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De vuelta al «DICCIONARIO DEL DIABLO» de AMBROSE BIERCE

En efecto, tras el artículo que dediqué a este libro de Ambrose Bierce, y de colgar algunas otras definiciones, hoy reproduzco algunas más. Y es que el “Diccionario del Diablo” (The Devil´s dictionary, 1911) no ha perdido ni acidez ni actualidad, pese a haber sido escrito hace ya cien años.

 Sergio Barce, mayo 2011

Clérigo, s. Hombre que se encarga de administrar nuestros negocios espirituales, como método de favorecer sus negocios temporales.

Cobarde, adj. Dícese del que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.

Distancia, s. Único bien que los ricos permiten conservar a los pobres.

Ladrón, s. Comerciante candoroso. Se cuenta de Voltaire que una noche se alojó, con algunos compañeros de viaje, en una posada del camino. Después de cenar, empezaron a contar historias de ladrones. Cuando le llegó el turno a Voltaire dijo:–Hubo una vez un Recaudador General de Impuestos –y se calló. Como los demás lo alentaron a proseguir, añadió:–Ese es el cuento.

Mamíferos, s. Familia de vertebrados cuyas hembras, en estado natural, amamantan a su cría, pero cuando se vuelven civilizadas e inteligentes la dan a la nodriza o usan el biberón.

Matrimonio, s. Condición o estado de una comunidad formada por un amo, un ama y dos esclavos, todos los cuales suman dos.

Ron, s. Bebida ardiente que produce locura en los abstemios.

Ruido, s. Olor nauseabundo en el oído. Música no domesticada. Principal producto y testimonio probatorio de la civilización.

Sobre, s. Ataúd de un documento; vaina de una factura; cáscara de un giro; camisón de una carta de amor.

Solo, adj. En mala compañía

Ambrose Bierce

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MOHAMED SIBARI, escritor larachense

Mohamed Sibari

Mohamed Sibari, nació en la provincia de Larache en 1945. Narrador prolífico, poeta accidental, Sibari es uno de los escritores más conocidos de Larache. Mérito suyo, como el de Dris Diuri, Mohamed Akalay o Momata, es la de escribir su obra en castellano, cuando su lengua natural es el árabe. Dejaré para más adelante hablar en otro artículo de sus cuentos, y hoy me centraré en su libro “Poemas del Lukus”.

En él, Sibari hace una recopilación de su obra poética que estaba diseminada en publicaciones, revistas y periódicos tanto marroquíes como españoles. Son poemas en los que habla de su amada Larache pero también de sus sentimientos más profundos.

 Larache

 Bella y esbelta

Mirando a su delta

De peineta sus alminares.

Su rostro, por Helios besado de día,

Y de noche alabado por Selene.

En su pecho, amor eterno

Y mezcla de confesiones.

Su falda, de jardines.

Un pie en frondosa tierra,

Y el otro, en azul de los mares.

En las Hespérides, su templo de flores.

En los meandros de su río,

El camino de las deidades,

De allende los mares.

Ésta es nuestra villa,

Ésta es mi Larache.

 Tuve la fortuna de escribir el prólogo a este libro, y que transcribo:

Sidi Mohamed Sibari es un narrador, un contador de cuentos y, por tal motivo, los poemas que se recogen en este libro destilan, como no podía ser de otra manera, la naturaleza de cuenta cuentos del autor. Efectivamente, no es difícil leer como un relato algunas de estas poesías.

Los poemas de este libro son un racimo hecho de injertos; no existe una unidad temática sino que, haciendo honor al título del libro los <Poemas del Lukus> son, más bien, afluentes que nacen de ese río mítico. Así, Sibari se regodea en los meandros del Lukus para cantarle a su amada ciudad de Larache o al propio río o a la gente del pueblo; pero se atreve también a cantarle a otras ciudades: a unas por su hermanamiento con Larache, como Almuñécar, y otras porque forman parte de otro mito que parece encandilar a este escritor: Granada, Córdoba… es decir, Al-Andalus. Pero no olvida a Ceuta, ni a Tetuán. <Ablución> sería quizá un ejemplo de lo que busca en tales versos. Son, en fin, sus ciudades, las que ha conocido en profundidad, de las que guarda un sentido de la nostalgia muy peculiar, personal, entrañable e intransferible.

Sergio Barce, Mohamed Sibari & Rachid Serrokj

Mohamed Sibari con Sergio Barce

Por tanto, los poemas hablan de su tierra y de la otra tierra que aún sigue en sus sueños, la de los mitos y las leyendas: Lixus, Medina Azahara, la patrona de Larache <Lalla Mennana>…

No desdeña, sin embargo, desnudar sus sentimientos en otros poemas del libro. Habría que destacar en este sentido alguno de estos últimos: <Me pregunto>, <Vieja luz>, y sobre todos <Sueño>. Ahí sí desborda su sentido poético al narrativo y el mirarse las entrañas le obliga a destilar su pluma y pulir el estilo. Y, posiblemente, sea en sus poesías más íntimas donde la obra alcance su verdadero valor.

No olvida, por supuesto, a los personajes, pues su vena narrativa se lo impide, y dedica versos a sus amigos pero, también, a sus enemigos, y mientras a los primeros los mece en una barca cruzando el Lukus, a los otros los empuja hasta la mar, más allá de la desembocadura del río y los caricaturiza y los ridiculiza. Sólo ahí se le suelta la mano y desliza su humor corrosivo.

<Poemas del Lukus>, en definitiva, es una amalgama de los poemas que ha ido escribiendo Mohamed Sibari durante mucho tiempo, años quizás. No le intimida el hecho de no aglutinarlos en un tema en concreto sino que los expone tal cual son, tal y como han sido concebidos y paridos. <Mi río> podría ser el corazón del libro, el que justifica su título, posiblemente la declaración de amor a su tierra, el poema que explica el por qué sigue escribiendo desde su Larache, desde el Balcón del Atlántico, clavadas sus pupilas cristalinas en las aguas de <su río>.

 Mi río

Mi río, no es cualquier río

Mi río llora y gime

Mi río canta, sonríe y ríe.

El Guadalquivir nace en la sierra.

Mi río, como el maná, nace del cielo.

Es fruto del aire, del viento, rayos, truenos,

Tormentas, nubes, granizo y finalmente agua bendita.

Mi río es atalaya de civilizaciones,

Historia fenicia, romana y musulmana.

De oráculos, mosaicos y anfiteatros.

De marineros, salazones, alevines y delfines

En nupcias o fiestas,

Atrae a sus hijos desde allende los mares.

Mi río alimenta, y sed sacia a pino,

Eucalipto, álamo, olivo o acacia.

Mi río es alegría, inspira.

Es musa literaria, bañada en bucólica poesía.

Mi río purifica,

Y en su regazo a los pies de “Larache”

Como un vigía,

El camino indica a los creyentes,

En época de romería.

Mi río, es mucho río.

Este poemario fue presentado por Sibari en el Día de Larache en Málaga que organizó la asociación cultural <Larache en el Mundo> que presido en colaboración con AEMLE y El Corte inglés, en julio de 2007.

«Día de Larache en Málaga», julio de 2007, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés. En la mesa, cuatro autores larachenses: Mohamed Sibari, Mohamed Akalay, Sergio Barce & Carlos Galea

Entre su profusa obra destacan <El babuchazo> (La-la Menana y AEMLE, Tánger, 2005), <El caballo> (EMI, Tánger, 1993), <Cuentos de Larache> (AEMLE, Tánger, 1998), <Pinchitos y divorcios> (La-la Menana, Madrid, 2002) o <De Larache al cielo> (AEMLE, Tánger, 2006).

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Otros libros, otros autores: CUENTOS REUNIDOS (2010) de PAUL BOWLES

El pasado año se publicó el volumen

«CUENTOS REUNIDOS» de Paul Bowles

en edición, intrroducción y notas de Rodrigo Rey Rosa

para la editorial Alfaguara.

 <Bajo la luz gris de la mañana, el hombre miraba desapasionadamente al profesor. Con una mano le apretó las narices. En cuanto el profesor abrió la boca para respirar, el hombre le agarró la lengua y tiró de ella con todas sus fuerzas. El profesor sintió náuseas, trató de recuperar el aliento; no vio lo que iba a ocurrir. No llegó a distinguir el dolor causado por el brutal estirón del dolor causado por el filo del cuchillo. Luego vino un interminable período de asfixia, mientras el profesor escupía sangre mecánicamente, como si él mismo no fuera parte del proceso…>  (Del relato <Un episodio distante>)

 Como presumía, este libro recopilatorio de varios de los relatos de Paul Bowles no podía defraudar, y no podía hacerlo porque la mayor parte de ellos son familiares para quienes somos asiduos del autor americano que se afincó en Tánger. No hay, pues, sorpresas, pero sí deleite, deleite por volver a leerlos, deleite por gozar de buena literatura.

     <Sólo dos días después, él la llevó a su habitación. Como suponía, era hermosa. Aquella noche fue muy dichoso, pero por la mañana, cuando ella se fue, comprendió que quería estar con ella todo el tiempo. Quiso saber cómo era la casa de su tía y cómo pasaba el día. Así comenzó para Lahcen una mala época. Era feliz únicamente cuando ella estaba con él y podía llevarla a su cama, y verla a ella tendida a un lado y la botella de coñac al otro, erguida en el suelo al costado de la almohada, donde podía asirla fácilmente. Cada día, después de que ella se fuera, yacía inmóvil pensando en todos los hombres que podría ir a visitar antes de regresar con él. Cuando le hablaba de esto, ella se reía y le decía que pasaba todo el tiempo con su tía y su hermana, que ahora había llegado de Meknes. Pero él no podía olvidar su preocupación.> (Del relato <Historia de Lahcen e Idir>)

 Por supuesto que, a mí, de los maravillosos cuentos que se recogen en este volumen, son los ambientados en Marruecos los que me interesan más y, sinceramente, creo que son los mejores del volumen.

Relatos como <Junto al agua> (By the water, 1945), <Mil días para Mokhtar> (A thousand days to Mokhtar, 1948), <Historia de Lahcen e Idir> (The stroy of Lahcen and Idir, 1961) o <Misa del gallo> (Midnight Mass, 1979), se entrelazan con algunas obras maestras (esto es una opinión personal) como <Un episodio distante> (A distant episode, 1945), <El tiempo de la amistad> (The time of friendship, 1962) o <Allal> (1976).

 <Durante el desarrollo de su mutua amistad había llegado a pensar que él era muy semejante a ella, aun cuando supiera que cuando lo conoció era diferente. Ahora comprendía la peligrosa vanidad que estaba implícita en su fantasía: sin ninguna razón, había supuesto automáticamente que su vinculación con ella había sido en definitiva beneficiosa para él; que como consecuencia de su relación con ella, era inevitable que él hubiera mejorado. En su deseo de verlo cambiar, había empezado a olvidar cómo era Slimame en realidad. <Nunca llegaré a comprenderlo>, pensó con impotencia, convencida de que por el hecho mismo de sentirse tan cercana a él, nunca podría observarlo desapasionadamente.>  (Fragmento del cuanto <El tiempo de la amistad>)

Paul Bowles

 Un libro, en fin, para tenerlo siempre a mano y releer las historias de Paul Bowles, saboreándolos, mientras nos sumergimos en algún paisaje al borde del desierto o en una barraca a las afueras de Tánger, mientras experimentamos las alucinaciones de alguno de sus personajes tras haber fumado kif o tomado majoun, o quizá, simplemente, descubrimos la vida de algún europeo que, a través de la socarrona mirada de Bowles, trata de adivinar el alma marroquí. Una gozada.   Sergio Barce

 

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«CALLE DEL AGUA. Antología contemporánea de Literatura Hispanomagrebí» (2008) de MANUEL GAHETE, ABDELLATIF LIMAMI, JOSÉ SARRIA, AHMED M. MGARA & AZIZ TAZI

CALLE DEL AGUA

Antología contemporánea de Literatura Hispanomagrebí

(2008)

de Manuel Gahete, Abdellatif Limami, José Sarria,

Ahmed M. Mgara & Aziz Tazi

     El 29 de Octubre de 2008 acudí a la presentación del libro CALLE DEL AGUA en el Instituto Cervantes de Tánger, dentro del marco del Festival de Cine de Tánger, en colaboración con el Instituto Municipal del Libro de Málaga. Debo decir que fue una decisión acertada por la grata sorpresa que supuso la altura y calidad del evento, reflejo, obviamente, del cuidado con el que se ha afrontado la elaboración y edición de esta obra.

Jose Sarria

     Las palabras introductorias de José Sarria allanaron el camino a las posteriores exposiciones en cuanto aclaró uno de los objetivos marcados por esta obra: no pretender sentar cátedra sobre la presencia o no de ciertos autores, sino la de ser una muestra, una selección que, como tal, no puede abarcar a la totalidad de los escritores y creadores magrebíes que escriben en la lengua de Cervantes. Dicho esto, José Sarria, con la prudencia, mesura y equilibrio que le caracteriza, apuntaló aún más los fines de este trabajo prolijo y detallista: llamar la atención sobre el hecho incuestionable de la originalidad y novedad que supone el que exista una literatura hispanomagrebí como tal, es decir, de autores cuyo idioma propio es el árabe pero que vuelcan su creación en el idioma castellano (lo que los autores de esta antología vienen en llamar la “magrebidad” del español), de la propia existencia de esta literatura, única en los países árabes (por tanto, digna de apoyo) y de la proyección futura de la misma. Y, CALLE DEL AGUA, viene a cumplir ampliamente este afán divulgativo.

     El prólogo del libro es obra de Rodolfo Gil Benumeya Grimau y, en su corto pero denso viaje a través de los avatares por los que ha evolucionado la literatura magrebí en expresión española, viene a destacar el hecho de que quienes han venido poniendo las simientes para que se desarrolle este tipo de literatura, única y sorpresiva, han sido precisamente unos cuantos creadores, solitarios, sin duda, pero que creían firmemente en lo que estaban haciendo. Y la mayor parte de ellos provienen de dos ciudades en concreto: de Tetuán y de Larache (lo que, en este caso, me llena de orgullo, por razones obvias).

       Efectivamente, desde las revistas ALMOTAMID en Larache y KETAMA en Tetuán, durante la época del Protectorado, los primeros autores marroquíes que se atrevieron a crear en castellano encontraron allí su primer trampolín para dar a conocer sus poemas, ensayos o traducciones. El profesor Fernando de Ágreda señala al respecto: Dris Diuri nos ofrecía generosamente su colaboración… y decía en unos de los párrafos de su carta escrita el 14 de Junio de 1978: “Debo aclarar que todos mis trabajos – o pequeños libros – están escritos en el Gran Idioma Cervantino y no he podido encontrar ninguna ayuda para su publicación o traducción a otras lenguas…Finalmente desearía hacer una pequeña observación: tal vez sea el único marroquí o somos muy contados los que escribamos en español, pero desgraciadamente no contamos con asistencia en ningún sentido por parte de nadie. Navegamos en mar solitario o en bosque sin luz. Y creo sinceramente que merecemos un poco de atención. (1)

      A esta llamada de auxilio que ya hacía el poeta larachense en 1978 es a la que acude CALLE DEL AGUA, como si de un barco de rescate que navegara por el estrecho se tratara. Y es justo que así lo haga, pues es digno de reconocimiento el esfuerzo que supone el hecho de, sin ayuda alguna, sin apoyo institucional, sin la promesa no ya de una segura publicación sino siquiera de ver la luz en medios más asequibles (por ejemplo, la prensa, y hago en concreto esta alusión porque, actualmente, como si se acrecentasen las dificultades, también han desaparecido, para nuestra desgracia, los escasos periódicos o suplementos diarios que se publicaban en español en Marruecos); es decir, sin prácticamente salidas a sus creaciones, estos autores se empecinan en seguir escribiendo en castellano. De ahí que Rodolfo Gil quiera rendir un sutil pero merecido homenaje a esos francotiradores que han abierto el camino a otros soñadores: desde esos autores marroquíes que se lanzaron a escribir en revistas literarias en el Protectorado a la “figura principal” del periodista Said Jedidi quien, también contra corriente, ha sabido liderar y mantener un informativo televisivo en castellano desde  la Televisión Marroquí, algo homérico, y no soy excesivo, tras casi treinta años fajándose contra viento y marea; sin que el prologuista olvide, tampoco, al periódico L´Opinion con su página en español como “semillero principal de mucho intento de creación en lengua española” o a la tristemente desaparecida La Mañana en la que tan extraordinaria labor desarrollara la periodista Khadija Warid; ni deje de mencionar la labor de otros periodistas y profesores de literatura y lengua española como Mohamed Larbi Messari, Mohamed Chakor, Bounou, Ahmed Mgara, Abellatif Limami y Aziz Tazi (estos tres últimos coautores del libro objeto de este artículo), o la labor desarrollada por la Asociación Española de Escritores Marroquíes en Lengua Española (AEMLE) y la Asociación de Hispanistas Marroquíes de Fez. (2)

Said Jedidi

     CALLE DEL AGUA, como vengo diciendo, ha sabido estructurarse de una manera inteligente, fácil y accesible al lector profano que pretenda acercarse a esta literatura tan “sui generis”, pues, de varios plumazos, puede hacerse una idea muy certera de lo que ésta significa y lo que abarca. Tras el prólogo de Rodolfo Gil, ya mencionado, un estudio introductorio por parte de los cinco autores nos sirve para marcar las pautas, orientaciones y casuística de la obra, y hasta justificar esta antología. Estudio introductorio que se desmiembra, a su vez, para situarnos en el marco geográfico referencial, el desarrollo histórico del español en el Magreb, la interesante evolución que va del hispanismo a la “creación” literaria en el propio Magreb, con un posterior desarrollo a través de los autores, y, por último, lo que quizás emerge de todo este trabajo, a saber, la fijación, para algunos audaz, para mí certera, de la “literatura hispanomagrebí (o literatura española escrita en el Magreb) frente a la denominación de <escritores magrebíes de expresión en castellano>” (3).

     Como los autores de esta antología se preocupan de subrayar “el lector va a encontrar una literatura que hace una considerable apuesta por la musicalidad, cobrando el texto un gran sentido educativo a través de la moraleja…, apareciendo en escena imágenes hasta ahora casi inéditas en la literatura española peninsular, junto a elementos literarios… consustanciales a su identidad personal, étnica o racial. Además de un vocabulario que enriquecerá el acervo español…”.

Ahmed Mgara & Abdellatif Limami

     Para rematar la faena, CALLE DEL AGUA, con acierto absoluto, viene a ofrecer al lector la posibilidad de descubrir esta nueva literatura a través de sus narradores y de sus poetas y, en esta dualidad, dedicar un análisis panorámico a cada género (Abdellatif Limami lo hace con la narrativa y Aziz Tazi con la poesía) y luego un análisis específico a los autores seleccionados (Manuel Gahete presenta a los narradores y José Sarria a los poetas), para cerrar la obra con una muy buena selección de textos de los autores estudiados, con lo que tenemos una visión global, en horizontal y en vertical, de ellos y de las obras que están gestando.

     No puedo dejar de mencionar a los autores seleccionados porque, en definitiva, ellos son los artífices reales que sustentan la antología. Manuel Gahete efectúa el correspondiente análisis crítico de los narradores, que son: Mohamed Chakor, Mohamed Sibari, Mohamed Akalay, León Cohen Mesonero, Said Jedidi, Mohamed Bouissef Rekab, Mohamed Lachiri, Ahmed M. Mgara, Larbi El Harti y Ahmed Daoudi. Mientras que los poetas, analizados de la misma manera por José Sarria, son: Moisés Garzón Serfaty, Mohamed Chakor, Mohamed Sibari, Sara Alaoui, Mohamed Toufali, Mohamed Doggui, Aziz Tazi, Mezouar El Idrissi, Abderrahman El Fathi, Moufid Atimou, Souad A. Abdelouarit y Jalil Tribak.

Manuel Gahete

Aziz Tazi

***

Valiente me parece el hecho de que sus autores, sin reservas, derrochen honestidad y sinceridad y adviertan, desde el comienzo, que nadie busque, aún, una obra excelente, inolvidable, una obra magna o un autor transcendental, pues, esto es lo cierto, estamos ante una literatura en ciernes, en pañales. En la presentación del libro en Tánger, tanto Manuel Gahete, al referirse a los poetas, como Abdellatif Limami, respecto de los narradores, dejaron bien claro que, en una mayoría de ellos, aún no se ha producido una depuración en su escritura… “Por eso, el lector de ciertas obras  de esta escritura de marroquíes en lengua española se siente frustrado cuando establece su primer contacto con sus creaciones: muchas dificultades lingüísticas, carencia de una verdadera estructura novelesca, trama sencilla (simplista a veces), “creadores” transformados en “albañiles” por no decir “peones”. Pero como el fenómeno está en sus premisas, los altibajos son normales y evidentes”. (4)

     Me atrevería a decir, sin ambages, que siendo todo ello cierto, también lo es que ya comienzan a verse los primeros frutos de una “elevación” paulatina en la obra de esta literatura hispanomagrebí, es decir, una concienciación en los propios autores de una mayor exigencia crítica, un mayor esfuerzo por parir obras más trabajadas, de mayor enjundia literaria.

     Sería el caso, por ejemplo, de Mohamed Bouissef Rekab. Narrador agresivo y aguerrido, sufre en sus primeras obras de ese mismo mal que ya mencionan los autores de CALLE DEL AGUA, es decir, la descompensación en la estructura narrativa, trama simple, etc… Sin embargo, una de sus últimas novelas “Aixa, el cielo de Pandora” (5), con un dominio absoluto del castellano, es una novela ambiciosa, que no defrauda en ningún aspecto: narración que bebe del realismo social acunado por Mohamed Chukri, trata todos los temas que obsesionan a los creadores marroquíes (las contradicciones de su sociedad, la interacción entre las tres culturas, la moral…), pluralidad de narradores y puntos de vista, un marco geográfico concreto (en este caso, la ciudad de Larache, y en menor medida Tánger y Tetuán), mezcla de realidad y ficción, la crudeza de la miseria representada en el personaje protagonista, la dignidad, sin embargo, del desheredado, y, como colofón, un cuidado en el lenguaje, con frases de una belleza formal que trascienden el propio texto (“se hallaba rodeada de tristezas detenidas en su vida”).

    Es en esta obra, quizás más que en ninguna otra, donde el uso del castellano sirve al autor para dar rienda suelta a tramas, personajes y creaciones que, en árabe, le estarían vedados. No olvidemos que el árabe, como idioma del Profeta, no puede ser utilizado para contar ciertas historias, para transcribir ciertas expresiones que se considerarían blasfemas. El castellano, en este sentido, sirve al escritor de vía de escape para contar lo que no puede en su idioma original. Por supuesto que, con esta afirmación, no estoy diciendo más que lo que he dicho, pues lo cierto es que los autores magrebíes que utilizan el castellano como arma literaria lo hacen porque lo han decidido libremente, porque es “su idioma creativo”.

     Otro ejemplo de esta evolución positiva sería el de Mohamed Akalay, evolución fácil de advertir desde “Entre dos mundos” (6) del año 2003 a los relatos que recopila en “Entre Tánger y Larache” (7) de 2006. Mientras que en su primera novela también aflora esa falta de pulso narrativo, una estructura simplista, narrador errático, en su siguiente libro hallamos relatos de gran factura literaria, entre los que destaca «Luz de vida», un cuento redondo, bien construido, sobre el sentido de la vida y la ilusión por disfrutar de nuestra existencia sea cual sea nuestra edad, con el que Akalay, además, ganó el Premio Eduardo Mendoza de Relato Breve. Y tanto «Alcoba y amor»  como, sobre todo, «El peso de la vida» constituyen dos pequeñas joyas.

Sergio Barce, Mohamed Akalay, Abdellatif Limami, Said Jedidi, Mohamed Sibari y Abderrahman El Fathi

Sergio Barce, Mohamed Akalay, Abdellatif Limami, Said Jedidi, Mohamed Sibari y Abderrahman El Fathi

     En la poesía se hallan claros valores en alza. El hecho de que, en muchos casos, estos creadores sean profesores universitarios de literatura o lengua española les hace dominar mucho mejor el idioma y crear, en ese aspecto, con una mayor soltura. Aunque Manuel Gahete también indicó en la presentación del libro que falta aún mucho camino por andar para poder hablar con propiedad de una poesía hispanomagrebí que descolle, lo cierto es que los poetas presentes en ese acto, Abderrahman El Fathi y Moufid Atimou, con la lectura de varios de sus poemas, demostraron que, a poco que evolucione sus respectivas obras, se van a convertir en voces a tener en cuenta y, en concreto, dentro del panorama de la poesía hispanomagrebí, quizás en dos de las más importantes. Aunque, como bien dice Aziz Tazi “…la verdadera y certera expresión poética se logra, en la poesía magrebí escrita en español, de una manera satisfactoria en algunos casos y de un modo exquisito en otros pocos” (8)

     Quizás deba pedir disculpas por esta digresión imprevista, pero el abanico de posibilidades que se abre cuando se analiza el fenómeno de la literatura hispanomagrebí hace inevitable el tomar alguno de sus afluentes o remontar el río a contracorriente para puntualizar algún punto o subrayar alguna opinión anterior.

      Lo importante, en definitiva, es el hecho en sí de que CALLE DEL AGUA, como resultado del loable esfuerzo de sus cinco autores, sirva para dar a conocer, como así lo logra, a estos narradores y poetas magrebíes que luchan por no zozobrar en este maremágnum de la globalización pero que, en su singularidad, en su tenacidad por defender la libertad del creador para elegir su idioma de expresión artística, siguen manteniéndose a flote y, cada vez, con más seguridad y brío.

     La selección de textos de CALLE DEL AGUA termina con varios poemas de Moufid Atimou, y me parece acertado cerrar este artículo con los últimos versos del titulado “Las envejecidas caras”:

 …

Me acuerdo de estas envejecidas caras,

Cuando andaban firmes como montes,

Que andan curvados y tristes,

Temiendo tropezar en granos,

Sin poder levantarse nunca más. (9)

     Los escritores hispanomagrebíes, por el contrario, parecen avanzar erguidos, sin temor a tropezar, levantándose una y otra vez, pese a los imponderables.

 Sergio Barce

(1) “Dris Diuri y la revista Al-Motamid (Trina Mercader). Una aventura utópica” artículo de Fernando de Ágreda publicado en La Gaceta Informativa de Larache nº 5, Noviembre de 2006.

(2) Prólogo de “Calle del agua” de Rodolfo Gil. Páginas 13 y ss.

(3) “Calle del Agua”. Páginas 21 y ss.

(4) Abdellatif Limami. Página 52 de “Calle del agua”.

(5) “Aixa, el cielo de Pandora” de Mohamed Bouissef Rekab. Quórum Editores, Colección Algarabía. Cádiz, 2007.

(6) “Entre dos mundos” de Mohamed Akalay. Ed.AEMLE, Tánger, 2003.

(7) “Entre Tánger y Larache” de Mohamed Akalay. Sial Ediciones. Madrid, 2006.

(8) Aziz Tazi. Páginas 85-86 de “Calle del agua”.

(9) “Las envejecidas caras” (Inédito, verano 2007). “Calle del agua”. Página 241

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«EL EXAMEN», Un cuento de MOHAMED LAHCHIRI

    No dejan de sorprenderme los amigos. Les pido un cuento, un relato, y generosamente me los envían para colgarlos de mi blog. Supongo que lo hacen por la amistad que nos une, por el aprecio recíproco. Mohamed Lahchiri, un escritor extraordinario, de cuentos hechos con los jirones de los recuerdos, siempre me deja atónito, bien haciéndome reír con algunos de los relatos que ya ha publicado, bien tocándome el corazón con alguna narración llena de frustración o de ira.

   Ma ha enviado un cuento llamado «El examen«. Es de los segundos, de esos en los que Lahchiri se deja llevar por la rabia. Él es un buen hombre, amigo de sus amigos, ya hemos quedado en vernos en Larache para volver a tomar algo juntos, y cuando se mete en honduras, cuando describe un acto ignominioso o vergonzoso, estalla. (Si he de recomendar alguno de sus libros, me encanta «Una tumbita en Sidi Embarek y otros cuentos ceutíes» -Dar Al Karaouine, Casablanca, 2006).

    Os ruego que no dejéis pasar este relato sin leerlo, luego habrá tiempo de hablar, pero seguro que a ninguno os dejará indiferente su lectura.

Sergio Barce


EL EXAMEN

un cuento de Mohamed Lahchiri

 La niña después aprobó el baccalauréat –uno ya ni se acuerda de cómo lo celebramos o si lo celebramos o no-, estudió en la Fac literatura francesa y antes de terminar los estudios encontró trabajo en la patria chica, Ceuta, luego se casó, tuvo, a su vez, una niña y colorín colorado.

Todo esto son cosas nuestras que el olvido sólo podrá enterrar cuando nosotros mismos estemos bajo tierra, pero lo que ocurrió en aquel examen, aquel ogro nuestro de examen de finales de los setenta y principios de los ochenta, que llamábamos ach-chahada al-ibtida-ia, para acceder a la enseñanza secundaria,… aquello está cosido a nuestra carne –la de Suaad y la de su papá- como un tatuaje.

Creo que los mejores años de mi vida se los dediqué a esta niña mía, que había nacido en el setenta y dos. Le hacía el biberón, le lavaba el culito un montón de veces al día, le enseñaba a no ser dictadora, le cantaba, le hacía ejercicios físicos y otras cosas que sacaba de un libro sobre la salud, le acercaba la radio o el magnetófono cuando la música era buena, y un etcétera que pesa una pila de años.

Cuando arrancó a hablar –era muy despierta- y después de los chispazos de felicidad de sus primeros años de cotorreo, me arremangué a enseñarle árabe clásico y francés, inventando mil y un juegos y trucos para incrustar en la cabecita cosas y más cosas. A veces pecaba de autoritario pero un qué haces morobruto, tan rotundo como una bofetada bien colocada, se me echaba encima y me apresuraba a echar tierra sobre lo sucedido y errequeerreábamos.

¡Y cuántos cuentos le conté y le leí! Tantos que alguna vez le dije que su papá era una perfecta Shahrazad. Y cuando aprendió a desplegar sus alas lecturales empecé a comprar cuentos y revistas infantiles, leerlos, corregir algo o poner alguna vocal y darle a la niña lectura cuando ella me lo pedía o cuando cazaba ocasiones propicias para ello.

Hasta que llegó el año de aquel examen, al final del quinto y último año de la enseñanza primaria. Fue a principios de aquel año escolar cuando apareció por quioscos y aceras de Casablanca un libro que tuvo un éxito de ventas inmediato. Un volumen que recogía exámenes finales de cursos anteriores, del quinto año de la enseñanza primaria. Eran textos en árabe y en francés con preguntas y ejercicios. Se titulaba “Atahaia-o lil imtihan”, esto es: “Me preparo para el examen”. En cuanto vi el libro, salté sobre él (antes de que se me adelantase alguien, porque sólo había uno camuflado como un camaleón en medio de una alfombra de revistas, periódicos y libros). Volví a casa (mi volumen color marrón bajo el brazo) hecho un niño con ropa nueva de aid y con monedas cosquilleantes en el bolsillo.

La pobre niña a veces parecía abrumada por el peso de la importancia con que yo cargaba aquel examen. Los dos programamos hacer cada día uno de los exámenes. Un día uno de francés y otro día uno de árabe. En los días normales lo hacíamos por la noche. Pero en los días festivos y en las vacaciones, por la mañana, al despertar, porque esa es la mejor hora para estudiar, le decía yo, la cabeza ha descansado toda la noche y está preparada para recibir lo que le echemos. Y si en las vacaciones estábamos en Ceuta, pues lo hacíamos ahí, a pesar de alguna protesta de la abuela para que dejara que la aaila se fuera a jugar.

Vocalizábamos el texto árabe o desmenuzábamos el texto francés, yo le enseñaba a responder a las preguntas de la manera más simple, no te compliques la vida, hacíamos redacciones, en francés y en árabe, etc.

Descubrí también, en una de las aceras de la avenida Mohammed V, que una revista para niños que llegaba de Túnez dedicaba dos de sus últimas páginas a los exámenes de la chahada ibtida-ia, que eran muy parecidos a los nuestros, un texto en árabe que había que vocalizar, preguntas, etc., luego un texto en francés, … La revista se llamaba “Airfan”, que significa “sabiduría”.

Cada día aprovechaba el trayecto de la casa a la escuela –yo era quien la llevaba todos los días, en moto- para ponerme a hacerle preguntas en el árabe de las recias reglas gramaticales, vocalizando de manera impecable. Y llegaba un momento en el que le decía:

-Et maintenant, je vais te poser des questions en francais…

Y me ponía a hacerle preguntas en francés… ¿A dónde vas ahora? ¿Qué vas a hacer en la escuela? ¿Tienes muchos amigos en la escuela? ¿Qué vais a estudiar hoy?, etc., etc… Si se equivocaba, la corregía y volvía a hacerle la misma pregunta… hasta que llegábamos a la escuela.

Cuando terminamos el libro –creo que eran cuarenta exámenes en árabe y otros cuarenta en francés, un examen en cada página-, yo estaba muy satisfecho, muy optimista. La cría era como unas tijeras cortantes cuando yo le hacía alguna pregunta o le daba algún ejercicio para que lo hiciese.

Y llegó el día esperado, el del examen. En cuanto desperté, la llamé. Me rondaba un temor absurdo de que le pasase algo (una enfermedad o un accidente) que le impidiese hacer el examen. Se despertó enseguida. Le calenté agua para que se duchase. Desayunó bien: Pan de trigo hecho por su madre, aceite de oliva, un gran vaso de leche buena marca Marraquech. La obligué a comerse un trozo de queso.

Mohamed Lahchiri, Mohamed Sibari, Bouisef Rekab y Mohamed Akalay, cuatro narradores con los que me une nuestra amistad

Mientras íbamos al centro donde le tocaba hacer el examen (en la moto roja Honda que yo utilizaba para ir al trabajo), yo no paraba de decirle que tranquila, lee el texto dos veces, atentamente y responde de la manera más simple, y si no conoces la respuesta a una pregunta, déjala y pasa a la siguiente, y no tengas prisa por salir cuando termines, vuelve a leer lo que has escrito, etc., etc.

En la entrada del centro se bajó de la moto, le di un beso, una palmadita en el culo y la seguí con la mirada hasta que desapareció entre otras niñas. ¡Qué no hubiera hecho yo por que nadie nunca nunca hiciera el menor daño a esa niña de once añitos caminando deprisa hacia el examen! Que duraba todo el día: árabe por la mañana y francés por la tarde.

Fui a recogerla a las once y media. Comió a las doce y cuarto. La obligué a tumbarse en la cama e intentar dormir una siesta.

Cuando salió por la tarde, después del examen de francés, me encontró esperándola. Qué alegría me vas a dar cuando vea tu número en la lista de aprobados, pensé cuando la miraba dándose prisa por llegar hasta mi, sonriente. No esperó que le preguntase para decirme que había hecho bien el examen. Era muy fácil. Claro, te lo dije. En su carita se veía que leía perfectamente mi afán por verla saltarse la barrera de ese examen y que quería con toda su alma darme la gran alegría de verla saltar de alegría.

En los largos días entre el examen y el día de los resultados, yo intentaba vencer los latidos angustiosos de la espera, no pensar en los días que faltaban para la aparición de los resultados, pero a medida que se acercaba el día y cuando se me echaba encima el pensamiento de la cercanía de ese día, se me ponía a latir el corazón y me asaltaba aquel pánico que me solía hincar el diente cuando me veía el blanco de un montón de miradas esperando que tomase la palabra. Era optimista, claro. La niña había machacado el programa y no era nada idiota.

En la víspera del día de los resultados había tanta ansiedad oprimiéndome el pecho que no pude cenar nada. Mejor. Así, cuando el sueño se apiade de mí, dormiré bien. A la mañana siguiente, fui a la escuela donde estudiaba Suaad, en Sebata. Se llamaba Qariat al-Yamaa y era privada. Me dijeron que iban a “colgar” los resultados por la tarde.

Como por la tarde tenía trabajo hasta las seis, fui quizás uno de los últimos en ir a ver los resultados. Una pizarra colgada en la parte exterior de la escuela, con los números de los afortunados escritos con tiza blanca. En lo alto, a salvo de las gamberradas. Tardé en concentrarme, en ver que la lista de números de los que habían aprobado terminaba en ciento noventa y tantos y que el número de mi pequeña ¡era el doscientos diez! Miré una y otra vez la convocatoria con el número de examen de mi niña y una y otra vez los números pegados con tiza blanca a la negrura de la pizarra. La puerta de la escuela estaba cerrada. Por ahí no había nadie.

Eran cerca de las seis y media y yo quería llorar, necesitaba llorar. O gritar de dolor. Un dolor que apretaba cada vez más el nudo que se me había formado en la garganta y en el corazón. Quise arrancar la moto –por no quedarme muerto como una estatua- pero vi que no había apagado el motor, que seguía en marcha. Salí de las callejuelas a la calle principal que llevaba a casa y cerré los ojos para dar vía libre a las lágrimas. Me sentía hundirme en la situación de un niño que ha perdido las faldas de mamá y no tiene dónde agarrarse y se siente cayéndose en el vacío. Luego, fui recuperándome poco a poco, a medida que me acercaba a casa.

Mi desesperación fue tomando la forma de una enorme roca de rencor contra este país tercermundista, este país de mierda que nos ha tocado y en el que ocurrían tantas anormalidades y se cometían tantas barbaridades. Todo un año machacando como una sierra afilada todo el programa, con todo el corazón, con todas las ganas, con toda la inteligencia, sin dejar ningún cabo suelto, ninguno, para esto, para sentirte como una piltrafa colgando de un gancho de carnicería de mala muerte y mi niña, que se iba a llevar el gran dolor de su vida de niña, dolor que yo sentía multiplicado por tres, por cuatro, por cinco…

Recordé –y cómo no- a aquel maestro, aquel animal todo altura y brazos peludos y fuerza que, a mediados de curso le había machacado la mano derecha a mi niña a golpes terroríficos de regla, dejándole marcas moradas que duraron días, no en la palma de la mano, sino en el lado opuesto. ¡Cuánto dolor y cuánto rencor me trituraba las entrañas por aquel maestro! Al verla llorando mostrando la mano machacada, fui, con el corazón haciéndoseme añicos, a enseñar la manita al director del colegio, que resultó ser un abuelete inofensivo y que se limitó a calmarme, a decirme que no, no tenía que hacerle esto a la niña, ahchuma aalih, y ya hablaría con él para que eso no volviese a ocurrir.

Llegué al inmueble donde vivíamos, metí la moto en el garaje y me dispuse a subir las escaleras más largas y horribles de mi vida. Despacio, respirando profundamente. Hasta el quinto piso. La niña me había visto llegar desde el balcón de nuestro apartamento y estaba en la puerta esperándome. Vi el asomo de su intención de saltar sobre mí de alegría, pero vio enseguida mi dolor. La cogí y la apreté contra mi regazo, no podía ni levantarla para abrazarla. Alguna lágrima pretendía despuntar. ¿No he aprobado, bbá? Le respondí que no, con la cabeza. Era uno de esos momentos en los que un padre como yo, en el fondo del pozo del miedo por sus hijos, suplica a Dios que me des a mí todos los dolores que pensabas poner en el camino de esta niña de mis ojos.

Ceuta

Las relaciones entre mi mujer y yo hacía tiempo que eran pura mierda y no le hice el menor caso cuando se puso a lanzar sus palabras como cuchillos afilados en la piedra de la maldad, sus palabras como colmillos, lenguas u ojos de serpiente asesina, contra mis esfuerzos que no habían servido para nada, sin el menor respeto por la situación en la que nos encontrábamos su hija y yo. Pero yo estaba demasiado embebido en mi dolor y en el dolor de mi niña que me resquebrajaba el alma. Ya han pasado muchos años desde entonces y no dudo en afirmar que no he pasado nunca una noche como aquella, que fue la peor de toda mi vida. Acabé agotado y dormido.

Al despertar, enseguida me sentí empapado de lo que había pasado la víspera, con ese grito mudo de ¡qué desgraciado soy! inundándome el alma. Sólo pude echarle al estómago una manzanilla fuerte sin azúcar. Eran las ocho y media y tenía que ir al instituto donde trabajaba. Al coger la moto, se me ocurrió pasar por la escuela de mi niña. Por lo menos ¿desahogarme? diciéndole algo al director, como lo mucho que habíamos trabajado la niña y yo, o escuchar alguna palabra de ánimo o consolarme viendo a otros padres en la misma situación que yo.

La decisión de pasar por la escuela me hizo recordar las ideas que solían ocurrírseme cuando tenía la edad de la niña, cuando me decía: Voy a pasar por esta calle (en lugar de esa otra), a lo mejor encuentro un fajo de billetes o un maletín lleno de fajos de billetes (como en las películas) y me hago rico y no necesito estudiar. O (y esto era poner los pies en el suelo) encuentro una peseta o un duro o cinco. Sabía que no iba a encontrar nada, pero todavía creía en los milagros. Pero cuando giraba para entrar en la callejuela que llevaba a la escuela, me latía en el pecho la seguridad absoluta de que no iba a encontrarme con ningún milagro (ya no era ningún imbécil imberbe), sino con la pizarra y sus palotes de tiza horribles que no dejaban pasar más allá del número ciento noventa y tantos. No, no necesitaba levantar la cabeza para recibir de nuevo el garrotazo fatal. Había padres y madres con chilabas y muchos críos. Levanté la cabeza como para hundir más el alfanje en el dolor latiente, como aquellas personas anormales que disfrutan haciéndose daño. ¡Había dos pizarras! Todavía no me había puesto a examinar la segunda pizarra cuando el director del colegio –quien estaba por ahí, acompañado precisamente por el maestro que le había machacado la mano a mi hija- me gritó que ¡hani-an! Volví a mirar la segunda pizarra, donde estaban bien claros los números doscientos acelerando los latidos de todo mi cuerpo: Doscientos tres, doscientos cuatro, doscientos cinco, doscientos seis, …¡doscientos diez! ¡El número de mi niña! ¡Suaad había aprobado! ¿Qué es lo que había pasado? El director me dijo –como si la cosa fuera lo más normal del mundo- ayer llegaron las listas muy tarde y los maestros sólo escribieron la mitad de los números de los aprobados, cuando dieron las seis se fueron, … y ahora han escrito el resto de los números, …¿Y no podían sacrificarse diez minutos y escribir todos los números? ¿No podían hacer ese sacrificio diminuto? ¿No pensaron que iban a venir padres a ver si sus hijos habían aprobado o no? ¿Tan hijos de gran puta son? ¿Tan hijos de gran puta son que han sido incapaces de sacrificarse diez minutos de su perra vida, diez, diez nada más, por sus alumnos y por unos pobres padres –como yo- que vinieron ayer y no vieron los números de sus hijos y pasaron la peor noche de su vida? Ya estaba gritando como alguien que acababa de volverse loco. Recuerdo la cara que ponía el director…¡Que Al-lah vuelque su cólera más terrible sobre vuestra raza maldita! ¡Raza podrida! ¡Hijos de puta más que hijos de puta! ¡He pasado la peor noche de mi vida por culpa vuestra! ¡He pasado por el infierno –lo he visto con estos ojos quemados por el dolor- por culpa vuestra! ¡No sé cómo el odio y el asco que estoy sintiendo hervir en mi pecho no hacen reventar una vena de mi cuerpo o el mismísimo corazón! ¡Cómo podéis ser tan hijos de puta, cómo es posible, no quiero veros nunca más, nunca más, si vosotros sois musulmanes, yo no soy musulmán! ¡Soy un cafir! Con tal de no encontrarme con el asco que me dais me tiraría al fuego del infierno. Era un delirar a gritos, algo que yo ya había visto alguna vez y del que esta vez era el protagonista: un pobre diablo que, al no poder con el peso de una humillación o de una injusticia, pierde los papeles y estalla en mil barbaridades y la gente comprende y se apresura a rodearlo -como para protegerlo de algún mal que pudiera saltar de cualquier parte, en cualquier momento- e intenta tranquilizarle, con abrazos, con besos en la cabeza y en las manos, maldice a Satanás, a ulidi, un hombre de verdad no es el que arma escándalos, sino el que se arma de paciencia, no vas a conseguir nada bueno gritando barbaridades, no te preocupes, que el que nos hace daño, no escapará del castigo de Al-lah.

Me di cuenta de que unas lágrimas de rabia me impedían ver bien y de que temblaba mucho y cómo miraba al maestro que le hizo aquel daño de bestia a mi niña y cómo recordaba que, cuando eso ocurrió, no fui capaz de cagarme en sus muertos, por cobardía o por miedo a que la tomase con ella y la siguiese tratando mal o peor el resto del curso o le hiciese algún daño sutil.

Veía a los padres y las madres que me rodeaban como ejemplares de pobres diablos hundidos en la miseria, en la resignación, en la impotencia más absoluta, piltrafas fáciles entre los tentáculos del majzén. Pero que lograron calmarme, suplicándome que maldijese a Satanás, mucho mucho y pídele a Dios que te perdone por lo que has dicho.

Cogí la moto y me alejé de ahí, pensando que tenía que hacerlo con sumo cuidado, no tenía que pasarme nada nada en este lío inmenso de motos, carretas, coches, camiones, autobuses, …para llegar a casa sano y salvo, estaba llorando otra vez, de la felicidad que sentía de estar a punto de darle la alegría más grande de su vida a la niña que más quería en esta vida. Y recordarle (aunque no necesitaba hacerlo) la promesa que le había hecho si lograba superar la barrera del maldito examen de la chahada ibtida-ia: llevarla todos los días a la playa, todos, a nuestra playa del Tarajal, invitarla ahí, todos los días, a lo que quisiera, a una cocacola o a un buen polo o a un buen helado, a un buen bocadillo,… en el Bar El Espigón, todos los días de los tres largos meses de vacaciones de aquel verano que ya había abierto su abanico de calor y sol.

Mohamed Lahchiri

 Mohamed Lahchiri (Ceuta, 1950), profesor de árabe en Casablanca (1970-1981), profesor de español en la misma ciudad (1981-2010). Colaborador en la prensa marroquí en lengua árabe, desde 1973 hasta 1990. Miembro del equipo de la revista marroquí «Attaqafa al Yadida», para la que elaboró una antología de cuentos latinoamericanos y tradujo el libro de memorias El olor de la guayaba de G. García Márquez. Tradujo también La dama del alba de A Casona, La casa de Bernarda Alba de F. García Lorca, Noche de guerra en el Museo del Prado de R. Alberti y Días y noches de amor y de guerra de Eduardo Galeano (estos dos últimos libros para la revista palestina Al Karmel). Desde 1990 hasta 2003 trabajó en el diario marroquí en lengua española La Mañana, gracias al cual escribió cuentos en castellano, que fueron publicados en un primer volumen en 1994, Pedacitos entrañables y en un segundo en el 2004, Cuentos ceutíes y en 2006 publicó un tercer volumen, Una tumbita en Sidi Embarek y otros cuentos ceutíes. Un cuarto volumen de cuentos será publicado este año.  Lahchiri tradujo al árabe, el pasado año, la novela de M Benedetti, La borra del café, para el Ministerio de Cultura de Emiratos Árabes Unidos.

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