha perdido las faldas de mamá y no tiene dónde agarrarse y se siente cayéndose en el vacío. Luego, fui recuperándome poco a poco, a medida que me acercaba a casa.

Mi desesperación fue tomando la forma de una enorme roca de rencor contra este país tercermundista, este país de mierda que nos ha tocado y en el que ocurrían tantas anormalidades y se cometían tantas barbaridades. Todo un año machacando como una sierra afilada todo el programa, con todo el corazón, con todas las ganas, con toda la inteligencia, sin dejar ningún cabo suelto, ninguno, para esto, para sentirte como una piltrafa colgando de un gancho de carnicería de mala muerte y mi niña, que se iba a llevar el gran dolor de su vida de niña, dolor que yo sentía multiplicado por tres, por cuatro, por cinco…

Recordé –y cómo no- a aquel maestro, aquel animal todo altura y brazos peludos y fuerza que, a mediados de curso le había machacado la mano derecha a mi niña a golpes terroríficos de regla, dejándole marcas moradas que duraron días, no en la palma de la mano, sino en el lado opuesto. ¡Cuánto dolor y cuánto rencor me trituraba las entrañas por aquel maestro! Al verla llorando mostrando la mano machacada, fui, con el corazón haciéndoseme añicos, a enseñar la manita al director del colegio, que resultó ser un abuelete inofensivo y que se limitó a calmarme, a decirme que no, no tenía que hacerle esto a la niña, ahchuma aalih, y ya hablaría con él para que eso no volviese a ocurrir.

Llegué al inmueble donde vivíamos, metí la moto en el garaje y me dispuse a subir las escaleras más largas y horribles de mi vida. Despacio, respirando profundamente. Hasta el quinto piso. La niña me había visto llegar desde el balcón de nuestro apartamento y estaba en la puerta esperándome. Vi el asomo de su intención de saltar sobre mí de alegría, pero vio enseguida mi dolor. La cogí y la apreté contra mi regazo, no podía ni levantarla para abrazarla. Alguna lágrima pretendía despuntar. ¿No he aprobado, bbá? Le respondí que no, con la cabeza. Era uno de esos momentos en los que un padre como yo, en el fondo del pozo del miedo por sus hijos, suplica a Dios que me des a mí todos los dolores que pensabas poner en el camino de esta niña de mis ojos.

Ceuta

Las relaciones entre mi mujer y yo hacía tiempo que eran pura mierda y no le hice el menor caso cuando se puso a lanzar sus palabras como cuchillos afilados en la piedra de la maldad, sus palabras como colmillos, lenguas u ojos de serpiente asesina, contra mis esfuerzos que no habían servido para nada, sin el menor respeto por la situación en la que nos encontrábamos su hija y yo. Pero yo estaba demasiado embebido en mi dolor y en el dolor de mi niña que me resquebrajaba el alma. Ya han pasado muchos años desde entonces y no dudo en afirmar que no he pasado nunca una noche como aquella, que fue la peor de toda mi vida. Acabé agotado y dormido.

Al despertar, enseguida me sentí empapado de lo que había pasado la víspera, con ese grito mudo de ¡qué desgraciado soy! inundándome el alma. Sólo pude echarle al estómago una manzanilla fuerte sin azúcar. Eran las ocho y media y tenía que ir al instituto donde trabajaba. Al coger la moto, se me ocurrió pasar por la escuela de mi niña. Por lo menos ¿desahogarme? diciéndole algo al director, como lo mucho que habíamos trabajado la niña y yo, o escuchar alguna palabra de ánimo o consolarme viendo a otros padres en la misma situación que yo.

La decisión de pasar por la escuela me hizo recordar las ideas que solían ocurrírseme cuando tenía la edad de la niña, cuando me decía: Voy a pasar por esta calle (en lugar de esa otra), a lo mejor encuentro un fajo de billetes o un maletín lleno de fajos de billetes (como en las películas) y me hago rico y no necesito estudiar. O (y esto era poner los pies en el suelo) encuentro una peseta o un duro o cinco. Sabía que no iba a encontrar nada, pero todavía creía en los milagros. Pero cuando giraba para entrar en la callejuela que llevaba a la escuela, me latía en el pecho la seguridad absoluta de que no iba a encontrarme con ningún milagro (ya no era ningún imbécil imberbe), sino con la pizarra y sus palotes de tiza horribles que no dejaban pasar más allá del número ciento noventa y tantos. No, no necesitaba levantar la cabeza para recibir de nuevo el garrotazo fatal. Había padres y madres con chilabas y muchos críos. Levanté la cabeza como para hundir más el alfanje en el dolor latiente, como aquellas personas anormales que disfrutan haciéndose daño. ¡Había dos pizarras! Todavía no me había puesto a examinar la segunda pizarra cuando el director del colegio –quien estaba por ahí, acompañado precisamente por el maestro que le había machacado la mano a mi hija- me gritó que ¡hani-an! Volví a mirar la segunda pizarra, donde estaban bien claros los números doscientos acelerando los latidos de todo mi cuerpo: Doscientos tres, doscientos cuatro, doscientos cinco, doscientos seis, …¡doscientos diez! ¡El número de mi niña! ¡Suaad había aprobado! ¿Qué es lo que había pasado? El director me dijo –como si la cosa fuera lo más normal del mundo- ayer llegaron las listas muy tarde y los maestros sólo escribieron la mitad de los números de los aprobados, cuando dieron las seis se fueron, … y ahora han escrito el resto de los números, …¿Y no podían sacrificarse diez minutos y escribir todos los números? ¿No podían hacer ese sacrificio diminuto? ¿No pensaron que iban a venir padres a ver si sus hijos habían aprobado o no? ¿Tan hijos de gran puta son? ¿Tan hijos de gran puta son que han sido incapaces de sacrificarse diez minutos de su perra vida, diez, diez nada más, por sus alumnos y por unos pobres padres –como yo- que vinieron ayer y no vieron los números de sus hijos y pasaron la peor noche de su vida? Ya estaba gritando como alguien que acababa de volverse loco. Recuerdo la cara que ponía el director…¡Que Al-lah vuelque su cólera más terrible sobre vuestra raza maldita! ¡Raza podrida! ¡Hijos de puta más que hijos de puta! ¡He pasado la peor noche de mi vida por culpa vuestra! ¡He pasado por el infierno –lo he visto con estos ojos quemados por el dolor- por culpa vuestra! ¡No sé cómo el odio y el asco que estoy sintiendo hervir en mi pecho no hacen reventar una vena de mi cuerpo o el mismísimo corazón! ¡Cómo podéis ser tan hijos de puta, cómo es posible, no quiero veros nunca más, nunca más, si vosotros sois musulmanes, yo no soy musulmán! ¡Soy un cafir! Con tal de no encontrarme con el asco que me dais me tiraría al fuego del infierno. Era un delirar a gritos, algo que yo ya había visto alguna vez y del que esta vez era el protagonista: un pobre diablo que, al no poder con el peso de una humillación o de una injusticia, pierde los papeles y estalla en mil barbaridades y la gente comprende y se apresura a rodearlo -como para protegerlo de algún mal que pudiera saltar de cualquier parte, en cualquier momento- e intenta tranquilizarle, con abrazos, con besos en la cabeza y en las manos, maldice a Satanás, a ulidi, un hombre de verdad no es el que arma escándalos, sino el que se arma de paciencia, no vas a conseguir nada bueno gritando barbaridades, no te preocupes, que el que nos hace daño, no escapará del castigo de Al-lah.

Me di cuenta de que unas lágrimas de rabia me impedían ver bien y de que temblaba mucho y cómo miraba al maestro que le hizo aquel daño de bestia a mi niña y cómo recordaba que, cuando eso ocurrió, no fui capaz de cagarme en sus muertos, por cobardía o por miedo a que la tomase con ella y la siguiese tratando mal o peor el resto del curso o le hiciese algún daño sutil.

Veía a los padres y las madres que me rodeaban como ejemplares de pobres diablos hundidos en la miseria, en la resignación, en la impotencia más absoluta, piltrafas fáciles entre los tentáculos del majzén. Pero que lograron calmarme, suplicándome que maldijese a Satanás, mucho mucho y pídele a Dios que te perdone por lo que has dicho.

Cogí la moto y me alejé de ahí, pensando que tenía que hacerlo con sumo cuidado, no tenía que pasarme nada nada en este lío inmenso de motos, carretas, coches, camiones, autobuses, …para llegar a casa sano y salvo, estaba llorando otra vez, de la felicidad que sentía de estar a punto de darle la alegría más grande de su vida a la niña que más quería en esta vida. Y recordarle (aunque no necesitaba hacerlo) la promesa que le había hecho si lograba superar la barrera del maldito examen de la chahada ibtida-ia: llevarla todos los días a la playa, todos, a nuestra playa del Tarajal, invitarla ahí, todos los días, a lo que quisiera, a una cocacola o a un buen polo o a un buen helado, a un buen bocadillo,… en el Bar El Espigón, todos los días de los tres largos meses de vacaciones de aquel verano que ya había abierto su abanico de calor y sol.

Mohamed Lahchiri

 Mohamed Lahchiri (Ceuta, 1950), profesor de árabe en Casablanca (1970-1981), profesor de español en la misma ciudad (1981-2010). Colaborador en la prensa marroquí en lengua árabe, desde 1973 hasta 1990. Miembro del equipo de la revista marroquí “Attaqafa al Yadida”, para la que elaboró una antología de cuentos latinoamericanos y tradujo el libro de memorias El olor de la guayaba de G. García Márquez. Tradujo también La dama del alba de A Casona, La casa de Bernarda Alba de F. García Lorca, Noche de guerra en el Museo del Prado de R. Alberti y Días y noches de amor y de guerra de Eduardo Galeano (estos dos últimos libros para la revista palestina Al Karmel). Desde 1990 hasta 2003 trabajó en el diario marroquí en lengua española La Mañana, gracias al cual escribió cuentos en castellano, que fueron publicados en un primer volumen en 1994, Pedacitos entrañables y en un segundo en el 2004, Cuentos ceutíes y en 2006 publicó un tercer volumen, Una tumbita en Sidi Embarek y otros cuentos ceutíes. Un cuarto volumen de cuentos será publicado este año.  Lahchiri tradujo al árabe, el pasado año, la novela de M Benedetti, La borra del café, para el Ministerio de Cultura de Emiratos Árabes Unidos.

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